El concepto de civilización

civilizacionTodos nosotros tenemos una idea más o menos definida de lo que significa “civilización”, un concepto que equiparamos a una sociedad compleja y avanzada como la actual, pero también con antiguas culturas que florecieron hace siglos y nos dejaron un esplendoroso legado. Si nos centramos particularmente en el ámbito de las ciencias sociales, se usa el término “civilización” para indicar un cierto estado de progreso o de cierto nivel de evolución social, cultural, política, económica y tecnológica que nos diferencia de las comunidades primitivas, tanto aquellas de tiempos remotos en que el hombre vivía en un estado de salvajismo o barbarie, como aquellas otras de la actualidad que se mantienen más o menos aisladas de esto que llamamos el “mundo moderno”. Ahora bien, hay que tener en cuenta que la palabra civilización también puede usarse con un sentido más amplio, referido al conjunto de ideas, conocimientos, concepciones, valores, instituciones o logros de una sociedad en un tiempo determinado. En el presente texto combinaremos ambos significados, pues ambos nos van a llevar a una misma conclusión.

Esta idea de la civilización como cúspide del desarrollo humano ya viene de antiguo y está directamente relacionada con el nacimiento de las ciudades y de los estados, pero tomó sin duda un gran impulso con el triunfo del evolucionismo como teoría científica, que no sólo marco un antes y un después en las ciencias naturales, sino que impactó también de forma muy relevante en la historia, la arqueología y la antropología, esto es, en la propia explicación del devenir del hombre como “animal social”. De este modo, el pasado más lejano del hombre pasó de explicarse en términos míticos o religiosos a interpretarse en clave científica evolutiva, desde el origen del hombre —a partir de un antepasado primate— hasta el estallido civilizador que tuvo lugar hace más de 5.000 años en Mesopotamia y Egipto.

En efecto, desde el punto de vista histórico reconocemos que el hombre primitivo practicó el nomadismo durante muchos miles de años (y podríamos decir millones si vamos más allá del Homo sapiens), dedicándose simplemente a sobrevivir mediante la caza y la recolección. Posteriormente, hacia el final de la última Edad del Hielo (a partir del 10.000 antes de Cristo, aproximadamente) se produjo un cambio radical que consistió en una progresiva sedentarización de la población, al establecerse un cambio en la estrategia de supervivencia: aparte de cazar y recolectar, el hombre empezó a domesticar plantas y animales y se convirtió en agricultor y ganadero. Esto es lo que el insigne arqueólogo Gordon V. Childe denominó “revolución neolítica”. Así, tras un pocos milenios de comunidades neolíticas en varias zonas del mundo, arrancaron las primeras civilizaciones conocidas entre el 4000 y el 3000 a. C., primero en Mesopotamia y poco después en Egipto. Algunos siglos más tarde, la civilización surgió con fuerza en otros puntos del planeta, como el valle del Indo, China y finalmente el Nuevo Mundo. Este nuevo salto, cimentado en un fuerte crecimiento económico a partir del excedente de recursos, supuso el nacimiento de las ciudades, de los estados, de las instituciones y poderes centralizados, de la administración, de la escritura, del comercio a gran escala, de la especialización del trabajo y jerarquización de la sociedad y del progreso en la ciencia y la técnica.

Esta sería una visión rápida de lo que significó hace miles de años ese cambio de una existencia primitiva a un mundo complejo en que el hombre se vio catapultado a un bienestar material cada vez más grande, con un mayor control y explotación del entorno natural, hasta convertirlo a día de hoy casi en un entorno “artificial”. No hay duda de que cada nueva civilización recogió el testigo de las anteriores y lo amplió hacia nuevos horizontes. Mesopotamia y Egipto tuvieron su grandeza, pero luego vino la Grecia clásica con su democracia, su arte, su filosofía y su ciencia. Tras la Atenas de Pericles llegó la Roma de los césares, que difundió por todo el Mediterráneo y buena parte de Europa los logros de la civilización, en forma de arquitectura, ingeniería, literatura, leyes, comercio, etc. Del legado romano nació la civilización occidental, liderada por varias naciones europeas desde el Renacimiento, y que podemos considerar en este siglo XXI como la civilización por excelencia, pues llega a todos los rincones del planeta, marcando un estilo de vida prácticamente idéntico en la mayoría de países, si bien persisten múltiples tradiciones o culturas locales que mantienen una idiosincrasia propia, distante de lo que podríamos denominar “valores occidentales”.

Tras este repaso histórico, podríamos concluir que la civilización es el recorrido lógico del hombre desde un estadio de existencia prácticamente de mera subsistencia a una cultura compleja en la que los avances científicos y tecnológicos nos hacen la vida más fácil, con un constante avance o progreso de las condiciones de vida. Sin embargo, la primera pregunta que tendríamos que hacernos es si realmente podemos considerar que civilización y progreso son términos inseparables, por no decir casi sinónimos. No cabe duda de que el ideario evolucionista trasladó a las ciencias sociales el concepto de que el hombre “progresa” a lo largo de la historia y que hay sociedades y hombres superiores a otros, simplemente porque son civilizados, mientras que los que se quedan atrás son salvajes. En el siglo XIX, la antropología cultural puso las bases de la separación entre las culturas humanas: el salvajismo (los cazadores-recolectores), la barbarie (los campesinos y pastores) y la civilización (el hombre del medio urbano). De la misma manera, la arqueología y la historia se apresuraron a crear un sistema de “Edades” basadas en la tecnología y en la consecución de ciertos logros materiales, aparte de la lógica acumulación de conocimientos. En estos esquemas evolutivos lo más antiguo era lo más primitivo o lo más primitivo era lo más indeseable (especialmente desde la óptica del hombre blanco occidental).

Efectivamente, vemos que la visión occidental como centro del mundo fue la que impregnó el paradigma evolucionista, lo que en algunos momentos llegó a tener velados tintes de racismo o eurocentrismo hacia las sociedades o comunidades “no civilizadas”. En esta línea argumental, el evolucionismo cultural defiende el concepto de que el hombre avanza hacia un estadio superior, y que esta es la meta deseable a la que se debe conducir a todos los seres humanos. Dicho de otro modo, la civilización supone progreso, y cuanto mayor es el grado de civilización, mayor es el grado de progreso para todos.

No obstante, no hay que olvidar que mucho antes de que el evolucionismo cultural expusiera sus argumentos, los occidentales (o todos los pueblos que se consideraban de una cultura superior) ya se dedicaban a imponer su civilización, por las buenas o por las malas, a todos aquellos salvajes que tenían un sistema de vida diferente. Esta imposición está bien documentada en contextos bien distintos y en cualquier parte del mundo, pues mientras la gran civilización azteca es motivo de admiración, también es bien sabido que se caracterizó por un fuerte imperialismo hacia sus vecinos y por los masivos sacrificios humanos que horrorizaron a los conquistadores. Y no menos horrorizados debían estar los conquistados en el continente americano, al ver el atropello, muerte, genocidio y esclavización a que fueron sometidos por los civilizados europeos. Por lo tanto, podríamos afirmar que el evolucionismo biológico o cultural lo único que hizo fue poner un sello científico a una práctica o conducta que ya estaba bien asentada en los países civilizados que llevaban siglos expandiendo su poder por todo el globo. Y, dado que esto países difundían la civilización, todo estaba justificado, pues la civilización es progreso y es buena para todas las gentes, pese a que la tarea civilizadora está a menudo marcada por abusos y excesos sobre el salvaje o el menos civilizado. Efectivamente, la conquista civilizadora no ha sido un camino de rosas, sino que en la mayoría de casos ha implicado una conquista política y económica —frecuentemente por la fuerza de las armas— que ha cambiado formas de vida y ha creado nuevos males sobre otros supuestos males ya existentes.

El eco de esta agresión civilizadora todavía se escucha a través del grito de resistencia de muchas comunidades indígenas en todo el planeta. Estos pueblos no ven apenas el beneficio de la civilización y sí la desgracia de la pérdida de sus creencias y modos de vida e incluso de su íntimo contacto con la Tierra, algo que ha enfrentado al hombre salvaje con el hombre civilizado desde hace siglos. Para ilustrar esta dicotomía basta recordar la famosa carta que el jefe indio Noah Sealth envió en 1854 al entonces presidente de los EE UU, Franklin Pierce, en que le expresaba que no podía venderle unas determinadas tierras, porque era el hombre el que pertenecía a la Tierra, y no al revés. Recuperemos ahora un fragmento significativo de dicha carta:

“¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos? Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los arboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas. Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas, en cambio nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.”

No hay que ser un experto antropólogo para que ver que esta visión del mundo tiene conceptos muy distintos de los del hombre occidental. Con todo, tampoco sería equilibrado idealizar un cierto “mito del buen salvaje” ni condenar tantas maravillas que ha creado la civilización como las obras de Platón, el Taj Mahal, los cuadros de Rembrandt o las óperas de Verdi. Sin embargo, lo que al final nos provoca un cierto desasosiego es que la civilización, que aparentemente se muestra como algo positivo y deseable, se presenta desde una perspectiva histórica como una extraña contradicción. Así, junto con los grandes logros de la civilización como los que acabamos de mencionar, tenemos una extensa crónica de negatividad civilizadora en forma de explotación, guerras, genocidios, intolerancia, miseria, corrupción, destrucción, persecuciones, etc. y no sólo del civilizado hacia el salvaje, sino muy en particular entre las naciones supuestamente civilizadas.

Si se admite que el hombre progresa, ¿cómo entendemos que el civilizado mundo del pasado siglo XX haya sufrido dos brutales guerras mundiales con millones de víctimas? ¿Son Hiroshima y Nagasaki símbolos de civilización? ¿Cómo un nación tan compleja y civilizada como la Alemania del siglo XX pudo caer en una barbarie moral como el nazismo? ¿Es la contaminación y explotación irracional del planeta una conducta civilizada? ¿Puede ser el civilizado y complejo sistema económico-financiero la solución de las tremendas crisis que él mismo crea? ¿Cómo la civilización mundial con tantos organismos internacionales se muestra incapaz de acabar con el hambre y la miseria en tantos países del Tercer Mundo? En definitiva, ¿cómo se puede hablar de civilización si la condición humana no ha mejorado sustancialmente desde el tiempo de los faraones y los emperadores romanos? La acumulación de conocimiento y de logros materiales no pueden justificar una evidente falta de progreso ético o espiritual como especie consciente. Una voz que resuena en nuestro interior nos dice que esto no puede ser civilización.

Ahora ya estamos llegando al meollo de la cuestión. Para acercarnos a una visión distinta del concepto de civilización, hemos de salir de nuestra mentalidad racional occidental y buscar otra forma de estudiar la existencia humana. Para el escritor y egiptólogo amateur John Anthony West, la civilización es algo radicalmente distinto a lo que se enseña en escuelas y universidades; en sus propias palabras:

“Por civilización entiendo una sociedad organizada sobre la convicción de que la humanidad está en la Tierra con un propósito. En una civilización, los hombres están más preocupados por la vida interior que por las condiciones de la existencia cotidiana.” (West, J.A. La serpiente celestial)

Ciertamente, West viene a tocar un punto clave y este no es otro que el sentido de la existencia humana más allá del mundo exterior que nos rodea, aquel que empieza en los límites de nuestra piel. A lo largo de los tiempos, los filósofos se han preguntado: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? y ¿A dónde vamos? Ni la historia como ciencia ni otras disciplinas han sido capaces de dar respuestas concretas a estas cuestiones. Para la visión evolucionista, no hay un orden ni una justificación ni un propósito definido, sino un azar que determina lo que existe en este Universo que percibimos por los sentidos. En este mundo, el hombre es un animal más, un ser físico muy próximo al chimpancé con el que compartimos un altísimo porcentaje de ADN. Sin embargo, las diferencias que podríamos denominar intelectuales o racionales con el resto de especies marcan una clara frontera que podríamos traducir en términos de conciencia. No podemos negar que aparte de buscar alimento y refugio como otros seres vivos, el hombre se hace preguntas y busca respuestas sobre su existencia.

En este mundo civilizado de la satisfacción efímera, pensamos que disponer de un todo-terreno 4X4, de un teléfono móvil, de un i-pad, de un televisor en 3D o de tantas otras cosas suponen un estilo de vida muy superior al de un indígena del Amazonas. Esto es cierto, tenemos más cosas, pero no por ello somos más felices ni estamos más contentos con nuestras vidas. Por encima de las condiciones de vida materiales, seguimos muriendo como hace dos, tres o cinco mil años y nuestras vidas pasan por momentos de alegría y de pena. La civilización, como marco de la existencia humana en estos 5.000 años pasados, no ha podido dar respuestas en términos de conexión con nuestro ser interior ni ha podido acabar con los males que aquejan a nuestra especie.

De hecho, los diferentes sistemas políticos, sociales y económicos o las sucesivas revoluciones más o menos radicales han aplicado aquello de “cambiarlo todo para que todo quede igual”, sin tocar el quid de la cuestión: transformar al hombre por dentro, para que ese cambio se proyecte en el mundo exterior. Este error se repitió en los supuestos mundos útopicos o felices imaginados por filósofos e intelectuales, que acabaron chocando con la dura realidad de los hechos. Así, la ideología socialista que debía liberar al hombre acabó condenándolo a una existencia materialista y opresiva, con la increíble paradoja de que la URSS, el país estandarte del socialismo, era un estado despótico y armado hasta los dientes, llegando a crear su propia política imperialista en todo el globo. Finalmente, la promesa de un cierto paraíso ha quedado limitada al terreno de la religión y las creencias, que venden la idea de que a este mundo se ha venido a sufrir y a ganarse la salvación… pero no aquí, sino en el más allá.

Está claro pues que la civilización, en sus múltiples manifestaciones a lo largo del tiempo, ha fracasado a la hora de eliminar el egoísmo, el individualismo y la confrontación. Más bien, la llegada del capitalismo en los últimos siglos ha exacerbado estos rasgos hasta llegar al frenético consumismo actual y a la auténtica sinrazón de destruir toneladas de alimentos para que no bajen los precios en la bolsa o en los mercados mientras hay tanta gente pasándolo mal, y no sólo en los países más subdesarrollados. Desde este punto de vista, podríamos decir que la evolución de la civilización no ha ido por el camino correcto, pues no sólo no ha podido ofrecer una supuesta felicidad completa al hombre sino que ha sido incapaz de dar unas condiciones de vida dignas (y esto sí que es un factor puramente material) en muchos lugares del planeta, con una evidente situación de injusticia y agravio.

Por otra parte, si civilización también es el conjunto de conocimientos, valores, creencias o productos de una sociedad, no cabe duda de que estamos ante una realidad compleja y a veces incomprensible para el ciudadano medio, que se siente llevado por una marea que lo arrastra hacia no sé sabe bien qué destino. El mundo civilizado se nos presenta así como una fachada material portentosa y tecnológica detrás de la cual no hay nada, ya que carece de esos supuestos valores que las más altas instancias se empeñan en pregonar sin demasiado éxito, porque entrado ya el siglo XXI las contradicciones de la civilización son tan grandes que ya no hay nada que pueda taparlas ni dismularlas. En este contexto, un creciente sentimiento de apatía y desconcierto se apodera de la sociedad moderna, que no entiende cómo este complejo mundo un día da caramelos y otro los quita, mientras a muchas personas no les dada nada de nada, ni siquiera esperanza. Desgraciadamente, estos tiempos difíciles —caracterizados por tantas muestras de corrupción y desmesura generalizadas— no hacen más que provocan mayor estupor, cuando no abierta indignación.

Y una vez visto lo visto, tal vez ya va siendo hora de ejercer sin tapujos nuestro derecho a juzgar y rechazar el mundo civilizado por ser un mundo que atenta directamente contra la esencia moral del hombre. El problema más grave para este cambio es que el hombre moderno no tiene un referente alternativo a la civilización, y cree que la civilización, a pesar de todos sus males, es el rumbo correcto y que volver hacia atrás sería caer en la barbarie. Pero, ¿puede haber más barbarie, más o menos edulcorada, que la que vivimos en esta era? ¿Hemos de aceptar que la civilización tiene este altísimo precio? ¿Nos da igual todo lo que ocurre a nuestro alrededor mientras nosotros podamos vivir instalados en la comodidad? ¿No es esto más egoísmo e individualismo, algo que precisamente no es muy distintivo de los “salvajes” que aún viven en la selva?

En fin, no es cuestión de renunciar al conocimiento ni a los avances en la ciencia; se trata de dar un vuelco moral a cómo vivimos sobre el planeta, mediante una transformación de la conciencia, con el objetivo de vivir en armonía con nuestros semejantes y con nuestro entorno, poniendo por delante lo que realmente debería ser importante para el hombre. El día en que a nivel público y privado términos como amor al prójimo, dignidad, solidaridad, decencia, honradez, honestidad y generosidad sean la pauta de vida habitual, entonces podremos decir que estamos en el buen camino, en un mundo que quizás no precise de grandes urbes ni de ostentosos artefactos, pero que dará cohesión a la sociedad y sentido espiritual a nuestras vidas.

(c) Xavier Bartlett 2013


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