Torres, astros y el irrefrenable impulso ariano

El destino mezcla las cartas y nosotros jugamos.

(Arthur  Schopenhauer)

Acto I

Caía la noche sobre la gran ciudad. Las estrellas y la luna se abrían paso en la oscuridad. Desde el último piso de un gran rascacielos, un hombre de unos sesenta años, impecablemente vestido, contemplaba la escena. En el más absoluto silencio, Marcus Pound podía creer que era Dios. El mundo, pequeño y distante, se rendía a sus pies. De hecho, Pound era un hombre extraordinariamente rico. También excéntrico y genial. Ese innato poder de convicción y decisión que tienen algunos hombres afortunados le había llevado a lo más alto del mundo financiero. Su patrimonio era, sin duda, una de las fortunas más grandes del planeta, y constituía un imperio que se extendía por todos los rincones de los cinco continentes. Para sus rivales y competidores, era un hombre de carácter, implacable y ambicioso, cuyo asombroso éxito en todo cuanto emprendía resultaba poco menos que un secreto inexplicable.

Sin embargo, los negocios y el afán de amasar más y más riqueza no suponían la mayor obsesión del multimillonario. Lo que realmente le quitaba el sueño era otra cosa bien distinta: la pasión por la astrología. Para Pound representaba la única verdad y la guía de su vida. Creía en ella hasta la exageración y tomaba importantes decisiones en función del horóscopo. Además, hacía ya años que había contratado a un astrólogo como consejero personal para que lo asesorase tanto en las finanzas como en la vida privada. La mecánica celeste, que él seguía de manera estricta, ordenaba todos los aspectos de su existencia, y no consideraba prudente desafiar sus vaticinios.

Pero aquella noche una idea comenzaba a tomar forma en su mente. Allí, en su despacho, solo, empezaba a comprender que no todo podía ser reducido al éxito. Debía haber algo más. Necesitaba, no únicamente el reconocimiento, sino también la memoria eterna. “Pasan los hombres, pero las estrellas permanecen. Así es el universo”, pensó profundamente. “Mi nombre y mi legado deben ser recordados y trascender más allá del tiempo.”

Tales reflexiones le hicieron ver la luz, la razón de su vida. Era preciso que él construyera una enorme obra faraónica que perpetuase su memoria a lo largo de los siglos. Una obra que llevara la impronta de su poder y su audacia. Excitado por estos pensamientos, telefoneó inmediatamente a su astrólogo y le pidió que se presentase en su despacho lo antes posible. No había tiempo que perder.

Acto II

Cuando Ataras Leonescu subió al ascensor que le conduciría ante Marcus Pound, se preguntó qué demonios podía alterar tanto al viejo. ¿Acaso había habido pérdidas? ¿Tal vez se habían derrumbado las  acciones del petróleo? No, no podía ser. El lo tenía todo calculado. No quedaba lugar para las sorpresas. Entonces, ¿A qué se debía el nerviosismo de su patrón? Pronto lo sabría con certeza, aunque ya intuía que no era un tema de negocios.

Pound se le echó encima nada más entrar por la puerta. Le dió la mano con un fuerza desacostumbrada y le hizo sentar.

– ¿Una copa, Leonescu? ¿Lo de siempre?

– Oh, sí, gracias Sr. Pound.

– Quizá se sienta usted desorientado, amigo mío, por la urgencia de mi llamada, pero no tiene motivos para preocuparse…todo va bien.

Mientras le acercaba su whiskey doble, Pound esbozó una sonrisa y pareció relajarse. Se sirvió una copa de cognac “Napoleón”, su favorito, y se sentó con parsimonia, ante la mirada expectante del astrólogo.

– Leonescu…iré al grano. He tenido una visón. Tengo muchas cosas. Poseo bancos, empresas, acciones… pero no poseo el futuro. Siento la necesidad de hacer algo realmente grande, algo que me sobreviva durante centurias,   que sea, en suma, el reflejo de mi alma imperecedera.

– ¿Y qué ha pensado concretamente sobre eso?, inquirió intrigado Leonescu.

– He pensado, mejor dicho, me he propuesto llevar a cabo una obra colosal,  que no tenga parangón en el mundo. Todavía no sé exactamente qué será,  pero superará con mucho todo lo conocido hasta ahora. Semejante obra me permitirá vivir para siempre, y unir mi destino con el del universo. No obstante, y como puede usted imaginar, no me atrevería a emprender este proyecto sin consultar previamente los designios de los astros. Esta es la  razón por la que le he llamado sin demora. He de saber cuanto antes si tengo el beneplácito de las constelaciones para poner en práctica mis planes. Quiero que empiece a trabajar esta misma noche. Realice los cálculos precisos, ausculte las estrellas y déme un informe completo en el plazo de tres días. Eso es todo. Buenas noches.

– Así se hará, Sr. Pound. Buenas noches.

Leonescu abandonó la sala, impresionado por la actitud y las explicaciones vehementes de su jefe. Este trabajo se le antojaba realmente difícil. Hasta entonces, todas las predicciones y consejos, basados en multitud de datos, habían ido bien, pero ahora se trataba de algo diferente. Lo que sí comprendió es que aquello era un asunto vital para el viejo, más aun que los negocios, y que no podía defraudarlo.

Acto III

Pasaron los tres días y Ataras Leonescu presentó su informe. Sobre su mesa de trabajo, Pound leía, con fruición, los resultados obtenidos por su consejero personal.

– Excelente, excelente… así pues veo que Venus nos apoya, y la conjunción Júpiter-Saturno nos proporciona la energía necesaria para el triunfo. Por otro lado, es espléndida la posición de Andrómeda en el cuarto cuadrante. En fin, no se podía pedir más. Ha hecho un trabajo magnífico, Leonescu, magnífico.

– Muchas gracias, Sr. Pound.

– ¡Esto es fantástico!, clamó eufórico el plutócrata. ¡Tómese otra copa, hay que celebrarlo por todo lo alto! Pronto mi sueño se hará realidad…

– Sí, un nuevo éxito para usted. Marte nunca le da la espalda.

– Ah, claro…Marte, mi planeta, por supuesto, por supuesto…

Hacía mucho tiempo que Leonescu no veía tan feliz a su jefe, y se preguntaba qué pasaría a partir de ese momento. ¿Cuál sería la gran obra de Marcus Pound? En todo caso, él no se podía sentir menos satisfecho, por cuanto su nombre también se vería asociado a esa eternidad que flotaba en la mente de su protector.

Acto IV

Una semana más tarde, cuando Marcus Pound estaba despachando unos temas pendientes con algunos colaboradores, sonó el teléfono. Jacqueline, su secretaria, le anunciaba la llamada de Ataras Leonescu. Pound se puso al aparato.

– ¿Que hay, amigo mío? Le ruego que sea breve, estoy reunido y después tengo una entrevista.

– Verá, Sr. Pound, no sé cómo decírselo… Bien, parece que ha habido un problema con su proyecto.

– Se refiere a lo que yo… (bajó la voz y se apartó de los presentes) ¿De qué me habla? Explíquese.

– Pues, me temo… me temo que los cálculos eran erróneos. Lamento profundamente que..

– No siga, Leonescu, por favor. ¿Cómo ha podido suceder esto?

– Los datos astrológicos estaban ligeramente equivocados. Su proyecto no funcionará. A decir verdad, sólo aparecen problemas; todo es confuso, negativo y…

– ¡Basta, Leonescu!, alzó Pound la voz. ¿¡Cómo es posible tanta incompetencia!?  ¡Queda usted despedido!

El millonario colgó violentamente el teléfono. Su cara estaba pálida y desencajada. De inmediato, mandó salir a todos y se quedó pensativo, mirando hacia ninguna parte. Estaba realmente furioso por la funesta rectificación de su consejero estelar. Se sintió abandonado, engañado y frustrado. Apenas contenía la cólera que llevaba dentro; hubiera destrozado su lujoso despacho en un abrir y cerrar de ojos. No acertaba a entender qué le había ocurrido a su hasta entonces eficaz Leonescu.

Acto V

En las siguientes dos semanas, Pound quedó sumido en una profunda depresión, abatido por su fracaso. No salió de su casa ni explicó a su esposa el motivo de aquel malhumor. Dejó todos sus asuntos y se concentró en buscar una salida a la dramática situación provocada por el error de Leonescu. Esos días de enfado y reflexión le supusieron un cambio de actitud. Como buen Aries, impulsivo y con una gran autoestima, decidió prescindir por primera vez en su vida de la posición de las estrellas y planetas en el firmamento. Se creía lo bastante seguro de sí mismo como para afrontar la empresa sólo con su firme voluntad. Hasta ese momento, nada le había impedido realizar sus proyectos, y no estaba dispuesto a renunciar fácilmente a su sueño de posteridad. Su mente se hizo cada más lúcida, y comenzó a entrever la plasmación de sus deseos. Puesto que el cielo le había jugado una mala pasada, el tenía que contestar con un gesto de valentía y atrevimiento.

Así pues, se propuso construir el edificio más alto del mundo, mucho más alto que el rascacielos donde trabajaba. Un edificio que no pudiera ser superado por ningún otro en un futuro próximo.Su rascacielos debería tocar las nubes, y de ese modo convertiría en realidad la antigua leyenda de unos hombres que quisieron desafiar al mismo Dios construyendo una torre que había de llegar hasta los cielos. Por eso decidió llamar a su proyecto “Babel Tower”, su reto a Dios y a los astros.

Acto VI

Pound volvió a la actividad, con más energía si cabe, y se dispuso a llevar a la práctica su sueño megalómano. Con el fin de concretar su osadía buscó a los mejores técnicos del mundo para que pudieran realizar su obra con las máximas garantías. Después de varios contactos y gestiones, reunió en su despacho a un grupo de doce profesionales, arquitectos e ingenieros, y les explicó lo quería de ellos:

– Señores, son ustedes los mejores, o así lo creo. Les he hecho venir porque quiero que trabajen juntos en el diseño y la construcción de un rascacielos gigantesco. Cuando digo “gigantesco” quiero decir que debe ser realmente muy alto. Y también bello e innovador. Ustedes tienen un excelente currículum y un prestigio internacional que les hace merecedores de un encargo de este calibre. No me decepcionen. Mañana tendremos otra  reunión donde les hablaré de los posibles emplazamientos de mi edificio, y también de los honorarios y los medios. Pueden marcharse, caballeros, y no olviden que “Babel Tower” tiene a partir de ahora la máxima prioridad en sus vidas.

Los técnicos se miraron los unos a los otros, sin saber muy bien si se encontraban ante un iluminado, o un mecenas irrepetible en la historia de la Humanidad. O ambas cosas a la vez. Para Pound, todo era más sencillo. El dinero, al fin y al cabo, no era un problema para él. Al día siguiente les ofreció unos generosísimos honorarios y un presupuesto casi ilimitado. Todos firmaron el contrato y se comprometieron con el proyecto. La perplejidad de aquellos hombres quedó vencida ante la suculenta oferta y la perspectiva de pasar a la posteridad en una obra casi inimaginable. De esta manera, “Babel Tower” dejaba de ser una fantasía para convertirse en un apasionante reto tecnológico.

Acto VII

Los arquitectos e ingenieros se concentraron totalmente en su esfuerzo común, y comenzaron a poner las bases del diseño del fabuloso edificio, cooperando para resolver los enormes problemas técnicos que se presentaban.  El entusiasmo, y el afán de gloria y riqueza, movían a estos hombres, dedicados día y noche a su labor. Pound se encontraba más satisfecho que nunca. No echaba en falta a Leonescu, y los negocios continuaban  en su habitual línea de beneficios ascendentes. La Torre estaba en su pensamiento constantemente, pero prefirió no presionar a su grupo de eminencias, dejándole trabajar sin pedir explicaciones.

Desgraciadamente, pasaron las semanas y los meses, y Marcus Pound no tenía siquiera un anteproyecto de su “Babel Tower” sobre la mesa. Los técnicos no se ponían de acuerdo, ni en unas premisas básicas ni en unas pautas generales de diseño. En realidad, no existía ni un solo plano del fantástico edificio. Pound empezaba a preocuparse y se llegó a preguntar si no había contratado demasiadas personas. Los antecedentes decían que ellos estaban acostumbrados a trabajar en equipo, y que, sin duda, eran los más capaces. No podían ser sustituidos.

Las semanas seguían corriendo y la gigantesca obra sólo existía en la imaginación del multimillonario. Al borde de la desesperación, Pound convocó a sus técnicos en su despacho para darles un ultimátum…o para pedirles un poco de serenidad:

– Vamos a ver, caballeros, estoy seguro que soy capaz de entender las dificultades. Me gustaría que me las expusiesen. Soy comprensivo. No dudo de que les pedí algo grande, pretencioso si prefieren llamarlo así.  Pero ustedes tienen la capacidad para resolver casi cualquier contratiempo. ¿Por qué no han podido hacer un solo plano de mi “Babel Tower”? ¿Es que acaso el incentivo económico no es suficiente? Por favor, hablen, argumenten, pero no me dejen así.

Al instante, todos quisieron intervenir y expresar sus razonamientos, mientras Pound intentaba escucharlos con atención. Pero al poco tiempo la reunión se transformó en una confusa discusión que no parecía llegar a ninguna parte. No había forma de obtener conclusiones ni de avanzar en los puntos fundamentales. Pound descubrió entonces lo que no había sabido ver desde el principio. Aquellos profesionales jamás realizarían su proyecto. Sus disensiones, rencores, susceptiblidades, diferentes puntos de vista, orgullos y hasta incluso sus mal disimuladas envidias, le hicieron comprender que todo aquello no podía dar ningún fruto. Les hizo abandonar el despacho y cuando estuvo solo se maldijo por su estúpida altanería. Movido por una terrible sospecha, consultó sus expedientes, y observó las fechas de nacimiento de cada uno de ellos. Todos eran de diferente signo astrológico, ¡los doce signos del zodíaco!

Epílogo

– Jacqueline, tráigame una aspirina y un vaso de agua, por favor. Ah, y localíceme al señor Leonescu.

– Sí, Sr. Pound.

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