Cambio de rumbo

b7architecture_exteriors005Hace cinco años me dispuse a experimentar un importante cambio en mi vida, cuando trabajaba en una gran empresa multinacional. El Director General de la organización en Europa me había convocado a una entrevista personal en su despacho de Londres. Después de doce duros años de trabajo en la empresa —los últimos cuatro como gerente de la empresa en mi país— me habían ofrecido un puesto en la central de Londres: nada menos que el cargo de Director Adjunto de toda Europa. El cargo había quedado vacante porque su antiguo ocupante se había pasado a la competencia, una firma japonesa.

De ahí la entrevista. Nunca había hablado personalmente con el Director General, a pesar de que habíamos coincidido en varias reuniones y comités durante mis cuatro años como gerente. Apenas algún intercambio de opiniones y datos, y poco más. Supuse que deseaba conocerme más a fondo, justo antes de “entregarme” el puesto, un cargo de altísima responsabilidad. Lógicamente, después de perder a un hombre de su confianza, no querría que ello volviese a suceder.

Mientras volaba hacia Londres, pensé en lo que le iba a exponer. Pensé en mis fortalezas, en vender mis resultados. Durante esos doce años, había tenido una ascensión que podríamos llamar “meteórica”, y todo ello sin pisar a ningún compañero, sin urdir tramas, sin adular a nadie… sólo con esfuerzo. Desde un puesto de mando intermedio, había extraído lo mejor de mi equipo para conseguir los objetivos que se me habían marcado. Con responsabilidad y con firmeza había sabido ganarme el respeto y admiración de mis colegas y luego de mis superiores, y así —tras ocho años de dedicación— llegué a gerente. Mi buena gestión había traspasado las fronteras del país, y mi nombre empezó a sonar para puestos todavía más altos.

Efectivamente, pensé, este es un momento de inflexión, de llegar a un nivel donde puedo influir realmente, de obtener una máxima satisfacción profesional… Sin embargo, el precio de este triunfo no había sido barato. Siempre trabajando por la empresa, sin horarios, viajando de un lado a otro… obviamente mi vida personal y familiar se había resentido de ello.

Pero ya había llegado mi hora. Bajé del taxi, entré en nuestra imponente sede, de 18 plantas. En la última de ellas me esperaba el Director General.

El director, un hombre de unos 60 años, impecablemente vestido, sonriente, me recibió cálidamente, me estrecho la mano y me invitó a una copa.

–         ¡Encantado de volverle a ver, David! Dígame qué desea, ¿un brandy, whisky, cognac…?

–         La verdad, ahora preferiría un café solo, señor director.

–         Bien, David, ahora se lo encargo a mi secretaria. Por favor, tome asiento…

Así empezó la conversación que cambió mi vida. Recuerdo cada palabra y cada gesto, y creo que puedo ser bastante fiel en reconstruir el diálogo que mantuvimos. Son cosas que difícilmente se pueden olvidar.

–         Y bien David, dentro de pocas semanas se incorporará al gran despacho de la planta 17. ¿Qué supone para usted? ¿Se da cuenta de que será el director adjunto más joven hasta ahora en nuestra organización?

–         Verá, señor director, es todo un honor. Todavía estoy aturdido. No esperaba…

–         Venga, venga… no se haga el humilde; vengo siguiendo su carrera desde hace años… usted lo merece mucho más que otros. Todavía recuerdo a ese traidor, a ese renegado, que nos dejó para ganar más dinero en Japón. Usted es distinto, es digno de mi confianza.

–         Le agradezco sus palabras, señor director.

–         Bueno, bueno… ahora me gustaría que me hablara de su ideas sobre la organización. ¿qué piensa hacer desde su nuevo cargo?

–         La verdad es que casi no he tenido tiempo de plantearme nada. Supongo que hay muchas cosas que hacer, pero apenas tengo algunas ideas sin concretar.

–         Bien, hábleme de esas ideas, aunque todavía sean un esbozo. Le conozco como gestor, David, pero quiero saber cómo piensa usted.

Respiré hondo. Por un momento traté de recuperar mi discurso de “venta personal” que había preparado. Pero, no sé por qué, preferí expresarme de forma espontánea.

–         Mire, señor director, pienso que debemos hacer frente a los nuevos retos del futuro…

–         Me gusta mucho su comienzo, David. Siga, por favor.

–         Como le comentaba, creo que debemos prepararnos ya para ese nuevo horizonte. Mi impresión es que el capital humano es lo más preciado que tiene las organizaciones y tendremos que cuidarlo y potenciarlo. Tengo algunas ideas sobre cómo enfocar la organización hacia las personas. Hemos de acercarnos más a nuestros empleados y también a nuestros clientes.

–         Bien, ¿y qué había pensado sobre eso, David?

–         He pensado en políticas de empowerment, en planes de coaching y mentoring, y…

–         Pare, por favor, David. Esto está bien que usted lo diga en determinados ámbitos, pero no aquí en mi despacho —su semblante se volvió más serio.

–         Perdone, no le entiendo, señor.

–         Vamos David, usted sabe lo que es realmente una empresa. No me venga con discursos de políticas de recursos humanos. No es nuestro cometido.

–         ¿Cómo dice?

–         Es muy simple, ¿no cree? Nosotros no trabajamos para las personas. Las personas trabajan para nosotros.

–         Sí, claro, eso es evidente. Yo quería decir que sería interesante implementar algunos cambios para que los empleados de todas nuestras delegaciones se sientan mejor y sean más productivos, y ello repercuta en un mejor servicio al cliente.

–         Claro, desde luego… Pero, ¿dónde ha estado trabajando usted estos últimos años? Esto no es una fundación benéfica, ni una universidad. Escúcheme bien: todo ese lenguaje, esas políticas, sirven para lo que sirven, pero aquí se trata de explotar al máximo a las personas y obtener el máximo beneficio. Siempre ha sido así; ahora hay otros medios, más modernos, pero lo esencial no ha cambiado: los que estamos arriba debemos obtener lo que es nuestro y nos pertenece, porque somos la clase dominante. Los demás son perros esclavos que sólo merecen vivir para producir, consumir, reproducirse y morir. Esa es la única verdad.

Esta intervención, con ese lenguaje tan crudo, me dejó helado. No sabía qué decir. El director había dejado de estar afable y me miraba con cierto aire de preocupación. Él siguió hablando.

–         ¿Coaching? ¿mentoring? ¿empowerment? ¿evaluaciones del desempeño? Si uno sólo de mis directivos me viene a hablar de eso seriamente lo despido de inmediato. Por lo que veo, usted usaba ese lenguaje en su delegación. Pero eso debe cambiar. Si queremos sobrevivir en esta jungla globalizada, hemos de morder con fuerza. La masa de trabajadores y consumidores nos ha de dar más y más, porque nunca será suficiente para nosotros.

–         ¿Qué es para usted suficiente? No entiendo ese argumento.

–         Nunca es suficiente, David. Yo todavía quiero más poder y más riqueza. Todo esclavo debe producir y consumir a un nivel óptimo; de lo contrario, no hay máxima explotación. Hay que evitar que ganen demasiado y al mismo tiempo asegurar que tendrán recursos suficientes para seguir consumiendo o para que otros consuman. Eso es la base del sistema capitalista. ¿Recuerda el cuento del burro y la zanahoria? Mientras el burro siga tirando, nosotros avanzaremos; ellos jamás alcanzarán la zanahoria. Los esclavos puros, los que había en el Mundo Antiguo, no eran eficientes por ese motivo; no tenían alicientes. Ahora se creen libres, tienen dinero, y han de contribuir al sistema para poder seguir teniendo esperanzas.

–         ¿Eso es lo único que le preocupa, señor? No podemos seguir creciendo de esta manera. Es imposible y, además, es una locura

–         Eso son tonterías. Los límites los ponemos nosotros. Todavía podemos crecer mucho.

–         ¿Y que cree entonces que debería hacer en mi nuevo puesto, señor?

–         Simplemente pensar en los números, en los resultados, en los objetivos, en el éxito, en la competitividad, en los mercados… Y, sobre todo, no vuelva a hablarme de personas.

–         Verá, señor director, yo siempre he trabajado duro y siempre he contado con las personas… sin ellas no hay resultados.

–         ¿Pero cómo ha podido llegar a ocupar un puesto de gerencia pensando de ese modo? Por supuesto que hay que contar con ellas. Pero no se equivoque. Todos adoramos a nuestros perros. Pero son sólo eso: perros. Lo que más aprecio de ellos es que son fieles y sumisos, trabajan para mí, yo soy su Dios. ¿Se da cuenta, David? Los seres humanos no somos iguales. Nosotros mandamos, ellos obedecen y viven para nosotros. No hay más.

–         ¿Y yo he de obedecerle a usted de esa manera?

–         Usted ha sido un perro fiel y cumplidor en sus doce años en la empresa. Ahora sólo está en un grado superior en la manada.

–         Disculpe, señor… ¿me ha llamado usted perro?

–         Lo que quiero decirle es que tome usted conciencia de dónde está y qué espero de usted. Luego disfrutará de una extensa finca, de coches, de yates, de mujeres, de bienes exclusivos… Pero no se salga de lo que está establecido.

–         Mire, tal vez no me apetezca todo ese paraíso. Y por cierto, yo no sé si seré un perro, lo que si sé es que usted es un cerdo. Mañana por la mañana tendrá mi carta de dimisión sobre su mesa.

No le dejé contestarme. Ni me despedí. Di media vuelta y salí por la puerta con el corazón acelerado sin apenas ver por dónde pisaba. Cuando dejé atrás el gran edificio me di cuenta de que en efecto mi vida estaba a punto de cambiar, pero no en la dirección que yo había imaginado.

Hoy en día, cinco años después de aquella entrevista, vivo modestamente con mi familia en la Patagonia, en un lugar tranquilo y casi despoblado, rodeado por una inmensa naturaleza virgen y agreste. Regento una pequeña tienda de comestibles y escribo poesía en mis ratos libres.

Y la vida aquí no es fácil ni cómoda, pero soy medianamente feliz, lejos de la guarida de los lobos. Sé que están ahí, están por todo el planeta, pero hago todo lo posible para no participar en su festín. Sólo me queda una cosa que ellos jamás podrán arrebatarme: la dignidad.

(c) Xavier Bartlett 2013

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2 thoughts on “Cambio de rumbo

  1. Gracias Xabier por esta entrada tan instructiva. Las decisiones valientes son siempre difíciles pero también las más acertadas. Enhorabuena por tus blogs, me haces pasar muy buenos ratos leyéndote, un saludo.

    1. Gracias Evaristo por el amable comentario. Es una satisfacción saber que alguien “ahí detrás” lee lo que escribes y saca algo positivo de ello. En este sentido prefiero escribir poco pero ofreciendo el máximo de calidad en forma y contenidos… siempre que se puede.

      Un saludo,
      X.

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