Por qué religión y espiritualidad no son lo mismo

religionesPosiblemente si confrontamos las palabras ciencia y religión, muchas personas opinarán que estamos hablando de términos antitéticos que difícilmente pueden tener algo en común. En efecto, la ciencia actual está basada en la observación y experimentación de los fenómenos físicos (aquello que percibimos por nuestros sentidos), mientras que la religión ha quedado reducida más bien a una cuestión de fe, esto es, un conjunto de creencias. Sin embargo, resulta hasta cierto punto paradójico que en las sociedades primitivas la ciencia y las creencias vayan tan de la mano hasta el punto de ser apenas separables. Estas comunidades, que no tienen una ciencia empírica como la nuestra, basan su conocimiento del mundo en las antiguas tradiciones enraizadas precisamente en las creencias o en en los mitos (que vendrían a ser la misma cosa). Así pues, la religión, entendida en un sentido amplio, ocuparía el espacio que debería tener la ciencia

Por otra parte, a lo largo de la historia –y muy especialmente en la civilización occidental– la ciencia y la religión han mantenido una agria disputa acerca del auténtico conocimiento del cosmos y del hombre mismo. En esta pugna, la religión ha tenido una marcada preponderancia hasta hace muy pocos siglos, pues la religión ha estado normalmente asociada al poder político-económico y ha dictado cuál había de ser el pensamiento correcto. Lógicamente, Dios no decía nada al respecto; en todo caso, eran sus representantes en la Tierra los que decidían lo que se ajustaba a la verdad divina y lo que no, y puesto que tal verdad derivaba directamente del Ser Supremo (omnisciente e infalible), no había ningún margen para la discusión. Por tanto, la ciencia que no estaba de acuerdo con la ley divina era ocultada, ignorada o perseguida, hasta el punto de llevar a la represión, el ostracismo o la hoguera a los defensores de la visión científica.

Por citar dos ejemplos muy ilustrativos, vale la pena destacar el caso de Galileo Galilei y el de la biblioteca de Alejandría. Es bien conocido el calvario que padeció el sabio italiano al intentar defender sus tesis científicas en el terreno de la astronomía frente al estamento eclesiástico, lo que incluyó presiones, amenazas, procesamientos y una retractación. La cerrazón dogmática y la negación de sus hallazgos fue tal que, incluso cuando Galileo invitó a los cardenales a que vieran por ellos mismos el movimiento de los planetas a través de su telescopio, ¡éstos se negaron a observar! Cabe recordar que otros científicos no tuvieron tanta suerte y fueron a parar al fuego purificador, y en este sentido tanto la Iglesia Católica, que ejecutó a Giordano Bruno, como la fe protestante o calvinista, que quemó a Miguel Servet, fueron igualmente intolerantes.

En cuanto a la biblioteca de Alejandría es muy conocido también el episodio de fanatismo religioso cristiano que llevó a la quema del edificio y el asesinato de la científica Hipatia, si bien no hay una certidumbre total sobre la conjunción de ambos hechos. Posteriormente, en época de dominación musulmana, el califa Omar mandó destruir los libros de la Biblioteca, aduciendo que “si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no están de acuerdo con la doctrina del Corán, no tiene caso conservarlos.”

Asimismo, podríamos hablar de tiempos relativamente recientes (hace “sólo” 150 años), cuando la Iglesia cargó contra Darwin por desafiar los textos bíblicos creacionistas y proponer una versión materialista del origen del hombre. Por supuesto, ahora podríamos argumentar ahora que el evolucionismo darwinista se ha convertido en una creencia o dogma casi religioso, frente a ciertas opiniones científicas minoritarias que han observado numerosas anomalías en esta teoría; no obstante, este tema nos llevaría a otro debate que no es el objeto de este artículo.

Una vez vista esta clara oposición entre religión y ciencia, es momento de presentar la falsa o dudosa asociación ente religión y espiritualidad, que para la gran mayoría de la gente son términos muy próximos, por no decir sinónimos, dado que la palabra espíritu nos conduce casi inmediatamente al ámbito de las creencias o, dicho de otro modo, de lo no científico. Sin embargo, desde mi modesto punto de vista, y aún reconociendo que existe una conexión básica entre ambos conceptos, de ninguna manera podemos considerar la espiritualidad como una expresión o faceta de la religión.

Pues bien, aunque pueda parecer una contradicción o una completa falacia, creo que la espiritualidad genuina nos lleva directamente al campo de la ciencia, pero, claro, no a la ciencia empírica, positivista y materialista que impera en nuestros días. Se trataría de otra ciencia, otro conocimiento, más relacionado con antiguas tradiciones de las culturas orientales o con doctrinas de tipo esotérico. Con todo, algunas visiones científicas de los últimos tiempos, como la física cuántica, han vislumbrado que detrás del gran universo objetivo que creíamos conocer dese el actual paradigma científico, se esconde el papel de la conciencia; esto es, el observador, aquel que “es” y “sabe”, el espíritu que no tiene materia (porque la materia es una creación de la conciencia). Pero vayamos por partes.

Si ahora nos paramos a analizar el fenómeno de la religión (sobre todo las tres grandes religiones monoteístas: cristianismo, islam y judaísmo) veremos realmente que la diferencia con la espiritualidad es más que notable.

En primer lugar, la mayor diferencia entre religión y espiritualidad radica en su propio origen. Mientras que la religión viene “de fuera”, es algo exterior al individuo (de hecho, procede de la sociedad), la espiritualidad procede “de dentro” del propio individuo. No cabe duda de que la religión es un fenómeno que se ha establecido a nivel social hasta convertirse en una institución, en un conjunto de estructuras, jerarquías, reglas, principios y ritos impuestos por una casta “intermediaria” entre el hombre y la divinidad, con la potestad de regir el comportamiento de las personas, no sólo en su relación con Dios, sino en la mayoría de aspectos de la vida. Por el contrario, la espiritualidad despierta en la persona, es una libre elección, sin imposiciones, que no depende de factores culturales, sociales o educativos. No es una institución, ni un credo organizado; es una conexión directa con la divinidad.

En segundo lugar, la religión no es única, sino diversa. Existen unas pocas grandes religiones con cientos de millones de adeptos, y otras muchas que son relativamente minoritarias, por no hablar de múltiples sectas o escisiones. Todas ellas tienen sus sistemas de creencias, ritos y tradiciones y todas ellas se consideran “verdaderas”, aunque algunas son más tolerantes que otras. A lo largo de la historia, los hombres han sido llevados al enfrentamiento y a la guerra por razones religiosas (esto es, por diferencia de credo) aunque las causas reales las tendríamos que situar en otros ámbitos. No obstante, la sola idea de lucha de dioses o cultos ha sido suficiente para manipular a los pueblos y llevarlos a la destrucción. Frente a esta idea, la espiritualidad es única y universal, y responde a la propia conciencia del individuo, que se da cuenta de que la diversidad es sólo una ilusión y que todo es en realidad uno.

En tercer lugar, la religión precisa de un conjunto de verdades indiscutibles y dogmas marcados por los hombres de Dios (el clero) que deben ser aceptados y seguidos por los fieles, a través de una serie de preceptos, rituales y formalidades. El hombre religioso no puede ni debe cuestionarse lo que Dios (supuestamente) ha dicho o lo que está escrito en un libro sagrado. En cambio, la espiritualidad no viene marcada por doctrinas, normas o dogmas, sino que es una reflexión interior de cada persona, que no precisa de ningún guía. Así, cada cual busca y encuentra el camino de la manera que cree más conveniente.

En cuarto lugar, la religión ejerce de adormecedor o controlador de conciencias, con la figura de un Dios lejano e inasequible al cual debemos adorar. En algunas religiones, la imposición de las verdades incluye a un Dios justiciero que infunde terror o amenaza con el castigo eterno: “si no te comportas de esta u otra manera, irás al infierno”. Así, el miedo y la sumisión forman parte del sistema religioso, así como las ideas de pecado y culpa, que hacen del hombre un ser despreciable que necesita redimirse. La espiritualidad es todo lo contrario; es un proceso de despertar, de meditar, de encontrar al Dios interior, de dejar atrás los remordimientos, de rechazar el miedo y de ser responsable de los propios actos y sus consecuencias.

En quinto lugar, desde una vertiente filosófica, la religión dice que ciertamente existe otra vida y promete el paraíso para los que se comporten rectamente. Sin embargo, nos dice que –hasta que no llegue el momento– hemos venido aquí a sufrir, que no hay salvación en este mundo, sino más allá de él. Es una proyección al futuro, una promesa de recompensa si se cumple lo dictado por la autoridad divina. La espiritualidad se centra en el aquí y ahora, en la intemporalidad, en lo eterno. No hay “otra vida”, sólo hay una existencia. Tampoco hay premios ni castigos. La iluminación y la paz son posibles en este mundo.

Y finalmente uno se puede preguntar lo siguiente: ¿dónde está la religión y dónde la espiritualidad? La primera sin duda está en el pensamiento o la mente, esto es, en el mecanismo que funciona como una interfaz entre nuestro yo y el cosmos. Es como un programado instalado allí -por otros- desde pequeños, que nos habla de un Dios exterior inalcanzable para nosotros. La segunda es una expresión directa de la conciencia infinita, es Dios mismo, el Dios interior, y está más allá de la mente, sin depender en absoluto de ella. Por resumirlo de algún modo, mientras que la religión es una estructura mental, una construcción en parte intelectual y en parte emocional, la espiritualidad es un eco de nuestra conciencia individual y colectiva, el reconocimiento de nuestra propia divinidad.

Así pues, más bien parece que la espiritualidad ya estaba en nosotros mucho antes que la religión, pues la conciencia es infinita y eterna, aunque esté aparentemente dormida. Es posible, pues, que la religión simplemente surgiese como una manera de reconducir la espiritualidad innata de todos los humanos hacia un terreno mental donde fuese más fácil ocultarla, controlarla, o manipularla, cosa que ya iba bien a las élites dirigentes, las castas político-religiosas de la Antigüedad (y recordemos que los reyes o líderes del pasado eran dioses o enviados de Dios, o decían reinar por la gracia de Dios). Y esta situación se mantuvo durante siglos y siglos hasta que Marx proclamó que “la religión era el opio del pueblo”. Hoy en día, las grandes religiones navegan entre un fanatismo minoritario y un alto nivel de abandono y descrédito a causa de la corrupción y del materialismo imperante, si bien se han creado extraños sucedáneos como la New Age que pretenden captar las mentes desilusionadas. En todo caso, parece que el opio del pueblo se ha trasladado a otros ámbitos con cierto éxito. Cualquier cosa es buena para evitar el despertar la conciencia.

(c) Xavier Bartlett 2013

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