De Platón a Matrix: la búsqueda de la (otra) realidad (I)

matrixNo sería nada exagerado afirmar que la inmensa mayoría de habitantes de este planeta no se ha preguntado nunca en profundidad acerca del concepto de realidad. Y si alguien, por mera curiosidad, decide hacer una simple consulta al diccionario se va a encontrar con una definición más bien difusa y poco concreta: “real” es “lo que existe efectivamente”, pero… cuando nos remitimos a la definición de “efectivo”, nos encontramos con esto: “real y verdadero”. En suma, estamos ante una argumentación circular.

Ciertamente, la realidad cotidiana es un tema que no está bajo discusión; simplemente “es” y no hay vuelta de hoja. Sin entrar en cuestiones filosóficas, para casi todo el mundo la realidad es lo que se percibe, o sea, el mundo físico, el mundo que conocemos desde que nacimos. Y en esta realidad física muchas personas de todo el globo, y especialmente de la generaciones más recientes, habrán visto la película de culto Matrix, con sus respectivas secuelas. Se trata de un ameno espectáculo de aventuras y ciencia-ficción que, en medio de peleas y persecuciones, plantea un dilema filósofico —o científico— de gran calado: ¿es falsa la realidad que experimentamos? ¿Es una especie de artificio? ¿Cuál, pues, es la verdadera realidad? Posiblemente esta cuestión pasó desapercibida en las clases escolares de filosofía a mucha gente por ser demasiado sutil y abstracta, pero lo cierto es que el problema de qué entendemos por realidad se remonta  a hace muchos siglos y ha sido objeto de estudio y reflexión por parte de filósofos y también científicos.

A modo introductorio, recordemos a grandes rasgos lo que presentaba el filme Matrix y luego veremos cómo se conecta con el pensamiento filosófico. El protagonista, Neo, es un joven genio de la informática que entra en contacto con unas personas que lo introducen en su mayor preocupación: saber qué es Matrix, algo que Neo intuye pero que no sabe a ciencia cierta en qué consiste. Así, acaba encontrándose con un personaje llamado Morfeo, que le ofrece ese conocimiento (la “verdad”) a través de una pastilla. Al escoger la pastilla roja, Neo opta por conocer Matrix, y rechaza permanecer en la ignorancia y rutina (simbolizada por una pastilla azul). Inmediatamente Neo empieza a experimentar que la realidad es en cierto modo flexible y no tan sólida como él pensaba. Luego “despierta” en una especie de cápsula donde se encontraba realmente su cuerpo y se horroriza al ver miles y miles de cápsulas como la suya. Tras abandonar ese siniestro contenedor, Morfeo le explica que ese lugar es un criadero de humanos y que casi toda la humanidad está allí, esclavizada y vampirizada por unas máquinas conscientes que se alimentan de la energía eléctrica humana.

La explicación va más allá cuando Morfeo y Neo se introducen en un programa informático y Neo se pregunta si lo que les rodea es real. Entoces es cuando Morfeo le contesta con la pregunta clave: “¿Cómo definirías real?” En ese momento Morfeo introduce una visión científica del concepto, según la cual lo real es aquello que se puede ver, oir, tocar, oler, saborear… pero tales sensaciones son sólo señales externas que los sentidos captan y transforman en impulsos eléctricos que el cerebro descodifica para convertirlos finalmente en una cierta “realidad”. Sin embargo, lo que ya empieza a resultar siniestro es que Morfeo le sigue explicando a Neo que esa supuesta realidad es una especie de prisión en la que el ser humano juega obviamente el papel de prisionero: “Naciste en una cárcel que no puedes oler, saborear ni tocar, una cárcel para tu mente”.

A raíz de estas atrevidas afirmaciones, surgen pues varias cuestiones: ¿Dónde está la realidad, fuera o dentro de nosotros? ¿Es objetiva o subjetiva? ¿Podemos conocer el mundo exterior —si es que tal cosa existe— de forma absoluta o “separada” de nosotros mismos? ¿Qué papel juega en todo esto la mente? ¿y la conciencia?

Platón
Busto de Platón

Para empezar a introducirnos en este complejo panorama, tendremos que viajar al pasado, pues ya desde tiempos remotos la humanidad ha intentado aportar respuestas de tipo filosófico, físico o metafísico. En primer lugar, vamos a comprobar que el famoso filósofo griego Platón ya había esbozado el mismo argumento de la película Matrix hace nada menos que 2.500 años, en una alegoría llamada el Mito de la caverna que aparece en su obra La República. En efecto, para los estudiosos de la filosofía, el enfoque de Platón es todo un clásico en las propuestas sobre el concepto de realidad. Vamos pues a repasar someramente esta historia narrada por Platón.

El relato, expuesto en forma de diálogo entre el propio Platón y Glaucón, nos habla de una cierta caverna donde unos prisioneros o reos, encadenados de pies y cuello, están dispuestos de tal forma que sólo pueden ver el fondo rocoso de la cueva. No pueden girar la cabeza y ver la luz que penetra desde el exterior. Estas personas han estado así desde niños y sólo han podido ver las figuras que se mueven por detrás, proyectadas como sombras por un fuego situado también detrás de ellos. Ellos creen, pues, que tales sombras son la realidad.

Pero, ¿qué ocurriría si un prisionero se pudiera liberar de sus cadenas, girar la cabeza y ver las cosas que antes sólo había percibido en forma de sombras? Posiblemente consideraría que tales cosas son mucho más verdaderas de lo que creía haber visto previamente. Al principio, a esta persona le dolerían los ojos ante tal claridad, porque su vista no estaría aún acostumbrada, pero finalmente —fuera ya de la caverna y tras un tiempo de aclimatación— podría ver todo el mundo tal como es, e incluso mirar la misma fuente de luz, el Sol. Entonces el fugitivo, al comprender la nueva situación, se compadecería de sus antiguos compañeros de la caverna, y de ningún modo querría regresar allí. Sin embargo, si decidiese volver y reunirse con ellos, se sentiría “ofuscado por las tinieblas”. Y peor aún, si les animase a salir de aquel lugar, correría el riesgo de caer en ridículo, o de morir incluso si los reos pudiesen liberarse.

Platón concluye con la explicación de su alegoría:

“…recuerda que los ojos pueden ver confusamente por dos tipos de perturbaciones: uno al trasladarse de la luz a la tiniebla, y otro de la tiniebla a la luz; y al considerar que esto es lo que le sucede al alma, en lugar de reírse irracionalmente cuando la ve perturbada e incapacitada de mirar algo, habrá de examinar cuál de los dos casos es: si es que al salir de una vida luminosa ve confusamente por falta de hábito, o si, viniendo de una mayor ignorancia hacia lo más luminoso, es obnubilada por el resplandor. Así, en un caso se felicitará de lo que le sucede y de la vida a que accede; mientras en el otro se apiadará, y si se quiere reír de ella, su risa será menos absurda que si se descarga sobre el alma que desciende de la luz.”

Como podemos comprobar, no son pocos los puntos de contacto con la película Matrix: por un lado, una sociedad esclavizada a un mundo que cree real porque no ha visto otra cosa (y se le obliga a percibir esa falsa realidad, no tiene otra opción). Por otro, tenemos a un individuo que “abandona el fondo de la caverna” y descubre que hay otro mundo, regido por una luz diferente. Los viajes de ida y vuelta de Neo a la Matrix y los dilemas que se plantea al vivir entre estas dualidades están recogidas en este último párrafo que acabamos de citar.

Kant
Immanuel Kant

En fin, el problema planteado por Platón seguiría siendo uno de los temas fundamentales de la filosofía durante siglos: qué es la realidad, y cómo podemos conocerla con certeza. Entre otros filósofos cabe destacar la visión de Immanuel Kant, que estableció una distinción entre dos mundos, que de alguna manera vendría a recuperar la división platónica entre “lo que aparenta ser” (la falsa luz) y “lo que es” (la luz verdadera). Así, Kant distinguía entre el mundo nouménico (el de las ideas, el auténtico) y el mundo fenoménico, que es todo aquello que percibimos a través de nuestros cinco sentidos físicos. Según este modelo, conocer de manera segura la realidad externa a nosotros sería tarea imposible, ya que no podría haber una percepción directa. Además, Kant propuso que las percepciones del tiempo y el espacio no sería inherentes al mundo físico, sino que serían más bien un reflejo de la forma en que opera nuestra mente. Ahora bien, para Kant sí que existiría una realidad o mundo externo, pero tal mundo sería apreciado o interpretado de manera subjetiva por cada individuo. (A este respecto, cabe destacar la posición del famoso científico Francis Crick, descubridor del ADN, que afirmó que el mundo exterior está ahí afuera, independientemente de que lo observemos o no, lo cual bien parece una paradoja, porque el conocimiento del mundo exterior procede precisamente de una observación).

Y en fin, llegados al siglo XIX se fue imponiendo la visión positivista o materialista, que considera que el mundo real es aquel que podemos percibir por los sentidos y que fuera de esta percepción no hay otros “mundos”. En este paradigma, el cerebro es el mecanismo que nos permite el conocimiento de lo externo (previo paso por los sentidos), y la conciencia (identificada con el pensamiento) no sería más que un producto de la actividad cerebral. Dicho de otra manera, el proceso de la percepción implica que los estímulos exteriores son “captados” por nuestros sentidos y luego reenviados en forma de señales eléctricas a nuestro cerebro, que a su vez las descodifica y las transforma en el entorno tridimensional que conocemos, la única realidad.

Sin embargo, llegados a este punto, volvemos a tener los mismos problemas que se planteaba Kant. Lo que hay “ahí fuera” es una cosa, y lo que el cerebro elabora a partir de ese estímulo externo es otra bien distinta, y no podemos saber cómo se relacionan. Dado el papel central que el cerebro tiene en este proceso, podríamos decir perfectamente que este órgano es una especie de “generador de realidad”.

Para ver cómo funciona realmente este ordenador biológico en relación al “mundo exterior” no hay más que poner como ejemplo los efectos de la hipnosis sobre las personas. Así, un hipnotizador que controla la mente de su hipnotizado, puede variar el sentido de la realidad de forma muy simple: le ofrece una patata a la persona y le dice que es una deliciosa y dulce manzana que puede comer allí mismo. Los sentidos de la persona captarán una información, pero la mente –que ha sido inducida a una determinada creencia– asume (procesa) que tal información es una manzana y como tal, tendrá las caracterísiticas propias de esta fruta. Así pues, el hipnotizador (y otros posibles espectadores) verán sin ningún engaño o truco de magia cómo el hipnotizado se está comiendo tan ricamente una patata cruda.

Por lo tanto, el mundo exterior, podría ser no tan “exterior” como pensamos, sino que estaría más bien en nuestra propia mente, como el mundo de los sueños, que nadie considera como una realidad externa sino como un producto de la actividad cerebral mientras dormimos. En todo caso, nunca podríamos conocer directamente la realidad “tal cual es” (quizá algo similar al mundo nouménico de Kant) sino tal como la experimentamos. Según este enfoque, estaríamos percibiendo o sintiendo una realidad virtual (como una simulación informática) o mundo ilusorio, algo que ya en la antigua tradición védica hindú se contemplaba con el nombre de “Maya”.

En todo caso, volviendo al símil informático de Matrix, vemos que la raíz del problema de la realidad tal vez se sitúe en dos elementos: cómo funciona el procesador, y qué cantidad de información puede procesar. Lo veremos en la segunda parte de este artículo.

© Xavier Bartlett 2013

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