De Platón a Matrix: la búsqueda de la (otra) realidad (II)

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Hemos visto que dentro del paradigma materialista hay poco más decir sobre el concepto de realidad y sobre cómo la percibimos. Aparentemente todo está explicado. Sin embargo, toda la fenomenología paranormal (incluyendo las visiones, la telepatía, las percepciones extransensoriales, etc.), el acceso a otros estados de conciencia, las experiencias más allá de la muerte, etc. han abierto nuevos caminos a la cuestión de qué es la realidad. Así, han surgido teorías o propuestas que tratan de dilucidar si la realidad que percibimos es ilusoria, limitada o simplemente es una más entre otras múltiples realidades. Todo ello ha llevado a muchos investigadores a explorar otras opciones, a veces a caballo entre las teorías científicas más avanzada (como la mecánica cuántica) y la filosofía o incluso la espiritualidad. En lo que suelen coincidir la mayoría de ellas es en el rechazo de la idea de que algo indudablemente material como el cerebro pueda “crear” algo inmaterial como es la conciencia, lo que sería una paradoja hasta cierto punto. ¿Cómo la materia puede crear algo no material? ¿No será al revés?

Recuperando las analogías informáticas que presentamos en la primera parte del artículo, tenemos que el cerebro funciona como un procesador de información a partir de las señales exteriores captadas por los sentidos. Tales señales son luego descodificadas para formar la realidad que conocemos. Pero… ¿y si nuestro cerebro fuese como un vetusto aparato de radio que sólo puede captar una cierta cantidad o banda de señales? Si, según ciertas teorías científicas, el universo está compuesto básicamente de energía que vibra en infinitas frecuencias, podría ser que nuestro “receptor” sólo pudiera captar una pequeñísima parte de las frecuencias y por tanto ignorase por completo la existencia de las otras. En tal caso, por ejemplo, nuestra realidad estaría constituida por las tres o cuatro emisoras de radio que podrían captar (“sintonizar”) nuestros sentidos. Sería, por decirlo así, una radio con un dial de cortísimo recorrido. Por supuesto, fuera de ese estrecho rango de frecuencias, habría decenas de emisoras que seguirían emitiendo su señal, pero nosotros no las podríamos captar de ninguna manera. En definitiva, sólo tendríamos acceso a una pequeña parte de la “realidad” multidimensional existente en el universo.

Todo esto puede parecer muy teórico, pero sabemos experimentalmente de las limitaciones de los sentidos humanos y de las mayores posibilidades de percepción que tienen muchos animales en comparación con nosotros. Es bien conocido que bastantes animales tienen una vista, oído u olfato muy superior al nuestro y son capaces de percibir una realidad que para nosotros resulta inalcanzable. También se habla de una especie de sexto sentido que les permite percibir determinados peligros o eventos a partir de la percepción de unos campos morfogenéticos, según la teoría del brillante científico británico Rupert Sheldrake. Por ejemplo, según estudios científicos bien reconocidos, la vista humana sólo es capaz de captar un porcentaje muy pequeño del espectro electromagnético de la luz, teniendo en cuenta que el Universo está compuesto de materia oscura en un 95%; dicho de otro modo, la luz “visible” para nosotros es un un rango de frecuencia muy reducido, por lo que podemos decir –aunque pueda parecer una exageración– que el ser humano es prácticamente ciego.

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¿Es el cerebro un descodificador (muy limitado) incapaz de captar “toda la realidad”?

Así pues, tenemos que los campos de información están supuestamente “ahí fuera” y que el cerebro más bien actúa como un mecanismo descodificador de una parte, quizá muy pequeña, de tales campos, para construir una determinada –y limitada–­ realidad, que es nuestro universo material y nuestra vida “biológica”. Pero, de hecho, según las teorías científicas más recientes, no habría “materia” ni “energía”, sino simplemente “vibración”.

En efecto, el Universo sería como un gran océano de información vibracional que nosotros captamos y procesamos. Y toda esa información no está ahí por azar, sino que respondería a un orden o programación (y aquí volvemos a las similitudes informáticas con Matrix), con lo que podemos decir que la realidad estaría compuesta de sistemas de información que cumplen una determinada función. Esta información, en esencia, es pura vibración pero al ser interpretada por nuestro cerebro se convierte en una cierta realidad física múltiple en sus manisfestaciones, y tiene un aspecto “palpable” y determinado. Y ahora, volviendo a Platón y a Matrix, ¿no podría ser que el mundo de las ideas fuera en realidad  el mundo de los códigos o de los patrones (los “sistemas operativos”) que nos permiten reinterpretar las señales (los “programas”) y convertirlas en el mundo físico? En resumidas cuentas, estaríamos hablando de una realidad virtual.

Para comprender cómo funcionaría esta realidad virtual conformada a través de estos sistemas vibracionales es pertinente mencionar la teoría del universo holográfico, según es descrita en el libro del mismo nombre de Michael Talbot.

Básicamente, la holografía consiste en proyectar un rayo de luz directamente sobre una placa sensible a la luz y al mismo tiempo desviar ese rayo (mediante un espejo semitransparente) sobre un objeto, que luego es redirigido a la misma placa, creando así un patrón de interferencia. Cuando este patrón es iluminado con una luz láser da como resultado una imagen tridimensional de aspecto sólido. Así, según este principio, una placa de dos dimensiones podría producir una realidad tridimensional. Entonces cabe pensar que tal vez el Universo entero podría ser un súper-holograma, un enorme sistema de información vibracional, en el cual los seres conscientes tendrían la sensación de experimentar un mundo material “tangible”. En ese gran holograma, obviamente, nuestro cuerpo físico (incluido nuestro cerebro) sería una mera ilusión, al igual que el resto de cosas que percibimos.

La función del cerebro holográfico sería pues la de reconocer (“captar”) la vibración y transformarla en realidad, como ya se ha dicho anteriormente. El quid de la cuestión radica en que si nosotros somos seres espirituales –o una forma de conciencia por decirlo de otro modo– nosotros deberíamos poder crear la realidad, es decir, “organizar y modificar” la información vibracional a nuestro antojo, sin limitaciones. Pero de algún modo, nuestra existencia cotidiana está llena de limitaciones que percibimos por nuestros sentidos. Sabemos que hay “algo más”, y esto no son elucubraciones filosóficas, sino constataciones científicas. Por lo tanto, la limitación proviene de cómo está estructurado nuestro sistema de información holográfico o nuestro “generador de realidad”.

Hemos de colegir que de algún modo, nuestra “programación” (que es parecida a la de otros seres con los que convivimos) nos permite alcanzar determinadas cotas de conciencia pero no otras, a las cuales no podemos acceder normalmente a no ser que se rompan los procedimientos habituales de lectura de información, lo que ocurre solamente en ciertas situaciones específicas (las experiencias paranormales, estados críticos vitales, ingesta de sustancias psicotrópicas, etc.). Pero la base de esta especulación es que todo cuanto nos rodea podría ser un gran programa –como la complejísima simulación en sí misma que es Matrix– y que las alteraciones de dicho programa tienen efectos sobre todos los que participan o estan involucrados en él. No obstante, como ya se ha dicho, el ser consciente debería tener la capacidad de modificar tales sistemas de información y crear algo nuevo, ampliar lo existente.

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Nuestro “ordenador” no da para más

Quizás la respuesta a esta incógnita estaría en nuestra propia constitución como seres “programados y programables”. Así, nuestro código de ADN (en realidad, un conjunto o secuencia de información basado en la combinación de cuatro elementos) marcaría nuestra apariencia física y nuestras capacidades de percepción. Por lo tanto, por un lado, y desde un punto de vista cuantitativo, el ADN humano nos marcaría la cantidad de señales o vibraciones que seríamos capaces de captar. Por otro lado, desde una perspectiva cualitativa, el diseño genético del cerebro nos permitiría interpretar (“ejecutar”) la información disponible (los “programas”) para dar como resultado cierta realidad y no otra. En términos informáticos, sería algo así como constatar que en un viejo ordenador 486 con un sistema operativo Windows 3.0, se podían cargar y ejecutar ciertos programas, pero que la máquina sería del todo incapaz de procesar la enorme cantidad y complejidad de los programas actuales.

En otras palabras, el cerebro sería al cuerpo (y al resto de nuestro entorno) como la CPU es al conjunto de un ordenador. Ahora bien, no está fuera de lugar considerar que nuestro cerebro tal vez sea una máquina mucho más capaz, y que de hecho reciba mucha más información de la que puede procesar conscientemente (esto es, de la que puede incorporar a nuestra realidad cotidiana, a nuestro estado de consciencia “normal”). Esto vendría a reforzar las teorías acerca del uso muy parcial que hacemos del cerebro en su conjunto (se ha dicho que apenas un 10%) o del funcionamiento limitado del hemisferio derecho del cerebro, en comparación con el predominio del hemisferio izquierdo. Tampoco está claro porqué el hombre tiene un alto porcentaje de ADN basura, que supuestamente –según la ciencia actual– no tiene ninguna función definida, lo cual resulta más bien desconcertante, ya que en la Naturaleza todo tiene una misión o propósito.

Dicho todo esto, deberíamos reconocer que la creación de la realidad es un diseño inteligente, fruto de la voluntad de un ser consciente. Ante el ya citado problema de por qué percibimos una cierta realidad “limitada” y no otra más extensa, podríamos sugerir una hipótesis de este tipo: la creación (el Universo o los infinitos Universos) vendría a ser un gigantesco sistema de información, una especie de mega-software, al que todos los seres conscientes somos sensibles a través de unos mecanismos de recepción y proceso de datos que son nuestros cuerpos/cerebros. Ese gran sistema, o Matrix, sería una proyección asentada en un enorme servidor de información que alimenta a todas las terminales u ordenadores (esto es, a los cerebros), y que a su vez se reatroalimenta de las terminales, dando lugar a posibles cambios o modificaciones de la realidad (¿sería esto una explicación para la evolución?). Obviamente, según esta analogía, nuestros pensamientos y emociones (y en realidad, nuestra mente, aquello con que nos identificamos como nuestro “yo”), no serían propiamente “nuestros”, sino de la Matrix. Y este sería el motivo por el cual todos experimentamos una misma realidad interconectada y reaccionamos de manera parecida ante los mismos estímulos y situaciones.

El siguiente paso en esta argumentación sería reconocer el hecho que la intervención del ser consciente es capaz de modificar el ADN y, por consiguiente, de modificar los programas y en última instancia de modificar la Matrix generadora de toda la “realidad”. Según algunos teóricos de la conspiración, unos seres manipuladores y perversos nos mantienen atrapados en una limitada frecuencia vibracional, con un ADN también limitado, para que creamos que nuestro mundo físico es lo único real y posible, llegando en suma a una especie de Matrix-prisión (tal como se presentaba en la película de Hollywood). Esto es, se limita o se controla tanto el hardware como el software para mantener una idea de seres pequeños, frágiles, mortales, vulnerables, cuando en realidad como seres conscientes (espirituales) tenemos infinitas capacidades y posibilidades.

Finalmente, y con independencia de que uno crea o no en tales teorías, lo cierto es que si empezamos a entender que la realidad no es algo inmutable ni que tenemos que aceptarla como algo impuesto, podemos replantearnos el concepto de realidad y la posibilidad de operar con nuestros propios programas, que emanan de nuestra conciencia y que pueden cambiar la supuesta Matrix de forma completa. De este modo, podemos dejar de creer en lo que cree todo el mundo, imaginar escenarios imposibles y actuar de manera distinta. Para llegar a este estado de cosas, lo primero que tendríamos que hacer es conectar con nuestra conciencia (nuestro verdadero “yo”, que es a la vez la unidad y el todo) y dejar a un lado al “ego” de la mente, que es un producto de la Matrix. Entonces, quizás, la conciencia, el verdadero observador, se dará cuenta de que no hay diferencia con lo observado, que todo es Uno, y que las posibilidades de realidad son infinitas. Eso también nos llevará a la conclusión de realmente no somos seres humanos, sino formas de conciencia que tienen ciertas experiencias individuales en una simulación (una especie de “avatares”), pero eso ya es tema para otro artículo.

© Xavier Bartlett 2013

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