Deuda… esa infame palabra

No hace falta recurrir al diccionario para hacernos una idea de lo que significa la palabra “deuda”. Todo el mundo lo sabe, sobre todo si vive en el mundo civilizado, que es prácticamente el planeta entero. Y si queremos entrar en temas económicos, no cabe duda que el término deuda se asocia a problemas, obligaciones y especialmente situaciones de crisis. Que si la deuda del Estado, la deuda consolidada, la deuda de los países en desarrollo, el endeudamiento de las instituciones, las empresas, las familias… Pero, ¿es mala la deuda en sí misma? ¿Cómo es que durante determinadas épocas los bancos animan a endeudarse a todo el mundo, rico o pobre, a fin de aumentar su nivel de vida? ¿Cómo es que las deudas llevan a las personas a cometer actos ilícitos o a caer en la más profunda desesperación?

El origen de todo, en extrema simplificación, es que alguien necesita un bien (llámese dinero) para conseguir algo (normalmente otro bien), pues sus recursos propios no resultan suficientes. Entonces debe recurrir a un poseedor de riqueza o dinero que le preste una cantidad determinada y así pueda adquirir el bien deseado. Así, en el ámbito financiero, a partir de que se concede ese dinero, se entra en situación de deuda, esto es, una obligación de reembolso de la cantidad suministrada más un gracioso porcentaje adicional a modo de compensación (una especie de extra por el “favor”) llamado interés, aunque en algunas culturas se denomina usura (en particular cuando el porcentaje se considera excesivo).

En fin, no vale la pena insistir en cosas ya muy sabidas, como que el dinero actual –en todo el mundo– en realidad no se corresponde con la riqueza objetiva de los países o las personas, sino con un engendro llamado dinero-deuda que crea dinero a partir de la nada (esto es, de registros contables)[1] mediante el préstamo y el crédito. Además, la deuda de los estados es tan descomunal que en realidad no se paga la propia deuda, sino los intereses. Y como las finanzas de los estados están sujetas a la deuda (esto es, a la gran banca internacional), podemos decir que todos los habitantes del planeta trabajan para esta gran banca.

Lo que sí merece una reflexión más pausada es la filosofía y la conducta que se esconde detrás del concepto de deuda. Y bien, aunque parezca ridículo, hay que plantear la cuestión desde su máxima simplicidad porque así es más fácil ver las cosas tal como son y no ocultas tras una verborrea técnica sólo apta para economistas, financieros o expertos en Bolsa. Así, se debe recordar que el dinero se usa (en teoría) como medio para facilitar el intercambio de bienes. Por tanto, si uno va al mercado y compra un kilo de tomates, el tendero te pedirá a cambio una cantidad de dinero equivalente al valor de sus tomates. En realidad tal valor es una suma de muchos componentes, incluidos los impuestos que se han de pagar al Estado o la tajada que se llevan los intermediarios, que se enriquecen comprando y vendiendo, sin crear ningún bien en sí mismo, pero bueno… El tendero te dirá finalmente que debes pagar tanto, y no te cobrará ningún interés por su cara bonita. La deuda ha durado el tiempo que has tardado en sacar el dinero del bolsillo y pagar por los tomates. Esto es un intercambio, una transacción de interés mutuo[2].

Ahora basta de cháchara. Vayamos a la cruda realidad. La deuda, en un sentido genérico, es la lacra principal de nuestro civilizado mundo. Es lo contrario al amor, la compasión, el perdón y la solidaridad, nada más y nada menos. Las deudas hay que pagarlas, es una obligación, un sistema de acción-reacción semejante a la pura vendetta. ¿Has hecho esto o lo otro? ¡Pues ahora lo vas a pagar, y muy caro! ¿Te has endeudado? ¡Es tu problema! ¡Nadie te obligó! Ahora, o pagas lo que debes, o lo pierdes todo. Te dejamos en la calle y ya te las arreglarás.

Como se ve, la deuda, grande o pequeña, es un método de simple y pura esclavización o dependencia, llámese como se quiera, porque se sustenta en la obligación, y la obligación (cuando no sale de uno mismo) nunca puede ser un acto de libertad, sino de sumisión a alguien que exige una justa reciprocidad: quid pro quo. De este modo, se establece un dominio por parte del que ofrece algo (que invariablemente suele ser algo material) sobre el que tiene que devolverlo. Y no hay nada más sagrado ni más protegido por las leyes que la deuda. En nuestra sociedad está mal visto que alguien no pague sus deudas, sea quien sea, porque eso demuestra una actitud despreocupada, irresponsable o dolosa. Se entiende que quien ofrece tiene el derecho inalienable de recuperar lo ofrecido, y el que recibe se compromete libremente a devolver lo recibido. Todo el mundo acepta pues que la devolución de una deuda es un acto justo; es como un contrato en que ambas partes han de cumplir lo pactado. Y ahí está la pregunta del millón: ¿en qué clase de mundo viviríamos si nadie pagara sus deudas? ¿Y si se perdonasen las deudas? (Por supuesto, cabe recordar que las deudas bancarias no son tales deudas porque el dinero bancario es humo, con lo cual a cambio de nada, se exige una compensación real en forma de trabajo o servicios, la verdadera riqueza).

Pero si profundizamos en el sentido moral de la deuda, veremos que la deuda supone realmente un acto de recelo, control y miedo: “¿Y si presto un bien o un dinero y luego no me lo devuelven? Si doy y no recibo nada a cambio, ¿qué va a ser de mí? No hago nada por amor al arte; o sea, que espero recuperar lo que he dado previamente.” La deuda nos permite pues mantener la seguridad de que vamos a ser reintegrados, porque no esperamos que nadie nos dé algo a cambio de nada. La deuda es pues desconfianza pura, o simplemente miedo, algo bastante alejado del amor.

Y aquí vamos a parar al meollo del asunto. El amor ciertamente no es deuda. Por lo menos, el amor en un sentido total e incondicional. Estamos demasiado acostumbrados a hacer las cosas “a cambio de otra cosa”, no nos planteamos dar sin esperar nada a cambio (y esto es precisamente el amor incondicional): dar sin más. Lo que ocurre es que la vida, el mundo exterior, es un reflejo de nuestro mundo interior, y quien da suele recibir. Lo que sale de nosotros vuelve a nosotros. Sin embargo, en nuestra vida somos capaces de hacer muchísimas cosas sin esperar nada a cambio: porque nos gusta, porque los sentimos, porque sale de nosotros como un acto de entrega, aunque haya un punto de “recompensa emocional”. ¿Podemos imaginar la relación paterno-filial como una relación de deuda? ¿Y el voluntariado? ¿Y lo que hacemos por nuestra pareja o por un amigo?

La deuda, ya sea un tema económico o moral, no es buena base para establecer ninguna relación. Mientras nuestro ego requiera de las máximas atenciones y tenga miedo de los demás, seguirá el control en forma de deuda. Lógicamente, cuando prevalece esta actitud personal, todo el mundo se comporta de la misma manera y no hay forma de salir del círculo vicioso. En un mundo ideal, cuando no consideremos al “otro” como alguien ajeno a nosotros, sino como parte de nosotros mismos, nos faltará tiempo para dar a los demás y nuestra vida será un continuo intercambio sin miedos ni compromisos ni obligaciones. Nos daremos el gusto de trabajar para nosotros mismos y para los demás y no tendremos que temer que nadie nos venga a reclamar una “deuda”.

¿Es esta visión una mera utopía? No, de ningún modo; pero requiere de un fuerte cambio de conciencia global para superar el miedo y construir una era de confianza. Es todo un reto para nuestro futuro inmediato; no esperemos a morir ahogados en la esclavización y el puro materialismo.

(c) Xavier Bartlett 2013


[1] Véase el artículo “Breve historia del dinero”.

[2] Hablando de tomates, o de otros muchos bienes, es bien sabido que se destruyen toneladas de ellos para no saturar el mercado y evitar así que los precios de venta se hundan… y mientras hay tantísima gente pasando hambre, aquí y en Pernambuco. Sin comentarios.

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