La conciencia, la realidad y lo divino

Goswami

Amit Goswami es profesor (retirado) de Física de la Universidad de Oregon. Ha escrito seis libros de divulgación en los que expone su investigación acerca de la relación entre la física cuántica y la conciencia; de hecho, él mismo se considera un “científico de la conciencia”.

Durante siglos, la religión y la ciencia han ofrecido puntos de vista conflictivos acerca de cómo llegaron a existir nuestro universo y la vida. ¿Dios lo creó todo, o es todo simplemente el resultado de principios físicos o materiales descritos y medidos por la ciencia? Como dice Goswami, “cuando miramos con asombro a través de la ventana visionaria de la física cuántica aparece una imagen completamente nueva”. Nos encontramos con que los descubrimientos de la ciencia se parecen mucho a lo que los místicos han estado diciendo desde hace siglos, es decir, que la conciencia –en vez de la materia– origina nuestro universo. Como resultado, en lugar de reducir nuestro mundo a fórmulas mecánicas, la ciencia misma señala el camino hacia nuevas dimensiones de sentido y plenitud.

El texto (editado) que viene a continuación procede de la presentación que realizó Goswami en el Bodhi Tree Bookstore de su libro The Visionary Window (“La ventana visionaria”).

 

Piensen en una ventana. Esto nos permite ver lo que está afuera. La física cuántica, que para mí es una ventana de visión de futuro, produce una visión mucho más desconcertante. Como resultado, es posible verlo todo de una manera nueva y sorprendente. Déjenme que les cuente lo que me pasó.

En los años 70 yo era un físico infeliz que aplicaba mi conocimiento de la física a la energía nuclear. Por lo menos, me estaba ganando la vida, tenía una beca de investigación y a veces me invitaban a impartir conferencias. Pero entonces… se produjo el punto de inflexión.

Yo estaba dando una conferencia en Asilomar, sin disfrutar mucho de mi propia charla. De hecho, me sentía celoso porque los otros físicos estaban recibiendo más atención, lo que no es sorprendente, ya que sus charlas era mucho mejores que la mía. De todos modos, esa noche, se celebró una gran fiesta, con un elevado consumo de alcohol y mucha conversación estimulante, pero hacia la una de la madrugada me di cuenta de que todo lo que había conseguido era un mal caso de ardor estomacal. Me decidí tomar un poco de aire fresco. Al aproximarme a la brisa fresca del océano, un pensamiento surgió de mi interior más profundo, y me impactó de la manera más inesperada: “¿Por qué estoy viviendo de esta manera? Ya no quiero seguir así.” Por supuesto, los cambios no se producen tan fácilmente. En primer lugar, tenía que encontrar una manera decente de hacer física ¡una, al menos, que no provocase acidez!

Con el tiempo, me encontré con la física cuántica, y mi vida cambió. Dentro de la física cuántica, hay muchas cosas sorprendentes. (La palabra cuanto se refiere a una cantidad discreta, que no puede ser descrita por una fracción. A un cuanto de luz, por ejemplo, se le llama fotón.) En realidad, muchos físicos evitan tener que preocuparse por estas anomalías, ya que conducen a los investigadores a lo que llamamos la filosofía de la física cuántica. Y, para los físicos, la filosofía es como un desagüe: una vez que caes dentro, vas cada vez más abajo y nunca sales. En otras palabras, se acaba tu carrera. De hecho, mi carrera como físico cambió drásticamente, y ahora soy un científico de la conciencia, lo que sea que signifique.

Déjenme que les explique algunas de las rarezas que encontramos en la física cuántica. Cuando consideramos el movimiento de un objeto, pensamos en él como un proceso continuo y calculable, podemos describirlo en términos matemáticos y lógicos. Por esta razón a algunos de ustedes tal vez no les gusten los físicos, pensando que hemos destruido el misterio del mundo, demostrando que el movimiento es medible y determinado. Pero en realidad, esto es apenas el caso. La física cuántica nos dice que en realidad hay dos tipos de movimiento. Un tipo –el que se enseña en la escuela secundaria– se puede determinar, calcular y predecir, como el movimiento de los electrones orbitando alrededor de un núcleo atómico. Lo que no te enseñan en la escuela secundaria es que cuando los electrones saltan de una órbita a otra, el movimiento se vuelve discontinuo. ¿Por qué? Debido a que los electrones no pasan por el espacio intermedio, sino que simplemente ¡desaparecen en un lugar y reaparecen en otro! Ese movimiento discontinuo se conoce como salto cuántico.

No se rían cuando escuchen a alguien decir: “Hoy hice un salto cuántico.” Significa algo serio: fui creativo. Di un salto en el pensamiento, a pesar de que  no sé de dónde vino el nuevo pensamiento. Sucede en el trabajo, en el arte, en el juego… y muy a menudo ocurre en una relación, digamos, cuando luchamos para amar a nuestros “seres queridos”. Este es un gran problema: la mayoría de las veces, no sabemos cómo amar. Pero entonces, de repente, sí que lo sabemos –aunque no dura mucho tiempo–, ya que aún no se ha estabilizado. ¿Es esto un salto cuántico? Espero convencerlos de que es así, y aún más, de que podemos estabilizar –y mantener– este amor en nuestros corazones.

Déjenme darles un ejemplo más de los descubrimientos experimentales de la física cuántica, que para los no-físicos que podría parecer francamente espeluznante. En 1982, cierto físico hizo un experimento en el que los átomos se descomponían, emitiendo dos fotones (los cuantos de luz que he mencionado antes). El experimento demostró que la actividad de estos fotones estaba interrelacionada, o entrelazada en sus fases -como dos bailarines que anticipan el movimiento el uno del otro de forma misteriosa- pese a que los físicos más conservadores cuestionaron los resultados.

Ahora, para explicar los resultados de estos experimentos, se podría decir que los dos objetos se habían convertido en uno. Por lo menos, hay algo especial entre ellos. Pero al analizar las matemáticas cuánticas surge una explicación más sutil, que apunta a otra explicación: ondas de posibilidad. Es muy interesante y liberador pensar de esta manera, ya que nos encontramos con que los físicos pueden calcular las posibilidades o probabilidades, pero no hechos reales. El responsable de convertir las posibilidades en hechos reales es otra cosa.

Esta idea dio a los científicos verdaderos dolores de cabeza, ya que la idea surgió de que esta “otra cosa” podría ser la conciencia del observador. Hoy en día, los neurofisiólogos nos dan modelos de conciencia que, en mi opinión, son más bien pobres. Las partículas elementales forman átomos, los átomos forman moléculas, las moléculas forman las neuronas, las neuronas forman el cerebro, y el cerebro da lugar a la conciencia. Pero este modelo, en el que el cerebro crea la conciencia, plantea una legítima paradoja. El cerebro mismo es una posibilidad. ¿Por qué? Porque el cerebro está compuesto de partículas elementales que sólo podemos entender como posibilidad o posibles movimientos. Por lo tanto, ya que los átomos son posibles movimientos, las moléculas son posibles movimientos y las neuronas son posibles movimientos, se deduce que el cerebro en sí es un posible movimiento. ¿Cierto? Pero eso significa que la conciencia, si está creada por el cerebro, también es una posibilidad.

Así que, si relacionamos posibilidad con posibilidad, ¿puede esto depararle realidad? No. La idea de que la conciencia es un fenómeno del cerebro que convierte las ondas de posibilidad en hechos reales es una tontería. Es paradójico.

Algunos científicos han buscado otro enfoque. Han decidido pensar en la conciencia como una unidad independiente de lo material, como una conciencia completamente no material. Pero eso crea otra pregunta: ¿cómo puede haber una interacción entre dos fenómenos que no tienen nada en común? Si la conciencia y la materia no son de la misma sustancia básica, ¿cómo puede haber comunicación entre ellas? En este punto de vista dualista, la conciencia no debería ser capaz de afectar la materia de ninguna manera. Aquí es donde las discusiones de la física cuántica se estancaron durante muchos años.

Entonces surgió una tercera posibilidad. ¿Y si la conciencia es el fundamento del ser? ¿Qué ocurre si las posibilidades descubiertas por la física cuántica son las posibilidades de la propia conciencia? Recuerden que ya hay una clase de personas que piensan de esta manera. Son los místicos, y dicen que todo es Dios. Finalmente, unos pocos científicos se atrevieron a decir que algunas de las características que se atribuyen a Dios son similares a lo que describimos como la conciencia.

¿Y por qué podemos decir que todo es conciencia? Consideren que la materia existe en forma de ondas de posibilidad dentro de la conciencia, y que la conciencia elige una de las posibilidades que entonces se convierte en el acontecimiento real que experimenta la conciencia. Entonces ya no hay ningún dualismo.

¿Podría ser que el misterio de la física cuántica, y el misterio de la mística fueran de hecho lo mismo? Ciertamente, podemos juntar la ciencia y la espiritualidad si planteamos la sencilla premisa de que la conciencia –en lugar de las partículas elementales– es el fundamento del ser. Esta hipótesis no sólo integra la ciencia y la espiritualidad, sino que también integra los modelos orientales y occidentales de la sanación, el creacionismo y el evolucionismo en la biología, y los enfoques transpersonales y conductuales en la psicología.

¿Podemos concebir la cosmología de una manera que aclare nuestro lugar en el universo? Consideren los hallazgos de la biología, ya que los biólogos son generalmente mejores en cosmología, mejor que los físicos, que tienden a ser muy teóricos. En lugar de hablar de polvo de estrellas y del Big Bang, los biólogos hablan de monos y de cosas mucho más cercanas a la experiencia humana. Aún así, el problema es que el neo-darwinismo –sobre la base de las variaciones en el material genético y la selección natural o supervivencia de los más aptos– nos dice que nuestra conexión con las formas de vida anteriores es un accidente. Para mí, eso no es muy satisfactorio, ya que significa que somos simplemente un producto del azar y la necesidad. En este modelo no hay un propósito en nuestra evolución, y por lo tanto, en nuestro ser. ¿Por qué evolucionamos de la niñez a la edad adulta? O, en fin, ¿qué estamos haciendo aquí? Los biólogos no tienen respuestas, e incluso un premio Nobel como Stephen Weinberg escribe que cuanto más se estudia el universo, más inútil parece. Sin embargo, existe la posibilidad muy real de que la conciencia sea el fundamento del ser. ¿No apuntaría esto a un propósito y significado de nuestra existencia?

Personalmente, soy un apasionado de esta fusión de ciencia y espiritualidad. La humanidad ha tenido muchas formas de espiritualidad, y muchas empresas humanistas, pero para mí, estos fenómenos han sido como los de amor que he mencionado antes. Estos fenómenos se produjeron durante un momento en el tiempo, pero en realidad no han perdurado. Como seres humanos, conocemos la espiritualidad y la creatividad que produce grandes obras de arte, ¿pero nos han cambiado estas cosas en el nivel más básico? No. Seguimos siendo violentos, iracundos y temerosos y, quizá, cada vez más. Hay algo importante que no estamos entendiendo. Sin embargo, yo propongo que si entendemos que la base de nuestro ser es en realidad la conciencia, esta nueva forma de mirarnos a nosotros mismos nos aportará más propósito y significado. Sobre todo –y esto fue el gran asunto para mí– porque esta visión en realidad es científica y se puede verificar en el laboratorio. Como resultado de ello, creo que esta espiritualidad cuántica es el fenómeno revolucionario de nuestra época.

En realidad, la física cuántica, aun siendo fantástica, no es toda la historia. Si nos fijamos en otros campos de investigación, estamos en condiciones de ampliar nuestra cosmología aún más. ¿Han oído hablar del libro de Rupert Sheldrake, Una Nueva Ciencia de la Vida, que publicó en los años 80? Era tan herético para algunos biólogos que llegaron a escribir una carta a la revista Nature, amenazando con quemarlo. ¿Por qué? Porque, al igual que hemos mostrado que la conciencia es la base no física del ser en la física cuántica, Sheldrake propone la existencia de entidades no físicas, llamadas campos morfogenéticos, en la biología. Sheldrake afirmó que los embriones se convierten organismos enteros vivientes debido a un programa, pero por lo que sabemos hasta ahora los genes no tienen estos programas; son sólo las instrucciones para hacer proteínas y nada más. Sheldrake, sin embargo, sugirió que los campos morfogenéticos no locales proporcionan los programas que le dicen a un embrión cómo llegar a diferenciarse en un cuerpo entero, haciendo, por ejemplo, que las células del dedo del pie funcionen de manera muy diferente a las células cerebrales.

Esto nos lleva al antiguo concepto oriental de los chakras. Hay siete de ellos, y los conocemos por los lugares de nuestro cuerpo en que sentimos. Cuando la energía está en el corazón, sentimos amor, o cuando la energía está en los chakras inferiores, podemos sentir miedo o inquietud. Juntemos ahora las piezas. Sheldrake dice que los campos morfogenéticos tienen programas especiales para mantener el cuerpo o para crear ciertos sentimientos. En términos de chakras, cada sentimiento se relaciona con un determinado conjunto de órganos. El miedo, por ejemplo, se asocia con el estómago o los órganos digestivos. ¿Ven ustedes la conexión? Los órganos son representaciones del cuerpo vital (chakra), energías o campos morfogenéticos.

Entonces ¿cómo sentimos el amor, y lo estabilizamos, para que no desaparezca en unos pocos instantes si nos volvemos celosos o temerosos? ¿Cómo nos movemos más allá del ego, que constriñe nuestro ser, en vez de ampliarlo? La solución es aprender la lección de no-localidad cuántica, lo que significa la expansión de nuestra identidad más allá de este cuerpo físico a lo que yo llamo el yo cuántico. Es un salto hacia lo supramental, que no está condicionado ni es lógico, como lo mental. Es el reino del misterio, la sincronicidad, la creatividad, y lo más importante, el amor. Podemos amar de manera incondicional, de tal modo que la energía del amor no se escapa del corazón cuando cambian las condiciones externas.

El yo cuántico es lo que somos, en un nivel más profundo. Tal vez nos podemos dar cuenta de que la ciencia se ha unido en esta gran búsqueda del alma, y empezar a vivir realmente desde esa emotividad, lo supramental.

La conciencia y la física cuántica

A principios del siglo pasado se dio una revolución en la física, que consistió en el descubrimiento de la física cuántica. El mensaje de la física cuántica es el siguiente: el mundo no está hecho de materia ni tampoco está totalmente determinado por la relación de causalidad material que a veces llamamos causalidad ascendente, ya que se eleva hacia arriba desde los componentes básicos de la materia, las partículas elementales. Hay una fuente de causalidad descendente en el mundo. Pueden llamar a esta fuente “conciencia” y pensar en ella como el fundamento de todo ser.

Sin duda, las matemáticas de la física cuántica son deterministas y están basadas en el modelo de causalidad ascendente anterior, pero predicen los objetos y sus movimientos no como eventos determinados (como en la física newtoniana), sino como posibilidades (para las cuales se pueden calcular las probabilidades, lo que nos permite desarrollar una eficaz ciencia predictiva para gran número de objetos y/o eventos). Y sin embargo, cuando miramos un objeto cuántico, no lo experimentamos como un conjunto de posibilidades, sino como un evento real localizado, muy similar a una partícula newtoniana. Por otra parte, las matemáticas cuánticas no nos permiten conectar la teoría determinista ascendente basada en la relación de causalidad con los datos experimentales. ¿De qué manera las posibilidades de la teoría se convierten en realidades experienciales simplemente por el hecho de observarlas? Este es el misterioso “efecto observador”.

En el lenguaje cuántico, el modelo de causalidad ascendente de los materialistas se traduce de este modo: Los posibles movimientos de las partículas elementales constituyen posibles movimientos de los átomos, que constituyen posibles movimientos de las moléculas, que constituyen posibles movimientos de las células, que constituyen posibles estados cerebrales, que constituyen la conciencia. La conciencia misma es, pues, un conglomerado de posibilidades, llamada onda de posibilidad. ¿Cómo puede una onda de posibilidad colapsar otra onda de posibilidad por el hecho de observarla o interactuar con ella? Si aparejamos posibilidad con posibilidad, todo lo que obtenemos es una posibilidad más grande, no la realidad.

Supongamos que ustedes imaginan una posible afluencia de dinero en su cuenta bancaria. Aparejen a esto todos los posibles coches que puedan imaginar. ¿Materializará alguna vez este ejercicio un coche en su garaje?

Acéptenlo. Para el modelo epifenomenal materialista de la conciencia, el modo en que nuestra visión puede convertir la posibilidad en realidad es una paradoja lógica. Esta paradoja se mantiene hasta que reconocemos, en primer lugar, que las posibilidades cuánticas son las posibilidades de la propia conciencia, que es el fundamento de todo ser. Y en segundo lugar, que nuestra intención es equivalente a elegir de entre las posibilidades cuánticas una faceta única que se convierte en nuestra realidad experimentada.

Nosotros creamos nuestra propia realidad, pero…

Fue en la década de los setenta cuando el físico Fred Alan Wolf creó la evocadora frase “nosotros creamos nuestra propia realidad”. Las imágenes que evocaban la frase condujeron, sin embargo, a muchas decepciones. Algunas personas intentaron manifestar automóviles personales, otras huertos en ambientes desérticos, y otras por lo menos una plaza de aparcamiento para sus coches en las concurridas áreas céntricas. Todo el mundo fue inspirado por la teoría de la creación cuántica, sin duda, pero los resultados de sus esfuerzos eran un batiburrillo porque desconocían algunas sutilezas.

Creamos nuestra propia realidad, pero hay una sutileza en la conciencia. Nosotros no creamos la realidad en nuestro estado ordinario de conciencia, sino en un estado no ordinario de conciencia. Esto queda claro cuando reflexionamos sobre la paradoja del amigo de Wigner. Eugene Wigner fue el físico ganador del premio Nobel que primero pensó en la paradoja.

Imagine que Wigner se acerca a un semáforo cuántico con dos posibilidades, rojo y verde, al mismo tiempo que su amigo se acerca a la misma luz de la calle perpendicular. Al ser ambos americanos ocupados, ambos optan por el verde. Por desgracia, sus opciones son contradictorias, y si ambas opciones se materializan al mismo tiempo, habría un pandemónium. Obviamente, sólo una de sus opciones se tiene en cuenta, pero ¿cuál?

Después de muchas décadas, tres físicos en diferentes lugares y épocas (Ludwig Bass en Australia, yo mismo en Oregon, y Casey Blood en Rutgers, Nueva Jersey), descubrimos independientemente la solución a la paradoja: la conciencia es una, no local y cósmica, detrás de la individualidad local de dos personas. Ambos escogen, pero desde este estado no ordinario de conciencia (que yo llamo el yo cuántico), donde no hay individualidad local o egoísmo, de tal manera que la contradicción se puede evitar. Esto permite el resultado del sentido común, o sea, que en muchos de esos cruces Wigner y su amigo tendrían cada uno verde en un cincuenta por ciento de las veces; sin embargo, para cualquier travesía individual, a cada uno se le deja abierta una oportunidad creativa para tener verde.

Un punto clave es que la causalidad descendente cuántica de la opción se ejerce de forma discontinua (si fuera continua, se podría elaborar un modelo matemático para ello y la elección sería predecible y no libre), pero nuestro estado ordinario de conciencia suaviza la discontinuidad. Para ser conscientes de que escogemos hay que despertar a la unidad no ordinaria que da un salto discontinuo, llamémoslo un salto cuántico. De esta manera, el dictado de la nueva física es: Yo elijo, por lo tanto, yo soy (mi yo cuántico cósmico).

Así que el nuevo paradigma de la realidad basado en el redescubrimiento de la conciencia dentro de la ciencia no sólo recupera nuestro libre albedrío, sino que también identifica la fuente de ese libre albedrío como el espíritu que está dentro de nosotros, la unidad que las tradiciones espirituales y curativas siempre han propuesto. El nuevo paradigma nos está ofreciendo una gran promesa para la integración de la ciencia y el espíritu. También promete un revolucionario enfoque integral para la medicina que integre la medicina convencional y la alternativa.

Fuente: IFGT Messenger (marzo- abril 2013).

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