Drogas: un debate fuera de lugar

HancockEn el número 3 de la revista digital Dogmacero, el escritor escocés Graham Hancock formulaba una crítica contundente contra lo que él llamaba “Guerra contra la conciencia”, en forma de alegato a favor del consumo responsable de ciertas sustancias psicotrópicas que permiten acceder a estados alterados de conciencia. A este respecto, Hancock recalcaba que los poderes públicos de todos los países llevan décadas persiguiendo el tráfico y consumo de drogas (de todo tipo, tanto blandas como duras), con resultados más bien pobres, por ser generosos. En todo caso, queda bien queda patente que son los escalafones más bajos de la cadena, incluyendo los consumidores que son detenidos por posesión de sustancias estupefacientes, los que suelen pagar el pato con mayor frecuencia. En efecto, casi todo el peso de la Ley ha ido a recaer sobre personas que no hacían ninguna fortuna con las drogas, pero que son fáciles objetivos para la represión legal (1).

Lo que a cualquier observador le puede sorprender es que, pese a las numerosas operaciones policiales de gran envergadura, tanto a nivel nacional como internacional, la producción y el tráfico de drogas sigue gozando de buena salud y no parece sufrir un fuerte menoscabo, incluso cuando se pone entre rejas a un gran capo de la droga. De hecho, a pesar del gasto enorme (muchos millones de euros o dólares) en “burocracias armadas”, tal como las denomina Hancock, la situación está lejos de estar controlada y uno –inocentemente– se podría preguntar si realmente hay voluntad de acabar con este problema (2). Mientras tanto, el consumo de drogas dañinas, que afecta a la salud de millones personas en todo el mundo, no ha sido erradicado ni ha disminuido sustancialmente.

Por supuesto, este asunto es muy complejo y no se puede tratar de una manera simplista o maniquea. Por un lado, no se puede negar el riesgo y el daño que representan ciertas drogas –por sí mismas y por el modo en que se consumen– para la salud física y psíquica del individuo. Así, es del todo evidente que muchas personas, entre las cuales hay un alto porcentaje de jóvenes, acaban siendo adictas a determinadas drogas duras, cuyos efectos comportan un fuerte deterioro físico y mental y, en última instancia, pueden conducir a la muerte. Además, la rivalidad entre bandas y la necesidad de adquirir droga a cualquier precio por parte de personas desesperadas ha provocado un aumento de la delincuencia común, lo que añade aún más negatividad y rechazo social al fenómeno.

Sin embargo, por otro lado, es bien cierto que no todas las drogas son igual de adictivas ni producen los mismos efectos sobre el organismo o incluso comportan algún beneficio. De hecho, la palabra droga en su acepción original es sinónimo de fármaco o de sustancia de uso de corriente en medicina, industria o bellas artes. Y en otro contexto, aparte de algunas plantas cuyo efecto terapéutico ya es sobradamente conocido, Hancock se refería en especial a algunas sustancias alucinógenas tomadas desde hace siglos en un contexto chamánico o mágico que permiten explorar de forma controlada otros estados de conciencia, como es el caso de la famosa ayahuasca.

Alcohol_y_TabacoDicho todo esto, y a modo de contraste, Hancock ponía el dedo en la llaga al apuntar hacia la permisividad de que han gozado dos históricas drogas duras de consumo legal (y hasta diríamos popular) en nuestra sociedad: el alcohol y el tabaco, por los cuales –como es oportuno recordar– los estados se embolsan una buena cantidad de dinero en forma de impuestos. Los estragos que producen estas dos sustancias son bien conocidas por la sociedad y por los poderes públicos, y en este caso tampoco la experiencia represiva dio ningún fruto, como se pudo ver con la famosa Ley Seca de los EE UU, que no sólo no eliminó el consumo sino que fomentó un crecimiento espectacular de la actividad mafiosa y criminal. Lo cierto es que actualmente se ha puesto más énfasis en campañas públicas de educación e información, las cuales –al menos en el caso del tabaco– han logrado una disminución muy apreciable del consumo. En cambio, cuando se ha vuelto a incidir en la imposición de medidas restrictivas y penalizadoras (como las leyes anti-tabaco en España de los últimos tiempos) se ha creado más malestar social que beneficios directos.

Ahora bien, si damos una vuelta de tuerca a esta controversia sobre las drogas, constatamos que durante siglos muchas comunidades humanas han consumido sustancias alucinógenas o psicotrópicas y no ha habido ningún problema de salud, ni tampoco de delincuencia. La gran guerra contra las drogas (o contra la libertad de conciencia de cada persona, como defiende Hancock), ha tenido lugar este siglo pasado con la gran expansión de ciertas sustancias en la sociedad occidental. En este proceso hemos visto cómo la droga ha evolucionado desde las clásicas sustancias como el opio a las sofisticadas pastillas químicas “de diseño”, pasando por las ampliamente consumidas heroína y cocaína. Y en este contexto vemos con estupor que ciertas sustancias que pueden alterar los estados de conciencia son duramente perseguidas, mientras que al mismo tiempo se permiten otras drogas adictivas del todo “legales” que producen no menos daño a la salud, pero que aparentemente son menos peligrosas para el bien público. Pero… la gran pregunta ahora sería: ¿son estas las únicas y verdaderas drogas? ¿O acaso existen otras drogas de terribles efectos que pasan aparentemente desapercibidas por que no son perseguidas por las autoridades?

Así, finalmente podemos ir a parar a una terrible conclusión sobre el mundo en que vivimos, que –según se nos dice– sería un mundo mucho más sano y saludable sin la presencia de las drogas (por lo menos de las “identificadas” como tales). Porque si droga es todo aquello que, por repetición o adicción, produce daño a la mente y al cuerpo de las personas, entonces cabe preguntarse sobre los múltiples elementos que nos rodean, nos influyen y desde luego nos perjudican, y que no sólo no son perseguidos sino que son promovidos desde el poder como símbolo de los logros nuestra civilización y de nuestro estado del bienestar.

Por tanto, vale la pena hacer una breve consideración, a la vista de datos conocidos y de efectos comprobados, sobre qué clase de sociedad avanzada tenemos en que las armas nucleares son legales pero algunas plantas no. Así pues, frente a los estamentos oficiales que clasifican por nuestro bien y para nuestra seguridad todos los elementos de nuestra vida en dañinos o beneficiosos (o al menos inocuos), ya es hora de decir alto y claro que la situación real es más bien distinta y que bien podríamos invertir los términos de la clasificación.

Por consiguiente, me permito incluir una lista de drogas duras que, pese a no ser reconocida por las autoridades competentes, no debe pasarse por alto si queremos empezar a ver el mundo con otros ojos.

Es droga dura: la mayor parte de los productos farmacológicos que consumimos, que afectan a nuestro organismo con sus efectos primarios y secundarios, producen enfermedades y cronifican otras, cuando no acaban por producir la muerte a medio o largo plazo. Los de efectos más nocivos suelen ser retirados, pero la mayoría sigue ahí (e incluso hay casos de persistencia en la administración pese a haber sido identificados como auténticos venenos, como el AZT).

Es droga dura: la mayor parte de la alimentación que llega a nuestra mesa, en forma de productos supuestamente naturales (cuando no modificados o elaborados artificialmente) que han sido manipulados genéticamente o tratados con pesticidas, conservantes, estabilizantes, colorantes, edulcorantes y un largo etcétera de pura química perjudicial para nuestra salud. Y todo ello con el beneplácito de las autoridades sanitarias nacionales e internacionales.

Es droga dura: la hipnosis colectiva producida por los medios de comunicación, en especial la televisión, que adormece, atonta, manipula, uniformiza y modela la mente con un continuo bombardeo al consciente y al subconsciente.

Es droga dura: la masiva contaminación electromagnética a la que nos vemos sometidos especialmente en la sociedad occidental en forma de invisible radiación procedente de aparatos electrónicos, móviles, microondas, líneas eléctricas, transformadores, antenas de telefonía, sistemas wi-fi…

Es droga dura: la alienación y anestesia general que supone la adicción al fútbol (o los deportes en general), a la industria del entretenimiento, o a los gadgets de última tecnología para poder soportar (o sea ignorar) la insensatez de nuestra vida cotidiana.

Y posiblemente -si realizamos una reflexión aún más profunda- podríamos decir que todo nuestro mundo holográfico material (que es sólo una ilusión) es la droga por excelencia que nos impide entendernos a nosotros mismos, mientras vivimos en un estado de permanente deseo, insatisfacción y ansiedad. No obstante, este ya es otro tema que dejaremos para otro momento.

(c) Xavier Bartlett 2014

(1) Hancock citaba unas estadísticas de EE UU según las cuales los arrestos por posesión de marihuana desde 1990 a principios del siglo XXI ascendían a más de 11 millones.
(2) Para el investigador de conspiraciones Daniel Estulin todo tiene una lógica explicación pues, según afirma, la droga es –junto con el tráfico de armas– el negocio por excelencia de la élite global que domina el mundo.

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