El universo Internet: ¿infierno o paraíso del conocimiento?

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No cabe duda de que el fenómeno de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación ha revolucionado esto que llamamos la civilización occidental o, por extensión, la civilización global. Entre todos estos avances destaca con mucho la presencia de Internet (la Red de redes) desde finales del pasado siglo, como exponente de un mundo que se ha hecho pequeño e instantáneo, pues la información corre de una punta a otra del planeta a gran velocidad.

Ciertamente, la expansión tremenda de Internet en estos últimos años nos provoca la sensación de que hemos dado un paso de gigante en términos de desarrollo tecnológico, industrial, social, económico… en definitiva en la creación de un mundo mucho más avanzado que por primera vez se puede calificar verdaderamente de “universal”. En fin, podríamos dedicar páginas y páginas a glosar lo que ha significado socialmente la aparición y el triunfo de Internet frente a otras formas “antiguas” de comunicación, pero no es este el tema de este artículo.

Lo que quiero destacar ahora va más allá de los tópicos sobre Internet, a fin de profundizar en el impacto real de esta tecnología en el progreso de la conciencia humana (o del intelecto, si nos ceñimos a un plano puramente mental). Así pues, me permito lanzar una pregunta provocadora: ¿es Internet un infierno o un paraíso para el conocimiento? La respuesta puede parecer muy obvia: Internet ha permitido la expansión del conocimiento a unos niveles inimaginables hasta hace pocas décadas. Los beneficios de Internet, vista como una enorme biblioteca (aunque también como un gran mercado o un gran escaparate), parecen estar fuera de toda duda. Hoy en día, gracias a potentes navegadores y servidores, tenemos acceso a todo un universo de información mediante un simple clic.

Así pues, la informática, aparentemente, ha hecho nuestra vida mucho más fácil, entretenida y enriquecedora en múltiples aspectos, aunque también habrá personas que mencionarán las desventajas de estar todo el día conectado a la Red por razones de trabajo, por no hablar de la adicción a los juegos, redes sociales u otros divertimentos a través de los diversos dispositivos de alta tecnología (ya no sólo el ordenador, sino el móvil, las tablets, etc.) que convierten a Internet en una especie de droga hipnótica.

No obstante, debemos reconocer que hay muchos factores positivos en la experiencia del universo Internet, que yo mismo he experimentado, y que están en la misma base de este medio: el almacenamiento y distribución de una cantidad fabulosa de información, que –bien seleccionada– nos permite acceder libremente a nuevos conocimientos que, de otra forma, difícilmente podrían llegar hasta nosotros. En cierto modo, Internet es un reflejo tecnológico de una mente colectiva humana compuesta por millones y millones de aportaciones que flotan en una nube virtual con la que interactuamos constantemente, bien alimentándonos de ella, bien contribuyendo a su expansión.

Visto desde otro ángulo, Internet se presenta ahora como un gran servidor centralizado o sistema global al cual casi todos estamos “enchufados” y que, dada esta circunstancia, desde ciertos poderes se puede influir masivamente en la población de un modo bastante parecido a lo que representó la televisión en su día, mediante el bombardeo continuo de ciertos contenidos, por no hablar de la pérdida de privacidad o control de nuestra actividad por medios informáticos (como todo el mundo sabe ya, Internet es un dominio del Gran Hermano, donde nada es secreto o privado). Además, por si fuera poco, las redes sociales suponen el triunfo de la superficialidad y el cotilleo entre la gran mayoría de la población. Todo esto, empero, ya sería tema para otra discusión.

Si volvemos a la cuestión del conocimiento en sí mismo, veremos que no es oro todo lo que reluce, y que Internet presenta serias dudas sobre su capacidad de fomentar el aprendizaje, de exponer información de forma adecuada y de facilitar la apertura de la mente de las personas. En este punto, voy a permitirme retomar mi bagaje como profesional de la formación y la educación para plantear algunas reflexiones.

Lo primero que se debe dejar claro es que mucha gente confunde conceptos y cree que información y conocimiento son la misma cosa. En mi experiencia personal, cuando hace unos 15 años se lanzó a bombo y platillo –sobre todo desde el mundo anglosajón–  el llamado e-learning o formación on-line[1], parecía que esta novedad iba a enterrar a la formación presencial “de toda la vida” y que se abría una nueva dimensión para el aprendizaje humano. Quizá alguna mente privilegiada pensó que el cerebro era un gran almacén de datos y que la vía electrónica era una buena manera de distribuir mucha información unificada (sin pasar por las subjetividades, opiniones y carencias de un profesor) a muchas personas en un tiempo reducido. Además, la formación presencial a grandes grupos siempre había sido costosa y complicada de organizar.

Sin embargo, las grandes compañías que apostaron por esta metodología tuvieron que echar marcha atrás y recurrir al llamado Blended learning o formación mixta, que incluía una parte presencial en el proceso de aprendizaje. Efectivamente, alguien empezó a darse cuenta de que desarrollar e implementar un producto de e-learning de calidad era en realidad bastante complejo y caro, y más aún cuando no se alcanzaban las metas esperadas. Así, quedó patente que acumular una gran cantidad de información no suponía una mejora en términos de aprendizaje, y que un adecuado diseño formativo era mucho más importante que todas los fuegos artificiales que aportaba el diseño informático.

Recibir mucha información, en efecto, no supone adquirir conocimiento pues el conocimiento conlleva un proceso de aprendizaje, asimilación o interiorización de los contenidos. Dicho de otro modo, la parte pedagógica quedó en segundo plano frente a la parte técnica. Se habló mucho de interfaces, de plataformas, de anchos de banda, de estándares SCORM y de otras zarandajas pero los resultados didácticos fueron más bien pobres en muchos casos, incluso con altos índices de abandono en la realización de los cursos. E indudablemente, para agravar más el caso, pocos habían reparado en la gran importancia de la motivación de los alumnos en la modalidad de autoformación.

Ahora bien, el primer problema al que se enfrenta alguien que trata de informarse o aprender algo en Internet es que los contenidos nos los ofrece un navegador, que pese a sus opciones y motores de búsqueda no actúa de forma “imparcial”, ya que ciertas informaciones siempre aparecen destacadas por encima de otras y vaya uno a saber por qué (se supone que hay determinados criterios para presentar la información). Así, cualquier consulta básica es respondida rápidamente por los navegadores con el recurso a la famosa Wikipedia, que se disfraza de saber colectivo, riguroso, libre y compilado por los propios internautas. No obstante, un análisis en profundidad nos descubrirá que Wikipedia actúa como la Biblia del saber oficial que oculta o desprecia las visiones alternativas en todos los campos de la ciencia. Yo mismo me he encontrado en debates en Internet en que algún interlocutor cita la referencia del tema en Wikipedia como si fuesen los Mandamientos dados por Jehová a Moisés: algo indiscutible escrito en piedra y que admite poca o ninguna discusión. Y, no hace falta decirlo, para los niños y jóvenes Wikipedia es un recurso muy fácil y seguro: no importa qué hay detrás de un texto; basta con tener una respuesta.

Por supuesto, cada loco con su tema, y también es verdad que –ya tengas perfil académico o “alternativo”– tiendes a buscar y leer la información que te reafirma en tus convicciones y desprecias la información crítica hacia tus opiniones o bagaje previo. Esto no es propio del soporte informático, naturalmente, sino de cualquier método o tecnología educativa, y en realidad tiene más que ver con los prejuicios de la persona, sobre todo en los adultos. Lamentablemente, Internet también presenta un efecto nocivo propio de las más abyectas prácticas propagandísticas, que es la difusión masiva acrítica de ciertas informaciones como poco dudosas (por no decir directamente fraudes, manipulaciones, mentiras…) que impactan en muchísima gente en poco tiempo. Esta es una típica característica de la Red: se dicen muchas cosas y se comprueban muy pocas. Al final, la gente –que no recurre a unos mínimos elementos de contraste– se acaba creyendo lo que está en todas partes.

Pero… ¿qué puede ofrecer Internet en el campo del conocimiento a los jóvenes y a las generaciones futuras? Por de pronto, vemos que la calidad de la enseñanza, pese a disponer de tantos medios y tanta tecnología, se ha ido empobreciendo a pasos agigantados en las últimas décadas, haciendo que los niños y jóvenes cada vez sepan menos cosas y no sepan apenas leer y escribir de forma crítica[2]. Antes de la era informática, los trabajos escolares se hacían consultando enciclopedias y tomando frases de aquí y de allá para componer un texto. Ahora se busca en Internet, se copia y se pega y ya está. ¡Ni hace falta leer nada!

Sobre este tema, quisiera citar especialmente un espléndido artículo del periodista Guillermo Caba Serra[3], en el que deja bien claro que Internet no favorece precisamente un aprendizaje eficaz y crítico. Lo que Caba pone de manifiesto, retomando el trabajo del experto Nicholas Carr, es que los típicos contenidos de Internet (los hipertextos con múltiples enlaces) distraen la atención y nos hacen perder la concentración. Es tanta la información dispersa que al final se produce un efecto de falta de comprensión sobre lo que estamos leyendo. Las lecturas se hacen superficiales y se pierde la capacidad crítica y de análisis. Citando el artículo ya mencionado:

«…los trabajos de la investigadora Erping Zhu, directora asistente del Centro de Investigación en Aprendizaje y Enseñanza de la Universidad de Michigan (EE UU.), señalan de forma inequívoca que hay una relación inversamente proporcional entre el número de links que hay en un documento y la comprensión que acabamos teniendo del mismo. Dicho claramente: los trabajos de investigación enseñan que las personas que leen textos en forma lineal entienden más, recuerdan más y aprenden más que los que lo hacen a través de textos on line que están salpicados de links.»

Lo que suele ocurrir con la información de los textos en Internet es que al final se desborda la capacidad de nuestro cerebro para procesar tantos datos o estímulos “colaterales”. La continua aparición de nuevos estímulos empuja a nuestra mente curiosa a abrir nuevas carpetas (utilizando un símil informático), lo que inevitablemente provoca interrupciones en el hilo principal. Por otra parte, la inmediatez de las comunicaciones y del medio audiovisual provoca la necesidad de ofrecer una respuesta rápida, casi automática, sin ningún tipo de reflexión ni análisis. Todo pasa deprisa por nuestra sobrecargada mente, que apenas tiene tiempo de ponderar lo que está manejando, haciendo que las personas (sobre todo los más jóvenes) se conviertan en una especie de terminal que tiene muy poca autonomía real.

A modo de conclusión, como en casi todas las cosas, el quid de la cuestión no radica básicamente en la herramienta, sino en el uso que hagamos de ella. Por tanto, Internet puede ser infierno o paraíso para el conocimiento según como la usemos, teniendo bien en cuenta sus posibilidades y sus limitaciones. Sería un error deslumbrarse ante tanto despliegue de tecnología pues los hombres de ciencia de hace siglos no disponían de este instrumento y sin embargo eran personas de gran inteligencia y sabiduría, capaces de abarcar y relacionar numerosos conocimientos de diferentes materias[4]. Y sin ir más lejos, muchas generaciones pre-Internet han tenido una sólida formación que supera bastante los estándares actuales. Por cierto, no sé si será indicativo de algo, pero hace no mucho recibí una noticia sobre la educación de los hijos de los líderes en el campo de Internet y las nuevas tecnologías. Tal información aseguraba que estas personas no enviaban a sus hijos a estudiar con estas tecnologías, sino con métodos más tradicionales. Sin comentarios.

Sea como fuere, Internet se nos presenta como una gran ventana hacia el mundo exterior y así es como debemos interpretarla: una gran distracción para la mente que vive en este universo holográfico. Mientras tanto, queda fuera de la Red el CONOCIMIENTO con mayúsculas: las últimas preguntas sobre nuestro ser que no tienen respuesta en ese mundo sino en nuestro propio interior, en el reino de la conciencia. Pero incluso en Internet –y gracias a ella–podemos empezar a descubrir estos nuevos caminos…

(c) Xavier Bartlett 2014

[1] Aquí podríamos incluir a la primera formación de soporte informático previa a Internet (llamada CBT o EAO), que no era más que un programa a cumplimentar por el alumno de forma pasiva, con poca o ninguna interacción entre alumno y docente. En realidad era poco más que convertir las páginas de papel de un curso autoformativo en “pantallas” de ordenador. Internet supuso un gran paso adelante en este tipo de modalidad formativa, pero lo que aportó en realidad fue un acercamiento a las características de clásica formación en aula.

[2] De hecho, Internet fomenta una cultura puramente audiovisual. Los adultos ya leen poco y los jóvenes, la generación digital, prácticamente nada. Todo lo asimilan a partir de imágenes (vídeos, videojuegos, etc.), y por eso triunfan sitios web como youtube. Leer ya se ve como una actividad arcaica y más aún leer sobre papel.

[3] Artículo de G. CABA “¿Es Internet bueno para nuestro cerebro?” en la revista Redes.

[4] A este respecto, sorprende el hecho de que en épocas pasadas había muchas personas doctas en diversas especialidades científicas, como los humanistas del Renacimiento, mientras que hoy en día el conocimiento está excesivamente fragmentado y compartimentado, y resulta casi inaccesible para los no especialistas.

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