Enseñanzas del Bhagavad Gita

cambogia_brahma

El Bhagavad Gita forma parte del gran poema épico hindú Mahabharata y está considerado como uno de los grandes libros espirituales del mundo. Según los estudiosos occidentales fue redactado en el primer milenio antes de Cristo, después de otros grandes clásicos como los Vedas y los Upanishads, si bien la tradición oral podría remontarse a un tiempo muy anterior, hacia el 3.000 a. C.

Básicamente, el Bhagavad Gita se presenta como un diálogo entre Krishna, el maestro divino encarnado, y el príncipe Arjuna, antes de una decisiva batalla entre dos clanes enemistados. A lo largo de 18 breves capítulos, Krishna le revela al príncipe una serie de preceptos y enseñanzas de tipo místico, centrados en el papel del hombre en el Cosmos y en los profundos misterios de la vida y la muerte. Y por encima de todo, queda el mensaje liberador de que el mundo que captamos por los sentidos no es más que una ilusión o engaño (Maya), y que nuestro propio ego no es más que una ficción o limitación del mundo material. De alguna manera, esta ilusión nos hace olvidar o rechazar nuestra verdadera naturaleza divina, pues la divinidad es la única identidad de todo lo existente. Y ese olvido o negación es el origen de todos los males.

Cuando uno mira hacia ese remoto pasado y se encuentra este tipo de textos, podría pensar que tan sólo se trata de relatos mitológicos o de creencias religiosas sin ningún valor para el mundo moderno más allá del mero interés antropológico, histórico o cultural. Sin embargo, el Bhagavad Gita, al igual que otras antiguas enseñanzas místicas, parece que esté hablando directamente a la humanidad actual, tan perdida en su materialismo y egoísmo, hasta el punto de negar cualquier validez a los conceptos espirituales y metafísicos, pero sobre todo morales, pues cualquier comportamiento inicuo está bendecido por la teoría de la evolución y el concepto de la selección natural, en la que sólo vale la ley del más apto y el más fuerte como motor de la existencia (o subsistencia).

Así pues, vale la pena escuchar estas antiguas palabras para recuperar el concepto de una civilización “divina” (tal vez la mítica Edad de Oro), en la cual el hombre no era diferente de Dios, y practicaba el bien como eje central de su existencia. En el capítulo XVI del Bhagavad Gita tenemos justamente una comparación bastante certera entre lo que sería esa civilización divina y una civilización “demoníaca”, que lamentablemente nos retrotrae a las características de la civilización actual, basada en unos valores occidentales que todos conocemos bien.

He aquí pues el texto:

«El Señor Shri Krishna continuó: La ausencia de miedo, la vida pura, la concentración incesante en la sabiduría, la disposición a dar, el autocontrol, el espíritu de sacrificio, el estudio regular de las Escrituras, las austeridades, la sinceridad, la inocuidad, la verdad, la ausencia de ira, la renuncia, la alegría, la sencillez, la compasión hacia todos, la falta de codicia, la cortesía, la modestia, la constancia, el valor, el perdón, la fortaleza, la pureza, la libertad del odio y de la vanidad. ¡Estas son las cualidades divinas, oh Arjuna!

La hipocresía, el orgullo, la insolencia, la crueldad, la ignorancia pertenecen a aquel que es nacido de las cualidades impías. Las cualidades divinas conducen a la liberación; las no divinas, a la servidumbre. ¡No seas ansioso, príncipe! Tú tienes las cualidades divinas.

Todos los seres son de dos clases: piadosos e impíos. He descrito a los piadosos; ahora describiré a los otros.

Los impíos no saben cómo actuar o cómo renunciar. No tienen ni pureza ni verdad. Ellos no entienden los principios rectos de conducta. Dicen que el universo es un accidente sin propósito y sin Dios. La vida es creada por la unión sexual, un producto de la lujuria y nada más.

Pensando de este modo, estas almas degradadas, estos enemigos de la humanidad –cuya inteligencia es despreciable y cuyos actos son monstruosos– han venido al mundo sólo para destruir.

Entregados a pasiones insaciables, hipócritas, autosuficientes y arrogantes, acarician una falsa concepción basada en el engaño; sólo trabajan para llevar a cabo sus propios fines profanos.

El temor y la preocupación acosan durante toda la vida a los hombres de esta naturaleza, que sólo terminan en la muerte; buscan sólo la gratificación del deseo como la meta más alta; sin ver nada más allá. Atrapados en las redes de un centenar de vanas esperanzas, los esclavos de la pasión y la ira acumulan tesoros de riqueza injusta, sólo para complacer su deseo sensual.

Esto lo he ganado hoy; mañana voy a gratificar otro deseo; esta riqueza es ahora mía, el resto será mía antes de mucho tiempo. He matado a un enemigo, voy a matar a los otros también; Yo soy digno de disfrutar, yo soy el Todopoderoso, yo soy perfecto, poderoso y feliz.

Yo soy rico, soy bien educado; ¿quién se puede comparar conmigo? Yo sacrificaré, daré, pagaré y disfrutaré. Así pues, cegados por la ignorancia, perplejos por pensamientos discordantes, enredados en las trampas del deseo están encaprichados por la pasión, se hunden en los horrores del infierno.

Engreídos, obstinados, ricos, orgullosos e insolentes, hacen una exhibición de su clientela, sin tener en cuenta las normas de la decencia.

Hinchados por el poder y la vanidad excesiva, se dejan llevar por la lujuria y la ira, estas personas malvadas me odian a mí, que estoy dentro de ellos, así como estoy dentro de todo.

A estos que así me odian, que son crueles, la escoria de la humanidad, les condeno a un renacimiento continuo, miserable y sin Dios. Así renacidos, pasan vida tras vida, atrapados en la ilusión. Y ellos nunca llegan a Mí, oh príncipe, sino que degeneran a formas aún más bajas de vida.

Las puertas del infierno son tres: la lujuria, la ira y la avaricia. Destruyen el Sí mismo. Evítalas. Estas son las puertas que conducen a la oscuridad; si un hombre las evita le asegurará su propio bienestar, y al final va a lograr su liberación.

Pero aquel que descuide los mandamientos de las Escrituras, y siga los impulsos de la pasión, no alcanza la perfección, la felicidad o la meta final.

Por lo tanto, cada vez que hay dudas sobre si has de hacer una cosa o no, que las Escrituras guíen tu conducta. A la luz de las Escrituras, deberías trabajar la totalidad de tu vida.»

(c) Xavier Bartlett 2014

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s