Medios de comunicación: la droga cotidiana

futbol

Introducción

A estas alturas, afortunadamente, al menos una pequeña parte de la población occidental (o mundial) muestra ya claros síntomas de desafección ante la presión constante de los medios de comunicación que tratan de explicar el mundo a los ciudadanos de una forma tendenciosa y partidaria. Dicho en otros términos más contundentes, mucha gente ya se ha dado cuenta de que una élite gobierna el planeta a su antojo a partir de algo tan simple como el control mental masivo, hecho que a lo largo de los tiempos se basó en poco más que las costumbres, la religión, la educación y las leyes. Todo esto funcionó, y funcionó bien, durante milenios.

Sin embargo, en los dos últimos siglos ha sido necesario reforzar este control por medio de una presencia constante en nuestras vidas: los medios de comunicación. Primero fueron los periódicos, luego la radio, después la televisión y el cine y finalmente las últimas tecnologías y tendencias que vemos implantadas a través de Internet, los teléfonos móviles y otros dispositivos electrónicos. La metáfora del Gran Hermano que Orwell presentó como un hecho futuro ya se ha hecho realidad: estamos todo el día conectados a una realidad prefabricada y manipulada que inunda nuestras mentes con los mensajes adecuados para que todo se mantenga en orden, esto es, para que todo el mundo tenga un concepto común de lo que es “normal” y “aceptable”.

Otro tema sería plantear la creciente expansión de los sistemas de control, identificación y seguimiento basados en las últimas tecnologías que tienden a convertirnos en puras máquinas biológicas que pueden monitorizarse a distancia. Y, naturalmente, todo ello, por nuestro bien y por nuestra seguridad. No obstante, este punto ya sería materia para otro artículo.

Volviendo a los medios de comunicación, surge la pregunta de si es posible identificar cómo funcionan estos medios en términos de “impacto mental” y de qué manera afectan al conjunto de la población. La respuesta es que sí, y de hecho varios expertos e investigadores ya han aportado algunas pistas muy certeras sobre los mecanismos que rigen los medios de comunicación y su influencia sobre la población. Lo que presento a continuación es un compendio de estos estudios sobre los medios, sobre todos centrados en ese Gran Hermano que entra en todas las casas: la televisión.

No hay información libre: sólo “propaganda”

Ni en países regidos por una dictadura ni en los que se denominan “democráticos” existe realmente una información general desinteresada y objetiva, tanto si hablamos de medios privados como públicos. En los países sometidos a un régimen dictatorial esto es más evidente, pero en los países de larga tradición liberal y democrática, esto cuesta más de ver, sobre todo porque hay diversas cadenas de radiodifusión, agencias de noticias o cabeceras editoriales, aparentemente de distinto signo ideológico o político y bajo el estupendo paraguas de la libertad de expresión. Además, para reforzar la idea de diversidad, existe la llamada prensa alternativa, que parece oponerse a los grandes monopolios de poder y comunicación.

Sin embargo, esto sólo es una diferencia superficial e ilusoria, no hay ninguna prensa independiente, pues todos los medios están controlados directa o indirectamente por los mismos centros de poder u oligarquías (la gran banca internacional, grandes multinacionales, élites político-financieras, etc.), según han demostrado claramente varios investigadores independientes. Dicho de otro modo, el flujo o control de la información, a escala mundial, está en muy pocas manos.

Por tanto, ¿puede el ciudadano acceder a cierta información, supuestamente veraz y contrastada? No, el ciudadano normal no tiene modo de acceder a la “verdad” de los acontecimientos, sino que accede a la fachada, a la pura propaganda, esto es, la versión filtrada y sesgada de la realidad (o sea, la mentira) que los gobernantes desean imponer. Veamos qué dijo al respecto el maestro de esta técnica de control de masas, el Dr. Josef Goebbels:

«Si dices una mentira lo suficientemente grande y la sigues repitiendo, la gente finalmente llegará a creerla. La mentira sólo puede mantenerse durante el tiempo que el Estado puede proteger a las personas de las consecuencias políticas, económicas y/o militares de la mentira. Así, resulta de vital importancia para el Estado utilizar todos sus poderes para reprimir la disidencia, porque la verdad es el enemigo mortal de la mentira, y por extensión, la verdad es el mayor enemigo del Estado.»

Visto este ejemplo, uno podría pensar que la propaganda (fundamentalmente política) es propia de las tiranías, pero todos los países aceptan que existe la necesidad de difundir algún tipo de propaganda a la hora de movilizar a la ciudadanía hacia un determinado fin, sobre todo cuando es mucho lo que hay en juego. Sin salir de la Alemania nazi, cabe recordar también las palabras del jerarca Hermann Göring, que no admiten discusión por mucho que queramos condenar o matar al mensajero:

«Naturalmente la gente corriente no desea la guerra. Ni en Rusia, ni en Inglaterra ni en Alemania. Eso se entiende. Pero, después de todo, son los líderes del país los que determinan la política y siempre es una simple cuestión de arrastrar a la gente tanto si es una democracia, como una dictadura fascista o un parlamento o una dictadura comunista. Con voz o sin ella, la gente siempre puede ser sometida al mandato de los líderes. Es fácil. Todo lo que hay que decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por exponer el país al peligro. Funciona igual en cualquier país.»

No hay que ser muy perspicaz para apreciar que este mecanismo descrito por Göring funcionaba (y sigue funcionando) gracias a la propaganda difundida a través de los medios de comunicación. Pero no hay que retroceder a estos oscuros tiempos de la humanidad para reconocer que no hay prensa libre, sino condicionada. El mito de una prensa independiente es justamente eso, un mito, pues toda ella depende de poderes económicos y políticos que están en la misma onda. Nuevamente es oportuno añadir una cita, en este caso una reflexión de John Swinton, un veterano periodista del New York Times en el día de su jubilación:

«No hay tal cosa como libertad de prensa. Tú lo sabes y yo lo sé. No hay uno de ustedes que se atreva a escribir sus opiniones honestas. El negocio del periodista es destruir la verdad, mentir, pervertir, vilipendiar […], y venderse a sí mismo, a su país, y a su raza, por su pan de cada día. Somos herramientas y vasallos de hombres ricos detrás de la escena. Somos títeres, ellos mueven los hilos, bailamos, nuestros talentos, nuestras posibilidades y nuestras vidas son propiedad de estos hombres. Somos prostitutas intelectuales.»

Evidentemente, los periodistas (en su gran mayoría) no son personas que intencionadamente practiquen la propaganda. Simplemente forman parte de una estructura que tiene unas reglas y unos métodos que deben respetar para poder ejercer su profesión. Por consiguiente, ellos se limitan a seguir el guión pautado, que es en definitiva la tarea de describir “objetivamente” una cierta visión del mundo, que ya viene “empaquetada” y que no puede cuestionarse en absoluto. Es más, para dar rigor y veracidad a cualquier noticia, el periodista recurre a las famosas “fuentes oficiales”, que representan poco menos que una verdad absoluta o dogma de fe con relación a cualquier tipo de acontecimiento.

La creación de los estados de opinión

El objetivo de los medios de comunicación no es presentar la realidad desde todos los ángulos y dejar que luego el ciudadano saque sus propias conclusiones, sino influir en su mente para crear ciertos estados de opinión “prefabricados” (que podríamos considerar como auténticas “creencias” implantadas) a través de la difusión constante de determinadas noticias. Para lograr que estos estados de opinión triunfen y acaben siendo aceptados como verdades ­–ya sean vistas como cosas indiscutibles, inevitables o incluso deseables– se emplean diversas técnicas de manipulación. Básicamente estaríamos hablando de estas maniobras:

  • La táctica “problema-reacción-solución”: está basada en la creación de un gran problema a partir de un hecho ficticio, exagerado o manipulado que afecta –teóricamente– al conjunto de la sociedad. Este problema debe ser presentado de tal modo que la población experimente ante él una sensación de miedo, angustia, incertidumbre, rechazo, indignación… Como consecuencia, se crea un estado de opinión pública que reacciona ante la situación conflictiva y exige medidas y soluciones para afrontar y erradicar el problema. El paso siguiente es que el poder “escucha” las demandas ciudadanas y en consecuencia aplica la solución adecuada –por dura e impopular que pueda parecer– para solucionar el problema (que ellos mismos han creado y difundido). Un ejemplo clásico de esta técnica es la llamada guerra contra el terror a partir de la reacción provocada por grandes atentados o situaciones de guerra. En tales casos, basta crear la figura de un “enemigo” que amenaza con destruir la sociedad, las libertades, etc. y luego proceder con las medidas oportunas, que ya estarán del todo justificadas.
  • La táctica de la gradualidad y el diferimiento: cuando desde el poder se quiere implantar alguna medida que de golpe sería muy impopular (y seguramente causaría malestar y rechazo), los medios de comunicación comienzan a tocar el tema casi de puntillas y luego van aumentado progresivamente su insistencia para lograr un efecto de gota malaya que poco a poco va minando posibles resistencias. Finalmente todos los pequeños pasos dados conducen a un gran paso sin que la gente haya podido asimilarlo como tal. Otra opción muy similar es la de presentar un escenario futuro problemático, que no es muy preocupante en sí, a menos que se empiece a encararlo con firmeza. Además, muchas personas pensarán que no hay para tanto y que no hay que reaccionar o preocuparse en exceso, pues están sólo centradas en un presente más o menos plácido. Sin embargo, ya se habrá creado un estado subconsciente de aceptación ante lo peor y llegado el momento de aplicar la política prefabricada por el poder, no habrá desconcierto, sino resignación.
  • La táctica de apelar a lo puramente emocional: gran parte de la población reacciona ante noticias –y sobre todo imágenes– que crean un fuerte impacto emocional, por encima de cualquier reflexión o crítica racional. Si a ese impacto le acompaña un discurso lógico y bien trabado que parece dar respuesta a ese impacto, entonces el espectador asociará la emoción al discurso elaborado y no lo pondrá en duda bajo ningún concepto. De este modo, todo mecanismo de análisis “en frío” de un tema es desmontado y sustituido por un estado de ánimo que penetra en el subconsciente de las personas. El resultado final es que las personas no pueden ver cualquier otra cosa que no sea el impulso o la emoción provocada por la propia noticia. A partir de este punto, se entra ya en un estado de manipulación mental y emocional a gran escala que impide objetivizar la situación creada.
  • La táctica de la aparente objetividad: en muchas situaciones informativas (ya sea en noticias o documentales) los medios aparentan tocar todos los puntos de vista y opiniones sobre un tema dado, lo que les permite ponerse la medalla del rigor, transparencia y objetividad; esto es, fabrican “credibilidad” para la opinión pública. Sin embargo, el público tiene un concepto erróneo de la supuesta “objetividad”. En primer lugar, y aun sin mala intención, el hecho de no disponer de todos los datos, o de datos contradictorios o de tener que informar de forma apresurada y con poco o ningún contraste provoca errores, sesgos o lagunas que a veces son prácticamente inevitables. En segundo lugar, el sistema actúa ocultando lo que no le conviene y difundiendo lo que le conviene. Esto significa que existe una gran cantidad de información que nunca aparece en papel o en pantalla, o sea, que se omite o se suprime intencionadamente. Dicho en otras palabras, lo que no está presente en prensa o TV no existe[1] o es irrelevante y no forma parte del debate; el ciudadano debe crearse una opinión con las variantes que se le han ofrecido y ninguna más. Por tanto, un panel de supuestos expertos o una tertulia con personas de distinto color político no son ninguna garantía de “objetividad”.
  • La táctica del “etiquetado”: de manera casi imperceptible, las noticias con voz en off, o los propios informadores, “etiquetan” (ponen adjetivos) los hechos o los personajes públicos de tal modo que el ciudadano medio adopta sin ninguna reserva una consideración –acerca de un tema o una persona– que no ha hecho él, sino un periodista, por muy reputado que sea. Así, el sujeto o el suceso queda ya definido en la mente de la persona como bueno, malo, deseable, indeseable, etc. Por ejemplo, el mero hecho de emplear un término socialmente maldito como “terrorista” hace que cualquier persona sienta un fuerte rechazo a la persona u organización relacionada con esta palabra a través de los medios.
  • La táctica de la generalización: para crear un estado de opinión en las masas se debe hacer creer que algo que nace de forma particular pertenece a la sociedad en su conjunto, o sea, que todo el mundo está implicado en ello. Esto se consigue haciendo que todos se sientan partícipes, protagonistas o afectados (o incluso que se sientan culpables) ante un determinado hecho, cuando en realidad los responsables son una minoría, los que quieren extender un determinado estado de opinión. En esta labor, aparte del papel innegable de la TV, han colaborado mucho las más modernas tecnologías de comunicación y las redes sociales, que difunden y expanden noticias a nivel global sin el más mínimo sentido crítico. Es de hecho, algo similar al efecto de un contagio masivo[2]. El resultado es que tanto los méritos como las culpas o las responsabilidades son de todos sin que tenga lugar el más mínimo proceso de razonamiento individual de porqué es así. Simplemente, uno se sube al carro –donde están todos– y no pregunta.

La idiotización social

Si nos centramos muy específicamente en el ámbito de la televisión, podemos ver que de alguna manera este medio ha sustituido en los hogares a las antiguas charlas familiares en torno al fuego o a una mesa. La televisión tiene el poder de abducir, embobar e hipnotizar al espectador con todo tipo de programas[3] (y para casi todos los gustos y edades). Con todo, es justo admitir que en gran parte este papel hipnotizador está siendo sustituido por Internet, los videojuegos, los dispositivos electrónicos, etc. que han aportado no sólo un cambio de formato, sino también de concepto, al introducir un fuerte componente interactivo.

Dejando a un lado la faceta informativa, el resto de la programación (la que debe “formar y entretener”) que puede verse en todos los países tiene unas marcadas características de agente estupefaciente (esta palabra quiere decir literalmente “hacer estúpido”). Veamos cómo funciona:

  • Efecto distracción: los programas de televisión buscan intencionadamente distraer a los ciudadanos de los problemas de fondo y de sus inquietudes más profundas. Para ello, se les bombardea con espacios bálsamo de entretenimiento más o menos banal, que va desde las películas o series de ficción hasta los programas de diversión más superficiales como los magazines, los concursos, los deportes (San Fútbol y otros santos afines), etc. Incluso en los informativos cada vez ha ido aumentado más el número de noticias o sucesos del todo irrelevantes o anecdóticos, que son más bien puro entretenimiento. En todo caso, el objetivo es llegar a la mente del máximo de espectadores y no dejarles tiempo para pensar o reflexionar. Actualmente en la mayoría de países existe un gran abanico de cadenas generalistas y de canales especializados que emiten las 24 horas ininterrumpidamente. Así, si alguien quiere estar conectado a su distracción particular, puede hacerlo sin ningún problema, de forma gratuita o con un coste reducido (y nos quieren hacer creer que nuestra máxima satisfacción en este mundo es poder ver cómodamente en casa la Champions League y la Liga por un módico precio…).
  • Efecto mediocridad: si bien la televisión exhibe brillantes documentales sobre varias temáticas (que, por cierto, sólo representan la versión de la ciencia oficial y no otra), estos espacios son cada vez más minoritarios. Además, siempre es agradable ver gacelas y leones en su hábitat, pero los que velan por nuestra educación no deben juzgar apropiado que nos enteremos cómo funciona de verdad el dinero y las finanzas en nuestro complejo mundo… En todo caso, lo que abunda en las cadenas es una tendencia general a la mediocridad, a la vulgaridad y a una cierta infantilización de la audiencia[4]. No se trata, en fin, de tener ciudadanos críticos y demasiados cultos, se trata de que sepan justo lo que han de saber.
  • Efecto morbo: en cierto modo es una consecuencia del efecto anterior. Es evidente que en los últimos tiempos se ha venido explotando el morbo de una manera escandalosa en espacios de muy dudosa ética, casi siempre centrados en el mundo rosa y el famoseo. Este campo es especialmente perverso debido a la creación de modelos o estereotipos sociales de ciertos triunfadores caracterizados por su avidez por el dinero, la belleza, el éxito fácil, la ignorancia, la desfachatez, la provocación, etc. Todo el mundo tiene en mente de qué tipo de personajes se trata… Pero tampoco debemos olvidar que los propios informativos no han dudado en recurrir al morbo en escándalos de todo tipo, grandes desastres, tensiones sociales, sucesos luctuosos o escabrosos, etc. para crear su propio impacto emocional y distractor.

En suma, los medios de comunicación, en sus múltiples formatos, actúan como una verdadera droga colectiva, a fin de presentar a la audiencia una realidad distorsionada (por no decir falsa) que mate dos pájaros de un tiro: por una parte, que permita el control mental de la población orientando sus opiniones y actitudes hacia los comportamientos deseados, y por otra parte que actúe como relajante o estimulante según las situaciones, esto es, para provocar un estado de evasión de un mundo real que más bien desconcierta, ofusca y acongoja.

Finalmente, me gustaría terminar con unas palabras muy directas y contundentes del lingüista Noam Chomsky sobre el poder y la influencia de los medios de comunicación, o más concretamente, sobre su razón de ser. No son afirmaciones agradables ni fáciles de digerir pero constituyen un juicio bastante afinado acerca de lo que se esconde detrás de las apariencias:

«En estas circunstancias [problemas sanitarios, delincuencia, marginación, desahucios, desempleo, etc.] hay que desviar la atención del rebaño, ya que si empezara a darse cuenta de lo que ocurre podría no gustarle, porque es quien recibe directamente las consecuencias de lo anterior. Acaso entretenerles con la final de Copa o los culebrones no sea suficiente y haya que avivar en él el MIEDO A LOS ENEMIGOS. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso, ya que no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante distraerles y marginarles.»

 

¿Qué todo esto es palabrería? Querido amigo o amiga, haga el favor de encender (o prender) el televisor y vea las noticias de los informativos. Luego me lo cuenta.

© Xavier Bartlett 2014

[1] De hecho, la televisión es una auténtica generadora de (falsa) realidad a través de todos sus espacios informativos y formativos. Actualmente ya se ha podido demostrar cómo se construyó “visualmente” la farsa del 11-S mediante la última tecnología digital y el control absoluto de todos los medios.

[2] No por casualidad se habla de información o comunicación “viral”, esto es, la expansión de un virus que prácticamente se transmite de manera compulsiva e irracional.

[3] Esta denominación ya de por sí es significativa. ¿Se trata de “programar” las mentes de los televidentes?

[4] Véase que muchos programas del llamado “prime-time” parecen estar dirigidos sólo a jóvenes o a niños, con entretenimiento y diversión superficial, tipo “El hormiguero”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s