De Aquiles al Barón Rojo: El eterno mito del héroe guerrero

MvR
Manfred Von Richtofen (1892-1918)

La guerra ha sido sin duda el evento más común en la historia de la Humanidad desde los mismos orígenes de la civilización. De hecho, gran parte de la historia como ciencia –casi hasta nuestros días– se ha basado en la simple narración de una larga lista de gobernantes enfrascados en guerras, conquistas y conflictos de toda clase. Y desde luego, a la hora de explicar, justificar o ensalzar (en suma, “vender”) las supuestas bondades de una guerra, un elemento fundamental ha sido la mitología del héroe guerrero.

Así, por encima de la mera narración de hechos colectivos más bien sangrientos y faltos de nobleza, las historias de muchas culturas y civilizaciones no dudaron en acudir a la exaltación de ciertos hechos de armas protagonizados por personajes sobresalientes, a fin de dar un tono épico –y casi divino– a lo que, en principio, sería una simple masacre. Dicho de otra manera, en vez de relatar carnicerías sin sentido entre gentes anónimas, se consideró más apropiado destacar las gestas de algunos individuos excepcionales, que de este modo podrían convertirse en un modelo o ejemplo a seguir y a honrar por parte de sus compañeros de armas y de sus propios conciudadanos.

Sin embargo, para adquirir un pleno status de héroe inmortal, el personaje debía entregar su vida en la contienda, lo que de alguna manera lo convertía en mártir y salvador de los suyos. De este modo, alcanzar la gloria propia de un héroe comportaba la muerte como destino fatal e ineludible en la mayoría de los casos. Este arquetipo ya lo tenemos bien definido en las antiguas leyendas del Mundo Antiguo –antes de la historia propiamente dicha– y lo podríamos ejemplificar perfectamente en las figuras del Aquiles griego y del Héctor troyano, ambos caídos en la mítica guerra de Troya narrada por Homero. Por lo tanto, un héroe que hubiera sobrevivido era mucho menos héroe que el que había caído valerosamente en la batalla después de realizar proezas inimaginables y de haberse enfrentado a enemigos muy superiores en fuerza o número. Así pues, aquí tenemos bien marcada la correlación entre el héroe y la idea del sacrificio que de algún modo le concede la inmortalidad en forma de recuerdo eterno.

Esta mitología del héroe guerrero se fue extendiendo a lo largo de los siglos, siendo los héroes personas de alto rango y poder, como reyes, príncipes, emperadores, nobles, caballeros… Aquí podríamos citar una larga lista de nombres como Roldán, El Cid, Gustavo Adolfo de Suecia, Nelson… En efecto, construir un héroe era algo relativamente fácil en el pasado más remoto, en el que los cronistas o historiadores podían fantasear o novelar los hechos a su gusto y a satisfacción de las castas dirigentes. La objetividad y la precisión no eran rasgos muy típicos de las historias clásicas, y por lo tanto cualquier historia bien narrada podía pasar por cierta, y bien poco importaba la exactitud cuando lo fundamental era transmitir una visión épica que podía estar bastante alejada de la realidad.

No obstante, llegados a los últimos dos siglos, fueron apareciendo cada vez más crónicas, libros, relatos de todo tipo y finalmente el periodismo, cuya finalidad debería ser la exposición objetiva y veraz de los hechos. Así pues, la construcción de héroes épicos como los del pasado podría comportar más dificultades, pues habría menos espacio para la fabulación, la exageración o la tergiversación de los hechos. Pero, como estamos hablando de guerra, deberíamos saber que la primera víctima de un conflicto es la propia verdad. Por tanto, aun en tiempos recientes, se han seguido creando figuras de héroes mitificados para venderlos al pueblo, haciendo que los límites entre la mera propaganda y la historia queden igual de difusos que en épocas pretéritas. Lógicamente, como ocurría hace siglos, no interesa la muerte atroz y cotidiana y sí la justificación de la barbarie mediante la figura del héroe. Como es obvio, si este héroe perece de manera “heroica” (valga la redundancia), todo será mucho más fácil.

Así, me gustaría repasar ahora un episodio histórico no muy lejano, la Primera Guerra Mundial, en el que podremos comprobar cómo a partir de una realidad más bien gris –por no decir negra– se construye una épica heroica que incluso todavía perdura hoy en día, a cien años vista. Me voy a referir a la conocida historia del llamado Barón Rojo, aviador alemán que fue catapultado a la categoría de gran héroe nacional después de su muerte a inicios de 1918, previa preparación propagandística durante muchos meses. A continuación contrastaremos los hechos con la historia épica moderna y veremos que incluso en nuestros tiempos la imagen popular de ciertas personas y hechos pueden estar fuertemente distorsionadas o contaminadas por el efecto de la mitología del héroe.

Podríamos empezar con algunas simples preguntas, a la vista, por ejemplo, de ciertas imágenes estereotipadas concebidas para el gran público: ¿Fue Manfred Von Richtofen, el Barón Rojo, un gran caballero del siglo XX que montaba un Fokker triplano en vez de un brioso corcel? ¿Fue la guerra aérea de esa época una especie de deporte parecido a las antiguas justas medievales? ¿O más bien se pretendió idealizar esta nueva forma de hacer la guerra para ocultar una realidad más siniestra?

baronrojo
Réplica del Fokker triplano del Barón Rojo

A pesar de que la mitología popular, sobre todo sustentada por la literatura y el cine, nos muestra una Primera Guerra Mundial en el aire como una especie de refriega entre caballeros medievales, que decoraban sus aviones con toda clase de escudos, emblemas y gallardetes, la verdad histórica no es tan heroica o idílica. Como cualquier contienda, la guerra aérea entre 1914 y 1918 no fue una justa medieval medio festiva, sino un hecho de armas en los que a veces hubo muestras de clemencia y respeto entre los dos bandos, pero en los que predominó el duro combate en el que miles de jóvenes perdieron la vida, con una muerte atroz, acribillados a balazos, quemados en sus cabinas o aplastados contra el suelo. Cabe señalar a este respecto que, aunque en aquella época se conocía ya el paracaídas, las fuerzas en liza negaron su uso a los aviadores para evitar actos de cobardía.

El piloto y su máquina eran un uno indivisible y —como el capitán con su barco— el hombre debía correr el mismo destino que su montura. La realidad detrás de la visión caballeresca no era pues envidiable. La cifra de bajas entre los pilotos —siempre en proporción, por supuesto— no difería en exceso de las matanzas que tenían lugar en tierra. La esperanza de vida de los jóvenes pilotos, que padecían de un tremendo estrés, era francamente corta y a las pérdidas imputables al enemigo se tenían que sumar las numerosas bajas provocadas por accidentes (muchos de ellos en fase de entrenamiento).

También es cierto que el propio mito o figura del “caballero-piloto” de la Primera Guerra Mundial tuvo su origen en el contraste entre la guerra moderna y el retorno a la lucha individual heroica de la Edad Media. Así, los propios soldados, sometidos a la dureza de sus embarradas trincheras, idealizaron la figura de los aviadores, a los que veían como caballeros del aire, enfrascados a gran altura en combates singulares, mientras que ellos estaban expuestos a una muerte masificada y anónima, como resultado de las masacres provocadas por la artillería y las ametralladoras. A esto habría que sumar el hecho de que muchos de los propios pilotos eran antiguos oficiales de caballería y que como tales heredaron en gran parte ese mismo espíritu en cierto modo elitista.

Efectivamente, para muchos aviadores, especialmente para aquellos descendientes de familias nobles o militares de larga tradición, el combate aéreo no era una pesadilla sino algo parecido a la caza o a un deporte, con ciertas reglas, pero en el que había que vencer a cualquier precio, porque el dilema estaba entre matar o ser matado. Así, Manfred Von Richtofen tenía muy presente el valor de la tradición militar de su familia, tal como declaró al inicio de la guerra: “Está en la sangre de cada alemán precipitarse en busca del enemigo.”[1] No obstante, también tenía muy marcado ese espíritu deportivo y cinegético, hasta el punto de hacerse fabricar copas para conmemorar cada uno de sus derribos y de enviar a su madre algunos restos de los aviones enemigos abatidos por él, a modo de trofeos de caza.

Podría pensarse que tales concepciones impulsaban a estos hombres a buscar un combate de tipo “justa” con rivales de igual potencial, pero esto no fue así en la gran mayoría de los casos. Hay que recordar que el avión de caza nació para derribar a los aparatos de observación y luego a otros cazas. Así, entre las 80 victorias de Von Richtofen podemos encontrar un buen porcentaje de aviones biplazas de observación relativamente fáciles de derribar para un piloto experto con un buen aeroplano. El Barón Rojo no sentía que tales victorias fueran inferiores o no tuvieran mérito pues también eran objetivos militares y con tales acciones también se ayudaba a ganar la guerra, sin importarle la suerte de sus desdichadas víctimas. Por consiguiente, cualquier ventaja sobre el enemigo debía ser aprovechada sin ningún prejuicio.

En este sentido, Richtofen seguía unas reglas no escritas sobre el combate “caballeresco” en las cuales –dadas ciertas circunstancias– se podía dar cuartel a un adversario vencido, pero no como norma común. Para muestra, el propio Von Richtofen, en su último derribo –acaecido el 8 de abril de 1918– obligó a su rival inglés a un aterrizaje forzoso y luego pasó a apenas a unos 30 metros sobre el suelo para saludar a su oponente. Sin embargo, en 1916, Richtofen mantuvo un encarnizado duelo con el as inglés Lanoe Hawker que, al quedarse casi sin combustible, tuvo que regresar a sus líneas zigzagueando desesperadamente. Richtofen lo siguió y acabó con él de un tiro en la cabeza, sin más.

Y según avanzaba la contienda, el Barón Rojo no sólo fue ganando una enorme reputación entre los suyos, sino que también se llegó a convertir en un mito para el otro bando. Así, Richtofen era temido, condenado y admirado a partes iguales por sus enemigos, algo muy propio de los héroes homéricos. En 1917 su avión pintado en rojo brillante se hizo famoso en los dos lados del frente, y provocó el nacimiento de la leyenda del Diable Rouge (“Diablo Rojo”), luego transformado en “Barón Rojo”, que acompañaría a Richtofen hasta su trágico final. En efecto, en aquella época Richtofen ya había sido catapultado por la propaganda a la condición de héroe, aunque él mismo no parecía sentirse muy cómodo en ese papel.

Lo cierto es que esta estela de dramatismo y épica se prolongó hasta más allá de la muerte del as alemán. El día 9 de abril de 1918, tras un fugaz duelo aéreo, el Barón Rojo sería abatido sobre Francia, causando esta pérdida no sólo una gran consternación en sus filas, sino también una sincera tristeza entre sus adversarios. Incluso, parece ser que el aviador que le derribó, el capitán Roy Brown, se sintió muy apenado por haber dado muerte a un héroe como Richtofen[2]. Así, el cuerpo sin vida del joven aviador alemán (estaba a punto de cumplir 26 años) fue enterrado por los aliados en un cementerio francés con todos los honores militares. Su ataúd fue llevado a hombros por jefes de escuadrilla, todos con el rango de capitán, y se dispararon salvas a modo de homenaje. En suma, todo ello nos recuerda a los antiguos héroes clásicos que son honrados por sus enemigos durante la lucha e incluso después de haber caído en el combate.

Asimismo, debemos referirnos obligadamente al avión mítico al cual Von Richtofen ha sido asociado desde hace décadas: el famoso Fokker Dr I (triplano), pintado en un rojo brillante o carmesí. En este caso, cuando una montura se identifica tanto con su jinete —piloto en este caso— vienen a la memoria las típicas referencias legendarias de Alejandro Magno-Bucéfalo o Cid-Babieca, asignando unas cualidades portentosas a la montura como parte indisociable del éxito del héroe. Lo mismo se podría decir de ciertas armas épicas, como el martillo de Thor, la espada Excalibur del rey Arturo o la honda con la que David venció a Goliat. Y en efecto, gracias a la literatura y el cine, se nos hace difícil separar ambos iconos, el as del aire con su fantástico avión triplano, pero ¿es justa esta identificación?

Pese a quien pese, la realidad histórica nos muestra los hechos de otra manera. Para empezar, hay que resaltar que la mayor parte de la carrera de Von Richtofen se desarrolló en los biplanos Albatros, que fueron profusamente fabricados entre 1916 y 1918. De hecho, sólo 20 de las 80 victorias del Barón Rojo fueron obtenidas con el triplano, que -aparte de gozar de gran agilidad- era de hecho un aparato difícil de pilotar, relativamente lento y de muy escasa autonomía. Por lo tanto, como han puesto de manifiesto algunos historiadores, se ha exagerado bastante al respecto de la “prodigiosa máquina”, ya que en realidad fue la calidad de los pilotos de triplanos la que marcó la diferencia y no el aeroplano. Sin embargo, para la mitología popular la montura (o el arma) y el héroe son prácticamente la misma cosa, y no era cuestión de distorsionar una imagen épica que ha pasado ya a la historia.

Y por cierto, para acabar esta reflexión sobre la manipulación de los hechos en la creación de mitos, cabe señalar que Richtofen, a esas alturas de la guerra, ya mostraba claros síntomas de una gran fatiga física y psíquica acumulada por la tensión de tantos meses de lucha. Dicha fatiga, atestiguada en aviadores de ambos bandos,  habría sido la causa última de la muerte de muchos pilotos veteranos, que ya estaban al límite de sus fuerzas. Así pues, posiblemente este deterioro fue lo que acabó con su vida, en un combate final en el que no se enfrentó a ningún Héctor troyano sino a hombres anónimos que, como él, luchaban por sobrevivir en el infierno aéreo. Nada heroico ni glorioso, por tanto.

(c) Xavier Bartlett 2015

 [1] Esta frase precisamente recuerda mucho el espíritu del héroe homérico Aquiles, que vivía para la guerra.

[2] De todos modos, aún a día de hoy no se sabe con certeza si fue Brown el que le causó la muerte o si fueron unos fusileros australianos que dispararon desde tierra, hipótesis que parece contar con sólidas pruebas.

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