La pirámide de las “necedades” de Maslow

Sí, amigo lector, ha leído bien: pirámide de necedades y no de necesidades, o sea, no es una errata. Ahora trataré de explicar el porqué de esta expresión.

Hace ya algunos años, cuando era profesional de la formación y los reclusos humanos (¡perdón, quise decir “recursos humanos”, por supuesto!), tuve conocimiento de la famosa pirámide de Maslow, una teoría sobre la conducta humana que había traspasado del ámbito de la psicología y la sociología hasta llegar al terreno de los recursos humanos y del management. En efecto, este tema, pese a no ser moderno, estaba muy de moda en el mundo económico y en los recursos humanos y se tomaba como un referente imprescindible en temas de motivación personal y profesional y de carrera laboral, aparte de otras aplicaciones no menos importantes como el marketing.  

Y pese a que ha sido una teoría que ha recibido bastantes críticas desde que fue enunciada a mediados del siglo XX, todavía parece mantenerse bastante firme en el ámbito de las ciencias sociales como una auténtica Biblia para explicar las motivaciones de la conducta humana en lo personal, social y económico. Pero… ¿qué hay detrás de esta famosa pirámide que muchos parecen reverenciar como una gran verdad o modelo para guiar sus vidas (o para guiar las vidas de los demás)? Hagamos un poco de historia y diseccionemos los escalones de esta pirámide ideológica; quizá lo que encontremos nos resulte mucho más siniestro de lo que podríamos imaginar en principio.

La pirámide debe su nombre a un norteamericano de origen judío llamado Abraham Maslow, que nació en Nueva York en 1908. Maslow estudió Derecho y luego Psicología, disciplina en la que se doctoró en 1934. Estuvo trabajando como docente en las Universidades de Wisconsin y Columbia, donde se interesó especialmente en temas de sexualidad humana. Más tarde enseñó en Brooklyn y se relacionó con destacados intelectuales europeos de la corriente gestáltica y del psicoanálisis. Hacia el final de su vida, en 1968, fue elegido presidente de la Asociación Americana de Psicólogos. Falleció dos años más tarde, en 1970.

Entre sus varias obras destaca sin duda A Theory of Human Motivation (“Una teoría de la motivación humana”), publicada en 1943. Esta obra era una propuesta teórica sobre los fundamentos de la motivación humana, a partir de una jerarquía de necesidades, desde las más básicas hasta las más elevadas, que vendrían a formar los escalones de una pirámide. Según la teoría defendida por Maslow, todo individuo comienza por dar respuesta a sus necesidades más elementales y a medida que lo consigue, desea seguir subiendo, escalando hacia metas o necesidades más complejas que le aportan nuevas satisfacciones y deseos, hasta llegar a la cima de la pirámide, que sería la autorrealización. Pero vayamos por partes y expliquemos en detalle cómo funcionaría este ascenso por la pirámide.

piramide_maslow

La pirámide de Maslow está organizada en cinco grandes niveles o jerarquías de necesidades, que exponemos seguidamente:

  1. Necesidades de tipo fisiológico: Son las necesidades absolutamente básicas relacionadas con nuestra mera existencia material, es decir, las que permiten la supervivencia del cuerpo y que están relacionadas con las necesidades instintivas animales. Eso implica que el individuo ha de respirar, obtener comida y agua, vestido, refugio (vivienda), calor (fuego o energía), etc. Maslow también incluyó el sexo en este primer escalón, por el instinto de apareamiento, reproducción o maternidad.
  1. Necesidades de seguridad: Una vez garantizado el escalón inferior, las personas tienden a conservar o asegurar lo que han conseguido. Ello supone afianzar y preservar sus posesiones o logros, y evitar los riesgos, peligros o penalidades. En suma, se trata de alcanzar una posición de estabilidad con la que afrontar el presente y el futuro. Este nivel está relacionado directamente con el control de la propia vida y el miedo ante lo incierto y lo desconocido. Así, todo debe estar dentro de un orden y rutina que pueda manejarse y preverse.
  1. Necesidades de tipo social: Cuando la persona ha alcanzado cierta cota de seguridad, entonces busca un nivel superior que vendría a ser la integración social en la comunidad. Esto representa el paso de estar solo a la comunicación con los semejantes, lo que de alguna forma da respuesta a la tendencia natural a estar en compañía, dar y recibir afecto, entablar amistad, tener un cierta vida social, etc. En suma, se busca la aceptación del grupo y el sentido de pertenencia a éste, como un factor básico de identidad.
  1. Necesidades de estima: Son las necesidades que de algún modo dan satisfacción al ego de cada persona. En este caso, se va un paso más allá de mera relación social y se busca el desarrollo de una fuerte autoestima (valoración y respeto por uno mismo) a fin de adquirir prestigio y reconocimiento en su comunidad. De alguna forma, ya no se trata de una simple interacción con en entorno, sino de destacar en dicho entorno mediante esa reputación creada ante los demás.
  1. Necesidades de auto-realización: Este nivel es la culminación del anterior por cuanto aquí el individuo pretende llegar a su máxima cota de realización, superándose continuamente y cumpliendo todos sus deseos, talentos y potencialidades. En este último escalón se supone que la persona desea trascender, alcanzar un cierto status y dejar huella a través de sus obras, llegando así a satisfacer todos lo objetivos o metas que se había propuesto.

Como vemos, Maslow creó un edificio que teóricamente se podía ajustar a cualquier ser humano, de cualquier condición, raza o cultura, pues todo su planteamiento se fundamenta en principios universales de carácter biológico y psicológico, los cuales deberían estar fuera de discusión. A partir de aquí, muchas mentes más o menos privilegiadas han visto que la pirámide de necesidades se podía aplicar satisfactoriamente al ámbito de la economía y los negocios, a la gestión de personas, o al marketing, sobre todo porque detrás de sesudas explicaciones psicológicas, subyace la vieja historia del palo y la zanahoria, una metáfora sobre objetivos, motivaciones y estímulos para obtener un fin deseado. En efecto, la estructura piramidal de Maslow plantea que los seres humanos no pueden sentirse a gusto por lo que ya han conseguido o satisfecho, y que de inmediato buscarán satisfacer nuevas necesidades (o sea, metas) más elevadas para realizarse. Pero… ¿En qué clase de mundo se sitúa el pensamiento de Maslow? ¿Qué visión del ser humano nos propone esta teoría? ¿Es todo tan científico y objetivo como parece? Vayamos por partes.

En primer lugar, no cabe duda de que el enfoque de Maslow está enraizado en un universo materialista, muy en la línea de la ortodoxia evolucionista, en que el ser humano es una criatura física (y sólo física) que experimenta unas necesidades físicas iguales a las de cualquier otro animal, independientemente de que luego tenga otras capacidades muy superiores. Aquí sería bueno recordar que Maslow –al inicio de sus estudios psicológicos– se interesó bastante por la conducta animal y en particular por la de los simios, nuestros parientes más cercanos. Así pues, lo que se pone en la base de la pirámide es el comportamiento animal más básico, o instintivo, que no nos distingue demasiado de las llamadas bestias. Y se supone que no puede haber nada de lo demás (a niveles superiores) si este primer escalón no es superado.

Sin embargo, resulta que en la especie humana las cosas no son tan sencillas, o al menos podemos apreciar algunas contradicciones o problemas con este estado de pura supervivencia. Por ejemplo, muchas personas han renunciado a este instinto arriesgando su integridad física (o sea, su vida) por alguna causa determinada que les empuja a actos de entrega, heroísmo o sacrificio, y aquí podríamos hablar incluso de la paradoja de la guerra. Y es que tal vez Maslow prefirió obviar este espinoso tema, que aún constituye un enigma para todos los investigadores que lo han abordado. ¿Por qué si la propia vida es la primera necesidad ha sido despreciada durante milenios en actos de pura matanza sin sentido y sin que medien razones individuales de ningún tipo? Está claro que hay otras motivaciones que pasan bien por encima del mero instinto de supervivencia.[1]

Por otro lado, las supuestas necesidades físicas tan básicas podrían no serlo tanto si tenemos en cuenta que hay ciertas personas que –mediante la meditación u otros métodos ascéticos– han podido sobrevivir prácticamente sin ingerir nada, mostrando así un control total sobre su cuerpo y su mente. Estamos hablando de supervivencia física sólo respirando y poco más, con un ayuno absoluto durante muchos años e incluso en algún caso sin beber, lo que para la medicina y la biología ortodoxas es prácticamente imposible (e inexplicable). Y no olvidemos que, sin llegar a tales extremos, hay personas que sobreviven con los mínimos recursos –sobre todo en el Tercer Mundo– y no por ello son infelices. Entretanto, en el mundo occidental somos infelices porque comemos a gusto, pero estamos gordos, necesitamos ir al gimnasio, la comida es basura y nos hace enfermar, etc. Vivir para ver.

Después, desmintiendo a Maslow, tendríamos que reconocer de forma inapelable que el ser humano puede sobrevivir perfectamente sin su aparato reproductor, y aun teniéndolo puede renunciar a toda actividad sexual, sin que ello presuponga forzosamente un acto de autorepresión. Esto es, el instinto está ahí, es genético, pero no es una necesidad vital de supervivencia. La mente o el espíritu del hombre está por encima de ese instinto y puede manejarlo a voluntad, de igual manera que otras funciones del cuerpo.

Para finalizar el comentario de este nivel deberíamos referirnos obviamente a la concepción tan ligada al paradigma evolucionista, que descarta cualquier otra visión del ser humano que trascienda la materia. Por tanto, aquí ya resulta superfluo hablar de que el ser humano (entendido como el cuerpo) es en realidad un vehículo, manejado por un “conductor” que no se atiene a esas percepciones supuestamente sólidas y reales. Estaríamos hablando de alma y espíritu, o de energía, o de conciencia. O de que la realidad física no sería más que luz en una proyección holográfica. O de que somos seres eternos e inmortales. En fin, este es un campo que evidentemente Maslow no contempló.

En segundo lugar, como límite de las necesidades fisiológicas, tenemos el nivel de la seguridad. De hecho, sería mejor llamarlo el nivel del miedo, pues se basa en el miedo a la muerte, al sufrimiento, a la enfermedad, a la pobreza, al riesgo, a la aventura, a no tener… Es el imperio de la rutina, de la predicción, de la prevención, etc. que se traduce en un comportamiento robótico destinado simplemente a ofrecer más tiempo de vida gracias al “control de la situación”. Y si observamos cómo funciona el mundo actual, podemos comprobar que gran parte de este nivel está ampliamente cubierto por instrumentos como la sanidad pública y su enorme arsenal terapéutico, la “protección” policial, las empresas de seguros, los mecanismos de subsidio económico, los planes de pensiones, los ahorros, y un largo etcétera.

Pero resulta que el ser humano puede vivir perfectamente sin todo eso, y muy posiblemente más feliz. En cambio, toda esta continua necesidad –o ansiedad– por construir la seguridad acaba fracasando un día u otro pese a todas las precauciones tomadas. Porque, desde luego, siempre está ahí la espada de Damocles llamada muerte, que es la fuente última de todos los miedos y cuyo rechazo visceral nos provoca esclavización en vez de liberación. La pregunta sería ahora: ¿quién nos ha metido en la mente esa obsesión por la seguridad, que no tiene ningún otro animal sobre el planeta, pues todo animal vive cada instante de su vida en un presente continuo, un aquí y ahora que nosotros no sabemos vivir?

A partir del tercer nivel (las necesidades sociales), las cosas se hacen más complejas, pero de alguna manera el engaño se hace más evidente. Se supone que para llegar hasta aquí se han debido los dos escalones inferiores, y lo que aquí se pretende es “hacer amigos” e integrarse socialmente. Sin embargo, prácticamente todos los humanos ya nacemos en un entorno social y nos integramos a él desde pequeños, llámese familia, pandilla de amigos, tribu, barrio, club deportivo, empresa, país, etc. Así pues, ¿hasta qué punto es esto una necesidad y no una consecuencia directa del propio entorno? ¿O tal vez se debe reforzar el factor identitario para evitar que la gente piense por sí misma o se desmarque de su grupo? ¿O es que el hecho de pertenecer a tal o cual colectivo nos va dar necesariamente satisfacción? De hecho, ciertas personas rechazan el contacto social –o lo restringen mucho– por los motivos que sean y pueden vivir también en plena felicidad.

En este sentido, si este nivel supone la aceptación de un cierto orden basado en unas normas o estilos de vida, estamos hablando de otra cosa. Así, si consideramos que muchos aspectos de la sociedad pueden ser conjuntos de conductas, rutinas, patrones mentales, creencias, reglas, imposiciones, o incluso meros automatismos, entonces puede que el individuo no vea ninguna necesidad de mezclarse con eso, ni de considerarlo como un objetivo deseable, pues no necesita ninguna ”aceptación” que vaya contra lo que le dicta la propia conciencia.

Por otra parte, en las sociedades modernas (básicamente occidentales) los dos primeros niveles de necesidades suelen estar cubiertos y por ello este tercer nivel se muestra como la supuesta meta que las personas desean alcanzar. En este punto es cuando entran en juego principalmente los mecanismos de imitación de conductas que configuran la llamada sociedad de consumo: hay que hacer lo que hacen los otros para sentirse aceptado y contento. Este es el reino del tener y de hacer lo que hacen los demás, y si puede ser a un nivel superior, mejor.

Por supuesto, nos podríamos preguntar cómo es que habiendo tantas necesidades de nivel inferior aún por cubrir en extensas partes del planeta, se sigue creciendo en la generación de necesidades fútiles basadas en un progreso material que parece no tener límite. La respuesta sería que las primeras necesidades apenas dan dinero a los poderes económicos, mientras que las necesidades superiores comportan grandes beneficios, pues se satisfacen en las sociedades que disponen de mucha riqueza. Sea como fuere, nadie está contento; unos porque no pueden comer ni tienen agua potable, y otros porque están ansiosos por adquirir el último modelo de teléfono móvil super-inteligente (que ya tienen fulanito y menganito, y cada vez más gente).

Mientras tanto, creemos que tanta comunicación, tecnología, redes sociales y actividad social nos proporciona más satisfacción, lo que de alguna manera daría respuesta a esta necesidad social. Sin embargo, más bien parece que en las sociedades occidentales crece el egoísmo, la soledad, la depresión, la enfermedad, la desesperación y la pérdida de valores. ¿No será que estamos confundiendo las cosas? ¿No será que hemos pervertido las relaciones humanas hasta convertirnos en meros autómatas que hacemos lo que hace todo el mundo porque no somos capaces de oír nuestra voz interior?

Llegados al cuarto nivel de necesidades (la estima), aquí podemos decir que es aquí donde el ego se quita la careta y sale a escena directamente dispuesto a destacar sobre los demás. En efecto, aquí se busca la creación o consolidación de una fuerte autoestima que implica una necesidad de reconocimiento por parte de los demás. En otras palabras, se trata de sobresalir y de adquirir prestigio mediante la actuación personal, ya sea en el terreno privado o público.

Esto se observa especialmente en las políticas de recursos humanos y de management, enfocadas a sacar el mayor rendimiento de las personas, hacerlas despuntar sobre la media anónima y catapultar las carreras profesionales hacia las más altas cotas.

El mensaje subliminal de este nivel es que las personas que no se promocionan hasta el reconocimiento explícito pueden tener una baja autoestima o pueden sentirse inferiores si no consiguen esos altos logros sociales y profesionales. Esta visión ha hecho que se glorifique cierta clase de éxito que a lo mejor no es deseable o realizable por parte de la mayoría de la gente. En este punto podemos ver claramente que la pirámide de Maslow transpira un clasismo evidente, pues la propia sociedad está fuertemente jerarquizada y no hay posibilidad de que todos asciendan al escalón de la estima al mismo tiempo. En cierto modo, aquí se confunde la autoestima verdadera con otra cosa que más bien tiene que ver con un modelo de sociedad basada en el triunfo, la reputación, las apariencias, los privilegios, la exclusividad, etc.

Y finalmente, llegados al quinto nivel, la auto-realización, se nos presenta la máxima necesidad a la que podemos aspirar: el ser nosotros mismos con plena libertad, disfrutar y destacar con lo que hacemos, o ser un referente para los demás gracias a nuestros logros. Es como adquirir un estado de semidivinidad a través de una actividad que nos llena y nos realiza con plenitud, lo que sería el cumplimiento total de las expectativas (profesionales, por lo general) cuando en teoría ya hemos alcanzado la zanahoria. En este estadio, supuestamente, se consigue la propia moralidad, se llega a la máxima creatividad y espontaneidad y se superan los prejuicios.

Ahora nos podríamos preguntar si para dar sentido a nuestras vidas es preciso llegar a esta exaltación del ego o no es en absoluto necesario. Maslow puso como ejemplo de personas que habían llegado a este nivel a Abraham Lincoln, Thomas Jefferson, Mahatma Gandhi, Albert Einstein, Charles Darwin  o Newton, entre otros. Como vemos, seguimos en la línea jerárquica clasista de que determinados objetivos son sólo factibles para los grandes hombres, y los demás se quedan por el camino. Esto podría implicar, según un esquema evolucionista competitivo, que la satisfacción total de necesidades sólo es posible para unos pocos, los más aptos, o más brillantes, o más inteligentes o más tenaces.

Así pues, pretender que el más alto grado de satisfacción se fundamenta en esta supuesta necesidad de ser un modelo a seguir no tiene pies ni cabeza. Mucha gente se autorealiza, por decirlo así, con otros logros, muchos de ellos no precisamente materiales o sociales, y no sienten ninguna necesidad de trascender mediante la conquista de cierto poder, situación o reputación. Por otro lado, el mismo Maslow reconocía que incluso alcanzado ese quinto nivel, se podían dar situaciones de desequilibrio, patologías psicológicas o infelicidad.

Una vez más, vemos que Maslow confundió necesidades con objetivos (o motivaciones), y lo que es peor, con unos objetivos marcados por una determinada visión del mundo. Dicho de otro modo, más parece que las motivaciones planteadas por Maslow no salen del propio individuo, sino que son motivaciones externas, ajenas a él, y que tratan de imponerse para crearle un estado de continua insatisfacción, que tal vez ni siquiera supere en la cima de la famosa pirámide.

Sea como fuere, a más de medio siglo de la enunciación de sus teorías, Maslow sigue teniendo muchos seguidores, pero también es cierto que dentro del propio estamento académico ha sido criticado por varios motivos, pero sobre todo porque no pudo aportar pruebas científicas de su modelo y por haber intentado encajar las necesidades humanas en unos niveles físicos y psicológicos muy restringidos y concretos. Ello es aún más evidente cuando la misma realidad cotidiana demuestra que los seres humanos perciben de forma diversa y mezclada todas las supuestas necesidades, actuando de forma no coincidente con los cinco escalones de la pirámide.

Para concluir, y a modo de contrapunto, me gustaría hacer un breve comentario sobre lo que sería la antítesis de la pirámide de Maslow, y que no es precisamente una novísima teoría, sino una historia ya muy vieja. Me estoy refiriendo al filósofo griego Diógenes de Sínope, que escogió un modo de vida autosuficiente, solitario y contemplativo, alejado de la sociedad y sin otro hogar que un tonel o tinaja. Su propósito no era otro que distanciarse de todo deseo y reducir las necesidades al mínimo[2].

Precisamente fue ese tipo de vida, exento de toda comodidad o seguridad material y sin necesidades de ningún tipo, el que llamó la atención del gran conquistador Alejandro Magno. Así, cuenta la leyenda que Alejandro quiso conocer al famoso filósofo de vida austera. Y cuando se produjo el encuentro, Diógenes no se sintió en absoluto impresionado por la grandeza del monarca macedonio. Y es más, cuando Alejandro le mostró su admiración y le ofreció cualquier cosa que pidiese, Diógenes tan solo le suplicó que se apartara un poco porque su presencia le tapaba los cálidos rayos de sol que él apreciaba en aquel preciso instante. Dicen que Alejandro comentó luego a sus generales: “Si no fuera Alejandro, me hubiera gustado ser Diógenes.”

Posiblemente, Diógenes –así como muchas personas que han experimentado una vida contemplativa o mística– llegó a la conclusión de que el apego a la mente, a la dualidad y al mundo material no podía aportar nada al hombre, sino más bien alejarlo de su verdadero ser. Un ser que no tiene realmente ninguna necesidad porque ya es completo en sí mismo. Esta visión, lógicamente, requiere de un salto de conciencia considerable, que consiste básicamente en reconocer que la única y auténtica necesidad de ser humano es redescubrirse o reencontrarse, saber quién es en realidad. Una vez hallada esta respuesta, no puede haber más necesidades ni motivaciones.

© Xavier Bartlett 2015


[1] Obviamente aquí se debe concluir que la guerra es un instrumento del poder que se materializa gracias al control masivo de las mentes de las personas, expuestas al miedo y la amenaza.

[2] Por cierto, es muy significativo que la moderna ciencia recurra a Diógenes para describir el llamado síndrome de Diógenes, considerado un trastorno mental que afecta a personas mayores que se abandonan en lo personal y lo social y acaban rodeados de suciedad y basura, lo cual es confundir la forma con el fondo, pues el ideal de Diógenes no tiene que ver nada con tal conducta.

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