El misterio de la creación

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Uno de los temas más sugerentes de la literatura fantástica o de ficción de los últimos tiempos ha sido la existencia de libros ocultos o desaparecidos. Este género suele navegar el mito y la historia, y a menudo está aderezado con ciertos toques misteriosos o novelescos. Sólo por poner dos ejemplos relativamente conocidos, tenemos el libro perdido de Aristóteles sobre la risa, que constituía el centro de la trama urdida por el italiano Umberto Eco en El nombre de la rosa, o el Necronomicón, un antiquísimo libro maldito escrito (supuestamente) por un sabio árabe y que aparece en las historias de terror y fantasía de H. P Lovercraft. Asimismo, existe otra literatura paralela sobre libros del todo reales pero enigmáticos, como el famoso Manuscrito Voynich, por no hablar de los libros iniciáticos, esotéricos o herméticos, de los cuales existen numerosos ejemplos.

Y en esta lista todavía podríamos incluir otros libros de los cuales se conoce su existencia (su título y poco más), pero que se perdieron para siempre en la noche de los tiempos. Bastantes de estos desaparecieron como resultado de los varios incendios que sufrió la Biblioteca de Alejandría. Los expertos creen que estos desastres supusieron la destrucción completa de decenas de miles de libros, de los cuales sólo una pequeña parte se pudo conservar o recuperar a través de otras copias o de referencias indirectas.

Sin embargo, a veces, gracias a investigaciones exhaustivas y rigurosas, se puede dar con la pista de alguno de estos libros perdidos a través de ínfimos rastros que fueron apareciendo a lo largo de los siglos de forma esporádica, a modo de breves fogonazos en un entorno de total oscuridad. Este es el caso que voy a exponer, un libro ciertamente fascinante titulado De arcano creationis (“Sobre el misterio de la creación”), cuya existencia fue investigada por varias personas desde finales del siglo XVIII hasta hace pocas décadas. La historia que sigue a continuación es prácticamente desconocida para el gran público, porque no ha sido objeto de best-sellers, ni documentales ni de ningún tipo de difusión a gran escala.

Así pues, ofrezco aquí la traducción de una entrevista realizada por el sitio web Heliopolis en 2003 al investigador alemán Karl Bode, filólogo y documentalista, y experto en libros y manuscritos antiguos, muy en particular de la Edad Media. Bode escribió un libro en el que recopilaba las investigaciones anteriores sobre el tema y aportaba algunos detalles nuevos, así como ciertas explicaciones heterodoxas sobre la naturaleza del libro. El libro de Bode se publicó en 1972 con el título Das Rätsel des Buches der Schöpfung (“El enigma del libro de la Creación“), y constituye el objeto principal de la entrevista. Bode falleció unos pocos años después (en 2009) y no tengo noticia de que ningún otro investigador haya proseguido sus trabajos.

Pregunta: Señor Bode, explíquenos por favor cómo se enteró de la existencia de este supuesto libro perdido y porqué se decidió investigar escribir su propio libro sobre este tema.

Respuesta: Bueno, es una larga historia, muy fascinante, que me atrajo desde el principio. Tras acabar mis estudios de filología clásica y documentación en los años 60, un amigo mío me habló de unos artículos publicados a principios del siglo XX por un químico llamado Heinrich Bergmann, un aficionado a los libros ocultos, bastantes de ellos de temática alquímica. En uno de esos artículos mencionaba la posible existencia de un extraño libro llamado De arcano creationis, que significa “El misterio de la creación”, pero que nadie había visto nunca, por los menos en épocas modernas. Luego supe que Bergmann había muerto poco antes de la última guerra mundial, pero afortunadamente en 1966 pude dar con su hija Sophie, que por entonces casi tenía 80 años. La Sra. Bergmann me atendió con mucha amabilidad y me habló mucho de su padre y de sus trabajos y así descubrí que había dedicado muchos años a investigar este libro perdido, y que estaba a punto de publicar una gran obra monográfica –que quedó inédita– cuando falleció de un ataque cardíaco. Con el tiempo me gané la confianza de la Sra. Bergmann, que me facilitó valiosísimos documentos de su padre, incluyendo el manuscrito del libro que no se llegó a publicar y un libro del siglo XVIII escrito en francés que hablaba explícitamente del libro perdido. Para mí se convirtió desde entonces en apasionante proyecto de investigación que acabé de plasmar en el libro que publiqué en 1972, si bien es cierto que no pude llegar tan lejos como hubiera querido.

Pregunta: En su libro usted remarca mucho la falta de información fiable y contrastada y afirma que posiblemente no sabríamos nada de esta obra si no fuese por otro libro escrito en el siglo XVIII.

Respuesta: Sí, en este caso podemos hablar de una feliz casualidad, pues un noble francés decidió publicar ciertos materiales bastante antiguos (cartas y otros documentos) que habían pertenecido a un antepasado suyo. El noble era un tal barón Jean-Phillipe de Laurignac, y el libro, titulado Vida y hechos del noble caballero Guy Bertrand, señor de Laurignac, fue publicado en 1781. Tal como se relata en el propio libro, y como consecuencia de ciertas reformas en la antigua mansión de su familia, unos albañiles hallaron un pequeño cofre al derruir un antiguo muro. Al abrirlo, Laurignac encontró diversos documentos muy antiguos pertenecientes a un antepasado suyo, Guy de Laurignac, que había muerto en 1429, según constaba en los archivos de la propia familia. Parece que ser que estos documentos permitían reconstruir con cierta fidelidad la vida de su antepasado, y así pues decidió escribir un breve libro sobre este ancestro suyo, a modo de homenaje.

Pregunta: ¿Y qué tenía que ver tal personaje con el libro perdido?

Respuesta: Bueno, este el verdadero origen de toda la investigación. Al parecer, entre los documentos conservados había varias cartas escritas en latín, casi todas datadas entre 1379 y 1404, si bien unas pocas no indicaban fecha alguna. Dichas cartas habían sido enviadas por un personaje que firmaba Petrus Gallenus. Y luego, gracias a estas cartas y al resto de documentos, Laurignac compuso una digna biografía, haciendo mención expresa de este extraño epistolario entre los dos personajes citados y muy especialmente de un libro, muy posiblemente de temática alquímica. Lamentablemente, hoy en día el libro de Jean-Phillipe de Laurignac no se puede examinar, pues no hay ni un solo ejemplar disponible en ninguna biblioteca, ya sea pública o privada. Se cree que han sobrevivido unos pocos ejemplares, pero estarían en manos de coleccionistas privados muy discretos, que no desean ponerlos a la venta ni facilitar su acceso a los investigadores. Por suerte, la Sra. Bergmann me facilitó el ejemplar con el que había trabajado su padre.

Pregunta: ¿Y qué hay de esas famosas cartas?

Respuesta: Bien, el libro en cuestión describe a grandes rasgos la vida del noble francés del siglo XIV, que había tomado parte en las guerras contra los ingleses (era la época de la Guerra de los Cien Años). Según explica su descendiente, Guy de Laurignac tenía otros muchos intereses aparte de la guerra, y había estado mezclado en negocios y asuntos comerciales más allá de Francia. Precisamente, todo apuntaba a que Petrus Gallenus había sido un viajero y comerciante genovés que de alguna forma trabajaba para él, si bien en las cartas se podía apreciar una relación de igualdad e incluso amistad entre ellos. Y a partir de ciertos contenidos de las cartas, Jean-Phillipe de Laurignac había deducido que ambos compartían una secreta dedicación a la alquimia, y que Gallenus de alguna manera había sido iniciado por el noble francés en los misterios de esta disciplina. Asimismo, parece que Guy Bertrand había tenido contacto con personajes de origen no muy claro, pero que podrían ser caballeros templarios, o para ser más exactos, herederos de esta orden, que oficialmente había sido desmantelada a inicios del siglo XIV. Sea como fuere, las cartas revelaban que Gallenus realizaba ciertos encargos comerciales para su socio y amigo, sobre todo a partir de los viajes que él realizaba con frecuencia a países de Oriente Medio, lo que entonces era el mundo musulmán infiel.

De todas maneras, estos viajes no sólo se justificaban por la adquisición de bienes materiales, sino también por la búsqueda de antiguos saberes ocultos no fácilmente disponibles en la Europa cristiana pero sí en la refinada cultura islámica. Aquí es cuando Petrus Gallenus menciona explícitamente en la penúltima de las cartas datadas, de octubre de 1403, que ha encontrado en Siria a una persona de la casta de los Giemezu Eru (tal como lo transcribió Jean-Phillipe de Laurignac), y que tal individuo prometía facilitarle el manuscrito del libro De arcano creationis, escrito por el sabio sacerdote egipcio Ptamón en un tiempo inmemorial y que contenía los secretos más elevados sobre la creación del mundo. Por cierto, Jean-Phillipe de Laurignac comentaba en su libro que desconocía por completo la identidad de esta casta oriental.

En la última carta fechada, de 1404, Gallenus ratifica que ya tiene en su poder el libro De arcano creationis. Asimismo, afirma en que lo llevará personalmente hasta Francia para entregarlo en mano al propio Guy Bertrand. Y aquí se acaban las referencias directas al libro en las cartas. Podemos especular con la idea de que Jean-Phillipe de Laurignac estuvo buscando el libro por toda la mansión durante años, pero nunca sabremos si lo encontró o no. Lo que sí es cierto, y muy significativo, es que el nombre de Ptamón (o Ptah-Amón) aparece citado en unas pocas obras alquímicas. Concretamente, a él se le atribuye la paternidad de otro libro perdido titulado Liber Lucis (o sea, el “Libro de la Luz”). Por supuesto, todos los investigadores se han preguntado si el Liber Lucis y el Arcano son en realidad el mismo libro, o bien dos distintos, cuestión a la que nadie ha podido dar respuesta certera, que yo sepa. Mi opinión personal, coincidiendo con Bergmann, es que, en efecto, muy probablemente se trate de una misma obra con dos títulos diferentes.

Pregunta: O sea, que el libro no apareció por ninguna parte. ¿Al menos se conservan actualmente las cartas originales de Gallenus?

Respuesta: Tristemente, no. Aquí debemos realizar un acto de fe, pues sólo tenemos lo que Laurignac nos legó en la biografía de su antepasado; o sea, no hay prueba física directa. Lo cierto es que después de la publicación de libro, no tenemos ya más datos procedentes de Laurignac, que tuvo que abandonar Francia junto con su familia al inicio de la Revolución Francesa para refugiarse en Escocia, donde falleció en 1803. Es muy posible que se llevase con él estos documentos, pero es sólo una suposición. Su familia regresó a Francia unos años más tarde, pero para entonces se había perdido completamente la pista de los documentos, tal y como pudo corroborar Heinrich Bergmann a inicios del siglo XX.

Pregunta: Sigamos con lo que usted expone en su libro. ¿Quién retomó la investigación de libro ya en el siglo XIX?

Respuesta: La investigación sobre este libro prosiguió unas décadas más tarde a cargo de un anticuario, bibliófilo y egiptólogo amateur inglés llamado Charles W. Trimble, que tenía una enorme colección de libros antiguos, entre ellos algunos particularmente extraños y únicos. Lo destacable de Trimble es que en 1846 escribió un libro titulado Ancient Egyptian Sacred Books sobre textos religiosos egipcios en el cual dedicó una brevísima mención al Liber Lucis de Ptamón, libro muy escurridizo según sus propias palabras y sobre el que había encontrado apenas tres referencias: dos de ellas en tratados de alquimia del siglo XVI y la tercera en un libro originalmente escrito en griego en la Constantinopla bizantina del siglo XIII sobre la magia de los egipcios. Sin embargo, en los tres casos apenas se citaba la obra como una gran fuente de saber, con una mínima explicación sobre el contenido. Se trataría de una especie de cosmogonía, es decir, una interpretación más o menos mítica del origen y formación del universo.

En todo caso, Trimble reconocía que pese a todos sus esfuerzos no había podido confirmar la historicidad de Ptamón, que bien podría ser un personaje mítico o tal vez un pseudónimo. De igual modo, tampoco podía afirmar que el libro tuviese su origen en el Antiguo Egipto. En aquellos tiempos, la egiptología apenas estaba dando sus primeros pasos y no había muchos datos fiables a los que recurrir. De todas formas, Trimble tuvo la intuición de considerar este libro como un libro secreto, sólo apto para iniciados y que no sería propiamente religioso o mítico, sino un residuo de un antiquísimo saber que se había perdido ya en los primeros tiempos del Egipto faraónico. Asimismo, pensaba que la breve explicación presente en el texto alquímico más bien tendía a desorientar. Aquí se cerró la intervención de Trimble, que no pretendía ir más allá del contexto del Antiguo Egipto, con muchas más incógnitas que certezas.

Pregunta: Pero afortunadamente hubo más interesados en dar con el paradero de este libro, ¿no es así?

Respuesta: Sí, así es. Lo cierto es que esta historia se hubiese acabado con las especulaciones de Trimble de no ser por la aparición a finales del siglo XIX de dos nuevos investigadores, el italiano Claudio Giacomelli y sobre todo mi compatriota Heinrich Bergmann. Ambos se acercaron por separado al mismo tema, aunque al final se acabaron conociendo y colaborando. De hecho, gracias a las cartas que se intercambiaron estos dos hombres a finales del siglo pasado pude conocer los trabajos e hipótesis de Giacomelli, que apenas publicó un breve artículo en 1894 sobre el libro, con el título Ptamone e il Libro della Luce (“Ptamón y el Libro de la Luz”).

Pregunta: Según explica usted en su libro, la aportación de Giacomelli resultó ser muy valiosa porque abrió una nueva línea de investigación. Cuéntenos brevemente en qué consistió tal aportación.

Respuesta: En efecto, creo que Giacomelli tuvo un gran acierto en volver al ámbito del Antiguo Egipto, siguiendo los indicios planteados por Trimble. Bueno, hay que aclarar previamente que Giacomelli era profesor de historia y tenía un especial interés en la Egiptología y también en la antigua alquimia, razón por la cual estuvo buscando y estudiando antiguos textos de esta disciplina durante muchos años. Parece ser que descubrió unos pocos documentos de antiguos alquimistas italianos de los siglos XV y XVI en que se mencionaba a un tal Magister Petrus (o Maestro Piero), al que no tardó en identificar con el Petrus Gallenus del libro de Laurignac, que él había podido conseguir sin que sepamos bien cómo. Tales documentos no decían gran cosa sobre el trabajo o los logros de este Maestro, pero en uno de ellos se aseguraba que había sido perseguido por la Inquisición, que quería hacerse a cualquier precio con el ejemplar del libro prohibido llamado De arcano creationis.

Todo ello le hizo pensar a Giacomelli que el libro era conocido en círculos secretos y que por algún motivo era especialmente peligroso para el poder, por lo que la noticia de la presencia de este libro en Europa podía desencadenar una persecución inmediata. Así pues, Giacomelli estuvo indagando sobre el posible contenido herético del libro, pues no se acababa de creer que una simple cosmogonía pagana fuera objeto de tanta controversia o motivo de persecución. No obstante, pese a realizar profundas investigaciones de biblioteca y de entrevistarse con bastantes expertos no halló nada más allá de lo que Trimble había encontrado sobre el Liber Lucis.

Pregunta: Pero usted ha comentado que había una importante pista egipcia, ¿es así?

Respuesta: Sí, todo lo Giacomelli hizo durante los primeros años tenía su valor pero había dejado a un lado algunos datos de las cartas de Gallenus. Al volver a esos datos, Giacomelli tuvo la visión de apuntar hacia una nueva vía de investigación, que fue la de averiguar la identidad de la secta llamada Giemezu Eru, citada en la carta de 1403 de Gallenus a Laurignac. Dado que el libro había sido conseguido por favor o mediación de un miembro de esta secta o sociedad, esta podía ser una pista válida para tener algo más de contexto sobre el libro. Lamentablemente, Giacomelli buscó con afán –pero sin éxito– nuevas referencias a esta secta, ya fuese con este mismo nombre o con otro parecido. De todas formas, siguió muy intrigado, pues las palabras Giemezu Eru no eran latinas, ni toscanas o genovesas, ni siquiera árabes o coptas, lo cual hubiese sido lógico, tratándose del Egipto del siglo XIV.

Entonces, cuando ya parecía que su investigación había llegado a un punto muerto, Giacomelli se entrevistó con un competente egiptólogo italiano llamado Ernesto Schiaparelli, que tenía sólidos conocimientos de la antigua lengua egipcia transcrita en los jeroglíficos. Tras hablarle del libro de Ptamón, Giacomelli le preguntó si le resultaba familiar la expresión Giemezu Eru. Schiaparelli en un principio no identificó este término, pero al cabo de unos días de la entrevista, envió una carta a Giacomelli, fechada el 24 de junio de 1887, en la que le ofrecía una posible solución: Giemezu Eru sería tal vez una trascripción más bien tosca por parte de Gallenus de una expresión egipcia antigua y que se escribiría más o menos como Shemesu Heru, que a su vez podía ser una corrupción o modificación de un nombre bien conocido por los egiptólogos: los Shemsu-Hor o “Seguidores de Horus”. Lo único anormal en este caso es que tales personajes pertenecían al mundo predinástico de Egipto, lo cual los situaba más en el mito que en la historia, y además, aunque hubieran existido realmente, habrían desaparecido hacía miles de años.

En este punto, Giacomelli hizo sus indagaciones acerca de los Shemesu Heru (o Shemsu Hor) y no encontró gran cosa, pues las referencias a estos personajes eran –y aún lo son– escasísimas y apenas ofrecía un retrato consistente. Según los antiguos textos egipcios, se trataría de una dinastía de monarcas de origen semidivino que habría reinado durante unos seis mil años, justo antes de la aparición de la primera dinastía histórica, hacia el año 3000 a. C. Por cierto, cabe señalar que para la Egiptología tal dinastía es pura mitología, sin ninguna base real.

Pregunta: Y entonces entró en escena Heinrich Bergmann, ¿es así?

Respuesta: Sí, según la documentación que recibí de su hija, Bergmann empezó a interesarse por el libro siendo él muy joven, a finales de la década de 1880. Parece ser que ya llevaba cierto tiempo indagando en esta cuestión cuando leyó una traducción del artículo de Giacomelli. Tras unas semanas de pesquisas pudo ponerse en contacto con él y mantuvieron a partir de entonces una extensa correspondencia en francés, idioma común que ambos dominaban. Según cuenta Bergmann, se llegaron a conocer personalmente en Italia en 1898, poco antes de fallecer el sabio italiano.

Pregunta: ¿Y qué nos puede decir sobre su trabajo? Según afirma usted en su libro, Bergmann fue la persona que estuvo más próxima a “tocar” esta obra perdida.

Respuesta: Bueno, básicamente, Bergmann era un licenciado en Química, que se había aficionado a la arqueología y la egiptología, pero también a otras temáticas más heterodoxas como el ocultismo, la alquimia o el esoterismo. No sabemos exactamente cómo llegó Bergmann a conocer la historia del De arcano creationis, si bien todo apunta a que leyó el libro de Trimble y luego consiguió hacerse con uno de los escasísimos ejemplares disponibles del libro de Laurignac, que fue la base para sus posteriores estudios.

Bergmann estuvo durante años estudiando muchas obras alquímicas y rebuscó en bibliotecas y archivos para obtener nuevas informaciones que pudieran ponerlo en la pista del libro perdido. Tras contactar con Giacomelli, quedó convencido que la investigación debía orientarse hacia el Antiguo Egipto y los saberes herméticos propios de las escuelas de iniciados o sociedades secretas. En todo caso, y una vez analizada la literatura alquímica tradicional, descartó que el Arcano tuviese algo que ver con la famosa piedra filosofal o con la trasmutación de los metales. Antes bien, las pocas referencias obtenidas por Trimble le convencieron que la temática de la obra debía ser cosmogónica, pero el quid de la cuestión era, por supuesto, averiguar qué había detrás de un título y apenas una brevísima descripción.

Y aquí es justo cuando Bergmann decidió introducirse a fondo en el asunto de los Shemesu Heru, lo que le llevaría, en mi opinión, a las conclusiones más acertadas que jamás se han escrito sobre este extraño libro. Construyó una hipótesis según la cual estas personas habrían poseído unos conocimientos mágicos o científicos de gran importancia y que excepcionalmente los habrían puesto por escrito, pero sólo para los iniciados de esa misma secta. Este tipo de conocimientos no debía trascender ni siquiera a los sabios y alquimistas “normales”, y de ahí que prácticamente no hubiera rastro de este libro en los tratados alquímicos. En suma, se trataría de un tema ultrasecreto, mucho más secreto y crítico que la mera transformación de cualquier metal en oro.

Pregunta: Por lo tanto, según la hipótesis planteada por Heinrich Bergmann, no estaríamos hablando de un libro “perdido”, sino “ocultado” muy celosamente durante siglos, ¿no?

Respuesta: Correcto, esa era la hipótesis que luego acabó siendo su resolución, que yo comparto a grandes rasgos. Bergmann estuvo durante los primeros veinte años del siglo XX tratando de encontrar algún rastro de los Shemesu Heru, especulando que si en el siglo XV estaban aún activos, podría quedar alguno de ellos en el siglo XX, pese a que supuestamente habían desaparecido hacía nada menos que 5.000 años. Lamentablemente, sus investigaciones avanzaron muy poco; además, después de varios años de esfuerzos poco recompensados ya estaba bastante cansado y prefirió volverse a centrar en su trabajo como químico.

Entonces, después de haber dejado las pesquisas durante un par de años, se produjo un giro inesperado, al poco de iniciarse la Primera Guerra Mundial. No sabemos cómo ni en qué momento concreto, Bergmann entró en contacto con alguien que le iba a poner sobre la pista correcta. Parece ser que se trataba de una persona de alta posición social y económica, pero apenas he podido extraer un perfil claro de él. Esta persona, que muy probablemente pertenecía a una sociedad secreta, le explicó algunas cosas que supuestamente nunca debían salir del ámbito de los iniciados, y por ello obligó a Bergmann a adquirir el compromiso firme de no comprometerle ni revelar su identidad. Bergmann se refirió a él en sus notas privadas como “Parsifal”.

Pues bien, según lo que Bergmann redactó para su libro, el que nunca se publicó, este Parsifal le había confesado que el De Arcano creationis no era ningún mito ni tampoco una pura invención de Jean-Phillipe de Laurignac, sino que era un libro escrito en el Antiguo Egipto, en una época muy remota. Era, naturalmente, un libro del todo reservado para unos pocos iniciados (los que llegaban a las más altas cotas de las sociedades herméticas) y había versiones de él en la antigua lengua egipcia, árabe, griego, latín y francés. Según Parsifal, el libro no era religioso ni mágico sino científico, y contenía conocimientos específicos sobre la naturaleza del universo conocido.

Lógicamente, Bergmann quiso saber si Parsifal había leído el libro, y si le podía explicar algo sobre sus secretos. Parsifal le aseguró que lo había leído en una versión en francés, pero que apenas le podía dar unas breves pinceladas, porque darle más hubiera sido peligroso si alguien llegaba a enterarse de esta filtración. Bergmann relata que tuvo varias conversaciones privadas con Parsifal hasta que este personaje murió en 1920. Con lo que había investigado durante treinta años, y sobre todo con la información confidencial procedente de Parsifal, Bergmann empezó a escribir un extenso libro sobre el tema en los años 20 y lo fue ampliando y corrigiendo durante muchos años. La muerte lo sorprendió en 1935 cuando ya estaba prácticamente finalizado y pensaba enviarlo a varios editores para su posterior publicación.

El manuscrito quedó en manos de su única hija y heredera, que trató sin éxito de publicarlo en la oscura época de la Alemania nazi. Incluso, dada su insistencia en cumplir la última voluntad de su padre, llegó a recibir presiones y amenazas anónimas para que desistiera de su propósito. Viendo que el material de su padre podía ser muy controvertido y conllevarle graves problemas, decidió poco antes de la Guerra Mundial abandonar su Frankfurt natal y mudarse a un pequeño pueblo próximo a la frontera suiza, aparte de esconder el manuscrito en un lugar seguro y esperar mejores tiempos. Así fue como pasaron los años y nadie más volvió a hablar del tema hasta que un joven filólogo, ¡yo mismo!, oyó hablar de Bergmann y localizó a su hija Sophie.

Pregunta: Asombrosa historia, sin duda. Y llegados a nuestra época usted es el último investigador que ha abordado el tema. Cuéntenos, Sr. Bode, cuál fue su experiencia con el libro y cuáles son sus conclusiones finales.

Respuesta: Bien, mi trabajo vino a ser una mera continuación de lo que Bergmann no pudo completar en su momento. Tras examinar toda la documentación y el libro inédito que me legó su hija, pude componer un retrato ciertamente difuso del De Arcano creationis, pero esto es lo mejor que hay, que yo sepa, y desde que publiqué el libro –hace ya treinta años– nadie más ha publicado nada sobre este tema.

Pues bien, según mi tesis, lo que más sorprende –y puede resultar chocante– es que en un tiempo muy antiguo, previo al inicio de las grandes civilizaciones conocidas, existió una civilización que tenía unos conocimientos científicos superiores a los actuales. Esto vendría a ser una confirmación del famoso mito de la Atlántida. Parece ser que se produjo una gran catástrofe o cataclismo que acabó con ese mundo avanzado y apenas unos pocos supervivientes pudieron salvarse y recomponer su civilización. Creo firmemente que los Shemesu Heru o Shemsu Hor eran estos supervivientes o al menos descendientes de éstos. E incluso veo muy probable que de algún modo los Shemsu Hor pervivieran a través de los siglos como guardianes de los saberes más secretos. Tal vez Parsifal pertenecía a esta secta, pero jamás le dijo nada a Bergmann sobre este extremo, y sólo podemos hacer conjeturas.

Lo que sí pude corroborar, a partir de las notas de Bergmann, es que los Shemsu Hor tenían un conocimiento exacto del origen del universo y, sobre todo, de qué estaba compuesto. El libro secreto explicaría que el universo no es algo material sino una especie de proyección de luz en dos dimensiones que es percibida o interpretada como una realidad física tridimensional y palpable. Por este motivo, se hablaba de que Ptamón escribió el Libro de la Luz, lo cual le hizo pensar a Bergmann que en efecto se trataba de la misma obra; esto es una explicación que me parece razonable y que resuelve el enigma de la dualidad de títulos. De Arcano creationis, sería en suma, un tratado sobre proyecciones holográficas de luz que se convierten en universos en los cuales los seres conscientes se mueven creyendo que están en un mundo material, cuando no es así. Hay que reseñar que a principios del siglo XX estos conceptos científicos prácticamente no existían, con lo cual tenemos aquí un problema. Otra cosa, por supuesto, es hacer un acto de fe y creer que un libro muy antiguo tocaba este tema con precisión científica. Como el libro, quiero decir un ejemplar antiguo, nunca ha sido mostrado en público no hay forma de saber con seguridad si Parsifal estaba diciendo la verdad.

Sea como sea, cuando escribí el libro a inicios de los 70, estos temas referentes a un cierto universo holográfico apenas habían sido esbozados por algunos científicos, pero hoy en día ya se habla de una cierta realidad virtual ilusoria, según algunos principios de la física cuántica. Creo que el concepto es fundamentalmente el mismo; esto es, que la materia no existe en sí misma, sólo existe la energía o la vibración, o en otros términos, la luz. En este escenario, todo sería luz: nuestros cuerpos, nuestros cerebros, toda la realidad física que nos rodea, etc. Pero no habría realidad tal como la concebimos en nuestra mente, sino una simple proyección que es interpretada o descodificada. Desde este punto de vista, la “interpretación” de la luz sería un acto de creación. En otras palabras, la conciencia “crearía” el mundo, y de hecho podría crear tantos mundos o universos como quisiera.

Pregunta: Pero, a su juicio, ¿por qué estos conceptos científicos debían reservarse a unos pocos iniciados?

Respuesta: Bien, en mi libro expuse la hipótesis de que esta clase de ciencia era demasiado avanzada e increíble y desde luego hubiera chocado fuertemente con las creencias religiosas imperantes en otros tiempos en casi todo el mundo. Incluso ahora esta teoría sigue sin ser aceptada por la ciencia académica en su conjunto. En todo caso, acceder a esta información podía ser peligroso y de ahí que el libro se moviese en un entorno de máximo secreto y discreción, según se puede apreciar en las cartas de Gallenus a Laurignac. Muy posiblemente su descendiente del siglo XVIII no fue capaz de percibir la naturaleza real del libro y de ahí que airease su existencia de forma poco cuidadosa.

Pregunta: Volviendo al núcleo de su trabajo, ¿no cree que el tal Parsifal pudo engañar o manipular a Bergmann?

Respuesta: Sí, desde luego, desde que empecé a estudiar este material me hice muchas veces esta pregunta. De hecho, dado que todo lo que se ha investigado y escrito son referencias indirectas, esta posibilidad hay que tenerla en cuenta. No obstante, creo que la relación entre ambos hombres fue sincera y honesta. Yo contemplo la posibilidad de que el trabajo de Bergmann fuera tan serio y acertado que alguien decidió que había que darle lo que buscaba, pero en una dosis aceptable, antes de lo que descubriera por sí mismo. Ahora bien, también sería posible que Parsifal obrase por alguna motivación filantrópica y quisiese ofrecer al mundo al menos una parte de esos conocimientos, y la intervención de Bergmann en este caso habría sido el vehículo ideal para dichos planes.

Pregunta: Y es pregunta obligada, ¿sufrió usted algún tipo de persecución o presión para no publicar su libro?

Respuesta: Para ser honestos, no. Lo que sí es cierto es que tuve muchas dificultades para llevar a cabo mi investigación y todavía más para encontrar un editor que quisiera publicarla. Bueno, finalmente el libro salió a la luz, pero tuvo muy escasa difusión y muy pocas críticas, y todas ellas desfavorables. La consideraron una mera obra de fantasía para crear un poco de misterio, pero sin ninguna base científica o histórica. Tenga en cuenta que en aquella época estaba muy en boga este tipo de literatura de enigmas, antiguos astronautas, ovnis, etc. Como consecuencia, los planes para traducir la obra a otros idiomas quedaron en nada. Y por supuesto, el libro no se ha vuelto a editar, ni yo he tenido intención de revisarlo.

Pregunta: Finalmente, ¿por qué cree usted que este libro oculto aún no ha salido a la luz, después de usted publicara su obra, y que en parte se deshiciera su supuesto misterio? ¿Qué queda ya de problemático o secreto?

Respuesta: Esa es una buena pregunta para concluir, pero la verdad es que yo no tengo aún hoy una respuesta para ello. Francamente no entiendo la causa que impide la divulgación de este libro, cuando estas ideas ya han aparecido en el campo científico. Desde luego, todo esto es revolucionario, pero la ciencia avanza con el paso de los siglos y va rompiendo moldes, es un proceso natural.

Dicho esto, reconozco que si lo que se ha querido ocultar es la existencia de una civilización perdida que tenía estos altos conocimientos hace más de 5.000 años, eso sí sería realmente impactante y obligaría a rescribir todos los libros de historia y de ciencia. Pero sigo sin ver el motivo último, ya entrados en el nuevo milenio, por el cual los que tienen ejemplares de este libro no lo difunden. Tal vez hay algo que se me escapa, o tal vez hay muchas otras cosas, más ocultas aún, que Parsifal se guardó para sí y que de momento siguen enterradas en las páginas del Liber Lucis.

© Xavier Bartlett 2015

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One thought on “El misterio de la creación

  1. Extraordinario tema. Quizás se trate del tema más importante. Esas civilizaciones perdidas. Conocimiento prohibido.
    No conocía la existencia del libro. Es una historia fascinante. Daría para hacer un best seller si lo pilla Javier Sierra.
    Enhorabuena Xavier por el gran trabajo y por tu valentía y claridad al exponerlo.

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