La pseudodivulgación científica

Bauer
Profesor Henry H. Bauer

Hace ya algún tiempo que determinados científicos “de la vieja escuela”, como el químico norteamericano Henry H. Bauer, han puesto el grito en el cielo por lo bajo que está cayendo el espíritu científico, tanto en lo teórico como en lo práctico, a causa de los múltiples intereses creados, corruptelas, intervencionismo político, falta de ética profesional, ganas de hacer carrera a toda costa, etc.[1]

Pero más allá de esta atmósfera de ciencia mediatizada o intervenida por factores ajenos a la libre investigación, lo que me sorprende es que en muchos casos la difusión o divulgación de la ciencia por parte de los medios de comunicación se mueve por terrenos todavía más difusos caracterizados por la excesiva simplificación, el sensacionalismo, la mera incompetencia o incluso la aviesa manipulación. Así, últimamente me estoy encontrando con gran número de artículos periodísticos relacionados con la historia y la arqueología, basados en principio en fuentes científicas, que presentan los contenidos de manera errónea, sesgada o parcial, aunque estén acompañados de datos, estadísticas y serios estudios científicos previos.

Básicamente, el problema radica en que algunos de estos nuevos hallazgos o investigaciones llaman la atención de la prensa por algún motivo y enseguida se redactan artículos “informativos” para trasladar dichas noticias al gran público. Llegados a este punto, se puede admitir que el tratamiento del tema pase por ciertos filtros y explicaciones para que el contenido sea del todo comprensible y significativo para la audiencia, lo que en cierto modo sería un aplanamiento de la noticia científica. Sin embargo, hay fronteras que no se deberían cruzar en ningún caso, y es que cuando de la ciencia se hace un cierto espectáculo y se añaden fáciles interpretaciones o se omiten elementos esenciales, entonces se puede hablar ya directamente de contaminación de la ciencia.

El resultado indeseado de este efecto prensa es que gran parte de la audiencia puede dar por buena una información simplemente porque detrás hay ciencia, aunque en muchos casos se trate de hipótesis o líneas de investigación más o menos arriesgadas que precisan de estudios y comprobaciones posteriores, o al menos de un cierto contraste con otras visiones no menos científicas. Este es el punto donde una mala transmisión de la información, unos ciertos toques llamativos –porque la ciencia pura y dura es aburrida e incomprensible para el ciudadano medio– y un enfoque plano acaban por crear falsas impresiones, o incluso auténticos dislates, que muy posiblemente el lector no versado en el tema será incapaz de reconocer. No obstante, en muchas ocasiones, con un poco de sentido común y un mínimo conocimiento de la materia, se puede desmontar el pastel y apreciar que no hay por donde agarrar tales informaciones ni con el más generoso beneficio de la duda.

redcoats
“Casacas rojas” británicos de inicios del siglo XIX

Así pues, me referiré como ejemplo a una noticia publicada recientemente en un medio británico, The Telegraph (en su versión on-line), sobre el trabajo de una investigadora de la Universidad de Durham, la antropóloga Diana Wiedemann, que viene a coincidir en el tiempo con el 200º aniversario de la batalla de Waterloo, un episodio bélico de indudable impacto en la historia contemporánea. Según la noticia (procedente de agencias), la victoria de los ingleses sobre las fuerzas napoleónicas se debió en gran parte al color rojo que lucían los primeros en sus uniformes, pues dicho color sería mucho más dominante que el azul o el gris, por ejemplo. En efecto, las tropas británicas eran los famosos “casacas rojas”, es decir, soldados ataviados con un vistoso uniforme rojo (aunque con pantalón gris en la época de Waterloo). Para esta antropóloga, el rojo es un color determinante, identificado con la fuerza, la agresividad, la ira, el valor, etc., tanto en los animales como en el ser humano, y de hecho tiene una influencia innegable en el cerebro humano, tal y como se ha podido demostrar en varios estudios científicos.

Weidemann incide en que el rojo es un color que socialmente se ha asociado desde hace siglos a la competición, la dominancia, el triunfo, etc. En este sentido, otro profesor de Durham, Rob Barton, ha dirigido un estudio sobre la influencia del rojo en la agresividad y la competencia en el mundo del deporte. Al parecer dicho estudio había incluido una prueba sobre voluntarios en los que se les enseñaba imágenes de deportistas vestidos con camisetas de diferentes colores. Los resultados de la prueba mostraban que el rojo se asociaba al concepto de enfado, más que a felicidad, miedo o simple neutralidad. Todo este estudio, publicado originalmente en el Boletín de Biología de la Royal Society, se asienta en bases biológicas y psicológicas y está acompañado de datos estadísticos y metodológicos… pero si consultamos la fuente original (¡oh, sorpresa!) no hallaremos la más mínima mención a los casacas rojas, a Waterloo o a contiendas militares.

¿Qué ha sucedido aquí? Lo que parece evidente es que a partir de un estudio centrado exclusivamente en la relación de un color con determinadas conductas humanas (y masculinas para ser más precisos), los redactores de la noticia han hecho una fácil extrapolación, haciendo notar que el rojo fue el color del uniforme regular de las tropas británicas durante unos 200 años, desde mediados del siglo XVII, coincidiendo más o menos con el gran expansionismo del imperio británico. Así, el rojo habría sido un factor determinante en la batalla de Waterloo, del mismo modo que lo es actualmente en ciertas actividades (“batallas” en cierto modo) deportivas, sociales o económicas.

Dicho todo esto, no se puede ocultar el conocido simbolismo del color rojo, que se remonta al Mundo Antiguo, donde el planeta rojo, Marte, estaba asociado al dios de la guerra. Y también es cierto que existen numerosos estudios sobre los impactos o significados psicológicos de los colores en la mente humana. Pero dejando a un lado el resabido simbolismo de los colores, todo lo demás es un total despropósito que demuestra que los redactores de esta información saben más bien poco de historia militar o de historia en general.

En efecto, a los redactores se les debió pasar por alto que los casacas rojas fueron derrotados en la Guerra de la Independencia americana, así como en otras guerras o batallas a lo largo de esos 200 años. Además, una de esas derrotas, que tuvo lugar a finales del siglo XIX en Sudáfrica, fue más humillante si cabe porque fue a manos de guerreros zulúes, mucho peor armados y sin aparente organización militar. Y lógicamente, otros ejércitos, empezando por los franceses de época napoleónica, lucían otros colores en sus uniformes y tuvieron éxitos o fracasos en función de otros factores.

Lo cierto es que esos vistosos uniformes de los siglos XVIII y XIX, coronados por altos gorros llamados chacós, tenían un sentido teatral y psicológico porque fomentaban presuntamente la igualdad, el espíritu de grupo y la pertenencia a una unidad de combate. Además, de cara al enemigo, tales uniformes los hacían parecer más altos y fornidos, es decir, trataban de crear un impacto visual en los adversarios. Sin embargo, a la hora de la verdad, los brillantes uniformes no servían para atemorizar a nadie; si acaso, para evitar la confusión en el momento del combate a distancia –que casi era a quemarropa en aquel tiempo– y sobre todo en el cuerpo a cuerpo a bayonetazos y sablazos. Desde un punto de vista moderno, aquello sería una simple carnicería o masacre, sin ninguna protección, camuflaje o defensa. De hecho, a finales del siglo XIX ya se fueron abandonando tales colores llamativos porque no hacían más que allanar la identificación y la puntería de los fusileros enemigos, que –armados ya con armas automáticas y ametralladoras– todavía tenían más fácil la escabechina[2].

En fin, decir que el color rojo fue determinante en la victoria anglo-prusiana[3] de Waterloo es un disparate enorme, que nada tiene que ver con los estudios históricos rigurosos, sino más bien con fáciles salidas de tono chauvinistas.

Por supuesto, otra cosa sería analizar a fondo todos los factores que determinan los conflictos y las batallas, y ver que quizá hay otros elementos subyacentes que apuntan hacia ciertas interpretaciones insospechadas, pero eso ya sería tema para otro debate.

En fin, los redactores de esta información deberían haber comentado la investigación de Wiedemann y Barton acerca de la influencia del color rojo o bien elaborado un artículo a modo de efeméride sobre la batalla de Waterloo, pero mezclar ambos temas y de esta manera… En todo caso, es del todo evidente que a los lectores de la noticia se les presenta un material tergiversado, a partir de un artículo que a su vez también tendría su punto de discusión. Porque… ¿acaso muchos clubes deportivos o entidades sociales no han alcanzado grandes éxitos sin lucir para nada el rojo en sus emblemas, logotipos u otros signos de identificación? ¿Y los otros que no han prosperado o incluso han fracasado usando el victorioso rojo? ¡Vaya ciencia y vaya difusión de la ciencia!

© Xavier Bartlett 2015

[1] A este respecto recomiendo encarecidamente la lectura del artículo de H. Bauer titulado La Ciencia en el siglo XXI: monopolios de conocimiento y cárteles de investigación, aparecido en la revista digital Dogmacero n.º 6 (2013)

[2] Por cierto, los franceses, al entrar en la Primera Guerra Mundial, todavía usaban uniformes brillantes, con partes en color rojo, que causaron un verdadero desastre nada más entrar en combate. Al poco tiempo, tales uniformes decimonónicos fueron sustituidos por otros más modernos y discretos.

[3] Hay que hacer notar que los analistas conceden una gran importancia a la intervención de las tropas prusianas (¡con uniformes negros!) hacia la parte final de la batalla y a la no intervención de un gran contingente de tropas francesas que Napoleón había destacado en busca de los prusianos.

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One thought on “La pseudodivulgación científica

  1. La “ciencia”, así entre comillas, pretende ocupar el sitio de la religión, convertirse en un nuevo culto, por eso necesita vulgarizarse y volverse comprensible para el vidente habitual de telenovelas y partidos de fútbol. Al margen de la utilización que de ella hagan los estados para afianzar su poder y sus logros militares, no se necesita más ciencia ni más conocimiento; el conocimiento siempre ha sido considerado algo peligroso y debe ser ocultado, reservado a unos pocos, los que ostentan el poder.

    Saludos.

    PD: En esto de tirar la ciencia al fango, los reyes son las universidades estadounidenses; Hay estudios ridículos para todo.

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