El hombre que vivió dos veces

A estas alturas, ya no es nada nuevo presentar el tema de la vida más allá de la muerte y la reencarnación desde una perspectiva científica. Bien es cierto que este complejo tema fue monopolio de las creencias (especialmente en la religión hindú) durante milenios, mientras que la ciencia occidental de los últimos siglos, dominada por el puro materialismo, no quería oír hablar de una vida más allá de la muerte física, y todo ello a pesar de los numerosísimos casos de ECM (Experiencias Cercanas a la Muerte[1]) observados y refrendados desde hace bastantes años por profesionales de la medicina, como el famoso doctor Raymond Moody.

En tiempos más recientes, otros científicos han entrado ya sin prejuicios en los entresijos de la mente y la conciencia y su relación con la muerte. Por ejemplo, el doctor Pim Van Lommel, cardiólogo, creyó durante 30 años que la conciencia era un mero producto del cerebro, que es la versión oficial que defiende el actual paradigma científico. No obstante, tras investigar varias experiencias posteriores a la muerte, ha llegado a la conclusión de que estas vivencias no son alucinaciones causadas por el estado crítico del cerebro (concretamente por la falta de oxígeno). En su opinión, es la propia conciencia la que pervive y la que experimenta ciertas situaciones más o menos típicas que luego relatan los retornados. Esta nueva convicción de Van Lommel no proviene de la fe religiosa, sino de la física cuántica, que permite explicar perfectamente esa transición. Así, en sus propias palabras: “Nuestra conciencia no es más que un retransmisor para esta dimensión de nuestro ser. Es como una radio que, mientras vivimos aquí, sintoniza con este universo. Nuestra muerte sólo es un cambio de conciencia, una transición. Sólo morimos en una dimensión para pasar a otras.”

biocentrism_bookCoverOtro famoso investigador, el doctor Robert Lanza, creador de la teoría del biocentrismo, se ha adentrado en este tema de forma muy audaz y ha retomado también algunos planteamientos de la física cuántica para demostrar la prevalencia de la conciencia sobre el mundo material. Según la propuesta biocentrista de Lanza, es la propia vida la que crea al universo, y no al revés, mientras que la mortalidad sería una idea falsa, originada por nuestra misma conciencia. Para este médico, la conciencia tiene un papel fundamental a la hora de percibir el universo hasta el punto de afirmar que “lo que vemos sólo existe gracias a nuestra conciencia”. Asimismo, enlazando con la llamada teoría de las cuerdas, el tiempo y el espacio serían meras creaciones mentales, con lo cual el concepto de muerte como algo terminal o definitivo no tendría un sentido real. O sea, en realidad nos estaríamos moviendo en un mundo sin fronteras lineales de espacio y tiempo, lo cual no dejaría lugar a una “muerte física”. En resumen, Lanza asegura firmemente que “la muerte, tal y como la concebimos, no existe, sólo es una ilusión” y que “trascendemos a la vida, pero nuestra mente nos impide verlo.”

Pero además cabe reseñar que, aparte de acercamientos teóricos o prácticos, algún profesional de la medicina ha experimentado en sus carnes este estado de “otra vida” y ha tenido la valentía de narrar su experiencia y de renunciar a sus anteriores visiones materialistas. Este es el caso del neurocirujano de la Universidad de Harvard, Eben Alexander, que escribió un libro en el cual reconocía que, tras haber entrado en un coma profundo, había viajado a otra dimensión habitada por seres y formas superiores. Tal dimensión ­­–que él nunca hubiera imaginado antes– sería algo completamente real, y constituiría la prueba definitiva de que existe ese otro mundo. Lógicamente, muchos de sus colegas le dijeron que todo aquello había sido una mera alucinación, pero Alexander lo vivió y lo describió como algo incluso más real que el mundo físico que conocemos.

Lo que está claro es que –como extensión del concepto de vida después de la muerte– se presentaría la alternativa de ir a un mundo nuevo o bien volver a este mundo ya conocido, por decirlo de algún modo. En este segundo caso, estamos hablando de un ciclo de sucesivas vidas[2] por las cuales pasa un alma o espíritu (lo que sería el verdadero “yo”) que va tomando diversos avatares para obtener determinadas experiencias o enseñanzas. Según esta creencia, el alma del difunto, tras un cierto tiempo intermedio en una especie de limbo, volvería a reencarnarse en un feto y arrancaría una nueva vida completa.

A este respecto, es bien sabido que existe una enorme casuística de hipnosis regresivas en las que los pacientes retornan al útero materno y aun más allá, reviviendo con gran detalle unas experiencias personales en un cuerpo diferente del suyo, en un tiempo pasado que a veces puede remontarse a varios siglos. En una línea parecida estarían ciertas sensaciones extrañas de tipo “dejà vu”, en las cuales la persona tiene la vívida impresión de conocer bien un lugar determinado, a pesar de no haber estado allí antes.

No voy entrar ahora en el sentido de esa cadena o ciclo de reencarnaciones, si es que existen como tales, pues estoy nos llevaría a consideraciones de tipo espiritual o metafísico que forman parte de otro debate. Lo que sí querría presentar es un caso muy llamativo ocurrido hace medio siglo que de alguna manera podría dar cobertura científica a la hipótesis de que el alma “migra” de un cuerpo a otro –lo que tradicionalmente se ha denominado metempsicosis– y que incluso esa trasmigración puede aflorar en una persona adulta y no en un feto o en un niño recién nacido. Esta es la historia de un individuo llamado Richard Porter, “el hombre que vivió dos veces”[3].

El suceso arranca cuando un joven estadounidense se empezó a recobrar de un accidente de carretera una noche de agosto de 1962. Se encontraba sobre el asfalto, herido y sangrando, pero su último recuerdo era una gran explosión en una isla del Pacífico. Se puso a caminar dificultosamente por la carretera y vio un cartel que señalaba que estaba a 30 millas Nueva York, su localidad natal. Poco después, fue recogido por un camionero en ruta, que le llevó a un motel donde pudo ser atendido de urgencia por un doctor. El accidentado se recuperó tras las primeras curas y le confesó al doctor que había sufrido cierta amnesia pero que al menos recordaba su nombre: Richard Porter. Al día siguiente, tomó un taxi para Nueva York, pero al entablar conversación con el taxista se dio cuenta de que algo andaba mal, pues las referencias a la actualidad de uno y otro divergían bastante. Él creía que todavía estaban en guerra con el Japón, mientras que su interlocutor le hablaba de la amenaza china. El taxista, algo incómodo por la situación, le forzó a bajarse del taxi, tras lo cual Porter entró en una cafetería y leyó en un diario unas noticias que le parecieron sorprendentes, pero lo que le acabó de desarmar fue la fecha impresa en la cabecera: 12 de agosto de 1962… ¡cuando él creía que estaba en 1942!

WW2_PacificTras este shock, intentó organizar sus recuerdos pero sólo podía rememorar su estancia en una isla del Pacífico en junio de 1942. Más tarde leyó algunos periódicos y libros y se puso al día de la situación, lo que le empujó a creer que se había vuelto loco. Finalmente optó por telefonear a su familia antes de presentarse en su domicilio. Una voz femenina le contestó, y Porter reconoció enseguida a su madre, pero ésta no le respondió; sólo lanzó un grito. Porter, del todo desesperado, decidió al fin ir hasta su casa para acabar con su pesadilla, pero una vez llegado no fue reconocido por una joven de unos veinticinco años, que le recriminó que hubiera espantado a su madre. En ese momento, un hombre ya mayor se acercó a la puerta y al instante Porter lo identificó como su tío Bill, aunque bastante envejecido. Tras presentarse y esperar su reconocimiento, esta persona le contestó que su sobrino Dick (o Richard) había muerto en acción de guerra en el Pacífico el 6 de junio de 1942. Porter se desmayó en ese mismo momento.

A continuación se sucedieron unos días de pruebas médicas, psicológicas y policiales a fin de clarificar la verdadera identidad del accidentado. Un inspector de policía le pudo dar al fin alguna pista: en realidad él se llamaba John Lemmond, nacido en Nueva York hacía 20 años[4] y, tal como apuntaban los indicios, había sufrido un fuerte accidente de automóvil. Lemmond era un agente de seguros y estaba realizando un desplazamiento por motivos de trabajo cuando ocurrió la desgracia. Posiblemente, el motivo de su gran confusión –según le dijeron– es que alguien le había explicado la historia del teniente Porter y él la había asimilado como suya, tras haber quedado borrada la memoria de su auténtica personalidad a causa del trauma padecido.

No obstante, el joven no se veía reflejado en esa identidad, ni le sonaba el nombre ni la compañía de seguros ni ningún otro detalle. Por el contrario, recordaba todos los pormenores de la vida del tal Richard Porter. Lo cierto es que cuando le presentaron a sus jefes o compañeros de trabajo, y a algunos amigos, todos lo reconocieron como John Lemmond, pero él no los recordó en absoluto. La investigación prosiguió, y el joven fue reconociendo a todos los parientes de Richard Porter (aceptando que no pudo identificar al principio a su hermana pues tenía la imagen de una niña de cuatro años) e incluso se sometió a interrogatorios y pruebas policiales –como el detector de mentiras– siempre con resultado favorable a sus afirmaciones. En estas pruebas llegó a mencionar a un compañero de armas en el Pacífico llamado John Leman (no Lemmond), explicando ciertos detalles personales muy precisos que el propio Leman –que pudo ser localizado– corroboró, admitiendo que sólo el teniente Porter podía haber dado esa información. Por otro lado se efectuaron exámenes de tipo grafológico que confirmaron que la caligrafía de Porter y Lemmond era esencialmente la misma, si bien la letra de Porter tendría ciertos rasgos típicos del paso de los años, de una persona de unos 40 años.

Finalmente, el joven fue acogido por la familia Porter, vivió su “segunda vida” y ya no tenemos más noticias. Las personas que analizaron este suceso barajaron diversas hipótesis científicas y no encontraron explicaciones racionales para el cambio de identidad radical ocurrido en John Lemmond. Posiblemente, si aceptásemos ir más allá de la ciencia materialista actual, podríamos concluir que se trató de un extraño caso de metempsicosis, en que el fenómeno de la reencarnación se mostró de forma inusual en un adulto, que “perdió su identidad” para recobrar –tras una situación traumática– la que había sido en la vida pasada. Dicho esto, el siguiente paso sería admitir que el alma de Lemmond era en realidad el alma de Porter, aunque sus respectivas mentes fuesen distintas. En este caso, el trauma del accidente habría borrado la mente de Lemmond, y acto seguido habría activado de nuevo una cierta memoria guardada en el inconsciente, lo que habría rescatado al personaje de la anterior vida, o sea, otra mente.

Todo ello nos empuja a plantear algunas hipótesis ciertamente inquietantes para la ciencia actual: que el fenómeno de la muerte no existe como tal, que el cerebro no produce la conciencia[5], que la verdadera identidad no es mental sino metafísica, que nuestra alma acumula recuerdos (“información”) de los viajes que va realizando a través de múltiples cuerpos, que el cuerpo físico no es más que un vehículo para un ser espiritual y que de hecho el mundo físico no es más que una ilusión. Ahí es nada.

© Xavier Bartlett 2015

[1] Personalmente creo que esta denominación es una forma de escurrir el bulto para no reconocer que lo que realmente pasa es que la persona cruza una frontera dimensional o de conciencia (“muere”) y luego retorna –por los motivos que fueren– al llamado mundo físico.

[2] Este concepto está expresado en la religión brahmánica mediante el término “samsara”.

[3] La narración más completa de este suceso se puede hallar en el libro de Peter Kolosimo Ciudadanos de las tinieblas (1974). Según el autor italiano, el nombre del protagonista fue alterado por motivos de discreción.

[4] A las tres semanas justas del fallecimiento del teniente Porter.

[5] Esto es, en términos informáticos, funcionaría como un sofisticado hardware capaz de procesar un determinado software, pero no lo crearía ni lo tendría almacenado en un lugar “físico”.

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One thought on “El hombre que vivió dos veces

  1. La teoría de cuerdas es una chorrada científica inninteligible para los propios físicos que de ese modo, (no habiendo quien la entienda), nos pretenden hacer aceptar, como aceptar la nueva religión oficial que pretenden imponer con un disfraz científico y ateo, o mejor dicho, antiespiritual.
    Dicho esto, y sobre el caso contado, existe una teoría que identifica la conciencia fuera del cuerpo y el cerebro como un mero receptor de esta, sintonizado en exclusiva a su “propietario”. Un daño en el cerebro puede hacer que nuestro sintonizador reciba una señal ajena, o que deje de recibir parte de la información, como también puede suceder que reciba información extraña durante un estado alterado de conciencia o en algo tan familiar como una sintonización de cerebral, que muchos hemos podido experimentar con personas muy cercanas y en momentos muy críticos.
    Esta teoría explica fácilmente las premoniciones, la “adivinación”, la comunicación a distancia y otros muchos fenómenos psíquicos.
    Las ECM serían también un “error” por el que se envía una información que no debía estar llegando, pues corresponde a otro estado de nuestra existencia.

    Saludos.

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