Arqueología del conocimiento: el fin de las enciclopedias de papel

Algunos que ya van teniendo una edad recordarán cuán útiles resultaban aquellas enormes enciclopedias de varios volúmenes que contenían todo el conocimiento que necesitaban los escolares para completar los deberes o para componer un trabajo. Había que buscar las entradas, leerlas, relacionar los contenidos y finalmente redactar un texto, más o menos copiado o inspirado en el original. Además, las familias tenían a mano un material perfecto para consultar cualquier dato o duda, todo ello acompañado de dibujos, mapas y fotografías, y generalmente muy bien editado y encuadernado. Y, no nos engañemos, aunque dichos libros apenas fueran consultados, daban mucho empaque a cualquier hogar al estar tan bien expuestos en las librerías o estanterías de las casas.

Encyclopedie_de_D'Alembert_et_Diderot_2Pero, ¿dónde está el origen de estas prodigiosas arcas del saber materializadas en miles de páginas impresas? Básicamente nos hemos de remontar a mediados del siglo XVIII, el Siglo de las luces, cuando aparece la famosa Encyclopédie francesa, un amplio compendio del conocimiento científico y filosófico de la época[1]. Esta obra fue elaborada por un conjunto de intelectuales ilustrados (Diderot, Voltaire, D’Alembert…) de ideas muy liberales y progresistas para la época, y que luego fueron conocidos precisamente como “enciclopedistas”. Tras esta iniciativa, otras naciones se pusieron manos a la obra y crearon sus propias grandes enciclopedias, como la prestigiosa Encyclopaedia Britannica, aparecida por las mismas fechas, aunque con un tono marcadamente más conservador.

Con el tiempo, surgieron más y más enciclopedias en el mundo occidental, impulsadas bien por instituciones científicas y culturales, bien por poderosas editoriales. Estas magnas obras estaban destinadas a las personas de cierta cultura pero también al gran público, cumpliendo así la función original de recopilación y divulgación del saber para todo aquel que supiera leer. Obviamente, en los dos últimos siglos la generalización de la escuela pública facilitó la difusión de las enciclopedias, que transmitían de este modo el conocimiento científico oficial. De esta manera, se pretendía que la cultura llegara a toda la población y que se superase de una vez por todas el estado de ignorancia, oscurantismo y superstición en que vivía la mayor parte del pueblo, aunque ello también representase el destierro o marginación de los saberes tradicionales.

El siglo XX fue sin duda la época de mayor esplendor de estos transatlánticos del conocimiento, pues los avances en el terreno editorial permitieron manejar los contenidos con mayor flexibilidad y exponerlos de una forma más visual y atractiva, y aunque una enciclopedia de renombre aún era relativamente cara para la mayoría de familias, no es menos cierto que se podía acceder a ella pagando en cómodos plazos. Por otra parte, con el tiempo, fueron apareciendo enciclopedias especializadas por temas y sobre todo orientadas al mundo de la enseñanza, con lo cual prácticamente todas las casas tenían ya su pequeña o gran enciclopedia, o como mínimo diccionarios enciclopédicos, para ayudar a la educación de los hijos.

En España destacaron, por ejemplo, la mastodóntica Enciclopedia Espasa-Calpe (“Universal Ilustrada Europeo-Americana”), de muchos y gruesos volúmenes, la Hispano-Americana, la Salvat, la Argos-Vergara, la Planeta, o la versión en castellano de la clásica francesa Larousse. Todas ellas presentaban el conocimiento universal en todas las ramas del saber a partir de cientos de miles de artículos elaborados con la máxima objetividad y profesionalidad por multitud de especialistas. Era, pues, una gran labor de recopilación, pero también de organización, síntesis y edición para presentar dicho conocimiento de la manera más rigurosa y a la vez más digerible para todos los públicos. Cabe destacar que en algunos casos, por ejemplo en la Espasa-Calpe, los editores siguieron ampliando el esfuerzo inicial, publicando regularmente nuevos tomos con actualizaciones en todas las materias, lo que evidentemente hacía que el espacio necesario para albergar en casa toda la enciclopedia fuese más que considerable.

enciclopedia_virtualPero un día llegó la informática, allá por los años 80. Los expertos en conocimiento y documentación vieron que el soporte magnético podría ser útil para almacenar gran cantidad de datos, y ese fue el principio de los primeros contenidos de texto en este nuevo soporte. Sin embargo, hubo que esperar hasta los años 90, época en que se generalizó el uso de los ordenadores o computadoras personales, para que las editoriales se decidieran a traspasar sus contenidos enciclopédicos al soporte electrónico, en forma de CD o DVD[2]. Así nacieron las primeras enciclopedias virtuales que permitían la lectura en pantalla y la incorporación de material multimedia, hipertexto e incluso cierta interacción. Quien escribe estas líneas todavía tiene una de esas primeras y sencillas enciclopedias en disco… que está guardada y olvidada en un cajón desde hace muchos años, porque en la práctica no resultaba mucho mejor que una enciclopedia “convencional”.

Lo que vino después, a partir del 2000, ya lo conocemos todos: el triunfo de Internet y sus infinitas posibilidades, con varias enciclopedias de referencia (empezando por la célebre Wikipedia) y múltiples enciclopedias en todos los idiomas y para todos los gustos, algunas gratuitas, otras de pago. Ahora, el conocimiento ya no queda fijo y grabado en letra impresa durante años, sino que se actualiza y enriquece constantemente con las aportaciones de expertos, pero también del público en general, en las enciclopedias abiertas o wikis[3]. Eso sí, a la hora de utilizar estos recursos, los escolares de hoy en día no han superado a sus homólogos de hace unas décadas. En efecto, a pesar de tener acceso instantáneo a miles de páginas web, suelen recurrir a las mismas fuentes (principalmente a Wikipedia o a algunas con títulos tan demostrativos como “El rincón del vago”) y se dedican a copiar y pegar a mansalva sin necesidad de ninguna lectura crítica ni de contraste con otras informaciones. Y por supuesto, lo que no está en Internet ¡no existe! O sea, que para qué voy a buscar un libro…

Además, el producto cultural en general ha experimentado un cambio radical con las nuevas tecnologías y casi todo se puede consumir en red o mediante descarga de archivos a través de ordenadores o pequeños terminales (móvil, i-pad, tabletas, kindle…) con lo que la lectura de contenidos de todo tipo se ha ido extendiendo a la pantalla electrónica. Por su parte, el formato papel sigue resistiendo en determinados géneros (en particular en la ficción), pero va perdiendo fuerza incluso en revistas y diarios.

Visto de este modo, es posible que nos encaminemos hacia un próximo futuro en que sólo tendrá valor lo que esté en formato digital. En ese contexto, tal vez el libro de papel, sobre todo aquel que sólo contiene información, sea visto no ya como algo inútil, obsoleto e incómodo sino como un atentado al progreso, a la sostenibilidad y al ecologismo, por ser incapaz de reciclarse y renovarse. Entonces, quizás, no hará falta la quema sistemática de libros por parte de las autoridades, tal como proponía la inquietante novela y película Fahrenheit 451[4].

Ante este panorama en la década de 2000, la práctica totalidad de editoriales vieron que ya no era posible competir con el formato electrónico y con los años fueron dejando de imprimir sus volúmenes. Era una cuestión de precio, pero también de imagen y de modernidad. ¡Hasta la clásica y vetusta Encyclopaedia Britannica dejó de imprimirse en 2012! Lo cierto es que estas empresas comprendieron enseguida la ventaja de ofrecer en modo on-line, y a un precio razonable (o gratis), un producto de calidad disponible en cualquier momento, y con la enorme ventaja de no ocupar ningún espacio en casa y de no deteriorarse por el uso o por los factores ambientales.

Páginas, ya amarillentas, de un volumen de la clásica Espasa-Calpe
Páginas, ya amarillentas, de un volumen de la clásica Espasa-Calpe

Así las cosas, las venerables enciclopedias de papel –que otrora casi fueron objetos de lujo– llevan años sumidas en una lenta y profunda decadencia sin vuelta atrás. Ahora se pueden ver en mercadillos de libros, a veces ofrecidas a precios de risa. Otras veces, y yo lo he constatado personalmente, aparecen abandonadas en estanterías de intercambio en bibliotecas públicas, como paquebotes a la deriva. Nadie las recoge. Y lo que es peor, y también soy testigo de ello, las he visto tiradas junto a contenedores de basura, a veces acompañadas de esos fabulosos atlas geográficos ilustrados que de niño tanto me habían fascinado.

Como arqueólogo, no puedo evitar sentir cierta tristeza por este pasado tan reciente que se desmorona de esta manera ante nuestros ojos. Sé que dentro de no muchos años apenas quedarán enciclopedias de papel, quizá en algunas bibliotecas y en algunas casas, pero más bien como objeto de coleccionismo. Pero que no canten victoria los partidarios acérrimos del progreso y la tecnología. La historia y la arqueología nos demuestran también que todo lo que pretendía ser eterno, o al menos duradero, acaba por fenecer. Si este mundo sufre un colapso del tipo que sea, y pierde la electricidad y la tecnología electrónica, los artilugios modernos de almacenamiento y reproducción no servirán para nada. En unas décadas todo se oxidará y se quebrará. No harán falta cientos o miles de años para que el saber acumulado “en la nube”, o servidores, o todo tipo de soportes electromagnéticos personales se pierda irremisiblemente.

Sin embargo, el papel seguirá resistiendo, al menos unos cientos de años, dependiendo del estado de conservación y del medio ambiente. Pero sin duda acabará por perderse. ¿Y entonces? Cuando los artefactos se descompongan, sólo quedará la transmisión oral, la leyenda, la tradición, el mito, o sea, todo aquello que guardaron celosamente nuestros ancestros durante un tiempo inmemorial y que –a pesar de todas las vicisitudes de la historia– ha llegado al menos parcialmente hasta nosotros. Pero hay algo mucho más tangible. Alguien, en un tiempo muy remoto, legó su saber en un material muy sólido, la piedra, con la intención de que durase milenios y que resistiese todo tipo de catástrofes. ¿Conocen alguna enciclopedia en piedra? Por lo menos, yo sé de una: la Gran Pirámide de Guiza.

Epílogo

Quizá el tono de este artículo denote cierta reverencia o mitificación de las grandes enciclopedias, pero la verdad es que es justo reconocer que aun con su gran aura de prestigio y rigor, todas las enciclopedias -sin excepción- tenían sus carencias y errores, tal vez fruto de su ambiciosa misión de querer abarcarlo todo. Así, la ya citada Encyclopaedia Britannica (que, por cierto, dejó de ser “británica” allá por 1899 pues fue comprada por los americanos, y actualmente está gestionada por la Universidad de Chicago) fue objeto de una severa crítica por parte del doctor Harvey Einbinder, que en el siglo pasado escribió un libro titulado precisamente “El mito de la Británica”. Einbinder, tras cinco años de exhaustivo estudio de la enciclopedia, puso de manifiesto que esta institución del conocimiento contenía numerosos errores e inexactitudes en datos y hechos, así como bastantes artículos ya obsoletos que se venían reimprimiendo sin niguna modificación desde la novena edición (¡de 1875!). En concreto, identificó más de 600 artículos de la edición de 1963 que llevaban más de medio siglo sin actualizarse o corregirse. Y es más, Einbinder acabó por descubrir que esta ilustre obra no sólo no era infalible y además adolecía de una clara falta de actualización, sino que podía considerarse marcadamente parcial y sesgada desde una visión americana (y esto dicho por un propio estadounidense, nacido en Connecticut). ¿Que la ciencia oficial es imparcial? ¿Alguien todavía lo cree?

© Xavier Bartlett 2015

[1] Para ser justos, ya existían obras anteriores que tenían un propósito similar, pero de un alcance más limitado. La Enciclopedia francesa se inspiró de hecho en una obra previa realizada en Gran Bretaña en 1728 con el título de Cyclopaedia. Y si nos remontamos a tiempos antiguos, ya habían existido compilaciones de conocimientos en varios ámbitos.

[2] No me consta que existieran enciclopedias en formato disquete de 3 ½ pulgadas, pero no he podido corroborar este dato.

[3] Por supuesto, ello no quiere decir que el conocimiento ofrecido sea necesariamente mejor. Puede ser igual de dogmático, falso, sesgado o incompleto que hace 100 años, y en mi modesta opinión en la mayoría de casos sigue siendo así. Los conocimientos verdaderos no son dados al común de los mortales.

[4] La película, dirigida por François Truffaut en 1966, narra la historia de un funcionario que quema libros por orden gubernativa para evitar que las personas se angustien, cuestionen sus vidas o se crean superiores a los demás a través de la lectura, dado que el gobierno quiere que todos sean iguales y felices. Fahrenheit 451 hace referencia a la temperatura a la que arde el papel, equivalente a 233º C.

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4 thoughts on “Arqueología del conocimiento: el fin de las enciclopedias de papel

  1. Tenemos más información que nunca y también más accesible, pero eso no ha hecho que la gente sea más culta ni más crítica (en general). Hay más facilidad para acceder a la información, pero esta, cada vez está más deteriorada, tanto por las aportaciones interesadas de algunos como por la vulgarización y simplificación que sufre. Se nos ofrece “información para tontos”, ore-digerida, fácil de entender, de leer, que no haya que perder tiempo ni esfuerzo, así al final tenemos muchos más medios, pero el mismo interés que es poco para competir con fútbol y demás ocio descerebrado.
    La información de calidad (en internet) es difícil de encontrar, suele ser cara y hasta desaparecer pronto. En el caso de los libros, vale la pena hacerse con copias impresas de todo aquello que realmente vale la pena, porque como dices, bien cuidados, duran varias generaciones, además son más difíciles de alterar que la información virtual.

    Saludos.

    1. Gracias una vez más por tu comentario.

      Básicamente coincido en lo que dices, y el tema del soporte tiene su importancia, pero relativa. Lo que realmente cuenta es qué clase de información se genera y se difunde entre la población. Tras leer “Hamlet’s Mill”, me sorprendió ver que los antiguos mitos de todo el mundo coincidían en las mismas pocas cosas y transmitían un conocimiento insospechado.

      Lo que sí parece claro es que hoy se lee cada vez menos, y casi todo lo que se lee no tiene ninguna sustancia. Por ello triunfa youtube y los audiovisuales, porque son fáciles de digerir. Actualmente vivimos en una ceremonia de la confusión con tantos estímulos (incluida cierta información “alternativa”), con lo que mucha gente está perdida y no sabe discernir lo que es cierto y lo que no. En ese punto, hay que dejar los libros y empezar a hacer una búsqueda interior, pero eso ya es otra historia.

      Saludos,
      X.

  2. Excelente reflexión acerca de las enciclopedias. Creo que muchos crecimos con ellas en casa. Yo, por curiosidad, empecé a hojear algunos de los tomos que mi papá compraba y dejaba en los estantes de la casa: nunca nos dijo que leyéramos, pero yo lo hice y todavía recuerdo artículos de la enciclopedia Larousse, pues me enseñaron cosas que siempre me había preguntado. Triste es reconocer que hoy, como señalabas cerca del final del texto, estos libros se encuentran a la venta con precios risibles y, aun así, nadie las compra. Creo que somos una generación afortunada.

    1. Gracias Ezequiel por tu comentario

      A diferencia de mucha gente, no creo que las ventajas tecnológicas supongan una ventaja de conocimiento. Es cierto que el papel era engorroso (por el volumen) y no se podía actualizar, pero no considero que el conocimiento en Internet (y la forma de adquirirlo y procesarlo) sea mejor. Hoy en día la gente ya no lee, sólo hojea, “copia y pega” y mira vídeos.

      Saludos,
      X.

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