Identidades

Factum. Banderas del mundo

No es mi estilo ni mi propósito en este blog aventurarme en cuestiones que más bien se enmarcan en el ámbito político, pero a la vista de ciertas paranoias que actualmente recorren el planeta –y muy especialmente esta porción de tierra llamada España/Cataluña– me van a permitir, queridos lectores, que les haga excepcionalmente una serie de reflexiones tomadas básicamente de mi conocimiento de la Historia y de haber llegado a cierto estado de conciencia que me distancia prudentemente de eso que llaman “realidad”.

En primer lugar, debo decir que siento gran tristeza y pena por lo que está pasando y por lo poco que hemos aprendido a lo largo de los milenios. Así, parece que mirar al pasado no nos ha servido de mucho para entender nuestro presente, así como para encarar el futuro de otra forma. Creo que en otro tiempo, posiblemente muy lejano, el ser humano sabía quién era y vivía en una Edad de Oro, la misma que muchas culturas nos legaron en forma de mito. No sé si la famosa civilización perdida que han buscado tantos investigadores se puede identificar con esta era de luz y entendimiento, pero en todo caso la mitología nos dice que existió y que fue un momento álgido de armonía y felicidad, y no precisamente en términos de prosperidad o bienes materiales, sino de un alto nivel de conciencia.

Pero, por alguna razón o causa que desconozco, ese mundo se hundió en las tinieblas y el ser humano que reapareció después del trauma (¿quizá la metáfora del Diluvio Universal?) se encontró totalmente perdido, dominado y depredado por una mente global manipuladora, con el resultado de que no sabe quién es y vive totalmente desconectado de su ser. De este modo, su verdadera identidad se ha perdido y ha sido sustituida por una identidad mental absolutamente robótica, superficial y egoica, que trata de diferenciarse de los demás, por que fuera del ego no encuentra ningún sentido a su existencia. Necesita identificarse a través de unos rasgos intelectuales y emocionales que le den una cierta seguridad y auto-reconocimiento. Lo que viene después es obvio: la agrupación tribal. Esto hace que los individuos que comparten ciertos rasgos raciales, culturales, idiomáticos, etc. se unan en una comunidad “diferenciada” y se reivindiquen frente a otras comunidades que no son como ellos.

En efecto, la historia y la arqueología nos hablan de un hombre primitivo aglutinado en pequeños grupos (como cualquier otro animal), pero en un momento determinado se produjo un salto cualitativo que se tradujo en la creación de identidades “nacionales”. De esta manera, hace unos cinco mil años se formaron las primeras estructuras estatales que agrupaban a las personas bajo un poder político-religioso “unificador”, lo que a su vez desembocó en las primeras civilizaciones e imperios. ¿Adivinan lo que siguió a continuación? Los estados, grandes o pequeños, aplicaron leyes, mandatos, impuestos, idiomas, religiones, creencias, guerras contra “el enemigo”, etc. La gente quedó agrupada para siempre en sociedades controladas por un poder central que dictaba el comportamiento de las comunidades que tenía bajo su dominio. Y lo que ha ocurrido a lo largo de los siglos es que a veces esos grandes poderes han aglutinado culturas distintas, lo cual podía ser causa de conflicto y segregación, porque un poder pequeño no acepta fácilmente ser subyugado por un agente exterior más poderoso. De este modo, en todas las épocas, se ha producido un constante flujo y reflujo de poderes “nacionales”, de independencias y sometimientos, por la simple dinámica de los mecanismos del poder, que naturalmente nada tienen que ver con identidades (nacionales o de cualquier otra clase) y sí con los deseos de los dirigentes.

Y así hemos llegado a la actualidad, con múltiples debates identitarios de tipo político y social que inundan nuestras mentes y fomentan un creciente escenario de malestar y división, o sea, la antiquísima estrategia del “divide y vencerás”. A escala mundial vemos como un cierto resurgir de la identidad islámica se ha traducido en guerra, “terrorismo” y odio hacia el mundo occidental. ¿Ustedes se creen que los niños que nacen en un país de cultura islámica ya vienen prefabricados de nacimiento para odiar a los que no son como ellos, especialmente judíos y cristianos? Naturalmente que no, como bien habrán colegido. A todos nosotros nos van llenando la mente desde muy pequeños con rasgos identitarios a través de las costumbres, el idioma, la religión o creencias, la educación, los mensajes de los medios de comunicación, las ideologías políticas, etc. Como resultado, tomamos una identidad determinada que es reforzada por la propia existencia de los estados, que nos obligan a tener un documento de identidad o pasaporte, pero también un himno, una bandera, un parlamento, un idioma, una selección nacional (en varios deportes), etc. Al estado se le sirve y se le paga –a través de los impuestos– para que podamos estar bien protegidos y servidos frente a cualquier contingencia o amenaza que pueda acecharnos y quebrar nuestras “seguridades”.

Sin embargo, no hay nada mejor para afirmar esas falsas identidades que la existencia de los alienígenas (literalmente, “los de otro origen”, no lo tomen como “extraterrestres”). Esos alienígenas son humanos como nosotros, pero ¡ay!, hablan en otra lengua (que no entendemos), tienen otros credos, comen diferente, no tienen nuestras costumbres, no tienen incluso nuestro color de piel… Nos han hecho creer que tener un estado propio es garantía de libertad y autoafirmación, de prosperidad, seguridad y futuro. Si no tenemos estado, nuestra identidad y capacidad para decidir parece que se quede en nada. De ahí que se hable tanto del derecho a decidir o derecho de autodeterminación. ¡Que nadie “de fuera” nos controle, o decida por nosotros, que no nos explote alguien que no es como nosotros, que vive en un país lejano o que no habla nuestro idioma! ¡Colonialistas, imperialistas, fuera de nuestra tierra! Por Dios, cuánta ignorancia e inocencia…

A algunos habría que explicarles que las identidades “nacionales” (o tribales, llámese como se prefiera) no dependen de tener o no estado. Nadie necesita tener un estado para decir: “soy… tal”. El término “nación” es literalmente la tierra donde naciste, en la cual predomina una cierta cultura, idioma o costumbres. En el caso de Cataluña, esa identidad se formó en la Edad Media, dando por hecho que el neandertal de Banyoles, el ilergeta Índibil, y el romano Natalis no eran propiamente “catalanes”, pese a estar aquí, en esta misma tierra, hace miles de años. Y es que con el paso del tiempo, los rasgos identitarios cambian, y los que eran romanos pasaron a ser “catalanes”, y por obra y gracia de los avatares políticos históricos –protagonizados por los mandatarios, nunca por el pueblo– luego fueron “españoles”. Y en otras partes de la península, y a través de las épocas, hubo celtas, fenicios, iberos, árabes, godos, etc. y la gente cambió (o no) de identidad y no pasó nada. Ningún mundo se hundió. La gente siguió amando, riendo, llorando, trabajando, teniendo hijos, pagando impuestos, muriendo de enfermedad o en una guerra…

En definitva, los pueblos, las personas, simplemente son extras en un teatro cambiante que han concebido y ejecutado los que mandan de verdad desde hace muchos siglos, y que siguen mandando pese a las altisonantes palabras de soberanía nacional, democracia, parlamentarismo, elecciones, etc. Lo primero que tienen que entender es que por el hecho de que unas personas tengan sus mismas costumbres o hablen su misma lengua (o sea, sean sus “compatriotas”) no le sirven a usted ni a su comunidad; ellos se sirven a sí mismos y sirven a los que dominan el mundo. En todos los rincones del planeta es lo mismo. Tener un estado “propio” no es garantía de nada: ni de paz, ni de prosperidad ni de justicia. Antes bien, la exaltación nacional o social ha llevado a los pueblos a enfrentarse durante milenios en beneficio de unos pocos, y no ha aportado ninguna mejora en términos de felicidad real.

Cataluña, sin ir más lejos, nació como Marca Hispanica en un escenario de conflicto medieval, con la guerra contra los árabes que ocupaban buena parte del noreste de la Península. Luego vinieron las guerras de conquista hacia el sur y la expansión de la Corona de Aragón por el Mediterráneo. Más tarde, en el siglo XV, guerra civil entre el monarca y la nobleza, y ya en el siglo XVII, nueva guerra (“dels segadors”) contra la Corona (los Austrias) por los abusos de ésta, y finalmente la Guerra de Sucesión de principios del siglo XVIII que acabó en el célebre 11 de setembre de 1714, el clímax del mito nacionalista. ¿Sabían, por cierto, que en aquellos días había fuerzas castellanas defendiendo Barcelona junto con los miquelets catalanes frente a las tropas borbónicas? No fue una guerra Cataluña-España; fue un conflicto dinástico, de ámbito internacional, con varias potencias implicadas por la lucha por el poder en Europa y en las colonias americanas. Cataluña (quiero decir los líderes sociales y políticos) tomó parte por uno de los bandos y perdió, y sus fueros resultaron abolidos como imposición de los vencedores, amantes del poder central y la uniformidad “a la francesa”. Ya no voy a hablar de las invasiones napoleónicas, las guerras carlistas, o la Guerra Civil de 1936-39, porque es más de lo mismo, o sea, el uso de identidades nacionales –o ideológicas– para justificar el enfrentamiento y la violencia.

Ahora mismo, unos y otros están de mala leche (perdónenme este vulgarismo) precisamente por una cuestión de “yo decido, por mi derecho, y tú no tienes nada que decir al respecto”. Los argumentos nacionalistas y legalistas de unos y otros me parecen absolutamente patéticos. Estamos en la culminación de la estupidez humana y del predominio de un cerebro totalmente desquiciado. Y todo ello, además, acompañado por la inestimable apelación al miedo. Miedo al vacío, al desastre, y al caos, que tanto servicio hace a los que tienen la sartén por el mango. Es el mismo “coco” que azuzan de un bando y del otro para justificarse. Y al final de todo esto, quizá alguien acabe por ver que los de arriba son los que realmente deciden y hacen, mientras que los que están abajo simplemente siguen las consignas que han interiorizado como suyas.

En este sentido, y perdón por decirles la verdad, nada que atañe de verdad a los españoles se decide en España ni lo deciden los “ciudadanos españoles”. Igualmente, nada que concierne a los catalanes es decidido por los ciudadanos de Cataluña, llegue a ser o no un estado “independiente”. Simplemente, les han llevado mentalmente hasta aquí y les hacen creer que son soberanos y protagonistas, pero es simple manipulación. Les dan a escoger lo que ellos han decido previamente que ustedes pueden escoger. ¿Cómo creen sino que un individuo como Hitler pudo llegar al poder en un país altamente civilizado si no fue por una maniobra de manipulación mental masiva? Por supuesto, todo esto se explica porque hay alguien detrás de la escena que inunda la mente con ideas y emociones, fomentado el factor identitario, la aversión a un supuesto enemigo que quiere destruir tu mundo y la necesidad de combatirlo. Esto es terriblemente simple pero muy efectivo. Se trata de agrupar a la gente en rebaños y conducirlos hacia donde quiere el pastor. En este contexto, quien se quiere desmarcar del rebaño es un traidor, un insolidario, un antisocial, o un cobarde, por decir poco. Entonces al individuo no le queda más remedio que someterse a la “voluntad popular” o ser marginado/eliminado. Como se ve, el individuo no puede tener identidad propia en este mundo. ¡Grande Ghandi cuando dijo aquello de que “la verdad sigue siendo la verdad aunque sólo la defienda una persona”!

Pero que nadie se llame a engaño. Superar este estado de cosas no pasa por adoptar una identidad global, eso que algunos llaman “ciudadano del mundo”. No me extrañaría que viniera un salvador planetario dispuesto a acabar con los nacionalismos y las disputas pregonando la globalización, la hermandad humana y la unificación –forzosa– definitiva. No se dejen convencer. El objetivo de tal maniobra es que ustedes sigan sin saber quiénes son de verdad y permanezcan en la misma prisión indefinidamente. El problema de la identidad no es político, ni social ni cultural ni económico. Ni siquiera psicológico. ¿Entonces…? ¡Bingo! En efecto, es un problema espiritual.

Así pues, la identidad verdadera del ser humano está mucho más allá de ese montaje mental-emocional. Sin embargo, me van a permitir que acabe aquí mi alegato; no sería conveniente que yo les hiciera todo el trabajo. Cada persona debe buscar en su interior y encontrar la respuesta. Ellos no quieren, por nada del mundo, que ustedes la conozcan, y pondrán todos los medios para que las cosas sigan como están, aunque en apariencia dé la impresión de que cambian radicalmente. Por tanto, es nuestra responsabilidad o bien continuar con la farsa y seguir padeciendo o bien evolucionar definitivamente. No culpen a nadie, cúlpense a sí mismos.

Epílogo

En fin, lamento decirles que yo no soy catalán ni español ni europeo. Ustedes tampoco. Ni mexicanos, chilenos, rusos, japoneses o egipcios. Tal vez algunos entren en crisis al no entender esa terrible falta de identidad que les debe cortocircuitar sus neuronas. Pero, volviendo a la realidad que ustedes conocen, les diré que –pese a todo– existe una especie de metáfora española. Así, independientemente de los estados, leyes o constituciones que nos quieran poner por encima, existe una comunidad de comunidades, vecinos variopintos que compartimos ese extraño edificio como la Rue del percebe, 13 de los tebeos. He estado en varios hogares de ese edificio: Aragón, País Vasco, Madrid, Canarias, Andalucía, Cantabria, Castilla-León, Galicia y otros tantos. En todas partes, a excepción de algún momento olvidable, fui bien tratado y aceptado por encima de tópicos y prejuicios. Compartimos buenos ratos alrededor de una mesa y dejamos politiqueos y rencillas aparte. Cataluña es mi casa, pero también es la suya. España también es mi casa, así como todos los rincones de este universo holográfico. Todas las etiquetas son una sola etiqueta; entiéndanlo, se sentirán liberados.

© Xavier Bartlett 2015

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3 thoughts on “Identidades

  1. Pues como suele suceder hay que estar de acuerdo con todo lo dicho.
    Yo añadiría que si entendemos el divide y vencerás, hay que asumir que al margen de la idiosincrasia propia de cada región, solo se puede hacer una división real entre la población humana: dominados y dominadores y que hay que entender a que bando pertenecemos, (sirvamos a uno u a otro).

    Saludos.

    1. Gracias por tu comentario una vez más

      Coincido en tu valoración, y me gustaría insistir en que de hecho la identidad humana no sólo es “nacional”, también es ideológica, religiosa, cultural, racial… Todo es división, dualidad o separación, y ese es el principio de todo mal y toda manipulación. Sobre lo de servir a unos u otros… creo que, dicho en una metáfora religiosa, sólo se puede servir a Dios o al diablo, ¡el problema es que la gente no sabe diferenciar quién es quién! Pero entendamos claramente que Dios no tiene enemigos… ni siquiera el diablo.

      Saludos,
      X.

      1. Bueno, me refería a aquellos que piensan que son “clase media” o incluso a los otros peores que desde lo más bajo creen que sirviendo lealmente a los de arriba, tienen posibilidades de llegar a estar algún día entre ellos.

        Más saludos.

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