El fenómeno de los barcos abandonados (1ª parte)

Introducción

veleroPosiblemente, mucha gente tendrá la percepción de que a inicios del siglo XXI nuestro planeta ya es bien conocido desde todos los puntos de vista y que prácticamente apenas queda nada por aclarar o descubrir. Sin embargo, la realidad es más tozuda de lo que nos quieren hacer creer, y determinados eventos –y no precisamente nuevos– que tienen lugar en nuestro planeta se muestran todavía incomprensibles para la ciencia moderna, que los ha despachado con explicaciones superficiales o rutinarias, a falta de una auténtica profundización en el problema.

Entre los muchos de estos temas no resueltos o aún esquivos a la ciencia, me ha llamado la atención uno relacionado con la navegación marítima, una actividad que el hombre viene realizando desde hace miles de años y que a estas alturas no debería encerrar ya incógnitas. Así, me voy a referir a la existencia de barcos abandonados, buques que fueron encontrados a la deriva y sin tripulación, teniendo en cuenta que en varios de los casos no hay ningún misterio ni elementos extraños, pero en cambio en otros muchos se han dado una serie de circunstancias anómalas que –a juicio de algunos investigadores alternativos– podrían entrar incluso en el terreno de los llamados fenómenos paranormales.

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Localización del “Triángulo de las Bermudas”

Antes de proseguir, empero, es preciso realizar una aclaración previa. Y es que al tocar esta materia, a muchas personas les viene a la mente la controversia sobre la misteriosa desaparición de barcos y aviones en determinadas zonas del planeta y muy particularmente en el famoso “Triángulo de las Bermudas”, que ha sido objeto de numerosos best-sellers, documentales y películas de ficción. Para los pocos que no conozcan este asunto, basta decir que se trata de una zona más o menos triangular delimitada por las islas Bermudas, San Juan de Puerto Rico y Fort Lauderdale (Florida) en la cual se han producido extrañas desapariciones aéreas y marítimas, dándose la circunstancia de que en casi todos estos casos no se halló ningún resto del buque –o avión– ni de sus tripulantes; simplemente se esfumaron sin dejar huella, e incluso en muchas ocasiones sin lanzar ninguna señal de socorro previa (obviamente desde los tiempos en que se generalizó el uso de la radio).

Dicho esto, he creído oportuno no dejar pasar esta anomalía de la ciencia, abordándola de forma selectiva hacia los casos de barcos abandonados, en los que la desaparición se restringe exclusivamente a los tripulantes de los barcos[1]. En realidad, estaríamos hablando de una temática aparte, pues aquí el quid de la cuestión radica en saber qué pasó con las personas, pues en la mayoría de los casos la nave se halló, si no intacta, sí al menos en condiciones de navegar normalmente. Vamos pues a adentrarnos en este tema, aunque sea someramente, analizando los datos y los hechos y tratando de ajustarnos en las conclusiones a una visión rigurosa pero sin prejuicios.

¿Qué es un barco abandonado?

Aunque sea una obviedad, lo primero que hay que señalar es que a lo largo de la historia se han perdido miles y miles de barcos, normalmente por naufragio. Así pues, lo habitual era que no se volviera a saber nada de un barco que, simplemente, no había retornado a puerto, y por supuesto en épocas antiguas no había investigación sobre lo sucedido. Sin embargo, con el aumento de la navegación por todo el globo, especialmente por razones de exploración y de comercio, se instauró la práctica de asegurar tanto los navíos como la carga que transportaban. Eso hizo que se generase mucha más información y control sobre las rutas oceánicas, que fue en paulatino aumento con el progresivo avance de las ciencias, sobre todo a partir del siglo XIX. Además, en los últimos dos siglos la actividad de búsqueda y rescate de barcos ha contado con más y mejores medios, incluyendo la muy eficaz aportación de la aviación y de la tecnología de las comunicaciones.

De este modo, las empresas aseguradoras fueron acumulando valiosa información sobre tráfico marítimo mundial, llevando un detallado registro de los buques que cruzaban los océanos y estudiando las causas por las cuales, en un momento dado, se perdía la pista de un barco. Por poner un ejemplo de referencia, la famosa firma Lloyd’s de Londres acuñó una clasificación de buques perdidos según los siguientes términos:

1) Hundido o zozobrado por la propia acción del mar (tempestades, etc.).

2) Quemado (por las razones que sean).

3) Colisionado (con otro buque).

4) Naufragado por el choque con rocas, playas o accidentes bajo las aguas.

5) Desaparecido

6) Otras causas.

La quinta categoría es aquella en la que no hay el menor indicio de qué ha sucedido con el barco, pues no se han encontrado restos o pistas (fragmentos del barco, cuerpos…) ni se han recibido señales de socorro. En suma, no se dan elementos objetivos que permitan establecer una causa determinada para la pérdida del barco. Todos los buques perdidos en el ya citado Triángulo de las Bermudas (o en otros mares) sin dejar huella entrarían en esta definición[2].

No obstante, el hallazgo de barcos a la deriva sin ninguna persona viva a bordo (y tampoco cadáveres[3]) ya es en cierto modo una casuística diferente, pues el barco “está ahí”, no ha desaparecido, y además suele estar en buen estado, a menudo con los botes y chalecos salvavidas a bordo y con la carga completa… pero sin rastro alguno de la tripulación. Esta es la enorme diferencia con la tipología recién mencionada, ya que cuando el barco desaparece se puede colegir que la tripulación corrió la misma suerte que su nave, esto es, que no hubo oportunidad de abandonar la nave o que, si hubo tal oportunidad, los supervivientes acabaron sus días en el océano sin poder dar noticia del desastre.

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Trasatlántico embarrancado en las costas de Canarias

Llegados a este punto, es conveniente aclarar determinados conceptos al objeto de situar las cosas en su contexto correcto y evitar confusiones y ambigüedades, pues la expresión “barco abandonado” puede tener más de un sentido. Así, es evidente que en sentido estricto cualquier barco varado o que navega a la deriva sin tripulación podría considerarse un barco abandonado. De hecho, no es nada raro hablar del hallazgo de barcos que han embarrancado o que han sido dejados a su suerte en el mar, cuyas circunstancias se han acabado por aclarar más tarde o más temprano. Lo más habitual es que la tripulación los tuviera que dejar rápidamente ante el peligro de hundirse o de sufrir alguna calamidad, quedando así la nave abandonada temporal o definitivamente.

Como típico ejemplo, podríamos mencionar el caso del SS Baychimo, un carguero que quedó aprisionado en los hielos árticos en 1931 y que tuvo que ser abandonado por sus tripulantes. Después, el barco se pudo liberar espontáneamente y estuvo casi 40 años a la deriva por las aguas de Alaska, pese a varios intentos frustrados de rescate. Fue visto por última vez en 1969 y se cree que finalmente se hundió.

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Lyubov Orlova

Por otra parte, resulta frecuente que un barco ya viejo y en mal estado sea remolcado por otra nave para llevarlo al desguace. En estos casos puede darse la eventualidad de que el barco remolcado se pierda durante la travesía y quede a la deriva. Esto ocurrió hace pocos años con el buque ruso Lyubov Orlova, dedicado a la investigación científica, que en 2006 quedó varado en la Antártida. Años más tarde, fue rescatado para llevarlo a desguace, pero el barco que lo remolcaba lo perdió en el Atlántico norte y el propietario no tuvo interés en recuperarlo, por lo cual ahora navega completamente a la deriva sin ningún control.

Por consiguiente, estaríamos hablando de embarcaciones que han sufrido algún tipo de percance –o que son prácticamente irrecuperables– de las que nadie se quiere responsabilizar y que siguen flotando sobre los mares o bien están embarrancadas o medio hundidas en aguas poco profundas por razones conocidas. En realidad, muchas de estas naves son simplemente restos medio desmantelados y oxidados, auténticos derrelictos, en estado ruinoso.

Finalmente, existe una posible confusión entre los barcos abandonados y los llamados “barcos fantasma”, expresión que también se ha utilizado profusamente con varios sentidos. Si queremos ser rigurosos, al hablar de estas naves nos estaríamos introduciendo en un ámbito muy ligado a cierta mitología marina. Así, desde hace siglos corren múltiples historias y leyendas acerca de avistamientos de extraños buques –habitualmente antiguos veleros– que estarían gobernados por espíritus y que aparecen y desaparecen súbitamente, a veces incluso a no mucha distancia de los observadores. La leyenda más famosa de todas es sin duda la del Flying Dutchman (“El holandés errante”), un barco condenado a vagar eternamente por los mares a causa de una terrible maldición[4], si bien existen otras muchas como las del Coleuche, el Lady Lovibond, el Princess Augusta, el Eurydice, etc. Podríamos decir, en general, que en esta mitología el mismo barco sería algo así como la proyección fantasmal del barco original, que resultó hundido o perdido en condiciones calamitosas. No obstante, como resulta lógico, esto poco o nada tiene que ver con barcos “reales” descubiertos y examinados por los rescatadores.

Concluyendo, el barco abandonado sería propiamente una nave que puede –o no– haber estado perdida durante un tiempo determinado, y al ser hallada a la deriva en alta mar por otra nave no se halla el menor rastro de la tripulación que la ocupaba ni ninguna pista sobre su paradero ni el motivo por el cual se produjo ese abandono. Sin embargo, como veremos seguidamente al tratar la casuística, en ciertas ocasiones estas naves llegaron a una costa y simplemente embarrancaron porque no había nadie a bordo que las gobernase.

Una extensa casuística

No tenemos datos de hallazgos de barcos abandonados en épocas antiguas; sólo podemos suponer que tales casos existieron pero que no quedó ningún registro de ellos. Los informes más antiguos disponibles datan del siglo XVIII, y se van incrementando durante el siglo XIX hasta llegar prácticamente a nuestros días, en que siguen dándose casos esporádicos, generalmente de embarcaciones de mediano o pequeño tamaño.

A continuación vamos a repasar de forma resumida la casuística de estas desapariciones, dejando aparte dos casos muy conocidos y ampliamente investigados, que son el Mary Celeste (del siglo XIX) y el Carroll A. Deering (del siglo XX), de los cuales hablaremos luego más extensamente, pues constituyen dos típicos casos-prototipo de barco abandonado, el hallado en medio del océano y el que varó en la costa, respectivamente. Por otro lado, cabe reseñar que existen ciertas dudas o puntos oscuros sobre bastantes de estos casos, que comentaremos más adelante.

Sea Bird (1750 ó 1760): Este barco mercante embarrancó en Easton Beach, una playa cercana a Newark (Rhode Island, EE UU). Se esperaba al buque, procedente de Honduras, en el puerto de Newark, pero algunos observadores vieron cómo se dirigía directamente a un banco de arena sin realizar ninguna maniobra. Tras embarrancar, varias personas subieron a bordo y constataron que allí no había nadie a excepción de un perro y un gato. Todo estaba en perfecto orden; había café caliente en los hornillos, el desayuno estaba preparado y los documentos e instrumentos de navegación permanecían en su lugar… pero no había rastro de la tripulación. Se formularon diversas hipótesis sobre lo ocurrido, como por ejemplo un motín o el ataque de un monstruo marino, pero no había indicios de lucha, desorden o pánico. Jamás apareció ningún cuerpo en la costa.

Rosalie (1840): Velero francés que se dirigía a La Habana (Cuba). Fue hallado a la deriva en el Mar de los Sargazos con las velas desplegadas y en buenas condiciones. Su valiosa carga, compuesta de vinos, frutas y sedas, estaba completa e intacta. Parecía que había sido abandonado poco antes de ser encontrado, con varios objetos personales en los camarotes y los papeles del barco en la cabina del capitán. Sólo se encontró a bordo un gato, unas aves de corral y unos canarios medios muertos, pero ningún rastro de la tripulación ni de los pasajeros.

Hermania (1849): Goleta holandesa hallada por un barco de pesca. Iba a la deriva y sin tripulación. Apareció desmantelada pero con el casco en buenas condiciones, así como su único bote salvavidas, que permanecía en su lugar.

Bella (1854): Goleta descubierta a la deriva en las Indias Occidentales; estaba en buen estado, pero sin huella alguna de la tripulación.

James B. Chester (1854): Velero de tres mástiles hallado sin tripulación a unas 600 millas al sudoeste de las Azores por el buque Marathon. Mostraba indicios de haber sido abandonado súbitamente, pero los botes estaban en su lugar. Se pudo comprobar que tanto las provisiones como la carga estaban intactas, si bien las brújulas y la documentación habían desaparecido.

Goleta encontrada por el Ellen Austin (1881): Este barco halló un velero sin tripulación en medio del Atlántico y se decidió recuperarlo subiendo a bordo una tripulación de rescate. Días después, tras una espesa niebla, los buques se separaron. Al volver a contactar, se comprobó que esta tripulación había desaparecido. Se organizó un segunda tripulación de rescate, pero después de una tormenta se perdió definitivamente el barco, con esta nueva tripulación.

J.C. Coussins (1883): Goleta que embarrancó en un banco de arena cerca del faro de Fort Canby (Washington, EE UU). Al ser examinada por las autoridades, se vio que no había nadie a bordo. No había indicios de desorden –aunque sí algunos objetos desaparecidos– ni tampoco se había lanzado ningún bote al agua. Lo más insólito es que se pudo observar actividad reciente en la cocina y, de hecho, la comida estaba servida en la cabina. Además, había una entrada en el diario de a bordo de ese mismo día al amanecer en la cual no se refería ninguna incidencia particular.

Resolven (1884): Mercante hallado en buen estado por el crucero Mallard en medio del Atlántico. Navegaba a todo trapo y tenía los hornillos de cocina encendidos, pero no se encontró a nadie a bordo, si bien los botes habían desaparecido. La última entraba del diario de a bordo era de seis horas antes de ser avistado.

Freya (1902): Barco alemán que zarpó de Manzanillo (¿Cuba o México?[5]) con destino a Punta Arenas (Chile). Fue hallado abandonado frente a la costa mexicana veinte días después de partir, inclinado sobre un costado, con el ancla de popa colgando y con los mástiles parcialmente rotos. Se sugirió que podría haber sido víctima de un maremoto.

Zebrine (1917): Carguero que se encontró a la deriva en aguas próximas a Cherburgo. Había partido de Falmouth (Gran Bretaña) con una carga de carbón con destino a Saint Brieuc (Francia), una travesía relativamente corta. El barco estaba en buen estado, pero sin rastro de la tripulación. No obstante, la mesa estaba servida y la colada puesta a secar. Se sospechó que el abandono del barco podría haberse debido a la intervención de un submarino alemán, pero la documentación del buque estaba aún a bordo, algo insólito cuando lo habitual era requisar todos los papeles en caso de captura.

Barco encontrado por el Francisco Moreno (1921): Este carguero peruano descubrió un barco no identificado a la deriva en el Pacífico. Parecía abandonado hacía años, pero descubrieron que las calderas habían sido encendidas recientemente. No encontraron a ningún tripulante.

John and Mary (1932): Velero de dos mástiles hallado con las velas plegadas pero sin tripulación a 80 km. al sur de las Bermudas.

Gloria Colita (1940): Goleta de 48 metros de eslora encontrada por el cúter de la Guardia Costera Cardigan a 150 millas al sur de Mobile (Alabama) con todo en orden –a excepción de algunas velas en mal estado– pero sin rastro de la tripulación. Los investigadores concluyeron que no había “ningún indicio de las causas del abandono”.

Rubicón (1944): Carguero cubano hallado en las costas de Florida por la Guardia Costera. Estaba en excelente estado, pero sin tripulación; sólo se encontró un perro a bordo. Se observó que había sido botado un bote salvavidas.

City Belle (1946): Goleta de 36 metros y dos mástiles que navegaba hacia la República Dominicana con 22 pasajeros recogidos en las islas de los Turcos. Se la encontró a la deriva y abandonada a 300 millas al sudeste de Miami (Florida). Los botes habían sido arriados pero los efectos personales del pasaje aún estaban a bordo. Se puso en marcha una gran operación de búsqueda pero no obtuvo resultados.

Holchu (1953): Motora hallada por el carguero Ranee entre las islas Nicobar y Andamán (un archipiélago en el golfo de Bengala). Iba a la deriva y no había rastro de la tripulación. Por lo demás, estaba en buen estado, con abundantes provisiones y combustible. Se encontró comida en la cocina, lista para servirse. No había huellas de desorden o violencia.

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El Joyita tal como fue hallado

Joyita (1955): buque pesquero frigorífico que zarpó de Samoa y fue hallado a la deriva al norte de Vanua Levu (islas Fiji), sin tripulación a bordo. Estaba parcialmente sumergido y con fuerte escora a un lado. No se encontraron las balsas salvavidas ni el diario de a bordo. Los víveres estaban en el refrigerador, pero los instrumentos de a bordo habían sido sustraídos. La investigación posterior fue incapaz de ofrecer una explicación a la ausencia de la tripulación.

Connemara IV (1955): Yate con matrícula de Nueva York hallado a la deriva y sin tripulación a 400 millas al sudoeste de las Bermudas. Se cree que el barco atravesó al menos un potente huracán (o más de uno) y fue abandonado por la tripulación.

Teignmouth Electron (1969): trimarán tripulado por el navegante británico Donald Crowhurst, que participaba en una competición deportiva. Fue hallado abandonado y a la deriva, pero en perfecto estado, por el navío RMV Picardy en el Atlántico, cerca de las Azores. Sobre las causas del incidente, la investigación oficial declaró que Crowhurst había hecho trampas –falseando su ruta– y además había dejado escrito un diario muy críptico que mostraría cierto desequilibrio mental. Finalmente, habría sido víctima de un episodio de ansiedad o locura que le habría llevado al suicidio tirándose por la borda[6].

Lucky Edur (1971): Embarcación de pesca que se encontró a la deriva y sin tripulación frente a la costa de New Jersey (EE UU). El tiempo era excelente y todos los salvavidas seguían a bordo.

Penetration (1982): Yate norteamericano hallado a la deriva y sin tripulantes al norte del Mar de los Sargazos.

Embarcación de recreo no identificada (1999): se halló a la deriva y desierta, a excepción de un perro, frente a la costa de Carolina del Norte.

High Aim 6 (2003): Buque pesquero que hacía el trayecto de Papua Nueva Guinea a Hawai. Tras un último contacto por radio cerca de las islas Marshall, fue hallado tres semanas después a la deriva y sin nadie a bordo cerca de Rowley Shoals (Broome, Australia). La investigación policial consideró que la explicación más plausible era que se había producido un motín.

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El catamarán Kaz II

Kaz II (2007): Catamarán de 12 metros que, según los datos de GPS, ya iba a la deriva el mismo día de haber zarpado. Tres días después se encontró el barco en la Gran Barrera de coral, a unos 160 km. de la costa de Townsville (Queensland, Australia). Cuando un equipo de rescate subió a bordo, se comprobó que el GPS, un ordenador y la radio funcionaban bien. También funcionaba el motor e incluso había una comida servida… pero no había rastro de los tres tripulantes. Las velas estaban izadas y una de ellas estaba hecha jirones. Sin embargo, todo el equipo de salvamento (incluida una baliza de emergencia) estaba a bordo e intacto. La búsqueda de los tripulantes se suspendió un mes más tarde y se estimó que los tres hombres habían caído por la borda.

T.T. Zion (2012): Yate que embarrancó en la playa de Fort Lauderdale (Florida, EE UU). Estaba en bastante buen estado y con sus luces de navegación y máquinas aún funcionando, si bien se apreció un zuncho roto que pudo haber causado problemas de gobierno. Se hallaron a bordo algunos objetos pertenecientes a su propietario, pero sin ningún rastro de él ni de otros posibles pasajeros.

El hallazgo del Mary Celeste

El día 5 de diciembre de 1872, en la zona del Atlántico comprendida entre las Azores y Gibraltar, más o menos al norte de la isla de Madeira, el buque canadiense Dei Gratia divisó un bergantín de dos palos, con las velas desplegadas, que se desplazaba lentamente. El capitán del Dei Gratia, David R. Morehouse, viendo la extraña derrota de esta nave mandó aproximarse a ésta hasta que pudo leerse su nombre: Mary Celeste. Morehouse reconoció que se trataba del barco del capitán Benjamin Briggs, un marino al que conocía personalmente, y de hecho se da la casualidad de que habían cenado juntos la noche antes de partir el Mary Celeste. Seguidamente, al ver que no parecía haber actividad alguna en cubierta, ordenó abordarlo para esclarecer lo ocurrido.

Así pues, el primer oficial del Dei Gratia, Oliver Deveau, subió a bordo acompañado por dos marineros. Enseguida se dieron cuenta de que no había nadie a bordo –a excepción de un gato[7]– y daba la sensación de que la tripulación había tenido que abandonar el barco a toda prisa, pese a que el barco no estaba en situación de hundirse y podía navegar sin problema. Algunas observaciones resultaban chocantes. Por ejemplo, la ropa recién lavada se había puesto a secar en el puente, había tazas de té aún tibio y restos de comida, objetos diversos sobre la mesa, pipas aún calientes… En el camarote del capitán toda la ropa estaba guardada en sus baúles, había una falda sobre la mesa de la máquina de coser, etc. También se localizaron en su lugar los equipajes y el dinero de la tripulación. Y lo más valioso, un cargamento de 1.700 barriles de alcohol bruto asegurado en 35.000 dólares, estaba prácticamente intacto.

Por otra parte, destacaban los indicios de que el bergantín había sido abandonado con cierta premura. Faltaba el bote salvavidas, que parecía haber sido arriado precipitadamente. También se echó en falta el sextante, el cronómetro, la documentación de a bordo y algunas provisiones. El aparejo que presentaba el barco había sido preparado para mal tiempo, y de hecho había constancia de que en días anteriores había habido temporales en la zona. Además, se pudo comprobar que había un metro de agua en la sentina, si bien ello no sería en absoluto motivo de abandono del barco. Otro detalle extraño fue el hallazgo, cerca de una escotilla, de un sable con algo que parecían manchas de sangre, pero no había indicios de violencia alguna.

El capitán Morehouse dejó en el Mary Celeste una tripulación de salvamento y ambos buques se dirigieron a Gibraltar, a donde llegaron el 12 de diciembre. Allí Morehouse presentó una demanda de indemnización o recompensa por haber recuperado el barco. Entretanto, se procedió a un examen detenido de la nave abandonada y se llevó a cabo una investigación oficial a cargo del Procurador General del Almirantazgo en Gibraltar, Frederick Solly Flood, a fin de determinar las causas del abandono súbito del buque.

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El Mary Celeste

La investigación permitió realizar una reconstrucción básica de los hechos probados, que vendrían a ser los siguientes: El Mary Celeste[8] había zarpado el 7 de noviembre de 1872 del puerto de Nueva York con destino a Génova (Italia) con un cargamento de alcohol bruto para aumentar la graduación del vino. Aparte del capitán, iban a bordo su esposa y su hija de dos años y una tripulación de siete hombres, tres americanos y cuatro alemanes. Según la última entrada del diario de a bordo, del 24 de noviembre, el barco había llegado a las Azores y esa misma noche había encontrado mal tiempo, pero no se citaba nada que estuviera fuera de la rutina. No hubo más anotaciones en el diario pero en la pizarra se había escrito que el día 25 el barco se hallaba al nordeste de la isla de Santa María. A partir de aquí no se sabe qué ocurrió, hasta que el día 5 de diciembre se produjo el avistamiento por parte del Dei Gratia. En suma, la nave habría recorrido durante casi dos semanas unas 500 millas, sin poder precisar exactamente desde qué momento empezó a ir a la deriva.

Aparte de tomar declaración a los hombres del Dei Gratia, se inspeccionó a fondo el barco y se apreció que había una marcada hendidura en la barandilla de estribor, tal vez producida por un hacha, aunque no se pudo determinar exactamente qué la había causado ni cuándo. También se hallaron marcas similares en el casco, hacia la proa, un poco por encima de la línea de flotación. Según la investigación oficial, tal corte no había podido ser fruto de una colisión o del mal tiempo, sino de la acción de un instrumento cortante no identificado. Asimismo se comprobó que las manchas de sangre no eran tales, sino restos de óxido.

A Morehouse no se le pudo acusar de nada, pero la sombra de la sospecha hizo que el juez no le favoreciera en la resolución. De este modo, y aun estando libre de cualquier responsabilidad en el incidente, la recompensa –que él esperaba que iba a ser de un 40% del valor del buque más la carga[9]– al final se fijó en una sexta parte del total.

Ahora bien, sobre las propias causas de la desaparición de los tripulantes no se llegó a ninguna certeza, si bien se barajaron varias hipótesis. Las conclusiones del informe del Almirantazgo británico dieron como versión más factible que la tripulación se había emborrachado y había asesinado al capitán y su familia, para huir luego. También se contempló la posibilidad de una explosión de gases de alcohol que habría alarmado a los tripulantes hasta hacerlos arriar el bote ante el peligro de que el buque saltara por los aires. Sin embargo, luego se habría roto el cabo que unía el bote al barco y ya no habrían sido capaces de retornar a la embarcación. Una tercera explicación sería la acción de una tromba marina, según la evidencia de una cierta cantidad de agua en la sentina. La tripulación habría pensado que el barco corría peligro de hundirse y habría dejado la nave apresuradamente para refugiarse en el bote con la esperanza de volver a bordo, pero habría sucedido lo mismo que en la hipótesis anterior.

Con el paso del tiempo, y casi hasta nuestros días, se fueron proponiendo otras hipótesis, algunas realmente fantásticas o muy forzadas, como por ejemplo la de Sir Arthur Conan Doyle, que en un artículo de 1884 sugirió que el cocinero se había vuelto loco y había ido matando a todos los tripulantes hasta quedar él solo y suicidarse poco antes de la llegada del Dei Gratia. Otra historia rebuscada fue la posible presencia de un polizón embarcado en Nueva York. Se trataría de un loco asesino que habría acabado con todos al atraer hacia el barco una maldición demoníaca.

El tema de la violencia estuvo muy presente en otras teorías, como un posible descontento que habría acabado en motín, o bien de un acto de piratería. Asimismo, se pensó seriamente en un montaje bien planeado, esto es, un fraude cometido para sacar un alto rendimiento económico. En este caso se habló de que tal fraude podría haber sido obra de una u otra tripulación o incluso de ambas, que estarían compinchadas previamente. Finalmente, podemos citar otras hipótesis más o menos probables como una fuerte tempestad, un maremoto, un choque contra unas rocas o un islote, un monstruo marino…

Finalmente, considero oportuno citar la reciente aportación de David Williams, veterano capitán de barco, que está convencido de que un repentino maremoto en las Azores fue la causa del abandono apresurado de la nave, básicamente porque la tripulación pensó que el alcohol podía estallar en cualquier momento. Además, Williams menciona el descubrimiento de dos balsas con varios cadáveres frente a la costa cantábrica. Según una noticia del Liverpool Daily Albion, fechada el 16 de mayo de 1873, unos pescadores españoles habían encontrado dos balsas. En una de ellas se halló un cadáver y una bandera americana, y en la otra cinco cadáveres; todos ellos estaban en un estado de descomposición muy avanzado. No obstante, aun cuando estos cuerpos fueran realmente tripulantes del Mary Celeste, no hay manera de saberlo hoy en día.

El embarrancamiento del Carroll A. Deering

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El Carroll A. Deering

El Carroll A. Deering era una gran goleta de cinco mástiles construida en Maine en 1919 por la compañía G. G. Deering. Esta embarcación, con una tripulación de 11 hombres, partió a finales de agosto de 1920 de Norfolk (Virginia, EE UU) con un cargamento de carbón con destino a Río de Janeiro (Brasil). A poco de empezar la travesía se dio la circunstancia de que su capitán, William M. Merritt, enfermó gravemente y tuvo que ser sustituido en Lewes (Delaware) por un veterano marino de 66 años, el capitán Willis B. Wormell. A principios de diciembre, la goleta emprendió el viaje de regreso no sin cierta tensión a bordo, a causa del enfrentamiento entre el capitán y el primer oficial, Charles B. McLellan[10].

Tras detenerse unos días en Barbados para reaprovisionarse, el 9 de enero de 1921 inició el tramo final de su travesía. El 29 de enero el Carroll A. Deering fue visto por el buque-faro de Cape Lookout (Cabo Vigía) en Carolina del Norte. Así, el farero, el capitán Jacobson, observó a los tripulantes extrañamente agrupados en la popa, y uno de ellos –que no parecía un oficial– le dijo a voces que el barco había perdido sus anclas tras haber superado un temporal al sur de Cape Fear (Cabo del Miedo) y que así lo comunicase a la compañía. El barco siguió su ruta por la costa, siendo esta la última vez que se vio a la tripulación con vida. Jacobson vio pasar al poco un vapor no identificado que seguía al Deering, y le avisó mediante un silbato, pero este buque hizo caso omiso a la señal.

Dos días más tarde, el 31 de enero, el Carroll A. Deering fue encontrado varado en Diamond Shoals, un banco de arena cerca del cabo Hatteras (Carolina del Norte), con todo el velamen desplegado. A pesar de que una pequeña embarcación de la Guardia Costera llegó allí el día 1 de febrero, no pudo acercarse a causa del fuerte oleaje. Así, el barco no fue abordado hasta el día 4, en que el cúter Manning y el remolcador Rescue se aproximaron sin problemas al barco para iniciar la inspección. El equipo de salvamento permaneció en la goleta desde las 10:30 de la mañana hasta las 4:30 de la tarde.

Lo primero que observaron los rescatadores es que no había rastro de la tripulación. Por lo demás, el barco se encontraba en relativo buen estado, con el cargamento intacto. Sólo destacaba que tanto la rueda del timón como la caseta estaban destrozados. En la cabina del capitán se advirtió que hasta tres personas distintas la habían ocupado y que la última posición registrada sobre el mapa era del 23 de enero. A su vez, en la cocina se halló comida en preparación para el día siguiente[11].

Se comprobó que faltaban las anclas (corroborando el dato ya mencionado) y que se habían botado los dos botes salvavidas, uno de ellos a motor. En lo alto de los mástiles se habían izado dos fanales rojos, señal de que el buque estaba a la deriva o fuera de control. Asimismo, había desaparecido la documentación del barco, el diario de a bordo y todos los instrumentos de navegación, y tampoco se hallaron las pertenencias de los tripulantes ni otras provisiones. Todo ello indicaba que el barco había sido abandonado con cierta premura pero no muy apresuradamente. Se intentó rescatarlo, pero fue imposible remolcarlo y finalmente fue destruido mediante minas el 4 de marzo de 1921. En cuanto a los posibles supervivientes, se organizó una operación de búsqueda, que duró setenta días, sin resultado positivo.

Las causas de este suceso fueron investigadas por cinco departamentos del gobierno de Estados Unidos, ya que coincidió con un breve periodo de muchas pérdidas de barcos en la misma zona. En efecto, hasta nueve barcos de distinta nacionalidad se habían perdido en las mismas aguas con una diferencia de pocos días (entre el 25 de enero y el 6 de febrero); el Carroll A. Deering fue el único que apareció, aunque sin tripulantes. En la investigación se tomó muy en cuenta la pérdida el día 25 de enero del vapor S.S. Hewitt, que transportaba azufre, y que había recorrido una ruta costera prácticamente igual a la del Carroll A. Deering, y a una velocidad parecida.

La investigación, dirigida por Lawrence Richey, ayudante del Secretario de Comercio de los EE  UU Herbert Hoover, llegó a la conclusión –sin más datos que la mera conjetura– de que la mayoría de estos barcos se habían perdido a causa de un tremendo huracán que azotó esa parte del Atlántico, el más potente en 22 años. Sin embargo, tanto el Carroll A. Deering como el Hewitt habían navegado en aguas cercanas a la costa y no podían haber sufrido los efectos del huracán. De hecho, la investigación no fue capaz de alcanzar ninguna resolución firme, aunque –dadas las informaciones recogidas– se sugirió la probabilidad de un acto de piratería o de un motín.

Sobre la hipótesis de un acto de piratería, se pensó en el sospechoso segundo barco visto por el capitán Jacobson, si bien se reconoció que tal vez hubiera podido ser un barco que hacía contrabando de alcohol o el desaparecido S.S. Hewitt, que realizaba aproximadamente esa misma ruta. No obstante, a falta de pruebas, se especuló con otros supuestos más forzados, como un secuestro por parte de una nave bolchevique o el ataque de una especie de submarino pirata. Para complicar más la cuestión, en abril de ese mismo año, un tal C. C. Gray dijo haber hallado en una playa de Carolina del Norte una botella con un confuso mensaje de un supuesto tripulante de este barco. Según la nota, el Carroll A. Deering había sido asaltado o atrapado por un raro barco ardiente y la tripulación habría intentado, sin éxito, esconderse o refugiarse en el propio buque. De todas formas, se generaron serias dudas sobre la veracidad del mensaje y al final el descubridor de la botella confesó que había sido un montaje perpetrado por él mismo.

De este modo, la hipótesis del motín cobró más fuerza, sobre todo a partir de las observaciones de Jacobson, que no había reconocido a ningún oficial en su breve avistamiento. Las hipótesis se centraron en el conflicto entre el capitán y el primer oficial y se dedujo que, cuando el barco pasó cerca del faro, el capitán Wormell ya no estaba al mando o incluso podría haber sido asesinado. Luego, los amotinados habrían dejado el barco a la deriva y habrían “desaparecido” para evitar la acción de la justicia. A este respecto, hubo pesquisas posteriores orientadas a identificar a los posibles tripulantes del Carroll A. Deering, pero –a pesar de surgir algunos indicios y pistas– no se pudo obtener ningún resultado concluyente.

Aparte de la investigación oficial, otros expertos buscaron todo tipo de motivos para la desaparición de la tripulación, pero sin demasiado fundamento. Por ejemplo, se sugirió la pérdida de las anclas como causa del abandono del barco, pero tales piezas –aun siendo muy importantes– no son necesarias para la navegación. Tampoco resultan creíbles las teorías acerca del miedo a afrontar un gran temporal, pues el barco fue hallado con su velamen desplegado, cosa que es del todo incompatible con el hecho de navegar en malas condiciones metereológicas.

Por otro lado, algunos autores –sin atreverse a dar una explicación– veían muchos problemas en la teoría del motín, pues ello implicaría que McLellan habría debido tener uno o más cómplices para sacar a delante sus planes entre una tripulación compuesta mayormente por marineros nórdicos. Además, el hecho de pasar tan cerca del faro no tendría mucho sentido si se pretendía mantener el máximo secretismo. Otra opción contemplada es que los oficiales hubieran perecido en una reyerta y los marineros, temiendo ser acusados del crimen, hubieran decidido abandonar el buque y estrellarlo contra la costa, mientras ellos escapaban en los botes. Sea como fuere, es muy probable que el barco navegase a la deriva como mínimo un día antes de encallar, pues un informe de otro barco, el Lake Elon, fechado el día 30 de enero de 1921 confirma haber visto a una goleta de cinco mástiles arrumbando hacia el Cabo Hatteras.

En suma, posiblemente hubo alguna situación de conflicto o dificultad a bordo días antes del desenlace, pero ello no significa necesariamente que esa fuera la causa de la desaparición de los tripulantes. Así pues, pese a los esfuerzos de cinco departamentos federales, no se pudo aportar ninguna prueba definitiva sobre lo sucedido con la tripulación y más bien se trató de encajar el conjunto de datos disponibles con la teoría del motín.

No es oro todo lo que reluce

Sobre esta lista, que incluye algunos de los casos más citados en los libros especializados o en Internet, es preciso realizar algunos comentarios para poder valorarla en su justa medida y sobre todo para no precipitarse en las conclusiones. Lo primero que hay que decir es que las fuentes digamos “alternativas” (libros del género del misterio[12]) suelen repetir datos ya mencionados y parece haber una baja o nula comprobación de lo que ya se ha dado por auténtico. Así, la gran mayoría de estas informaciones han sido citadas por autores clásicos de este género, como Charles Berlitz, Ivan Sanderson, John W. Spencer o Patrice Gaston. Pero todos ellos son deudores de investigadores previos, siendo el más destacado de ellos Vincent H. Gaddis, el hombre que acuñó la expresión “Triángulo de las Bermudas”. Y precisamente la repetición de los datos podría haber deformado o exagerado la realidad, según afirmó el investigador Lawrence David Kusche.

Sólo por poner unos ejemplos de las reservas que deben tomarse en este asunto, podemos empezar por el caso del Sea Bird. Esta historia, según he comprobado por unas pocas fuentes, tiene visos de tener parte de leyenda, con inexactitudes y datos difíciles de contrastar. Así, existen diversas versiones de este hecho, también fechado en 1850, con detalles que no concuerdan entre sí (incluso se dan varios nombres para el capitán), lo cual invita a la prudencia, cuando no al escepticismo, sobre la veracidad de lo narrado. Sabemos que la primera referencia por escrito procede de un periódico de 1885 y posiblemente ya era una recopilación de una historia muy distorsionada en los relatos orales.

En cuanto al famoso episodio del Mary Celeste, he hallado varias informaciones que descalifican de pleno a la mayoría de versiones populares sobre los hechos, por inventar, maquillar o tergiversar la realidad. Por ejemplo, el tema del té tibio o las pipas calientes resultaría del todo inventado. En la declaración de Deveau no se dice nada al respecto, y si atendemos a la realidad de los hechos, el Dei Gratia ya había avistado al Mary Celeste dos horas antes de abordarlo, por lo cual es muy improbable, por no decir imposible, que hubiera quedado nada caliente a bordo si allí ya no había nadie. En general, se suele admitir que la historia se fue adornando y transformando con multitud de detalles novelescos que no tenían ningún indicio de veracidad.

Por lo demás, la bibliografía consultada suele dar unos datos básicos y a menudo incompletos: apenas el nombre del barco, su ruta, la fecha y lugar del hallazgo y el estado general del barco. En algunas ocasiones, las fuentes originales ni siquiera ofrecen el nombre del barco abandonado hallado, lo cual tampoco parece muy creíble ni preciso, sin que sepamos bien porqué no fue posible obtener este dato. No obstante, he leído en una fuente que al menos en un caso se había arrancado el nombre del barco encontrado, sin que tampoco se vean claros los motivos de tal acción.

DEERINGWRECK
Restos del Carroll A. Deering en la actualidad

Lo que también ocurre a menudo es que no hay coincidencia en los datos o detalles aportados, lo cual nos hace dudar de las fuentes alternativas y más bien muestra cierta dejadez en la comprobación de cada una de las historias, como la confusión de dos puertos con el mismo nombre en el episodio del Freya. En el caso del Carroll A. Deering, he podido leer dos narraciones distintas procedentes de libros de autores alternativos que contienen varios errores de bulto, simplificaciones, omisiones e inexactitudes que más bien generan confusión y poca credibilidad, tal vez en aras de fomentar el misterio de manera artificiosa. En este sentido, en algunos casos se han omitido datos clave muy significativos, como por ejemplo la presencia de un fuerte huracán que azotó La Habana en las fechas en que desapareció la tripulación del Rubicón. Según una noticia del New York Times, la tripulación de este buque estaba en tierra cuando el barco sufrió los efectos del huracán y acabó lejos de las costas cubanas. Un caso muy similar sería el del yate Connemara IV, puesto que otras fuentes citan que el barco estaba en puerto y sin tripulación cuando fue arrastrado a la deriva por la fuerza del huracán Edith.

Pero hay más; la realización de investigaciones más avanzadas ha hecho que algunos de los casos mencionados muestren otra cara bien distinta a la mostrada en las fuentes alternativas, confirmando la existencia de una explicación que podríamos denominar “razonable”. Así, en el extraño caso del velero James B. Chester, se pudo contrastar –a través de información periodística de la época (del diario New York Times)– que la tripulación, incluido el capitán, había sido recogida por el barco Two Friends y luego desembarcada en EE UU. Según los testimonios de algunos marineros, el abandono del barco se debió a un desequilibrio del capitán y a un episodio de baratería (fraude o litigio iniciado de forma maliciosa)[13].

El ya citado L. D. Kusche, que escribió un libro “desmontando” el misterio del Triángulo de las Bermudas, se quejaba justamente de esta falta de rigor. Por su profesión de bibliotecario pudo reunir una gran cantidad de información oficial y de prensa y comprobó, por ejemplo, que el caso del Ellen Austin era bastante opaco y que no había documentos escritos de la época que refirieran este suceso. Por otra parte, la fuente original tomada por Gaddis era un libro de Rupert Gould, en el cual no se hablaba para nada de una segunda tripulación de rescate. También, según Kusche, se tiende a ubicar forzosamente muchas desapariciones –así como los barcos abandonados– en los límites del famoso Triángulo, cuando en realidad habían tenido lugar fuera de él. Este sería el caso del Freya, que realmente fue hallado en el Pacífico, cerca de la costa mexicana[14].

(c) Xavier Bartlett 2015

Ir a 2ª parte de este artículo


[1] Sólo a título anecdótico, cabe citar que también existen unos pocos casos de aviones abandonados, aparatos que se dieron por perdidos y que aparecieron tiempo después posados en tierra en relativo buen estado pero sin indicio alguno de qué había sucedido con la tripulación.

[2] Se podría pensar que en tiempos actuales los naufragios son relativamente escasos y las desapariciones casi testimoniales, pero en la década de los 60 la Lloyd’s registró 2.766 casos de barcos perdidos por varias causas, de los cuales 70 fueron dados por desaparecidos, entre ellos un carguero de 10.000 toneladas.

[3] Existe un historial de encuentros con barcos a la deriva en que se hallaron los cadáveres de la tripulación, y en algunos de ellos no se llegaron a esclarecer las causas de la tragedia, aunque también es cierto que en ocasiones se exageraron o novelaron los hechos.

[4] Este relato podría estar basado en un barco holandés de finales del siglo XVII, del cual se dice que naufragó a causa de una terrible tempestad. La historia cobró nueva fuerza desde finales del siglo XIX a partir de la ópera compuesta por Wagner con este mismo título.

[5] La mayoría de fuentes citan este puerto de Cuba como punto de partida pero hay otro puerto del mismo nombre en México, y dado el barco fue hallado en el Pacífico parece más factible que se tratase de éste último, según apuntan otras fuentes.

[6] Se da la circunstancia de que en un lapso de pocos días se perdieron en las mismas aguas otros cuatro barcos en parecidas circunstancias, encontrados a la deriva y sin nadie a bordo.

[7] El dato es confuso pues otras fuentes no mencionan la presencia del gato.

[8] Este buque era una goleta-bergantín de 30 metros de eslora y cerca de 300 toneladas, construido en Nueva Escocia en 1861. Fue botado con el nombre de Amazon y posteriormente rebautizado como Mary Sellars y finalmente Mary Celeste, posiblemente por una confusión ortográfica. Después de este lamentable suceso, volvió a navegar pero acabó sus días en 1885 cuando su último capitán lo hizo colisionar deliberadamente contra unos arrecifes en Haití para cobrar el seguro.

[9] Cantidad que ascendía a 46.000 dólares.

[10] El primer oficial, que debía haber tomado el mando, no lo hizo pues era el propio hijo de Merritt y prefirió quedarse con su padre. Ello obligó también a contratar a un nuevo primer oficial, que resultó ser bastante problemático para el capitán, hasta el punto de tener que encerrarlo temporalmente por estar bebido.

[11] Según alguna fuente, también se hallaron dos gatos a bordo, medio muertos de hambre.

[12] A los que debemos añadir la gran cantidad de blogs o webs de misterios de todo tipo que hacen correr esta misma información en el ciberespacio.

[13] Según los datos recogidos por el investigador David Group. (Fuente: Group, D. The Evidence for the Bermuda Triangle. Wellingborough, UK: Aquarian, 1984.)

[14] Kusche puede tener razón en este punto, pero sólo parcialmente, pues varios autores alternativos coinciden en señalar que no hay tal “Triángulo” de las Bermudas, sino más bien un rombo o un trapezoide, o incluso una zona mucho más extensa que incluye el Mar de los Sargazos.

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2 thoughts on “El fenómeno de los barcos abandonados (1ª parte)

  1. Como de costumbre el sensacionalismo enturbia la posibilidad de sacar conclusiones acertadas. Estos sucesos no despiertan demasiado interés para mi por la imposibilidad de realizar un trabajo de investigación de campo y por la poca y confusa documentación que se puede encontrar, pero no dejan de ser interesantes.
    Creo que se deben estudiar dentro del resto de desapariciones inexplicables de personas, pensemos que solo en Egpaña son miles cada año las personas que desaparecen sin razón aparente y sin dejar el menor rastro.

    Saludos.

    1. Amigo Piedra,

      Espera a leer la segunda parte de este artículo (que publicaré en breve), donde se aportan reflexiones y análisis, y quizá ahí puedas ver algunas pistas. No obstante, reconozco que el tema es confuso y opaco y que la informacfión disponible a veces está incompleta o sesgada. Lo que está claro que es muchas investigaciones “convencionales” u “oficiales” no han llegado a ninguna parte; en cambio, creo que algunas vías alternativas sí pueden ofrecer enfoques útiles para empezar a entender qué está pasando.

      Saludos,
      X.

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