El fenómeno de los barcos abandonados (2ª parte)

Hipótesis o explicaciones “oficiales”

Una vez revisada la casuística de estos barcos abandonados, se impone explorar el terreno de las posibles hipótesis o explicaciones, sea cual sea su naturaleza y sin renunciar a entrar en terrenos altamente especulativos. Dado que ya hemos visto que hay dos claros enfoques ante la cuestión, los abordaremos separadamente y luego trataremos de ofrecer alguna síntesis o conclusión, sin tener que tomar partido necesariamente por unos u otros.

En primer lugar analizaremos las visiones racionalistas u oficialistas, aquellas que tratan de encontrar las claves en situaciones y circunstancias bien conocidas, a partir de la experiencia profesional del mundo de la navegación marítima y del bagaje científico ortodoxo. En general, se admite que en bastantes casos la información que llega al público es incompleta o confusa, cuando no sesgada por la intervención de los autores sensacionalistas. Como Kusche puso de manifiesto, muchos autores se quedaron en la superficie, en los rumores y las leyendas y no profundizaron en la búsqueda de información contrastada que pudiera arrojar nueva luz sobre la pérdida de las naves y/o las tripulaciones. Y lo cierto, como hemos adelantado al comentar la casuística, es que las investigaciones a fondo de ciertos casos han permitido resolver algún misterio o bien han clarificado datos importantes y han permitido sugerir hipótesis razonables, si bien difíciles de comprobar.

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Cúter de la Guardia Costera de los EE UU

Si nos limitamos al contexto del Triángulo de las Bermudas, la propia Guardia Costera de los EE UU emitió un breve memorando en el que refutaba la existencia de dicha zona maldita y dejaba claro que las pérdidas de barcos eran fruto de causas ambientales y de errores humanos y que no había más desgracias que en otras regiones oceánicas. Así, en la zona en cuestión se juntarían una serie de factores bien conocidos, empezando por la variación de las brújulas, que allí señalan el norte verdadero en vez del magnético, lo que puede comportar graves confusiones en el rumbo[1]. Otro elemento destacable es la presencia de la corriente del Golfo, que puede borrar cualquier rastro de accidente en muy poco tiempo y que puede modificar la topografía marina, lo cual añadiría nuevos riesgos a la navegación. Asimismo, también está la peculiar climatología en la confluencia del Atlántico y el Caribe, con rápidos cambios de tiempo y fortísimos temporales y huracanes. Por último, quedaría el error humano, representado principalmente en personas poco preparadas o con embarcaciones inadecuadas.

Por su parte, hay varios investigadores o expertos que han escrito libros bien documentados sobre estos desastres marítimos, poniendo de manifiesto que el misterio lo han generado los autores de best-sellers, y que la gran mayoría de los casos tienen explicaciones plausibles aunque no seguras al 100%, a falta de las pruebas pertinentes. Habría que incidir ahora en el hecho de que casi toda esta literatura se centra en los casos de desaparición de barco y tripulación, que son los más, mientras que el tema que aquí nos ocupa es menos tratado, porque la simple razón de que es bastante menos frecuente.

Quizá la única excepción sería el famoso episodio del Mary Celeste, que ha sido objeto de múltiples artículos o libros de investigación e incluso de películas de ficción. Con todo, muchas de las explicaciones habituales vertidas en este arquetípico caso no se sustentan más que por puras suposiciones. Así, varios autores han sacado a la luz la falta de consistencia de dichas explicaciones:

  • La hipótesis de la borrachera y crimen posterior es bastante forzada porque no había signos de violencia y todos los objetos personales, incluidos los de valor, permanecían a bordo.
  • La explicación de los gases de alcohol no se sostiene porque tampoco había indicios de explosión ni ningún informe que hiciera constar tal incidente (debería haber figurado en el diario de a bordo). Es cierto que se hallaron unos pocos barriles vacíos, pero no sabe qué sucedió con ellos.
  • Sobre la tromba marina, hay que decir que no es habitual de esas aguas, pero de haberse producido hubiera causado visibles daños en el aparejo y la cubierta del barco.
  • Se habló de la aparición repentina de un islote justo delante del Mary Celeste, lo que habría hecho varar el barco. La tripulación habría bajado a explorarlo imprudentemente y acto seguido el islote se habría hundido, liberando el barco y dejándolo a la deriva, mientras los tripulantes se habrían ahogado… Mucha fantasía y coincidencia sin tener la más mínima prueba, siendo generosos.
  • Se suele recurrir a la piratería, que en el siglo XIX ya era algo testimonial, para explicar la desaparición de tripulaciones, pero dejar una carga tan valiosa a bordo no tiene el más mínimo sentido. Ni siquiera se habrían llevado el dinero de los marineros… De todas formas tampoco había señales claras de un asalto violento.
  • En cuanto a una posible estafa o fraude, ambos capitanes tenían una excelente reputación profesional, pero es que además Briggs era propietario de parte del barco, con lo cual él mismo tendría que haber pagado una parte de los gastos de rescate. Con todo, la casualidad de que ambos capitanes cenaran juntos antes de partir el navío de Briggs dio pábulo a toda clase de especulaciones.

Lo que está claro es que para los investigadores oficiales resulta más fácil explicar cómo se ha perdido todo un barco –a veces incluso cargueros de gran tonelaje– sin dejar el más mínimo rastro, porque hay una serie de factores que pueden provocar tales desastres en muy poco tiempo y pueden causar la pérdida de la tripulación en el mismo suceso.

En este sentido, se suele incidir en los diversos factores meteorológicos que acabamos de citar, pero también en la posibilidad de bruscos accidentes internos –combinados tal vez con grandes tormentas– que harían explosionar el barco, partirlo por la mitad o volcarlo con gran rapidez[2]. Luego tenemos otras novísimas teorías como la acción de grandes burbujas gaseosas, causadas por la acumulación de hidratos de metano en los fondos marinos, que al subir a la superficie harían perder la flotabilidad a los barcos. También se ha hablado de la acumulación de partículas del cinturón de radiación que rodea la Tierra (cinturón de Van Allen), que podría ser la causa de las anomalías electromagnéticas que afectan a barcos y aviones.

No obstante, nada de esto se puede aplicar a la situación en que el barco no se hunde, aunque pueda resultar afectado de alguna manera; el problema real reside en averiguar qué ha pasado con una tripulación que se ha esfumado sin causa aparente. En estos casos se suele recurrir a una serie de tópicos que en gran parte ya hemos mencionado: motines, asesinatos, actos de piratería, pánico al pensar que el barco se hunde, locura colectiva, enfermedades, accidentes, fraudes, etc. Y todo ello por no hablar de los casos que tienen más leyenda que realidad o de aquellos en que se pudo conocer el destino final de la tripulación y las circunstancias del abandono, como el James B. Chester.

Sea como fuere, las versiones oficiales, aun admitiendo en que hay casos de difícil o nula explicación a partir de las teorías habituales, no quieren oír hablar de la intervención de fenómenos paranormales y menos aún de extraterrestres o atlantes, por considerar que son un completo disparate o un simple medio de promover una mayor venta de libros sensacionalistas. Lo que es obvio es que, una vez realizadas las investigaciones y cerrados los casos, es muy improbable que nunca se llegue a saber la verdad de los hechos acaecidos.

Hipótesis o explicaciones “alternativas”

Si nos vamos ahora al terreno del misterio y de las elucubraciones más arriesgadas, es justo decir que la mayoría de autores alternativos reconoce que al menos una parte de esta casuística puede responder a alguna explicación más o menos convencional. Ahora bien, aun aceptando este escenario, estos autores apelan a los datos conocidos y a los testimonios de las personas que escaparon del desastre[3] para formular diversas hipótesis heterodoxas sobre las desapariciones. Básicamente, estas hipótesis se pueden agrupar en tres categorías: acción de fuerzas naturales desconocidas, intervención de seres de otros mundos e influencia submarina de la desaparecida Atlántida. Estas teorías, que a menudo aparecen entrelazadas, tratan de explicar la desaparición súbita y sin huellas de naves y tripulantes apelando, respectivamente, a fenómenos electromagnéticos y meteorológicos de gran potencia, a la simple y llana abducción por parte de extraterrestres (en relación directa con el fenómeno OVNI) y a la reacción energética provocada por el paso de barcos y aviones sobre los restos de la mítica Atlántida sumergida.

No obstante, llegados al tema específico de los barcos abandonados, ahí la cosa se complica enormemente, sobre todo a la hora de disociar el tema de la pérdida de naves con la desaparición de personas, y todo ello bajo la inevitable sombra del mito del Triángulo de las Bermudas. Como veremos, en este campo se plantean muchas incógnitas y pocas respuestas, y se manejan argumentos diversos de difícil verificación.

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Los vórtices propuestos por I. Sanderson

Algunos autores, como Ivan Sanderson, han resaltado que las extrañas desapariciones responden a unos patrones geográficos determinados, no aleatorios. En concreto, Sanderson propuso la existencia de diez zonas[4] del planeta situadas a intervalos regulares de 72 grados de longitud y a 30-40 grados de latitud al norte y sur del ecuador en las que la incidencia de las desapariciones es superior a la media, siendo las dos más conocidas la ya citada de las Bermudas y el Mar del Diablo, cerca del Japón. Estas zonas, que Sanderson bautizó como vórtices, se caracterizarían por la presencia de unas fuertes anomalías o aberraciones electromagnéticas, capaces de inutilizar cualquier equipo electrónico o de navegación, así como las radios.

Adicionalmente, cabe destacar que en muchas de estas regiones del planeta se produce un encuentro o choque de grandes corrientes oceánicas (de superficie y submarinas) que provocan notables y súbitas alteraciones meteorológicas. Aparte, también se han registrado en estos lugares una serie de fenómenos inusuales (torbellinos, “túneles”, “brumas o neblinas eléctricas”, fosforescencias, cambio de aspecto del mar y el cielo, mal funcionamiento de las brújulas, etc.) e incluso ciertas distorsiones en el espacio-tiempo[5], que contribuirían de algún modo a la desorientación y eventual pérdida de los barcos o aviones.

A este respecto, cabe señalar que estos fenómenos electromagnéticos han sido bautizados en conjunto como “efecto Hutchinson”, por John Hutchinson, investigador que, siguiendo los experimentos de Nikola Tesla, ha estudiado el impacto de los campos electromagnéticos sobre los objetos y que ha sido capaz de reproducir en laboratorio algunos de los inusuales fenómenos observados por los supervivientes de incidentes en el Triángulo de las Bermudas. En su opinión:

«Es altamente probable que la naturaleza pueda formar estos campos por sí sola y crear la situación por la que un barco o un avión o bien se desintegre totalmente o bien desaparezca en otra dimensión o dominio.»[6]

De todos modos, Sanderson opinaba que –detrás de esta extraña fenomenología– tal vez había alguna razón oculta, una inteligencia que ponía en marcha estos factores para obtener algún resultado. En consecuencia, se inclinaba finalmente por la teoría de un secuestro o abducción por parte de seres inteligentes de otros mundos, lo cual implicaría una desaparición “selectiva”, esto es, que el barco en cuestión –incluida su carga– no interesaba pero los tripulantes sí. Además, Sanderson remarcaba que la desaparición afectaba únicamente a la tripulación humana, pues hacía notar que las mascotas permanecían habitualmente en el buque, como confirma la casuística en la mayoría de las ocasiones. El motivo último de tal serie de secuestros sería, por supuesto, una completa incógnita.

El famoso autor Charles Berlitz se apuntaba a esta misma explicación y hablaba de la existencia de unas puertas o ventanas dimensionales que para los humanos serían de un solo sentido. En su opinión, la desaparición de barcos y personas se podría deber a la acción de unos seres procedentes del espacio, de una civilización submarina o simplemente de otra dimensión. ¿Con qué fin? En el caso concreto de los barcos hallados sin tripulación, Berlitz afirmaba lo siguiente:

«Muchas de las desapariciones, especialmente las relativas a tripulaciones completas de barcos, hacen suponer la existencia de expediciones de secuestro cuya misión sería obtener seres humanos para zoológicos espaciales, para exhibirlos en diferentes eras del desarrollo planetario, o para fines de experimentación.»[7]

Por su parte, Patrice Gaston, en una línea similar a lo ya expuesto, remarcaba en su libro Desapariciones misteriosas que existe un amplio historial de avistamientos de artefactos sólidos y de luces extrañas bajo las aguas desde tiempos antiguos (antes de la invención del submarino) y que tales objetos –a veces de un tamaño enorme– podrían estar detrás de las desapariciones súbitas de barcos o bien de tripulaciones. Gaston consideraba que existen bastantes coincidencias entre la desaparición de tripulaciones y el avistamiento de los fenómenos extraños (discos, pseudo-submarinos, luces, rayos, bolas de fuego…) y que ello indicaría la acción de una inteligencia superior, en un escenario casi idéntico al propuesto por Sanderson.

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El Amazon en 1861 (luego rebautizado Mary Celeste)

Así, en el caso específico del Mary Celeste, Gaston realiza unas observaciones concretas sobre las marcas o hendiduras dejadas en el casco y la barandilla de la goleta, que a su juicio no fueron debidamente sopesadas. En su opinión, tales señales podrían deberse a un intento de abordaje por parte de “algo”, una nave desconocida. Asimismo, la presencia del sable podría haber sido la prueba de que hubo un intento de defensa ante una amenaza exterior. Todo esto nos evoca el relato fantástico de Jules Verne Veinte mil leguas de viaje submarino, en que un submarino embestía y hundía a navíos de superficie en muy poco tiempo. De hecho, parece ser que Verne se inspiró en unos casos de barcos “atacados por sorpresa” para dar vida a la historia del capitán Nemo y su Nautilus[8]. En todo caso, estas observaciones o contactos con naves submarinas no identificadas han sido corroborados incluso por las fuerzas navales de varios países a lo largo del siglo XX.

Otras teorías alternativas apuntan a fenómenos físicos y psíquicos de difícil comprobación, que más bien rozan las fronteras de la ciencia o se adentran incluso en el terreno paranormal. Por ejemplo, James R. Wolfe alude a la posibilidad de que en ciertas regiones del planeta –tomando como referencia el Triángulo de las Bermudas– se produzcan distorsiones en el espacio-tiempo. Esto supondría que un objeto o persona podría permanecer más o menos en un mismo espacio pero saltar de repente a la cuarta dimensión (el tiempo), lo que supondría la pérdida de contacto con el mundo actual. Así, Wolfe saca a colación ejemplos como la pérdida del avión Star Tiger (del tipo Avro Tudor) en 1948, o la desaparición súbita de David Lang, un granjero de Tennessee (EE UU), en 1880[9]. En ambos sucesos se habría producido un desplazamiento en el tiempo que podría explicarse en términos de física cuántica, de acuerdo con la visión del físico Richard P. Feynman. Según esta propuesta, un conglomerado de partículas que viajase a una velocidad sólo un poco inferior a la de la luz alcanzaría una masa próxima al infinito, lo que –aplicando la teoría gravitacional de Einstein– supondría que a mayor masa, mayor sería la distorsión en el espacio-tiempo. Así, una partícula procedente del espacio exterior, extremadamente pequeña pero de enorme masa, podría provocar una alteración notable en el tiempo, al menos lo suficiente como para desplazar en un área muy limitada a un objeto o persona hacia otro periodo de tiempo, ya sea en el pasado o el futuro.

Un argumento semejante a éste, basado en la teoría de los agujeros negros, es el que postula la intervención de una cierta influencia psíquica. Así, el investigador Joseph F. Goodavage se pregunta el porqué de la extraña selectividad del fenómeno de las desapariciones, dado que no todas las naves que pasan por las zonas comprometidas se pierden, y sólo en contados casos desaparece la tripulación (pero no el barco). Ante esta realidad, Goodavage propone que puede haber una interacción entre un fenómeno natural relacionado con la gravedad y la actividad telepática. En este sentido, el autor cita al Premio Nobel Pascal Jordan, que afirmó que existía una gran relación entre la gravedad y la energía que transmite la telepatía, y que ambas coincidían en el hecho de que podían operar a grandes distancias, sin que ningún obstáculo pudiera detenerlas. Esto le impulsa a considerar que en determinadas regiones del planeta el campo geomagnético y gravitacional se combina con el poder psíquico para producir un vórtice de teletransportación.

Goodavage incide en la existencia de pequeñísimos agujeros negros que, dada su enorme densidad, son capaces de arrastrar a toda la materia a su interior. Estos puntos serían pues una especie de potentísimos pozos gravitacionales en los que, una vez arrastrados los objetos o personas, podrían desplazarse instantáneamente a otro lugar del universo o bien a otra dimensión. Hasta qué punto y de qué manera la mente humana podría activar este singular proceso ya queda lejos de las explicaciones del autor, que –apoyándose en la hipótesis Gaia– especula con la idea de un influjo recíproco entre hombre y universo. De este modo, los sentimientos y pensamientos humanos estarían influenciados por el medio ambiente, tanto cósmico como terrestre, y viceversa.

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Supuesta localización de la Atlántida

Finalmente, cabe hacer una breve mención a las hipótesis basadas en la Atlántida, que han tenido cierto eco sobre todo en EE UU. Así, varios autores, desde J. Valentine Mason en los años 60 hasta la actualidad, creen que este continente mítico se halla al menos parcialmente bajo el Triángulo de las Bermudas, a partir de unas confusas estructuras subacuáticas halladas junto a las islas Bimini. El hallazgo de estos restos vino a coincidir con una profecía del famoso vidente Edgar Cayce, que en estado de trance reveló varios aspectos de la historia de la Atlántida, si bien en una línea ciertamente alejada del relato de Platón. Entre otras cosas, Cayce afirmó que los atlantes disponían de una alta tecnología e incluso una especie de rayo de la muerte, un arma de gran potencia. Así pues, los defensores de esta visión creen que en el fondo del mar existen todavía poderosas energías en funcionamiento, posiblemente procedentes de cristales o de otras fuentes, que se activan esporádicamente y que causan las anomalías y los accidentes. No hace falta decir que este escenario es el más fantasioso y arriesgado de todos, y que sólo funcionaría en el famoso Triángulo de las Bermudas y parte del Atlántico, pero no en otros mares.

Análisis de los datos y conclusiones

Por desgracia, como ya hemos visto, el tema de las extrañas desapariciones de personas en los barcos abandonados ha provocado una oposición irreconciliable entre dos visiones antagónicas. Así, las versiones oficialistas han tratado de ajustar los casos a unos parámetros bien conocidos, mientras que las versiones alternativas han sucumbido a una cierta “mitificación” del fenómeno, tomando todos los datos anómalos y aplicando diversas explicaciones paranormales que llaman la atención por su audacia. De este modo, muchas de estas cuestiones han ido a parar al ámbito de cierto espectáculo mediático sensacionalista donde, en aras de potenciar el misterio y de atraer la atención del público, los hechos se sacan de contexto o se tergiversan y se convierten en objeto ideal para vender muchos best-sellers.

Con ello no quiero decir que no haya investigadores independientes que hayan actuado de buena fe y con rigor, pero lamentablemente el resultado ha sido un diálogo de sordos entre los racionalistas, que no ven ningún factor extraño, y los defensores de las teorías más impactantes, que –por ejemplo– no tienen escrúpulos en poner a los alienígenas de por medio aunque no tengan la más mínima prueba para ello. Pero… ¿podríamos extraer valiosas enseñanzas de ambas posturas y tratar de combinar sus enfoques para explorar nuevas vías? Eso es lo que voy a intentar exponer a continuación.

Lo primero que hay que decir es que determinados casos, como hemos ido señalando, pueden encajar en alguna de las hipótesis habituales, y sólo la falta de pruebas decisivas impiden confirmar el escenario propuesto. Así, aparte de casos relativamente “resueltos” como el James B. Chester o el Rubicón, tendríamos que considerar el peso de la información recogida a la hora de proponer una posible solución. Esto se podría aplicar al intrigante fin del Carroll A. Deering, en que los indicios podrían dar cobertura a la tesis del motín, o más bien del asesinato del capitán. Por supuesto, no deja de ser una especulación, pero las piezas están dispuestas de tal manera que podrían “cuadrar” con una explicación lógica. Por su parte, el buque alemán Freya, dado el lamentable estado en que se encontró, pudo haber sido víctima de un maremoto, mientras la tripulación cayó al agua y no pudo salvarse. Es igualmente otro supuesto “razonable”.

Sin embargo el estudio de buena parte de la casuística nos va revelando unos elementos que no ayudan precisamente a extraer certezas:

  • En bastantes ocasiones, se sabe que los barcos estaban navegando en zonas con buen tiempo y no habían de afrontar temporales ni huracanes; como mucho, habrían superado ligeras tormentas. No se ve pues la necesidad de abandonar precipitadamente el barco ante el riesgo de hundimiento por este motivo.
  • Con escasas excepciones, el estado de los barcos al ser rescatados era relativamente bueno, casi siempre en condiciones de navegar con normalidad. Ello implica que no se habían producido daños severos por causas naturales o accidentes internos. Todo lo más, en ciertos casos se apreciaban algunos daños en el aparejo, pero tanto el casco como la cubierta o los camarotes no mostraban signos de grave deterioro o alteración. Tampoco era habitual encontrar señales de violencia o desorden.
  • Siguiendo el punto anterior, el aspecto de muchos barcos denotaba cierta normalidad rutinaria quebrada de forma repentina. Independientemente del añadido de detalles novelescos, está claro que los indicios del velamen desplegado, la comida recién preparada, hornillos calientes, colada tendida, todos los objetos personales o equipajes en su lugar, pipas abandonadas[10], etc. apuntan a que la tripulación tuvo que dejar el barco a toda prisa ante una amenaza más o menos inminente.
  • Resulta significativo también que las cargas de los barcos aparecieran completas e intactas en casi todos los casos. Por otro lado, no se ve claro por qué se iba a abandonar el buque con su cargamento si no había peligro de hundimiento; esto sería una grave negligencia por parte del capitán y su tripulación.
  • La falta de botes salvavidas es frecuente, y a veces se pudo observar que se habían arriado con bastante premura. Sin embargo, en otros casos los botes, lanchas, balsas, chalecos salvavidas u otros objetos de salvamento permanecieron en su lugar. Esto demuestra que en unas ocasiones hubo un tiempo mínimo de reacción, pero en otras todo debió ocurrir fugazmente.
  • En los casos en que se encontró el diario de a bordo nunca se constató que se hubiera dejado por escrito ninguna circunstancia especialmente anormal que justificara o insinuara una situación de peligro para el barco. Incluso en alguna ocasión (como el J. C. Coussins), la última anotación era de apenas una horas antes de producirse el hallazgo del barco sin la tripulación
  • Ya entrado el siglo XX, con la generalización de la telegrafía sin hilos y la radio, se deberían haber recibido más mensajes de aviso o socorro ante una situación de peligro, pero –aparentemente– las radios permanecieron mudas cuando se dieron dichas situaciones[11]. Es posible que un incidente súbito y de grandes dimensiones impidiera radiar ningún SOS, pero resulta inverosímil pensar que no hubiera habido tiempo de enviar un SOS en ninguno de los casos de desaparición de tripulaciones.
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La proa del derrelicto del Teignmouth Electron
  • En algunas embarcaciones relativamente modernas, en las que se encontró casi todo en buen estado y con su equipo en funcionamiento (véase el caso de Teignmouth Electron o el más reciente del Kaz II), se constató que los medios de salvamento permanecieron a bordo y la explicación oficial tuvo que concluir que los tripulantes habían caído por la borda. En el caso del Teignmouth Electron se alegó locura y suicidio de su patrón, único tripulante, pero ¿y las tres personas del Kaz II? ¿Cayeron los tres al mismo tiempo? De hecho, las familias de los desaparecidos nunca creyeron la versión oficial de un complicado accidente, alegando la reconocida experiencia de los tres tripulantes.
  • Tal vez Ivan Sanderson fuera demasiado lejos en sus especulaciones sobre las mascotas, pero no deja de ser chocante que los animales no corriesen el mismo destino que los tripulantes y fueran hallados a bordo, en muchas ocasiones aún vivos. Sólo podemos suponer que se escondieron o huyeron ante un determinado peligro o que sus amos no los pudieran subir al bote dada la urgencia del abandono del barco.
  • No consta que en ningún caso de desaparición de tripulaciones se volviese a ver a ningún tripulante vivo o muerto, ni restos de los botes, cuando se sabe que fueron arriados. Habría que suponer que estas personas nunca llegaron a la costa, o que se ahogaron, o que fueron devorados por tiburones o simplemente quisieron pasar desapercibidos (¿Lo que sucedió con el Deering?). Esta estadística es perfectamente posible y razonable, pero que no haya ninguna excepción resulta muy significativo.
  • Enlazando con este elemento, llaman la atención los casos en que los barcos embarrancaron en la costa, al no tener ya gobierno, y se pudo comprobar que toda la actividad se había parado de repente (por ejemplo, el Sea Bird, el J.C. Coussins, etc.[12]) no mucho antes de ir a la deriva. Ello implica que, dadas las buenas condiciones de tiempo y con la costa relativamente cerca para salvarse, los tripulantes no corrían grave riesgo, pero no se halló a nadie, ni vivo ni muerto.
  • En cuanto a la localización geográfica, sí es cierto que muchos de los casos registrados vienen a ubicarse más o menos en la zona atlántica conflictiva (no estrictamente el “Triángulo”), pero está claro que hay varios incidentes similares en otros mares del planeta. Tal vez la falta de estudios particulares basados en datos estadísticos impidan confirmar aún la verosimilitud de los famosos “12 vórtices” en los que se acumulan –supuestamente– un mayor número de desapariciones. De todas formas, es muy posible que exista un cierto “sesgo geográfico” debido a la gran atención mediática que ha recibido el área caribeña-atlántica.

Si juntamos ahora todas las piezas y tratamos de buscar alguna explicación sobre el abandono de los barcos, veremos que se advierte un doble escenario, como ya se ha apuntado. Por un lado, tenemos los casos en que sabemos positivamente que los botes fueron arriados, y debemos suponer que la tripulación subió a éstos. Dicha suposición se sostiene con más fuerza cuando el testimonio de los rescatadores confirma que no se hallaron a bordo los instrumentos de navegación, documentación del barco o algunas provisiones. En este contexto, podemos deducir que el barco se vio expuesto a algún tipo de peligro o amenaza inminente que obligó a tomar la decisión de dejar el buque a su suerte y buscar la salvación lejos de él. La mayoría de observaciones recogidas nos muestra que dicha acción fue realizada de forma más o menos rápida –o incluso precipitada– dejando atrás objetos personales, equipajes, dinero o a las mascotas.

Por otro lado, tenemos no pocos casos en que los medios de salvamento no fueron utilizados. Ni botes, ni balsas ni chalecos salvavidas. Ello podría indicar que el accidente en cuestión, del tipo que fuera, tuvo lugar de modo extraordinariamente súbito e impactante, no permitiendo ninguna reacción a los tripulantes. ¿Qué pasó con estas personas? ¿Fueron todas arrojadas por la borda a causa de no sabemos qué? ¿Saltaron por su propia voluntad? ¿Fueron capturadas por otra nave?

Esta última posibilidad, basada en la supuesta intervención de buques piratas, siempre ha sido contemplada como una opción muy viable, incluso en tiempos recientes, por los oficialistas. Y ciertamente, tal posibilidad se pudo dar en determinadas situaciones, pero resulta extraordinariamente forzada, vistas las evidencias en casi todos los casos: no hay señales de violencia, desorden o “saqueo”. Los cargamentos estaban en su lugar, así como equipajes, objetos de valor, etc. Lógicamente si había algo valioso en estos barcos para los piratas sería básicamente la mercancía, o al menos el propio barco. ¡Pero ambos estaban allí intactos! Sólo quedaría pensar en que –por alguna razón diabólica– los piratas, en vez de apoderarse de la carga, asesinaron a todas las personas a bordo y huyeron, lo cual sería muy poco probable. Por todo ello, esta vía de explicación queda fuertemente en entredicho. Igualmente, las hipótesis basadas en asesinatos, violencias y motines tienen su limitada eficacia, como ya hemos planteado, pues las circunstancias observadas y las pruebas recogidas invalidan este supuesto la mayoría de las veces.

Así pues, es razonable pensar que la desaparición de los tripulantes tendría una relación directa con un peligro externo indeterminado que afectó al barco en un lapso de tiempo relativamente breve. En este sentido, sigue siendo especialmente desconcertante que en la época moderna los buques en peligro no emitieran ninguna señal de socorro por radio. Se sabe que en unos poquísimos casos de pérdida de barco y tripulación se lanzó algún SOS muy breve y luego, silencio. Generalmente las últimas comunicaciones recibidas por radio denotaban una total rutina y normalidad en la navegación. La única excepción notable es lo sucedido en 1924 con el mercante japonés Raifuku Maru, que poco antes de desaparecer para siempre radió este escueto mensaje: “Corremos peligro de muerte como una daga… vengan pronto”. Lamentablemente, no se especificó en que consistía tal peligro, pero si hubiera sido un elemento meteorológico conocido (una tromba marina, una fuerte tempestad, etc.) es de suponer que se hubiera dado alguna información más concreta.[13]

Llegados a este punto, tenemos que empezar a plantear otros escenarios más anómalos, en los que nos veremos forzados a realizar comparaciones con la pérdida completa de barcos sin el más mínimo rastro. Ahora bien, aun aceptando que en ciertos mares del planeta actúen fuerzas naturales de gran potencia que pueden llevar a un barco a la ruina en cuestión de segundos, todo esto es de difícil aplicación para los barcos abandonados. En pocos casos, de hecho, se encontró el barco en mal estado, tal vez deteriorado por elementos naturales[14]. Lo habitual, como ya hemos expuesto, es que los mayores desperfectos se aprecien en el aparejo y poco más. ¿Qué clase de desastre natural provoca el abandono del barco, cuando éste está aún en buenas condiciones para navegar?

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El famoso “best-seller” de C. Berlitz

Asimismo, podríamos recurrir a las ya citadas aberraciones electromagnéticas y otros fenómenos asociados que parecen afectar a la pérdida de buques, por lo menos en el Triángulo de las Bermudas. A estas alturas, no se puede negar que tales fenómenos existen, pues algunos aviadores y marinos los han vivido y se han visto en situación muy apurada. Berlitz llamó a estas personas “los que escaparon”. Los casos marítimos más conocidos son los protagonizados por el capitán Joe Talley y su barco pesquero Wild Goose y por el capitán Don Henry, del remolcador Good News. En ambos sucesos hubo grave riesgo de perder las naves[15] y se constató que –aparte de las consabidas anomalías electromagnéticas– actuaban unas extrañas fuerzas muy potentes que “arrastraban” los barcos hacia el fondo. Pero, una vez más, nada de esto puede aplicarse a los barcos abandonadoss, por lo menos en lo que se refiere a esta especie de efecto succión observado. Sólo podemos suponer, como mera conjetura, que quizás estos barcos hallados sin tripulación sufrieron alteraciones que inutilizaron su radio, brújulas, baterías u otros instrumentos electrónicos, dejando aparte las brumas eléctricas u otros fenómenos que hubieran podido asustar tal vez a los marinos del siglo XIX. Hasta qué punto estos fenómenos pudieron haber influido decisivamente en los tripulantes para que abandonaran rápidamente el barco también entra en el terreno de la especulación, así como por qué nunca llegó nadie a tierra o fue hallado en el mar por los equipos de rescate.

Finalmente, si exploramos los ámbitos tal vez más audaces, nos quedan dos teorías por evaluar: la de las distorsiones espacio-temporales y la de los asaltos por parte de naves submarinas desconocidas. Sobre la primera, varios autores no tienen duda de que tales distorsiones, en directa conexión con la fenomenología electromagnética, son la explicación más plausible para la desaparición completa de barcos y aviones. Así, tanto en superficie como en el aire, se activarían unos mecanismos gravitacionales que llevarían al objeto a otro punto en el espacio-tiempo, quizá a otra dimensión o a otro universo. Dicho de otro modo, en determinados puntos de la Tierra existirían unas puertas dimensionales de un solo sentido por las cuales se esfumarían las naves sin dejar, lógicamente, el más mínimo rastro físico en nuestra dimensión.

No obstante, aquí surgen nuevamente las objeciones al hablar de barcos abandonados, pues está claro que pese a “ir juntos”, sólo desaparecen las personas y no los barcos, lo cual parece un poco extraño para ser un fenómeno estrictamente natural. De ahí que los investigadores más osados vieran en esta selectividad un rasgo intencionado y hablaran abiertamente de raptos o abducciones por parte de seres inteligentes (¿extraterrestres?) con fines insospechados. En cualquier caso el conjunto de esta teoría no es capaz de explicar por qué en unos pocos casos los supuestos secuestradores dejan el barco a la deriva sin tripulación o por qué actúan sobre unos barcos y no otros, y sobre todo cómo actúan. Y dado que nadie ha vuelto para explicar lo sucedido, esta propuesta se queda en el habitual campo especulativo en el que habitan tantas cuestiones relacionadas con la ufología.

Otra variante de esta propuesta sería la que hemos esbozado según la cual, la propia psique humana sería el factor desencadenante –o al menos necesario– del fenómeno al interaccionar con poderosas fuerzas naturales o cósmicas igualmente conscientes. Ello podría explicar hasta cierto punto el carácter selectivo del fenómeno y por qué afecta únicamente a humanos, en un tiempo y un espacio concretos. Lo cierto es que este terreno es realmente complicado y se debería estudiar a otro nivel que hasta ahora permanece prácticamente inexplorado. Por de pronto, tal vez sería útil llevar a cabo un trabajo estadístico en toda regla para intentar al menos hallar algunos patrones de comportamiento del fenómeno, a fin de sacarlo de su ámbito aleatorio y fatalista y enmarcarlo en una conducta “consciente”, si es que hay tal.

Con respecto a la teoría de las naves submarinas, los relatos recogidos en el libro de Patrice Gaston nos hablan de una posible relación entre la visión de estas naves misteriosas y la desaparición de barcos o tripulaciones[16]. Gaston se refiere en particular a las marcas de un posible abordaje sobre el casco del Mary Celeste, y a diversos desperfectos en otros barcos como mástiles rotos, velas desgarradas, boquetes en el casco, etc. pero bien es cierto que en otros muchos casos no se pudo apreciar ninguna clara señal de incidente o asalto[17]. No obstante, con una gran dosis de imaginación, podríamos considerar la existencia de una enorme nave capaz de tragarse otra más pequeña, algo similar a lo que se veía en una película de la saga James Bond. En este caso, los tripulantes también serían secuestrados y luego el barco se dejaría abandonado a la deriva. En fin, tendríamos un panorama quizá un poco más elaborado que el anterior, con la presencia de una desconocida civilización submarina, y pocos comentarios más pueden añadirse a lo ya dicho.

Y ya llegando a las conclusiones finales, quizá deberíamos ir olvidando la inevitable sombra de las Bermudas y su triángulo, y considerar que estamos ante una serie de casos de desaparición de personas en unas circunstancias determinadas. Este es el momento en que debemos recordar que existe una casuística ya antigua, enorme y aún más compleja de desaparición de personas en tierra en las más variadas situaciones: desde individuos solos, grupos o familias, hasta comunidades enteras o unidades militares. En muchos de estos casos las evidencias y testimonios podrían entrar sin duda en el terreno de lo paranormal, a falta de explicaciones racionales científicas: una persona que camina con otras por un bosque y de repente se esfuma, un hombre que de pronto sale volando en medio de una ciudad y se pierde en el cielo, un regimiento que desaparece durante un ataque entre una espesa nube (y no por obra de las balas enemigas), familias que bajan del coche y se volatilizan tras dar unos pasos, un poblado esquimal abandonado súbitamente pero dejando allí todos los objetos valiosos y pertenencias…[18]

Sea como fuere, bastantes expertos e investigadores llevan décadas estudiando el tema de las desapariciones marítimas, recopilando bibliografía, consultando archivos y documentos, viajando a los lugares, entrevistando a testigos, etc. y no han podido obtener conclusiones firmes en la mayoría de los casos de barcos abandonados sin rastro de la tripulación. En suma, pese a todos los esfuerzos, el enigma de los barcos abandonados sigue ahí, esperando a que algún día tengamos las claves científicas y las pruebas que nos permitan saber a dónde fueron a parar tantas personas que vieron interrumpido su viaje para siempre… por lo menos en este mundo.

© Xavier Bartlett 2015

Fuentes y referencias

BERLITZ, C. El Triángulo de las Bermudas. Ed. Pomaire. Barcelona, 1975.

EBON, M. El enigma del Triángulo de las Bermudas. Ed. Aura. Barcelona, 1977.

GASTON, P. Desapariciones misteriosas. Ed. Plaza &Janés. Barcelona, 1978.

KUSCHE, L. D. El misterio del Triángulo de las Bermudas. Ed. Sagitario. Barcelona, 1977

http://www.cibernautica.com.ar/relatos/maryceleste

https://en.wikipedia.org/wiki/Ghost_ship

http://bermudatrianglecentral.blogspot.com

http://www.bermuda-triangle.org

Mary Celeste Hit by Seaquake Shock Waves

[1] Esta afirmación oficial no se ajusta a la verdad científica y pese a ello se mantuvo durante mucho tiempo, aunque finalmente fue rectificada hace unos pocos años.

[2] Estas teorías se han aplicado en particular a casos de desaparición de grandes mercantes, como el Cyclops (en 1918) o el Marine Sulphur Queen (en 1963).

[3] Existe una muy escasa pero significativa casuística de tripulantes de aviones y barcos que, al menos en el Triángulo de las Bermudas, experimentaron fenómenos extraños que hicieron peligrar la integridad de la nave o aparato, pero que lograron superar la situación crítica y explicar luego lo ocurrido.

[4] Sanderson añadió los dos polos a esta distribución, con lo cual tendríamos doce zonas.

[5] En el caso de los aviones, es bien sabido que en muchos casos los viajes se han acortado inexplicablemente o que algunos aparatos han desaparecido temporalmente de los radares.

[6] Fuente: http://www.bermuda-triangle.org/the_triangle_machine_.html

[7] BERLITZ, C. El Triángulo de las Bermudas. Ed. Pomaire. Barcelona, 1975. p. 270

[8] El referente más directo sería el buque Scotia, que –una vez examinado por los ingenieros en el dique seco– presentaba un boquete regular en forma de triángulo isósceles por debajo de la línea de flotación.

[9] En el primer caso, se captaron unas extrañas transmisiones de radio con el nombre del avión días después de haber desaparecido. En el segundo caso, un año después de haberse esfumado ante varios testigos, la familia del granjero oyó durante tres días su voz pidiendo socorro en el mismo punto donde había sido visto por última vez. En ambas situaciones, las personas rondarían el mismo espacio pero en un tiempo diferido.

[10] Las narraciones sobre pipas aún calientes seguramente son más fantasía que otra cosa, pero los hombres de mar saben que muy raramente un tripulante abandonaría el buque sin llevarse su apreciada pipa, sobre todo en el siglo XIX.

[11] En la desaparición completa de barcos y aviones se dio esta misma circunstancia, con contadísimas excepciones.

[12] Desde luego, hay que aceptar aquí que los detalles observados por los rescatadores, aunque deformados o exagerados, eran básicamente veraces. Otra opción sería considerar que el barco llevaba ya muchas horas (incluso más de un día) en esas mismas condiciones, y que los indicios fueron mal interpretados como “muy recientes”.

[13] En honor a la verdad, este suceso (extraído de la casuística más tópica del Triángulo de las Bermudas) resulta un poco confuso, porque otras informaciones hablan de que el “peligro como una daga” era en realidad una tremenda tempestad que habría provocado el hundimiento del barco, hecho que al parecer pudo ser presenciado por otro barco, el RMS Homeric que –tras haber captado el mensaje del buque japonés– había acudido al rescate, aunque no pudo recoger a ningún superviviente. Tampoco la fecha está clara, pues otras fuentes hablan de 1921 ó 1925.

[14] Por supuesto, también existe la posibilidad de que el abandono del barco se hubiera producido antes de que la nave sufriera los daños, que se habrían originado después, estando ya a la deriva. Esta circunstancia es sólo un supuesto hipotético, pero debe tenerse en cuenta.

[15] En el caso del Good News, en realidad se trató de la enorme gabarra que remolcaba.

[16] Como prueba adicional, el autor cita que en 1939 un barco, identificado como PECC, pudo radiar un mensaje en el que declaraba estar siendo atacado por un submarino desconocido al sur de las Azores. Dos barcos fueron a socorrer a este buque pero no encontraron nada.

[17] De todas formas, puede ser significativo el hallazgo en 2007 del yate Tranquility, abandonado a la deriva cerca de la costa de Florida. Este barco presentaba la barandilla rota, al igual que el Mary Celeste.

[18] Todos estos ejemplos son reales y están documentados; algunos fueron objeto de extensas investigaciones que no llegaron a ningún resultado.

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3 thoughts on “El fenómeno de los barcos abandonados (2ª parte)

  1. Lo que está claro es que no hay nada claro, jeje.
    Ninguna hipótesis creo que se pueda aplicar a todos los casos. Para mi que las desapariciones sean de varias personas a la vez es lo que más dificulta su explicación, junto a la no desaparición de mascotas u objetos personales. Pero sigo pensando que solo son una parte, la más extraña quizás, del resto de desapariciones (inexplicables) que suceden a diario en todo el mundo.
    Creo recordar que en solo en España son dos diarias de media.

    Saludos.

    1. En efecto, el fenómeno es mucho más grande, y si descontamos las desapariciones voluntarias (por motivos personales, por huir de la justicia, etc.) nos queda saber qué pasó con la gente que no quería “desaparecer”. Puede haber explicaciones razonables, otras más rebuscadas, y finalmente un alto porcentaje que entraría en el terreno de lo paranormal. Y mejor no hablar de otros temas más siniestros y criminales… pero en el programa de Mitoa Campos (el Vórtice) se habló abiertamente de esto, referido en particular a niños y adolescentes.

      Saludos,
      X.

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