Contaminación electromagnética: la amenaza invisible

torres_electricasEl avance de esto que llamamos “civilización” ha ido imponiendo ya desde el siglo XIX la presencia de la energía eléctrica como símbolo de progreso, absolutamente indispensable para la vida cotidiana de la mayor parte de la Humanidad, sobre todo en los países más industrializados. De este modo, hemos llegado a inicios del siglo XXI con una cantidad ingente de artefactos y objetos que forman parte de las sociedades desarrolladas y que se han vuelto prácticamente imprescindibles para el hombre moderno: líneas de alta tensión, transformadores, electrodomésticos, antenas, ordenadores, teléfonos móviles, sistemas wi-fi, etc. Así, podemos decir sin exagerar demasiado que si los recién nacidos del pasado venían al mundo con “un pan bajo el brazo”, hoy en día vienen con “un teléfono móvil pegado a la oreja”.

Al ciudadano medio toda esta tecnología –que usa extensamente pero que apenas comprende en términos científicos– le parece perfectamente saludable, utilísima y positiva, a diferencia de otras tecnologías o fuentes de energía que están en la picota de los principales movimientos ecologistas y de las políticas “sostenibles” de los grandes organismos internacionales. Lo que ocurre es que mientras que ciertas formas de contaminación o agresión al medio ambiente son bien visibles o perceptibles por nuestros sentidos, los efectos de los poderosos campos electromagnéticos artificiales no pueden ser captados directamente por los sentidos. Y aquí es donde empiezan los problemas, puesto que las radiaciones electromagnéticas provocadas por toda esta parafernalia de modernidad no son ni mucho menos inocuas para los seres vivos, y por supuesto, tampoco para el ser humano.

Así pues, desde finales del siglo XX muchos investigadores y científicos han dado la voz de alerta sobre esta cuestión hasta al punto de hablar abiertamente de una creciente y dañina contaminación electromagnética en nuestro entorno. Este tipo de contaminación, que está marcada por la constante exposición a numerosos campos electromagnéticos artificiales, impacta en toda la población de forma arbitraria y en casi todo el territorio (aunque más especialmente en las grandes zonas urbanas) y no distingue entre espacios públicos y privados, pues la tenemos en el lugar de trabajo, en la vivienda habitual, en las calles, en los hospitales, en las escuelas, en los parques…

Por tanto, es preciso difundir la información adecuada –aunque sea a un nivel elemental– sobre los riesgos de este crecimiento desorbitado de los focos de radiación electromagnética que, por su efecto acumulativo, comportan serias consecuencias sobre la salud humana, que van desde trastornos del sueño, nerviosismo, cansancio, depresiones, etc. hasta afecciones más graves, incluyendo procesos cancerígenos (sobre todo, leucemias). Hoy en día la ciencia ya ha aportado inequívocas pruebas de que determinados campos –particularmente los de baja frecuencia, radiofrecuencia y microondas– afectan de manera importante a los humanos, con alteraciones que llegan a nivel celular y genético.

Y aunque es cierto que las autoridades políticas han creado legislaciones y normativas para controlar los riesgos de este fenómeno, parece que tales medidas todavía están lejos de salvaguardar la salud pública de forma efectiva. Como asegura Raúl de la Rosa, pionero en España en la investigación de esta contaminación, “las leyes sobre campos electromagnéticos aprobadas por parte del gobierno en 2001 no protegen la salud de la población.” No obstante, en los últimos tiempos se aprecia una creciente concienciación en la ciudadanía ante este problema, si bien está claro que son los directamente afectados (por ejemplo, por las instalación de unas antenas de telefonía móvil) los que no quieren “pagar el pato” de la expansión de las nuevas tecnologías a costa de su salud personal.

Y así pues, ante un supuesto progreso y un mundo lleno de comodidades y divertimentos, parece ser que planea una amenaza invisible, que debería ser tenida muy en cuenta, sin alarmismos ni catastrofismos, pero sí con la firmeza de que no todo vale, de que la tecnología no puede ser “contra el ser humano”, porque una vida más compleja o sofisticada no es en modo alguno una vida más saludable o más feliz.

Finalmente, para ilustrar esta cuestión desde una opinión científica fundamentada, adjunto seguidamente un artículo aparecido en la revista digital Dogmacero n.º 5 (2013) a cargo de dos profesionales de la salud. En este documento se plantea la existencia real del problema y se argumenta su gravedad con datos y pruebas. Asimismo, aconsejo el visionado de la entrevista al científico sueco Olle Johansson, especialista de talla mundial en este campo, por parte de la periodista independiente Alish.

Campos electro-magnéticos y salud: estado actual

La exposición actual a los campos magnéticos bajo diversas fuentes de energía interesa no solo a los profesionales sino cada vez más a una gran parte de la población preocupada por conocer sus posibles efectos sobre su salud.

Esta nueva exposición no puede ni debe compararse con la sufrida hasta ahora y debida fundamentalmente al campo magnético de la tierra que es de origen estático e inocuo para nuestro organismo, por no proceder de cargas en movimiento (electricidad).

Además, la corriente utilizada generalmente por la industria es alterna en vez de continua con lo que el nivel de percepción o intensidad mínima de corriente que el ser humano es capaz de detectar es menor. Este valor es muy subjetivo, oscilando entre 10 microamperios (que daría lugar a un CM de 0,5 microteslas) y 0,5 miliamperios para alterna y entre 2 y 10 mA para continua. Además, es importante mencionar que desafortunadamente los umbrales más bajos de percepción se dan precisamente para las frecuencias de las líneas industriales (50-60 Hz).

Sin embargo, los límites de exposición recomendados por la OMS/NHMRC en un principio se establecieron en función de los efectos inmediatos que sobre la salud pudieran inducir CE o CM externos. Estos límites se corresponden con las densidades de corriente que están generalmente en el límite de los CEM generados por nuestro propio organismo por encima de 10 miliamperios. Según este criterio, se establece en 0,5 militeslas el umbral de afectación que correspondería con una intensidad de corriente entre 1 y 10 miliamperios. Sin embargo, si tuviéramos que utilizar el concepto de nivel de percepción mínimo tendríamos que adoptar un criterio 1.000 veces menor de umbral tolerable y admitir como 0,5 microteslas el valor de CM como valor de exposición aceptable, al menos para personas de máxima sensibilidad. Pero ¿cuál sería el nivel aceptable de tolerancia para un individuo en gestación, o en niños o en adolescentes? Por desgracia, mientras se protege laboralmente y socialmente a la mujer embarazada de las radiaciones ionizantes (Rayos X…) no sucede lo mismo con las no ionizantes. Multitud de utensilios profesionales y domésticos generan importantes CM a su alrededor. Desde un secador de pelo hasta un aparato de magnetoterapia pueden asociar un CM que exceden los 100 uT y cuya efecto teratogénico (riesgo para el feto) ha sido valorado en algunos estudios. Así, Juutilainen et al. (1993) llegaron a la conclusión de que las mujeres expuestas a CM de origen doméstico durante su gestación con intensidades superiores a 0.63 uT tenían más riesgo de aborto que aquellas mujeres expuestas a un CM inferior a 0.13 uT.

Previamente, Delgado et al. (1983) describieron como se detenía la embriogénesis de un embrión de pollo cuando se le exponía a un CM de 1 uT de 100Hz de frecuencia doméstico. En resumen, niveles poco significativos para algunos pueden ser determinantes para otros. Por ejemplo, los estudios de Green et al. (1999) establecen una mayor asociación entre CM y riesgo de leucemia en función de la edad. De esta forma, los más jóvenes serían en principio más vulnerables.

movilAdemás, la falta de sintomatología propia que pueda relacionar la exposición a CM con una enfermedad específica hace que el diagnóstico por parte del clínico sea más complicado, sobretodo si por desconocimiento no puede lógicamente llegar a pensar en tal posibilidad. Por ejemplo, desde 1966 se conoce la existencia de la enfermedad de las radiofrecuencias o síndrome de los microondas a partir de la aparición de unos síntomas en trabajadores de bases militares expuestos crónicamente a hiperfrecuencias que son la base de la telefonía móvil actual. Dichos síntomas son comunes a cualquier otra alteración funcional debida a múltiples causas y solo la aparición de estos signos en una población determinada y médico-laboralmente controlada pudo orientar eficazmente su causalidad. Sin embargo, esta dolencia distribuida en el conjunto de la población y debida a cualquier fuente de radiación EM es difícilmente identificable no solo por el sujeto afectado sino por su médico desconocedor de esta nueva sindromología.

Diversas hipótesis apuntan sobre la glándula pineal como una de las explicaciones más plausibles. Se conoce que la exposición crónica puede alterar la liberación de su hormona melatonina responsable de los ritmos biológicos a nivel de sistemas u órganos como el cerebro, corazón, endocrino…, inhibición de la peroxidación favorecedora del envejecimiento… e incluso activación del gen supresor de las formación de tumores. Por lo tanto, una disminución de la melatonina puede jugar a corto y largo plazo un papel crucial en la aparición de enfermedades neurológicas, cardiológicas, inmunológicas o mayor vulnerabilidad frente a los agentes infecciosos además de favorecer la aparición de tumores. Por ejemplo, recientemente la revista Journal of Sleep Research publicaba un trabajo realizado en humanos demostrando que la hormona melatonina, producida por la glándula pineal, disminuía cuando se conectaba una fuente de radiación de un microtesla y se recuperaba cuando ésta se apagaba. El experimento de por sí concluyente no lo hubiera sido tanto si esto no hubiera sido correlacionado con una disminución objetiva mediante EEG de la calidad del sueño de los sujetos sometidos a la radiación EM.

Por otro lado, desde los trabajos de Wertheimer y Leeper se baraja la posible asociación entre la exposición crónica a los CEM y diversas enfermedades como por ejemplo el cáncer.

Los trabajos del Instituto Karolinska de Estocolmo (Suecia) han puesto de manifiesto que existe un riesgo de contraer leucemia cuando el CM al que están sometidos crónicamente los niños supera los 0.2 microteslas. Riesgo que aumenta a medida que lo hace la magnitud del CM. De esta forma, se puede hablar de asociación o riesgo moderado en el caso de 0.2 microteslas y de elevado cuando sobrepasa los 0.3 microteslas.

Este estudio, publicado en el American Journal of Epidemiology en Octubre de 1993, realiza cuatro medidas del CM (de cinco minutos cada una), no sólo donde vivía cuando se diagnosticó su leucemia sino en todas las viviendas anteriores de tal forma que obtiene un promedio de CM medio de exposición. Sin embargo, otros estudios famosos como el de Martha Linet publicado en el New England Journal of Medicine no tuvo en cuenta exposiciones anteriores a los cinco años desde el diagnóstico de la enfermedad basándose en que no existe evidencia de que una baja CM pueda inducir efectos genotóxicos. Es decir, que como no hay datos de que estos bajos CM produzcan daños en el genoma es improbable para estos autores afirmar que un niño expuesto a los CM sólo en su infancia pueda sufrir un cáncer con posterioridad.

Pero lo que más nos llama la atención es que este artículo utilizado como exponente de la negatividad de relación entre CM y cáncer no es totalmente rotundo en esa aseveración. Así, admite que no puede excluir la posibilidad de riesgo, aunque habla de pequeño cuando el valor del C pueda exceder los 0,5 microteslas (página 6, primer párrafo).

antenasEn resumen, y solo con respecto a las leucemias en niños, existen al menos 11 trabajos que asocian estadísticamente la exposición crónica a CM y dichos cánceres mientras que otros seis –si incluimos el de Linet– no encuentran esa clara asociación. Una explicación plausible viene dada por Green y colaboradores en un artículo publicado en la revista Cancer Causes and Control en 1999 donde evidencia que posiblemente la disparidad encontrada puede deberse a aspectos metodológicos. Así, observa que cuando se realizan medidas continuas del CM con un dispositivo capaz de medir la magnitud del CM colocado permanentemente en el niño los resultados evidencian una mayor asociación entre exposición a CM y leucemia que cuando se efectúan medidas puntuales. Y además la evidencia es más constatable para CM superiores a 0,3 microteslas. De aquí que se podría deducir que si los trabajos anteriores hubieran utilizado este dispositivo de medida la asociación hubiera sido probablemente más evidente.

En suma, creemos que las recomendaciones de los organismos tales como el NIEHS y la OMS de extremar la precaución no están encontrando el respaldo de la sociedad en su conjunto, desde los propios afectados hasta los organismos competentes. Solo los muy avezados conocen que hay que alejarse lo más posible de los CM, ya sean líneas o fuentes de emisión como móviles, pantallas de TV, ordenadores, transformadores…

Además, la industria y por desgracia algunos centros públicos pero con vinculación privada emiten constantemente comunicados que tachan incluso de irracionales o alarmistas las noticias que alertan de la necesidad de tomar adecuadas medidas de precaución. En este caos de mentidos y desmentidos, de falta de más estudios epidemiológicos y de rumores e histerismos nos movemos en la actualidad. Esta situación favorece aún más la alarma social, llegándose a producir situaciones extremas y encontradas entre los partidarios de ambos planteamientos.

© C. Gómez-Perretta y M. Portolés Sanz
Centro de Investigación, Hospital Universitario LA FE (Valencia)

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2 thoughts on “Contaminación electromagnética: la amenaza invisible

  1. Pero es que tenemos tanta contaminación de tantos tipos, tantos tóxicos y hasta una vida tan poco saludable que es difícil poder echar la culpa a algo concreto. Por supuesto habrá personas más sensibles a unos venenos que otras pero a día de hoy, casi todo es perjudicial en nuestro mundo y por mucho que intentemos protegernos, parece que eso es casi imposible. podemos comprar alimentos “ecológicos”, quitar el wifi, no usar tlf. móvil, comprar ropa de fibras naturales, etc. pero seguiremos en un mundo fumigado por extraños aviones, contaminado por centrales nucleares, irradiados por miles de antenas que prácticamente cubren el planeta, respirando aire enrarecido, drogados por la industria farmacéutica, y un sin fin de trampas de las que ni somos conscientes.
    -No es derrotismo, es solo realismo, pero hay que seguir intentando oponerse a “el progreso”

    Saludos.

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