El extraño Starchild: ¿rareza biológica o ser híbrido?

Recientemente publiqué en este blog un amplio artículo sobre un diminuto ser humanoide conocido, entre otros nombres, por ATA, SADA o simplemente Ser de Atacama. En aquel caso vimos que –pese a los muchos estudios científicos realizados sobre el espécimen– todavía no se ha podido dilucidar con certeza qué clase de entidad es, aunque la ciencia convencional ha preferido despachar el asunto afirmando que es un simple feto humano, tal vez aquejado de ciertas malformaciones o peculiaridades.

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Vista frontal del cráneo del Starchild

La historia que presento a continuación estaría en una línea muy parecida, con un ejemplar de ser humano (o humanoide) ciertamente anómalo y que ha sido objeto de múltiples pruebas y análisis, principalmente gracias al empeño del fallecido investigador alternativo estadounidense Lloyd Pye (1946-2013), licenciado en Psicología, que dedicó mucho tiempo y recursos al estudio de este extraño ser llamado Starchild (“Niño de las estrellas”). Pero empecemos por el principio.

Hacia 1930 una joven norteamericana que visitaba una zona desértica del estado de Chihuahua (México) halló en una mina abandonada dos esqueletos en relativo buen estado, y decidió llevárselos como “trofeo”. Sin embargo, para no incomodar a los pobladores de la zona, prefirió esconder temporalmente los huesos junto a un arroyo, para recogerlos más adelante. Desafortunadamente para ella, las aguas se llevaron los restos óseos y sólo pudo recuperar los cráneos. Poco después la joven volvió a su país y de este modo ambos cráneos fueron a parar a su casa, en El Paso (Texas, EE UU), donde los guardó como una especie de souvenir. Con el transcurso de los años, los cráneos quedaron olvidados y a la muerte de su propietaria fueron heredados por Ray y Melanie Young, de esta misma localidad texana.

Esta pareja quedó muy sorprendida por el aspecto de uno de los cráneos, que presentaba importantes deformidades, aparte de que le faltaba la mandíbula inferior. Y dado que ellos pertenecían a la asociación ufológica MUFON[1], pensaron que quizás estaban ante algún tipo de “ser extraterrestre”. Así pues, a inicios de 1999 algunos colegas de MUFON les aconsejaron que hablaran con el investigador independiente Lloyd Pye, un seguidor de las propuestas intervencionistas de Zecharia Sitchin sobre el origen del hombre, totalmente opuestas a la teoría de la evolución[2]. Cabe remarcar que Pye era específicamente un estudioso de los homínidos primitivos, incluidos algunos no reconocidos por la ciencia como el bigfoot, el yeti, etc.[3]

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Lloyd Pye con el cráneo del Starchild

En febrero de 1999 tuvo lugar el primer encuentro entre Pye y los Young, y en esta reunión los propietarios le pidieron a Pye que emprendiera una investigación para establecer qué clase de criatura era el cráneo deforme, al cual se le asignó el nombre de Starchild. De esta manera nació el Starchild Project, liderado por el propio Pye con la colaboración de varios expertos, y que sigue en activo más allá de la muerte de Pye en 2013. Durante todo este periodo, la calavera ha sido examinada por muchos expertos y sometida a diversas pruebas para determinar su naturaleza pero sobre todo para establecer si las malformaciones habituales conocidas por la ciencia podían explicar los rasgos extraordinariamente anómalos del individuo, o bien se tenía que recurrir a otras hipótesis más “heterodoxas”. En este sentido, Lloyd Pye estuvo convencido desde el principio de que este espécimen no era humano o bien que no era humano al 100%, lo cual nos llevaría directamente al ámbito de una supuesta hibridación.

Las primeras pruebas realizadas (sobre ambos cráneos) fueron una radiografías, que ya mostraron algunos datos muy relevantes. Por de pronto, se puedo apreciar que el cráneo “normal” pertenecía a una mujer adulta de talla baja, mientras que el otro parecía ser de un niño de unos 5-6 años[4] según una inspección dental preliminar. Pero el cráneo del Starchild presentaba algunas particularidades muy notables, como éstas:

  • Carecía de senos frontales y de arcos supraciliares, lo cual es muy raro en la morfología humana.
  • La parte posterior del cráneo estaba muy aplanada y carecía del hueso inion.
  • Se observaba una especie de arruga a lo largo de su sutura sagital que no es propia de los humanos.
  • La capacidad craneal era de unos 1.600 cm.3, unos 200 cm.3 más que la capacidad media de un adulto[5].
  • Las cuencas de los ojos tenían la mitad de profundidad que en los cráneos normales.
  • El foramen magnum (donde la columna vertebral encaja con el cráneo) se encontraba desplazado, casi en el centro de la base, respecto a su posición habitual. Así, el punto de equilibrio del cráneo se situaba directamente sobre su masa corporal mientras que en los humanos está descentrado.
  • Su cuello, de formada ovalada, tenía la mitad del tamaño y volumen de un cuello humano normal.
  • Sus oídos internos eran del doble de tamaño de los normales y la posición de los agujeros de las orejas difería de lo habitual (más hacia delante y hacia abajo).
  • La zona ósea de sujeción de los músculos masticadores era la mitad de lo normal en los humanos.
  • La parte inferior de su cara sería muy pequeña y estrecha y posiblemente tendría una diminuta lengua, dando una imagen de niño pequeño.
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Vista de perfil del cráneo del Starchild

Cabe apuntar que todos estos datos fueron corroborados por especialistas en medicina, anatomía o biología, siendo el doctor Ted Robinson (renombrado cirujano craneofacial) el más implicado en una investigación rigurosa e imparcial. Asimismo, a fin de datar los restos, se efectuaron unos análisis de carbono-14 que confirmaron que ambos individuos habían muerto hacía unos 900 años. No obstante, los análisis posteriores iban a revelar nuevas sorpresas. A partir de una muestra de hueso extraída de la parte superior del cráneo, se pudo confirmar que:

  • El hueso presentaba la mitad de grosor –y mitad de peso– que el de un cráneo normal, y sin embargo tenía una resistencia o solidez dos o tres veces superior; de hecho, resultó especialmente difícil cortar el hueso con los instrumentos habituales. Esto se debía básicamente, tal como se pudo comprobar, a que la composición del hueso contenía mucho más oxígeno y carbono (y menos calcio y fósforo) que el hueso humano normal. De este modo el hueso del Starchild se parecería más a lo que sería el colágeno compactado de nuestro esmalte dental.
  • En el interior del hueso se hallaron una fibras de gran resistencia entrelazadas con el núcleo del hueso, así como unos residuos rojizos indeterminados en unas cavidades esponjosas. Estas fibras, según Pye, no se hallan en ningún animal de nuestro planeta.

Con todo, quedaban algunas dudas sobre la edad del Starchild en el momento de su fallecimiento, y la investigación sobre los dientes dio un giro importante al comprobarse la existencia de unas líneas de desgaste en el esmalte dental que apuntarían a que el espécimen era adulto o al menos adolescente. Además, al extraer un diente para su estudio, se pudo observar que las raíces estaban sólidamente formadas, lo que no es propio de los niños.

Finalmente, cabe citar los estudios más avanzados, que se centraron en analizar el ADN del espécimen, lo que sería una prueba bastante representativa de cara a identificarlo –o no– como Homo sapiens. Los primeros análisis de ADN, efectuados en Canadá, resultaron confusos y erróneos, sobre todo por contaminación de las muestras, y apenas pudieron acreditar que el espécimen era un humano “normal” y que era de sexo masculino[6]. Luego, los siguientes análisis, realizados en 2003, demostraron que el ADN se había preservado relativamente después de 900 años y que la madre era una típica nativa amerindia, aunque no fue posible establecer el origen del padre. Así, el ADN mitocondrial, sólo heredado de la madre, pudo ser fácilmente recuperado e identificado, probando que el individuo no era ningún extraterrestre gris, sino que al menos tenía un componente indiscutiblemente humano, si bien ello no cerraba las puertas a la hipótesis de la hibridación.

Más adelante se volvieron a efectuar nuevos análisis de ADN (en 2010, 2011, 2012 y 2014), aplicando las técnicas más modernas disponibles. En los de 2010 se pudo recuperar una cantidad substancial de ADN nuclear (ADN heredado tanto del padre como de la madre). El experto genetista aseguró que parte de ese ADN nuclear provenía de un ser humano, pero sobre la otra parte analizada no halló ninguna correlación con cualquier ADN conocido en las bases de datos existentes[7]. Normalmente este resultado negativo se atribuye a fallos de procedimiento, pero el experto verificó los métodos y procesos empleados y no encontró error alguno. Los más recientes análisis han identificado un fragmento de un gen (FOXP2) en el Starchild que presenta hasta 56 posiciones distintas respecto a lo habitual en una cadena de ADN humano. Dicho fragmento es idéntico en todos los humanos y sólo difiere en una posición con respecto a los simios, lo que indicaría una anormalidad del todo fuera de lo común.

¿Y que dice el estamento académico a todo esto? Frente a la posición de Pye, la opinión de la ciencia ortodoxa es que se trata de un niño de pocos años afectado de alguna enfermedad congénita como la hidrocefalia, la braquiocefalia, o la progeria, que producen notables malformaciones craneales[8]. Por otro lado, también se baraja la hipótesis de que el individuo fuera sometido a una deformación artificial del cráneo, como los famosos alargamientos rituales realizados con tablillas. Pye rechazó todos estos argumentos y para ello contó con la aportación unos pocos científicos valientes que no quisieron plegarse a los prejuicios sino a las pruebas observables.

En cuanto a la primera explicación, Pye aducía que los individuos aquejados de hidrocefalia desarrollan un abombamiento del cráneo pero no presentan las múltiples anomalías identificadas en el Starchild. Además, añadía que un cráneo sometido a presión interna no produciría una arruga en la sutura sagital, a menos que esta se hubiera cerrado prematuramente, cosa que el escáner TAC no demostró. Sobre la progeria, los argumentos de Pye son similares, que hace notar que esta enfermedad hace envejecer y debilitar de forma extraordinaria a los niños, lo que choca con la robustez del Starchild.

En lo referente a la deformación artificial, Pye descartaba esta posibilidad por dos motivos. En primer lugar, el hueso mostraba circumvoluciones naturales en la parte más achatada del cráneo, lo que no hubiera ocurrido de haber sido sometido a la presión de las tablillas. En segundo lugar, el ángulo al que habría sido sometido el cráneo entablillado hubiera provocado el ahogo del niño por la presión del mentón contra la tráquea.

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Reconstrucción del rostro del Starchild

Pero ahí no acaba todo. Durante sus investigaciones, Pye entró en contacto con Paula Gunn-Allen, una experta antropóloga, conocedora de las leyendas y mitos de muchas culturas nativas americanas, que le aportó una asombrosa información. Según Gunn-Allen, existían bastantes tradiciones orales que hablaban de unos “seres de las estrellas”, los cuales –a lo largo de muchos siglos– habían estado fecundando a las mujeres nativas para obtener niños híbridos. Estos niños eran criados en la comunidad hasta que los seres de las estrellas volvían para recogerlos, cuando habían llegado a una edad comprendida entre los 5 y los 8 años. Posteriormente, Pye profundizó en esta temática y comprobó que existían casos muy similares en la típica casuística ovni moderna. En estos casos, los testigos afirmaban haber visto niños híbridos (una especie de mezcla entre humano y alienígena gris) que mostrarían un aspecto no muy diferente del que habría tenido el Starchild.

Concluyendo, para Lloyd Pye la solución a este enigma pasaba por contemplar la posibilidad real de hibridación, pero no mediante una unión física directa de los dos individuos sino muy probablemente a través de alguna ingeniería genética que hubiera permitido realizar un ser “a medida”; incluso no descartaba la posibilidad de que la madre humana fuese sólo portadora de un óvulo de otra mujer fecundado por su compañero masculino. En este caso, ambos padres serían “no humanos” mientras que el ADN mitocondrial inequívocamente humano mostraría la participación forzosa de una mujer humana, una especie de madre de alquiler. De este modo, el niño resultante tendría trazas genéticas de tres personas. Todo esto era para Pye muy viable, ya que consideraba que el hombre actual también podría haber sido fruto de una intervención genética artificial, modificando –por ejemplo– el número de cromosomas humanos[9].

En cualquier caso, Pye lanzaba la inquietante pregunta de cómo iba a explicar la ciencia tal cúmulo de anormalidades concentradas en un solo individuo. Por supuesto, podemos pensar que las malformaciones genéticas pudieron haber causado algunas deformidades muy peculiares, y la posibilidad está ahí, pero tantos datos anómalos juntos dan que pensar. En este contexto, no necesariamente hemos de implicar a seres procedentes de otros planetas, pero los rasgos anatómicos y los análisis de ADN no pueden ser ignorados, y nos pueden inclinar a considerar que hay otras realidades en nuestro mundo que todavía están por descubrir. Veremos qué nos aportan los futuros análisis de este extraño ser, que tal vez nos empujen a plantearnos cambios radicales en nuestro actual paradigma científico.

© Xavier Bartlett 2016

 [1] Mutual UFO Network, la organización más prestigiosa a escala mundial en el estudio de la casuística OVNI.

[2] Sitchin defendía que el Homo sapiens era en realidad un ser híbrido, una mezcla entre un homínido primitivo (como un Homo erectus) y un dios Anunnaki (léase alienígena), y que tal creación se había producido para que las nuevas criaturas sirvieran a los dioses como esclavos o trabajadores.

[3] Pye resumió todas su investigación sobre los homínidos en un libro titulado enfáticamente Everything you know is wrong (“Todo lo que usted sabe está equivocado”), en cual repasaba los orígenes del hombre y desmontaba los postulados del evolucionismo académico imperante.

[4] Más adelante, como veremos, esa primera impresión fue fuertemente rebatida a raíz de nuevos indicios.

[5] De hecho, el cráneo de la mujer tenía una capacidad de unos 1.200 cm.3

[6] Pye afirmó que el laboratorio le había engañado y que no había hecho un trabajo verdaderamente profesional. No obstante, es de justicia señalar que en aquella época (1999) este tipo de análisis todavía no estaba maduro y que no fue hasta unos años más tarde en que se logró un nivel tecnológico adecuado para analizar ADN “antiguo”.

[7] La conclusión literal del científico, tras analizar una secuencia de 342 nucleótidos, fue: No significant similarity found (“No se ha hallado ninguna semejanza significativa”).

[8] El lector que busque información genérica u oficial en Internet (incluida la famosa Wikipedia) sobre este caso se encontrará repetidamente con esta argumentación.

[9] Los intervencionistas suelen insistir en el hecho de que los humanos tenemos 23 pares de cromosomas, a diferencia de los 24 del resto de los primates, lo cual es explicado por la ciencia ortodoxa mediante las consabidas mutaciones aleatorias, pero que a juicio de estos autores alternativos no se sostiene científicamente.

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2 thoughts on “El extraño Starchild: ¿rareza biológica o ser híbrido?

  1. Oficialmente la explicación es: no puede ser. así que no interesa, (vaya que nos dejen en evidencia)

    Es muy posibe que se trate de un hibrido, en lo que no coincido es que este sea de “extra- terrestres” Tendríamos que hablar más bien de extra-dimensionales y entender que no es un problema del pasado, es algo que nos sigue y seguirá afectando y la única posibilidad de enfrentarlo mínimamente es conociéndolo.

    Saludos.

    1. Gracias por tu comentario. Coincido en tu apreciaciación de que quizá sea un híbrido, si bien no descarto que sea un ser modificado genéticamente… por alguien indeterminado, y sí, posiblemente más “interdimensional” que extraterrestre.

      Saludos,
      X.

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