Impuestos, dinero negro, corrupción: los puntos sobre las íes

Reconozco que este espinoso tema que ahora está muy de moda merecería todo un libro –o varios– pero trataré de ser lo más conciso posible para presentar unos cuantos conceptos básicos en un breve artículo, pero desde un enfoque bien diferente del utilizado por los medios de comunicación. Para empezar, nada mejor que recurrir a unas citas muy significativas. La primera corresponde a Benjamin Franklin, político, inventor, masón y artífice de la independencia de los EE UU, que dijo: “En la vida sólo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos”. La segunda es de un político español, ex ministro (permítanme que me reserve su identidad), que en una entrevista confesó abiertamente que “los impuestos son la base de la civilización”.

billetesEn efecto, hoy en día no podemos concebir el mundo sin dinero y sin impuestos. Sobre el primero de ellos ya escribí un artículo específico que está disponible en este mismo blog. En él dejé claro que el concepto de dinero como medio de intercambio se pervirtió hace ya muchos siglos para convertirse en un sistema de control, esclavitud y explotación en todo el planeta, coincidiendo –no por casualidad– con el nacimiento y expansión de la actividad bancaria. En cuanto a los impuestos, déjenme que recurra a su razón de ser y a su origen histórico, más allá de tecnicismos y de jergas políticas o económicas que el ciudadano medio apenas entiende.

En primer lugar, el propio término “impuesto” nos indica que es algo que no proviene de la voluntad de las personas, sino que alguien lo impone como una obligación ineludible. El lenguaje a veces es engañoso, pero no en este caso. Lo que las personas o empresas pagan al estado es una carga obligatoria, una imposición, una exigencia que debe satisfacerse para poder mantener al propio estado (que se supone que somos todos o que nos representa a todos, como Hacienda… en fin). Por supuesto, en todos los países existe la persecución y condena –moral y legal– para los que no quieren satisfacer tal carga o hacen todo lo posible para evitarla o reducirla dolosamente. Se dice de ellos que son estafadores, delincuentes, insolidarios, egoístas, antisociales e incluso criminales. No hay nada peor visto que no pagar los debidos impuestos –el llamado fraude fiscal– y aquí se supone que todo el mundo es perseguido en mayor o menor medida, desde ciudadanos anónimos con pocos medios a figuras públicas de gran renombre y poder económico. Y véase que en muchas ocasiones las personas, para demostrar su buena ciudadanía, patriotismo y honestidad, recurren a la famosa frase de “yo pago mis impuestos”.

Pero no vayamos ahora a confundir las cosas. El impuesto no tiene que ver nada con la honradez, la generosidad o la solidaridad de las personas. Cuando alguien ama a otra persona –o a los demás en general– le cede lo que tiene o lo que puede sin esperar nada a cambio. Cualquier otra cosa es un mero intercambio comercial, o sea, dar algo para recibir algo como contraprestación. El acto de contribuir con el esfuerzo personal a la sociedad desde el puro amor o generosidad hacia los demás nunca puede ser una imposición o una obligación. Ese espíritu de “dar” simplemente sale del corazón de la persona, y cuando ese modo de sentir y vivir es compartido por todos, se genera un clima de colaboración y cooperación en el que todos dan y reciben por igual y a nadie le falta de nada. Este podría ser el modelo de ciertas comunidades ascéticas como, por ejemplo, fueron los esenios hace dos mil años[1].

Estela_Hammurabi
Código de Hammurabi (2º milenio a. C.)

Sin embargo, el impuesto nació como una exigencia del primer poder establecido, un poder unificado de tipo político-económico-religioso, el mismo que creó los primeros estados e imperios en el Mundo Antiguo. Así, las primeras ciudades o territorios –luego estados– instituyeron su propio derecho o aparato legal (que entonces era poco menos que un mandato divino) y empezaron a cobrar impuestos para el sostenimiento de las emergentes estructuras estatales que se habían originado a partir de la acumulación, centralización y dominio de tierras, riquezas y recursos. El impuesto servía para pagar a la administración, a la corte real, al clero, al ejército, a los servidores públicos, etc. En este sentido, la frase de que los impuestos son la base de la civilización es bastante exacta. Y así más o menos sigue hasta ahora: para mantener ese estado de servicios, seguridad y bienestar, los ciudadanos pagan religiosamente lo que las leyes estipulan, unas leyes dictadas por los gobernantes, los cuales –una vez legitimados por la urnas– hacen y deshacen en el tema tributario a su antojo (si bien, para ser más precisos, deberíamos decir al antojo de quienes controlan a dichos gobernantes).

Y está claro que desde esa privilegiada posición se cobran impuestos o tasas por casi todo lo que tiene relación con la vida cotidiana: hay impuestos directos e indirectos (algunos proporcionales, otros no) a mansalva[2], para que cualquier generación de riqueza sea gravada. Y por si fuera poco, algunos bienes tan esenciales como la vivienda, el agua, los alimentos, o la energía son objeto de impuesto. Y todo el mundo paga religiosamente el llamado IVA, que es una simple tajada sobre cualquier actividad productiva, sin que nadie proteste. Sólo falta que instauren el impuesto por respirar aire. Todo llegará… y estará debidamente justificado[3]. Ahora bien, quien se lleva la palma es el impuesto de los impuestos: el de la renta, el famoso IRPF, que hace que los ciudadanos trabajen varios meses gratis para el estado, a base de retenciones o de lo que después se ha de pagar en una declaración. Pero… ¿saben cómo se originó tal impuesto? No tiene desperdicio.

El origen del impuesto sobre la renta se sitúa en las continuas necesidades de financiación por parte de las monarquías absolutas europeas (y sus aparatos estatales), lo cual llevó a la institucionalización de la relación entre banqueros y estados mediante la creación de los bancos centrales entre los siglos XVII y XIX[4]. Y aquí es donde arranca el yugo impositivo sobre todos los ciudadanos. Así, en el caso del Banco de Inglaterra –que fue el modelo a seguir por el resto de bancos centrales– las condiciones que pusieron los banqueros privados para conceder préstamos al estado fueron éstas:

  • Los nombres de los prestamistas se deberían mantener en el anonimato, y tendrían como garantía la fundación de un banco central (el propio Banco de Inglaterra).
  • Se garantizaría a los directores de este banco el derecho a fijar el precio del oro en relación al papel moneda, y además se les permitiría prestar 10 libras de papel moneda por cada libra de oro en depósito y se les permitiría consolidar las deudas nacionales y asegurar el importe por medio de los impuestos sobre el pueblo (o sea, se estaba creando el impuesto sobre la renta)[5].

Dicho en otras palabras, los banqueros privados (realmente no hay nada “público” en los bancos centrales ni en los organismos bancarios internacionales) se arrogaron el derecho de crear dinero a partir del crédito –o préstamo– o simplemente de emitir moneda según su conveniencia, y se aseguraron que los estados les reembolsarían tales créditos mediante la exigencia de un sistema completo de impuestos, cuya base sería el impuesto sobre la renta. Esto significa, simplemente, que los estados trabajan para los bancos. Visto lo cual, no es de extrañar que los poderes políticos no hagan nada por enmendar la situación y que más bien se apresuren a rescatar a los bancos en caso de quiebra… con fondos públicos. Desde luego, esto demuestra bien a las claras que la diferencia –o independencia– entre el poder político y el económico-financiero no existe como tal. Por ello, ya en el siglo XVIII el fundador de la dinastía Rothschild, Mayer Amshel Rothschild, pudo afirmar con toda tranquilidad: “Dadme el control sobre la moneda de una nación, y no tendré porque preocuparme de aquellos que hacen las leyes.”

Sea como fuere, en todas las épocas y en todos los sistemas políticos han existido los impuestos, pagados a varios destinatarios: a los nobles, al rey, a la Iglesia (o templo), al estado en todas sus facetas, etc. Los impuestos no están sujetos a debate o discusión en su razón de ser, tan sólo en sus formas y cuantías puede haber cierta “flexibilidad”, pero de un modo u otro el individuo no puede tener ninguna actividad económica sin pagar la correspondiente parte al poder… a no ser que decida saltarse las normas y recurrir al intercambio directo entre particulares en el cual “se ignora” la intervención del estado; esto es la economía sumergida, o más coloquialmente, el dinero negro.

Ahora mismo vemos que día sí y día también los medios de comunicación destapan escándalos de corrupción generalizada en la política y en las finanzas (más entrelazadas que nunca), en los cuales predominan los temas de la evasión de capitales a paraísos fiscales y el recurso ilimitado al dinero negro. ¿Y a qué viene tanta campaña? Vemos que muchas figuras públicas están siendo puestas en la picota, y resulta un poco inocente pensar que estas personas no sabían manejar tales asuntos si es que la red de corrupción no era completa. Pero ¡vaya!, parece ser que –pese a todo su poder e influencias– estas personas han acabado cayendo en manos del estado bienhechor y de los medios de comunicación “al servicio del ciudadano”. Así pues, el mensaje queda del todo claro: se va a perseguir a todo aquel que no pague impuestos, y como los más altos ya han caído, los más bajos se pueden empezar a preparar.

dinero electronico
Transacciones vía teléfono móvil

El siguiente paso ya lo están delineando las nuevas tendencias bancarias, políticas y tecnológicas: se quiere imponer el fin del dinero en metálico –fuente de todo mal como nos quieren hacer creer– para ser sustituido por otras formas “más cómodas” de hacer transacciones, basadas principalmente en el soporte electromagnético o electrónico[6]. De ahí que desde hace años se fueran imponiendo las tarjetas de plástico y, en los últimos años, las operaciones por Internet, vía ordenador o teléfono móvil u otros nuevos dispositivos. El siguiente paso, no hay que ser muy listo, será la implantación obligatoria de un microchip personal que “facilitará” nuestra vida económico-financiera y que permitirá un seguimiento total de la actividad económica de la población, eliminando para siempre el fraude al estado en materia de pagos.

Por supuesto, esto no más que una falacia, pues el dinero en metálico en sí mismo ni es fraudulento ni alienta más al crimen, pero la corrupción galopante y la “incomodidad” del dinero físico constituyen la excusa perfecta para poder implantar un sistema de control absoluto sobre las personas, pues el famoso chip electrónico servirá para muchas más cosas que para “comprar y vender”. Es el primer paso en firme para la robotización del ser humano y la anulación de su voluntad y libertad, para que se convierta en una especie de terminal dependiente de un poder central que administrará, dirigirá y explotará a sus ciudadanos de una forma como nunca se había visto antes en la historia de la Humanidad.

Pero puestos a hablar de corrupción, ha llegado el momento de poner las cartas boca arriba y explicar lo que está sucediendo con toda su crudeza. La verdad es que el sistema político-económico actual está basado en un flagrante fraude: Se nos dice que los impuestos sirven para pagar carreteras, hospitales, escuelas, infraestructuras, servicios de seguridad, tareas administrativas de todo tipo, etc. en varios niveles de administración que muchas veces se solapan o son ineficaces o son simplemente inútiles[7]. Pero básicamente sirven para pagar la deuda que se contrae con los bancos, que no sólo supone devolver enormes cantidades de dinero, sino también sus correspondientes intereses, que son marcados precisamente por los estamentos bancarios internacionales. De hecho, la cuantía del dinero prestado es imposible de retornar; lo que se paga realmente son los intereses.

dolar
Billete de un dólar emitido por la Reserva Federal de los EE UU

Así pues, el negocio lucrativo de los bancos consiste en cobrar los intereses generados por medio del impuesto sobre la renta. Un informe emitido por la Comisión Grace durante la era Reagan llegó a la conclusión de que la mayoría de los ingresos por impuestos de renta se destinan a pagar los intereses de la creciente deuda del gobierno de los EE UU. De hecho, se creó este impuesto para tal fin. Cuando el impuesto federal sobre la renta fue instituido en aquel país en 1913 toda la recaudación de impuestos fue enviada directamente a la Reserva Federal. El informe concluyó: “Todos los ingresos por impuestos sobre renta de particulares se van antes de que un solo centavo se gaste en los servicios de los contribuyentes esperan de su gobierno.” De hecho, el cártel bancario forzó que se aprobaran leyes sobre el impuesto de la renta para asegurarse el cobro de los intereses de la deuda de los gobiernos. El capital nunca se paga y, de hecho, crece de año en año en todos los países. La pregunta del millón es: Si todos los países deben dinero, ¿a quién se lo deben? La respuesta es sencilla: gracias al fraude financiero, a los bancos centrales y al sistema bancario en su conjunto, pues ellos tienen el control sobre la emisión del dinero.

Y es que, como apunté en el artículo ya citado, todo el dinero que se maneja en el mundo no es dinero real, correspondiente a bienes y servicios. Ni siquiera tiene un valor intrínseco, como cuando existían las monedas metálicas de oro, plata o cobre. Hoy en día el dinero es moneda fiduciaria, esto es, que funciona por la fe en el sistema. Pero ni las monedas, ni los billetes, ni las tarjetas, ni las cuentas electrónicas tienen ningún valor en sí. Mañana, el estado puede decidir que usted ya no tiene nada, que no puede comprar nada con esos papeles o números en una pantalla. Lo único que “vale” lo deciden los banqueros, no los ciudadanos.

La realidad es que el dinero válido, el que nos facilitan autoridades monetarias, es dinero originado por deudas (créditos o préstamos). Así, los banqueros tienen la potestad de “crear o destruir dinero” a voluntad, promoviendo el crédito o bien restringiéndolo. De este modo, el dinero en sí, el que se mueve en los mercados internacionales, el que usan los estados y las personas, es una entelequia. Veamos cómo funciona este sistema, aplicable tanto a particulares como a empresas o a estados: cuando alguien va a un banco y solicita un crédito o un préstamo, lo que hacen –de concederse la petición– es anotar una entrada (un registro contable) en un ordenador. Entonces le otorgan una suma que supuestamente sale de los recursos del banco, o sea, de los depósitos de los clientes. No obstante, a los bancos se les permite prestar hasta nueve veces más de lo que tienen en depósito, lo cual significa que en realidad se concede un dinero ficticio o inflado que ha nacido de una simple anotación. Lo que viene luego está claro: el trabajo del ciudadano se transforma en dinero electrónico o efectivo, cuyo fin es saldar la cuenta pendiente, satisfaciendo además una determinada cuota de interés. Huelga decir que en caso de impago, los banqueros se quedarán con el bien financiado (¡que es del todo real!), y es que, en cierto modo, ya han ido acaparando todos los recursos y bienes del mundo a través de un dinero inexistente que ellos controlan de manera exclusiva.

Con los estados sucede algo similar: los títulos del Tesoro público (o sea, deuda) se convierten en dinero (para entendernos, billetes) en una operación llamada monetarización de la deuda, por la cual el gobierno cede dichos títulos de deuda a los bancos centrales con la intermediación o gestión de ciertos comisionistas. Finalmente, como ya hemos apuntado, los bancos obtienen el reintegro de esas sumas mediante los impuestos (especialmente el impuesto sobre la renta) que el estado exige a los ciudadanos.

The Federal Reserve Building
Sede de la Reserva Federal de los Estados Unidos

El resultado de este sistema es un control completo de la actividad económica, tanto de los estados como de las personas particulares, pues el poder bancario tiene la potestad de crear artificialmente bonanza o crisis económica. En el fondo es aterradoramente sencillo: en primera instancia los bancos ponen en circulación gran cantidad de dinero mediante el crédito o préstamo; suele ser un crédito muy accesible y barato, lo que hace que familias, empresas y países enteros se lancen a la producción y al consumo. Esto crea un clima generalizado de euforia y ganas de enriquecimiento fácil, lo que se traduce en un endeudamiento galopante. A esto lo podríamos llamar “fase de crecimiento económico”. Sin embargo, en segunda instancia, los bancos deciden cerrar el grifo del crédito (esto es, retiran el dinero del mercado), y dejan a las personas, empresas y países en situación de insolvencia. En última instancia, se da el escenario deseado por los banqueros: los bancos se quedan con todos los bienes y recursos e imponen duras condiciones a los gobiernos para el pago o gestión de la deuda.

A modo de conclusión, lo más adecuado para describir la situación sería decir que todos trabajamos para los bancos a través de los estados, en un marco de fraude, corrupción y explotación llevado a su máxima expresión. Y en cuanto al concepto de dinero negro, queda claro no puede haber dinero más negro y más delictivo que el dinero oficial patrocinado por los estados y los bancos, que vienen a ser la misma cosa.

Después de leer todo esto, muchos podrán pensar que este escenario es imposible, que bastantes personas están bien al corriente y que deberían haber denunciado este estado de cosas. Bueno, es evidente que muchas personas están al corriente, lo saben, no son tontas, pero prácticamente todos los políticos, financieros y economistas forman parte del sistema corrupto y se limitan a vender su jerga y sus elaborados discursos para ocultar la verdad desnuda y mantener el statu quo[8]. En suma, la corrupción en su grado más alto es la que gobierna el mundo; sólo así se explica por qué nadie mueve un dedo.

De todas maneras, es justo señalar que algunas pocas personas con suficientes conocimientos de economía y del sistema se han atrevido a decir la verdad y poner de manifiesto que la actividad bancaria es absolutamente fraudulenta y esclavizante. Lo cierto es que se han escrito varios artículos y libros bien documentados que explican con detalle cómo funciona el dinero-deuda y cómo la actividad bancaria es corrupta en su raíz más profunda. Incluso existe un libro cuyo título es del todo revelador: The legalized crime of Banking (“El crimen legalizado de la banca”), escrito por Silas Walter Adams hace más de medio siglo.

Pero lo que es más significativo –y hasta cierto punto chocante– es que varias altas personalidades del mundo político y económico han hecho públicas sus opiniones sobre el tema y no ha pasado nada. Pongamos por ejemplo estas dos exposiciones bastante contundentes y nada inequívocas:

Thomas_Jefferson_by_Rembrandt_Peale,_1800

“Esta institución [el Banco de los Estados Unidos] es una de las más mortalmente hostil existente contra los principios y formas de nuestra Constitución. (…) Una institución como esta, que penetra con sus tentáculos por todas partes de la Unión, actuando por órdenes y al unísono, puede en un momento crítico trastornar al Gobierno. Yo considero que ningún gobierno está seguro si está bajo el vasallaje de cualquier autoridad auto-constituida, o de cualquier otra autoridad que no sea la Nación o sus funcionarios regulares.”

Thomas Jefferson, presidente de los EE UU, siglo XIX

“La Reserva Federal es una completa máquina de hacer dinero. Puede emitir dinero o cheques. Y nunca tiene el problema de emitir cheques sin fondos porque puede obtener los billetes de cinco y diez dólares necesarios para cubrirlos simplemente pidiéndole a la oficina de Grabado e Impresión del Departamento del Tesoro que los imprima.”

Wright Patman, congresista de los EE UU, siglo XX

 

Y yendo un paso más allá, incluso los propios banqueros han reconocido abierta y descaradamente en qué consiste su negocio y hasta qué punto es perjudicial para sus clientes (¡que somos casi todos los habitantes del planeta!).

Veamos, por ejemplo, qué confesó en la década de 1920 Sir Josiah Stamp, Presidente del Banco de Inglaterra y segundo hombre más rico del Imperio Británico, ante un grupo de 150 profesores de la Texas University:

“La banca fue concebida en la iniquidad y nacida en el pecado… Los banqueros poseen el mundo. Arrebátesela [la banca] pero déjeseles el poder de crear el dinero y de controlar el crédito y con el movimiento de una pluma crearán tanto dinero como para recomprarla. Quítese ese poder a los banqueros y todas las grandes fortunas como la mía desaparecerán, y deberían desaparecer porque entonces este sería un mundo mejor y más feliz en el que vivir… pero si quieren seguir siendo esclavos de los banqueros y pagar los costes de su propia esclavitud, permítase que continúen creando dinero y controlando el crédito.”

No es necesario añadir mucho más a lo que ya se ha expuesto. Queda bastante patente que existe una total impunidad para ese crimen organizado que ejerce un dominio completo sobre las personas y los países. También parece obvio que nadie hará caer el sistema desde dentro porque la oligarquía bancaria global está por encima de todo y controla directa o indirectamente todos los ámbitos públicos y privados: la política, las instituciones judiciales, la economía, las finanzas, la industria, los medios de comunicación, la educación, la policía y el ejército, etc.

En fin, todo este discurso podría parecernos muy exagerado o influido por tendencias pseudoconspirativas, pero cuando uno comprueba que los propios protagonistas de la Historia han hablado explícitamente de tal poder omnímodo, se acaban por despejar las últimas reticencias. Así, la siguiente cita no precisa de más comentarios:

“Desde que ingresé a la política, muchos hombres se me han acercado para confiarme sus pensamientos de manera reservada. Algunos de los más importantes hombres de los Estados Unidos, de las áreas del comercio y de la industria están asustados de alguien, están asustados de algo. Saben que en algún lugar hay un poder tan organizado, tan escondido, tan vigilante, tan interrelacionado, tan completo, que es mejor no hablar más alto que el ruido de la respiración cuando se lo condena.”

Woodrow Wilson, Presidente de los EE UU (1912-1920)

Concluyendo, no cabe duda de que la situación descrita es real y que las cosas no van a cambiar si los que sostienen todo el edificio (la población en general) no toman cartas en el asunto e impulsan una transformación profunda que acabe con este escenario en que los impuestos, el dinero y la deuda se han convertido en un lacra planetaria de esclavitud y depredación. Pero, seamos realistas, echar las culpas a una selecta minoría quizá no sea la solución a todos los problemas. Por de pronto surgirían varias preguntas incómodas: ¿Querremos de verdad ser honrados, justos y buenos, o ya nos va bien cómo están las cosas para sacar nuestra propia tajada? ¿Podremos imaginar y conseguir un mundo equilibrado y sin penurias sin necesidad de “pagar impuestos”? ¿Continuaremos buscando nuestro interés o ventaja particular? ¿Vamos a seguir pidiendo alta rentabilidad a nuestro dinero?

© Xavier Bartlett 2016

Anexo

En una línea similar a este análisis, he hallado en Internet algunos documentos interesantes que profundizan (también desde una metalectura de la realidad)  en el tema específico del fraude y la corrupción global, sobre todo a raíz del muy reciente escándalo de los papeles de Panamá, que se une a las muchas filtraciones que curiosamente inundan los medios de comunicación desde hace unos pocos años. Incluyo pues el enlace a uno de esos artículos, que viene a confirmar con más datos y explicaciones el planteamiento que hacía en mi alegato:

http://www.bibliotecapleyades.net/sociopolitica/sociopol_globalelite242.htm

[1] En realidad, a lo largo de la historia muchas comunidades o pueblos han sobrevivido y prosperado sin necesidad de impuestos ni siquiera de dinero, al carecer de una estructura estatal o de un poder constituido y centralizado. La mayoría de sociedades primitivas o salvajes encajarían en este modelo, y el hecho de no tener “dinero” o “civilización” no les ha hecho más infelices. Antes bien, el contacto con el mundo civilizado ha conllevado su destrucción o degeneración.

[2] A este respecto, la Historia nos muestra que es el periodo contemporáneo el que registra una mayor carga tributaria, aunque esté distribuida en varias modalidades o formas.

[3] De hecho, en cierto modo, los impuestos relacionados con la ecología, la sostenibilidad, las emisiones de CO2, etc. ya están en esta línea.

[4] Para ser justos, cabe remarcar que los regímenes republicanos replicaron esos mismos modelos, y que la aparición de sistemas “democráticos” no cambió para nada las relaciones entre estados y bancos.

[5] Este sistema creó una deuda perpetua y creciente de los estados con los banqueros, y por ejemplo en el caso de Inglaterra, la deuda nacional pasó de 1,25 millones de libras en 1694 a 16 millones en 1698; un aumento porcentual impresionante en tan solo cuatro años.

[6] Lógicamente, resulta muy gracioso que el propio emisor del dinero en efectivo más codiciado (los billetes de 200 ó 500 euros) en las operaciones en negro sea el Banco Central Europeo, que supuestamente quiere acabar con ese estado de cosas.

[7] Otro tema de debate sería considerar para qué sirve el mantenimiento de ese estado del bienestar que nos mantiene enganchados al control, a la ignorancia, al miedo y a la falsa seguridad, por no hablar de todo aquello que no sirve, del despilfarro, del abuso de poder, de los privilegios, etc.

[8] Sobre este punto, es muy esclarecedor este comunicado de la casa Rothschild a sus socios de Nueva York, fechado en 1863: “Los pocos que entienden el sistema o estarán tan interesados en sus ganancias, o tan dependientes de sus favores, que no habrá ninguna oposición de esa clase; mientras por otra parte, el gran cuerpo de la gente, mentalmente incapaz de entender las ventajas enormes… aguantará su carga sin queja, y quizás sin sospechar que el sistema es hostil a sus mejores intereses.”

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2 thoughts on “Impuestos, dinero negro, corrupción: los puntos sobre las íes

  1. Muy completo y muy interesante, pero hay algo en lo que no estoy de acuerdo:
    -“todos trabajamos para los bancos a través de los estados”
    Para mi es al revés, pensemos que esos bancos a pesar de ser multinacionales, están bajo las leyes de los estados y que estos hacen la ley económica, y dominan al ejercito, (autentico gobernante), con el poder de ejercito y leyes podrían incluso nacionalizar la banca de desearlo, pero los bancos les procuran los ingresos necesarios para mantenerse, son un instrumento.

    Por otro lado señalar que no hace falta retroceder miles, ni cientos de años para encontrar momentos en los que no se han pagado impuestos, entendidos como imposición.
    En el primer año de la guerra civil, se instauró en parte de Españistán, (Aragón y Cataluña, sobre todo) una forma de gobierno de libre cooperación donde cada cual entregaba lo que podía y obtenía lo que necesitaba: el tan temido “terrorismo anarquista”.

    Saludos.

    1. Estimado Piedra:

      Quizá en el artículo no me he expresado bien, pero mi opinión es que los estados y la banca constituyen en realidad un poder único, o sea que da igual hasta cierto punto considerar quién trabaja para quién: el beneficiario es el mimso, una élite global que controla la política y la economía. Sobre lo que me comentas de la guerra civil, es cierto, y hay otros casos a lo largo de la historia y en varias culturas, pero la tendencia general de la civilización ha sido destruir la autogestión, la autonomía y la independencia económica (que se lo pregunten a los autónomos…) mediante un progresivo control monetario y fiscal que ha ido a más.

      Saludos,
      X.

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