La última carta de Paracelso

Paracelsus

Posiblemente, una de las figuras más notables de la ciencia del Renacimiento fue el médico, astrólogo y alquimista suizo Phillipus Aureolus Theophrastus Bombastus Von Hohenheim (1493-1541), rimbombante nombre para un personaje que nos resulta mucho más familiar si recurrimos a su apodo latino: Paracelsus o Paracelso.

En efecto, Paracelso fue todo un referente en su época por haber impulsado grandes avances en la medicina, haciéndola más “científica” y más próxima en su enfoque a la medicina moderna. Paracelso se formó en medicina en las Universidades de Basilea y Ferrara y en su juventud trabajó varios años como cirujano militar. Más adelante siguió profundizando en temas de cirugía y farmacología pero también se interesó en la mineralogía, un ámbito directamente relacionado con sus inquietudes alquímicas y esotéricas. Precisamente, su teoría médica trató de relacionar lo físico con lo esotérico, proponiendo que existía una analogía estructural entre el mundo exterior, o sea el macrocosmos, con el cuerpo humano, que sería el microcosmos. Y en lo que es estrictamente alquimia, se le atribuye haber alcanzado el secreto de la famosa y escurridiza transmutación de los metales; concretamente habría conseguido transmutar plomo en oro.

Paracelso escribió numerosas obras y tratados, la mayoría de corte científico, y muchas de ellas de aparición póstuma. Sin embargo es muy poco conocida –por no decir que es prácticamente desconocida– la llamada “última carta de Paracelso”, un documento que se halló en un archivo vienés en 2004, y que fue autentificada por expertos austriacos y alemanes después de varias pruebas caligráficas y fisico-químicas (del papel y la tinta empleados), realizadas para descartar que se tratase de un fraude bien elaborado.

Esta carta está fechada el 16 de mayo de 1541, pocos meses antes de la muerte de Paracelso en Salzburgo (Austria), y está dirigida a un tal Steiner, del cual no se sabe prácticamente nada, y tampoco se sabe exactamente dónde fue recibida la carta (no hay indicación de ello en las dos hojas manuscritas), aunque se especula que Steiner podría haber sido un seguidor o discípulo suyo austriaco de la última época. El hecho de haber encontrado el documento en Viena tampoco clarifica el asunto, pues en ese mismo archivo había otros antiguos documentos datados entre los siglos XVI y XVII que sí pudieron ubicarse geográficamente y que procedían de los actuales países de Alemania, Austria, Chequia, Eslovaquia, Polonia, Hungría y Eslovenia (básicamente el antiguo imperio austro-húngaro).

Lo interesante de esta carta es que Paracelso se adentra en un terreno que se mueve entre lo científico y lo filosófico y que resulta un poco oscuro y en apariencia nada conectado con sus investigaciones médicas o incluso alquímicas. Por el contenido de la carta se infiere que Steiner le habría realizado previamente determinados comentarios o cuestiones que merecieron una contestación por escrito del sabio suizo, que recurrió a una curiosa analogía para comparar la mente del ser humano –el objeto central de la carta– con un libro. Además, en algunos aspectos esta carta resulta enigmática, ya que Paracelso parece adelantar algunos conocimientos o teorías científicas que no se desarrollarían propiamente hasta unos siglos después, e incluso lanza al final una especie de profecía que nadie ha sabido interpretar de manera satisfactoria.

Sin más, paso a transcribir una traducción al castellano de esta carta para que el lector pueda extraer sus conclusiones:

Apreciado amigo Steiner,

A pesar de mi delicado estado de salud en estos días, no he podido evitar tomar la pluma para escribiros y daros así cumplida respuesta a las cuestiones que surgieron en nuestra última conversación aquí en Salzburgo hace dos semanas, cuando tuvisteis la gentileza de visitarme. Lo cierto es que no he dejado de reflexionar sobre esos temas y creo que bien merecían una respuesta meditada, que paso a exponeros.

 En primer lugar, considero vuestra observación muy acertada, aunque va mucho más allá de lo que los médicos observamos en los cuerpos. En efecto, vuestra inquietud apunta al origen de nuestros pensamientos y emociones, que tanto afectan a la propia salud y al devenir de nuestra vida en general. Realmente este es un terreno que no ha sido explorado por la medicina, por cuanto se considera que pertenece al ámbito de la filosofía. Pero vuestras preguntas sobre por qué somos quienes somos y no otros, o por qué nuestras mentes son distintas y al mismo tiempo iguales me han hecho cavilar seriamente sobre el principio mismo de la mente, aquello que nos identifica con nuestro ser y nos hace sentir únicos.

En esta reflexión, he creído oportuno formularos una analogía o comparación que creo que os resultará más próxima que quizá otras disquisiciones filosóficas más elevadas. Veréis: para mí cada persona al nacer es como un gran libro lleno de páginas en blanco sobre las cuales nadie ha escrito nada aún. La primera página corresponde al primer día o momento de la vida y la última al final inevitable de ésta. Entre medio, toda nuestra vida, o nuestra mente. Creo firmemente que cuando el recién nacido llega a este mundo sus sentidos se abren y captan todo lo que le rodea, pero sobre el papel todavía no hay ideas o palabras, sino trazos o líneas sin demasiado sentido pues la mente es un instrumento aún imperfecto y no puede desarrollar pensamientos, que –como bien sabéis– están directamente vinculados a nuestra facultad del habla.

No obstante, con el paso de los días, meses y años, el niño comprende las palabras y empieza a construir su mundo, que es su propia identidad. En esos primeros pasos, los padres, hermanos o familiares empiezan a escribir sus palabras en el libro de la criatura. Más adelante son sus amigos, vecinos, maestros o párrocos, los que van escribiendo sobre las páginas en blanco hasta que el niño se da cuenta de que él es ese libro que otros van escribiendo. Es el momento en el que descubre el yo diferenciado y al mismo tiempo relacionado con los demás. Pero, lógicamente, ese niño, luego adulto, también se comunica con su entorno y por tanto él también escribe en los libros de las otras personas. Y así se va sucediendo la vida: todas las personas en cada circunstancia y lugar van escribiendo sus palabras sobre múltiples libros hasta crear una especie de enorme biblioteca donde habitan todos los pensamientos y emociones compartidos, pero distribuidos en tantos libros como personas haya en una comunidad.

La pregunta ahora sería: ¿Entonces dónde está la verdadera persona? ¿Dónde está el individuo? Si todos nacemos en blanco y los demás van escribiendo sobre nuestro libro hasta conformar nuestra mente, o nuestra personalidad, entonces ¿quién fue el primer escritor? ¿De dónde salieron sus palabras, su razón, sus sentimientos? ¿Fue acaso el Adán de la Biblia, el primer hombre creado por el Señor? No lo creo así. Algo o alguien de otros reinos, no sé si divinos, nos dio esas herramientas para ir llenando nuestros libros, los unos a los otros.

Pero, amigo Steiner, me parece un gran error pensar que nosotros somos la suma de esas páginas escritas por tantos otros, ello no tiene sentido. Temo que en realidad al niño, y luego al adulto, no se le permita escribir su propio libro. Pero llegará un día, no sé si lejano, en que el hombre se dará cuenta que él no ha sido, ni es, ni será el contenido de un libro. Quizá ese día el hombre despierte de su sueño y descubra que no es preciso escribir nada en absoluto, pues el blanco de las ya infinitas páginas será la totalidad de las cosas.

En fin, espero modestamente que mi disertación os haya aportado algunas respuestas a las inquietudes que me planteasteis, y será un placer recibiros de nuevo aquí en Salzburgo, mientras la salud me lo permita, para proseguir nuestra fructífera relación.

Cordialmente, vuestro amigo,

Paracelso

© Xavier Bartlett 2016

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