La historia de los perdedores

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Es de sobras conocida aquella frase de que “la historia la escriben los vencedores”, referida a muchos episodios históricos (generalmente con conflicto armado incluido) en los que la historiografía oficial distingue claramente entre “buenos” y “malos”. Así, es de esperar que el que vence o predomina finalmente quiera justificar su proceder y la bondad de su causa, frente a un enemigo o rival que ha sido vencido, eclipsado o marginado. Y no hace falta decir que en estos casos la “verdad” última de los hechos históricos es totalmente irrelevante.

Esta historia de los vencedores se remonta a los tiempos más antiguos, si bien alcanzó su madurez con los historiadores romanos que cantaron las glorias y virtudes de la poderosa Roma en las numerosas guerras y disputas sostenidas con todos los pueblos que opusieron más o menos resistencia, ya fueran grandes civilizaciones o simplemente bárbaros. Con el paso de los siglos, esta visión parcial y propagandística del triunfador se fue asentando en todas las culturas y en todos los rincones del planeta hasta llegar a nuestra época contemporánea. Así por ejemplo, gran parte de la historia del siglo XX ha sido retratada en muchas ocasiones como una lucha de las llamadas democracias o países liberales frente a las potencias totalitarias o dictatoriales, a las que –una vez vencidas y sometidas– se las acusó de las mayores maldades y villanías, llegando al caso extremo de la Alemania nazi, hallada culpable del llamado “Holocausto” de la población judía en Europa[1].

Y, en efecto, Alemania ya venía siendo objeto de un cierta “mala imagen” desde la época del Kaiser Guillermo, a inicios de siglo XX, al ser vista como una potencia imperialista y desafiante que se oponía al statu quo del predominio anglosajón en todo el globo. Tras la Primera Guerra Mundial, los alemanes fueron acusados de haber provocado la guerra y de haber cometido todo tipo de barbaridades. Como perdedores, los alemanes no podían esperar clemencia ni justicia, y eso fue exactamente lo que ocurrió en el Tratado de Versalles (1919). Este documento impuso a los alemanes durísimas represalias y compensaciones hasta el punto de asfixiar la economía y las finanzas de la República de Weimar, que apenas pudo sobrevivir al pago de las indemnizaciones, en una difícil situación marcada por un conato de guerra civil y una fortísima crisis social, política y económica.

En este contexto, lo que vino después estaba servido en bandeja: el ascenso del partido nazi al poder, apoyado en el revanchismo y un nacionalismo exacerbado. De inmediato, Hitler impulsó un renacimiento de su país, no sólo para superar Versalles, sino para recuperar de alguna manera la antigua visión imperial alemana, desde una nueva ideología racista y totalitaria. De este modo llegamos a Segunda Guerra Mundial, que supuso una enorme destrucción y mortandad, con muchos millones de víctimas (en su mayoría civiles), sobre todo en el continente europeo. Y, por supuesto, de este conflicto prácticamente sólo tenemos la versión de los vencedores, esto es, de las democracias occidentales, pero también de la Unión Soviética, un estado autoritario, militarista y no menos imperialista que los países capitalistas[2].

En cuanto a los propios vencidos, allí se instauró la máxima autocrítica y la culpa como argumento único que explicaba el conflicto, lo que ha conformado de hecho una historia oficial mundial más o menos compartida y aceptada por todas las partes, con una perfecta frontera entre buenos y malos. Y si hubiera existido alguna maldad en los buenos, se aplica la máxima maquiavélica de que “el fin justifica los medios”, o sea, que a veces se reconoce que fue preciso recurrir a ciertas prácticas para derrotar al Mal absoluto. Con todo, los vencedores tomaron la precaución de justificar sus actos de cara a la Historia, creando al final de la guerra un ente “conciliador” –las Naciones Unidas– e impulsando el llamado Proceso de Nuremberg, un intento de juzgar honestamente a los vencidos, pero que en la práctica fue algo no muy distinto a lo sucedido en Versalles.

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Imagen del banquillo de acusados en los juicios de Nuremberg

Por cierto, y esto es de destacar porque la gran mayoría de la gente no lo sabe, este Proceso no fue precisamente un ejemplo de imparcialidad y equidad sino que más bien constituyó un montaje partidista perfectamente organizado para ofrecer unas conclusiones ya prefijadas, en las que los aliados ejercieron a la vez el papel de jueces, fiscales y verdugos. Esta visión no sólo fue denunciada por los abogados de los acusados –como era de suponer– sino incluso por algunos de los acusadores, que con la mayor integridad moral y profesional criticaron severamente las irregularidades y parcialidades observadas en Nuremberg, admitiendo que había sido un ultraje al verdadero derecho y a la justicia[3]. Por ejemplo, el juez estadounidense Charles F. Wennerstrum denunció que se habían falseado pruebas o que se habían ignorado documentos alemanes capturados que podían haber sido usados en descargo de los acusados. Sobre la impresión general de los Juicios, Wennerstrum afirmó sin tapujos:

“Si hubiera sabido antes lo que hoy sé, nunca hubiera ido a Alemania a participar en esos juicios… La acusación pública no ha podido disimular que no se trataba de justicia sino de venganza. La atmósfera de los juicios es insana. Se necesitaban lingüistas. Abogados, pasantes, intérpretes e investigadores eran americanos desde hacia pocos años. Conocían mal nuestra lengua y se hallaban imbuidos de los odios y los prejuicios europeos.”[4]

Sea como fuere, las opiniones críticas o disidentes que difieren de la versión única sobreviven en la total marginalidad. Lo que se explica en las escuelas y se difunde en la sociedad responde a la uniformidad impuesta con muy pocos matices. Y por tanto, aunque hoy en día se puede decir que “estamos bien informados”, ya que tenemos miles de libros sobre esta guerra, aparte de multitud de documentales que se emiten constantemente en los medios de comunicación, casi todo este material no es más que una continuación propagandística del relato de los vencedores, y cualquier reivindicación del proceder de los vencidos es rápidamente atacada por ser considerada una apología del nazismo y de las dictaduras o –como mínimo– una posición políticamente incorrecta.

Sin embargo, es deber del historiador objetivo e imparcial buscar la verdad en medio de un océano de manipulaciones, mentiras y proclamas propagandísticas, y eso aún teniendo en cuenta que la labor del historiador ya está de por sí afectada por una larga lista de condicionantes: informaciones insuficientes o sesgadas, prejuicios cognitivos, influencia del entorno, presión de las opiniones cualificadas o establecidas, etc. En este afán es fundamental mantener siempre una única vara de medir, es decir, ser completamente fiel a un mismo criterio o enfoque en el estudio y análisis de los hechos, evitando tergiversarlos, ocultarlos o maquillarlos por ninguna causa. Y finalmente, a la hora de transmitir esos hechos a la sociedad, se ha de explicar todo tal cual sucedió, una vez contrastados los datos, relatos, testimonios y documentos disponibles de todas las partes en liza.

Esto es lo que han hecho justamente unos pocos historiadores –casi todos anglosajones– sobre la situación de Alemania durante la guerra y después de ésta, destapando lo que la historia oficial (“aliada”) ha tapado o minimizado durante más de medio siglo. Entre los hechos de esta historia de los perdedores, destaca la tremenda campaña de terror y destrucción llevada a cabo por los bombarderos angloamericanos sobre Alemania desde 1942 hasta el final de la guerra[5].

La intención de la campaña aliada de bombardeo era aplastar el esfuerzo bélico y productivo alemán destruyendo fábricas e infraestructuras, pero también se pretendía derrumbar la moral del pueblo alemán para que los propios ciudadanos se levantasen contra el régimen nazi. La verdad objetiva es que no se consiguió ni lo uno ni lo otro[6]. Antes bien, miles de toneladas de bombas cayeron sobre objetivos civiles sin ningún valor militar, con efectos devastadores. De este modo, la táctica de bombardear las 24 horas del día[7] arrasó muchas ciudades alemanas hasta dejarlas en ruinas y cenizas, matando a miles de personas de manera brutal en unas pocas horas, a base de bombas alto-explosivas e incendiarias de grandísima potencia.

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Bombardero cuatrimotor británico Lancaster

La gran matanza planificada se implementó bajo la batuta del Mariscal del Aire Arthur Harris (apodado “bombardero Harris” o “carnicero Harris”[8]), que –una vez llegado a la dirección del Mando de Bombardeo en febrero de 1942– recibió la orden de atacar Alemania “sin restricciones”, lo que suponía abandonar el concepto de bombardeo de precisión y sustituirlo por el de bombardeo de saturación[9], que en la práctica significaba descargar un enorme castigo indiscriminado sobre áreas pobladas del territorio germano. El inicio del terror sistemático se sitúa en la noche del 28 de marzo de 1942 en la cual 243 bombarderos ingleses incendiaron y devastaron la ciudad alemana de Lübeck, dejando sin hogar a más de 15.000 personas. Pero Harris aún se reservaba un golpe de monstruoso efecto moral sobre el enemigo: la llamada Operación Millennium. Dicha operación, ejecutada la noche del 30 de mayo de 1942, consistió en el masivo bombardeo de la ciudad de Colonia, a cargo de 1.046 aparatos británicos que –en poco más de una hora– lanzaron sobre la ciudad 1.455 toneladas de bombas. El ataque concluyó con la ciudad en llamas y un rastro de centenares de muertos y heridos, aparte de más de 45.000 personas que perdieron su casa.

Pero la acción sobre Colonia no iba a ser la cúspide, ni mucho menos, del terror aéreo. A partir de esa fatídica fecha, siguieron otros brutales raids organizados conjuntamente por americanos y británicos con la participación de centenares de bombarderos que machacaban las ciudades de día y de noche. De este modo llegamos a mediados a 1943, en plena escalada de la ofensiva de bombardeo, cuando se produjo uno de los episodios más funestos de la guerra. Concretamente, fue una iniciativa también planeada por Harris, y que recibió la denominación en código de Operación Gomorrah, nombre muy apropiado para una destrucción de tintes bíblicos. Este plan tenía por objetivo la destrucción absoluta de una gran ciudad alemana, siendo la escogida Hamburgo, la segunda ciudad más poblada del país (con 1,5 millones de habitantes).

La campaña contra Hamburgo se inició la noche del 24 de julio de 1943, en la que más de 700 aviones británicos machacaron la ciudad con 3.000 toneladas de bombas. Pero la masacre prosiguió al día siguiente, cuando bombarderos americanos atacaron la zona portuaria. Y la noche del día 27 tuvo lugar una nueva incursión británica, similar a la anterior. Los aviones no precisaron de sistemas de guía pues las llamas de los incendios aún no apagados les llevaron directamente al centro de la ciudad, que estaba del todo colapsada. Con una nueva descarga de bombas incendiarias, Hamburgo se convirtió en auténtico infierno. La tormenta de fuego provocó vientos de altísima temperatura que abrasaron todo, fundiendo incluso el asfalto y asfixiando e incinerando a muchas personas que se creían seguras en sus refugios antiaéreos. Pero los británicos no debían estar satisfechos porque volvieron en gran número las noches del 29 de julio y del 2 de agosto para arrasar lo poco que podía quedar en pie.

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Aspecto de la ciudad de Frankfurt después de sufrir un bombardeo aliado

El resultado fue una ciudad quemada y arrasada de tal modo que muchos supervivientes abandonaron la ciudad presas del pánico y la desolación, con un balance estimado de entre 40.000 y 50.000 muertos[10]. Los alemanes quedaron enormemente consternados e impresionados por semejante desastre, al cual apodaron Die Katastrophe. Luego, prácticamente todas las ciudades importantes alemanas[11], empezando por la capital Berlín, sufrieron terroríficos ataques ante los cuales la defensa aérea alemana quedó totalmente superada por la gran magnitud y despliegue de medios de los aliados. Por otra parte, es obvio que la violencia en grado extremo genera una reacción de igual ferocidad, y el régimen nazi contestó a partir de 1944 con el lanzamiento de las bombas volantes V-1 y V-2 (las llamadas armas de represalia), que no causaron el más mínimo daño militar sino la muerte de miles de ciudadanos británicos.

Pero el suceso más terrible sin duda ocurrió en febrero de 1945, siendo la protagonista la ciudad de Dresden, que apenas había sido alcanzada por las incursiones aéreas[12]. Para aquellas fechas, Alemania ya estaba prácticamente derrotada en todos los frentes y el propio territorio nacional había sido invadido por el este y el oeste. No obstante, el mando aéreo aliado, por iniciativa directa del Primer Ministro Winston Churchill, ordenó realizar un bombardeo total sobre Dresden, una población sin apenas industria de guerra y bien conocida por su cultura y su bella arquitectura monumental. Al parecer, el motivo último del bombardeo habría sido la presión de Stalin sobre sus aliados para éstos facilitasen la ofensiva de las tropas soviéticas en aquella zona del frente.

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Cadáveres apilados tras el bombardeo de Dresden

De este modo, la noche del 13 al 14 de febrero dio comienzo el ataque, protagonizado por dos oleadas de unos 800 aviones que arrojaron más de 2.600 toneladas de bombas (la mayoría de ellas incendiarias) sobre la ciudad. Y diez horas después, ya por la mañana, llegaron los bombarderos americanos que lanzaron “sólo” 770 toneladas de bombas. Finalmente, el día 15 los norteamericanos volvieron para bombardear las últimas infraestructuras restantes de la ciudad. El desenlace fue que la ciudad –con muchos edificios de madera– ardió durante una semana, dándose un efecto de tormenta de fuego semejante al producido en Hamburgo, lo que produjo miles de víctimas por cremación. Ya desde el principio se hizo muy difícil precisar el número de víctimas a causa de la gran cantidad de refugiados del este que se habían desplazado a esta ciudad huyendo de los rusos. Las primeras estimaciones de víctimas mortales se situaban desde unas muy escasas 8.000 hasta un máximo de 200.000[13]. Posteriormente se fue consolidando una cifra indeterminada que oscilaba entre 35.000 y 135.000 muertos, pero los últimos estudios se inclinan por la estimación más baja, alrededor de las 40.000 víctimas.

Sea como fuere, la ciudad quedó destruida en un 90% y por primera vez en la guerra los ciudadanos británicos y americanos supieron, por la masiva propaganda radiofónica alemana, que los bombardeos aliados no iban dirigidos únicamente a objetivos militares. Como respuesta, la propaganda aliada –en un despacho de Associated Press del 17 de febrero– reconoció que el mando aéreo aliado había tomado la decisión largamente esperada de lanzar bombardeos de terror deliberados sobre la población alemana para acabar con el régimen de Hitler. ¡Y tal declaración venía casi tres años después de los primeros bombardeos de saturación!

Esta mayúscula hipocresía la mantuvo el mismo Winston Churchill cuando escribió lo siguiente en marzo de 1945: “Ha llegado el momento en que la cuestión de bombardear las ciudades alemanas simplemente con el fin de aumentar el terror, si bien bajo otros pretextos, se debería revisar.”[14] Ahora bien, es justo destacar que no faltaron voces de altos mandos aliados que criticaron esta estrategia de muerte a gran escala, sobre todo al final del conflicto. Incluso un piloto británico que participó en la incursión de Dresden admitió que “por primera vez en muchas operaciones sentí lástima por la población de ahí abajo.”

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Paisaje desolador tras un bombardeo de saturación

Todo este escenario fue objeto de polémica tras la guerra y debatido a lo largo de décadas. Así, hubo interminables controversias sobre la bondad de esta estrategia y sobre el número total de civiles alemanes muertos a causa de los bombardeos, que podrían llegar a los 600.000 –incluyendo a casi 80.000 niños– según algunas fuentes. En este debate, unos pocos autores de los países vencedores se han atrevido a denunciar estos hechos en obras rigurosas y bien documentadas, si bien muchos otros reputados historiadores, echando mano de argumentaciones político-militares, han seguido defendiendo la necesidad imperiosa de las incursiones, sobre todo citando la difícil coyuntura en que se movían las autoridades occidentales de esa época y haciendo hincapié sobre el gran precio pagado por los aliados en tal empresa[15].

Por su parte, la historiografía alemana apenas se atrevió a tocar el tema en toda su crudeza hasta hace no demasiados años, por no reabrir viejas heridas. Con todo, es de reconocer la valentía e imparcialidad de algunos historiadores alemanes, como el caso de Jörg Friedrich –que ya había escrito previamente sobre los crímenes nazis– a la hora de narrar la durísima realidad que padecieron sus compatriotas debido a los bombardeos, en un intento de superar los traumas y los tabúes que se instalaron en la sociedad germana tras la guerra. En fin, como triste epílogo de estos episodios, podríamos decir que la salvaje estrategia de terror aéreo de la Segunda Guerra Mundial bien podría considerarse un auténtico holocausto, pues esta palabra quiere decir literalmente “cremación total”.

No obstante, y en íntima conexión con este asunto, es bastante menos conocido el destino de muchos alemanes, civiles y militares, al final de la guerra y justo después de ésta. En el frente oriental se sabe que los rusos, como represalia a las atrocidades cometidas por los nazis en su territorio, no tuvieron ninguna contemplación con sus enemigos[16]. Muchos militares fueron ejecutados nada más caer prisioneros y otras decenas de miles fueron maltratados tras ser capturados. De hecho, es notorio que en los campos de concentración soviéticos –bastantes de ellos en la dura Siberia– murieron miles y miles de prisioneros a causa del hambre, enfermedades y vejaciones sufridas. Por ejemplo, de los más de 90.000 hombres apresados en Stalingrado, sólo regresaron a Alemania –ya en los años 50– unos 5.000. A todo esto habría que sumar la gran cantidad de víctimas civiles provocadas por la irrupción de los ejércitos rusos en territorio alemán, lo que incluyó saqueos, asesinatos deliberados e incontables violaciones de mujeres (incluso niñas)[17].

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La polémica obra de James Bacque

Sin embargo, lo que durante décadas quedó prácticamente oculto a la población mundial fue el comportamiento del mando norteamericano con respecto a la enorme cantidad de prisioneros alemanes tomados al final de la contienda. Durante el conflicto los aliados occidentales habían respetado generalmente las convenciones internacionales sobre prisioneros, pero justo después de la rendición se produjo un suceso absolutamente espantoso e inimaginable, instigado por el propio general Eisenhower. El autor canadiense James Bacque descubrió estos hechos, los investigó con detalle y exhaustividad y escribió en 1989 un libro titulado Other Losses (“Las otras pérdidas”). Entre sus muchas fuentes documentales es de reseñar la aportación de primera mano del coronel estadounidense Ernest F. Fisher, de la División 101 Aerotransportada, el cual había participado en las investigaciones realizadas en 1945 entorno a alegaciones de mala conducta de las tropas norteamericanas en Alemania, y que más adelante desarrolló una carrera como historiador del Ejército de los EE UU.

Lo que Bacque relata como eje central de su obra es que desde finales de la guerra una enorme masa de prisioneros alemanes fue hacinada en extensos terrenos áridos rodeados de alambradas situados en la zona de ocupación estadounidense, si bien hubo también un importante contingente de prisioneros en campos franceses que sufrieron idéntico trato. El destino de esos hombres estaba sellado pues, por orden expresa de Eisenhower, se les privó prácticamente de agua, alimento, medicinas o cualquier clase de atención. Simplemente estaban expuestos a los elementos, sin tiendas siquiera, y sin ningún recurso para subsistir. El resultado fue la muerte masiva, entre 1945 y 1949, de alrededor de un millón de soldados en estos campos de auténtico exterminio.

Estas atrocidades no fueron conocidas por el pueblo norteamericano hasta hace relativamente poco porque se mantuvo una estricta censura durante décadas, e incluso una vez aparecido el libro, éste no se distribuyó en los EE UU o era muy difícil de conseguir. Así no es de extrañar que un militar norteamericano, el mayor Merrit P. Drucker, interpelado en 1989 por un ciudadano alemán acerca de estos hechos, no diera crédito en principio a tales acusaciones. Con todo, Drucker quiso verificar por sí mismo las críticas recibidas y, tras obtener el libro, comprobó escrupulosamente sus fuentes, recogiendo incluso testimonios de prisioneros alemanes supervivientes. El resultado de su investigación corroboró lo peor, y quedó hasta tal punto avergonzado que años después, en 2011, organizó en EE UU una solemne petición de perdón ante el ejército y el pueblo alemán, personificado en un militar del Bundeswehr (Ejército de la República Federal Alemana). Este episodio es objeto de un breve vídeo disponible en youtube (en inglés, pero con subtítulos en castellano):

 

En fin, no hay que ser muy perspicaz para deducir que –de haber ganado la guerra las potencias del Eje– los máximos dirigentes políticos y militares aliados habrían podido ser condenados como criminales de guerra en un juicio al estilo Nuremberg, con pruebas irrefutables de su actuación. Ya hemos visto lo que sucedió en Alemania, pero… ¿qué habrían dicho los japoneses del terrorífico doble ataque atómico sobre su población civil que causó centenares de miles de víctimas, incluidas las consecuencias posteriores de la radioactividad desatada?[18] ¿No fue en realidad un acto de maldad suprema el lanzamiento de los ingenios atómicos, cuando en la primavera de 1945 Japón ya había aceptado rendirse prácticamente en las mismas condiciones que acabó firmando en septiembre de ese año? Pero la historia la escriben los vencedores, como ya sabemos.

En todo caso nos queda la lección de que el paradigma de buenos y malos ya no se puede sostener por ningún sitio y lo que procedería en realidad sería hablar de una historia de malos y malos.

© Xavier Bartlett 2016

Bibliografía y referencias

Bacque, James. Other Losses: An Investigation Into the Mass Deaths of German Prisoners at the Hands of the French and Americans After World War II. Talonbooks, 3rd edition, 2011.

Bailey, Ronald H. The air war in Europe. Time Life, 1981.

Friedrich, Jörg. The Fire: The Bombing of Germany, 1940-1945. Columbia University Press, 2008.

Irving, David. Nuremberg: the last battle. World War II Books, 1996.

Irving, David. The Destruction of Dresden. Papermac, 1985.

Maier, Charles S. “Targeting the city: Debates and silences about the aerial bombing of World War II.” International Review of the Red Cross, Volume 87, Number 859 September 2005.

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Este tema, que a juicio de la historia oficial no admite la menor sombra de crítica o revisión, merecería de por sí un largo artículo que quizá escriba en su momento.

[2] En cambio, resulta curioso que la Guerra Civil española, el conflicto que precedió a la SGM, registre una gran cantidad de historiografía escrita desde la visión –o la causa– de los perdedores (republicanos, demócratas, izquierdistas), frente a una relativamente escasa historia de los vencedores franquistas.

[3] En Nuremberg se contravinieron muchas normas y procedimientos legales básicos que operan en todo el mundo, como la presunción de inocencia. A muchos acusados nazis (de organizaciones como las SA o las SS) se les consideró culpables de salida, y se les obligó a demostrar su inocencia. Como visión crítica de Nuremberg, recomiendo la lectura del libro “Nuremberg: the last battle” del historiador inglés David Irving, basado en gran parte en el testimonio del juez estadounidense Robert Jackson.

[4] De un artículo de Eugene Dubois, aparecido en Chicago Tribune el 3 de febrero de 1948.

[5] El precedente de las masacres aéreas –nadie lo niega– ya lo habían sentado los alemanes con terribles bombardeos al principio de la guerra sobre varias ciudades europeas (Varsovia, Rótterdam, Belgrado…) y muy especialmente sobre las ciudades inglesas en el periodo 1940-1941, habiendo quedado alguna de ellas ­–como Coventry– casi totalmente destruida.

[6] Existen datos contrastados sobre la producción bélica alemana en la guerra que muestran que la producción no sólo no descendió sino que aumentó, hasta por lo menos el otoño de 1944, con respecto a años anteriores. Los mismos norteamericanos reconocieron este hecho en un documento llamado United States Strategic Bombing Survey, que cuestionaba la eficacia de resultados que proclamaban los militares.

[7] Por norma, los norteamericanos bombardeaban durante las horas de luz solar y los ingleses bombardeaban de noche.

[8] Sobre el talante de Harris, se cuenta la anécdota de que una noche en Londres su coche oficial –que circulaba a gran velocidad– fue detenido por un policía, que le interpeló: “¿No se da cuenta de que corriendo este modo matará a alguien? A lo que Harris respondió: “Yo mato a miles de personas todas las noches.”

[9] En realidad, esta práctica no era ninguna novedad, puesto que los alemanes ya la habían puesto en práctica durante la Guerra Civil española, en bombardeos como el de Guernica (1937).

[10] Esta cifra vendría a ser equivalente a la cantidad total de pérdidas humanas en Gran Bretaña a causa de los bombardeos alemanes a lo largo de la guerra.

[11] Cabe resaltar que también algunas pequeñas ciudades provincianas alemanas sufrieron ataques indiscriminados, como fue el caso de Pforzheim, que fue arrasada el 16 de febrero de 1945, muriendo una tercer parte de su población, estimada en 63.000 personas.

[12] Se da la “coincidencia” de que Hiroshima y Nagasaki, en Japón, tampoco habían sufrido apenas ataques, como si hubieran sido reservadas deliberadamente para el calculado genocidio de la bomba atómica con muchos meses de antelación.

[13] En unas pocas fuentes y datos alemanes de la época aún se ofrecen cifras más altas, entre 350.000 y medio millón de víctimas, incluyendo una gran cantidad de heridos.

[14] Memorando enviado por Churchill a los Jefes del Staff Committee y al Jefe del Air Staff, el 28 de marzo de 1945.

[15] Naturalmente, las otras víctimas de la campaña de bombardeo fueron los aviadores ingleses y americanos, cuyas bajas habrían ascendido a un total de entre 140.000 y 160.000, según las fuentes.

[16] Hay que resaltar que los soviéticos ya habían mostrado este comportamiento al asesinar a sangre fría a 5.000 oficiales polacos, prisioneros de guerra, en el bosque de Katyn en 1940.

[17] Además, es un dato contrastado que muchas jóvenes alemanas prefirieron suicidarse antes que caer en manos de la incontrolada tropa soviética.

[18] Es de justicia remarcar aquí que los bombardeos “convencionales” estadounidenses sobre Japón ya habían sido especialmente brutales, como las incursiones sobre Tokio el 23 y 24 de febrero de 1945, que provocaron entre 100.000 y 125.000 muertos. Sólo entre enero y agosto de 1945 (el periodo en que los americanos tuvieron Japón a su alcance aéreo), se lanzaron 153.000 toneladas de bombas sobre objetivos civiles.

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6 thoughts on “La historia de los perdedores

  1. Al respecto de las mentiras oficiales que nos han vendido desde los libros de historia y la industria cinematográfica, resulta muy difícil hacer creer a la gente que algunos acontecimientos no sucedieron tal y como nos los han explicado. El ejemplo más claro es el del largamente pregonado Holocausto. A la vista de algunos documentales realizados por escépticos (curiosamente, de origen judío), es posible que nos encontremos ante una de las mentiras más grandes de la historia. No estoy diciendo que no murió muchísima gente en los campos de concentración (que la propaganda llama campos de exterminio), pero tal vez no de la manera en la que intentan hacernos creer, y, desde luego, no en el número en que aparece en las fuentes oficiales. Siempre hemos oído que murieron 6 millones de judíos en los campos de concentración y la gente no lo pone en duda. La cuestión es, ¿cuanta gente sabe que en ese momento la población judía censada en Europa era de poco más de 3 millones de judíos? A mí no me salen las cuentas.

    1. Gracias por tu comentario, Netmel.

      Bueno, como dijo Mark Twain “es más fácil engañar a la gente que convencerla de que han sido engañados”. El tema del Holocausto que mencionas ha sido objeto de análisis crítico por parte de algunos historiadores independientes, nada sospechosos de ser de extrema derecha ni racistas, e incluso de estudiosos judíos o de origen judío. Hay muchos datos y hechos corroborados que no concuerdan con la versión oficial, y eso ya da que pensar. En fin, lo que está claro es que esta cuestión se ha convertido en una verdad casi religiosa que no se puede discutir ni negar so pena de ser persguido legamente en muchos países. Algo huele mal en el reino de Dinamarca…

      saludos,
      X.

  2. Viva la incorrección política e histórica, por el bien de la Verdad.
    Los grandes bombardeos en Alemania además de centrarse en la población civil, en su mayoría evitaban, no se muy bien porque, dañar fábricas de armamento o enclaves militares, dato que puede ser corroborado revisando los pocos datos objetivos al respecto.

    Y por otro lado, apuntar que en los juicios/pantomima de los aliados no se condenó a ningún científico o militar del que los aliados pudieron sacar partido, los cuales fueron salvados y reclutados, para continuar sus trabajos en “el mundo libre”. Así los mayores asesinos tanto Alemanes como japoneses continuaron sus barbaridades al servicio de los “buenos” para desarrollar desde el programa atómico, hasta el espacial o el de guerra biológica, esa tan prohibida por los tratados internacionales (¡!).
    Los mayores ASESINOS de la guerra fueron Churchil y Stalin, junto al mando militar Estadounidense, aunque estos han continuado siéndolo hasta el presente, como digo con la ayuda de antiguos nazis y japoneses.

    Algo más a señalar, la invasión de Polonia que provocó la entrada en la guerra de Inglaterra y Francia se produjo por Alemania, por supuesto, pero también por la Unión Soviética, que además protagonizó una masacre denunciada por los nazis a la que poco caso hicieron los policías del mundo libre.
    Tampoco se ha criticado lo bastante la dejadez de las democracias europeas en la guerra contra el fascismo español.
    Y paro ya, que bastante ladrillo llevo, pero es que me indigna demasiado el juego de buenos y malos en el que siempre pagan los que no tienen culpa: los civiles desarmados.

    Saludos.

    1. Gracias una vez más Piedra por tu incisivo comentario.

      Poco tengo que añadir a lo que has expuesto, todo ello es cierto. Sólo recordarte que un presidente norteamericano (creo que fue Franklin D. Roosevelt, pero no estoy seguro) dijo que nada en la Historia ocurre por casualidad, sino que está bien planeado previamente. Respecto a lo que dices en tu primer párrafo, creo que tú sabes o intuyes la respuesta, ¿no?

      Saludos,
      X.

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