La clásica estrategia del miedo

Dicen que la historia se repite. Pero parece ser que la población en general no se da cuenta de ello; o tal vez sí, creyendo que todo lo que ocurre con cierta periodicidad es inevitable y que no hay nada que podamos hacer. Siempre tienen que suceder desgracias, males, conflictos, catástrofes –ya sean de origen natural o humano– y sólo podemos asistir temerosos e impotentes al desastre.

En efecto, da la impresión que los ciudadanos de a pie de todos los países se han convertido en meros espectadores de escenarios cada vez más virulentos y apocalípticos ante los cuales están asustados, perplejos o indignados, pero con la sensación de que todo eso “se les va de las manos”. Da igual que la gente vaya a votar en los países “democráticos”, que se organicen movimientos políticos o sociales “espontáneos”, que haya protestas ciudadanas… el curso de los acontecimientos parece seguir una agenda fatídica e inevitable, y en todo ello siempre está presente el mismo factor: el miedo.

Según la definición del diccionario, el miedo es “la sensación de angustia por un riesgo o daño real o imaginario”. Y no hace falta ser muy avispado para observar que desde los medios de comunicación (que utilizan esos dos “grandes hermanos” llamados televisión e Internet) se aviva constantemente esa sensación de angustia, ansiedad, incertidumbre, rechazo, malestar, indignación, rabia… proyectando hacia los individuos un daño real… o imaginario. Veamos sólo unos pocos ejemplos:

  • El creciente terrorismo yihadista, que es el número 1 del miedo en Occidente y que nadie sabe muy bien de dónde ha salido. Lo cierto es que está presente por todas partes y que se muestra como un sanguinario monstruo incontrolable; eso sí, goza de la mayor propaganda posible en los medios occidentales. Nunca faltan cámaras para mostrar el odio y el horror en directo o en diferido…
  • Los países que forman cierto “Eje del Mal”, que no se atienen a las directrices de la llamada “comunidad internacional” (¿los buenos?), no dejan de amenazar al mundo con guerras, lanzamiento de misiles, desestabilización económica, etc.
  • Las pavorosas crisis de refugiados que parecen desbordar todas las fronteras de Occidente y que se han convertido ya en la “segunda invasión de los bárbaros”, con un falso problema humanitario, creado por los que desataron las guerras en Oriente Próximo.
  • Los terribles virus que van a matar a muchos millones de personas o dejarlas gravemente enfermas. Véase el actual virus Zika, el último en llegar a la larga lista de pandemias y amenazas biológicas globales de los últimos años, antes los cuales… ¡se envía al ejército! (Por cierto, muchos científicos han denunciado que estas amenazas son inexistentes o totalmente exageradas. ¿Les han visto ustedes en los medios?)
  • La situación financiera mundial, al borde del colapso y siempre complicada con deudas enormes que los países no pueden pagar… bueno, no es así exactamente, siempre acaba pagando el ciudadano medio. Todo ello crea una gran inestabilidad política y económica, un enorme pánico en las bolsas (no olvidemos que “los mercados” mandan más que nadie en el mundo), la amenaza de que se acaben los servicios públicos, las pensiones, etc.
  • El fantasma del cambio climático y el calentamiento global es atizado frecuentemente para ir presentando un panorama apocalíptico de destrucción del planeta ante la irresponsabilidad y culpabilidad de las personas. Tremendas emisiones de CO2, polos derretidos, sequías, hambruna, tsunamis, tornados… Da igual que numerosos expertos hayan afirmado que no hay base científica que demuestre que las emisiones de CO2 humanas sean causantes de ningún cambio climático. Estos tampoco salen en la tele, claro.

lobosY podríamos seguir con un largo etcétera, pero es más de lo mismo. Al grito de “¡que viene el lobo!” todo el mundo entra en situación de desasosiego y trata de escaparse desesperadamente de lo que se le viene encima. Estamos, en fin, ante la clásica estrategia del miedo, que ha funcionado a las mil maravillas durante siglos. Porque… ¿de qué otra manera se podría manejar a miles de millones de personas? No se puede controlar físicamente a tantísima gente con ingentes cantidades de policías y soldados, es imposible. Basta con dominar sus mentes y llenarlas de miedo. En este punto es cuando desde arriba se empiezan a presentar múltiples enemigos a la comunidad y al individuo en particular, gentes o cosas ajenas, extrañas o diferentes que pueden destruir su mundo. Y dado que casi todas las personas se identifican con su yo mental, que separa y discrimina entre una cierta identidad individual (o colectiva) y todo lo demás, la reacción habitual es que se activen las defensas ante las amenazas y perjuicios venidos de fuera. Este es el simple mecanismo por el cual la población de cualquier país –o de todo el planeta– resulta víctima de una sutil y artera manipulación y se convierte en un mero rebaño idiotizado, pusilánime y asustado que hará sin rechistar lo que diga el pastor y los perros que le acompañan.

Aunque, para ser sinceros, en primer término, la base de la estrategia es la ignorancia. Esto es, se trata de que los individuos interioricen lo que conviene (a los que mandan) pero que nunca lleguen a saber lo que les conviene en realidad. Es obvio que la verdad nunca puede salir a la luz, cuando el mundo está construido como un teatro de mentiras, falsedades, ocultaciones y corrupciones de todo tipo. El propio Dr. Josef Goebbels, auténtico genio de la mentira institucionalizada (o sea, la propaganda) ya dijo sin tapujos que “la verdad es el mayor enemigo del Estado”. Sobran los comentarios. Al ciudadano sólo se le proporciona la información precisa para funcionar en ese ambiente y para que experimente falsas sensaciones de seguridad y aceptación en ese entorno. Ahora bien, de un día para otro, le pueden cambiar el entorno y se puede encontrar en la más terrible de las situaciones vitales.

Esto es precisamente lo que sustenta el éxito de la estrategia del miedo: la inútil persecución de las falsas certezas, seguridades y tranquilidades, aun cuando todo el mundo sabe que tarde o temprano la muerte llamará a su puerta. Y no por nada en la famosa pirámide de necesidades de Abraham Maslow, la necesidad de obtener a toda costa una situación de seguridad se situaba en el segundo escalón, justo por encima de lo imprescindible para garantizar la mera existencia física. Así pues, el miedo deshace la confianza y nos relega a un estado semisalvaje de instinto de protección y de supervivencia. El resultado es que casi todo el mundo funciona por miedo: a perder el afecto, a perder un empleo, a perder el prestigio, a ser excluido, a ser perseguido o juzgado, a “no ser como los demás”, etc. Y cuando el mensaje de miedo es repetido día sí y día también en los medios y en la opinión pública, se acaba creando un malestar racional y emocional crónico que es imposible de digerir o disipar. El miedo va calando y va cumpliendo su función de “preparar el escenario deseado”.

Entonces, finalmente, las personas pierden la calma, el sentido común y la razón y acaban buscando o pidiendo a gritos una rápida solución a la angustia provocada. Y ahí resulta que alguien está preparado para recoger los frutos sembrados. Gracias al miedo generado, la autoridad consolidada se refuerza y puede imponer medidas y acciones que de otro modo serían de muy mal trago o que tal vez crearían algunas resistencias. Ante esto, el individuo no sólo pierde su serenidad, también pierde su libertad y su poder. Así, el “papá Estado”, o la comunidad internacional o cualquier otra autoridad establecida decidirá qué debe hacerse en todo momento y cómo afectará a los ciudadanos. Esto puede permitir meter a las personas en campos de internamiento, a obligar a que se vacunen o a insertarles un microchip, a imponer fuertes medidas de seguridad hasta destruir la privacidad o la libertad, a pasar por ciertos controles exhaustivos, a cobrar más impuestos, a recortar o suprimir cada vez más derechos, etc.

En definitiva, es una vieja historia que se lleva arrastrando desde hace milenios, pero que sigue funcionando igual. Así, vemos que tener al rebaño permanentemente asustado o en vilo ha dado muchos réditos a los pastores, cuya única preocupación es ir creando –y vendiendo adecuadamente– graves problemas, riesgos y amenazas de todo tipo para que el miedo siga cumpliendo su inestimable función paralizadora. Ahora podríamos hacernos una pregunta que puede parecer un poco ingenua, pero que empezaría a hacernos reflexionar seriamente sobre el quid de la cuestión: ¿Qué pasaría si usted supiera con certeza que es un ser inmortal? ¿Se preocuparía tanto por su vida o por la de los suyos? ¿Seguiría confiando en aquellos que constantemente le están metiendo miedo en el cuerpo? ¿Y si alguien le dijera que todo este teatro (del malo) no es más que una ilusión o realidad virtual en la que está atrapado? ¿Se imaginan un mundo sin miedo? ¿O tal vez el verdadero mérito sea conocer el miedo, enfrentarse a él y superarlo?

© Xavier Bartlett 2016

 

 

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4 thoughts on “La clásica estrategia del miedo

  1. Sí… fascinante tema el del miedo. Fíjate si surte su efecto, que incluso mucha gente, va OBLIGADA a la guerra y es INCAPAZ de unirse y rebelarse contra los cuatro mafiosos que LES OBLIGAN… ¡¡POR MIEDO!!

  2. Hay un documental: La doctrina del Shock, basado en la novela del mismo nombre, que muestra esto mismo bastante bien.
    Para mi, de todo esto lo que más me llama la atención son los “colaboradores necesarios”, que en el caso que nos ocupa serían las fuerzas de seguridad del estado, porque tanto policía como ejercito se nutren principalmente de ese pueblo al que atemorizan y mantienen a raya.

    Por otro lado, señalar que el miedo, además de un arma de control social, es un “alimento” o que influye, mejor dicho, en que determinadas energías puedan ser encauzadas y utilizadas por determinadas entidades que son capaces de utilizarlas y que a la vez favorecen a aquellos que, desde la cima, imponen esa existencia al resto. (Podríamos decir pues con propiedad y entendiéndolo desde una óptica muy diferente a la habitual, aquello de que hay un “pueblo elegido”)

    Por supuesto, los favorecidos no están dispuestos a dejar de serlo, aunque sea a costa de que la humanidad no pueda evolucionar y dejar de ser solo el rebaño de los dioses.

    Un saludo.

    PD: Por supuesto, una parte de nosotros es inmortal y nuestra vida debería girar en torno a esta verdad y lo que para nosotros representa.

    1. Gracias Piedra

      Coincido bastante en esa opinión y deja que te exponga una pequeña anécdota: cuando un policía canadiense fue a detener a la Dra. Lanctot (“hereje científica anti-sistema”), ésta le preguntó por qué lo hacía, a lo que el policía replicó que si no cumplía con su deber le podían expedientar o expulsar del cuerpo, esto es, actuaba por puro miedo. En efecto, los policías y militares, ejemplo máximo de robotización y control mental, no sólo imponen el miedo a la sociedad sino que son las principales víctimas del mismo.

      Saludos,
      X.

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