Cinismo estatal

Con un poco de perspectiva histórica, podemos comprobar sin dificultad que los poderes públicos, encarnados básicamente en los estados (con sus subsiguientes niveles de administración) y las instituciones internacionales, mantienen y potencian una progresiva línea de control y burocratización sobre las vidas de los ciudadanos. En efecto, los estados –en un papel de “Gran Hermano” orwelliano ya muy poco disimulado– nos inundan con todo tipo de legislaciones, mandatos, ordenanzas, normativas, reglamentos, etc. a fin de hacer nuestra vida más ordenada, tranquila y llevadera, sobre todo para afrontar todos los peligros, riesgos y males que nos acosan en nuestro entorno cotidiano. Así, las personas llegan al convencimiento que “Papá Estado” es nuestra salvación y que sin él la vida civilizada sería imposible.

deudaPero no nos engañemos. Este rol del estado supone una dependencia cada vez mayor del individuo hacia el poder establecido, fundamentada en una brillante novedad del siglo XX: eso que llaman el estado del bienestar. Con este instrumento, el estado moderno se convirtió en la solución definitiva ante los antiguos abusos de los poderes fácticos desbocados, porque se preocupaba de que al ciudadano no le faltara de nada y pudiera vivir una existencia si no cómoda, sí al menos digna. No obstante, ese bienestar debía venir marcado por una política expansiva de gasto público, creciente endeudamiento e impuestos a mansalva, hasta el punto de que impuestos y bienestar se han convertido en términos casi sinónimos. Por ello, cuando la caja estatal va mal y se producen los llamados “recortes”, la población se indigna porque le han quitado su bien merecido caramelo[1]. ¿Lo van pillando?

Inevitablemente, el estado se ha acabado por erigir en garante de nuestra seguridad y bienestar y decide lo que está bien y lo que está mal, o lo que nos conviene y lo que no, y para ello impulsa todo un arsenal de políticas, proyectos, legislaciones, castigos y prohibiciones. Lo que ocurre es que no hay que ser muy avispado para ver que hay algo realmente siniestro en esta protección obsesiva, pues si rascamos un poco sobre la superficie de esas políticas, veremos que se oculta un enorme cinismo o maniobra manipulativa de masas, justamente para aumentar el nivel represivo sobre la población y de paso sacar buena tajada de ello.

Veamos dos ejemplos muy significativos. Por un lado, tenemos el tema del tabaco, planta traída de América que se convirtió en una popular droga de consumo habitual entre la población en los dos últimos siglos. Pero ¡ay!, los médicos ya advirtieron que el consumo de tabaco era bastante perjudicial para la salud a largo plazo, porque podía provocar serias enfermedades respiratorias y en último término la muerte. A esto, había que sumar que el nuevo estado del bienestar tenía que invertir ingentes cantidades de dinero en el tratamiento de los enfermos causados por el tabaco, y con una creciente población envejecida el panorama no era muy halagüeño. Resultado: guerra contra el tabaco, a base de campañas publicitarias de concienciación, a las que siguieron medidas más drásticas como etiquetar los paquetes de tabaco con duros mensajes e imágenes del todo truculentas. Finalmente, en nuestro país se acabó por implementar una estricta legislación persecutoria y regulatoria sobre el hábito de fumar que comportó problemas enormes a las personas, a las empresas y sobre todo a los locales y comercios públicos (especialmente de restauración).

Alcohol_y_TabacoPero… ¿es que nos toman por tontos? El estado sigue cobrando su tajada de impuestos por la venta de tabaco y ha luchado lo indecible para evitar el contrabando. ¿Por motivos de salud? ¡No, claro! El asunto es cobrar los impuestos establecidos y lo demás es control social, que también tiene su inestimable función. Si se quisiera acabar de verdad con el tabaquismo, ya se hubieran implementado otras medidas –si se quiere más drásticas– pero es el estado el que sigue comercializando la droga y sacando dinero de ella[2]. Es tan obvio que cae por su propio peso. De forma similar, otra droga muy popular, como es el alcohol, está sometida a impuestos y se sigue vendiendo tranquilamente. Eso sí, en las botellas de licor no se incluye ninguna frase admonitoria ni imágenes de gente muerta en la carretera o atropellada por un conductor ebrio, todo por culpa del alcohol. Tampoco nos vayamos a engañar, la producción de vino (que también es alcohol) es una gran tradición del país, y ya no digamos su consumo entre todas las clases sociales. Otro tanto se podría decir de la cerveza. ¿Se puede ser más cínico?

¡Vaya preocupación por nuestra salud! Si nos ponemos así, entonces el estado debería meter mano en otros asuntos que afectan a nuestro bienestar ante los cuales no se hace absolutamente nada. Por ejemplo, ¿no deberían salir notas de advertencia en los anuncios de televisión de los famosos restaurantes de hamburguesas y comida-basura ante la posibilidad de enfermedades y sobre todo de obesidad infantil? ¿No tendrían que aparecer mensajes claros en los envases de alimentos modificados genéticamente, que ya se han demostrado perjudiciales para la salud humana?[3] ¿Tendrían que venir los cosméticos acompañados de fotos de animales torturados, necesarios para la creación de esos productos? ¿Se hace acaso alguna advertencia explícita cuando se compra un aparato electromagnético con efectos perniciosos a causa de las radiaciones de baja frecuencia (o sea, los móviles que usan hasta los niños…)? ¿Alguien habla –en nombre del estado– de los problemas y trastornos de salud causados por esas radiaciones y que pueden llegar a causar leucemias, cánceres o tumores? ¿Y qué decir de los efectos nocivos –mortales a largo plazo– de los medicamentos con que nos atiborran los médicos (o sea, las farmacéuticas que están detrás) con el beneplácito de las autoridades sanitarias?[4]

Como segundo ejemplo tenemos el tema de la automoción. Casi todo el mundo posee un vehículo (coche, moto, furgoneta, etc.) y el estado aprovecha para cobrarnos impuestos varios que también varían en función del vehículo, su potencia, etc. Al final, el gasto para el propietario no es poco importante: que si impuesto de matriculación, impuesto de circulación, revisiones obligatorias (ITV), seguro obligatorio, peajes, zonas azules, párkings, etc. Pero al estado sobre todo le preocupa que haya tantas muertes en la vía pública y sobre todo en la carretera. Así, constantemente se lanzan campañas de sensibilización, también con imágenes duras e impactantes, que pueden tener su efecto positivo pues se va notando una tendencia a la baja en los accidentes más graves.

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Sin embargo, hay algo que supone una ofensa a la inteligencia. Se instalan cientos de radares en las ciudades y las carreteras para que la gente no corra más de lo que debe[5]. En los carteles se nos dice que es “por nuestra seguridad” (el motivo de siempre), y el que sea pillado será fuertemente multado y se le quitarán puntos de su carné. En suma, se recurre a la represión y al inestimable miedo, cuando sería mucho más fácil recurrir al ámbito técnico. El estado, que mantiene el control de la venta de vehículos, podría permitir sólo la comercialización de vehículos que no superaran las velocidades máximas marcadas o que al menos dispusieran de limitadores de velocidad (como ya se hace en competiciones deportivas). Esto se podría llevar a cabo con el acuerdo de los fabricantes de vehículos y no habría demasiados problemas, pero al parecer estos fabricantes tienen muchísimo más poder que el estado (o los gobiernos), y se permiten vender en la televisión y a todas horas fabulosos coches que sobrepasan con mucho las velocidades que teóricamente no podemos superar. Y no es que esos coches alcancen 10 ó 20 km./h más de lo permitido, es que llegan a velocidades muy superiores. Y la realidad es que incluso los coches de potencia más reducida ya alcanzan la velocidad de 120 km./h.

Todo ello deja entrever que hay poderes fácticos que están bien por encima de las instituciones y que el estado –mira tú por dónde– parece que no tiene potestad para imponerles según qué restricciones. Pero el cinismo está claramente presente: con el automóvil, el poder vende –y cobra– consumismo, lujo, velocidad, libertad, status social, etc. y luego penaliza al ciudadano (mediante bofetada económica) por hacer un uso “inadecuado” de ese juguete que nos han puesto entre manos. Pero claro, la industria del automóvil es también un gigante económico, un creador de miles de puestos de trabajo y un factor determinante del “progreso y bienestar” de la sociedad.

Y ahora resulta que la ola verde y ecológica extendida por todo el mundo a partir del llamado “cambio climático”, una enorme mentira con barniz científico[6], ha querido criminalizar a los coches “contaminantes” con altas emisiones de CO2 para imponer más impuestos verdes y seguir la política de culpabilizar a las masas. Aparte, poca gente se pregunta de dónde sale la electricidad para recargar las baterías de los “limpios” coches eléctricos. Pues va a ser que la generación de esa electricidad comporta en gran medida el recurso a los combustibles fósiles o a la energía nuclear, todo ello muy ecológico, por cierto. Sin comentarios…

En resumidas cuentas, vemos que este cinismo estatal lleva a cabo cuatro inestimables misiones que se complementan entre sí:

  1. Conseguir que la población reconozca la autoridad establecida y esté bien sometida a las normativas, regulaciones y leyes que prescriben lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede hacer y lo que no, y dictar modos de comportamiento globales (“buenos hábitos”) para uniformizar la sociedad y evitar la disidencia.
  2. Obtener provecho económico del consumo o disfrute de sustancias perniciosas y de las infracciones o abusos por medio de multas, sanciones y principalmente de impuestos, con el argumento principal de que “es por nuestro bien”.
  3. Extender y potenciar el miedo, particularmente el miedo a la enfermedad y la muerte, lo que nos apega todavía más al mundo material (donde somos muy fácilmente manejables) y al carpe diem, gozando precisamente de los placeres sensoriales que supuestamente nos quieren prohibir o restringir, cuando en el fondo es todo lo contrario[7].
  4. Culpabilizar al ciudadano de todos los males que asolan al mundo y hacerle ver que se han de tomar medidas –por dolorosas que puedan parecer– para atajar todo aquello que es pernicioso para la sociedad, el planeta y el bienestar comunitario[8].

Pero si todo se redujera a un tema de tabaco y coches aún podríamos darnos por satisfechos, pero lamentablemente el cinismo, la hipocresía, la corrupción, la mentira y las malas prácticas resultan ser consustanciales a la política, la economía y las finanzas en todos los países, en mayor o menor grado. Por supuesto, nada es lo que parece, ni que los que gobiernan son realmente los que mandan, pero eso sería tema para otro artículo.

Sea como fuere, algo no debe andar muy bien en nuestra sociedad, que asiste pasiva, idiotizada y resignada a los mandatos y actuaciones de los poderosos, pues la gente sigue creyendo en el sistema, acude religiosamente a votar (aunque ello no sirva para nada) y –como ocurre en España– se vota mayoritariamente al partido que ha demostrado estar sumido en la más inmunda corrupción. Vivir para ver… o tal vez sea verdad aquella frase de que “tenemos lo que nos merecemos”.

© Xavier Bartlett 2016


 [1] Eso que se ha denominado “conquistas sociales”, logradas en los últimos 150 años, en realidad son operaciones para hacer que la sociedad tienda al ideal del Gran Hermano: el estado único y controlador de todos los aspectos de las vidas de las personas. Dependemos de su dinero, sus leyes, su administración, sus subvenciones, sus prestaciones, sus permisos o licencias, etc. mientras la población sigue con la inocente creencia de que los políticos sirven a sus pueblos.

[2] Aunque a decir verdad, las drogas prohibidas son las que mueven ingentes cantidades de dinero. Por supuesto, hay autores que dicen que es muy extraño que pese a que los estados llevan décadas gastando muchos recursos en la lucha contra la droga, no se le haya podido poner ningún freno; la siguiente conclusión es lógica: a las élites económico-financieras que dominan el mundo ya les está bien, porque de hecho es uno de sus negocios más lucrativos, junto con el tráfico de armas. Es como decir que se llevan un buen dinero “en negro”…

[3] Tampoco parece que haya demasiada coherencia en la promoción de una vida más natural y saludable cuando las propias autoridades estatales permiten que la industria agroalimentaria recurra al uso de sustancias tóxicas en la producción de alimentos o los atiborre de todo tipo de productos químicos con el pretexto de que son necesarias para asegurar la calidad y conservación de los mismos.

[4] Ya hace años que existen estudios en EE UU que demuestran que una de las causas de muerte más habituales entre la población –sobre todo de gente mayor– es la “muerte por medicina”, esto es, por la prescripción abusiva de fármacos, errores médicos, intervenciones innecesarias o tratamientos agresivos.

[5] Otra cosa sería dilucidar si esas velocidades máximas son realistas o si simplemente están destinadas a aumentar la recaudación, recurriendo incluso a las trampas y subterfugios, o a velocidades absolutamente ridículas, cuando el peligro real sobre la vía es mínimo.

[6] Miles de científicos de primera fila de todo el mundo han demostrado que el calentamiento global antropogénico no tiene base científica alguna y que en realidad es una sarta de mentiras, manipulaciones y tergiversaciones de los datos para dar cobertura a políticas socioeconómicas dictadas por la elite global. Véase el artículo en este blog sobre esta cuestión.

[7] La famosa “Ley Seca” de los EE UU a inicios del siglo XX resultó un perfecto ejemplo de cómo potenciar lo deseado a través de la prohibición legal, lo que aumentó además las actividades mafiosas y criminales.

[8] En efecto, mientras el desarrollo industrial, urbanístico y tecnológico sigue avanzando a pasos agigantados, aumentando la brecha entre el hombre y el entorno natural, nos continúan hablando del desastre de los gases de efecto invernadero, los osos polares, el hielo del Ártico o la selva amazónica, siendo el hombre común el máximo responsable de ello.

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4 thoughts on “Cinismo estatal

  1. Por desgracia estoy totalmente de acuerdo con lo escrito, digo por desgracia, porque somos una minoría muy mal vista.
    Sobre los coches, algo que siempre me ha parecido otra gran hipocresía es que te multen por no llevar el cinturón; Entiendo que si corres demasiado o haces el imbécil al volante pones en peligro a los demás pero llevar o no cinturón o casco, solo afecta a uno mismo, así que castigar por no llevarlos solo penaliza el no pasar por el aro.

    También en esa linea podemos darnos cuenta lo absurdo que es el que nos registren y nos exploren con rayos X al subir a un avión y no lo hagan al subir a un tren, en el que puede haber más gente que en un avión.
    Solo se trata de acostumbrarnos a situaciones denigrantes y absurdas que debemos aceptar o seremos castigados, por nuestro bien.

    Y sobre drogas ilegales, es interesante buscar como llegó el tráfico de estas a nuestro país, de la mano de quien y porqué cada vez hay más tráfico a pesar de que se destinen más fondos en su contra, curiosamente también en los países productores que están en manos de la policía del mundo: EEUU.

    Y en otra linea del cinismo, ¿como se entiende que “la generación más preparada” de la historia de ¡Egpaña!, sea la más dócil, la más insegura, la más dependiente, la menos organizada y la que tiene más paro y menos capacidad para buscarse la vida?

    Saludos.

    1. Gracias por el comentario. Coincido en tu opinión sobre ese control sobre tu propia vida, que dentro de pronto dejará de ser nuestra; ya escribí un artículo al respecto titulado “Nuestra salud no es nuestra”. Bueno, sobre el tema de la drogas (ilegales), eso es el cinismo máximo. Es obvio que es un negocio redondo y por eso seguirá funcionando a pleno rendimiento, por muchos millones que se gasten en polícias y recursos, puro teatro.

      Más saludos.

  2. Magnífico artículo, como siempre. Muchas gracias, Xavier, por el tiempo que nos regalas compartiendo tu conocimiento en este blog. Lástima que la gente esté más ocupada cazando pokemons que intentando conseguir un estado del bienestar real, en el que podamos vivir en armonía con la Naturaleza y con hábitos saludables reales.

    Respecto a lo que comentas del tabaco y su más que nocivo efecto, sólo me gustaría añadir un comentario (de alguien que no ha fumado en toda su vida). Si el tabaco es tan malo para la salud, no lo es tanto por el tabaco en sí como por todos los aditivos realmente dañinos y, muy probablemente, bastante innecesarios que le ponen. No sé si en los pueblos indios, primeros consumidores de tabaco, se dio algun cáncer de pulmón.

    Y, ya puestos, el humo de las ciudades con altas tasas de contaminación ambiental tampoco debe ser muy bueno para la salud en general. No sé si en algún país hacen estadísticas para ver cuantas muertes al año (o enfermedades respiratorias graves) se le pueden achacar a la polución y si ésa no será otra excusa para imponer impuestos a las empresas contaminantes en lugar de buscar soluciones reales al problema.

    1. Hola Netmel

      Gracias por tus amables palabras. Sobre lo que comentas del tabaco, es muy posible que sea cierto lo que dices. Su uso entre los indígenas americanos sería esporádico y más bien ritual, y desde luego no tiene nada que ver con el consumo masivo en la sociedad moderna y sobre todo con el añadido de sustancias tóxicas y adictivas, como queda patente en aquella película protagonizada por Russell Crowe sobre la industria tabaquera. Asimismo, muchas otras “drogas” o sustancias naturales tomadas en un determinado contexto han sido adulteradas (en el consumo moderno) para resultar tremendamente dañinas para el cuerpo.

      Sobre la contaminación o polución urbana causada principalmente por los gases de los coches, no niego que efectivamente sus efectos puedan ser muy nocivos pero también es cierto que la tecnología para tener vehículos propulsados por motores de energía limpia y gratuita existe desde hace décadas… pero desde luego eso no interesa a los grandes poderes. Mira lo que pasó con Tesla.

      Un saludo,
      Xavier

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