Mito y realidad de los kamikaze

En el pasado artículo de este blog titulado La historia de los perdedores ya comenté que la más bien escasa objetividad de la historia queda todavía más dañada al ser distorsionada por la visión de unos vencedores en un conflicto o simplemente por aquellos que detentan el poder. Y en efecto, en la lamentable historia de las guerras existen muchos episodios en que los perdedores han sido tachados de maléficos, salvajes, bárbaros, inhumanos y un largo etcétera para hacernos creer que hay “buenos” y “malos”… y que los “buenos” siempre estarán atentos, armas en mano, para acometer y derrotar a los malvados. En la historia reciente del siglo XX tenemos varios ejemplos de esa visión de un enemigo impío y criminal que, por supuesto, no fue más criminal que el bando vencedor, como luego veremos. Así pues, me voy a referir a la época de la Segunda Guerra Mundial y a los aviadores japoneses llamados kamikaze, que en su tiempo fueron sinónimo de barbarie y fanatismo frente a la “bondad” y “civilización” de las fuerzas aliadas occidentales.

chiran_high_school_girls_wave_kamikaze_pilot
Escolares japonesas saludando a un aviador kamikaze

Como es bien sabido, todo empezó con el estallido de la Guerra del Pacífico el 7 de diciembre de 1941, cuando las fuerzas japonesas atacaron la base naval de Pearl Harbor (Hawai) causando el hundimiento de varios grandes buques y la muerte de más de 2.400 personas, casi todas ellas militares. Este ataque “a traición” –sin declaración previa de guerra– fue considerado por el gobierno americano como un acto criminal que no podía quedar impune, de tal modo que impulsó de inmediato la entrada de los EE UU en la guerra mundial, con el beneplácito de la indignada opinión pública norteamericana.

Por supuesto, ya años antes el público americano había sido bombardeado con la propaganda que criminalizaba el militarismo y autoritarismo del Imperio japonés (en la misma línea que las naciones fascistas europeas), lo que les había llevado a un progresivo expansionismo y colonialismo en Asia, algo que encajaba en el famoso mito occidental del “peligro amarillo”. Y de este modo fue como se pudieron justificar las duras sanciones contra ese país, que lo llevaron a un punto de no retorno y a la decisión de enfrentarse a los EE UU. Así pues, sólo bastó un ataque de grandes proporciones y sin aviso (supuestamente) para convencer a los más pacifistas de que se debía entrar en guerra con Japón[1].

No obstante, hoy en día muchos investigadores independientes han destapado las múltiples incongruencias de tal ataque y han puesto de manifiesto que el presidente Roosevelt y su gobierno estaban bien al tanto de lo que pasaba y habían recibido varios avisos preventivos de los planes japoneses desde diversas fuentes. Así, estos autores insinúan o afirman que el propio gobierno americano permitió que se produjera el ataque para justificar la entrada del país en el conflicto global, algo que recuerda mucho al confuso episodio del acorazado Maine (Guerra de Cuba), el hundimiento del Lusitania (Primera Guerra Mundial), el incidente del Golfo de Tonkin (Guerra del Vietnam) o los ataques del 11-S (Guerra en Oriente Medio y contra el terrorismo).

Así las cosas, la guerra fue transcurriendo durante tres años de duros enfrentamientos y muchas pérdidas por ambas partes, pero llegados a 1944, Japón no tenía ya esperanza de ganar la guerra, pues desde mediados de 1942 se encontraba a la defensiva y cediendo cada vez más terreno, aparte de perder sus mejores tropas y buques de guerra. En este contexto, la resistencia se hizo aún más feroz y se luchó con más determinación para evitar lo peor, pero los estrategas del Alto Mando japonés vieron que en una lucha convencional contra los EE UU, las fuerzas japonesas no tenían ya nada que hacer. De este modo es como nacieron los pilotos kamikaze, en el otoño de 1944, como una respuesta desesperada a la presión de la enorme maquinaria de guerra americana.

WAR & CONFLICT BOOKERA:  WORLD WAR II/NAVY
El portaaviones americano USS Bunker Hill, alcanzado por dos aviones kamikaze

Llegados aquí, vamos a repasar brevemente la historia de estos aviadores y veremos hasta qué punto su verdadera historia ha sido distorsionada y falseada por el mito creado a lo largo de décadas y que todavía perdura en nuestros días.

En primer lugar, cabe remarcar que los kamikaze han sufrido una gran tergiversación en tiempos modernos al ser equiparados por gran parte de los medios de comunicación a los terroristas suicidas de finales del siglo XX e inicios del XXI. Así, ante un atentado en que un terrorista ha activado unos explosivos en un lugar público matando a hombres, mujeres y niños, a veces se ha empleado erróneamente la expresión kamikaze para calificar al agresor. Sin embargo, como dice el tópico, “las comparaciones son odiosas” y las diferencias resultan del todo obvias para cualquier observador imparcial. En efecto, no es posible comparar a unos activistas a los que se les ha lavado el cerebro para que maten a traición e indiscriminadamente a un grupo de personas –normalmente civiles indefensos– con los militares a los que se les encargó una misión contra militares de otra nación (esto es, dentro del ámbito de un conflicto bélico declarado) sin ningún tipo de ataque a traición, sino a cara descubierta y arriesgándose a no poder cumplir su cometido[2].

navy_kamikaze_lieutenant
Teniente de una unidad tokko

En segundo lugar, hay que señalar que el apelativo kamikaze[3] procede de la Edad Media, cuando los japoneses se salvaron de la invasión de dos grandes flotas mongolas gracias a la acción de unos poderosos tifones –a los que llamaron “vientos divinos” (kamikaze)– que hundieron las naves enemigas. Sin embargo, cuando en octubre de 1944 se tomó la decisión de estrellar aviones tripulados contra los barcos americanos, se adoptó para estas misiones el nombre oficial de tokko, abreviatura de tokobetsu kogeki, literalmente “ataque especial”, un eufemismo para no decir “suicida”. El término kamikaze era secundario y designaba a los pilotos que estaban bajo el mando del vicealmirante Takijiro Onishi, principal responsable operativo de esta iniciativa[4]. Asimismo, fue común otra denominación militar –muy poco conocida– para estos pilotos: kamiwashi, que significa “halcones divinos”. Por otro lado, las unidades de pilotos suicidas tampoco se llamaban kamikaze, sino tokko-tai (o To-Go, nombre en clave) que quería decir “cuerpos de ataque especial”.

En tercer lugar, es oportuno mencionar que la estrategia suicida no se limitó –como cree la mayoría de la gente– a estrellar aviones contra barcos, sino que los ataques suicidas se aplicaron igualmente, aunque en mucha menor medida, contra los enormes bombarderos americanos B-29. Así, en vez de usar sus armas, los pilotos japoneses recurrían a la embestida, ya que estos aparatos eran muy difíciles de derribar con los métodos convencionales. Asimismo, los japoneses no sólo usaron aviones contra los buques americanos, sino que emplearon adicionalmente unas bombas volantes llamadas Okha, que eran una especie de misiles tripulados con una alta carga explosiva, en los cuales el piloto no tenía la más mínima posibilidad de sobrevivir.

Además, en la Marina se usaron unas tácticas similares con los kaiten, o torpedos tripulados suicidas, que debían impactar contra el casco de los buques enemigos. Y si generalizamos a todas las Fuerzas Armadas del Japón, el código de honor militar –el Bushido– impedía a los soldados rendirse, dado que consideraban esta acción como algo cobarde y vergonzoso, lo que –sumado a la devoción completa a su emperador– les impulsaba al sacrificio extremo. De esta forma, era habitual que lucharan hasta el último hombre (literalmente) en circunstancias del todo adversas, lo que prácticamente constituía un suicidio, y de hecho, muchísimos soldados se suicidaron ante la inminencia de su derrota o su captura, empleando armas de fuego, bombas de mano o bien espadas o dagas, como el famoso hara-kiri, más propio de los oficiales.

De todas formas, cabe remarcar que no todos los pilotos de las unidades tokko murieron en actos suicidas. Algunos, los más veteranos, tenían por misión guiar al grupo de jóvenes sin experiencia hasta los objetivos, otros ejercían la labor de escolta contra los cazas americanos y unos pocos simplemente hacían de observadores para poder evaluar el impacto de los ataques. Finalmente, a otros les falló el aparato durante el vuelo o no localizaron su objetivo, razones por las cuales debieron regresar.

72nd_shinbu_1945_kamikaze
Jóvenes pilotos con su mascota antes de partir para su última misión

En cuarto lugar, se da por hecho que todos estos pilotos japoneses eran jóvenes (casi adolescentes) que, imbuidos de un alto sentido del patriotismo y llevados por el fanatismo militar, se lanzaban enloquecidos a una muerte segura. No obstante, conociendo la mentalidad y las creencias japonesas, en vez de fanatismo, es mucho más adecuado hablar de conceptos como la ética religiosa, el honor y la tradición, según los cuales estos jóvenes ofrecían gozosamente el sacrificio de sus vidas por su emperador y su país. Así, siempre hubo una gran cantidad de voluntarios dispuestos para realizar estas misiones sin retorno. Ahora bien, para romper el mito, es preciso apuntar que no todos los pilotos kamikaze fueron estrictamente “voluntarios”. Para ser exactos, muchos de ellos fueron voluntarios forzosos que aceptaron y acataron la invitación de Onishi a tomar parte en estos ataques en contra su opinión personal. Por ejemplo, el primer aviador que dirigió un ataque tokko el 20 de octubre de 1944, el teniente Seki, aceptó el encargo recibido de sus superiores, pero pensaba que desperdiciar en tal misión su propia vida –era un piloto experto– era una táctica equivocada.

También se tiene la concepción de que este tipo de entrega absoluta era propio de la tradición más rancia y de la religión japonesa por excelencia, el sintoismo, pero entre los pilotos kamikaze se encontraban jóvenes con mentalidades muy abiertas, con ideas modernas (y en muchos casos pro-occidentales), y de religiones minoritarias como el catolicismo, el protestantismo o el islamismo. Asimismo, es de destacar que no todos los kamikaze eran japoneses, pues hubo un pequeño contingente de pilotos coreanos que participaron voluntariamente en misiones tokko por deber militar hacia las Fuerzas Armadas japonesas[5] .

emperor_hirohito
El emperador Hirohito

En quinto lugar, se acepta comúnmente que en Japón todo el mundo apoyaba entusiásticamente la estrategia kamikaze, y no digamos ya entre las Fuerzas Armadas, como muestra de unidad y fortaleza frente al enemigo. No obstante, la realidad era más compleja y no tan monolítica. Muchas personas, sobre todo familiares, aceptaban el sacrificio de los jóvenes como un acto de patriotismo, gallardía y entrega pero sólo por mera resignación, como un destino fatal que no podían eludir de ninguna manera. Incluso el propio emperador Hiro-Hito, informado del primer ataque kamikaze, dijo literalmente: “Sin duda se ha hecho un buen trabajo, pero ¿era necesario llegar a este extremo?”, sin ocultar el dolor que le producía el recurso a esta estrategia.

Pero lo más significativo es que en el propio ámbito militar existieron no pocas voces discordantes que consideraban esta estrategia como algo inútil y costoso que causaría a la larga más perjuicio que beneficio. Básicamente lo que aducían es que enviar a pilotos experimentados era un lujo que no se podían permitir y que enviar a novatos con poca instrucción no ofrecía grandes perspectivas de éxito, y de hecho era un desperdicio de vidas jóvenes. Además, argumentaban que el daño causado por el impacto de un avión con una bomba no sería mucho mayor que el producido por un ataque convencional ni tampoco aseguraba el hundimiento del buque atacado. Finalmente, muchos pilotos expertos ya no creían en la propaganda y veían que a esas alturas, se hiciera lo que se hiciera, la guerra estaba perdida y la táctica tokko no iba a dar la vuelta milagrosamente a los acontecimientos. En un caso concreto, Tadashi Minobe, un teniente de una unidad de cazas nocturnos, se atrevió incluso a contradecir en persona al vicealmirante Onishi, argumentándole que los ataques suicidas eran ajenos a la táctica militar y que ningún jefe militar debería emplearlas[6].

Sin embargo, los partidarios de estos ataques recurrían a no épicas heroicas ni a muertes rituales sino precisamente a argumentos utilitaristas. Así, creían que los bombardeos “normales” no eran capaces de causar enormes daños y que además requerían de cierta pericia en el lanzamiento de las bombas. Por ello, podría resultar más fácil y más productivo estrellar el aparato contra el buque enemigo, aprovechando la fuerza del impacto más la potencia de la bomba y el incendio generado por la carga de combustible. Por otro lado, y esto estaba bastante claro para todos los aviadores japoneses, la muerte les esperaba en cada misión normal, pues los norteamericanos disponían de muchos más aparatos (y más capaces), con pilotos por lo general bien entrenados. Así las cosas, la táctica tokko no dejaba de ser una opción militar factible, dado que los procedimientos convencionales y los escasos recursos disponibles ya no podían otorgar resultados satisfactorios frente a la gran superioridad americana. De este modo, los jóvenes pilotos, asumiendo que tarde o temprano iban a morir en combate contra el enemigo, encaraban la táctica suicida como una acción práctica y efectiva, ya que –puestos a perecer– preferían hacerlo con la convicción de que causarían al menos el máximo daño al adversario.

japanese_zero
Caza Mitsubishi A6M Zero-Sen, el avión más empleado en los ataques tokko

En último lugar, es prácticamente desconocido que en la misma guerra otras naciones emplearon tácticas suicidas similares[7], también como fruto de la desesperación y la necesidad de resultados. En la Unión Soviética, vista la inferioridad técnica de sus aparatos y la poca experiencia de los pilotos, se implantó desde el inicio de las hostilidades una táctica casi suicida llamada taran, que consistía en abalanzarse sobre los aviones alemanes para causarles graves daños o derribarlos. No siempre morían los atacantes, pues a veces podían saltar en paracaídas o realizar un aterrizaje forzoso, pero si el impacto era muy violento, el piloto ruso no tenía apenas opción de sobrevivir. Y los propios alemanes copiaron esta táctica al final de la guerra, con una unidad de cazas que tenía por misión embestir a los bombarderos americanos, si bien fue un episodio aislado y prácticamente sin ninguna repercusión.

Por su parte, los ingleses utilizaron cazas lanzados desde unos barcos equipados con catapulta para proteger sus convoyes en el Atlántico y el Ártico. En la práctica resultó una estrategia suicida pues los pilotos, en caso de sobrevivir a la acción bélica, no podían amerizar. Debían saltar en paracaídas y esperar –con suerte– que algún barco cercano los recogiera, a lo que había que añadir que la supervivencia en las heladas aguas de aquellas regiones no iba más allá de unos pocos minutos. Y si nos referimos a la mayoría de contendientes, es bien conocido que existía la vieja costumbre entre los capitanes de barco de inmolarse con su navío (una vez perdida toda esperanza de mantenerlo a flote), aunque tuvieran posibilidad de abandonar el barco.

cv6-kamikaze
El portaaviones USS Enterprise alcanzado por aviones kamikaze en Okinawa (1945)

Pero, puestos a plantear alguna conclusión histórica, y con el beneficio de la mirada retrospectiva, está claro que los pocos japoneses que se opusieron a los ataques tokko tenían razón, pese a que obviamente se obtuvieron algunos resultados. Así, los militares de los EE UU reconocieron que los ataques suicidas les habían causado grandes daños y un fuerte impacto moral, sobre todo al principio. De hecho, a lo largo de unos diez meses los japoneses lograron hundir tres portaaviones de escolta y dañar más de veinte portaaviones similares y algunos acorazados, aparte de hundir muchos buques menores. La táctica tokko resultó especialmente letal en Okinawa (abril de 1945), donde los japoneses organizaron la operación kikusui, una serie de ataques masivos kamikaze que causó a la Marina estadounidense unas 9.000 bajas entre muertos y heridos, la mayor cifra de pérdidas en una batalla en toda la historia naval americana.

Con todo, la realidad de los datos recogidos por los propios americanos muestra que sólo 1 de cada 4 pilotos conseguía estrellarse contra un barco y sólo 1 de cada 35 conseguía un hundimiento[8]. En la práctica, muchos atacantes eran derribados por el fuego antiaéreo o por la acción de los cazas antes de poder acercarse a sus objetivos, aparte de los que fallaban –cayendo sobre las aguas– por simple impericia o por los daños recibidos. Además, los japoneses nunca consiguieron hundir ningún portaaviones grande ni ningún acorazado, ni lograron entorpecer gravemente las operaciones anfibias norteamericanas. A su vez, los ataques kamikaze supusieron la pérdida de más de 2.500 pilotos con sus correspondientes aviones, un balance absolutamente insoportable para las capacidades y las reservas de ese país.

b-29_in_flight
Bombardero americano Boeing  B-29

Ahora bien, una vez vista esta realidad de los kamikaze, y sin omitir toda la reprobación moral que podamos hacerles, se impone una reflexión sobre la distinta vara de medir que nos han vendido acerca de la bestialidad de unos y otros. Aproximadamente en las mismas fechas en que se instauró y generalizó la táctica tokko, los americanos lograron conquistar las islas Marianas, desde las cuales los poderosos bombarderos B-29 podían alcanzar el territorio del Japón. De este modo, dio comienzo una brutal campaña de bombardeo contra las principales ciudades japonesas, sin ningún tipo de discriminación entre objetivos civiles y militares, tal como ya se estaba haciendo sobre Alemania desde 1942. La campaña fue in crescendo y se hizo más dura justamente en los últimos meses de la guerra. Entre las mayores “hazañas” americanas cabe señalar los bombardeos sobre Tokio de febrero y marzo de 1945 que devastaron la ciudad y la convirtieron en un mar de fuego, causando más de 100.000 víctimas civiles. Otras ciudades padecieron bombardeos semejantes con bombas incendiarias que provocaban gigantescas hogueras, ya que muchos edificios urbanos eran de madera.

Por supuesto, después vinieron los dos bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, ya en el mes de agosto, cuando Japón no tenía apenas recursos defensivos y estaba a la espera de una invasión inminente. Los Estados Unidos justificaron los bombardeos convencionales, y sobre todo los atómicos, por la necesidad de acabar con la guerra de forma contundente, y para evitar la pérdida de más vidas humanas, tanto americanas como japonesas, pues habiendo visto que la resistencia nipona era feroz y que las tácticas suicidas se habían empleado al máximo, esperaban una durísima conquista de las islas japonesas. Lo cierto es que atrás quedó un balance de entre 250.000 y 900.000 muertos a causa de los bombardeos, según las diversas fuentes. En el otro bando, empero, las pérdidas de bombarderos americanos fueron bastante leves, porque los B-29 volaban muy alto, eran grandes y robustos y los japoneses, a finales de la guerra, tenían más bien pocos cazas y pilotos expertos para poderlos atacar y derribar[9].

hiroshima_aftermath
Aspecto totalmente devastado de la ciudad de Hiroshima tras el ataque atómico

No obstante, esto no es lo peor. Aunque no es un dato muy conocido, los historiadores imparciales reconocen que el gobierno japonés, considerando lo insostenible de su situación, ya había hecho movimientos políticos en la primavera de 1945 ofreciendo por vía diplomática la rendición incondicional a los americanos a cambio de respetar la tradicional monarquía del país. Fueron exactamente las mismas condiciones que aceptó el gobierno del presidente Truman y por las cuales se puso fin al conflicto el 15 de agosto de 1945, pocos días después del terror atómico. Pero como ya había sucedido con Pearl Harbor, Washington, aun estando bien al corriente de los planes japoneses, los ignoró completamente, prosiguiendo con los bombardeos y luego lanzando los dos ingenios atómicos. Más tarde se dijo que, en el fondo, este ataque nuclear tenía realmente como objetivo último advertir o amenazar seriamente a la Unión Soviética con una demostración del poder nuclear americano, a las vísperas de la entrada en la llamada Guerra Fría.

Sea como fuere, no hay forma humana de justificar esta estrategia de aniquilamiento masivo de civiles inocentes, realizado desde gran altura, casi impunemente, y sin que los aviadores tuvieran que ver los miles de cuerpos quemados o destrozados de sus víctimas. Por supuesto, está muy lejos de mi intención honrar los valores militares ni exaltar el sacrificio de los pobres chicos japoneses a los que se lanzó a una muerte cruel –aunque casi todos la concibieran como “gloriosa”– y que al final no sirvió prácticamente de nada, aparte de segar las vidas de unos pocos miles de jóvenes americanos. Ahora bien, visto lo visto, no creo que nadie pueda considerar a estos pilotos unos fanáticos asesinos cuando sus enemigos recurrieron a semejante táctica de muerte industrial despiadada, un auténtico holocausto.

Una vez más, es responsabilidad de los historiadores y comentaristas el desenmascarar esta historia de “buenos y malos” y concluir que no había buenos por ningún sitio, refiriéndome –claro está– a los gobernantes de todas las naciones en liza. Y, como ya sabemos, la historia se repite. Véase que este mismo escenario de “salvajes” y “civilizados” se puede aplicar a los múltiples conflictos de nuestros días, en que los medios nos presentan a unos malvados, radicales y fanáticos, que realizan acciones de gran violencia (decapitando a diestro y siniestro, por ejemplo) mientras que por otro lado los defensores de la libertad y la paz se dedican a desplegar enormes ejércitos tecnológicos y a lanzar bombas inteligentes que matan más limpiamente…

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Bibliografía

AXELL, A.; KASE, H. Kamikazes. La esfera de los libros. Madrid, 2004.

BENEDICT, R. El crisantemo y la espada. Alianza Editorial. Madrid, 2003.

HERSEY, J. Hiroshima. Ed. Turner. Madrid, 2002.

NITOBE, I. Bushido: el alma de Japón. Ed. José de Olañeta, 2002.


[1] Hitler ahorró más problemas al gobierno americano al declarar él la guerra a los EE UU el 11 de diciembre de 1941, con lo cual los americanos ya tenían plena justificación para actuar en dos frentes.

[2] Desde luego, podríamos admitir que a los jóvenes pilotos también se les había lavado el cerebro para que aceptaran este sacrificio y se presentasen voluntarios, pero aquí entraríamos en el debate del lavado de cerebro como práctica indispensable para que los militares cumplan las órdenes y los deberes sin discusión, e incluso con fervor.

[3] Según algunos expertos, incluso la palabra kamikaze no es correcta, pues procede de la interpretación errónea que hicieron los norteamericanos de dos símbolos kanji, que propiamente deberían ser leídos como shinpu.

[4] Sin embargo, Onishi no fue su instigador, pues tales planes venían de estamentos superiores, e incluso al principio él mismo no veía con buenos ojos la idea de sacrificar a los pilotos.

[5] En aquel tiempo, Corea era una colonia japonesa (desde inicios del siglo XX).

[6] Como resultado de esta discusión, ni Minobe ni sus hombres fueron obligados a participar en misiones suicidas, pero Minobe fue retirado del frente y enviado al Japón a dirigir otra unidad.

[7] Para ser precisos, tales tácticas no eran formalmente suicidas (no se instaba a morir expresamente), pero en la práctica resultaba muy difícil salir vivo de los encuentros con el enemigo.

[8] En cambio la propaganda japonesa magnificó los éxitos de estos ataques para mantener la moral de la población, aun cuando el Alto Mando tenía grandes dificultades para evaluar objetivamente el impacto real de los ataques. Las cifras que manejaban los japoneses se mostraron muy alejadas de los daños reales registrados por los americanos.

[9] Con un cinismo incalificable, algunas fuentes culpan de los efectos desastrosos de los bombardeos a los propios japoneses por no disponer de equipos de extinción de incendios adecuados, por tener una pobre artillería antiaérea y por carecer de suficientes refugios antiaéreos para la población. Esta misma argumentación la he hallado para justificar la gran destrucción producida en Guernica en 1937. En resumidas cuentas: la víctima es el primer culpable.

Anuncios

5 thoughts on “Mito y realidad de los kamikaze

  1. La hipocresía de los vencedores: habiendo sido aun más salvajes que los vencidos los demonizan, pero no dudan en aprovechar sus descubrimientos y sus científicos en su provecho.

    Los japos, tanto antes como ahora y hasta el resto de orientales, me parecen auténticos robots y un peligro para el resto de la humanidad y no me refiero solo en sentido militar, ahí está el capitalismo chino para justificar mi temor.

    Un saludo.

    1. Gracias por el comentario Piedra

      Bueno, la demonización es evidente y no ofrece más comentarios, pero has de tener en cuenta que fueron la propias potencias occidentales las que en el siglo XIX promovieron la modernización e industrialización del Japón para que se convirtiera en una gran potencia asiática, capaz de desarrollar un imperialismo similar al de los países occidentales (y recordemos que la mayoría de Asia estaba en manos de poderes coloniales europeos o americanos). A estas alturas, no creo que los poderes asiáticos sean independientes o que quieran retar a Occidente; simplemente están haciendo su papel, encajadas en el mismo juego global de una minoría dominante en todo el mundo. ¿Cómo si no se explica que un país comunista pase a ser hipercapitalista de la noche a la mañana y que siga dirigido por la misma casta política?

      Saludos

  2. Es que primero hay que entender (o aceptar) que el “comunismo” es solo hipercapitalismo, o capitalismo de estado, nunca hubo dos bandos, solo estado competidores.
    Occidente se destruyó tanto Asia como África, al tener una civilización más avanzada las conquistó, unas veces por la fuerza y otras económicamente, pero yo me refiero más a la mentalidad de la propia raza, para mi los orientales son “raros” y sus tradiciones, cultura y costumbres aun más raras, no malas, solo extrañas, como ajenas a las mías (por mi raza).

    Hay quien niega la diferencia de razas o pretende entender esas costumbres que no le pertenecen mejor aun que sus creadores y vemos que después de hacer tres meses de taichi o ver cuatro mangas mucha gente piensa que su piel y su cerebro ya son amarillos.
    Para mi ver como viven y trabajan los orientales es muy deprimente, creo que es un paso más hacia la deshumanización, hacia la robotización, hacia la distopía deseada por cualquier gran dictador de los que nos dirigen.

    Más saludos.

    1. Bueno, las diferencias son evidentes, pero yo no diría que son raciales o genéticas (ojo, podemos caer en el puro racismo) sino a las circunstancias sociales y culturales. Un oriental nacido y educado en un entorno occidental tiene una cosmovisión bastante distinta de si hubiera nacido en una familia y una comunidad tradicional asiática. Por otro lado lado puedes decir que los orientales son robóticos o pasivos y que siguen a sus líderes o jefes sin rechistar, pero ¡qué decir de los no menos borregos occidentales, que además están supersatisfechos con su sistema de vida (o sea, su sumisión al sistema)! Es como comparar a los “salvajes” imperios precolombinos con los “civilizados” europeos que los esclavizaron o mataron durante siglos. Nadie está libre de culpa… o de vergüenza.

      Pero insisto, creo que es un problema de mentalidad y sobre todo de identidad. Y como tú dices, no se trata de ser mejores o peores, sino aparentemente distintos. Lo peor es que te encasillen en una identidad y te digan que esa identidad es contraria a la de tu vecino y eso ya justifica una guerra a muerte. Eso pasó entre japoneses y americanos, que se acusaban mutuamente de ser crueles y salvajes hasta el extremo. Desde luego, todo era propaganda, pero en la SGM a los pobres japoneses-americanos nacidos en EE UU los metieron en campos de concentración sólo por tener origen japonés, cara amarilla y llamarse Furutaka, por ejemplo. ¡Y eran sus compatriotas!

      1. No hay que confundir racismo con supremacismo.
        Yo me considero racista porque admito la existencia de razas (en la especie humana) y que estas tienen características propias y diferenciadas unas de otras.
        Esto se entiende con caballos, perros, etc. pero se niega en humanos, y eso es absurdo.
        El problema es que determinadas sectas políticas usan esta verdad en su provecho y hay supremacistas blancos, negros, judíos, etc. Pero eso no quita que una raza tenga más musculatura o que otra tenga el un predominio de un lado del cerebro que la haga más apta para manejar conceptos abstractos, etc.
        Un africano negro criado en América o Europa, por supuesto tendrá la cultura y mentalidad occidentales, pero en una carrera tendrá la ventaja que le da su genética, solo repasar los medalleros mundiales y tendrá desventaja a la hora de nadar o ser un gran tenista. Eso es el racismo, nadie pondría a un caniche a cuidar un rebaño si dispone de un mastín o un pastor alemán, aunque todos sean perros.
        -La genética no entiende de corrección política.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s