De lealtades y traiciones

Estela_HammurabiSi realizamos una amplia mirada retrospectiva a la historia de la Humanidad, veremos que el poder ejercido por las minorías gobernantes –a lo largo de los milenios– se ha sostenido no sobre pilares físicos sino sobre una especie de legitimidad moral. En efecto, es imposible que unos pocos sometan a muchísimos sólo con la amenaza de la fuerza física. Lo que realmente hace que la sociedad funcione de forma estructurada y jerarquizada es la existencia de un poder máximo que recurre a una idea de legitimidad (esto es, ley y orden) para colocarse en una posición de supremacía indiscutible, de tal modo que les resulte fácil controlar a todos los que están por debajo, haciendo que sus mentes asuman que el orden o statu quo establecido no sólo es necesario y positivo sino obligatorio.

Ahora bien, a la hora de ejercer ese dominio mental colectivo, ya desde la Antigüedad se hizo indispensable la actuación de unos intermediarios entre ese poder y la población en general, y para ello se crearon una serie de estamentos cuya función es la de mantener, aplicar y defender la legalidad vigente. Esta misión, que es parte intrínseca de toda estructura estatal, ha sido tradicionalmente atribuida a policías, jueces y militares, cuerpos que se supeditan completamente al ordenamiento político de cada país, y que de hecho actúan como “garantes” del poder establecido. Dicho en otras palabras, los miembros de estos cuerpos no cuestionan el régimen imperante porque precisamente se deben a él en cuerpo y alma. En la práctica, aparte de recibir el sueldo del estado, que ya es una forma de lograr afección, los defensores del sistema son convenientemente adoctrinados para que su labor y desempeño se ajuste a los principios y leyes comunes, dado que están ejerciendo un alto servicio a la comunidad, frente a la cual han de responder[1]. Así pues, no hay lugar para que actúen “por libre”, según lo que les pueda dictar su propia conciencia, pues tal conducta rompería la sagrada lealtad a la legitimidad que han jurado o prometido defender.

En el caso particular de los militares, es obvio y manifiesto que se lleva a cabo un fuerte control mental sobre los individuos, a fin de que abandonen su individualidad o libre pensamiento para adoptar un comportamiento colectivo, robótico y servil, encarnado en un ideal patriótico. Sólo así se puede aceptar sin rechistar la existencia de una cadena de mando (en la que el superior no puede ser retado ni cuestionado), y de unos principios de obediencia y disciplina absolutamente rígidos. Además, para reforzar la conducta deseada, siempre está presente el innegable factor miedo, pues la superioridad legitimada tiene potestad para juzgar a los que se rebelan contra ella y aplicar sanciones y castigos que pueden suponer desde la pérdida del empleo o el sueldo hasta la pérdida de la libertad o incluso la vida.

Por eso la democracia se vende muy bien y con altas palabras en la mayoría de países del mundo, pero es totalmente ignorada, marginada o perseguida en el ámbito militar o policial de esos mismos países. Las órdenes vienen de arriba y no se discuten. Por tanto, no hay democracia, opiniones contrapuestas o debate sobre lo que se ha de hacer; eso sería el “caos”. Los poderes legítimos dictan y los soldados obedecen; así ha sido desde el tiempo de los faraones hasta nuestros días. Aquí podríamos extendernos más sobre esos mecanismos psicológicos de control mental –que en realidad funcionan en toda la sociedad a distintos niveles– pero eso sería tema para otro artículo específico.

WW2_Pacific
Soldados norteamericanos durante la 2ª Guerra Mundial

Realmente, ninguna guerra o represión habría tenido lugar si no hubiese existido este sentido de la lealtad y de no cuestionarse los preceptos o actos que emanan del poder. Así, cuando alguien hace suyo un ideal o regla moral con la que afrontar el mundo, lo habitual es que mantenga fielmente sus principios, contra viento y marea y en todas las circunstancias, sea en el triunfo pero también en la adversidad. Esto es todavía más marcado en el entorno militar, en el cual existe una entrega o sacrificio del individuo más allá de su propia seguridad o beneficio personal. De este modo, la lealtad no es más que una consecuencia lógica de asumir la vida propia como un acto de servicio a un ente superior (el estado, que teóricamente representa al pueblo) bajo un imperativo ético que se ha llamado tradicionalmente el “deber”, y regido por un código de conducta que constituye el “honor”.

Uno de los ejemplos más paradigmáticos de esta actitud de absoluta lealtad sería la del conde Flavio Belisario, un general romano del siglo VI d. C., que sirvió al emperador Justiniano. Belisario fue educado en las antiguas tradiciones militares romanas y desde joven adquirió un compromiso de servicio a la figura sagrada del emperador, acatando su voluntad y llevando a cabo sus designios por encima de cualquier otra consideración. Por lo demás, estuvo dotado de brillantes cualidades personales, carisma y gran capacidad como estratega, lo que facilitó su rápido ascenso como figura pública digna de elogio y confianza. Así pues, el emperador le confió la guerra contra los persas y luego la reconquista de parte del perdido imperio occidental, tarea que llevó a cabo con diligencia durante nada menos que veinte años.

No obstante, Justiniano vio con creciente recelo la popularidad y éxito de su general y pensó que tal vez querría arrebatarle el trono. Además, Belisario se había ganado muchos enemigos por su conducta incorruptible y su falta de partidismo político[2]. En consecuencia, el emperador lo fue marginando y humillando, y le negó los recursos para sus campañas en Occidente, lo que en más de un momento dejó a Belisario –y a sus tropas– contra las cuerdas. Finalmente, Belisario, harto de intrigas, menosprecios y desplantes, se retiró de la vida militar hasta que fue repescado otra vez por Justiniano para rechazar una gran invasión de eslavos que amenazaba la propia capital imperial. Aun así, Belisario, después de este último servicio, fue acusado de corrupción y enviado a la cárcel, siendo además desposeído de sus títulos y bienes. Con todo, el emperador lo acabó perdonando y lo liberó, muriendo ambos poco después de estos hechos. Como hemos visto, este vendría a ser el caso de la persona que –pese a ser perjudicada o perseguida por el poder al que sirve– no osa rebelarse contra éste, aun pudiendo tener motivos personales más que justificados, porque ello rompería su propia integridad moral.

Jacques-Louis_David_007
Napoleón Bonaparte

Esta máxima lealtad también tiene su contrapartida moderna en lo que representa el servicio al estado, por encima de cualquier cambio en los dirigentes, los gobiernos o incluso los regímenes políticos. Así, si saltamos muchos siglos en el tiempo, tenemos el caso de Jean de Dieu Soult, un arquetipo de los mariscales y generales del ejército francés de finales del siglo XVIII y principios del XIX, casi todos ellos formados como militares en la obediencia a la Corona (el régimen absolutista de Luis XVI). Este régimen fue derribado tras la Revolución Francesa, pero como otros tantos Soult se mantuvo al servicio del estado, ahora bajo la legalidad de la República y poniéndose a finales del siglo bajo el mando de otro brillante colega militar, Napoleón Bonaparte, en el llamado Directorio. Más adelante, Francia se convirtió en Imperio, con Napoleón ejerciendo de emperador “liberal” pero autócrata, y Soult –como no podía ser de otro modo– siguió desempeñando su labor en la lógica continuidad de las instituciones y sobre todo por fidelidad personal a Napoleón.

Pero cuando Bonaparte fue vencido y forzado a abdicar en 1814, el gran mariscal pasó a servir lealmente al nuevo rey absoluto Luis XVIII, nada menos que como ministro de la Guerra. Y nuevamente, tras caer el rey, Soult no tuvo problemas en volver a ponerse a disposición de Napoleón, en calidad de jefe de su Estado Mayor, y tomó parte en la batalla de Waterloo. Tras la derrota, padeció destierro durante tres años, pero Luis XVIII lo recuperó para el servicio público, y así finalmente Soult acabó su carrera sirviendo otra vez a la monarquía absoluta restablecida, y aún en sus últimos años prestó sus servicios como político con la monarquía constitucional de Luis Felipe de Orleáns.

Vista esta trayectoria, podríamos decir que Soult fue una especie de “chaquetero”, un oportunista o arribista, pues sirvió a varios dirigentes y sistemas políticos, saltando de uno a otro sin mayores problemas morales, aun cuando las personas y los sistemas eran aparentemente bien distintos e incompatibles. Sin embargo, desde otra perspectiva, muchos podrían afirmar que el gran mariscal siempre sirvió a “Francia”, cualesquiera que fueran las circunstancias. Dicho en otras palabras, el militar obedece y se da al país, sea cual sea el régimen político imperante.

general_robert_e-_lee
General Robert E. Lee

Unas décadas más tarde, tenemos otro llamativo caso de sacrificio personal en que el militar en cuestión tuvo que tomar una difícil decisión para determinar dónde residía su lealtad, y una vez tomada, llevarla hasta sus últimas consecuencias, pues esta vez el estado no le perdonó la “traición”. Me estoy refiriendo al general estadounidense Robert E. Lee, protagonista de la Guerra de Secesión a mediados del siglo XIX. Lee, graduado en West Point, fue un militar muy distinguido por sus servicios a la Unión durante treinta años en diversos conflictos y tenía un bien merecido prestigio. Pero llegados a 1861, la crisis sobre la abolición de la esclavitud desencadenó la secesión de los estados del Sur, lo que a su vez llevó a los EE UU a la guerra civil. En ese momento, el presidente Abraham Lincoln rogó al veterano Lee que dirigiese los ejércitos de la Unión como comandante en jefe. Lee se encontró en una encrucijada: él vivía en Washington, había servido fielmente al gobierno federal y era abolicionista, pero había nacido en Virginia, un estado del Sur. Así pues, declinó la oferta presidencial y optó por ser leal a su territorio de origen, Virginia, porque –según argumentó él mismo– no se veía luchando contra sus propios paisanos. De este modo, fue nombrado comandante de las fuerzas de Virginia y se puso a las órdenes del presidente confederado Jefferson Davis.

El resto de la historia ya es conocida. Pese a algunos éxitos iniciales, el ejército del Sur no pudo soportar una larga guerra de desgaste contra el pujante e industrial Norte. Lee firmó la rendición sureña en Appomattox en abril de 1965 y ya no volvió a la carrera militar. Pero su lealtad al Sur tendría un precio: pese a solicitar la amnistía o perdón del estado, nunca obtuvo ese reconocimiento; de hecho, legalmente no recuperó su ciudadanía estadounidense ¡hasta 1975! Según algunos autores, Lee ya entreveía que el Sur no tenía posibilidades de ganar una guerra a largo plazo, por lo que resulta de admiración cómo un hombre que conocía bien su oficio y tenía opiniones políticas más propias del bando contrario, tomó el camino más difícil, posiblemente por razones emocionales y dejando a un lado cualquier coherencia intelectual.

Sin embargo, la propia historia nos muestra que a veces las lealtades más firmes se derrumban a causa de una cierta crisis moral ante un estado de cosas que provoca primero el desconcierto, luego la duda y el malestar, y finalmente la desafección u oposición al ideal que el individuo había mantenido como pilar de su conducta personal. Es aquí cuando se traspasa la difícil frontera de la lealtad a la traición, quebrando el marco legal establecido, aquello que constituye –teóricamente– lo más sólido, casi sagrado, para los defensores de la ley. Seguidamente, vamos a ver algunos ejemplos del ámbito militar en el reciente siglo XX en los que juramentos y fidelidades se rompieron, y también veremos cómo la historiografía convencional ha exaltado o condenado unos actos semejantes en función de ideologías u opiniones políticas, dando por buena la “traición” o la “lealtad” según el juicio histórico que haya merecido el poder establecido.

El caso de la II República Española y la subsiguiente guerra civil es sintomático y llamativo en este campo, pues se produjo un auténtico caos de lealtades y traiciones en función de factores que tal vez no hemos comprendido del todo. Por un lado, es sabido que la mayoría del estamento militar era monárquico, tradicionalista y conservador, y que convivía con una minoría de elementos republicanos, liberales o progresistas y apenas unos pocos simpatizantes de opciones radicales de izquierda o derecha. Pero en medio de una situación cada vez más convulsa y conflictiva a todos los niveles (social, económico, político) una parte de la jefatura militar decidió actuar por su cuenta para acabar con el régimen legalmente establecido. En la práctica, resultó que entre los conjurados había, en efecto, una buena porción de esa mayoría pero también personas en principio afectas al régimen por sus ideales republicanos y por su filiación masónica[3]. A su vez, entre los leales al régimen había no pocos militares tradicionales y conservadores, muy poco contentos con la situación social y política del país.

emilio_mola
General Emilio Mola Vidal

Llegados a mediados de julio de 1936, cuando se descubrieron las cartas y los sediciosos se alzaron en armas, se dio un confuso episodio de lealtades y traiciones, que provocó en definitiva la guerra civil. Mientras que en medio país los mandos rebeldes se hicieron con el poder y rompieron con el gobierno (aunque no formalmente con la legalidad republicana en un primer momento), en la otra mitad los militares se mantuvieron leales al régimen, poniéndose a disposición del gobierno de Madrid. Así, por un lado, tenemos que militares de ideas republicanas como los generales Mola y Queipo de Llano encabezaron la sublevación en la Península, mientras que Franco, más proclive a la monarquía, se hacía con el control de las tropas de África. Mientras, en el otro bando, algunos militares conservadores –aun viendo con desánimo la situación de caos y revolución en que se había metido la zona republicana– prefirieron seguir fieles al régimen legalmente constituido, aunque hiciera aguas por todas partes[4].

No es de descartar que en aquella convulsa situación, muchos militares apolíticos y poco proclives a tomar decisiones arriesgadas se inclinaran por una facción u otra en función de apoyos o amistades personales o simplemente por la coyuntura que estaban viviendo en su territorio. Tal vez muchos temieran estar en el bando “equivocado” una vez se hubieran clarificado las posiciones, y optaron por lo que creyeron más seguro, sin que ello les produjera necesariamente un problema de conciencia. Otros seguramente actuaron con la convicción de sus principios y se jugaron la vida en ello, asumiendo el riesgo de su posición. Esto sucedió tanto en una zona como en otra, cuando los partidarios de la opción contraria a la triunfante quedaron “atrapados” y optaron por enfrentarse a sus compañeros de armas defendiendo la justicia de su causa. Esto provocó no pocos arrestos y fusilamientos, entre los cuales hubo desde generales hasta suboficiales.

Es especialmente lamentable el caso del general Núñez del Prado (leal a la República) que, en misión de diálogo y búsqueda de una salida airosa, fue detenido y fusilado por los sublevados, que dejaron bien a las claras que no había “medias tintas” o conciliación posible[5]. Por supuesto, los militares que no quisieron sumarse a la revolución en las zonas en que había fracasado el golpe fueron apresados y muchos de ellos ejecutados o linchados directamente por fuerzas incontroladas. Por ejemplo, entre los mandos de la Armada, que mayoritariamente se habían alzado contra el régimen, la traición resultó muy cara, pues casi todos ellos fueron asesinados por la marinería. Como vemos, lo que para unos era lealtad para otros era traición, y así no es de extrañar que se impusiera la intransigencia del “si no estás conmigo estás contra mí”, que a la postre provocó tantas muertes y represalias.

En suma, en unas pocas horas o días se produjo un primer baño de sangre a causa del diabólico baile de lealtades y traiciones, en que sin duda –por encima del deber y el honor– pesaron situaciones personales, principios, intereses, amistades, conveniencias y seguramente miedos. En cualquier caso, el general Franco, como líder destacado de la sedición, ha pasado a la historia como un traidor que se rebeló contra el poder legítimamente establecido, generó una cruel guerra civil e impuso una odiosa dictadura durante décadas. Además, para mayor escarnio de los que fueron leales al régimen y luego fueron capturados, juzgados y sentenciados por el bando vencedor, se les acusó de “rebelión militar”, lo cual no deja de ser un ejercicio de supremo cinismo. Pero no olvidemos que fue la libertad de escoger una libre opción –la de permanecer bajo la ley o la de oponerse a ésta– la que desencadenó la guerra: si casi todos los mandos hubieran obedecido al gobierno, el levantamiento habría fracasado. Asimismo, si la gran mayoría de militares se hubieran vuelto contra el régimen, el golpe habría triunfado y tampoco habría estallado la guerra civil. De hecho, esto ya había sucedido varias veces en la historia reciente de España; sin ir más lejos, con la dictadura de Primo de Rivera.

pietro_badoglio
Mariscal Pietro Badoglio

En cambio, los militares que se rebelaron contra el régimen fascista de Mussolini a mediados de 1943 fueron vistos como salvadores de la patria, cuando lo que hicieron fue traicionar al régimen y a la persona a quien habían obedecido con lealtad. Incluso el máximo mando militar italiano, el mariscal Pietro Badoglio, que se rindió a los aliados, había sido previamente la mano derecha de Mussolini y uno de los principales instigadores del belicismo y expansionismo del régimen fascista. Lo que ocurrió en realidad es que las cosas se torcieron en la guerra y esas personas decidieron estar en el bando correcto una vez finalizaran las hostilidades, aun traicionando sin mucho rubor las lealtades dadas. Desde el punto de vista ideológico o político podemos alabar esa actitud de rebelarse contra el poder tiránico… pero ¿no habían participado ellos mismos de ese poder tiránico y lo habían seguido mientras las cosas fueron bien? Desde luego, el “golpe” triunfó porque la Italia fascista ya estaba agonizando y las fuerzas aliadas habían puesto el pie en tierra italiana; sólo unos pocos militares traidores que acabaron en manos del renacido régimen de Mussolini en el norte del país fueron juzgados y ejecutados.

Y más o menos por esas fechas, se iba a producir otro episodio similar de rebelión militar, pero con un final muy distinto. Así, el régimen nazi de Alemania, que había llegado al poder por una vía legal y democrática, obligó a todos los militares a que hiciesen un juramento personal de fidelidad completa a la figura de Adolf Hitler, el Führer. Por lo tanto, los mandos alemanes no sólo se debían a su país o estado, sino que prometieron lealtad personal e incondicional al jefe del estado como máximo representante del pueblo[6]. Sin embargo, pasados unos años, algunos militares empezaron a ver con desdén el poder autocrático y criminal del Führer y de su partido, y la peligrosa deriva hacia una guerra total en Europa. De este modo, se empezaron a urdir tramas contra el jefe del estado y se llevaron a cabo los primeros intentos de asesinato contra su persona, que culminaron en el atentado del 20 de julio de 1944, perpetrado por el militar aristócrata Claus Von Stauffenberg[7].

No obstante, estos militares, la gran mayoría apolíticos, cumplieron con lealtad su cometido al estallar la guerra y no discutieron la política de su país, más si cabe cuando en los primeros años todo fueron éxitos en el campo de batalla. Pero las cosas se empezaron a torcer, y la tremenda guerra en Rusia –con todas sus atrocidades y excesos– empezó a despertar conciencias. El movimiento anti-nazi fue cobrando fuerza entre bastantes miembros del Ejército y fue en este punto cuando se consolidó la famosa conspiración contra Hitler en la que tomaron parte muchos altos mandos, entre ellos el general Beck y el coronel Von Stauffenberg. Aquí es oportuno citar una declaración de Beck que resulta muy significativa:

“La historia considerará culpables de derramar sangre a los comandantes que, a la luz de sus conocimientos profesionales y políticos, no acaten los dictados de su conciencia. El deber de obediencia de un militar acaba cuando sus conocimientos, su conciencia y su sentido de la responsabilidad le prohíben cumplir determinada orden.”[8]

claus_von_stauffenberg_1907-1944
Coronel Claus Von Stauffenberg

No cabe ninguna duda de que Beck, Stauffenberg y el resto de conjurados han pasado a la historia como héroes de la libertad, y no sólo de Alemania sino del mundo entero. Su sacrificio en la derrota fue visto a posteriori como un acto de entrega, coherencia y rebeldía ante la tiranía y la opresión, y como tal han merecido el homenaje de las generaciones posteriores. Sin embargo, en la Alemania nazi de aquellos tiempos una buena parte de la población alemana –aun sufriendo en sus carnes una dura guerra que se había vuelto en su contra– se escandalizó ante este atentado y celebró que Hitler, su bienamado Führer que aún les prometía la victoria, hubiera sobrevivido. Asimismo, muchos militares condenaron la insensatez y traición de sus compañeros, y no necesariamente todos eran fervientes nazis (que más bien eran pocos).

Lo cierto es que, según lo que nos dice la historia, bastantes militares, incluidos auténticos héroes populares como el famoso mariscal Erwin Rommel[9], estaban descontentos con la situación militar y política del país, pero en ningún caso realizaron movimientos de “traición” contra el poder establecido, lo que de hecho hubiese supuesto la violación del juramento que habían emitido, aunque quizás en más de una ocasión esa idea les pasara por la cabeza. Todo ello por no mencionar el tradicional sentido del deber de los militares alemanes, sobre todo en los de origen prusiano. Así, el clásico militarismo alemán también estaba presente en los conjurados, que no se negaron a participar en las victoriosas campañas de Hitler del inicio de la guerra. Sólo cuando las cosas empezaron a ir realmente mal la oposición se hizo más dura, al ver hacia dónde iban los destinos de Alemania. Finalmente, no sabemos qué hubiera podido pasar en caso de una victoria a medias de los conjurados en Alemania; tal vez hubiera estallado una guerra civil mientras todavía luchaban contra un enemigo exterior[10].

Podríamos volver ahora a los argumentos anteriores y sopesar la influencia del miedo y la conveniencia en las posiciones que tomaron unos y otros, pero lo que parece quedar ya claro a estas alturas es que en todas las épocas y sistemas políticos, la obediencia ciega a un poder –del cual supuestamente emana una cierta legitimidad– provoca la completa anulación de la conciencia y el seguidismo a unas órdenes o consignas que en ningún caso pueden ser discutidas, a menos que se quiera incurrir en “traición”. Además, resulta evidente que quien posee la fuerza de las armas puede imponer a la sociedad su voluntad, lo que hace todavía más crítica la decisión de unas pocas personas que tienen la potestad de convertirse en juez y verdugo del pueblo al que dicen representar. Desde este punto de vista, es absolutamente crítico para los dirigentes mantener el control más rígido sobre los estamentos que poseen las armas o instrumentos para la coacción, la represión o la agresión.

En suma, todos los actos de guerra, incluidos aquellos que se califican de criminales (como si la guerra no fuese ya de por sí el supremo crimen…), quedan bajo el paraguas de esa obediencia y lealtad absoluta a los mandatos impuestos por las autoridades políticas, lo cual ofrece una ilusión de ausencia de responsabilidad personal y moral. Así, no es de extrañar que en muchas guerras recientes, los soldados y mandos acusados de determinadas conductas y actos infames se refugiaran en el cumplimiento de las órdenes recibidas para justificar su proceder. En efecto, “el fin justifica los medios” –¡y de qué manera!– en el estamento militar.

Nuremberg_Trials_defendants_in_the_dock_1945
Políticos y militares alemanes juzgados en Nuremberg por su afección al régimen nazi

De este modo, muchos militares alemanes juzgados al final de la guerra, acusados de servir a Hitler y cometer ciertos actos criminales, se defendieron con el argumento de que no podían ir contra su deber patriótico de soldados y que actuaron en cumplimiento de sus órdenes. Desde luego, dado que su régimen fue condenado, estas personas –en la mayor parte de los casos– no obtuvieron la comprensión de sus jueces, los vencedores del conflicto. Y todo ello por no hablar de los mandos inferiores o tropa que, teniendo poca o ninguna capacidad de decisión, siguieron a rajatabla el principio de obediencia debida en una cadena de mando, lo que daba cobertura a su actuación, sea la que fuere. Así, al que se saltaba esos imperativos de arriba muy posiblemente le podía esperar la cárcel o el pelotón de fusilamiento, sobre todo en los casos de cobardía o deserción[11]. Así pues, nunca en la historia ninguna rebelión o acto de disidencia protagonizado por estas personas tuvo el menor éxito.

Finalmente, cabe realizar una última reflexión. ¿Qué ocurriría si los militares de todos los países se diesen cuenta de lo que es del todo evidente: que están siendo manipulados para matar a otros militares y civiles de un país extranjero –o del propio país– por órdenes de sus gobernantes y en función de unos motivos absolutamente espurios? En esos momentos, la lealtad de esas personas ya no residiría en su rígida mente, sino en su conciencia, y en tal caso quizá renunciarían a seguir desempeñando su labor de asesinos legales. Eso sin duda provocaría la caída del sistema, pues si se produce la desobediencia en cadena (no sólo de militares, sino también de policías y jueces), el poder perdería su legitimidad e influencia sobre sus mecanismos de control y se vería incapaz de ejercer su dominio efectivo.

En resumidas cuentas, el despertar de la verdadera conciencia podría hacer reflexionar a esos militares que, en vez de seguir comportándose como autómatas que obedecen a una mente colectiva paranoica, ególatra y destructiva, podrían empezar a replantearse dónde está su verdadera lealtad y actuar luego en consecuencia. Por ello, tal vez el mejor acto de coherencia y lealtad a sí mismos que podrían hacer estas personas sería abandonar sus instrumentos de muerte y represión (“legales” o “ilegales”) y superar el miedo y las amenazas, pues los que están allá arriba ejerciendo el poder global son –como dice el tópico– “pocos y cobardes.”

© Xavier Bartlett 2016

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] En realidad, responden ante los que están situados en los niveles superiores, aunque se les haga creer que el mandato es de origen popular.

[2] Esta neutralidad la llevó al extremo desde joven, pues nunca quiso tomar partido en el enfrentamiento entre las dos facciones socio-políticas de Bizancio, los verdes y los azules (según los colores de los equipos de carreras de cuadrigas). Es más, él siempre se consideró del equipo “blanco”, que ya no existía en su época, y puso fin a las violentas reyertas entre verdes y azules que azotaron Constantinopla y que hicieron peligrar la integridad del estado.

[3] De hecho, los militares masones estuvieron presentes en los dos bandos, si bien Franco mostró el Alzamiento como un movimiento contrario a la “conspiración judeo-masónica”. Lo cierto es que, en 1936, de los 23 generales de división existentes, 21 eran masones; así que no es de extrañar que estuvieran repartidos en las dos facciones.

[4] Por ejemplo, el que fuera jefe del Estado Mayor Central del Ejército Popular de la República, el coronel Vicente Rojo, se declaró abiertamente católico, apostólico y romano y monárquico y pese a ello fiel al régimen.

[5] No obstante, algunas ejecuciones simplemente fueron cuestiones personales, con recelos y antipatías de por medio. Así, el general Queipo de Llano mandó fusilar al general Miguel Campins (unido al alzamiento en Granada, pero tras no pocas dudas), pese a que Franco había intercedido por él. En contrapartida, Franco ordenó más tarde el fusilamiento del general Batet, ante las inútiles súplicas de Queipo, amigo de Batet.

[6] Además, durante la Guerra Mundial, Hitler asumió personalmente el mando supremo de las Fuerzas Armadas alemanas y por tanto ostentaba no sólo la máxima autoridad política, sino también la militar.

[7] Al menos se conocen 15 intentos de atentado contra Hitler desde mediados de los años 30 hasta el último y más famoso de la bomba en la “Guarida del Lobo”.

[8] BAIGENT, M.; LEIGH, R. Secret Germany. Ed. Martínez Roca. Madrid, 2009. (p. 29)

[9] Según coinciden los historiadores, Rommel estaba al tanto del complot, pero de ninguna manera se adhirió a él, aunque ello no le exculpó ante Hitler. El simple hecho de conocer la conjura supuso su condena, si bien –dada su gran popularidad– “sólo” fue obligado a suicidarse.

[10] De hecho, esto sucedió al final de la Guerra Civil española, en la que el bando republicano se fraccionó en una cruenta guerra interna cuando aún luchaban contra las fuerzas franquistas.

[11] El ejército soviético de Stalin fue especialmente sanguinario en esta cuestión, eliminando fríamente no sólo a quien se hubiese pasado al enemigo sino también a cualquier militar que se hubiese mostrado crítico o cobarde. Incluso había órdenes de matar a todos los soldados que retrocediesen hacia las líneas propias tras ser rechazados por los enemigos. Igualmente, los que habían sido hechos prisioneros y de algún modo conseguían volver a la URSS eran ejecutados o enviados a campos de concentración.

Anuncios

7 thoughts on “De lealtades y traiciones

  1. Pues yo sigo pensando que son unos vende patrias, que eso del honor la patria y toda esa basura solo sirve para lavar el cerebro de los chusqueros, pero los de arriba tienen la ,lección bien aprendida.
    Algo también a pensar es, quien forma el estado, qué es el estado, porque el ejercito es parte fundamental de este, los políticos cambian, incluso algunos son “elegidos” por el pueblo, pero a los militares no los elige nadie (del pueblo).
    Una frase de esas “de camiseta” que siempre recuerdo es -imagina que hay una guerra y no vamos nadie-. Pues eso, que sean ellos los que se maten y que nos dejen en paz.

    Un saludo.

    1. Bueno, la pregunta del millón sería: entonces ¿qué es lo que mueve a los de más arriba?, si no creen en lo que decir creer… claro. La respuesta es para nota; yo tengo una idea al respecto, pero me la reservo. Y lógicamente, a los militares (y mandos policiales y jueces) no los escoge nadie del pueblo, excepto en EE UU, en que me parece que se pueden elegir algunos cargos policiales y judiciales, aunque tales elecciones sean un menú prefabricado.

      En todo caso, es una buena reflexión eso de que “no vaya nadie a la guerra”. Pero durante 5.000 años no ha sido el caso y tendríamos que averiguar qué ha pasado para que la gente no sólo no rechace la guerra sino que incluso la acoja y la desee con entusiasmo patriótico frente a un enemigo “absolutamente malvado”…

      Saludos,
      X.

      1. Realmente no creo que los militares, salvo un pequeño número, sean gente brillante (¿Cuántos leerán este artículo o cosas como esta?) Son personas fáciles de adoctrinar y hacerles creer en construidas patrañas que para ellos representen su vida. Con casi unanimidad creerán que están defendiendo a su pueblo por medio de las estructuras que “los de arriba” han construido y morirán casi todos creyendo que hacían lo correcto.
        En EEUU después de la guerra del Vietnam, e incluso tras la primera y segunda de Irak, muchos de los que regresaron tuvieron unas tremendas crisis y como algunos de ellos se pusieran a reflexionar en alto eran tachados de traidores, creo que la catarsis de muchos tuvo que ver por haber sido tan, inexplicablemente para ellos, mal recibidos por su propia gente.
        Para que se de un motivo de reflexión tan profunda en el estamento militar, incluso aunque hubiesen llegado al entendimiento de lo que en el artículo tú argumentas, hace falta que también, aparte de esto pongan en riesgo sus posiciones, su prestigio, su economía, su familia, sus amistades… Tendrán delante de sí todo el sistema de valores enfrentándosele. No… no creo que los militares, salvo individuos concretos, sean capaces de arriesgar los suyo por lo de los demás cuando va a ser su propio pueblo al que van a tener enfrentándosele.
        La única solución a esto es tener gente culta y educada, gente que piense, con valores humanos y… eso ya no es candidato a militar.
        Saludos y gracias por tan buen artículo.

    1. Amigo zangolotino

      Gracias por el comentario. Bueno, ya doy por hecho que los militares no van a leer esto, están totalmente programados y ellos situán su conciencia en la patria, el honor, el deber, etc. Pero como tú comentas acertadamente, no puede haber reflexión por su parte, pues ellos son las primeras víctimas de un sistema en que el miedo a las consecuencias de actuar según su verdadera conciencia atenaza cualquier salida del rebaño. Esto es lo que realmente tiene atrapadas las mentes y los corazones de esas personas: el miedo (y en segundo término la ignorancia). No obstante, fíajte que cada vez se está poniendo más difícil hallar “enemigos” a los que combatir y han tenido que sacar de la manga un terrorismo mundial radical que quiere destruir la civilización para que los soldados vayan a la guerra… tal vez las cosas estén empezando a cambiar, aunque sea muy lentamente.

      Saludos,
      X.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s