El inevitable encuentro entre la ciencia y Dios

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Peter Russell

Poco antes de abrir este blog, tuve la oportunidad de descubrir en Internet el trabajo de Peter Russell, un científico británico de formación convencional (físico, matemático e informático), que se fue interesando progresivamente por los misterios de la mente humana, lo que le impulsó a adentrarse en el ámbito la psicología y posteriormente a buscar respuestas en la India, donde estudió meditación y filosofía oriental. Russell es autor de varios libros sobresalientes entre los cuales cabe destacar The Global Brain (“El cerebro global”, 1980), en el cual ya predijo Internet y From Science to God (“De la ciencia a Dios”, 2002), que marcó el inicio de una trayectoria de búsqueda de un sincretismo entre la espiritualidad genuina y la cosmovisión científica más moderna. Su sitio web es http://www.peterrussell.com.

Así pues, una de mis primeras entradas estuvo dedicada a las propuestas de este notable científico a través de una interesante conferencia en vídeo. Dicha exposición ponía de manifiesto que las teorías más avanzadas sobre la conciencia, el universo y la realidad –en gran parte derivadas de la física cuántica– vienen a coincidir con muchos principios de las antiguas tradiciones orientales, sobre todo del hinduismo y el budismo. No obstante, este documento audiovisual sólo estaba disponible en versión inglesa y por ello ahora he juzgado oportuno traducir uno de sus artículos más representativos –titulado originalmente Science, Conciousness and God– en el que queda magníficamente sintetizado su pensamiento sobre esta nueva visión de la ciencia, que rompe los lazos con el antiguo paradigma y se acerca a unos términos de lo que podríamos denominar la ciencia espiritual, un alto conocimiento que seguramente poseían los antiguos –al menos en parte– como herencia de un mundo superior que declinó por causas que se nos escapan. Les dejo ya con esta lúcida reflexión de Russell.

Ciencia, conciencia y Dios

¿Qué tiene que ver la ciencia con la conciencia? Muy poco. La conciencia es un tema problemático. No puede ser fijado y medido como una cosa material; y las incertidumbres de la experiencia subjetiva interfieren con nuestros esfuerzos por llegar a verdades universales. Así pues, la ciencia, en general, ha excluido deliberadamente la conciencia de sus consideraciones.

fromsciencetogod¿Qué tiene que ver la ciencia con Dios? Menos aún. Mientras que hemos de aceptar la existencia de la conciencia, por molesta que sea, Dios no tiene ningún lugar en absoluto en la cosmovisión científica. La ciencia moderna ha mirado hacia el “espacio profundo” hasta los confines del Universo, se ha sumergido en el “tiempo profundo” hasta los comienzos de la creación, y ha descendido hasta la “estructura profunda” de los constituyentes más básicos de la materia. En cada caso no ha encontrado ni necesidad ni lugar para Dios. El Universo, proclama, funciona perfectamente sin Él.

Esta ha sido la visión tradicional. Pero hoy en día las cosas están cambiando. Las viejas fronteras se están disolviendo, y la ciencia está empezando a expandir su visión.

El meta-paradigma

Al considerar los límites de la ciencia contemporánea, es importante recordar que estamos hablando del paradigma actual, no de la ciencia como un empeño. Un paradigma científico es el conjunto de supuestos dentro del cual una ciencia en particular hace su trabajo. La teoría cuántica, la teoría de la evolución de Darwin y la teoría psicoanalítica de la mente inconsciente son ejemplos de paradigmas.

Con el paso del tiempo, los paradigmas cambian. Durante casi dos mil años la creencia de Platón en la perfección del movimiento circular dominó la ciencia de la mecánica. En el siglo XVII, las Leyes del Movimiento de Newton se convirtieron en paradigma. Hoy en día, las teorías de Einstein de la relatividad se consideran como una descripción más precisa de cómo se mueve la materia en el espacio y el tiempo.

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La famosa obra de T. Khun

Desafortunadamente, como mostró Thomas Kuhn en su magistral exposición La estructura de las revoluciones científicas, los paradigmas no cambian fácilmente. Están tan profundamente arraigados en la cultura científica y popular que rara vez se cuestionan. Las pruebas que contradicen la visión actual se pasan por alto o se rechazan. O, en caso de que no puedan ser descartadas, se incorporan de alguna manera –a menudo torpemente– al modelo existente. Los creyentes en el viejo paradigma preferirían morir antes que renunciar a sus suposiciones acerca de la naturaleza de la realidad. Y así es a menudo. Los nuevos paradigmas surgen en una cultura no porque las personas cambien de opinión, sino porque los adherentes a los viejos paradigmas mueren.

La cosmovisión científica actual sostiene que la materia y la energía física son la realidad primaria. Cuando comprendamos plenamente el funcionamiento del mundo físico, de acuerdo con este punto de vista, seremos capaces de explicar todo, incluyendo la mente humana. Esto es más que un paradigma dentro de un campo particular de estudio. Es una creencia común a casi cada rama de la ciencia. En suma, más bien es un meta-paradigma.

Cuestionar este meta-paradigma es cuestionar algo realmente grande. No es de extrañar entonces que cualquier prueba de telepatía, clarividencia, precognición, curación, oración o cualquier otro fenómeno que sugiera que la conciencia no es tan dependiente de la materia, sea ignorada o ridiculizada por el establecimiento. Dentro de la cosmovisión aceptada, simplemente no puede ser verdad.

¿Qué es la conciencia?

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Los perros son conscientes… pero no como nosotros

Si, como sostiene el meta-paradigma actual, la conciencia surge de la materia, es natural preguntar cuándo surgió por primera vez. ¿Es consciente un animal como el perro? Por lo que sabemos, los perros no son tímidos como nosotros, no piensan en sí mismos con palabras, y probablemente no razonan como nosotros. ¿Pero significa eso que no tienen experiencia subjetiva, como conjeturó Descartes?

Por lo que puedo decir, mi perra experimenta el mundo a su alrededor. Claramente siente dolor cuando está herida. Y cuando duerme, parece soñar; los dedos de sus patas se contraen como si estuviera husmeando el olor de un conejo de fantasía. Sugerir que ella no es un ser consciente, sino un mecanismo biológico insensible sin mundo interior, parece absurdo, tan absurdo como sugerir que mi vecina de enfrente no es consciente.

Al tratar estas cuestiones, es útil distinguir entre dos amplios –pero distintos– sentidos del término conciencia. Primero, están los diversos fenómenos y acontecimientos subjetivos que experimentamos: nuestras percepciones del mundo que nos rodea, nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestras creencias, nuestros valores, nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras esperanzas, nuestros temores, nuestras intuiciones, nuestros sueños y fantasías. A todo esto yo lo llamo “el contenido de la conciencia”.

Distinto de todo esto es la conciencia como una facultad, la facultad de tener un mundo mental interno dentro del cual tienen lugar estas experiencias. El contenido de nuestra conciencia puede variar ampliamente; vemos cosas diferentes, pensamos diferentes pensamientos, sentimos diferentes emociones, mantenemos valores diferentes, pero es común a todos nosotros el hecho de que somos conscientes. Sin esta facultad no habría experiencia subjetiva de ningún tipo.

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El contenido de la conciencia se manifiesta en una especie de “lienzo”

Podríamos hacer una analogía con una pintura. La imagen corresponde al contenido de la conciencia. El lienzo sobre el que está pintado corresponde a la facultad de la conciencia. Se puede pintar una infinita variedad de cuadros en el lienzo, pero cualquiera que sea la imagen, todos comparten el hecho de que están pintados en un lienzo. Sin el lienzo no habría pintura.

Así, los perros no difieren de nosotros en la facultad de conciencia, sino de lo que ellos son conscientes: el contenido de su conciencia. Los perros pueden no ser conscientes de sí mismos, y no pueden pensar o razonar como lo hacemos nosotros. En estos aspectos son menos conscientes de lo que somos nosotros. Por otro lado, los perros pueden escuchar frecuencias de sonido más altas que nosotros y su sentido del olfato supera con creces el nuestro. En términos de su percepción sensorial del mundo a nuestro alrededor, los perros pueden ser más conscientes que los seres humanos.

Los orígenes de la conciencia

Si los perros tienen la facultad de la conciencia, entonces, por el mismo argumento, deben tenerla los gatos, los caballos, los ciervos, los delfines, las ballenas y otros mamíferos. Si los mamíferos son seres sensibles, entonces no veo ninguna razón para suponer que las aves sean diferentes. Algunos loros que he conocido parecen tan conscientes como los perros. ¿Y los reptiles y los peces? No hay nada particular en sus sistemas nerviosos que sugiera que no tienen su propio mundo interior de experiencia.

Entonces, ¿dónde trazamos la línea? ¿En los vertebrados? Los insectos tienen sentidos y sistemas nerviosos; ¿Por qué no deberían tener también cierto grado de experiencia interna? La imagen que se pinta en el lienzo de sus mentes podría ser muy diferente de la nuestra –menos rica, mucho más simple– pero no veo ninguna razón para dudar de que existe un cuadro.

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¿Son los átomos conscientes?

Me parece probable que cualquier organismo que sea sensible de alguna manera a su entorno tenga un grado de experiencia interior. Si una bacteria es sensible a la vibración física, la intensidad de la luz o el calor, ¿quiénes somos nosotros para decir que no tiene su grado de conciencia correspondiente? El cuadro que se pinta podría ser el equivalente a una mancha extremadamente débil de color –prácticamente nada, en comparación con la riqueza y el detalle de la experiencia humana– pero no completamente inexistente. ¿Hasta dónde bajamos? ¿Se aplicaría lo mismo a los virus y al ADN? ¿A los cristales y a los átomos?

El filósofo Alfred North Whitehead argumentó que la conciencia va hasta abajo del todo. Lo veía como una propiedad intrínseca de la creación. Desde esta perspectiva, lo que ha surgido en forma de vida que ha evolucionado no es la facultad de la conciencia, sino las diversas cualidades y dimensiones de la experiencia consciente, el contenido de la conciencia. A medida que los seres vivos evolucionaban ojos, oídos y otros órganos de los sentidos, las imágenes pintadas en la conciencia se hicieron cada vez más ricas. Para procesar y utilizar esta información, los sistemas nerviosos evolucionaron y, a medida que los sistemas nerviosos se hacían más complejos, surgían nuevas cualidades: libertad de voluntad, cognición, intención y atención. Con la aparición de los seres humanos, la conciencia adquirió una dimensión totalmente nueva: el pensamiento.

En busca del pensador

Al observar nuestra propia experiencia interior, sentimos que debía haber un experimentador, una identidad[1] que tuviera todas estas experiencias, que tomara todas estas decisiones y que pensara esos pensamientos. Habíamos usado el lenguaje para etiquetar casi todo lo demás en nuestro mundo de experiencia, así que parecía un paso natural darle a esta identidad, lo que fuera, una etiqueta. Lo llamamos “yo”.

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David Hume

Pero ¿qué era este yo? ¿Cómo era? ¿Dónde podría estar? El filósofo escocés David Hume pasó mucho tiempo buscando en su interior, tratando de encontrar algo que fuera su propio verdadero yo. Pero todo lo que encontró fueron varios pensamientos, sensaciones, imágenes y sentimientos. La razón por la cual nunca encontró el yo fue que estaba buscando en el lugar equivocado. Estaba buscando en el reino de la experiencia, en el contenido de la conciencia. Pero el yo, por definición, no puede ser otro contenido de la conciencia. Es el que experimenta el contenido de la conciencia.

La única otra posibilidad es que este sentido del yo tenga algo que ver con la facultad de la conciencia misma. Pero si ese es el yo que sentimos internamente, no es un yo individual, personal. No es un yo que tenga características o cualidades. No es algo que pueda ser percibido o conocido, ya que percibimos y conocemos otras cosas. No es un yo único; es algo que todos compartimos. Es el lienzo de la mente.

Un falso yo

Dado que la sensación de ser un yo individual único es tan fuerte, seguimos buscando una identidad en los fenómenos. Construimos una idea de quiénes somos a partir de nuestros pensamientos y recuerdos, de nuestros cuerpos y de nuestra apariencia, de lo que hacemos y de lo que hemos logrado. Pero tal yo está siempre a merced de los acontecimientos. Así que mostramos todo tipo de apariencias, compramos un sinfín de objetos que realmente no necesitamos, y decimos todo tipo de cosas que realmente no queremos decir, todo esto para reforzar este sentido derivado del yo.

Cuando este yo está amenazado es probable que desencadene el miedo. El miedo es de gran valor si su ser físico está siendo amenazado; no duraríamos mucho sin él. Pero no es la respuesta apropiada a la amenaza de un yo psicológico artificial. En esta función, el miedo es comprometedor, no ayuda a nuestra supervivencia. Y de varias maneras diferentes.

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El miedo es fuente de estrés y preocupación

El miedo puede llevar al estrés, y de ahí a diversas dolencias físicas, mentales y emocionales. El temor a que nuestro sentido de identidad pueda resultar dañado nos lleva a juzgar a las personas con las que interactuamos y con las que vivimos. Una mente que está juzgando es probable que sea crítica y agresiva. No es una mente compasiva y amorosa. El miedo también lleva a la preocupación. Nos preocupamos por lo que hicimos en el pasado, y nos preocupa lo que nos pueda suceder en el futuro. Pero todo el tiempo en que nuestra atención está atrapada en el pasado o en el futuro no está en el momento presente.

Quizás la más triste ironía de todo es que esta preocupación nos impide encontrar lo que realmente estamos buscando. En el fondo, todos queremos sentirnos bien por dentro. Naturalmente, queremos evitar el dolor y el sufrimiento, y sentirnos más en paz. Pero una mente que está ocupada preocupándose no puede ser una mente que está en paz. Otros animales, al no tener lenguaje, ni poder pensar por sí mismos, ni tener necesidad de reforzar un sentido ilusorio de identidad, no sienten estos temores. Probablemente están en paz mucho más tiempo[2].

Trascendiendo el lenguaje

Existe, al parecer, una desventaja con el lenguaje. El lenguaje es valiosísimo para compartir el conocimiento y la experiencia; sin él la cultura humana nunca habría surgido. Y pensar en nosotros mismos con palabras puede ser muy útil cuando necesitamos centrar nuestra atención, analizar una situación o hacer planes. Pero gran parte del resto de nuestro pensamiento es totalmente innecesario. Cuando observo mi propia mente, calculo que podría prescindir del noventa por ciento de mi pensamiento.

Si la mitad de mi atención está ocupada con la voz en mi cabeza, esa mitad no está disponible para captar otras cosas. No me doy cuenta de lo que ocurre a mi alrededor. No oigo los sonidos de los pájaros, del viento o de los árboles. No noto mis emociones, ni cómo se siente mi cuerpo. En realidad, estoy medio consciente.

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La meditación trata de calmar el “ruido interior”

El hecho de que tengamos el don de ser capaces de pensar en palabras no significa que tengamos que hacerlo todo el tiempo. Esto es algo que muchas enseñanzas espirituales parecen haber reconocido. La mayoría de ellas tiene técnicas de meditación o de oración diseñadas para calmar la voz en la cabeza, y así apaciguar la mente. Esto es lo que la palabra india samadhi significa literalmente: “una mente inmóvil”.

Cuando la mente está quieta es capaz de estar más en el presente y más en paz. Es el estado natural de la mente, que es nuestra herencia evolutiva. Es el estado de gracia al que anhelamos regresar y del cual caímos cuando el lenguaje se quedó al cargo de nuestra conciencia. Además, dicen los sabios, cuando la mente está completamente quieta, entonces conocemos nuestra verdadera identidad. Sabemos que estamos en nuestro centro, esa facultad de la conciencia que ilumina a todos los seres. Como el Chandogya Upanishad declaró hace unos tres mil años: “Lo que es la esencia de todas las cosas, eso eres Tú”.

¿Una ciencia de la conciencia?

La ciencia ha explorado el espacio profundo, el tiempo profundo y la estructura profunda y no encontró lugar ni necesidad de Dios. Ahora que ha comenzado a considerar la conciencia, se ha embarcado en un itinerario que finalmente conducirá a la exploración de la “mente profunda”. Al hacer esto, puede verse finalmente forzada a abrirse a Dios. No a la idea de Dios que encontramos en las religiones contemporáneas –que inevitablemente ha sufrido distorsión y pérdida a medida que fueron transmitidas de una generación a otra, de una cultura a otra y de un idioma a otro– sino al Dios del cual hablaban las enseñanzas originales, la esencia de nuestro propio ser, la esencia de la conciencia.

Tal posibilidad es un anatema para el meta-paradigma científico actual. Es como cuando Galileo dijo al Vaticano que la Tierra no era el centro del Universo. Pero si hay una certeza de la ciencia, es que todas las certezas cambian con el tiempo. Los modelos científicos de hoy son, en casi todas las áreas, radicalmente diferentes de los de hace dos siglos. ¿Quién sabe cómo serán los paradigmas del próximo milenio?

Una ciencia que incluyera una mente profunda sería una ciencia verdaderamente unificada. Tal ciencia comprendería la raíz de todos nuestros miedos innecesarios, entendería por qué no vivimos la vida a su máximo potencial, por qué no tenemos paz interior. La consecuencia de tal ciencia sería el desarrollo de tecnologías interiores que nos ayudasen a calmar la mente y a trascender nuestros temores. Sería una ciencia que nos ayudaría a convertirnos en maestros en lugar de víctimas de nuestro pensamiento, de tal modo que pudiéramos vivir con este accidente de la evolución y avanzar con sus beneficios, pero evitando que nuestras mentes se llenasen hasta el punto de perder la conciencia de otros aspectos de nuestra realidad, incluyendo nuestra verdadera naturaleza interior. ¿No parece ésta una empresa que vale la pena?

© Peter Russell

Fuente original: http://www.peterrussell.com/SCG/SCGarticle.php


[1] En el original, Russell emplea el habitual término inglés self, que se corresponde con el “yo mismo” o el “ego”, la propia identidad de cada individuo.

[2] Seguramente esa debe ser la razón de sentir paz, tranquilidad y armonía cuando caminamos por una playa desierta, un frondoso bosque o un jardín, o simplemente cuando contemplamos a nuestras mascotas.

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