El valor del silencio

conciencia2Según dicen los que lo han experimentado y han vuelto para contarlo, en el momento mismo de la muerte –en que el alma se separa del cuerpo físico– el individuo tiene una enorme e inenarrable sensación de paz y de silencio, una plenitud o expansión de la conciencia que lo colma totalmente. De alguna manera, pues, vemos que la paz y el silencio están unidos en el más allá como una expresión de la vuelta a casa, a un estado de armonía en que el ruido de nuestra confusa experiencia física desaparece… Y bien podría ser que probablemente esto mismo ocurra, a otra escala, en el “más acá”.

En efecto, si observamos nuestro moderno mundo veremos que realmente estamos rodeados por el ruido y la ausencia de silencio, sobre todo en este contexto que llamamos “civilización”. Si dejamos aparte la relativa calma del mundo rural, la vida urbana –experimentada por la mayor parte de la Humanidad– es un auténtico desafío para el silencio. Lo que más destaca es sin duda el tráfico de vehículos y el ruido de la calle, al cual la gente se acaba acostumbrando como si formara parte intrínseca del paisaje. Y ya no hablemos de las industrias, los comercios, los lugares de trabajo, las grandes superficies, los locales de ocio, etc., donde podemos tener cientos de ruidos diversos desde la propia cháchara de las personas hasta las máquinas, pasando por el estridente sonido de la música, a veces puesta a un volumen agresivo para el oído humano[1].

Por si esto fuera poco, desde el siglo pasado el imparable avance de la tecnología y los medios de comunicación ha amplificado la presencia de verborrea en todos los ámbitos, que a su vez se ha venido a multiplicar exponencialmente con la llegada del teléfono móvil, que permite a los que no tienen a nadie con quien hablar al lado comunicarse con cualquiera a todas horas desde cualquier lugar. La gente desea hablar continuamente, decirse cosas, mantenerse ocupada con la comunicación… lo que sea para evitar el aislamiento y el incómodo silencio. Hoy en día, los jóvenes –y no tan jóvenes– han de jugar a múltiples videojuegos, escuchar música las 24 horas con sus dispositivos electrónicos y estar permanentemente en comunicación con sus círculos de amigos y conocidos a través de las redes sociales, que aunque no generan ruido sonoro, sí generan un apabullante ruido mental. En realidad, este fenómeno es una droga; y de las duras.

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Las peticiones de silencio a menudo no son respetadas

Y si uno pone un poco de atención a todo lo que circula de forma oral o virtual descubrirá que el 90% (o más) de nuestra comunicación cotidiana es pura superficialidad, una sarta de tonterías, gracias, comentarios, chismorreos, contactos innecesarios, tópicos, banalidades, etc. Todo este ruido viral inunda nuestra mente y nuestro cuerpo y así no es raro que muchas personas lleguen al malestar físico, pero sobre todo al malestar psíquico y emocional que acaba saliendo por algún lado, generalmente en forma de estrés. Lo cierto es que nos han vendido que el ruido es maravilloso, que hemos de tener todas las facilidades para hablar, divertirnos y estar en contacto con todo el mundo, que esto hace que el planeta sea más pequeño y más accesible. Tanto es así que incluso en los lugares públicos en que se ruega silencio explícitamente (por ejemplo en consultas médicas), dicho silencio no es respetado.

Sin embargo, eso no es comunicación con nosotros mismos, es una comunicación en red absolutamente superflua de la que parece que no podamos prescindir. Incluso cuando la gente tiene un tiempo para tomarse un respiro, por ejemplo durante las vacaciones, se suele ir a lugares masificados y a veces con mucho más ruido del que tendrían en su entorno diario[2]. Y a todas partes a donde vayamos, más televisión, noticias, debates, polémicas, cotilleos, etc. En suma, una interminable diarrea de discursos y charlas para mantener ocupada e inquieta nuestra mente. Precisamente, la mente funciona con la palabra, con el lenguaje, con ese ruido constante. No se siente nada cómoda cuando ha de renunciar a hacer acto de presencia, porque justo en ese instante el individuo conecta con su conciencia, su verdadero yo, y la mente entra en pánico. De ahí el malestar por el silencio prolongado.

La gran pregunta sería ahora: ¿Y todo este ruido sonoro y mental para qué sirve? ¿Tenemos más paz y armonía, o tenemos más desasosiego y ansiedad? Creo que la respuesta, aunque no nos guste admitirlo, se encuentra bastante más en la parte negativa. Somos una sociedad profundamente enferma y paranoica, que ha perdido el rumbo y que cree que sigue elevándose hacia la plenitud cuando en realidad está cayendo en un pozo sin fondo. Hemos perdido el silencio, la tranquilidad y la introspección, que son los factores que nos hacen reflexionar, mirar hacia el interior y buscar los caminos adecuados para nuestro espíritu.

De esta situación nos damos cuenta tarde o temprano porque –llegados a cierto punto– casi todo el mundo reconoce la necesidad de disponer al menos de algún momento de silencio, como por ejemplo el que puede obtenerse en la naturaleza, aunque sea acompañado del sonido medioambiental. Así pues, quién no disfruta de un tranquilo paseo por el campo o el bosque escuchando sólo el sonido de los elementos: el canto de los pájaros, el agua que corre, el viento que azota las ramas de los árboles. Y en cuanto aparece por el paisaje un nutrido grupo de excursionistas vocingleros y ruidosos la magia desaparece…

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La naturaleza nos ofrece tiempos y espacios de silencio

Visto así el tema, no es de extrañar que desde hace ya mucho tiempo los que han querido buscar la paz y un contacto con la divinidad –o la espiritualidad– hayan recurrido al silencio, que no supone necesariamente la soledad física. Así, es bien sabido que las comunidades monásticas de diversas religiones o credos han vivido durante siglos en la costumbre del silencio y la contemplación, sin olvidar por ello la vida o la actividad cotidiana. Por ejemplo, los monjes medievales tenían como lema el famoso ora et labora (“reza y trabaja”), dedicándose por igual a sus quehaceres personales y a la introspección y la meditación, reduciendo la comunicación hablada al mínimo. De hecho, las personas que hoy en día realizan cursos o prácticas de meditación[3] saben que el silencio es el eje sobre el cual gira todo lo demás.

No obstante, y aunque parezca paradójico, el silencio también es una forma de comunicación… a otro nivel. El silencio sirve para apreciar, valorar y sentir, y –como resulta del todo obvio– permite simplemente oír con la máxima claridad lo que está fuera y lo que está dentro. Además, muchas cosas no precisan para nada de palabras, empezando por el amor. En realidad, no tenemos que demostrar nada a nadie, hablando ni mucho ni poco, ni hacer gala de inteligencia, ingenio o erudición. La acción –o la omisión de ésta– puede sustituir perfectamente a la palabra. Habría que ver cuántas disputas, angustias, desencuentros, recelos, malentendidos, miedos, separaciones, amenazas y locuras se han basado en las palabras y cuántas en el silencio. El silencio no suele producir nada de lo anterior, siempre que no se utilice como una especie de armadura o escudo. El verdadero problema es que a menudo callamos cuando sí sería del todo preciso hablar y hablamos, en demasía, cuando no hay ninguna necesidad o incluso cuando puede ser contraproducente.

Y acabo con algunas breves reflexiones. Dice la letra de una canción de El último de la fila que “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir”. Y qué se puede añadir a esta cita fabulosa: “Uno es esclavo de sus palabras y amo de sus silencios”. O aquella otra: “Tres años para aprender a hablar y toda una vida para aprender a callar”. Y finalmente no puedo evitar mencionar la sabia sentencia de Lao Tsé: “El que sabe no habla; el que habla no sabe.”

Ya es suficiente, volvamos al silencio.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons / autor


[1] A todo esto habríamos de sumar una vibración negativa ambiental, un ruido no perceptible por los sentidos, en forma de masiva y creciente contaminación electromagnética. Para profundizar más en este tema véase el artículo específico en este mismo blog.

[2] Cabe decir, empero, que cada vez más personas conciben las vacaciones como un descanso para la mente y el cuerpo, y por ello recurren al turismo rural y a la calma de lugares pequeños y tranquilos.

[3] Sólo por poner un ejemplo, la Vipassana. Una persona que ha practicado en varias ocasiones esta meditación me ha confesado que al principio se hace difícil mantener el silencio –durante horas y días enteros– y existe un poco de inquietud. Luego esa sensación se va disipando a medida que la mente se va calmando y entonces hasta cualquier mínima conversación más o menos banal puede resultar desagradable.

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4 thoughts on “El valor del silencio

  1. Efectivamente, el ruido es uno de nuestros males, aunque hay sonidos muy importantes,no creo que el silencio sea la mejor opción. Fíjate que incluso esos monjes que mencionas o las técnicas de meditación se acompañan de sonidos que ayudan a relajarse o llegar a un nivel de conciencia, mantras, oraciones, campanas, tambores… eso si, escuchados, que no solo oídos, y en silencio.

    Un saludo.

  2. Gracias por el comentario piedra

    Sí, en efecto hay determinadas técnicas o formas de meditación que incluyen sonidos armónicos, mira el canto gregoriano de toda la vida. Pero desde luego no toda la música o el canto es igual; hay vibraciones que resultan agradables y relajantes y otras que provocan alteraciones negativas (como el distinto efecto de las vibraciones en las moléculas de agua, según Emoto). A mi por lo menos me parece que gran parte de la música comercial actual es un auténtico atentado a la paz y la tranquilidad y no me refiero sólo al heavy-metal sino a otros muchos estilos de música pop.

    Saludos,
    X.

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