Secundarios de la Historia: la grandeza de Melchor Rodríguez

melchorrodriguezPara muchos críticos de cine, los llamados actores secundarios o de reparto muestran a menudo una calidad, un talento, un oficio y una dignidad profesional que supera ampliamente las actuaciones de los protagonistas o primeros actores, aquellos que por lo general se llevan casi todo el dinero, el prestigio y el reconocimiento. Del mismo modo, si uno estudia la historia de la Humanidad encontrará una serie de grandes nombres que se han llevado la fama y el recuerdo a través de los siglos, por el simple hecho de ser los “actores principales” de los hechos, esto es, por estar en las máximas posiciones de poder (ya sea político, militar, económico o social) y por dirigir los destinos de naciones o imperios. Pero detrás de esa larga lista de primeras figuras existe una lista mucho más extensa de personajes secundarios que son conocidos por su papel de relleno en los hechos históricos, por haber brillado tal vez en un fugaz momento o por haber complementado los designios de otros hombres o mujeres más poderosos.

Algunos –o bastantes– de esos secundarios forman parte de la Historia Universal que se enseña en todas las escuelas del mundo, pero la gran mayoría de ellos sólo son mencionados en las historias nacionales de cada país, y aún existen otros muchos que son conocidos solamente por las personas aficionadas a la historia que han decidido profundizar en un tema determinado y en un espacio y tiempo concretos. Y dada mi afición por rebuscar entre los callejones más oscuros de la Historia, me he ido interesando por algunos de estos secundarios “de lujo” que son personas prácticamente desconocidas para la mayor parte de la sociedad, aunque en su época llegaran a ser relativamente importantes por un motivo u otro. Luego, irremediablemente, el paso de las décadas y los siglos acaba por sepultarlos y solamente algún libro, documental o noticia puntual los vuelve a sacar de su tumba anónima durante un breve periodo.

Precisamente como ejemplo de este arquetipo de personajes secundarios que quedaron en un segundo plano quisiera presentar aquí el caso de un político y sindicalista español del pasado siglo, que nunca llegó a una alta posición de influencia o poder, pero que demostró estar a un primerísimo nivel en cuanto a conducta, principios y moralidad. Así pues, me voy a referir a Melchor Rodríguez García (1893-1972), militante anarquista andaluz y último alcalde republicano de Madrid, que vivió la tragedia de la primera mitad del siglo XX en España, una época de tremendas convulsiones y penalidades.

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Casa natal de Melchor Rodríguez en Triana (Sevilla)

Melchor Rodríguez nació en Sevilla, en el popular barrio de Triana, en el seno de una familia muy humilde. Siendo niño, su padre falleció en un accidente laboral y su madre tuvo que sacar adelante a sus hijos como pudo, trabajando como cigarrera y costurera. Apenas completados unos estudios primarios, a los trece años tuvo que ponerse a trabajar como calderero. Más adelante, quiso salir de su precario entorno dedicándose a una de sus grandes pasiones: el toreo. Sin embargo, su fugaz carrera taurina se truncó bruscamente en 1918 a causa de una grave cogida. Tras esta desgracia, y movido por la necesidad, Rodríguez se instala en Madrid y encuentra trabajo de chapista. Fue en esta época cuando comenzó a preocuparse por los temas sociales y laborales, lo que le llevó a afiliarse primero a la U.G.T. y poco después a la C.N.T.[1], organización a la cual sería fiel hasta el último día de su vida, pero siempre desde una visión pacifista[2]. Llegó a presidente del Sindicato de Carroceros y empezó a tener “encontronazos” con las autoridades, lo que llevó ya a la cárcel en la época de la dictadura del general Primo de Rivera, si bien sufriría también prisión durante la etapa republicana y más tarde con la dictadura de Franco. En total, estuvo encarcelado nada menos que 34 veces, ya fuera en periodos cortos o largos. No obstante, esa dura experiencia personal le impulsó en el propósito de mejorar las lastimosas condiciones de los presos en España en la medida de lo posible, fuera cual fuera la ideología o la causa por la que las personas hubieran sido condenadas a prisión.

Con el advenimiento de la 2ª República, Rodríguez cobró cada vez más influencia dentro del movimiento anarquista español y dio un gran empuje al libertarismo en Madrid, aunque sin renunciar a lograr un entendimiento con los socialistas. Asimismo, no dudó en criticar abiertamente –incluso cuando gobernaba la izquierda– la política republicana y la represión hacia la clase obrera. Eso le llevó a oponerse a las autoridades cuando fue preciso, lo que a su vez le costó nuevos ingresos en prisión. Y cuando tuvieron lugar los agitados sucesos de octubre de 1934, en que cientos de sindicalistas fueron encarcelados, Melchor Rodríguez consiguió liberar al menos a 250 de ellos, negociando directamente con el ministro de Gobernación.

Al estallar la Guerra Civil en julio de 1936, el movimiento anarquista toma gran protagonismo como defensor de la República pero también como motor de una gran revolución social, económica y política que desborda a la propia legalidad republicana. Fue en este contexto de revolución y lucha a muerte contra los sublevados cuando se producen los primeros actos violentos descontrolados, en forma de detenciones masivas de derechistas, asesinatos, “paseos”, y “sacas” de presos que concluían en ejecuciones extrajudiciales, como los lamentables sucesos acaecidos en Paracuellos del Jarama[3]. Cabe reseñar, empero, que este modo de proceder no era muy distinto del que se aplicaba en el otro lado. La gran diferencia, en todo caso, es que en la zona ocupada por los sublevados la represión era llevada a cabo normalmente por el ejército y las fuerzas de orden público de forma sistemática y bajo órdenes superiores, si bien en muchas ocasiones fueron los falangistas u otros grupos derechistas los que se tomaron la justicia por su mano[4].

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Madrid bajo los efectos de un bombardeo al inicio de la Guerra Civil (1936)

Así las cosas, Melchor Rodríguez no tardó en apreciar la barbarie y falta de justicia que se vivía en la capital, dado que las milicias y las facciones políticas más radicales, con el pretexto de eliminar a los quintacolumnistas y vengar los hechos criminales que sucedían en el otro bando, tenían carta blanca para actuar con casi total impunidad. Para intentar frenar esta vorágine violenta, Rodríguez –usando sus influencias y su prestigio– no dudó en apropiarse de alguna finca, como el palacio del marqués de Viana[5], a fin de proteger a gente inocente de derechas de una más que posible ejecución. Asimismo, facilitó a muchos perseguidos documentación en regla o el traslado seguro a embajadas extranjeras (o a la frontera). Y a pesar de no ser cristiano ni creyente, Rodríguez puso a salvo a gran cantidad de curas y monjas, que eran objeto de detención y fusilamiento sin juicio previo por ser considerados antirrevolucionarios y cómplices de la insurrección.

Llegados al 10 de noviembre de 1936, con Madrid sitiado y asaltado por las tropas franquistas, el ministro y dirigente anarquista García Oliver nombra a Rodríguez Inspector General de Prisiones. Ese mismo día, nada más hacerse cargo de su puesto, Melchor Rodríguez realiza una visita a tres prisiones y secuestra literalmente unas listas de la muerte con cientos de nombres de presos que iban a ser excarcelados y ejecutados de forma irregular, algunos de forma inminente. No obstante, viendo que su difícil labor era entorpecida y duramente criticada por sus propios correligionarios, sobre todo por el Partido Comunista, decidió dimitir a las dos semanas de ejercer el cargo. Y acto seguido, las cárceles volvieron a ser centro de abusos y nuevas sacas criminales. Con todo, el día 4 de diciembre –ante las presiones de la diplomacia extranjera en Madrid, del Tribunal Supremo y de algunos sectores moderados y anarquistas– Rodríguez es reivindicado y nombrado Delegado de Prisiones de la República, con más poderes para emprender una política efectiva de prisiones y con la inestimable ayuda de su fiel secretario Juan Batista[6].

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Imagen del Madrid asediado en el otoño de 1936

Entre otras cosas, sacó a los milicianos del interior de las prisiones y los sustituyó por los antiguos funcionarios, puso en marcha una oficina de información de detenidos, solventó el problema de alimentación de los reclusos y creó un hospital penitenciario con la colaboración de la Cruz Roja. Además, denunció la existencia de cárceles privadas comunistas y prohibió la salida de presos entre las 6 de la tarde y las 8 de la mañana sin su consentimiento expreso, lo que acabó de raíz con los linchamientos, las sacas y otras arbitrariedades. Pero, como era de prever, estas valientes decisiones le iban a comportar la feroz enemistad de los comunistas[7], que controlaban el Orden Público en la capital. Y aquí fue cuando se consolidaron las graves acusaciones hacia Rodríguez de ser un traidor o partidario encubierto de los facciosos. Se llegó a decir de él que “salvaba a todo el mundo” y que “tenía fascistas hasta debajo de la cama”. Pero para los encarcelados, la llegada de este hombre constituyó un gran alivio y el fin de una pesadilla. Para estas personas, y para todas las demás que se salvaron gracias a su empeño en garantizar los procedimientos y la legalidad republicana, Melchor Rodríguez fue desde entonces “el ángel rojo”.

Para muestra de su talante en la gestión de las prisiones, basta citar la reacción que tuvo al ser interpelado por un consejero de la Junta de Defensa de Madrid, que le recriminaba su excesiva preocupación por los presos fascistas: “Me preocupo de ellos porque es mi obligación. Si hay que fusilarnos o no, eso es cosa de los tribunales. Son hombres, y hay que darles de comer. En cuanto a las ideologías, yo las respeto todas.”[8]

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M. Rodríguez durante un discurso

Sin embargo, el episodio más crítico y ampliamente citado de su labor sucedió el 8 de diciembre de 1936 en la prisión de Alcalá de Henares, donde estuvo próximo a perder la vida. Todo empezó cuando esta población madrileña fue bombardeada la tarde de ese día por la aviación franquista y se produjeron víctimas civiles. Inmediatamente, una multitud enfurecida –de la que formaban parte unos 200 milicianos armados– se dirigió a la cárcel para linchar a los más de 1.500 presos que estaban entre rejas, a lo que el director de la prisión se negó[9]. En esta tesitura, Melchor Rodríguez se presentó allí por mera casualidad (estaba de ronda de inspección en la provincia) y al ver lo que ocurría hizo frente a la muchedumbre que no quería atender a razones. Rodríguez estuvo discutiendo agriamente con la turba hasta bien entrada la madrugada, durante siete largas horas en las cuales fue zarandeado, vejado, golpeado y amenazado a punta de fusil y de pistola, sin más apoyo que su propia dialéctica[10]. Entre otras cosas argumentó que “la justicia es lo que nos diferencia de esos salvajes fascistas”, pero ante la gravedad de la situación tuvo que asegurar –en plan de farol– que había dado órdenes para que, en caso de que la prisión fuera asaltada, los presos recibieran armas para poder defenderse.

Finalmente, y pese a las presiones más asfixiantes, Melchor Rodríguez se salió con la suya y la muchedumbre se retiró. Como resultado, 1.532 personas salvaron la vida; entre ellos, bastantes figuras y capitostes de la derecha (y luego del franquismo) como los hermanos Luca de Tena, los falangistas Fernández Cuesta y Sánchez Mazas, Ramón Serrano Suñer (cuñado de Franco), el ex ministro de la CEDA Martín Artajo, los generales Gallarza y Muñoz Grandes, etc[11]. Esta actuación tuvo un gran impacto social y político, aunque el mayor reconocimiento lo obtuvo de las delegaciones diplomáticas en Madrid, que le enviaron cartas muy efusivas por su ejemplar comportamiento. Sin embargo, tanta dedicación a los presos enemigos tendría su precio, como pronto iba a comprobar Rodríguez a través de los hechos, pues fue objeto de varios atentados contra su vida, siendo el más grave uno acaecido en Valencia donde su coche fue acribillado a balazos, aunque milagrosamente nadie resultó muerto. Pero, de un modo u otro, Rodríguez ya estaba sentenciado.

En efecto, con la creciente preponderancia del Partido Comunista en el Gobierno de la República, el día 1 de marzo de 1937 fue cesado fulminantemente de su cargo y nombrado en su lugar concejal del ayuntamiento por la F.A.I.[12] y responsable de cementerios de la capital española. A raíz de esta destitución, volvieron temporalmente los desmanes y abusos en las prisiones aunque ya nunca más en forma de sacas como en los peores momentos. Melchor Rodríguez se dedicó de manera eficiente y rigurosa a su nueva tarea, y una vez más se atrevió a enfrentarse al poder establecido al permitir en abril de 1938 que su amigo el comediógrafo Serafín Álvarez Quintero –al que había salvado junto con su hermano Joaquín– fuera enterrado públicamente con un crucifijo.

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El líder socialista moderado Julián Besteiro

En esta ocupación siguió Rodríguez durante meses y así se fue aproximando el fin de la guerra, hasta llegar a los agitados días de marzo del 39 en Madrid. Fue en ese momento cuando se produjo una maniobra política contra los comunistas a cargo de republicanos moderados y anarquistas. Y una vez más, Melchor Rodríguez estuvo al borde de la muerte al caer en manos de los comunistas, pero acabó liberado tras la derrota de éstos en unos cruentos días de lucha fratricida en la capital. De este golpe de estado nació el Consejo Nacional de Defensa, un último gobierno republicano liderado por el coronel Segismundo Casado, el veterano socialista Julián Besteiro y el militar anarquista Cipriano Mera. Fue este gobierno el que nombró a Melchor Rodríguez alcalde de Madrid el 28 de marzo de 1939, noticia que él mismo difundió por la radio, pidiendo al pueblo de Madrid que mantuviera la serenidad. Su única misión, en realidad, fue la de hacer el traspaso de poderes y funciones al nuevo alcalde de Madrid, designado por los vencedores del conflicto. Cabe destacar que a Rodríguez se le ofreció la posibilidad de escapar de la ciudad antes de la llegada del ejército franquista, pero él renunció a tal acto, al igual que Besteiro[13].

Sin embargo, como ocurrió con todos los políticos republicanos que se habían opuesto a la sublevación, Rodríguez no podía esperar perdón ni comprensión. Una vez acabada la contienda, a finales de 1939, fue juzgado una primera vez y salió absuelto, pero fue vuelto a juzgar en mayo de 1940 y en esta ocasión se pidió la pena de muerte. Y quizá hubiera sido fusilado sin más, si no llega a ser porque el general Agustín Muñoz Grandes se presentó en el juicio e intercedió por él, aportando 2.500 firmas de personas que habían sido salvadas por la acción directa de Rodríguez. Y en su alegación de descargo, Melchor Rodríguez fue muy claro en cuanto a los motivos últimos que habían guiado sus actos:

“Con su permiso, yo no soy cristiano, soy anarquista. Siempre creí que hacía lo correcto. Cumplí con el deber que la República me había encomendado. Toda mi vida luché por la libertad, defendiendo los ideales anarquistas. También los defendí durante la guerra, cuando tenía bajo mi custodia a miles de hombres acusados de conspirar contra el régimen legal que existía en España. Si merecían castigo o no, no era yo quien debía aplicarlo, y sí los tribunales competentes, por ello y de acuerdo con mis propios ideales les traté con el respecto que para todos los anarquistas merecen todos los seres humanos. No digo esto para pediros clemencia, pues reafirmo una vez más mis ideales, y si para demostraros que la CNT y la FAI están integradas por hombres honrados, que si en los momentos de peligro responden a la violencia con violencia, saben ser humanos con el vencido. No voy a jurar por ningún dios, pero les doy mi palabra de honor de que jamás cometí un crimen ni ayuda a cometerlo”.[14]

Finalmente, la pena de muerte fue conmutada por 20 años de prisión, de los cuales cumplió cinco. No obstante, tras salir de la cárcel todavía tuvo serios problemas con la justicia franquista y fue encarcelado en varias ocasiones a causa de sus actividades clandestinas cenetistas. Aún así, y gracias al poder de personas destacadas del régimen, se le ofreció un cargo en el sindicato vertical y bastante dinero para poder salir de su precaria situación. Pero él rechazó todo y siguió viviendo muy modestamente en su humilde domicilio madrileño de la calle Libertad, ganándose la vida como agente de seguros[15]. Durante todo este tiempo siguió recibiendo el sincero reconocimiento y agradecimiento de muchas personas de signo completamente opuesto a su ideología, como es el caso del destacado político falangista José Antonio Girón de Velasco, que le dedicó afectuosamente un libro: “A Melchor Rodríguez, vanguardista infatigable en la batalla por la justicia y por la libertad del hombre, con el deseo de que encuentre en estas páginas la sinceridad al servicio de un noble propósito.”

Melchor Rodríguez falleció el 14 de febrero de 1972 y su entierro en el cementerio de San Justo fue todo un acontecimiento insólito en la España franquista. Acudieron a él sus compañeros cenetistas y libertarios pero también muchos falangistas y personajes del régimen franquista, personas a las que había salvado. Su viejo amigo Javier Martín Artajo, diputado en las Cortes de Franco, colocó un crucifijo sobre su tumba, pero también se colocó una bandera rojinegra de la C.N.T. y se cantó el himno “A las barricadas”. Los asistentes de derechas rezaron un padrenuestro por él. La emotiva ceremonia, pese a ser multitudinaria y con gentes en principio tan opuestas, transcurrió en paz y sin ningún incidente.

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“El ángel rojo”, libro de A. Domingo

Esta es la historia de un hombre bueno que tuvo como lema vital “Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas”. Por desgracia, su memoria quedó en gran parte olvidada con el paso del tiempo, al ser repudiado y castigado por el régimen imperante pero también por haberse enfrentado al comunismo, que siempre lo vio como un traidor. Afortunadamente, Rodríguez volvió hace poco al primer plano de la actualidad gracias al reciente libro del periodista Alfonso Domingo titulado El ángel rojo: La historia de Melchor Rodríguez, al que luego ha seguido un documental. Asimismo, el pasado año 2016 todos los partidos políticos del ayuntamiento de Madrid decidieron –por una poco común unanimidad– dedicarle una calle en la capital de España, algo que seguramente se debería haber hecho mucho antes.

En fin, creo que la historia pone a cada uno en su sitio, pero la injusticia histórica con estos grandes secundarios es manifiesta. Melchor Rodríguez fue sin duda un idealista y un soñador que quiso compaginar la lucha social con la afición al toreo, la copla y la poesía. Pero la historia lo obligó a lidiar con una España desquiciada, maniquea e intolerante, en un escenario en el cual las ideologías se llevaron por delante cualquier sentido de la conciencia, la decencia y el amor al prójimo. En este contexto, Melchor Rodríguez, con su sano espíritu de dignidad, libertad y ecuanimidad, se vio atrapado entre dos fuegos y aguantó heroica y estoicamente lo indecible por mantener sus ideas y sus más profundas convicciones éticas, mientras que los grandes actores del drama –en ambos bandos– se comportaban con odio, partidismo, cobardía, mezquindad y bajeza. Pero su imborrable legado está ahí y no puede pasarse por alto: la salvación de unas 12.000 personas, siendo prácticamente todas ellas de pensamiento contrario al suyo.

Tal vez deberíamos reflexionar sobre este triste mundo en que las personas cabales, honradas y justas no llegan nunca al poder efectivo y sí los más canallas y miserables, de la ideología que sea. Personajes de la enorme talla moral de Melchor Rodríguez no abundan; haríamos bien en recordarlos y honrarlos como se merecen. Estos deberían ser los verdaderos protagonistas de la historia. ¡Grande Melchor!

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Apéndice

A modo de colofón del pensamiento y el espíritu de Melchor Rodríguez, reproduzco aquí la más citada de sus poesías:

Belleza, Amor, Poesía / Igualdad, Fraternidad / Sentimiento, Libertad / Cultura, Arte, Armonía / la Razón, suprema Guía / la Ciencia, excelsa Verdad / Vida, Nobleza, Bondad / Satisfacción, Alegría / Todo esto es Anarquía / y Anarquía, ¡Humanidad!


[1] Confederación Nacional del Trabajo, sindicato de tendencia anarquista. Rodríguez tenía el carnet n.º 3 de la Agrupación Anarquista del Centro.

[2] Melchor Rodríguez formaba parte de un grupo revolucionario pacífico llamado “Los Libertos”.

[3] Las peores jornadas de las sacas tuvieron lugar el mes de noviembre de 1936. Los ejecutados fueron principalmente militares, religiosos y políticos no adictos al Frente Popular, pero también republicanos moderados. Se calcula que la cifra de muertos ascendió a unos 2.400 (según estudios del hispanista Ian Gibson).

[4] Esta represión sistemática y organizada se ejecutó uniformemente a lo largo del conflicto y perduró aún unos años después, por lo menos hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial y aún más allá.

[5] Dicho edificio fue restituido perfectamente intacto a sus propietarios al finalizar la guerra, sin haber sido objeto de saqueo o destrucción.

[6] Según varias fuentes, tanto Batista como otras personas de confianza de Rodríguez, salvadas por él, eran en realidad quintacolumnistas que se aprovecharon de su buena fe. Batista, funcionario de prisiones, había sido rescatado por Rodríguez junto con 15 personas del incendio de la cárcel Modelo de Madrid, el 22 de agosto de 1936, que terminó con una ejecución masiva de presos políticos.

[7] Principalmente en las figuras de Santiago Carrillo y José Cazorla, responsables de la consejería de Orden Público entre finales de 1936 e inicios de 1937.

[8] PÉREZ MATEOS, J. A. Entre el azar y la muerte. Ed. Planeta. Barcelona, 1975.

[9] Ya existía el precedente, de unos días antes, de unos sucesos similares en Guadalajara, en que –tras un bombardeo– la prisión fue asaltada, siendo asesinados todos los presos menos uno, en total 319.

[10] En realidad, se sabe que Rodríguez solía portar pistola, pero siempre la llevaba descargada, por lo cual no era más que un ardid para impresionar o amenazar, no para defenderse de forma efectiva.

[11] Entre los detenidos también había personas de la cultura, el espectáculo y el deporte, como los hermanos Álvarez Quintero, el locutor Boby Deglané, el torero Villalta o el portero Ricardo Zamora.

[12] Federación Anarquista Ibérica, brazo político del sindicato C.N.T.

[13] Hay que recordar que a esas alturas, prácticamente todos los altos dirigentes políticos y militares de la República ya habían huido del país, algunos ya incluso desde febrero.

[14] DOMINGO, A. El ángel rojo: La historia de Melchor Rodríguez. Ed. Almuzara, 2010.

[15] Lamentablemente, a esas alturas su vida personal se había roto, pues su esposa Francisca se había separado de él hacía años a causa de su actividad política y sus continuas estancias en la cárcel. No obstante, su hija Amapola se mantuvo siempre a su lado, aunque con no pocos sufrimientos.

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3 thoughts on “Secundarios de la Historia: la grandeza de Melchor Rodríguez

  1. Como tu mismo dices es la historia de un hombre bueno. Para mi en absoluto un secundario, sino un proscrito de la historia, una historia a la que no interesan estos Héroes, los buenos ejemplos son un mal ejemplo y se prefiere recordar a militares asesinos o canallas que amasaron millones (a costa del sufrimiento ajeno, por supuesto).

    Un saludo.

    1. Gracias por el comentario, Piedra

      Bueno, este personaje es secundario porque la historia lo quiere así. La rectitud, la coherencia y la conciencia no venden, tampoco en la historia, y además Melchor era de extracción muy humilde, a diferencia de otros muchos nombres de la Guerra Civil. También se me pasó por la cabeza escribir sobre Manuel Hedilla, el jefe falangista que sustituyó al “ausente” José Antonio y que fue acusado de “rojo” y condenado a muerte por Franco por defender la revolución “nacional-sindicalista” frente a la unificación del Movimiento, aunque luego salvó la vida tras pasar por la cárcel. Era de origen obrero y muy humilde, como Melchor, en el otro bando. Ni defiendo ni dejo de defender sus ideas, pero no hay mas que ver lo que les pasa a los que se atreven a desafiar a los poderosos que mueven los hilos de los acontecimientos…

      saludos,
      X.

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