El Nepal no existe

Le_Dorje_Lakpa_(Himalaya,_Népal)Supongamos que un interlocutor nos pregunta de sopetón: “¿Existe ese país que llaman el Nepal?” Con cierta cara de sorpresa contestamos que sí, claro, desde luego. No obstante, el interlocutor insiste: “¿Pero cómo lo sabes?” A esto respondemos que siendo pequeños nos enseñaron geografía en la escuela, y nos explicaron dónde está dicha nación y cuál es su capital. Además, hemos visto fotos, artículos, reportajes, vídeos, etc. sobre el Nepal a lo largo de nuestra vida. ¿Ya es suficiente? Tal vez no, pues nuestro escéptico radical decide lanzarnos una última pregunta: “¿Pero cómo puedes estar seguro si no has experimentado personalmente ese país, si nunca has estado allí?” Y llegados a este punto, posiblemente se nos acabará la paciencia.

Sin embargo, tras esta experiencia quizá se nos pueda pasar por la cabeza cuestionarnos nuestra percepción de la realidad, yendo más allá de lo que aceptamos firmemente y sin ninguna duda. De este modo, nos podríamos subir a un avión y desplazarnos al lejano país asiático, aterrizar allí y comprobar si aquello es el Nepal. Así pues, vemos desde el avión un paisaje que ya habíamos visto en documentales, y luego –ya en tierra– apreciamos que la gente tiene rasgos asiáticos, que hay letreros donde pone “Nepal”, que ondea la bandera del estado nepalí, etc. Todo muy evidente, a no ser que alguna mente maléfica nos haya llevado a una especie de decorado gigantesco al estilo del “Show de Truman” en que el individuo cree vivir una situación real, cuando en verdad todo es un montaje televisivo. En suma, al dar por buenas nuestras fuentes de información y descartar los engaños, admitimos implícitamente que casi todo nuestro conocimiento del mundo –que no hemos experimentado personalmente– resulta ser un mero acto de fe, una creencia basada en la confianza que depositamos en los que nos han trasmitido esa información.

Por supuesto, todo empieza en la escuela, de pequeños, cuando nuestras mentes están prácticamente en blanco y nuestra capacidad crítica y de raciocinio es muy baja. Entonces, los maestros nos empiezan a llenar el “disco duro” con grandes cantidades de información que ellos a su vez han aceptado previamente y que consideran muy positiva para nuestro desarrollo[1]. Pero los profesores, salvo contadas excepciones, no son investigadores, sino transmisores de conocimiento, un saber marcado y sellado por el estamento académico y por las estructuras del estado, que dictan los currículos y planes de estudio. Normalmente, ningún maestro se salta las reglas ni propone a los alumnos que sean críticos; simplemente cumple con su cometido “educativo” y nos enseña la verdad, por lo menos, la verdad aceptada y consensuada por los sabios hasta ese momento.

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La ciencia no es infalible, pero es vendida como tal

Más adelante, en el entorno universitario, los jóvenes ya han evolucionado y disponen de cierta capacidad crítica. Ahora, el saber es más flexible y discutible, hay diferentes líneas de investigación, enfoques, teorías, asuntos polémicos e incógnitas no resueltas. Con todo, el universitario sigue haciendo un estricto acto de fe con respecto a las enseñanzas de los profesores, muchos de los cuales sí están implicados en proyectos de investigación. Pero, sea como fuere, el mundo académico recalca la fortaleza intrínseca del método científico y las normas establecidas para aproximarnos al mundo, analizarlo y extraer conclusiones científicas.

De este modo, nos dicen que la ciencia resulta ser la única forma de acercarnos a la realidad perceptible y experimentable con los sentidos, y por ese motivo, si dicha ciencia cumple con los requisitos y estándares aceptados universalmente, se supone que el conocimiento adquirido y luego trasmitido será del todo fiable.

Ahora bien, aun dando por buena esta premisa, está claro que una cosa es la adquisición directa del saber (la experiencia personal de la realidad que nos rodea) y otra bien distinta la transmisión de ese saber. Dicho de otro modo, unos pocos “construyen” el saber establecido mientras que el resto de la sociedad funciona como un mero receptor y difusor de información. Así, a lo largo de los años somos capaces de acumular en nuestro cerebro una enorme cantidad de conocimiento en múltiples materias, pero no es razonable ni posible que lo analicemos, lo comprobemos y lo ratifiquemos de modo científico desde sus bases hasta sus detalles más técnicos.

En consecuencia, lo mucho o poco que sabemos de materias tan diversas como biología, geografía, física, astronomía o arqueología es el resultado de realizar un simple acto de fe, suponiendo y asumiendo que nuestras fuentes de información:

a) No especulan o divagan.

b) No están equivocadas.

c) No mienten deliberadamente.

Asimismo, los medios de comunicación nos inundan la mente con más información de todo tipo, que va desde la crónica de la actualidad (lo que sería la labor puramente periodística) hasta la difusión de la ciencia y del conocimiento aceptado, y no sólo en forma de reportajes o documentales, sino en las propias noticias, que cada vez están más llenas de conocimiento científico que –a juicio de las autoridades– debe ser compartido y asumido socialmente. Y como es obvio, todo el mundo da por bueno todo aquello que se propaga a través de la prensa, la radio o la televisión, porque procede de los poderes establecidos. Otra cosa sería hablar de ese complejo universo (a menudo, una auténtica ceremonia de la confusión) que es Internet, en el que se puede encontrar desde el conjunto del saber académico hasta ciertos conocimientos “alternativos”, pasando por otras muchas cosas que navegan entre el rumor, la ignorancia, el espectáculo, la desinformación o la intoxicación deliberada.

En definitiva, delegamos toda nuestra capacidad crítica y nuestro escepticismo en unos expertos que nos dicen lo que es correcto y lo que no, y dado que nosotros no tenemos su bagaje en forma de titulaciones y experiencias específicas, no entramos a valorar la veracidad de lo que recibimos. En cierto modo, nos sentimos inferiores ante unos “dioses” que sí disponen de las capacidades adecuadas para emitir un determinado veredicto sobre la naturaleza de la realidad. Porque, claro, es prácticamente imposible que seamos biólogos, químicos, médicos, historiadores, etc. todo a la vez y que tengamos el tiempo necesario para estudiar todas las cuestiones hasta sus últimas consecuencias. Así pues, en uno u otro momento debemos renunciar a la independencia de nuestra mente y otorgar crédito a quien nos parece que lo merece por las razones que sean. Pero luego resulta, ¡oh sorpresa!, que cuando nos adentramos en los entresijos de una determinada ciencia –incluso de las llamadas “duras” o “exactas”– las cosas no son como nos las han vendido, lo que nos lleva a la duda y la confusión.

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El acto de fe frente a la verdad científica

Y de esto se deriva una cuestión casi filosófica: ¿Cómo podemos saber? ¿Existen otros métodos de conocimiento más allá del método científico? ¿O incluso podemos dudar de la ciencia moderna? ¿Hasta qué punto son intercambiables los conceptos de ciencia y creencia[2]? Y aquí ni los escépticos más extremistas se salvan del acto de fe. No pueden acusar a nadie de creyente, cuando ellos mismos creen a pies juntillas en una serie de argumentos, dogmas, axiomas o verdades que en su mayor parte no han investigado o experimentado personalmente. Eso sí, luego se permiten despotricar contra todo el que cuestione el saber establecido, como ya expuse en un artículo sobre este asunto. En realidad, tales personas no son auténticos escépticos, sino pseudoescépticos, que tratan de imponer una determinada visión del mundo de manera sesgada.

Con todo, es justo reconocer que el conocimiento es una búsqueda personal y que por tanto las posturas inquisitivas, escépticas o críticas son el camino a recorrer, siempre que no se caiga en la negación constante o en la fácil aceptación de aquello que más o menos encaje con nuestros esquemas mentales. Esto implica básicamente un continuo esfuerzo por intentar entender nuestro entorno, lo cual nos llevará a menudo a meternos en terrenos extraños y complicados, pues tendremos que buscar y contrastar mucha información que en principio no nos es familiar. Pero el primero paso ya estará hecho: descubriremos que las supuestas verdades –del signo que sean– no son tan planas como nos quieren hacer creer, sino que contienen errores, dudas, vacíos, incógnitas, incoherencias e incluso mentiras. Tendremos que buscar argumentos de uno y otro lado, sopesarlos, usar el sentido común y la razón y eventualmente extraer una conclusión y emitir un juicio, que muy posiblemente no será la verdad, pero será nuestra verdad.

Lo cierto es que no hay otra forma de avanzar. Ya conocemos la alternativa: bajar los brazos y volver a nuestro cómodo acto de fe. Y aún así, tarde o temprano deberemos tomar muchas decisiones acerca de aquello que hemos investigado con todo nuestro empeño supuestamente “imparcial y objetivo”. En mi propia experiencia personal, me he encontrado continuamente con esta pesada losa de la creencia, y en mi búsqueda de respuestas alternativas a todo lo que me habían enseñado –no sólo de mi especialidad científica– he acabado topando al final con el muro del acto de fe. Esto implica reconocer que para rechazar ciertos planteamientos y adoptar otros nuevos he tenido que confiar en la bondad y fiabilidad de unos datos supuestamente objetivos que no he comprobado personalmente, esto es, que no he experimentado de manera racional o científica por mí mismo. Simplemente he tenido que realizar un acto de fe a partir de una experiencia, llevada a cabo por otras personas, que he creído razonable y coherente.

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Datación por tefrocronología del yacimiento de Hueyatlaco

Así pues, durante mi aprendizaje de historia y arqueología hice un continuo acto de fe sobre todo lo que mis profesores me transmitían, más aún con el problema de que en arqueología no se puede re-experimentar los restos observados[3]. Y más adelante, en temas polémicos de mi especialidad he tenido que volver a los actos de fe, sobre todo cuando los datos clave se sustentan en procedimientos físicos o químicos, que normalmente se nos escapan a los de Letras. Por un lado, llevo algunos años oyendo argumentos (aunque no siempre muy documentados) sobre la baja –o incluso nula– fiabilidad de los habituales métodos radiométricos de datación absoluta más habituales, especialmente el del más conocido y usado, el Carbono-14, que aparte de sus limitaciones y dudoso empleo metodológico, tiene a sus espaldas la persistente sombra de las contaminaciones ambientales de carbono. Sin embargo, muchas de las dataciones que aún doy por buenas están basadas en tales métodos. Incluso creo que son válidas unas dataciones tan controvertidas como las de Hueyatlaco (México), obtenidas por hasta seis métodos físicos distintos cuyos procesos y detalles técnicos se me escapan completamente. Por otro lado, algunas dataciones de Carbono-14 me chirrían bastante, como las de Tiahuanaco, pero en cambio considero que las realizadas en Gobleki Tepe (Turquía), que dan a este asentamiento megalítico una cronología “impensable”, son correctas. Por cierto, en ambos casos las dataciones de C-14 han sido aceptadas por la comunidad académica, aunque de Gobekli Tepe no se habla demasiado, a decir verdad.

¿Y a qué se debe pues la aceptación de unas cosas pero no otras? A un puro y simple acto de fe, que de alguna manera se sustenta en la confianza que me pueda dar la fuente u otros datos adjuntos, y por el rigor y metodología que puedo apreciar detrás de las afirmaciones. No obstante, en muchas ocasiones lo que me ha impulsado a creer en ciertas informaciones ha sido una simple resonancia vibracional (o “corazonada”), una sensación de veracidad, algo que no se transmite intelectualmente sino energéticamente. Sea de un modo u otro, si no delegara esta fe, me tendría que replantear y comprobar personalmente todo el conocimiento acumulado en arqueología –ya no digamos en todas las disciplinas científicas– durante siglos de investigación a cargo de miles de expertos. Y esto es lo que hace casi todo el mundo, cuando cree que todo el estamento académico y profesional no puede estar equivocado en una determinada cuestión y que sus afirmaciones están sólidamente afianzadas en el método científico. Pero esto no es así, como he podido corroborar en asuntos en principio bien alejados de mi área de conocimiento.

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Lluís Botinas

En el caso del SIDA, por ejemplo, tardé unos dos años en cambiar completamente de opinión sobre la versión oficial a partir de ciertas informaciones y datos que fui contrastando a partir de un primer encuentro con la versión herética, que me provocó el lógico rechazo racional y emocional, pues en mi disco duro tenía instalado otro programa. Esta misma versión oficial fue el punto de partida del investigador Lluís Botinas, que ya en los años 80 –intrigado por la rareza de esta enfermedad– se quiso meter hasta el fondo del tema y empezó a reunirse con especialistas, y a estudiar y contrastar datos médicos y científicos personalmente. Tardó algunos años en abandonar las tesis oficialistas, para abrazar luego la versión disidente[4] durante 18 años hasta que en 2009 llegó a la conclusión de que no había ni tal virus ni tal enfermedad y que todo era un montaje “made in USA”, construido para tapar otros hechos e intereses, siendo el fenómeno del SIDA un conjunto de enfermedades ya existentes y bien conocidas[5].

En total, Botinas acumula casi 30 años de investigación en terrenos que en principio no eran de su especialidad (él es economista y estudió –aunque no completó– Ciencias Físicas y Exactas). Evidentemente, Botinas sabe muchísimo más de SIDA que muchos médicos de hospital o de ambulatorio, que por supuesto no han corroborado la información que han recibido ni tienen la menor idea de que el co-descubridor del supuesto virus VIH, el Dr. Robert Gallo, cometió fraude con sus artículos científicos originales, como está demostrado documentalmente[6].

Y para muchísimas personas, decir que el virus VIH no existe vendría a ser lo mismo que afirmar seriamente que el Nepal no existe…

Concluyendo, dentro del propio campo de la ciencia, los actos de fe –pequeños o grandes– son el pan nuestro de cada día, y ya no digamos cuando el tema queda fuera de nuestra especialidad. Además, la enorme especialización y compartimentación de los campos científicos ha provocado en la actualidad la falta de una visión holística crítica que nos permita contrastar métodos, enfoques y datos alternativos. En suma, sabemos mucho de lo nuestro –supuestamente– pero apenas tenemos idea de otras materias, por lo cual hemos de confiar en que los super-expertos de esos temas van a hacer un buen trabajo… o tal vez no. ¿Y la población en general? Prácticamente nadie comprueba nada de nada; casi todo el disco duro popular es una pura descarga de información no razonada, ni comprobada ni contrastada. Con lo cual, desde el escepticismo más estricto, sería más apropiado decir que las personas creen, pero no saben realmente.

Este es el drama de nuestra civilización, tan avanzada y compleja, y tan fuertemente afianzada en la ciencia y la tecnología, pero que en realidad funciona por la creencia (¿ignorancia?) colectiva. Entonces, ¿de qué podemos estar seguros?

© Xavier Bartlett 2017


[1] Otro tema interesante sería dilucidar por qué se enseñan determinadas cosas y otras no, aun siendo de gran importancia para la vida de las personas. Por ejemplo, la enseñanza general no aborda asuntos tan claves como el derecho y las leyes, o los mecanismos del dinero y la economía. ¿Por qué será?

[2] Véase el artículo “¿Ciencia o creencia?” de este blog.

[3] En efecto, cuando se realiza una excavación arqueológica, se destruye progresivamente el propio yacimiento, el objeto de estudio, y no es posible “re-excavar” otra vez.

[4] Versión defendida por muchos científicos de todo el mundo, según la cual la enfermedad existe como tal pero que debe tratarse de forma bien distinta a la oficial. También opinan que el virus HIV no puede ser el causante de la enfermedad.

[5] Botinas apoya las conclusiones del colectivo internacional de científicos llamado “Grupo de Perth” que afirma que no hay pruebas científicas de que se haya aislado nunca el virus HIV. Para más detalles sobre su visión, véase el artículo-entrevista en este mismo blog.

[6] Las pruebas de ello salieron a la luz en un libro de la periodista J. Roberts en 2008. En ese mismo año, un grupo de científicos internacionales solicitó a la revista Science que dichos artículos fueran retirados, petición que fue (y sigue siendo) ignorada. Por su parte, quizá el Dr. Gallo no tenga la conciencia muy tranquila, pues desde hace años vive rodeado de guardaespaldas.

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