La perversión del lenguaje políticamente correcto

manifestacionHará cosa de un par de años tuve la oportunidad de observar una pancarta típica de propaganda de campaña electoral, en la cual se expresaba un mensaje de una coalición de izquierdas catalana que decía algo así como (no recuerdo exactamente todo el texto): Anem junts i juntes per…, que quiere decir “Vamos juntos y juntas por…”. La verdad es que no me sorprendió en exceso esa duplicidad de sexo tan típica del lenguaje actual, pero enseguida me di cuenta de lo ridículo de la expresión, dado que se decía que se debía ir juntos y juntas, un auténtico dislate, porque la imagen que se transmitía (involuntariamente, claro está) es que los hombres debían ir juntos por un lado y las mujeres por otro, esto es, como la antigua separación de sexos que tenía lugar en las iglesias. Sin comentarios… no sé si es para reír o para llorar.

En efecto, estamos inmersos desde finales del pasado siglo en ese despropósito o perversión del llamado lenguaje “políticamente correcto” (o “corrección política”) que se ha ido imponiendo a marchas forzadas en todas las sociedades occidentales a través de los mandatos políticos, los medios de comunicación, la educación y ciertas instituciones de la sociedad civil, hasta convertirse según algunos críticos en un auténtica dictadura del pensamiento. En teoría, detrás de esta iniciativa –que procede inequívocamente de los Estados Unidos– no podía haber mejores propósitos, pues la implantación de este lenguaje limpio tenía la sana intención de evitar que determinados grupos o minorías de diverso origen se pudieran sentir ofendidos –en su condición sexual, religiosa, étnica, cultural, política o ideológica– a causa del uso de determinadas expresiones o formas de hablar desconsideradas, típicas del lenguaje vulgar o coloquial.

Sin embargo, a estas alturas no cuesta demasiado apreciar que detrás de las buenas palabras –nunca mejor dicho– estamos ante una sutil maniobra de control mental masivo, orientada a imponer comportamientos y creencias uniformes al conjunto de la sociedad. Esta ingeniería social funciona a través de la íntima conexión que existe entre la mente y el lenguaje, que vehicula nuestros pensamientos y nuestras emociones. Dicho de otro modo, si aceptamos sin rechistar la convención de la forma (el código de comunicación) aceptaremos igualmente el fondo (la intención), como si fueran la misma cosa. Pero esto no es así; es sencillamente una trampa, algo que cae por su propio peso y que ni siquiera resiste el tamiz del sentido común.

Vamos a ver grosso modo en qué consiste este fenómeno del lenguaje políticamente correcto (en el que cabe incluir la reciente política de género) y hasta qué punto es algo absurdo y retorcido, que recuerda en gran parte al clásico uso de los eufemismos, pero con intenciones bastante más siniestras. Así pues, comprobaremos que tiene los mismos fundamentos que cualquier otro mecanismo de control social, que consiste en difundir e imponer una “conducta-tipo” para todo el rebaño y a continuación tachar de salvaje, anti-social, peligroso o cosas peores al que se sale de tal conducta.

Lo primero que cabe resaltar es que el fenómeno llega a toda la sociedad e impacta a todas las ideologías por igual. De hecho, aunque se considera que la creación y uso de este lenguaje fue una iniciativa de los sectores más izquierdistas o progresistas –los supuestos adalides de la libertad y la justicia frente a la barbarie de la derecha– hoy en día se ha extendido a amplias capas sociales de forma transversal, de tal modo que cualquiera que no emplea este lenguaje es acusado de cavernícola, conservador, fascista, intolerante, integrista, etc. Por lo tanto, como nadie quiere ser identificado con tales adjetivos y quedar así marcado o marginado, se adhiere a la costumbre del lenguaje políticamente correcto precisamente para defender su prestigio social y su liberalidad. En suma, como siempre, todo funciona con la amenaza velada, el miedo y la represión.

Para empezar, podemos referirnos a la cuestión de la raza o el origen social. De todos es conocido que en EE UU existió una fuerte discriminación y segregación racial sufrida por las personas de raza negra durante mucho tiempo, aun después de la emancipación de los esclavos por obra del presidente Lincoln. Así fue como, con la llegada de la ola liberal y progresista de la segunda mitad del siglo XX, la palabra “negro”[1] fue considerada ofensiva y fue sustituida por persona “de color”, que de alguna manera también incluía a otras minorías raciales. Más adelante, y precisamente para separar a esta comunidad de las otras minorías no estrictamente “negras”, se acuñó el término actual “afroamericano”, que es el aceptado y promovido por los poderes públicos.

discrimination
Discriminación racial en los Estados Unidos

Pero lo cierto es que ambos términos no sólo son equívocos sino que mantienen claramente la separación entre razas. Llamar a alguien “de color” es simplemente una forma de señalar a todos los que no son blancos, que constituyen el grupo dominante en el país, y yo al menos no lo considero un término halagador, ni siquiera neutro; es simplemente una forma fina de decir “nigger”. En cuanto a afroamericano, aquí se evita mencionar el color pero se cae en el error de considerar que todas las personas procedentes de ese continente son de raza negra. Además es una manera sutil de recordar que vinieron de África (como esclavos) y no de la civilizada Europa. Del mismo modo, llamar a los indios “nativos americanos” no es ningún acto de respeto: les recuerda que fueron despojados de su territorio por el hombre blanco (el extranjero), para quedar recluidos a las reservas. Y desde luego, ellos nunca tuvieron el concepto de “América”.

Por otro lado, para evitar la referencia a los blancos en contraposición a las otras minorías étnicas se ha ido imponiendo el término “caucásico”, que engloba a todos los blancos y que se supone que se basa en consideraciones científicas. No obstante, la raza blanca está bien extendida en amplias regiones de todo el planeta y muestra una rica diversidad, pues por ejemplo noruegos, polacos, italianos o turcos son blancos y nadie usa la palabra “caucásico” para definirlos. Pero lo que es bien cierto es que la corrección impuesta en el lenguaje, al menos en EE UU, no ha conseguido modificar esencialmente las estructuras sociales y la situación precaria o marginal de una gran parte de las minorías, sobre todo la negra. Y si muchos individuos de estas minorías han llegado a ocupar puestos relevantes en la economía o la política ha sido por otras razones, no por los dictados de los ideólogos de la corrección política.

Si nos trasladamos ahora a España, la situación no es muy distinta. Cuando desde siempre se ha usado la palabra “negro”, actualmente se ha de decir “subsahariano”, que es el paralelo perfecto de “afroamericano”, aunque no se ajuste siempre a la realidad geográfica, porque ¿cómo llamaremos ahora a la gente de raza negra de otras zonas del mundo? También la palabra “moro” no era en origen peyorativa, pues designaba ya en tiempos de los romanos a los habitantes del norte de África. Pero hoy es mejor decir “magrebí”, que suena mejor y no tiene connotaciones racistas. Y una vez más, estamos ante lo mismo que pasa en América: cambiar las etiquetas no mejora la situación de las personas. Y al final acabamos reconociendo que los nombres, el color de la piel o la cultura es lo de menos; lo que importa es la posición social y económica. Por eso trataremos de formas distintas al poderoso jeque árabe y al inmigrante sin recursos, que –aparte de compartir la religión y la etnia– viven en dos mundos bien diferenciados.

Después tenemos un amplio arsenal de términos sociales, económicos y políticos –que a veces son auténticos circunloquios– promovidos claramente desde las altas esferas con la intención declarada de decir las cosas finamente y sin ofender a ningún colectivo. Esta política, en la práctica, conduce a inventar o remodelar ciertas palabras, o hacer más digerible según qué realidades con expresiones distractoras, aunque en último extremo determinados cambios son auténticas cargas de profundidad dispuestas a imponer conceptos y situaciones a través del lenguaje.

Así, hemos visto que la palabra “subnormal” ha caído en desgracia –por ser considerada ya un insulto– y se ha substituido por “discapacitado psíquico”, que suena mucho mejor, aunque la situación de estas personas no haya cambiado mucho, como tampoco la de los locos del manicomio, que por mucho que ahora sean “enfermos mentales” de una “institución de salud mental” siguen drogados hasta las cejas con psicofármacos. Y los asilos de ancianos seguirán siendo asilos aunque se llaman “residencias geriátricas”. Igualmente, el controvertido aborto se convirtió en “interrupción del embarazo” y a la ley correspondiente se la llamó Ley de salud reproductiva. Por su parte, la odiosa cárcel pasó a ser “establecimiento penitenciario”, donde siguen habiendo muchísimos más desgraciados de clase baja que criminales de clase alta[2].

Incluso la ciencia no se salva de esta corrección e inventa ofensas donde no las hay y aplica la cura antes de que haya ninguna herida. Por ejemplo, en el ámbito de la historia y la arqueología, en el mundo anglosajón se han generalizado las expresiones “BCE” y “CE” (Before Common Era y Common Era) para referirse a lo que toda la vida se había llamado “B. C.” y “A. D.” (Before Christ y Anno Domini), no fuera que algún judío o musulmán confundiera una convención cronológica internacional con un desprecio a sus respectivas creencias.

Asimismo, en las universidades –sobre todo en el ámbito anglosajón– se ha ido extendiendo ampliamente la corrección política hasta el punto que la propia docencia, la crítica y el contraste de pareceres se ha convertido en un ejercicio de equilibrismo, con un fuerte acento en la cuestión de género, que luego ampliaremos. Basta citar ahora como ejemplo que la Universidad de Princeton, en un delirante y paranoico arrebato de corrección,  publicó recientemente una guía de lenguaje inclusivo de género, en la cual se prohibía el uso de la palabra man (hombre), porque podía ser potencialmente ofensiva.

prensa
La prensa difunde ampliamente el lenguaje políticamente correcto

Y como no podía ser de otro modo, el mundo político –y su inseparable socio, la prensa– está también plagado de eufemismos y circunloquios porque interesa quedar bien delante del electorado/público y demostrar la progresía y civilización de los responsables públicos y de los medios de comunicación[3]. Por poner un ejemplo, en ámbitos catalanes Cataluña siempre se escribe con “ny” en textos castellanos, aunque sea una grave falta de ortografía (confundiendo política con gramática) e igualmente Lérida ha de ser siempre Lleida; da igual si el topónimo castellano hace siglos que existe. Por la misma lógica de respeto a la lengua original, los medios catalanes deberían usar el término Huesca y no Osca, o London y no Londres, pero eso de tener un solo criterio ya resulta excesivo. Como también resulta risible que para no decir “provincia” (una herencia del malvado centralismo), los periodistas catalanes usen sutiles expresiones como “comarcas de…” o “demarcación de…”. Y aún resulta más patético que –para respetar cierto tabú sagrado– los nacionalistas nunca hablen de “España” sino de “Estado Español”, ignorando que esa era precisamente la designación oficial del régimen instaurado por Franco en 1936 para no definirse como una monarquía, una república o una dictadura.

A su vez, cuando el ejército en el ejercicio de su labor se lleva por delante vidas de civiles inocentes, entonces se habla cínicamente de “daños colaterales”. Eso sí, cualquiera que pone bombas en nombre de una religión o de una ideología radical es un “terrorista”, como si los grandes poderes internacionales que invaden y destruyen países a su antojo –causando miles de muertos y refugiados– no generaran el terror en grado máximo. Y cuando se quieren diluir o tapar las responsabilidades de la élite global se recurre a los conocidos eufemismos o entelequias como “Comunidad Internacional”, “Occidente”, “Bruselas”, “Naciones Unidas”, etc.

En cuanto al mundo empresarial, es patente cómo nos ha afectado la ola de corrección y modernidad. Los trabajadores ya no son tales, sino “colaboradores”, casi como si fueran socios de la Dirección. Y todo es mucho más moderno, llevadero y agradable para los empleados si procede del lenguaje de negocios anglosajón: el management, el training, el coaching, el mentoring, el business, el controller, el reporting, etc. Lo que quizás ya no es tan agradable es el despido masivo, que ahora triunfa en forma de “reajuste de plantilla”.

Pero sin duda donde el lenguaje políticamente correcto tiene su mayor campo de influencia es en la llamada política de género, que por sí sola ya merecería un extenso artículo, con el agravante de que ya empezamos mal al confundirse –intencionadamente desde luego– el concepto de “género” con el de “sexo”. Sin embargo, para no perdernos por otros caminos, nos vamos a limitar ahora a exponer su faceta comunicativa social expresada en este neo-lenguaje.

Lo primero que hay que señalar es que en varias regiones del planeta hay idiomas que no tienen distinción de género en las palabras y no por ello las sociedades que usan esos lenguajes asexuados son más igualitarias, sino que pueden ser tan o más sexistas que otras comunidades. Si nos vamos el ámbito nórdico europeo, tradicionalmente más avanzado socialmente, resulta que el idioma finlandés no tiene género, pero en cambio en Islandia (una sociedad no menos desarrollada y moderna) se habla el islandés, que tiene hasta tres géneros.

A su vez, en los países de lengua romance, como España, el idioma deriva básicamente del latín, que tenía tres géneros: masculino, femenino y neutro. Esta diversidad se simplificó en dos, quedando el neutro adscrito al masculino en la mayoría de los casos. En cuanto al uso práctico, nos encontramos con palabras formalmente masculinas que pueden emplearse para los dos sexos y algunas femeninas que igualmente se usan para ambos sexos. Y tradicionalmente, el masculino plural (ya sea en “-es” o en “-os”) se ha venido usando como genérico para los dos sexos; esto lo entendía y lo empleaba todo el mundo con la mayor naturalidad, sin ninguna intención de marginación o menosprecio hacia las mujeres.

Sin embargo, ahora nos dicen que el lenguaje ha estado ofendiendo y subyugando a la mujer durante siglos y que detrás de esa vejación lingüística hay una vejación o agresión psicológica o conductual hacia las mujeres. Pero si ha habido discriminación o marginación de la mujer a lo largo de los tiempos en muchas culturas, ello no se debió al lenguaje en sí mismo ni a los genes masculinos, sino a factores de tipo social, cultural o ideológico, básicamente los hábitos y patrones de conducta impuestos y trasmitidos de generación en generación que definían –y separaban claramente– los roles de ambos sexos, con independencia de las diferencias biológicas que marca la propia naturaleza.

Así pues, se ha querido imponer una falsa justicia o equidad a través del lenguaje, pero pervirtiendo las convenciones del propio lenguaje o creando auténticos despropósitos que no tienen pies ni cabeza. Eso ha impulsado a los ridículos discursos, sobre todo de políticos y periodistas, que emplean constantemente la referencia a los dos sexos, incluso despreciando el plural “-es” que podría ser relativamente neutro. Ya no se puede decir sólo “los padres” en un contexto dual, porque se debe decir “los padres y las madres” (o mejor aún, “las madres y los padres”). Y después están los compañeros y compañeras, trabajadores y trabajadoras, alumnos y alumnas, vascos y vascas, españoles y españolas, vecinos y vecinas, etc.

anarquistas
¿anarquistas o anarquistos?

Pero entonces también deberíamos decir miembros y miembras, por la misma lógica y por muy mal que suene. Y puestos a diferenciar bien el sexo, deberíamos hablar de los periodistos y las periodistas, los atletos y las atletas, los anarquistos y las anarquistas, el árbitro y la árbitra, los víctimos y las víctimas, el poeto y la poeta (o poetisa), etc. Estas obsesiones distintivas también han llevado a pervertir la forma de muchas palabras que no tienen terminación masculina típica (por ejemplo las acabadas en -l, -r, o -z), ignorando incluso la presencia del artículo femenino. Por ejemplo, ahora no es correcto decir “la juez” sino “la jueza” como tampoco “la líder”, sino “la lideresa”. Así pues, en la misma línea, tendríamos que admitir “la fiscala”, “la choferesa”, etc. ¿no?

Esta necesidad de ser tan correcto/a[4] lleva a situaciones de paranoia, como una que vi recientemente en la televisión, cuando se entrevistaba a un representante –masculino– del colectivo de enfermeros (y enfermeras). Como el sindicalista era consciente de que la mayoría de practicantes de su profesión son mujeres, empezó a hablar en femenino para sorpresa del entrevistador: “nosotras las enfermeras, etc….” Sin duda quiso quedar muy bien y muy transgénero, pero me pregunto si algún colega suyo (hombre o mujer) no pensaría que tal vez se había pasado de la raya…

bandera_LGBT
Emblema del movimiento gay

Parece que nadie quiere ver que lo realmente importante en la lengua no es la forma, sea cual sea, sino la intención subyacente. En el tema de la homosexualidad, por ejemplo, muchos homosexuales se llaman o consideran maricas o maricones, términos que tradicionalmente se han considerado muy despectivos, pero que para esas personas no tienen esa carga peyorativa dentro de un contexto y si la usan ellas mismas. Sin embargo, resulta que la palabra aséptica y correcta, homosexual, fue creada por un médico psiquiatra alemán en el siglo XIX con connotaciones médicas, esto es, para definir una patología o disfunción sexual. En suma, podemos jugar con los términos tanto como queramos, pero son el contexto y la intención los que marcan o no el ánimo de marginar o vejar a alguien, lo mismo que ocurre con mucha gente que usa insultos (a veces muy fuertes) para saludarse –entre amigos o conocidos– sin que nadie interprete lo que no es.

En fin, está claro que la imposición de este lenguaje va en la línea de la implantación de un pensamiento único sexista –en el sentido que dibuja una guerra o separación de sexos– que tienda a uniformizar las mentes y a eliminar progresivamente la libertad de expresión y disensión. Y generalizando un poco más, vemos que se han ido creando multitud de pequeños conflictos y rencillas ideológico-emocionales que hacen que nuestra relación social y nuestra comunicación cotidiana sea una especie de encaje de bolillos para no molestar a nadie y sobre todo para respetar escrupulosamente ese pensamiento “liberal” y “progre” que viene de arriba. Desde ese punto de vista ni siquiera se podría hacer humor, como ha denunciado el famoso actor y humorista británico John Cleese, porque nada podría cuestionarse ni criticarse.

En definitiva, la corrección política va encaminada a establecer cierta uniformización de la sociedad, eliminando sensibilidades y diversidades, a fin de crear un pacífico y manso rebaño de ovejas que no se oponga a las consignas establecidas. Mientras tanto, los contratos “de adhesión” de los bancos con su impecable, jurídica y correctísima letra pequeña seguirán machacando a la pobre gente ingenua e ignorante. Las leyes injustas y opresoras, con un no menos impoluto y a menudo barroco lenguaje, continuarán esclavizando a la población. Y los políticos, con su verborrea tan exaltada pero medida, sibilina y exquisitamente correcta, volverán a engañar a toda la sociedad después de dejar atrás todas las promesas incumplidas.

Y por supuesto, las auténticas injusticias y maldades que hay en este planeta quedarán enmascaradas detrás de estas correcciones, falsas ofensas y triquiñuelas del lenguaje sin ton ni son. Ya lo decía el refrán: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.” Y que no les engañen; detrás de esta parafernalia no hay amor, comprensión o empatía hacia los demás, sino miedo y represión. Prueben a ser políticamente incorrectos, a ver qué les pasa…

© Xavier Bartlett 2017


[1] En realidad la palabra ofensiva no es black, sino nigro o nigger, de origen claramente hispánico. Black no tiene una connotación negativa, como tampoco su contraparte white; son apelativos simplistas y coloquiales para definir a razas distintas a partir del color de la piel.

[2] No se vayan a confundir, los mayores criminales del mundo, los que controlan realmente todo, nunca han ido a la cárcel. Allí sólo van ciertos personajillos de segundo o tercer orden (políticos, empresarios, etc.) para hacer ver que la justicia es para todos.

[3] Eso sí, resulta que determinadas expresiones, como fascista, facha o ultra se pueden usar impunemente para definir a las personas más religiosas o conservadoras de la sociedad, y no deben sentirse ofendidos.

[4] Me permito introducir esta pequeña concesión a la diversidad y pido perdón a tod@s por no usar continuamente la arroba para señalar la duplicidad de sexo.

Anuncios

7 thoughts on “La perversión del lenguaje políticamente correcto

  1. Me quedo con esta oración: “Y por supuesto, las auténticas injusticias y maldades que hay en este planeta quedarán enmascaradas detrás de estas correcciones, falsas ofensas y triquiñuelas del lenguaje sin ton ni son”
    saludos

    1. Muchas gracias por el comentario. En efecto, me parece evidente que todo esto se hace para tapar bocas y distraer la atención, mientras que todo sigue básicamente igual (o peor).

      Saludos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s