Gestión de la vida

tiempoEn este alocado mundo en que vivimos, el trabajo se ha convertido en el centro de nuestras vidas, y no sólo porque sin él no tendríamos dinero, sino por la cantidad de horas diarias que nos ocupa o nos preocupa. Y pese a todo, mucha gente que no para de trabajar tiene la sensación de que aún le falta tiempo, que no llega a todo, que la actividad es frenética, que hay que hacer las cosas para anteayer, que todo son urgencias… Así, no es de extrañar que más de uno acabe en un estado permanente de estrés del cual no sabe cómo salir.

Sea como fuere, los empresarios y altos directivos no quieren que su personal pierda un ápice de rendimiento, y en consecuencia desde hace ya décadas se han implantado en muchas empresas los llamados “cursos de Gestión del Tiempo[1]”, que están orientados a la optimización del desempeño en el puesto de trabajo. El objetivo último de dichos cursos es que los empleados sepan a qué atenerse, no pierdan el tiempo en tonterías y se concentren en la productividad, todo ello a base de sencillas prácticas, actitudes firmes y herramientas de organización de la actividad. Y detrás de esta parafernalia, está el mensaje subliminal de que nada nos puede llenar más que desarrollar una gran carrera profesional, algo que va en la línea de los logros de la famosa pirámide de Maslow.

Frente a esto, quizá sería necesario aplicar un poco más de sentido común a la vida y dejar las modernas teorías de management en el cajón. La anécdota que voy a exponer a continuación, relacionada con esa “gestión del tiempo”, no sé si es o no auténtica, pues me llegó por Internet hace tiempo, pero creo que sí puede ser perfectamente verídica y muestra hasta qué punto no vemos lo evidente o hasta qué punto desde arriba no nos permiten tener una vida sensata y equilibrada. He aquí la breve historia:

En una sesión formativa, un experto consultor en Gestión del Tiempo quiso sorprender a su audiencia, un grupo de directivos y mandos intermedios. Sacó de debajo del escritorio un frasco grande de cristal de boca ancha. Lo colocó sobre la mesa, junto a una bandeja con guijarros del tamaño de un huevo y preguntó a la audiencia: “¿Cuántas piedras piensan que caben en el frasco?”.

Con un público acostumbrado a previsiones y cálculos, varias personas se atrevieron a lanzar a ojo unas propuestas más o menos verosímiles. Después de que los asistentes hicieran sus conjeturas, el consultor empezó a meter guijarros hasta que llenó el frasco. Y seguidamente preguntó: “¿El frasco ya está lleno, no?”

Casi todo el mundo asintió. Entonces, para sorpresa de los asistentes, sacó de debajo de la mesa un cubo con gravilla fina y empezó a verterla en el frasco. Luego lo agitó, de modo que los pequeñas piedrecillas penetraran por los espacios vacíos que había entre los guijarros. El experto sonrió con ironía y repitió su pregunta: “¿Está lleno?”

Esta vez algunos de los presentes pusieron cara de circunstancias y dudaron. Uno se atrevió a decir en voz alta: “Tal vez no.”

“¡Bien!”, repuso el formador. Y para seguir su juego, sacó otro pequeño cubo y lo puso sobre la mesa. Acto seguido, lo comenzó a volcar en el interior del frasco. Se trataba de arena muy fina, como la que usa para llenar los relojes de arena. Y la arena se fue filtrando progresivamente por los pequeños recovecos que quedaban entre los guijarros y la grava.

“¿Está lleno?”, insistió el consultor. Y esta vez varias voces contestaron: “¡No!”

“¡Bien!”, dijo, y de debajo de la mesa extrajo un último recipiente: una jarra de agua. Y ante la cara atónita de varios asistentes, comenzó a verter el agua lentamente en el frasco, ocupando los minúsculos espacios de aire que aún pudieran quedar libres. Tras este acto final, el experto se puso frente a su audiencia, abrió los brazos y preguntó: “Bueno, ¿qué hemos demostrado con esto?”

Un asistente, con aire satisfecho de haber descubierto el truco del mago, le respondió: “Que no importa lo llena que esté tu agenda, que –si te lo propones– siempre puedes hacer que quepan más cosas.”

“¡No! ¡Respuesta incorrecta!”, concluyó el experto. “Lo que esta lección nos enseña es que si no colocas los guijarros primero, nunca podrás colocarlos después. ¿Cuáles son esos guijarros, esas piedras que sustentan tu vida? ¿Tu pareja, tus hijos, tus amigos, tus sueños, tu salud…? Recuérdenlo, pongan esas piedras primero. El resto ya encontrará su lugar.”

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imagen: pixabay.com


[1] En realidad, estos cursos no deberían llamarse así, pues no es el tiempo el que se gestiona, sino las actividades personales.

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3 thoughts on “Gestión de la vida

    1. Gracias Angel

      Ya lo he visto y, bueno, no es exactamente la misma idea, pero plantea el problema de la actividad frenética y qué hacer con nuestro tiempo. Como decía aquel: “Para ganarse la vida, ¿hay que perderla?” Además, podríamos hacer la reflexión sobre el reparto del “trabajo”: ¿tantos millones de personas sobre el planeta y todavía hay gente que trabaja horas y horas, sin vida personal? Y ya no digamos los que trabajan todo el día por un mísero sueldo. Pero el trabajo y el dinero son bienes artificiales que están en manos de los que dominan el mundo y por tanto vivimos en esta continua insatisfacción o incluso desesperación. Nos organizan y controlan la vida, la muerte, el trabajo, nuestro tiempo, nuestras energías… Es muy obvio, pero nadie quiere verlo.

      Saludos,
      X.

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