El eterno dilema entre Hobbes y Rousseau

Uno de los clásicos temas de la filosofía a lo largo de los siglos ha sido la cuestión del bien y del mal, de la conducta y la moral, de hacer lo correcto o lo incorrecto, y en definitiva de establecer cuáles son los mecanismos que empujan al hombre hacia la maldad o hacia la bondad. E incluso, yendo más allá, surge la polémica acerca de los propios conceptos de “bien” y “mal”, planteándose la duda de si son términos absolutos o relativos, o si es el propio individuo o bien la sociedad quien tiene la última palabra al respecto.

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¿Es el mal algo natural o adquirido? (Duelo a garrotazos, de Francisco de Goya)

Este antiguo debate tomó impulso en la Edad Moderna, cuando el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679), en su obra de 1651 Leviatán, planteó abiertamente que el hombre es malo por naturaleza, que lleva el mal dentro de sí y que sólo la civilización (o el estado) lo “domestica” hacia actitudes más elevadas y que encuentra su lugar en la comunidad gracias a un pacto social establecido. De Hobbes es la célebre máxima Homo homini lupus, que significa “el hombre es un lobo para el hombre”.

No obstante, llegada la Ilustración en el siglo XVIII, el filósofo suizo Jean Jacques Rousseau (1712-1778) le dio la vuelta a este argumento y afirmó en sus obras Emilio y El contrato social que era todo lo contrario: que el ser humano era bueno de forma innata, y que era la propia sociedad (incluso la más civilizada) la que lo pervertía hacia el mal. Esta posición es lo que desde hace tiempo se conoce como el “mito del buen salvaje”, que considera que los pueblos primitivos, sin estado ni civilización, carecen de la malicia propia del mundo desarrollado. Para asignarle también una frase emblemática, cabe citar ésta: “El hombre es bueno por naturaleza”.

Y este es el dilema sobre la condición del ser humano que todavía hoy, en pleno siglo XXI, sigue en pie: ¿Nace bueno el hombre y es la sociedad la que lo empuja al mal? ¿O es al revés: nace malo el hombre y es la sociedad la que lo hace bueno? Lo cierto es que existen acérrimos defensores de cada bando, si bien actualmente en muchos ambientes intelectuales –y ya no digamos políticos– se da por válido el enfoque de Hobbes. A continuación repasaremos ambas visiones con un poco más de detalle y trataremos de dar respuesta a la pregunta crucial: ¿Cuál de las dos es la correcta? Claro que… ¿y si ambas fueran ciertas?

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Thomas Hobbes

Empecemos por el análisis de las tesis de Thomas Hobbes. Para el filósofo inglés, la vida individual, desligada del marco de la civilización, sería brutal, pobre y lastimosa, y estaría dominada por el miedo y la violencia. El hombre, de hecho, se mueve por impulsos y deseos, y en este contexto no existe “el bien” o “el mal”, sino que lo que le interesa, desea o cree que le conviene. Hobbes, de hecho, relativiza estos conceptos y afirma lo siguiente:

“Lo que de algún modo es objeto de cualquier apetito o deseo humano es lo que con respecto a él se llama bueno, Y el objeto de su odio y aversión, malo; y de su desprecio, vil e inconsiderable o indigno. Pero estas palabras de bueno, malo y despreciable siempre se usan en relación con la persona que las utiliza. No son siempre y absolutamente tales, ni ninguna regla de bien y de mal puede tomarse de la naturaleza de los objetos mismos, sino del individuo (donde no existe estado) o (en un estado) de la persona que lo representa; o de un árbitro o juez a quien los hombres permiten establecer e imponer como sentencia su regla del bien y del mal.”[1]

Pero Hobbes va más lejos y concibe al hombre como un ser que recela continuamente de los demás y que ve su interés propio amenazado por los intereses del vecino. Esto crea, de alguna manera, una forma de competencia que lleva a la desconfianza, y de ésta surge el enfrentamiento (la guerra), que Hobbes ve plenamente justificada:

“Dada esta situación de desconfianza mutua, ningún procedimiento tan razonable existe para que un hombre se proteja a sí mismo, como la anticipación, es decir, el dominar por medio de la fuerza o por la astucia a todos los hombres que pueda, durante el tiempo preciso, hasta que ningún otro poder sea capaz de amenazarle. Esto no es otra cosa sino lo que requiere su propia conservación, y es generalmente permitido.”[2]

Esta concepción nos recuerda vagamente a lo que siglos después iba a proponer Darwin con su evolucionismo, la supervivencia del más adaptado (o sea, el más fuerte) y la lucha contra todos los demás como factor clave del avance y la mejora, en vez de la armonía y la colaboración. Y recordemos que la ciencia oficial actual no sólo no ha refutado esto, sino que lo ha ensalzado al concebir que todos los seres vivos funcionamos por puro interés individual frente al interés de los demás, lo que Richard Dawkins ha simbolizado con su famoso gen egoísta. Esto es, la naturaleza nos hace distintos y opuestos a los demás y lo único que importa es nuestra subsistencia.

Así pues, todos los humanos llevan dentro de sí la competición, la desconfianza y el egocentrismo, unos rasgos innatos que sólo pueden ser reconducidos si aprenden a vivir en comunidad y aceptan unas “reglas del juego”, lo que Hobbes llamaba un contrato social, por el cual los individuos renuncian al ejercicio de parte de sus derechos y libertades naturales a favor de un orden común representado por una estructura de poder (estatal) que llamó Leviatán[3]. Por tanto, sólo la vida en un contexto de civilización valdría la pena vivirla, pues de este modo el hombre podría progresar sin caer en el caos y la anarquía, evitándose un continuo enfrentamiento de todos contra todos, que es la tendencia “natural” del ser humano.

No hay que ser muy listo para apreciar que esta filosofía encaja perfectamente en la época de las monarquías absolutas en que el estado y el monarca estaban unidos indisolublemente, y el interés público y el privado (o sea, el del soberano) eran una misma cosa. Esto coincide con el surgimiento de los grandes estados e imperios europeos “civilizados” que extendían su poder por todo el planeta, básicamente a fuerza de colonialismo y guerras sobre los otros pueblos, incluidos los “salvajes”.

Y visto este enfoque, ¿dónde quedaría pues la libertad de los individuos? Hobbes lo expresa de manera muy clara:

“La libertad, de la cual se hace mención tan frecuente y honrosa en las historias y en la filosofía de los antiguos griegos y romanos, y en los escritos y discursos de quienes de ellos han recibido toda su educación en materia de política, no es la libertad de los hombres particulares, sino la libertad del estado, que coincide con la que cada hombre tendría si no existieran leyes civiles ni estado, en absoluto.”[4]

Como resulta obvio, Hobbes defendía descaradamente el despotismo y la sumisión del pueblo a un cierto orden, no fijado por el propio pueblo sino por los grandes poderes que ejercen de guías, árbitros y jueces. Sin embargo, Hobbes ya se desligaba de la influencia teológica de los siglos anteriores y planteaba una visión materialista y mecanicista de la naturaleza, de la sociedad y del ser humano, anticipando de algún modo lo que serían las futuras propuestas de Malthus, de Smith o del propio Darwin, como ya hemos mencionado. En definitiva, para Hobbes el ser humano es malo y anárquico por naturaleza y solamente el orden impuesto por la sociedad –o sea, el poder estatal– puede redirigirlo y amansarlo.

Jean-Jacques_Rousseau
Jean Jacques Rousseau

Rousseau, en cambio, tiene una visión bastante diferente de la condición natural del individuo. Jean Jacques Rousseau ve la naturaleza como un ente ordenado, armonioso y perfecto… hasta que llega el hombre para estropearlo todo. El filósofo suizo plasmó esta visión en su obra Emilio, que era una propuesta formal para crear un nuevo tipo de educación que tendiera a extraer lo mejor del niño –lo que él ya poseía de forma innata o natural– frente a las imposiciones, convenciones e irracionalidades de la sociedad en la que debía crecer.

Desde su planteamiento, el niño ha de tener cierta libertad y ha de poder desarrollar sus intereses y talentos de forma individualizada, sin imponerle disciplinas, mandatos o hábitos propios de los adultos. Rousseau incide en la inocencia intrínseca del niño y en la necesidad de guiarlo en su desarrollo natural considerando lo que es, un niño, y no un “adulto pequeño”. En cuanto al papel de la civilización, el filósofo suizo no es nada ambiguo y se muestra en el polo opuesto a Hobbes:

“Toda nuestra sabiduría consiste en preocupaciones serviles; todos nuestros usos no son otra cosa que sujeción, incomodidades y violencia. El hombre civilizado nace, vive y muere en esclavitud; al nacer le cosen en una envoltura; cuando muere, le clavan dentro de un ataúd; y mientras tiene figura humana le encadenan nuestras instituciones.” [5]

No obstante, donde Jean Jacques Rousseau desarrolla a fondo una teoría sobre la condición del hombre –buena o mala– dentro de la sociedad es en su obra El contrato social. Aquí Rousseau cita en repetidas ocasiones a su antagonista Hobbes y le rebate su concepción de que el hombre vulgar es una especie de bestia que debe ser dirigida y apaciguada (o dominada) por los hombres llamados a ejercer el poder. Desde su punto de vista, “la fuerza no hace el derecho” y el acto de enajenar la libertad individual y colectiva a un poder superior no sería legítimo. Los hombres nacen iguales y libres, y la renuncia a la libertad es la renuncia misma a la condición de ser humano. Por lo tanto, para Rousseau no tiene sentido una relación de autoridad absoluta por un lado y obediencia ciega por otro.

Desde esta perspectiva, la unión de las personas para formar una sociedad justa y armoniosa pasa por un contrato social bien diferente del que proponía Hobbes. Así, Rousseau defiende el interés y la libertad de cada una de las personas como pilar de ese contrato. No debe haber supeditación a un poder absoluto que “domestica y regula” al hombre malvado per se, sino que existe –en palabras del propio Rousseau– la necesidad de:

“Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino a sí mismo y permanezca tan libre como antes.”[6]

En cuanto al ordenamiento de dicha asociación, Rousseau no reniega de la necesidad de tener un marco de convivencia entre las personas, lo que sería propiamente la ley, pero él ve que dicha ley se deriva de la bondad que está en la misma naturaleza de las cosas y que procede de Dios, y no de las convenciones (o sea, imposiciones) humanas. En este sentido, Rousseau deja bien a las claras que “las leyes de la justicia son vanas entre los hombres; ellas hacen el bien del malvado y el mal del justo”.

Hasta aquí hemos expuesto las visiones de ambos filósofos sobre la condición humana y el papel de la sociedad (o el estado) y hemos apreciado de que a pesar de que los dos plantean la existencia de un contrato social que garantice la convivencia, sus contratos son de carácter bien diferente. Para Thomas Hobbes, es el poder absoluto el que debe controlar y domeñar la intrínseca maldad humana, mientras que para Jean Jacques Rousseau es la propia comunidad de individuos la que libremente debe acordar un marco de convivencia justo y armonioso, partiendo de la base de que el hombre es bueno por naturaleza. Y aquí volvemos al principio: ¿Quién de los dos está en lo cierto acerca de la condición humana? En mi modesta opinión, tanto Hobbes como Rousseau tienen su parte de razón y ello no implica necesariamente ninguna contradicción o paradoja. Me explicaré.

conciencia
La identidad de la separación surge de la mente

Si consideramos que el ser humano se identifica con su mente, podemos aceptar que éste es un mecanismo virtual que se deriva de ese generador de realidad que llamamos cerebro. Así, cada persona viene ya “de fábrica” con una configuración determinada de su identidad individual, una especie de sistema operativo, que es la base de la mente. Este sistema percibe y entiende el mundo desde la dualidad o separación entre el observador y lo observado, y por tanto sustenta el concepto de “yo” o “ego” que se manifiesta frente al resto de las personas u objetos, y que es causa precisamente del egoísmo y en definitiva de la “maldad”.

Pero por otro lado, es la sociedad humana (estructurada en forma de poder público o estado) la que está orientada a potenciar esa individualidad y separación, ya se trate de personas o de comunidades enteras. Así pues, de algún modo, en la sociedad se proyecta a escala global la mente egoica, interesada y tendente al enfrentamiento. No hay que ser muy avispado para ver cómo a lo largo de los milenios –y en diferentes tipos de regímenes– la sociedad (sobre todo la civilizada) ha contaminado al individuo con su educación, sus costumbres, sus leyes, sus mandatos, sus servilismos, sus intereses, sus prejuicios, etc.

Se podría decir que la sociedad es un rebaño organizado en que el pastor (el poder) se preocupa de que las ovejas se sigan enfrentando entre ellas, porque esa división y maldad generalizada facilita la perpetuación de ese poder. Y obviamente, los que están instalados en ese escalón de máximo poder no desean que cambien las cosas; sólo pueden mantenerse en su pedestal mientras el común de los mortales permanezca en ese estado de separación, miedo y egoísmo.

De esta manera, podríamos concluir que tanto Hobbes como Rousseau defienden posturas complementarias: el hombre lleva dentro de sí la maldad, pero también la sociedad está instalada en la maldad y la difunde a todos los individuos. Llegados a este punto, alguien podría preguntar: “Bueno, de acuerdo, pero hemos hablado de la noción del Bien, de esa bondad del ser humano? ¿Dónde queda el Bien en esta historia? No lo he visto por ninguna parte.”

Todos podríamos estar de acuerdo en que el Bien no se adquiere (siempre que no se confunda con buenas costumbres, convenciones, educación, cortesía, etc.). No es algo externo, sino innato. Y aquí tal vez deberíamos dar la razón a Rousseau, pero… ¿no hemos dicho que el Mal era innato? Entonces, ¿somos buenos y malos a la vez por naturaleza? Aquí radica el quid de la cuestión. Si nos identificamos con la mente, con el vehículo humano, entonces tal vez seamos malos porque estamos programados para la separación y el individualismo. Sin embargo, si traspasamos el mundo físico y mental, la cosa cambia. En efecto, el Bien reside allá de donde realmente provenimos, donde hemos estado siempre y donde están todas las cosas o seres, donde no hay separación. Obviamente, la conciencia.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] HOBBES, T. Leviatán. Cap. VI

[2] HOBBES, T. Leviatán. Cap. XIII

[3] Es oportuno mencionar que Leviatán era el nombre de un gigantesco monstruo marino mitológico, encarnación o símbolo de las potencias del mal.

[4] HOBBES, T. Leviatán. Cap. XXI

[5] ROUSSEAU, J.J. Emilio. Libro Primero

[6] ROUSSEAU, J.J. El contrato social. Libro I, Cap. VI.

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3 thoughts on “El eterno dilema entre Hobbes y Rousseau

  1. El modelo de Hobbes es el que interesa y el que nos imponen, pero ya vemos como va la cosa.

    La sociedad no nos vuelve buenos, en todo caso nos domestica, nos vuelve sumisos y cobardes, pero la gente no deja de robar, matar, engañar… porque esté prohibido, solo lo hace si le importan las consecuencias de sus actos.
    Por otro lado, aquellos que ocupan puestos de poder en la sociedad, no suelen pagar por sus crímenes del mismo modo que el resto, por lo que ellos pueden ser más “malos” impunemente.
    La sociedad (actual) además aunque prohíbe por ejemplo el asesinato, lo impone en tiempos de guerra, cuando negarse a “morir o matar” es un delito: Incongruencias.

    Entonces matar es bueno o malo, depende de lo útil que sea a la sociedad, no según el criterio innato del ser humano.

    Un saludo.

    1. Gracias Piedra,

      Totalmente de acuerdo con tus apreciaciones. Está claro que hay quien define el bien y el mal según su conveniencia e interés, y el poder es el que está interesado en que todos seamos “malos” y debamos ser controlados por la “ley”. A mí me parece muy evidente que el bien no está en la sociedad (al menos insertada en un estado) de ninguna manera.

      En todo caso, ahora mismo lo estamos viviendo tristemente. El choque de “legalidades” muestra bien a las claras que ninguna de ellas es la correcta, porque donde existe la ley no hay amor, y viceversa.

      Saludos,
      X.

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