La infame revisión por pares

In_Peer_Review_We_TrustPero… ¿Qué eso de la “revisión por pares”? Hace algún tiempo, en una entrevista radiofónica, saqué a colación este término y mi entrevistador, que no era precisamente persona inculta, me interrumpió: “Oye, eso de los pares me suena a masones o algo parecido, ¿no?” No pude evitar sonreír, pero entiendo que para mucha gente esta expresión tal vez sea un poco oscura o desconcertante. ¿Qué son esas revisiones? ¿Y quiénes son esos pares? Así pues, antes de empezar, es preciso hacer un breve apunte para los que no conozcan los entresijos de la investigación científica, sobre todo en lo concerniente a la publicación.

La “revisión por pares”, también denominada “arbitraje”, es la traducción directa de la expresión anglosajona peer review, que podría traducirse igualmente por “revisión por colegas (o expertos)”, aunque hoy en día la palabra “colega” ha perdido su sentido culto[1] para convertirse en un vulgarismo. Básicamente, esta revisión consiste en examinar y evaluar una determinada propuesta científica –normalmente en forma de artículo– a fin de ser admitida para su publicación en una revista especializada. De hecho, esta es la manera habitual en que los científicos dan a conocer su investigación al conjunto de la comunidad académica. Los revisores son –en teoría– expertos reconocidos y cualificados, compañeros del mismo campo académico del que presenta el documento (de ahí los “pares”), y su misión es dar el sello de calidad al documento presentado, garantizando que se atiene al rigor y los estándares del método científico y a los parámetros metodológicos y teóricos del paradigma imperante.

Dicho en otras palabras, su propósito es validar un cierto material para que pueda publicarse en las principales revistas científicas, que constituyen en cierto modo “la prensa de los científicos”, evitando que lleguen al papel impreso o digital artículos de baja calidad o defectuosos por uno u otro motivo. Asimismo, en algunos casos, la revisión por pares tiene una importancia añadida pues el veredicto no está destinado a avalar la publicación de un artículo sino a argumentar la concesión –o denegación– de una beca de investigación o de fondos para la financiación para un proyecto.

El sistema funciona de la siguiente manera: una vez enviada la propuesta a la revista en cuestión, los editores la reenvían a los expertos, los cuales la leen atentamente, toman notas y emiten un juicio que comporta uno de estos cuatro escenarios:

  1. Se admite la propuesta sin ninguna condición o enmienda.
  2. Se admite la propuesta, pero se sugieren ciertas correcciones o mejoras.
  3. Se rechaza la propuesta, y se insta al investigador a que replantee su material y lo vuelva a someter a revisión.
  4. Se rechaza de firme la totalidad de la propuesta, sin enmienda posible.
Temple
Robert Temple

Ni que decir tiene que si los expertos de todas las publicaciones envían a la papelera el documento (por las razones que fueren) la propuesta no llegará al conocimiento de la comunidad científica y quedará enterrada para siempre. Simplemente, no habrá existido. Esto es lo que sucedió, por ejemplo, con el artículo sobre las polémicas dataciones de Hueyatlaco (México) que los geólogos del USGS trataron de publicar en vano en varias revistas especializadas durante más de una década. Finalmente, una revista de geología accedió a publicarles el material (previa revisión, claro está) pero no se trataba de una revista de arqueología reconocida. El resultado es que dicho artículo fue prácticamente ignorado. Otro caso sangrante fue el de Robert Temple, autor de El misterio de Sirio, que quiso publicar una réplica a un duro artículo sobre dicho libro escrito por Carl Sagan en la revista Omni. Sin embargo, los editores de la revista le cerraron las puertas con todo tipo de excusas hasta que al final admitieron que no iban a publicar nada que pusiese en entredicho la reputación del famoso astrofísico[2]. En general, cualquier propuesta científica que pueda retar o amenazar al consenso científico, a los dogmas aceptados o a los intereses políticos y económicos tiene todos los números de sucumbir en la fase de revisión por pares.

Así pues, ¿qué tenemos? ¿Un mecanismo de control de calidad o un sistema de censura al más puro estilo nihil obstat[3]? La verdad es que la cosa es mucho más grave de lo que aparenta. Ya no sólo se trata de una forma más o menos velada de censura o crítica ante ideas nuevas o incómodas. Desgraciadamente, hoy en día, la revisión por pares es una auténtica lacra para la buena ciencia; ha degenerado hasta convertirse en una caricatura de lo que pretendía ser, y detrás de ella reina la corrupción, el interés, el prejuicio y la incompetencia. Por no decir abiertamente que la revisión por pares es una pieza clave en la tergiversación y manipulación de la ciencia. Pero vayamos a lo concreto.

En primer lugar, está el evidente problema de la condición de “experto”. Por lo general, los científicos que han alcanzado cierta posición ya se creen estar por encima del bien y de mal y ellos mismos dictan las normas (mandamientos) de lo que es correcto y lo que no, o de lo que es objetivo y lo que no. Sus egos pasan por encima de cualquier otra consideración y suelen estar más predispuestos a refrendar aquellas propuestas que coincidan con sus visiones personales y a desestimar las que pongan en entredicho esas mismas visiones. Y desde luego su reputación como científicos y revisores no puede ignorarse o menospreciarse.

El caso es que esas mentes privilegiadas no están por la labor de que venga alguien a discutir los cimientos de “su” ciencia y les pueda poner contra las cuerdas. La gente creativa, innovadora, inteligente y atrevida es una amenaza para esa casta sacerdotal que goza de puestos bien remunerados, prestigio, honores, prebendas, etc. Por tanto, la conducta habitual es cortar las alas de los “audaces” para que sus trabajos no lleguen a la comunidad científica. Así, no es de extrañar que las principales revistas científicas (casi todas del ámbito anglosajón) sean muy poco proclives a aceptar propuestas heterodoxas, impecables metodológicamente, pero peligrosas de uno u otro modo.

Sokal
El físico estadounidense Alan Sokal

En segundo lugar, en muchas ocasiones –y dejando aparte los citados prejuicios– la revisión adolece de escasa calidad técnica por causas diversas, entre las que no faltan una cierta dejadez y exceso de confianza. Ello por no hablar de la lentitud del propio proceso, ya que los revisores no suelen disponer de mucho tiempo para esta tarea, lo que a veces acaba retrasando en demasía la publicación de artículo. Asimismo, los revisores carecen de los medios para reproducir los ensayos reportados (algo hasta cierto punto explicable y disculpable), pero ya es más grave –y no infrecuente– que no se preocupen de solicitar y comprobar los datos y referencias originales de las investigaciones, con lo cual es mucho más fácil que se les pasen por alto errores y tergiversaciones… o incluso invenciones y dislates. A este respecto, es muy conocido el affaire Sokal, una burla perpetrada en 1996 por el físico norteamericano Alan Sokal, que escribió un artículo pseudocientífico titulado Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity (“Transgrediendo las fronteras: Hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”). Se trataba en realidad de un documento de muy baja calidad y sin sentido –pero lleno de lenguaje posmoderno– que fue aceptado y publicado en una revista cultural llamada Social Text (detrás de la cual estaba la Universidad de Duke)[4].

En tercer lugar tenemos el gravísimo asunto de los intereses creados, pues hoy en día la investigación y la ciencia raramente pueden vivir al margen de los grandes intereses corporativos. Esto es muy ostensible especialmente en el campo de la biología, la química, la farmacología y la medicina. No hay que ser muy listo para ver lo obvio: que los intereses económicos –que echan mano de generosas ayudas y financiaciones– impactan directamente en todo el proceso científico e industrial: en las investigaciones, en los ensayos, en la producción, en los controles, en las publicaciones, en la difusión, en las políticas oficiales, etc. Así, muchos estudios imparciales han puesto de manifiesto que el conflicto de intereses en la revisión por pares es más que evidente, pues las mismas personas que emiten veredictos científicos suelen tener vínculos más o menos visibles con la industria[5].

Research
La moderna investigación es muy cara y necesita generosos patrocinadores, que esperan que los resultados satisfagan sus expectativas

Lamentablemente, esta dinámica lleva al sesgo y a la manipulación de resultados, de tal modo que la revisión por pares simplemente se convierte en un sello protocolario de “visto bueno” pero no avala realmente la calidad y la veracidad de la investigación. De hecho, muchos artículos que superan la revisión son incompletos, tendenciosos y metodológicamente incorrectos. Sin embargo, hay que insistir en que ya no se trata únicamente de mera ignorancia, incompetencia o error, sino de maniobras intencionadas con el fin de “encajar” la práctica científica en el resultado preconcebido, lo que constituye engaño o fraude. En consecuencia, muchos especialistas –sobre todo médicos– ya desconfían abiertamente de buena parte de lo que se publica en las revistas científicas, pues los datos, ensayos, resultados y conclusiones simplemente ni son fiables ni son verificables.

Sólo a modo de muestra, cito algunos datos que ha recogido el investigador español Jesús García Blanca[6] sobre la tergiversación de los estudios publicados bajo revisión por pares. Por ejemplo, el Dr. Jim Nuovo denunciaba en el Journal of the American Medi­cal Association (JAMA) que tras haber examinado 359 estudios sobre nuevos medicamentos publicados entre 1989 y 1998 en prestigiosas revistas médicas, sólo 26 de estos estudios habían incluido estadísticas que recogieran fielmente los efectos de los tratamientos en los pacientes. Esto implica que en el resto de trabajos, nada menos que el 92%, se habían omitido o falseado tales datos. En otro caso (el estudio Wolins, de 1984), se pidió a 37 investigadores que habían publicado trabajos sobre psicología que aportaran los datos originales que habían empleado. De un total de 32 autores que respondieron a esta demanda de revisión, 26 de ellos confesaron que dichos datos se les habían traspapelado, se habían perdido o habían sido destruidos involuntariamente. Finalmente, García Blanca menciona la opinión personal de Richard Smith, editor de la revista The British Medical Journal (BMJ), que reconoce explícitamente que: “tanto los métodos de detección, de investigación, como las conclusiones de los ensayos clínicos, son deshonestos y absolutamente inadecuados. Los casos de fraude inclu­yen la fabricación de datos o la invención completa de los mismos.” Y se supone que la revisión por pares debería detectar y evitar todo esto…

Por consiguiente, se está colando una gran cantidad de ciencia-basura que sirve a los propósitos de las grandes empresas (sobre todo farmacéuticas), que sacan adelante proyectos que van a darles pingües beneficios, aun cuando en la práctica sus productos sean dudosamente eficaces, hasta incluso perjudiciales para la salud humana. Y, entretanto, muchos científicos prefieren dejar a un lado la verdad para ampliar su currículo, promocionarse o recibir fondos para sus estudios.

ScientificReview
¿Quién y cómo revisa los documentos?… si es que se revisan

En cuarto lugar, hemos de mencionar la existencia de la falsa revisión, un fenómeno relativamente minoritario pero que también tiene su importancia. Es algo tan sencillo como avalar un documento haciendo ver que ha sido revisado profesionalmente por determinadas personas cuando en realidad no se ha efectuado tal revisión o –si se ha llevado a cabo– no ha sido precisamente imparcial. Aquí nos encontramos con una casuística diversa. Por ejemplo, no es inusual por parte de la revista que los editores contacten con algunos expertos de su confianza para determinar si tal o cual autor es “apropiado” o “fiable”, sin que realmente lleguen a examinar el material en cuestión. También se da el caso irregular en el que el propio autor recomienda a la revista quiénes han de ser sus revisores y entonces se echa mano de revisiones prefabricadas, escritas poco menos que por encargo. E incluso puede ser que las propias revisiones hayan sido inventadas por el autor[7] y los editores no hayan detectado el fraude.

En suma, estas prácticas implican dar por bueno un artículo que nadie ha valorado realmente, puesto que las justificaciones y méritos ya han sido dados de antemano. Y, en fin, a veces se descubre el pastel y algunas revistas científicas tienen la honestidad profesional de retirar los artículos que han sido objeto de falsas revisiones pero no siempre ocurre así. No obstante, la cosa va más allá, porque con la moderna tecnología informática no sólo se puede falsear la revisión sino incluso hasta el propio autor y los artículos. Por ejemplo, en 2010 Cyril Labbé, un científico francés de la Universidad de Grenoble, creó con la ayuda de un sofisticado programa informático un perfil inventado de científico, un tal Ike Antkare, y generó artificialmente –y luego publicó– hasta 102 artículos atribuidos a Antkare (no menos falsos y llenos de cháchara científica incomprensible). El resultado fue que Antkare se convirtió en el 21º científico más citado del mundo en los tiempos actuales. Sin comentarios…

En quinto lugar está el inestimable papel de los medios. En este punto, es obvio que las publicaciones científicas están hechas por expertos para expertos, y por tanto el público en general no tiene criterio o elementos de juicio para valorar la calidad de lo que se hace en el campo científico. Pero ahí están los grandes medios de comunicación –sobre todo en televisión e Internet– que acuden a esas revistas y a los ilustres expertos (que suelen ser los revisores o popes de la ciencia) para sacar a bombo y platillo lo más destacado de los avances científicos. Y por supuesto, nadie les explica a los periodistas que existen otras investigaciones, otros enfoques o incluso visiones disidentes –igual de científicas que las del llamado consenso– que no corroboran las versiones oficiales.

NewScientist
La ciencia que llega al público también está “filtrada”

De este modo, la manipulación de la revisión por pares llega al ámbito del gran público, que consciente o inconscientemente ya ha aceptado a la ciencia moderna como sustituto válido de la religión, en la medida que “genera verdades” demostrables y objetivas gracias a la aplicación del método científico. Así por ejemplo, si los artículos de los investigadores que niegan el calentamiento global antropogénico por falta de pruebas científicas no llegan a publicarse en revistas científicas, tampoco llegan a las pantallas de la gran audiencia, y por tanto, o no existen, o son cuatro chalados. En cambio, la ciencia oficial aparece en todos los medios y se difunde cuanto sea preciso para reforzar el mensaje-verdad que se quiere inculcar entre la población. Y nada está más medido, controlado y censurado que lo que se emite por televisión. En el fondo, estaríamos hablando de los mismos mecanismos de propaganda que ya instituyó con gran éxito el Dr. Goebbels en la Alemania nazi.

Finalmente, queda referirnos a la intromisión del Poder (con mayúsculas) en la generación y revisión de la literatura científica. Si partimos del supuesto de que el control de la ciencia es fundamental para el control de la sociedad, no será difícil imaginar que desde las más altas instancias se tienda a favorecer la expansión de la ciencia que está en línea con los planes ideológicos, sociales, políticos y económicos de la élite gobernante. Esto podría considerarse pura conspiranoia, pero hace relativamente poco se dio un caso real (aunque parezca una broma) que pone bien de manifiesto la profunda contaminación ideológica de la ciencia. Voy a exponerlo brevemente y que cada cual saque sus conclusiones.

Dos científicos tomaron los pseudónimos de “Jamie Lindsay” y “Peter Boyle” y escribieron un artículo para la publicación profesional Cogent Social Sciences, haciéndose pasar por miembros de una asociación (ficticia) llamada Southeast Independent Social Research Group. En realidad, el artículo era un auténtico disparate, una broma que disfrazaron adecuadamente con el típico lenguaje intelectualoide post-estructuralista. El tema del artículo era el pene conceptual[8], y su argumentación se centraba en que el pene no debía verse como el órgano genital masculino sino como un montaje social dañino, dando por hecho que la maldad intrínseca de la masculinidad residía precisamente en el órgano en cuestión. Y por si fuera poco añadieron que el perjuicio del pene para la sociedad y las próximas generaciones iba más allá y tenía un efecto en el cambio climático. Delirante.

El artículo fue presentado para su revisión y aprobación en abril de 2017 y, sin más dilación, al mes siguiente fue publicado en la mencionada revista. Los autores todavía se ríen ante semejante éxito –aunque el tema debería ser bien preocupante– pues en realidad no había quien entendiera el texto, construido con una jerga ininteligible y rebuscada, con referencias a autores inexistentes y con buena parte de las fuentes inventadas. ¿Qué clase de revisión por pares se hizo aquí? Pero si sabemos por dónde van los tiros de la imposición de las políticas de género y del cambio climático, tal vez nada de esto tendría que sorprendernos…

Gallo
El doctor Robert Gallo

Pero aparte de esta broma, lo realmente grave es la constatación de que el Poder fabrica, avala y difunde la falsedad científica, y luego se aprovecha de dicha falsedad para dar cobertura a sus propósitos. Así, me pregunto en particular quién y cómo revisó los artículos de referencia presentados por el Dr. Robert Gallo a la prestigiosa revista Science (y publicados en mayo de 1984) que dieron apoyo científico y oficial a la teoría vírica sobre el SIDA, cuando en ellos no había pruebas fehacientes de que su equipo hubiera aislado de forma inequívoca el virus del SIDA (VIH). Años después, la periodista Janine Roberts destapó el fraude al acceder al borrador del documento original, escrito por el Dr. Popovic, ayudante de Gallo. En ese borrador Popovic escribió: “Pese a todos los esfuerzos de investigación realizados, el agente causal del SIDA aún no ha podido ser determinado”. Gallo eliminó esta frase y otras muchas, y remitió su “versión personal” a Science, que fue publicada como “prueba científica de que se había aislado el virus causante del SIDA” [9]. Sea como fuere, casi toda la comunidad científica hizo un acto de fe con dichos artículos y lo sigue haciendo para no meterse en problemas.

En conclusión, si un investigador quiere que se publique su material –y en un plazo razonable– lo mejor será que ya tenga en su haber un mínimo historial de publicaciones (previamente aceptadas, como es lógico), y que su propuesta:

  • No desafíe las creencias existentes ni aborde temas polémicos.
  • No ofrezca resultados o conclusiones inesperadas o inusuales.
  • No emplee métodos habituales.
  • No esté expresada con lenguaje claro (sino enrevesado y lleno de jerga) [10].

Todo esto nos puede parecer casi hasta cómico, pero desgraciadamente la historia de la ciencia en el último siglo está llena de rechazos a manuscritos válidos de investigadores honestos y metódicos, cuyas propuestas contenían importantes avances científicos. El resultado de esta terca cerrazón y apego al paradigma existente hizo que muchos descubrimientos relevantes no fueran admitidos a publicación al ser considerados fallidos o increíbles. De este modo, algunas propuestas tardaron incluso décadas en ser aceptadas y reconocidas, y –lo que es más triste– muchos científicos nunca recibieron el crédito y mérito debido por sus propuestas originales, y sí en cambio lo obtuvieron los que años después recogieron el testigo y “reinventaron” los mismos descubrimientos que habían sido desestimados en primera instancia.

No obstante, y a pesar de todo lo expuesto, podríamos considerar que en un mundo perfecto, con personas justas, capaces y bien intencionadas, la revisión por pares tendría pleno sentido. De hecho, muchos científicos se quejan de cómo ha funcionado en la práctica este sistema, pero no de su razón de ser original. No se trataría de censurar ni de favorecer a nadie, sino de abrir puertas, ayudar, sugerir, pulir, aportar… eso sí, siempre con una mente abierta y receptiva a cualquier nueva idea o visión. Si nos encerramos y fortificamos en el castillo de nuestras concepciones y creencias –ya sean ortodoxas o alternativas– difícilmente podremos apreciar o evaluar objetivamente el trabajo de otras personas. Por lo demás, de todo hay en la viña del Señor…

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Nota: Quien esto escribe ha sido víctima en este tema, pues algún documento mío ha sido rechazado incluso por una publicación más bien heterodoxa (editada por científicos disidentes). Pero igualmente he sido verdugo, pues siendo editor adjunto de la revista Dogmacero desestimé algún artículo que no encajaba en mi visión de la arqueología alternativa o en la línea que debía mantener la revista. Visto en perspectiva, creo que fui injusto o demasiado estricto hacia el proponente de ese material. Errare humanum est…


[1] Colega es aquella persona que comparte con nosotros la misma profesión o especialidad científica. Precisamente, estos profesionales o estudiosos se agrupaban en asociaciones, gremios o “colegios”.

[2] Finalmente, Temple pudo publicar un artículo de réplica, pero no fue en ninguna revista científica destacada, sino en una de tercer orden… ¡y pasados dos años después de haberse publicado el artículo de de Carl Sagan! Y por cierto, Sagan no se molestó en responder a esta réplica…

[3] Nihil obstat (“nada obsta”, “no hay objeción”) era la expresión que se adjuntaba al inicio de todos los libros revisados por las autoridades eclesiásticas. No se podía publicar nada sin este sello de conformidad.

[4] Años más tarde, con intenciones similares, el periodista científico norteamericano John Bohannon elaboró un artículo plagado –intencionadamente– de fallos que presentó a 255 publicaciones. Finalmente, 157 revistas publicaron el documento. Pero lo sorprendente es que de las 106 revistas que revisaron técnicamente el artículo, el 70% de ellas lo dio por bueno. Bohannon afirmó que cualquier revisor con poco más que conocimientos de química de bachillerato hubiera detectado las carencias y errores del material.

[5] Sin ir más lejos, un estudio realizado en EE UU en 2003 reveló que casi la mitad de los profesores de las facultades de medicina que trabajan en las Juntas de Revisión Institucional (IRB) para asesorar sobre la investigación de ensayos clínicos también ejercen de consultores en la industria farmacéutica.

[6] Mencionados en su imprescindible libro “El rapto de Higea” (2009).

[7] Se han dado casos de falsas cuentas de e-mail de supuestos expertos (a través de las cuales se comunicaban con la revista), que en realidad habían sido creadas por el propio autor del artículo…

[8] El título original era The conceptual penis as a social construct.

[9] Cabe destacar que la noticia del fraude fue difundida en 2008 y ese mismo año más de 30 reputados científicos de 14 países escribieron una carta al director de Science para que retirara los artículos del Dr. Gallo por fraudulentos, pero tal solicitud no fue atendida.

[10] Según una “fórmula” mencionada en: Armstrong, J. S. (1982). Barriers to scientific contributions: The author’s formula. Behavioral and Brain Sciences, 5, 197–199

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4 thoughts on “La infame revisión por pares

  1. La censura de toda la vida, pero adornada para que los más ilusos queden contentos de tenerla.
    Poco que añadir, quizás solo se podrían mencionar vivencias o anécdotas relacionadas, que son miles, por desgracia.
    Por supuesto no se puede publicar todo, ¿o si? ¿al fin y al cabo que sucede con internet?, todo el mundo publica todo lo que quiere y tu que no eres subnormal, sabes distinguir lo que vale de lo que no, lo que te sirve de lo que no. La auto-erigida policía del pensamiento nos dice que debemos leer y que no, velan por nuestro bienestar, ya que como menores de edad, debemos ser tutelados y aleccionados sobre lo correcto y lo falso. 😉

    Un saludo.

    1. Gracias piedra

      En efecto, estamos hablando de una forma de censura, pero es sólo la punta del iceberg de la nefasta situación general de la ciencia. La otra postura, como comentas, es dejar que se publique todo y que cada cual valore lo que le interesa y crea oportuno. Es como ir a un quiosco y comprar tu revista favorita, sin que te importe que allí mismo haya 500 publicaciones sensacionalistas o amarillistas. El problema de hoy en día no es que haya prohibición total a la disidencia; el problema es que -aunque salga a la luz- es aplastada por el torrente de información masiva generada por el poder. La gente acaba creyendo lo que ve cada día una y otra vez; es cuestión de cantidad, no de calidad.

      Saludos,
      X.

  2. Hola. En primer lugar enhorabuena por reconocer que tú también has sido partícipe de los prejuicios; al menos no te movieron los “intereses creados”.
    Exacto, la Ciencia, de esta manera, ya dejó de ser ciencia para convertirse, de forma oculta, en la religión con la que los marionetistas dirigen a sus marionetas, je,je,je…
    Sí, han metido mucha ideología : ” el sexo no existe o lo determina la mente” “el sexo es género” “cuanto antes se hormone un niño o una niña que “se sienta del otro sexo”, mejor”, “todos venimos de Africa” “las razas no existen”, “el CO2 es el culpable del supuesto cambio climático”…. etc.
    En cuanto al lenguaje…. la gente debería aprender a ser sincera, al menos cuando hace falta, o si no, hacer un cursillo de sinceridad, pues no puede ser que leamos algo que parece que está escrito en oro idioma, o nos digan lo estupendo que es… y no respondamos “¿qué hostias es esta majadería; me lo puedes traducir?; lo quiero “en cristiano”…

    1. Amiga lunnaris

      No puedo estar más de acuerdo con tus palabras. Nos venden como ciencia auténticas falacias, por no decir majaderías. Pero lo peor no es la gente normal acepte y calle, porque no saben de qué va la cosa, sino que muchos científicos vean el pastel (no creo que todos sean tan tontos) y callen o miren para otro lado porque en ello les va su sueldo o su carrera. Es como lo del lenguaje políticamente correcto: a ver quién es es el guapo que se atreve a levantar la voz para decir que es una imposición y una vergüenza.

      Saludos,
      X.

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