Los sabios también meten la pata

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A lo largo de la historia, la comprensión del mundo –o el saber en general– ha ido evolucionando, y muchas cosas que parecían obvias han sido refutadas con el paso de los siglos y los avances científicos. Y como resulta lógico, los sabios de épocas pasadas defendieron fervorosamente sus ideas y propuestas, pensando que no podían estar equivocados y que sus observaciones eran del todo evidentes.

Así pues, por ejemplo, durante siglos la astronomía sostuvo la teoría geocéntrica como algo indiscutible. De hecho, ¿cómo se podía negar que la Tierra era el centro del Universo y que el Sol y los planetas giraban a su alrededor? Bastaba comprobar visualmente que la Tierra estaba “quieta” y que los astros se desplazaban regularmente a través del firmamento. ¿Obvio, no? Y para los médicos de la antigua Grecia y del mundo medieval, no había duda de que el esperma se formaba en el cerebro… (¿y cómo llegaron a esa conclusión?)

Lo cierto es que desde el Mundo Antiguo, muchos sabios –algunos de ellos bastante famosos– se dedicaron a pontificar sobre el ser humano y la Naturaleza, echando mano del (precario) método científico de su época o simplemente especulando, a falta de mejores medios para llegar a conclusiones certeras. Y desde luego, con la inestimable ventaja de la visión retrospectiva, muchas de sus opiniones, creencias u observaciones nos parecen hoy auténticos disparates. Recordemos que hasta el mismo Einstein dijo que “sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y no estoy seguro sobre el universo (si es o no infinito)”. En fin, sólo a modo de divertimento y curiosidad he recogido las sesudas afirmaciones de algunos de estos sabios que “metieron la pata” hasta el fondo con sus palabras.

Si nos remontamos a la Antigüedad clásica, quizás tengamos algo idealizados a los filósofos y sabios griegos, pero hay que reconocer que en muchos temas todavía iban bastante despistados. Sin ir más lejos, el gran Aristóteles creía a pies juntillas que “los objetos se aceleran al caer, porque se vuelven más jubilosos al acercarse a la Tierra.” Ahí es nada. Y según su visión cosmológica, el Sol giraba alrededor de la Tierra, todos los cuerpos celestes eran esferas perfectas y tanto los cometas como los meteoros no eran más que fenómenos atmosféricos causados por vapores en ebullición desprendidos de la Tierra e impulsados hacia la parte superior de la atmósfera. En fin, las ciencias naturales no eran su mejor terreno, pues también declaró: “La anguila no es macho ni hembra y no engendra a partir de sí misma ningún producto.”

Platón
Platón

Claro que otros sabios griegos tenían unas ideas muy particulares sobre la naturaleza humana, como Empédocles, que afirmó literalmente: “Los hombres han salido de la tierra como las espinacas.” Y hasta el grandísimo Platón patinó con una visión muy peculiar –por decir algo suave– sobre los hombres y las mujeres: “Sólo los hombres son una creación directa de los dioses y tienen alma”. Y añadía: “Los justos regresan a las estrellas, pero se puede suponer con razón que los cobardes y los injustos se transforman en mujeres en su segunda encarnación.” Sobran los comentarios. Pero hay que señalar que algunos de los mayores patinazos de los antiguos fueron considerados como válidos hasta hace relativamente poco. Así, el médico Hipócrates (el del famoso juramento) sostenía que el aire fétido procedente de las aguas estancadas provocaba enfermedad en las personas que lo respiraban. Hipócrates denominó miasma a este mal y su opinión científica se mantuvo nada menos que hasta el siglo XIX.

Y uno podría creer que con el Renacimiento y la Ilustración, la ciencia y el pensamiento dejarían atrás las supersticiones, los prejuicios y las elucubraciones, pero nada más lejos de la verdad. Veamos algunos ejemplos muy significativos en los que están implicados personajes de mucho renombre y que todavía gozan de un alto prestigio hoy en día.

Stonehenge
Stonehenge (Reino Unido)

De la Edad Moderna podríamos destacar a dos sabios europeos bien dispares. Por un lado, tenemos al afamado arquitecto inglés Iñigo Jones, un experto en el mundo clásico, pero que patinó gravemente al considerar que el enclave megalítico de Stonhenge era ni más ni menos que… ¡un templo romano de estilo toscano dedicado al dios Caelus! La metedura de pata es más seria si cabe dado que la arquitectura megalítica no tiene ningún parecido con el estilo toscano, que era bien conocido por Jones. Por otro lado, el químico alemán Johann Joachim Becher afirmó que los objetos combustibles entraban en combustión porque en su composición había un elemento carente de peso que él llamó terra pinguis o flogisto, que se liberaba y se consumía con el fuego. Obviamente, no había tal flogisto: sólo el oxígeno, sin el cual no puede haber combustión.

Ya entrados en la Edad Contemporánea, a partir del siglo XVIII, y retomando el tema de las aguas pútridas, el naturalista francés Buffon se despachó a gusto afirmando que los seres vivos del continente americano eran inferiores en casi todo a los del Viejo Mundo, precisamente a causa de los vapores nocivos que se desprendían de las numerosas aguas estancadas y ciénagas pestilentes de América, ya que dichos vapores perjudicaban el crecimiento y el vigor de plantas y animales. Sin embargo, esto es un desliz sin importancia comparado con el de otro naturalista francés, Cuvier (uno de los padres del catastrofismo), que se cubrió de gloria cuando afirmó con aplomo que: “Las piedras no pueden caer del cielo, porque en el cielo no hay piedras.” Se refería, obviamente, a los meteoritos. Claro que hay otras observaciones que caen por su propio peso. Así, un compatriota de Cuvier, y de la misma época, el botánico Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre, lanzó la siguiente perogrullada: “Los melones están divididos en canales y parecen destinados a ser comidos en familia.” Pero hay cosas aún peores: la ciencia oficial de la época defendía, tal y como se podía leer literalmente en la Encyclopaedia Britannica, que el pan y el queso dejados en un rincón oscuro… ¡podían producir (no atraer) ratones!

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Ornitorrinco

Y para acabar de rematar los disparates de los naturalistas de aquella época, vale la pena mencionar el curioso caso del profesor inglés George Shaw y el ornitorrinco. Los hechos tuvieron lugar en 1799, cuando este reputado sabio recibió en el Museo de Historia Natural de Londres el primer ejemplar –aunque muerto– de ornitorrinco que llegaba a Europa, traído desde Australia. Y al bueno de Shaw, viendo los extrañísimos rasgos del animal, no se le ocurrió otra cosa mejor que empezar a manipularlo e intentar “descoser” las patas y el pico, pues pensaba que se trataba de un burdo fraude perpetrado para engañar a los científicos. Este ejemplar aun se conserva disecado hoy en día y muestra las marcas de las tijeras usadas por Shaw. Gran metedura de pata… y nunca mejor dicho.

Y en el ámbito de la filosofía, nos podemos quedar con la boca abierta ante algunas afirmaciones de grandes filósofos de la época como Kant y Rousseau. Así, el brillante Immanuel Kant se metió en la etnología con poca fortuna y aseguró que: “Los negros son extremadamente vanidosos, pero a la manera negra, y son tan parlanchines que hay que dispersarlos a bastonazos.” Y el suizo Jean Jacques Rousseau hoy sería perseguido por la corrección política pues dijo nada menos que esto (¿recuperando a Platón?): “Las mujeres, en general, no aman ningún arte, ni entienden de ninguno y no tienen ningún genio.”

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Urbain Le Verrier

Llegados al siglo XIX, y pese al progresivo avance del método científico y del empirismo, inevitablemente se siguieron cometiendo meteduras de pata más o menos sonadas. En el campo de la astronomía cabe citar que durante décadas se creyó en la existencia de un planeta llamado Vulcano[1], que estaría situado entre el Sol y Mercurio, y que había sido localizado (o más bien imaginado) por el prestigioso astrónomo y matemático francés Urbain Le Verrier, descubridor del planeta Neptuno. El caso es que Le Verrier había observado unas particularidades en la órbita de Mercurio y dedujo que se debían al efecto gravitacional de un pequeño planeta. ¡Y lo mejor es que otros astrónomos que le creyeron dijeron haber visto ese diminuto planeta en sus observaciones! Lo cierto es que Vulcano fue buscado oficialmente hasta mucho después de la muerte de Le Verrier (acaecida en 1877), pero nadie lo encontró. En 1915 Einstein acabó por fin con la búsqueda del planeta fantasma recurriendo a su teoría de la relatividad, que explicaba el porqué del comportamiento irregular de la órbita mercuriana alrededor del Sol.

Asimismo, es destacable otra observación astronómica curiosa, la del italiano Giovanni Schiaparelli, que en 1877 dijo haber visto “canales” en Marte con su telescopio. Esta afirmación causó un gran impacto científico y una fiebre sensacionalista popular sobre la existencia de “marcianos”, hasta el punto que incluso el astrónomo Percival Lowell defendió seriamente la idea de que dichos canales constituían una enorme red de irrigación (artificial, lógicamente) que recorría gran parte del planeta rojo. Pero ya bien entrado el siglo XX las observaciones con telescopios más potentes demostraron que se trataba de una simple confusión por ilusiones ópticas.

Flyer
El “Flyer” de los hermanos Wright

Otro astrónomo muy poco acertado fue el norteamericano de origen canadiense Simon Newcomb, que –metido en asuntos de Física– aseguró en 1903 que “el vuelo con un aparato más pesado que el aire es imposible”, justo pocos meses antes del primer vuelo de los hermanos Wright con su Flyer. Por cierto, Newcomb vivió para comerse sus palabras, pues falleció en 1909, seis años después de ese vuelo pionero. Y a finales del siglo XIX encontramos otro resbalón importante cuando el físico y matemático británico Wiliam T. Kelvin declaró en 1896 que los rayos X (recién descubiertos por Roentgen) eran tan absurdos que, sin lugar a dudas, debían de ser un engaño. En este caso también el sabio tuvo que echar marcha atrás y reconocer su error, y hasta aceptó que examinaran su mano a través de un aparato de rayos X, los mismos que en su momento había afirmado que no existían.

Para finalizar, nos podemos referir a otros casos más o menos insólitos de meteduras de pata del siglo XX, lo que nos confirma que a veces bastan unos pocos años o décadas para desmoronar todo lo que pretendía ser cierto. Así, en 1917, el médico francés Joseph Roy quiso marcar un antes y un después en la medicina al afirmar que el cáncer, la gonorrea la tuberculosis y otras muchas enfermedades eran provocadas por un microorganismo, un germen universal, que él denominó oscillococcinum. Por cierto, que nadie más vio tal microorganismo aparte de Roy, el cual muy seriamente propuso como método eficaz para exterminar a tal “bicho” una solución diluida de hígado de pato. Y siguiendo en el terreno médico, el cirujano norteamericano Ian Mac Donald aseguró en los años 50 que fumar era saludable para tratar el mal de Parkinson, incrementar la capacidad intelectual y mejorar el rendimiento en el puesto de trabajo. ¿Estaría a sueldo de las tabaqueras?

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Albert Einstein

Incluso el gran Albert Einstein, que había enviado la ciencia de Newton al cajón de las reliquias, cometió deslices no poco importantes. Quizá uno de los menos conocidos, pero muy llamativo, es esta declaración: “No existe el más leve indicio de que se pueda obtener nunca energía del átomo.” Y esto lo dijo poco antes de que se iniciase la era atómica…

Y bueno, ni siquiera hoy en día el trabajo colectivo de cientos de científicos y técnicos puede evitar meteduras de pata descomunales. Por ejemplo, en abril de 1990 se lanzó al espacio el carísimo telescopio Hubble, que tenía una capacidad de 10 a 20 veces mayor que los telescopios terrestres. Pues bien, ni todo el trabajo de tantas personas, ni los controles de calidad, ni los recursos tecnológicos empleados pudieron evitar el desastre. Apenas puesto en órbita, se descubrió un grave error de diseño que afectaba al espejo principal, y dicho defecto tuvo que ser corregido por una misión específica de “astronautas-mecánicos” a un coste de cientos de millones de dólares.

En fin, como ya se comprobado repetidamente, la ciencia no puede –aunque algunos lo quieran– funcionar como una religión. No descartaría que de aquí a unos años o décadas algunos sólidos edificios científicos de hoy en día se derrumben estrepitosamente, y que algún autor perspicaz cite en el futuro alguna gran metedura de pata de nuestra época como –por ejemplo– “las mutaciones genéticas aleatorias como motor de la evolución”.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] En la cultura popular sería el planeta nativo del legendario Spock, de Star Trek.

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4 respuestas a “Los sabios también meten la pata

  1. Tengo un libro que me regalaron, “Homo ¿sapiens?” de Pedro Dominguez Gento, que también habla de los “patinazos” de estos y otros “personajes ilustres”, y está muy bien, aunque tampoco del todo cierto, pues se ciñe a lo oficialista. Lo del aire fétido, que puede provocar algún mal… (entiendo que se llamaba “miasma” a ese concepto,¿no?) pues no lo tengo yo muy seguro que no sea nada nocivo…. Algo de la materia va a la nariz… y pulmones al respirar, aunque las proporciones sean diminutas, y si se dice que el hacinamiento de gente viva es malo… esto otro no será mejor. Luego lo leo más, he de irme.

    1. Gracias Ania una vez más por tu aportación

      Bueno, lo cierto es que muchas recopilaciones de estas pifias y deslices disponibles en libros o Internet tienen una carga “oficialista” de fondo, que en muchos casos he podido detectar a tiempo. Algunas anecddotas que he leído eran en realidad propaganda escéptica que he procurado evitar en la medida de lo posible, pero quizá se me haya escapado alguna cosa, por lo que pido disculpas a los lectores. En realidad ¿quién no se equivoca? Yo mismo recuerdo haber metido la pata varias veces en artículos o entrevistas, precisamente por no constrastar suficientemente la información recibida.

      Saludos,
      X.

  2. Me resultan más vergonzosas determinadas investigaciones y estudios modernos realizados, casi siempre, por universidades Norte Americanas.

    Un saludo.

    1. Gracias Piedra

      Sí, desde luego pueden ser más vergonzosas, pero aquí en la mayoría de casos ya no hablaríamos de “meteduras de pata” sino de ciencia mal hecha a propósito, intereses creados y manipulación para obtener determinados resultados. O sea, bastante más “corrupción” que “error”.

      Saludos,
      X.

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