Casablanca: una metáfora de la vida

Casablanca,_titleEste 2017 se cumplen 75 años de la realización de la celebérrima película Casablanca, considerada por la mayoría de la crítica especializada como una de las mejores películas de la historia del cine, situada nada menos que en segunda posición del ranking oficial de la American Film Academy, sólo superada por Ciudadano Kane (de Orson Welles). Para poner en contexto a los pocos que no conozcan este film de la Warner, cabe recordar que Casablanca fue producida por Hal B. Wallis, dirigida por Michael Curtiz e interpretada en sus papeles principales por Humphrey Bogart (Rick Blaine), Ingrid Bergman (Ilsa Lund) y Paul Henreid (Victor Laszlo). Rodada a mediados de 1942, se estrenó a finales de año[1] y ganó tres premios Óscar de la Academia en 1943: a la mejor película, al mejor director y al mejor guión (a cargo de los hermanos Epstein y Howard Koch). También fue nominada a otros cinco Óscar: actor principal, actor de reparto, música, fotografía y montaje.

Reconozco que no soy precisamente un gran cinéfilo y que he visto esta película pocas veces (en Internet he hallado testimonios de personas que la han visto más de 100 veces). Sinceramente no recuerdo cuándo fue la primera, tal vez siendo un crío o adolescente. Sin embargo llevaba ya unos 25 ó 30 años sin verla de nuevo, hasta hace escasos días, en que volvió a despertar mi interés coincidiendo con dicho aniversario. Y para mi asombro, creo que esta vez ha sido la más me ha gustado, porque he sido capaz de vislumbrar en ella elementos que van más allá del espectáculo cinematográfico y que creo que merecen una profunda reflexión sobre la humanidad de su trama y de sus personajes. Así, creo que la película se consagró como una auténtica metáfora de la vida, lo que de algún modo explica cómo una producción aparentemente mediocre –que estaba destinada a ser un producto más de consumo– llegó a convertirse en un icono social y cultural que ha traspasado todas las barreras temporales.

En fin, sé que con este artículo voy a salirme un poco de mi temática habitual, pero espero que disfruten con este modesto viaje al pasado del séptimo arte, que tendrá un poco de análisis sociológico, psicológico e incluso “arqueológico”. Y advierto a todos los que no hayan visto esta película (no muchos, espero) que no voy a explicar el argumento pero lógicamente sí voy a comentar bastantes cosas que se pueden considerar un spoiler –como se dice ahora– y por lo tanto les ruego que no sigan leyendo si tienen intención de ver la película. Avisados están.

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El director Michael Curtiz

Primeramente, quisiera remarcar que no es mi propósito mitificar Casablanca ya más de lo que está. Incluso soy consciente de que para una pequeña parte de la crítica (la más “intelectual”), la película ha estado siempre sobrevalorada y no ha resistido bien el paso del tiempo. En este sentido, para ser justo, debo aportar aquí algunos argumentos reconocidos por expertos. Para empezar, la historia, aunque bien narrada y desarrollada, no tiene nada de particular, y está basada en la entonces grave crisis de los refugiados europeos que huían del nazismo. De hecho, la película se planteó desde un obvio enfoque propagandístico[2], enmarcando la acción en un contexto bélico y político, con un toque exótico y romántico añadido. Por tanto, en su origen, Casablanca fue creada y producida sin más pretensiones; no aspiraba a ser una obra maestra sino más bien lo que entonces se consideraba una buena película de “serie B”[3]. En cuanto a su director, Michael Curtiz, nunca hizo “cine de autor”, no fue un genio ni un avanzado a su tiempo. Simplemente fue un hábil artesano, buen conocedor del oficio, que realizó para los estudios varias películas comerciales de cierto éxito como Robin de los Bosques, Capitán Blood, El halcón del mar, o Sinuhé el egipcio.

Y si hablamos del guión como base de la producción, hay que señalar que se trata de la adaptación de una obra de teatro que ni siquiera llegó a estrenarse en Broadway. Los hermanos Epstein y H. Koch traspasaron la obra al cine como mejor supieron, pero se vieron forzados a improvisar sobre la marcha durante la mayor parte del rodaje, y hasta el famoso final del aeródromo fue decidido en el último momento. De hecho, esta improvisación y falta de orientación causó cierto desasosiego en los actores, que no veían una línea clara en la trama y los personajes[4]. Y por si esto fuera poco, se dieron bastantes problemas personales y de coordinación durante el rodaje, destacando las frecuentes disputas entre el director y su ayudante. Por lo demás, Casablanca tampoco contó con demasiados medios para su producción. Así, fue rodada íntegramente en los EE UU, aunque la historia se enmarcaba en un paisaje colonial norteafricano. Esta palpable escasez de recursos, provocada en gran parte por la guerra mundial, obligó incluso a reciclar decorados ya empleados en otras películas de la Warner, si bien la relativamente austera escenografía se adecuaba bastante a su origen teatral.

En lo que se refiere al mensaje “moral” de la película, está claro que Casablanca se inscribía en un escenario maniqueísta de buenos y malos, en que los buenos eran lógicamente los aliados y los malos, los bárbaros y criminales alemanes. Sobre este punto, ya he expresado en este blog que esta historia maniquea no puede ser más falsa, pues sólo hubo realmente malos y malos, dirigidos por grandes poderes que controlaban a todos los peones en liza. Y en fin, ahora podríamos continuar argumentando que el cine ha sido una herramienta perfecta para la distracción de las masas y para la implantación de una determinada visión de la realidad, pero proseguir por esta vía nos llevaría por otros derroteros que quedan fuera del alcance de este texto.

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Cartel original de la película

Si ahora dejamos atrás esta visión crítica, nos podemos adentrar en el profundo misterio de esta película: ¿Por qué siendo tan simple o convencional es tan fascinante? ¿Y qué reflexiones nos provoca sobre la condición humana? Lo primero que debemos apuntar es que pese a las limitaciones y los contratiempos, Casablanca contenía un conjunto de múltiples piezas que encajaron a la perfección como ocurre en muy pocas películas. Desde el punto de vista técnico y artístico, la dirección de Curtiz fue muy profesional y eficaz, dando el tono y el ritmo adecuado a la historia, con la inestimable ayuda del montaje de Owen Marks y de la soberbia fotografía de Arthur Edeson. En cuanto a los actores, poco hay que añadir, pues Bogart y Bergman eran grandes figuras con un magnetismo especial, a lo que hay que sumar la impagable actuación de varios secundarios de lujo como Claude Rains (Louis Renault), Sydney Greenstreet (Ferrari), Peter Lorre (Ugarte) y Conrad Veidt (mayor Strasser). Quedaría aparte el actor austriaco Paul Henreid, que a pesar de estar al mismo nivel que Bogart y Bergman en los carteles, ejercía un papel secundario, y de hecho nunca llegó a ser una gran estrella.

Pero lo que tiene más mérito es que el resto de pequeñas intervenciones (Ivonne, Sam, Carl, Sasha, Berger, el oficial italiano Tonelli, el carterista…) conforma un ambiente que, a modo de película coral, consigue dar un perfecto volumen y contexto a la acción de los protagonistas sin que haya desequilibrio entre una y otra parte. Por otro lado, hay que reconocer que se hizo un buen trabajo en la composición de un escenario físico envolvente –centrado en el local de Rick– que tenía vida propia, hasta el extremo de ser prácticamente un personaje más[5]. Este punto concreto me hace pensar en una cierta visión arqueológica del cine. En efecto, en su época, toda la ambientación era un puro trabajo rutinario, pero desde la mirada del siglo XXI casi resulta inevitable sentir una profunda fascinación por ese mundo obsoleto y ya casi olvidado de elegantes trajes, sombreros, pajaritas y esmóquines, gente fumando junto a la ruleta, las orquestas de los antiguos clubs, los temas clásicos del jazz de aquella época, los saludos y modales corteses, los viejos aeródromos, etc.

Así, Casablanca tiene el añejo aire de una película de aventuras y a la vez de film noir, con ese insustituible blanco y negro que nos sitúa en la etapa dorada de Hollywood. (Y dicho sea de paso, algunas películas modernas, como las de Indiana Jones, intentaron rescatar ese mundo de los años 30-40 pero se quedaron a años-luz del verismo que trasmite Casablanca.) Realmente, si queremos apreciar la película en su justa medida se hace precisa esa visión arqueológica, de modo que nos permita encuadrar tanto el fondo como la forma de la película en la mentalidad y en la manera de hacer cine de aquellos tiempos, que todavía tenía en muchos casos un evidente enfoque teatral. Cabe reconocer pues que hoy en día ya no se lleva ese romanticismo almibarado ni esos discursos ni ciertas poses o manierismos, pero ese era el arte de mediados del siglo pasado y así hay que entenderlo y valorarlo, como si fuera un antiguo y delicado jarrón de la dinastía Ming[6].

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Rains, Henreid, Bogart y Bergman llegan a la escena culminante

Sea como fuere, Casablanca resultó ser una mezcla perfecta de géneros, con adecuadas dosis de aventura, suspense, romanticismo (el típico triángulo amoroso) y drama, sin excluir algunos sutiles toques de humor[7]. Pero, ¿por qué Casablanca tuvo tal éxito y aún a día de hoy sigue despertando admiración? Aquí ya debo entrar en lo que sería la disección de la historia y de los personajes como arquetipos de la conducta humana. Porque, si bien Casablanca nos expone la habitual contraposición entre el héroe y el villano, ¡estos no resultan ser los personajes más destacados de la película! He aquí que frente a los ideales absolutos de “Bien” y “Mal” como dos opuestos irreconciliables, surge entre ellos la realidad del ser humano: todos contenemos el mal y el bien en nosotros mismos y tenemos el libre albedrío para actuar de una u otra manera. Y lo que es más, cualquier persona –por insignificante o vil que pueda parecer– puede cambiar y alcanzar su momento de grandeza moral o espiritual.

Y así es como los opuestos en la película, representados por el mayor Strasser, el rígido militar alemán, y por el líder de la resistencia Victor Laszlo, un idealista y luchador por la libertad, resultan ser en realidad “secundarios”. En efecto, las visiones de ambos personajes caen en un cierto antagonismo tópico y falsamente épico, aparte de la célebre escena emocional y cinematográficamente memorable de La Marsellesa[8]. Strasser, pese a ser nazi –o eso suponemos– no es más que un militar que debe atenerse al orden y a la legalidad establecida, lo que le obliga a perseguir a los enemigos de su país. No hay un odio personal, simplemente un cumplimiento del deber. Por su parte, Laszlo se presenta como un héroe impoluto y sin fisuras, que –como en todas las películas de Hollywood– ha de triunfar sobre el Mal. Pero en medio de estos dos extremos, surge con fuerza una pléyade de personajes encabezados por el propio Rick que navegan entre el bien y el mal, la duda y la convicción, el sentimiento y la razón, la conveniencia y el altruismo, el miedo y el amor.

No olvidemos que Rick, el anti-héroe, es presentado como un cínico de oscuro pasado, de nacionalidad “borracho”, un ex traficante de armas y persona de pocos escrúpulos y sensibilidades, dedicado a su negocio y al olvido del único amor que tuvo realmente: Ilsa. A su vez, Ilsa –aun siendo un personaje más plano– experimenta una profunda desorientación a la hora de elegir entre el amor casi idealizado y platónico por su marido (el ganador Victor) y el amor sensual por Rick, el perdedor, pero profundamente humano. Luego está el magnífico Louis Renault, un policía arribista, corrupto y bon vivant que sabe nadar y guardar la ropa, y se apoya en la cómoda posición de su cargo sin comprometerse con nada que no sea su interés personal. Y el mafioso Ferrari se dedica al mismo comercio con las personas sin demasiados escrúpulos, aprovechando la desgracia ajena para prosperar. Finalmente, están los múltiples personajes desesperados, los refugiados, que tratan de comprar su libertad y que esperan un golpe de suerte o una ayuda imposible.

Y la propia película nos muestra que llegados a cierto punto, todos deberán tomar decisiones ineludibles que cambiarán sus destinos o que tirarán por tierra sus más o menos cómodas existencias, sin que falte un cierto punto de redención personal. De este modo, Rick llega al final de la historia con todos los ases en la mano, en forma de los preciados salvoconductos que había estado custodiando con celo. Sin embargo, decide cederlos a Ilsa y Victor, perdiendo así de un solo golpe a su amor o la fortuna que hubiera obtenido vendiéndolos. En efecto, Rick, que nunca dejó de ser un sentimental, renuncia penosamente al amor de Ilsa (“siempre nos quedará París”) porque cree que ella forma parte del proyecto de Victor Laszlo, que aparentemente es mucho más grande que el suyo.

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Escena final entre Rick e Ilsa en el aeródromo de Casablanca

Desde esa perspectiva, no hay en Casablanca un final feliz típico de Hollywood sino más bien una declaración de amor que al mismo tiempo es un sacrificio. Y Renault se suma a esa visión y recupera una cierta dignidad al final dejando ir a Laszlo y echando tierra sobre el asesinato del mayor Strasser a manos de Rick. Así, no nos cuesta entrever que los personajes de Rick y Renault eran básicamente iguales: bajo una apariencia cínica se escondían los valores y los sentimientos[9]. En cierto modo, ambos rompen con la existencia fácil y adquieren una coherencia vital que les obliga a dar un giro a sus vidas, pues ese es precisamente el libre albedrío que flota sobre el ambiente; el triunfo del amor sobre el miedo y los apegos. Y esa es la gran lección de Casablanca, o la metáfora de la vida: no podemos culpar a nadie, ni desentendernos ni apelar al victimismo por todo lo que sucede a nuestro alrededor; somos libres de actuar y hemos de asumir plenamente las consecuencias que se derivan de nuestra libertad, pues la vida es una experiencia del espíritu y como tal hemos de afrontarla.

Y como símbolo de esa coherencia en torno al amor, la canción As time goes by encierra un mensaje semioculto de gran poder (traduzco del inglés): las cosas fundamentales se juntan / mientras pasa el tiempo / Y cuando los amantes se cortejan / aún dicen “te quiero” / Puedes contar con eso / No importa lo que traiga el futuro / mientras pasa el tiempo. O sea, el amor es lo único que importa, lo único que queda, lo que pervive eternamente en el tiempo.

© Xavier Bartlett 2017

Este artículo está dedicado al buen amigo Carlos Lucas, maestro artesano de la palabra y pertinaz cinéfilo donde los haya.

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Apéndice: Anécdotas sobre Casablanca
  • A pesar de ser luego un éxito popular, el estreno de la película fue más bien discreto y no faltaron algunas críticas tibias o negativas, como la del New Yorker, que la consideró sólo como “bastante tolerable”.
  • La famosa frase final de Rick Blaine al capitán Renault (“Louis, creo que este es el principio de una bella amistad”) fue añadida a última hora por deseo del productor de la Warner Brothers. En su momento causó una cierta controversia porque muchos entendieron tal frase como el indicio de una rocambolesca relación gay entre los dos personajes.
  • La frase “Tócala otra vez, Sam” nunca fue dicha en Casablanca. Ingrid Bergman decía exactamente: Play it once, Sam (“Tócala una vez, Sam”). En realidad, la frase errónea es el título de una película de Woody Allen (Play it again Sam), que aquí se tradujo como “Sueños de un seductor”.
  • Mucha gente creía que la película se había rodado de verdad en la ciudad de Casablanca (Marruecos) y que existían tanto el “Café de Rick” como “El loro azul”, del mafioso Ferrari. De hecho, hubo tal demanda por parte de los turistas llegados a Casablanca que las autoridades locales tuvieron que construir ambos locales “de pega”.
  • Antes de cerrar el reparto, se estuvieron barajando varias posibilidades, y en algunas fuentes se menciona que Ronald Reagan pudo haber interpretado a Rick, mientras que la actriz francesa Michelle Morgan estuvo muy cerca de ser Ilsa, pero al parecer pidió demasiado dinero (55.000 dólares), en tanto que Ingrid Bergman aceptó interpretar el papel por “sólo” 25.000.
  • Los hermanos Epstein eran proclives a introducir algunos guiños en el guión y, dada su afición por los coches, pusieron los nombres de “Renault” y “Ferrari” a dos de los personajes destacados.
  • Dooley Wilson (Sam, el pianista del Café de Rick), era músico en la vida real, pero no pianista sino percusionista, y nunca tocó el piano en la película; lo hizo por él un músico llamado Elliott Carpenter.
  • En las escenas en que estaban juntos Bogart y Bergman, él tuvo que usar unas plataformas en sus zapatos para estar a la altura de la actriz sueca, pues él medía 1,73 metros y ella 1,80.
Casablanca,_Trailer_Screenshot
Bogart y Bergman… a la misma altura
  • Como si fuera un perfecto reflejo de la propia película, entre los técnicos, actores y otros participantes en Casablanca había numerosos refugiados centroeuropeos, la mayoría judíos. Así, la escena de La Marsellesa en el Café de Rick resultó ser especialmente emotiva y real, pues muchos de los extras que cantaban el himno francés eran en verdad refugiados –algunos de ellos franceses– que habían huido de los nazis, por lo cual no pudieron reprimir unas lágrimas del todo sinceras.
  • La canción As time goes by no fue compuesta ex profeso para la película, sino que era una composición original de Herman Hupfeld, escrita en 1931. Además, en un momento dado se decidió que debía desaparecer de la película y ser sustituida por una canción de Max Steiner (autor de la música del film) pero para ello se tenían que volver a rodar las escenas con Ingrid Bergman, que para entonces se había rapado el pelo para otra película. Y ante la imposibilidad de hallar una peluca adecuada para la actriz sueca, se mantuvo la versión original con As time goes by.
  • Dadas las indefiniciones e improvisaciones del guión, Ingrid Bergman no tenía claro a quién debía amar “más de verdad” y al preguntar a Curtiz sobre este extremo, éste le respondió: “Aún no lo sé… mientras tanto usted actúe.”
  • Según el libro Casablanca: Behind the scenes, el otro posible final de la película en que Laszlo parte solo en el avión mientras que Ilsa se queda con Rick nunca fue considerado en serio ni por el productor ni por los guionistas. Sobre todo, se temía a la censura y a la reacción de público al ser rotas las convicciones morales y sociales (¡no se podía permitir que la esposa abandonase a su marido por otro hombre!)
  • Claude Rains interpreta al capitán francés Renault pero en la vida real él sí había sido capitán de ejército británico en la Primera Guerra Mundial.
  • En los años 80 el guión de Casablanca fue enviado a varias productoras y estudios bajo el título original de la obra de teatro (Everybody comes to Rick’s). Algunos lectores reconocieron enseguida el guión pero otros no, e incluso lo rechazaron por no tener la mínima calidad como para hacer una película decente.
  • El piano original de la película se conservó y fue subastado dos veces, alcanzando en la segunda de ellas (en 2014) la astronómica valoración de 2,3 millones de euros.

[1] La première tuvo lugar el 26 de noviembre, pero el estreno general para el público fue en enero de 1943.

[2] La película se estrenó oportunamente tras los desembarcos aliados en el norte de África, en los territorios controlados por la Francia de Vichy. Este era un régimen formalmente “neutral” pero colaboracionista de los nazis, nacido del armisticio de junio de 1940. Tenía su capital en Vichy, se extendía por el centro y sur de Francia y abarcaba también los territorios coloniales, como el Marruecos francés, donde se desarrolla la trama.

[3] De hecho, los productores se inspiraron en el éxito popular de una película “exótica” titulada Argel y protagonizada por Charles Boyer y Hedy Lamarr.

[4] A esto habría que añadir algunos fallos o “falta de realidad” del guión, como la inexplicable soledad de Renault y Strasser al final de la película, cuando no están arropados por sus respectivos hombres en los momentos cruciales, lo cual resulta hasta cierto punto inverosímil.

[5] Precisamente, el afamado director actual Ridley Scott considera que el ambiente o escena debe tener el carácter de personaje destacado, como se puede ver, por ejemplo, en sus creaciones Alien y Blade Runner.

[6] Posiblemente por ese mismo motivo me gustan aún los cómics de Tintín, que a ojos de un joven de hoy pueden parecer totalmente desfasados y hasta incluso ridículos.

[7] Posiblemente uno de los más logrados es el diálogo de tono surrealista en que el capitán Renault le pregunta a Rick por qué recaló en Casablanca, y éste le responde que vino “para tomar las aguas”. Renault, sorprendido, pregunta: “¿Aguas? ¿Qué aguas? ¡Estamos en el desierto!” A lo que responde Rick, imperturbable: “Me informaron mal.”

[8] En general, esta escena es muy citada como uno de los clímax de la película, pero no es más que una maniobra de fácil propaganda, pues tanto el régimen de Vichy como la Francia Libre compartían el mismo himno. Además, las guerras napoleónicas que devastaron Europa durante 20 años se hicieron bajo la música de La Marsellesa y los valores “humanitarios” de la Revolución Francesa.

[9] Esta actitud de Renault está representada en la película cuando Renault ordena a sus hombres detener a los “sospechosos habituales” y luego tira a la papelera una botella de agua de Vichy.

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2 respuestas a “Casablanca: una metáfora de la vida

  1. Celebro que rindas honor a esta peli en su 75 aniversario, porque lo merece. En la época de Casablanca ese tipo de historia se puso de moda. Tras esta se rodaron Sahara (con Bogart, de mi admiradísimo Zoltan Korda), Pasaje para Marsella (también de Curtiz, y también con Bogart, Rains, Greenstreet y Lorre), Tener y no tener (de gran Hawks, muy parecida a Casablanca, también con Bogart, con Bacall y con Hoagy Carmichael al piano/bar en lugar de Dooley Wilson), Arco de triunfo (de Milestone, de nuevo con Charles Boyer, otro habitual del subgénero, y también con Rains). Y poco antes de Casablanca también podemos encontrar Argel, que tú mismo citas, la aventura tantas veces rodada de Pepe le Moko (con Boyer), o Tren nocturno a Múnich (de Carol Reed, con Paul Henreid) o A través del Pacífico (de Huston, con Bogart y de nuevo Greenstreet).

    Y hay bastantes más, algunas, como estas, con actores recurrentes. Toda una tendencia en la década de los 40, en entreguerras y luego en guerra y posguerra. Y aún encontramos alguna del mismo tipo como Sirocco, con Bogart, al inicio de los 50. Todas son interesantes, aunque Casablanca y Tener y no tener son las que tienen ese toque especial, emocionante, casi imposible de definir.

    Como dices, Henreid, el austrohúngaro, no fue nunca una estrella de primera magnitud, pero tuvo su momento, y los mayores amantes del cine americano (gente que peina canas) lo recordarán por protagonizar uno de los dos biopics sobre música más famosos de cine clásico: Pasión inmortal (Song of Love), haciendo de Schumann; el otro fue, dos años antes, Canción inolvidable (A Song to Remember), con Cornel Wilde, un actor a recuperar, también húngaro, interpretando a Chopin. En esta salía también Liszt; en la otra, Brahms. Y con parecidos títulos. De nuevo, modas, modas, modas. Luego, Henreid hizo algunas pelis interesantes y al final se convirtió en un importante director de telefilms. Una buena carrera la de estos dos húngaros.

    Es cierto, como dices, que Casablanca fue una película guionizada, rodada y montada de modo un tanto anárquico, pero el resultado resultó mayúsculo, y crece con el tiempo no solo por nostalgia, cosa nada fácil. Cuando hay ingredientes cocinados con talento, el caos se convierte en cosmos, y aquí había talento a raudales.

    Que sea una película sin más pretensiones que el de narrar una aventura exótica en tiempos de guerra no es demérito. Algunas de las más grandes obras de arte de la historia (en pintura, escultura, arquitectura, música, cine…) no tenían el propósito de pasar a la posteridad, sino solo la de gustar a los coetáneos o resultar útiles o gratas a la vista u oído. Por eso es pertinente tu alusión a la arqueología. El cine lo es: un reflejo del tiempo, de modos y maneras, de estilos, enfoques, planteamientos, valores, prioridades… En ningún sitio se ve lo que hemos sido como en las paredes de los museos de pintura y en la historia del cine.

    Clavas el asunto de la doble dualidad como clave de Casablanca: Strasser y Laszlo son los principios salidos de la convicción, de la causa. Renault y Rick son los comportamientos nacidos de la conveniencia, ajustados a la coyuntura y baqueteados por la vida, pero son espíritus grises en los que también cabe la ética, si es finalista. No hay duda de que la moral es más atractiva cuando sale de razonamientos propios y no de convicciones ajenas, y por eso, por la parte masculina, ambos reinan en este film.

    Las guerras —en esta todos hicieron barbaridades (remember Dresde) pero, a pesar de lo que dices, estaba claro quiénes eran los peores—se ganan cuando se asocian los ricks y los laszlos. Y si a alguien eso le parece poco relevante para una historia, pues en este trozo de cine siempre tendremos a Ilsa, fotografiada como solo sabían hacerlo en el Hollywood clásico, para que el rostro femenino rompa la pantalla con una simple sonrisa.

    Hay cinéfilos eruditos (a esto yo no llego), entendidos (aquí sí llego) e interesados. Confiésalo y no sigas fingiendo, querido Bartlett: estás infiltrado en alguno de estos tres grupos. Sal a la luz sin miedo.

    ¡Ah! Y gracias por la dedicatoria. Te devolveré en su momento la cortesía.

    1. Apreciado Carlos,

      Gracias por tu extenso comentario. Me rindo ante tu erudición y conocimiento del Hollywood de esa época. Yo soy un mero aficionado, pero nunca he sido un cinéfilo; me gustan determinadas películas y por eso me pareció oportuno comentar Casablanca después de verla recientemente. Y supongo que fue la nostalgia lo que más me empujó a escribir: el recuerdo de un cine que yo veía de pequeño en blanco y negro y que nunca volverá. Por eso lo veo casi como arqueología, y de ahí mi interés, por deformación profesional.

      De hecho, ahora no me interesa el cine actual salvo contadas excepciones. No digo que no haya buenos directores o actores, pero no me llaman la atención. A los artistas se les acaban las ideas y han de tirar de re-makes. En fin, siempre nos quedará Casablanca.

      P.D. Ahora me viene a la memoria otra grande de Bogart, con Lauren Bacall, “El halcón maltés”, que incluía aquella frase fantástica: “¿De qué material está hecho el halcón?” “Del material con que están hechos los sueños.” Creo que era más o menos así. Inolvidable.

      Un abrazo,
      X.

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