Fascista el último

Mussolini_cropDecía recientemente una periodista de televisión que, en las redes sociales y según el momento del día, uno podía ser calificado de fascista sin más contemplaciones. No es ninguna sorpresa afirmar que este fenómeno del “fascismo para todos” se enmarca en el actual clima de crispación y división de la política “hispano-catalana” en la que pulula gente con las más diversas etiquetas ideológicas y para todos los gustos: nacionalistas, populistas, constitucionalistas, soberanistas, izquierdistas y un largo etcétera con todos los matices que queramos. Pero sin duda el término fascista se ha convertido en una especie de talismán y leit-motiv para ciertos sectores, porque gracias a él pueden enviar a los infiernos al retrógrado enemigo social o político, pues nada hay peor que tildar a alguien de fascista, pues son muy escasas las personas que responden a tal acusación con un “sí, lo soy, y a mucha honra.”

Sea como fuere, dada mi evidente deformación profesional historicista, me gustaría puntualizar algunas cosas sobre esta palabra maldita desde un enfoque histórico y político, más que nada para desmontar ciertos mitos y para poner de manifiesto que el etiquetado (político o de cualquier otro tipo) no es más que un mecanismo sociológico de manipulación de masas usado por los amos del mundo para provocar división y enfrentamiento, un terreno por el cual se mueven especialmente bien. Y como ya se podrán imaginar, no tengo ninguna intención de ser políticamente correcto, porque precisamente la corrección política es otro de esos sutiles mecanismos.

Pero empecemos por el principio: ¿de dónde proviene el término fascista? Los que saben un poco de historia se referirán de inmediato a la Italia de los años 20 y al partido impulsado por Benito Mussolini. En efecto, Mussolini, un antiguo militante socialista, estaba muy desencantado con el funcionamiento de la democracia y el liberalismo, así como de los movimientos marxistas. Así, en 1919 fundó los llamados Fasci Italiani di Combattimento, un movimiento de agitación callejera para difundir su ideología, que propugnaba para Italia una tercera vía, totalitaria, combativa, ultra-nacionalista y dirigista que aplicara un programa social avanzado basado en un cierto capitalismo de estado, pero sin llegar a los extremos de la revolución bolchevique. Se trataba más bien de poner las fuerzas del capital, la empresa y el proletariado bajo un único mando político, el partido fascista, a fin de crear una dictadura nacional o una especie de despotismo ilustrado[1] capaz de crear riqueza y redistribuirla. Es lo que hoy se llamaría un movimiento “transversal” entre las clases sociales.

Fasces
Emblema del partido fascista italiano

Además, dicho movimiento debía tener una importante base ideológica, litúrgica y simbólica para cautivar y movilizar a las masas, imponiendo a la fuerza la unificación conceptual entre el partido y la nación. Esto fue algo típico de los movimientos totalitarios, tanto de izquierda como de derecha, como hicieron con especial eficacia los nazis, que traspasaron su simbología exclusivista (sobre todo centrada en su bandera con la esvástica) a la simbología nacional, con lo cual un buen alemán debía ser por fuerza un buen nacional-socialista. Pues bien, en el caso de Italia, Mussolini recuperó el antiguo símbolo romano de los fasces[2], que se convirtió en emblema nacional, del que se derivó el término fascista. Así, no es nada exagerado decir que la Italia fascista pretendía ser una reencarnación del Imperio Romano, con un gobernante indiscutible con alto perfil político y militar; de ahí que Mussolini se apropiara de la palabra “Duce” (del latín Dux, general o líder militar) como título personal. Más adelante, Hitler copiaría esta misma visión de jefe absoluto y se autoproclamó Fuehrer (Líder), e incluso Franco les imitaría unos años más tarde al adoptar el título de Caudillo, que compatibilizaría con el de Generalísimo.

En fin, como recoge la Historia, el fascismo se impuso tras la Marcha a Roma de los camisas negras (los militantes paramilitares fascistas) en octubre de 1922 y propició la instauración de la dictadura mussoliniana, a pesar de que la formación fascista era minoritaria en el parlamento italiano, y todo ello con el beneplácito del rey Vittorio Emmanuele. Automáticamente, la opinión pública internacional recogió el término fascista como sinónimo de autoritario de extrema derecha, por contraposición obvia a los movimientos autoritarios de extrema izquierda, personificados en la revolución bolchevique rusa. Años después se impuso el nazismo en Alemania, que tenía numerosas concomitancias con el fascismo italiano, pero que divergían en no pocas posiciones ideológicas, políticas y económicas. Es más, aparte de la buena relación entre Hitler y Mussolini, no todo el fascismo italiano estaba entusiasmado con sus aliados nazis, por no hablar de la oposición de buena parte del pueblo italiano, que no veía con buenos ojos la prepotencia y el expansionismo de los nazis, ni quería participar en las aventuras guerreras alemanas. De hecho, cuando se produjo la anexión de Austria, hubo una grave crisis entre ambos países, que se solucionó de mala manera con la política unilateral de hechos consumados tan propia de Hitler[3].

Si ahora nos trasladamos a la convulsa España de los años 30, tenemos la copia española del partido fascista a cargo de Falange Española y de otros movimientos afines como las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS). Y si bien el propio fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera, quiso desmarcarse claramente del nazismo y del fascismo italiano[4], los parecidos en los planteamientos ideológicos son obvios, con un discurso igual de combativo contra el gran capital y el liberalismo que contra el marxismo ateo, materialista y “anti-español”. En cuanto a la liturgia y simbología, los paralelismos también saltan a la vista con las camisas azules, los lemas patrióticos, el símbolo del yugo y las flechas, el saludo con el brazo en alto, los colores políticos rojo y negro[5], etc. Y mucha gente de hoy en día tiene la opinión fundada de que este movimiento era efectivamente de la más radical extrema derecha. ¿Pero es así realmente o no es más que el viejo juego de las etiquetas?

JoseAntonioFEJONS
José Antonio Primo de Rivera

Déjenme que les haga algunos comentarios al respecto. Por de pronto, debo advertir que tuve un tío seguidor de los ideales de Falange y que para mi sorpresa un día me dijo que la gente estaba muy equivocada: Falange había sido en origen un partido de izquierdas, eso sí, no marxista, lo cual está en la línea de los partidos fascista y nazi, creados por ex socialistas. A partir de ese punto me tomé la molestia de informarme de forma objetiva sobre el ideario de Falange y sobre la evolución de ese partido. Y en efecto, el programa social y económico de Falange es lo que hoy llamaríamos de izquierda (y no moderada en muchos aspectos), y además bastante hostil hacia el capitalismo y la democracia burguesa. Por ejemplo, Falange sostenía que “las teorías burguesas serán barridas por cobardes; los políticos de chistera, por traidores”[6].Y, significativamente, durante la etapa de gobierno de la derecha (1934-35), Falange adoptó una política de distanciamiento frente a la derecha reaccionaria y monárquica, y ya entonces hablaban del fracaso del sistema demócrata-burgués. Véanse, a modo de ejemplo, algunas de las propuestas falangistas para su revolución nacional-sindicalista[7]:

  • La dignidad humana, la integridad del hombre y su libertad son valores eternos e intangibles.
  • El Estado nacional-sindicalista permitirá toda iniciativa privada compatible con el interés colectivo, y aún protegerá y estimulará las beneficiosas.
  • Repudiamos el sistema capitalista, que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes, propicias a la miseria y a la desesperación.
  • La riqueza tiene como primer destino –y así lo afirmará nuestro Estado– mejorar las condiciones de vida de cuantos integran el pueblo. No es tolerable que masas enormes vivan miserablemente mientras unos cuantos disfrutan de todos los lujos.
  • Defenderemos la tendencia a la nacionalización de la banca y, mediante las corporaciones, a la de los grandes servicios públicos.
  • Será designio del Estado nacional-sindicalista la reconstrucción de los patrimonios comunales de los pueblos.
  • La cultura se organizará de forma de que no se malogre ningún talento por falta de medios económicos. Todos los que lo merezcan tendrán fácil acceso incluso a los estudios superiores.

¿Les suenan de algo estas propuestas? ¿A partidos de izquierda (radical) tal vez? ¿O son lugares comunes? Pues quizás los falangistas eran tan de derechas que acabaron siendo de izquierdas, pues los extremos se tocan. Pero ellos estaban etiquetados como fascistas, o sea, peor que el demonio.

Indalecio_Prieto,_1936
El líder del PSOE Indalecio Prieto

La confirmación de esta visión socializante del fascismo español la tuve al encontrar los contactos habidos entre falangistas y sindicalistas en 1934, y sobre todo la relación personal entre el reputado líder del PSOE Indalecio Prieto y el propio José Antonio, que se respetaban y admiraban mutuamente pese a sus posiciones políticas enfrentadas. Ambos hablaron bien el uno del otro, elogiaron sus discursos en varias ocasiones y hasta llegaron a darse un abrazo en el Congreso el 3 de julio de 1934. En efecto, en esa época se produjo un acercamiento entre los discursos de Prieto y Primo de Rivera, hasta tal punto que éste último le sugirió la posibilidad de un entendimiento para aplicar una política común de aires socialistas. Todo esto se torció con la extrema radicalización de la vida política española en 1936 y el posterior estallido de la Guerra Civil. Falange, dado su furibundo anti-marxismo, se puso del bando de los sublevados, mientras su líder José Antonio permanecía encarcelado en la zona republicana.

Pero José Antonio era un líder carismático que había cerrado la puerta de la política a Franco y eso tuvo su precio. No es ninguna sorpresa señalar que Franco vio su camino despejado con la muerte “accidental” de los dos generales que le podían hacer sombra (Sanjurjo y Mola) y que tampoco hizo nada por lograr la liberación de Primo de Rivera –que durante mucho tiempo fue “el Ausente”– hasta que se supo de su fusilamiento, momento en que se le convirtió en un mito o personaje divinizado. Pero ya antes el propio Franco se había dedicado a acabar de un plumazo con todas las veleidades revolucionarias o izquierdistas de Falange. Encuadró a las milicias falangistas en su ejército, impuso a la fuerza la unidad con el tradicionalismo[8], se proclamó jefe de Falange y en junio de 1937 sentenció a muerte al heredero político de José Antonio, el líder de Falange Manuel Hedilla, por “conspirar contra la seguridad del Estado”, si bien luego le conmutó la pena por una larga estancia en prisión.

En consecuencia, el programa original de Falange se ajustó a las directrices franquistas y Franco dejó bien claro lo que admitía y lo que no, y para marcar notoriamente quién mandaba allí prohibió el saludo con el brazo en alto para los militares, mientras se lo imponía al resto de la población. Así pues, a pesar de que el falangismo fue el núcleo duro del Movimiento, sólo lo fue desde el punto de vista formal y simbólico, y una vez acabada la guerra se convirtió en un mero instrumento de Franco, al igual que sucedió con los carlistas o los monárquicos. Además, la caída en desgracia de las potencias del Eje en la Guerra Mundial inclinó a Franco hacia posturas moderadas y aliadófilas para lavar la cara del régimen, dejando a Falange como un simple florero político.

Así, el falangismo –pese a tener importantes cargos y prebendas– nunca se instauró como se había planeado en origen. Por ejemplo, tras la guerra, un líder falangista catalán fue reconvenido duramente por intentar aplicar ciertas medidas favorables a la clase obrera, y se le dijo abiertamente que “no se había hecho la guerra para contentar a los rojos”. Así, no es de extrañar que muchos falangistas le dieran la espalda al régimen al sentirse traicionados por Franco y los militares. De este modo, no es arriesgado afirmar que Franco nunca fue fascista de verdad (entendiendo el falangismo como el fascismo español). Fue simplemente franquista y todas las ideologías vencedoras de la guerra se amoldaron a sus designios personales y a su cortísima visión social, política y económica.

Propaganda
El culto a la personalidad en la propaganda fascista

Ahora bien, si tomamos lo que fue la actuación de Franco en general durante la guerra y después de ésta, no hay duda de que su régimen era totalitario, ultra-nacionalista y extremadamente represor con los vencidos y opositores, lo cual vincula directamente su política a la de Hitler o Mussolini. Y así, para la historia, todos estos movimientos quedaron encuadrados bajo el término “fascista”, que se empleó profusamente durante la Guerra Civil española y durante la segunda Guerra Mundial, incluso por los soviéticos (al referirse a los nazis). Pero dado que los fascistas –excepto Franco– perdieron la guerra, el fascismo pasó a considerarse como una aberración humana y política, peor incluso que el totalitarismo comunista, y fue perseguido y condenado en todo el mundo. Claro que las grandes potencias democráticas se reservaron su derecho de actuar o no ante determinadas dictaduras etiquetadas de fascistas, empezando por el propio Franco, que ganó la guerra por la inacción cómplice de Gran Bretaña y el apoyo discreto de los EE UU, que facilitó combustible a los sublevados durante la Guerra Civil. Y qué podríamos decir de otras feroces dictaduras latinoamericanas, africanas o asiáticas… la lista no es corta.

No obstante, el fascismo quedó estigmatizado para siempre como un movimiento autoritario, populista, demagógico, militarista, represor y ultra-nacionalista, rayando a menudo en el racismo o la xenofobia (como sucedió en Alemania). Asimismo, el fascismo quedó definido como opuesto o reacio a las prácticas democráticas, partidario del acoso o violencia organizada y la movilización callejera (o sea, conseguir por la acción a pie de calle lo que no se consigue por las urnas[9]), manipulador del pueblo mediante el adoctrinamiento ideológico, la propaganda y la educación, y en general culpable de no respetar los derechos civiles ni las libertades ni la pluralidad de la población.

Muy bien. Y ahora volvamos al presente y a lo que podemos ver en nuestra realidad más próxima. Si nos centramos en ciertas declaraciones de la nueva izquierda española (no hace falta dar más indicaciones) apreciamos que son muy proclives a emplear el término fascista –o franquista– para referirse al gobierno del Partido Popular, o cuando menos a muchos de sus comportamientos o tics. Asimismo, los independentistas catalanes se han dedicado a aplicar día sí y día también los mismos apelativos a ese gobierno, al Estado español o a otros partidos que apoyan la política popular en la cuestión catalana. Pero lo que ya ha sobrepasado lo imaginable es que desde ciertos sectores del soberanismo se haya atacado a personajes públicos catalanes por rechazar la validez del famoso referéndum, calificando a la cineasta Isabel Coixet o al músico Joan Manuel Serrat de fascistas. O sea, todo el mundo que no piensa como nosotros –o no está en nuestra trinchera– es potencialmente fascista, lo mismo que ocurrió en la España de los años 30 con todo aquel que no fuera izquierdista. Confieso que nunca se me habría pasado por la cabeza que nadie, y menos viniendo de Cataluña, pudiera emplear ese tono con el famoso cantante, al cual se podría tachar de muchas cosas pero… ¿de fascista? El buen hombre, de trayectoria poco discutible, pilló un mosqueo importante, por decir algo suave. ¿Qué está pasando aquí?

Carga Policial
Actuación policial contra los “pacíficos”

Si nos ponemos en la piel de estos soberanistas, podríamos entender sus quejas y sus referencias al fascismo, ¿o no? Por de pronto, un parlamento legalmente constituido toma una decisión por mayoría, prepara unas leyes de desconexión y un referéndum a medida (amparándose en la legitimidad institucional), se carga la legalidad anterior y llama a votar pacíficamente a la gente para que exprese su voluntad. Frente a esto, el gobierno les dice que se han saltado la legalidad, les amenaza con la Constitución y la aplicación de la ley y se dedica luego a perseguir urnas y papeletas, cerrando el episodio con un bochornoso despliegue policial y una actuación a porrazo limpio contra una población pacífica (no del todo pacífica, empero, como se ha ido sabiendo con el tiempo…). Y cuando de forma no menos pacífica, seria y solemne, el dicho parlamento declara la independencia unilateral, el gobierno central (y la maquinaria del Estado español) se vuelca de manera agresiva y represiva contra el pueblo catalán, mediante la aplicación de la dictadura y la limitación de las libertades (el célebre artículo 155), que supone la intervención de las instituciones catalanas, y el inmediato encarcelamiento de líderes sociales a causa de sus ideas políticas y de parte del gobierno “rebelde”, sin fianzas ni miramientos. Y ante tal represión y violencia, al President no le queda más remedio que salir del país para defender su causa y su dignidad contra el fascismo español[10]. Eso sí, al menos en una cosa coinciden ambas partes: en calificarse recíprocamente de “golpistas”.

Pero, claro, las cosas no resultan ser así de simples. De hecho, los que más despachan el término fascista y se presentan como adalides de la libertad y la democracia, quizá no prediquen con el ejemplo. Así, el mundo independentista asumió unas elecciones autonómicas como un plebiscito y lo perdió, al obtener menos del 50% de los votos, con el agravante de que un 25% de la población se abstuvo y que muy posiblemente no estaría del lado secesionista. Sin embargo, amparándose en una mayoría absoluta parlamentaria que no se ajusta a la igualdad de los votos y basada en el sistema de circunscripción provincial de la España fascista, los soberanistas decidieron ignorar el resultado, ignorar los avisos de los organismos jurídicos del propio Parlament y de la Generalitat, sacar adelante unas leyes y un referéndum de forma muy poco edificante en términos democráticos (los hechos del 6 y 7 de septiembre de 2017) y declarar que su legitimidad procedente de un cierto “mandato popular” –que ellos habían inventado– les permitía ser unilaterales.

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Sustitución de la bandera común por la del movimiento ideológico

Entretanto, ya habían decidido ganar su batalla en las calles con una propaganda muy medida y con movilizaciones masivas de todo tipo –con acoso pacífico, pero acoso– para hacer ver que era todo el pueblo catalán el que estaba implicado en el Procés[11]. Y, de paso, ya hace tiempo que habían eliminado la bandera de todos los catalanes para sustituirla por la de su movimiento ideológico como enseña oficial en un futuro estado propio. Y llegadas las nuevas elecciones –aceptadas por todos– el President cesado pide ser reconocido en su cargo independientemente del resultado de las urnas. ¡No se puede ser más democrático! Por lo demás, dejemos aparte el adoctrinamiento en las escuelas, el dogmatismo y partidismo de los medios de comunicación públicos, las mentiras sobre lo que iba a pasar con la aceptación internacional o con el comportamiento de las empresas, etc., etc. ¿Políticos que engañan y manipulan? ¡No, eso sólo ocurre en los estados enfangados en el autoritarismo, el clientelismo y la corrupción!

Pero, en fin, saliendo de estos parámetros locales nos podríamos referir al país que más ostentación hace de la libertad, la democracia y los derechos civiles: Los Estados Unidos de América. Se trata en realidad de un régimen unipartidista, aunque disfrazado de bipartidista, instalado en un nacionalismo exacerbado, y que lleva 200 años “exportando” su libertad y su democracia en forma de invasiones, guerras, genocidios, instauración y protección de dictaduras, implantación de sus grandes corporaciones, colonialismo económico, terrorismo y contra-terrorismo, etc. No obstante, de puertas adentro, se podría suponer que allí impera la ley, la democracia y la igualdad, pero no hay más que ver la situación de pobreza de amplias capas de la población, la dura represión policial contra las minorías étnicas o sociales, la condena a muerte de los marginados y desplazados o el mantenimiento de un campo de concentración de presos (“terroristas”) sin garantías ni derechos en Guantánamo (Cuba). Y otro tanto se podría decir del régimen bolivariano de Venezuela o de la Rusia post-comunista, ambos países supuestamente democráticos, pero cuyas actitudes y actuaciones –tanto interiores como exteriores– encajarían en muchas ocasiones en el ámbito del clásico fascismo.

En definitiva, vemos que no es muy complicado asignar a casi todo el mundo la etiqueta fascista: a derechistas, izquierdistas, nacionalistas, revolucionarios, anti-sistema, etc. En efecto, resulta muy fácil que unos y otros se lancen cuchillos a partir de unas etiquetas predefinidas, porque prácticamente nadie está libre de culpa y los que creen que “su opción” defiende un régimen de prosperidad, libertad, justicia y honestidad pública son más bien un rebaño de crédulos bien amansados y adoctrinados. Y todo ello es posible porque las propias instituciones, los partidos, los movimientos cívicos, etc. pueden recurrir muy fácilmente al autoritarismo y a la intolerancia, creando división y enemigos donde haga falta y acusándoles luego de fascistas u otros adjetivos similares por no compartir la misma idea de la política o la sociedad. Pero que nadie se engañe; estamos hablando de etiquetas de quita y pon[12], y sirven para lo que sirven: para crear bandos, controversias, enemistades y conflictos. O, para simplificar, se trata de generar miedo y odio. Entretanto, en prácticamente todo el mundo, se ofrecen generosamente en bandeja toda clase de partidismos, ideologías y otras etiquetas sociológicas que nos permiten posicionarnos contra otra parte de la población o contra otras comunidades.

Eugène_Delacroix_-_La_liberté_guidant_le_peuple
La Revolución Francesa: ¿antagonismo y violencia en nombre de la libertad? ¿Qué cambió realmente?

En todo caso, reconozco que existen Guatemalas y Guatepeores, y que determinadas situaciones políticas, sociales o económicas han sido mucho peores en tiempos pasados, justamente por el desencadenamiento de las tensiones extremas producidas por las mencionadas etiquetas. Basta recordar que en épocas no muy lejanas la guerra de las etiquetas devastó países enteros en Europa y –por ejemplo– llevó a España a un desastre monumental en el que no hubo realmente ganador ninguno, dejando sobre el territorio un rastro de muerte, destrucción y represión sin precedentes.

Por todo ello, creo que sería conveniente aportar a muchas personas jóvenes algunas nociones básicas de historia y de política. Porque tal vez sería demasiado fuerte tomar a unos cuantos niñatos pijos indepes armados de smartphones de 700 euros, meterlos en una máquina del tiempo y enviarlos una temporada a los años 30, a la España de la República, la Guerra Civil y la posguerra. Quizá al ver el hambre, la miseria, la marginación, la falta de derechos, la persecución de las minorías, las arbitrariedades, la brutal violencia policial (o de los incontrolados), los saqueos, los asesinatos políticos, los paseos y fusilamientos, los bombardeos y cañonazos, las durísimas prisiones, las torturas, los campos de concentración, los juicios militares sumarísimos, las cartillas de racionamiento, etc. se les quitarían las ganas de hablar tan gratuitamente de fascistas refiriéndose a la sociedad actual.

Y termino. Que nadie interprete este discurso como un intento de exculpar, justificar o dulcificar el fascismo, porque justamente estoy en las antípodas de ello. Más bien es una llamada de atención ante el poder simbólico de esas etiquetas que permiten manipular a la gente y enfrentarla, llegando a los extremos más execrables. La lista de tales etiquetas es realmente extensa y viene de muy antiguo pues incluye al rey, el emperador, la patria, la familia, Dios, Allah, la Cristiandad, el país (póngase el que proceda), la república, los derechos, la libertad, la Ley, la democracia, el partido, la civilización, la tradición, el socialismo, la revolución, el pueblo, y un largo etcétera.

¿Que la gente se acaba pues odiando, insultando, enfrentando por meras etiquetas conceptuales? Exacto; es terriblemente simple pero así es. De los meros conflictos personales se pasa a los sociales y se llega a las guerras y las matanzas a gran escala, y ello sucede porque alguien que está siempre en la sombra nos inocula en la mente el concepto de “enemigo” y le asigna una etiqueta contraria e incompatible con la nuestra. Con eso es suficiente para provocar un desastre humano de enormes proporciones ¿Que no me creen? Pues esa es la verdad, lamentablemente.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Es oportuno recordar que el lema de dicha política típica del Antiguo Régimen era “Todo para el pueblo pero sin el pueblo”.

[2] Los fasces eran unos haces de varas acompañados de un hacha que llevaban los sirvientes que acompañaban a los magistrados romanos como símbolo de su autoridad.

[3] Cabe remarcar que luego Mussolini pagaría con la misma moneda a Hitler, llevando a cabo acciones unilaterales en las que implicó de rebote a Alemania, en perjuicio de los planes estratégicos de Hitler.

[4] Se decía que aborrecía a los nazis y que rehusó entrevistarse con Hitler, y también que no quiso entrar en la “Internacional fascista” que propugnaba Mussolini.

[5] Colores compartidos, por cierto, con los anarcosindicalistas de la FAI y la CNT.

[6] Diario “Libertad”, Valladolid, 14 de junio de 1937.

[7] Extractos de los “26 puntos de FE y las JONS base del nuevo estado” (1937)

[8] Los carlistas y falangistas luchaban en la misma trinchera, pero ya tuvieron fuertes desencuentros durante la guerra y aún después de ésta, por la distancia evidente entre sus idearios.

[9] Cabe recordar que Falange era un partido de escasísima presencia en el Parlamento. A su vez, en Italia, los fascistas eran una minoría parlamentaria cuando llegaron al poder y sólo en Alemania el partido nacional-socialista de Hitler ganó las elecciones de 1932, pero se trataba de una mayoría simple, frente a otros partidos de diversas tendencias.

[10] Bueno, tal vez sí tenía otra opción, como hizo Companys en 1934: quedarse en su puesto, con su gente, defendiendo su movimiento político hasta ser detenido por las autoridades españolas.

[11] Al respecto cabe decir que una dirigente de Junts pel Sí había dicho que no iban a poder sacar adelante su causa en las urnas, y que la victoria se debía conquistar en las calles y las plazas. Asimismo, corren aún carteles enganchados en las calles que dicen literalmente Els carrers ja sempre seran nostres (“Las calles ya serán por siempre nuestras”). Otros carteles animaban a “tomar partido” por el bien del país (el “Sí”), con el sutil mensaje de romper el país en dos y fomentar la idea de “O estás conmigo o estás contra mí”. ¿Tintes fascistas? ¡No, por favor!

[12] Este quita y pon lo podemos ejemplificar con la antesala de la Segunda Guerra Mundial: a muchos franquistas se les quedó la cara de piedra al enterarse del pacto de no agresión germano-soviético de 1939, cuando los nazis les habían ayudado hasta inicios de ese mismo año a masacrar al marxismo en España. Acostumbrados a las etiquetas, muchos se quedaron del todo descolocados al ver que los que habían propiciado las matanzas en España colocándose en trincheras opuestas, ahora resultaban ser amigos.

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9 respuestas a “Fascista el último

  1. Buen apunte, nuevamente.

    El ‘naming’, los etiquetados, la PNL, no vienen a ser más que camufladas formas de hipnosis para regir multitudes aturdidas.

    La palabra… -y el sonido en general- …constituyen herramientas primordiales en cualquier técnica mágica; al margen de su intención benevolente o a la contra. Hoy en día lo suelen llamar ‘marketing’, (una mera variante de propaganda).

    Y en extensión de todo ello, igualmente con los logos, con los símbolos o imagen corporativa no se logra más que incidir en la misma destreza de hechicería; lo que antes se entendía por ‘sigilos’.

    Con la amnesia y con la hipnosis los tildados de “patricios” administraron a su antojo a las “plebes”. De ahí la imperiosa exigencia de ultrajar continuamente la verdad de nuestra historia. Y es por esto que a los que os dedicáis de pleno al examen de la crónica y análisis del pasado se os acumule el trabajo.

    1. Gracias por tu comentario Alex

      Bueno, lo que mencionas sobre el poder “mágico” de la palabra está en el trasfondo de este tema pero no he querido meterme en ello para no hacer un artículo demasiado largo. Pero es evidente que, dado que estructuramos nuestra realidad a partir del lenguaje, la manipulación mental-emocional a través del lenguaje se hace muy útil para el control de masas. Caemos una y otra vez en el error de darle un poder y un valor que no tienen a meros conceptos, a entelequias… utilizadas como símbolo de separación, de división, de individualidad. Por eso ya dije recientemente que para el que sabe, el fin del mundo es lo mismo que la caída de una hoja en otoño. Nada tiene importancia; los perros (creo que) lo saben, nosotros no.

      Saludos,
      X.

  2. Llego tarde, se me acumulan las publicaciones 🙂

    Es curioso que en páginas fascistas (si, uno se mueve por todos lados), lo peor que puede llamarse a un contrario es comunista y por supuesto, todo aquel que no comulga con lo que allí se expresa, es por supuesto comunista o sospechoso. En fin, más etiquetas, efectivamente de igual valor y de la misma especie que como bien indican tienen una carga subjetiva (mágica para el que entiende qué es eso), que funciona perfectamente.

    Un saludo.

    1. Gracias Piedra

      De acuerdo con tu apreciación; es evidente que el lenguaje (en particular, el político) es una vía de satanización del contrario y se presta a todo tipo de manipulaciones y tergiversaciones, pero sobre todo tiende a simplificar y a conducir hacia la mente las cosas que debieran quedarse en el corazón, donde no existe la división y sí la concordia. (Con-cordia quiere decir justamente “Estar o compartir con el corazón”).

      saludos,
      X.

  3. Tal como lo veo, para mi el problema no radica tanto en las ideologías en sí como al fascismo español (falange) al cual te refieres en el artículo, sino más bien al sistema que engloba a todas las supuestas ideologías que se diferencian mas o menos entre sí y que tienen en común al Estado como columna vertebral de su ideario y programa político. Dictaduras y dictablandas las hay de todos los tipos, es decir, de izquierdas y de derechas (pero no por ello todas dejan de ser dictaduras) y es en este punto donde creo que deberíamos hacer incapíe.

    Para mi la ideología el fascismo es la meritocracia, y la meritocracia también es la ideología principal del sistema capitalista, es decir, el sistema capitalista es esencialmente fascista, premia a los mejores y excluye a los peores. Por eso todos los periodistas y políticos se pueden escudar llamándose fascistas y adoctrinadores entre si cuando les conviene, como bien has apuntado. O por contra llénandose la boca con la palabra demócrata o democracia cuando quieren salir del atolladero.

    Saludos libertarios.

    1. Gracias Albert

      Bueno, la intención primera del artículo era poner en contexto lo que significaba “fascista” en términos político-históricos y mostrar el poder del lenguaje para manipular las mentes, provocar división y satanizar al oponente. “Fascista”, por suerte o por desgracia, se ha convertido en un cajón de sastre que permite enviar al infierno a cualquiera que no piense como uno, más allá de que hablemos de capitalismo, socialismo o democracia.

      Saludos,
      X.

  4. Así es, sin embargo lo que quiero decir, es que el capitalismo es una también una realidad que se corresponde con una ideología, es un realidad ideológica que engloba a todas las otras ideologías tanto de izquierdas y de derechas que son representadas principalmante por partidos políticos y que tienen en común al Estado como garante del orden y de la organización social y que a la vez también pueden ser contrapuestas. Es decir, el fascismo no rompe con el capitalismo sino que forma parte de él (es otra variante), aunque en su ideario o programa político este en contra y pretenda abolirlo. Ahí radica el engaño del fascismo.

    Saludos.

    1. Gracias de nuevo Albert

      Sí, ya había captado tu mensaje. Si entendemos “capitalismo” por materialismo y explotación-depredación del ser humano en todas sus facetas, tenemos capitalismo desde hace milenios, con las etiquetas que luego quieras ponerle. Todos son monstruos creados por una misma inteligencia malévola, y en ninguno de ellos puede sentirse bien el espíritu humano. A estas alturas ya me he despegado de la ilusión política, porque la solución está en la evolución de la conciencia, que rompe con la farsa del mundo material, el miedo y la muerte.

      Saludos,
      X.

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