¿Qué clase de ciencia es la psiquiatría? (1ª parte)

Introducción

En tiempos pasados, cualquier persona que experimentaba comportamientos extraños o anómalos no era considerada propiamente víctima de una enfermedad, sino víctima de una posesión o influjo por parte de fuerzas demoníacas y podía ser sometida a toda clase de tormentos, exorcismos, brujerías o incluso trepanaciones. Todo esto quedó superado cuando la moderna medicina, sobre todo a partir del siglo XIX, empezó a establecer la existencia de las llamadas enfermedades mentales, lo que daría pie a la creación de la especialidad que conocemos como psiquiatría (literalmente, “medicina de la psique”). En definitiva, lo que se buscaba era clasificar, diagnosticar y tratar todos aquellos trastornos que afectaban a la conducta “normal” de las personas y cuyo origen se debía fijar en la mente y en su soporte físico: el cerebro.

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“Casa de locos”, pintura de Francisco de Goya

Hoy en día hay identificados unos 300 trastornos o desórdenes mentales que –según las autoridades sanitarias– pueden afectar prácticamente a toda la población en mayor o menor grado y muy especialmente en nuestro civilizado mundo occidental, tan sometido al inevitable estrés. Frente a esta situación, la psiquiatría dispone de un amplio arsenal de soluciones terapéuticas, mayormente farmacológicas, para combatir y superar estos males, aunque en muchos casos el remedio simplemente se limite a reducirlos o cronificarlos, por no hablar de las situaciones en que la supuesta cura es peor que la enfermedad. El caso es que, pese a los avances de la psiquiatría durante tantas décadas, parece que nuestras sociedades están cada vez más desequilibradas mentalmente (sobre todo a causa de la llamada “depresión”) y necesitan de una constante atención a cargo de la sanidad pública, prácticamente desde los niños pequeños hasta las personas más mayores. Por ejemplo, en datos de 2016, uno de cada seis adultos estadounidenses consumía algún tipo de psicofármaco.

Sin embargo, en los últimos años se han ido acumulando más y más críticas hacia esta disciplina científica, incluso por parte de algunos profesionales que la ejercen, acerca de sus planteamientos teóricos y de su discutible eficacia. Y en este punto surgen varias preguntas clave: ¿Es realmente científica la psiquiatría o no es más que un fraude pseudocientífico? ¿Cuáles son sus fundamentos empíricos? ¿Se puede equiparar a otras especialidades médicas en términos de objetividad y rigor científico? ¿Nos ofrece realmente curación o es completamente inútil, cuando no lesiva? ¿Existe una agenda oculta para el tratamiento psiquiátrico de toda la población? En este artículo nos adentraremos en estas cuestiones para descubrir hasta qué punto nos están engañando, manipulando y perjudicando con unos diagnósticos y unos tratamientos que casi siempre provocan más mal que bien, aparte de constituir un suculento negocio para las grandes empresas farmacéuticas.

El origen de los trastornos mentales

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¿Cómo definir “científicamente” los trastornos?

Pero empecemos por el principio. ¿De dónde salen tantas enfermedades o trastornos mentales? ¿Cómo es que van apareciendo nuevos trastornos para los cuales ya hay un fármaco específico y supuestamente eficaz preparado en la recámara? ¿De qué modo se identifican o diagnostican tales trastornos? Conocemos algunas de las enfermedades mentales más comunes, pero ¿qué podemos decir –por ejemplo– del novedoso “Trastorno Negativista Desafiante”, que simplemente se describe como una resistencia sistemática a la autoridad? ¿Qué clase de trastorno es ese? En general, cualquier caída o salida de una conducta típica o “normal” ya es clasificada como enfermedad mental. Ahí tenemos la omnipresente depresión, diagnosticada a mansalva por los psiquiatras, especialmente en los países más desarrollados, y tratada con los correspondientes productos químicos. O sea, en la práctica, lo que puede ser una situación transitoria de desánimo o pesadumbre ante un contexto personal complicado se diagnostica de inmediato como depresión. Asimismo, la simple tristeza por causas perfectamente comprensibles y objetivas también es depresión. Incluso los niños difíciles, hiperactivos o con problemas de atención en la escuela ahora son rápidamente encuadrados en alguna enfermedad mental –como el famoso TDAH– que lógicamente debe combatirse con potentes fármacos.

A todo esto, desde los años 60 se ha instaurado entre la profesión médica y el conjunto de la sociedad[1] el dogma no discutido de que todos los trastornos mentales, graves o leves, son producto de un desarreglo biológico; para ser más concretos, un desequilibrio químico en el cerebro. La pregunta ahora sería: ¿Y cómo lo pueden demostrar? ¿Son fiables los diagnósticos? ¿Y las propias definiciones de las enfermedades?

La cruda verdad es que los diagnósticos clínicos son en realidad meras descripciones de conductas humanas, pues no hay pruebas de laboratorio o de ningún otro tipo que certifiquen objetivamente lo que es un “trastorno mental”. Esto es, no hay análisis de sangre, saliva u orina, escáneres cerebrales, pruebas genéticas, etc. que apoyen los llamados “diagnósticos”. En otras palabras, así como se pueden medir los niveles de azúcar en pacientes de diabetes, no hay forma de medir los niveles de neurotransmisores en el cerebro, y en consecuencia no se puede ajustar o equilibrar algo que no es objeto de medición. En suma, si los problemas mentales tienen –supuestamente– un origen biológico, ¿por qué no pueden experimentarse o demostrarse según los criterios aceptados del método científico? En la práctica, esto no preocupa demasiado a los psiquiatras. Además, aparte de no existir prueba científica alguna de un origen biológico o genético de los trastornos, se ignora cualquier otro factor (por ejemplo, causas sociales o circunstancias externas) y se sigue manteniendo el mantra del desequilibrio químico, que exige como respuesta una intervención química.

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Manual DSM (5ª edición) de la APA

De este modo, los psiquiatras recurren a una especie de etiquetado (en realidad, un menú de ciertos comportamientos) para decidir quién es enfermo mental y quién no. Así, los especialistas disponen de un manual o listado estándar de desordenes mentales que se va actualizando cada cierto tiempo a fin de diagnosticar científicamente a sus pacientes y aplicar el correspondiente remedio químico facilitado por las compañías farmacéuticas. El manual más empleado en todo el mundo es el DSM (The Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), editado por la APA (American Psychiatric Association). Este manual ha ido incrementando exponencialmente los trastornos mentales desde su primera edición de 1952. Así por ejemplo, el DSM-I registraba unos 60 trastornos, el DSM-II (1968) llegó a doblar esta cifra y el DSM-III (1980) ya superaba los 200 trastornos.

El sistema funciona de manera muy simple. Primero, se describe una serie de conductas calificadas de anómalas, cuyo origen o motivación no puede identificarse de un modo objetivo o científico (lo cual parece ser irrelevante). Luego se procede a asociar un fármaco –o varios– a estas supuestas anomalías con el objetivo de lograr un efecto químico sobre los desarreglos cerebrales. Finalmente, se cierra el dogma y los psiquiatras sólo han de poner una etiqueta al paciente y recetarle el arsenal previamente definido. Y por supuesto, no existe ningún método empírico que permita discutir o refutar el diagnóstico del experto, pues no hay modo de objetivizarlo. Las consecuencias de este proceder son muy graves, como apunta el testimonio del doctor Mark Gold:

“Hasta un 40% de todos los diagnósticos de depresión son diagnósticos erróneos de enfermedades físicas comunes o raras… Hay al menos 75 enfermedades que primero aparecen con síntomas emocionales. Las personas que padecen esas enfermedades a menudo son encerradas en hospitales psiquiátricos.”[2]

Existe una enorme casuística de personas que fueron diagnosticadas con un trastorno mental sin que se les hubiera hecho un completo reconocimiento médico, lo que provocó a su vez un erróneo tratamiento con psicofármacos. Por ejemplo, una joven ejecutiva norteamericana de 27 años fue hospitalizada por haber tratado de suicidarse con una sobredosis de antidepresivos recetados por su terapeuta, después de un fallido año de psicoterapia a causa de síntomas como fatiga, abatimiento y problemas cognitivos. Y justo en esa hospitalización los médicos detectaron que la paciente sufría de hipotiroidismo, que puede manifestarse con síntomas como los ya citados. En consecuencia, se le dio el tratamiento adecuado, dejó de tener “síntomas psiquiátricos” y recuperó su bienestar.

Por tanto, no sólo ya es cuestión de calificar ciertas conductas como enfermedades, sino que muchas enfermedades de origen físico pueden ser metidas en el saco de la psiquiatría sólo a partir de determinados síntomas externos. Y no hace falta decir que cualquiera que esté enfermo ya ve su conducta, humor o ánimo alterados en mayor o menor grado. En fin, esto hace décadas que funciona así y prosigue en aumento exponencial, porque las enfermedades se redefinen regularmente para incluir a cada vez más personas y porque los sistemas de sanidad pública prescriben masivamente estos productos, con lo cual resulta que el porcentaje de población afectado por algún trastorno mental es cada vez más alto. Incluso para cualquier “bajón”, el médico de cabecera ya tiende a prescribir este tipo de drogas, aunque sean las más “suaves”.

La aceptación de la pseudociencia

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Leon Eisenberg

Con todo, lo más chocante –que bien merece ser destapado a la luz pública– es que los propios psiquiatras son conscientes de la arbitrariedad de su ciencia y de la evidente debilidad de su teoría química. Así, sin grandes aspavientos, han reconocido finalmente que sus definiciones de enfermedades mentales son fallidas y sin base científica. Por ejemplo, el doctor Leon Eisenberg, uno de los promotores del manual DSM-II y “descubridor” del TDAH en 1968, admitió pocos meses antes de morir en 2009 que el TDAH no era una enfermedad. Otro destacado psiquiatra norteamericano, el doctor Allen Frances, redactor del DSM-IV en 1994, reconoció en una entrevista concedida en 2010 que no había manera objetiva de definir con claros límites los conceptos de enfermedades mentales. El doctor Frances, empero, aun aceptando que las definiciones de los trastornos eran vagas, defendía la postura oficial con una metáfora: el diagnóstico es parte de una cierta magia, y se basa en algo parecido a los confusos mapas de estilo medieval, en los cuales se dibujaban dragones donde no se sabía a ciencia cierta lo que había, pero el mapa seguía siendo necesario para saber a qué atenerse. En definitiva, Frances justificaba que, aun siendo todo muy borroso e indefinido, era preciso “poner dragones” (etiquetas) y así ofrecer referencias tanto a los facultativos como a los pacientes.[3]

Para añadir más leña al fuego, otro notable psiquiatra como el doctor Ronald Pies, editor jefe de la revista Psychiatric Times, reconoció en el número de dicha publicación del 11 de julio de 2011 lo siguiente:

“En verdad, la noción del desequilibrio químico siempre fue una especie de leyenda urbana, nunca una teoría seriamente sopesada por los psiquiatras bien informados. En los últimos 30 años no creo haber oído a un psiquiatra reconocido y bien formado que haya hecho tal absurda afirmación [sobre el desequilibrio químico en el cerebro], excepto quizá para burlarse de ella. La imagen del desequilibrio químico ha sido promovida intensamente por algunas compañías farmacéuticas, a menudo en detrimento de la comprensión de nuestros pacientes.”

Cabe destacar que, naturalmente, ni esta –ni las otras declaraciones tan directas– llegó a los grandes medios de comunicación, como ninguna otra crítica procedente de un médico, llegando incluso a casos de censura, como le sucedió al doctor Peter Gotzsche, cuya entrevista para la Contra del prestigioso diario barcelonés La Vanguardia nunca se llegó a publicar (las farmacéuticas forman parte del patrocinio de dicha publicación).

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¿Las adicciones también serán “trastornos mentales”?

No obstante, pese a este evidente discurso autocrítico, la perversión del DSM y la teoría biológica sigue en pie y es más apreciable por cuanto va incluyendo nuevas conductas (“trastornos”) que en realidad son hábitos promovidos por el propio sistema de vida impuesto desde lo más alto. Por ejemplo, el manual DSM-V ya se planteaba incluir como trastornos las adicciones más comunes (alcohol, tabaco, drogas, etc.) y las recientes adicciones a los juegos de azar y a Internet, así como a las personas que tienen fantasías sexuales, afectadas de un supuesto “trastorno hipersexual”. Claro que en otras ocasiones, determinadas etiquetas fueron eliminadas de los listados por presiones concretas. Así, en 1973 los psiquiatras gays consiguieron que la homosexualidad fuese borrada como enfermedad, o en 1980 las feministas se rebelaron contra el etiquetado de un cierto síndrome pre-menstrual.

Para cerrar este tema es oportuno citar las palabras del doctor Thomas Szasz, profesor emérito de psiquiatría, sobre la inequívoca naturaleza pseudocientífica de la psiquiatría:

“Desde que reflexioné por primera vez sobre asuntos como la locura y los manicomios y especialmente el encarcelamiento de personas dementes en asilos de dementes –mucho antes de ir a la universidad y mucho menos a la facultad de medicina– me pareció que todo el edificio de la psiquiatría se basa en dos falsas premisas, a saber: que las personas llamadas pacientes mentales tienen algo que otros no tienen: una enfermedad mental; y que les falta algo que otros sí tienen: libre albedrío y responsabilidad. En resumen, la psiquiatría es un castillo de naipes, aguantado por nada más, o menos, que la creencia general en la verdad de sus principios y en la bondad de sus prácticas. Si esto es así, entonces la psiquiatría es una religión, no una ciencia; un sistema de control social, no un sistema para tratar la enfermedad.”[4]

El monstruo farmacológico

A partir de aquí entraríamos a valorar la segunda parte del problema de la psiquiatría. Si ya es grave afrontar una “anomalía” que está difusamente definida, qué se puede decir de la más que dudosa eficacia de los medicamentos químicos, que en los mejores casos pueden ser inocuos y en los peores pueden causar serios daños colaterales a través de los potentes efectos secundarios. En este sentido, muchos tratamientos serían algo parecido a lo que coloquialmente se conoce como “matar moscas a cañonazos”. En cualquier caso, aunque el medicamento logre apaciguar o tranquilizar al paciente, no hay verdadera curación, pues no se ataca la raíz del problema. Como afirma la doctora Joanna Moncrieff:

“La toma de un fármaco psicoactivo produce efectos tales como la sedación o el sentirse aturdido o enlentecido, que pueden cambiar la experiencia y el comportamiento de las personas sin afectar al proceso subyacente. Por ejemplo, muchos antidepresivos tienen efectos sedativos. Estos efectos quizás ayuden a la persona a dormir, le reduzcan la ansiedad o simplemente la aturdan y por ello no se sienta deprimida. Todos estos fenómenos pueden interpretarse como una mejoría de la depresión, pero ninguno de ellos implica que haya ningún cambio real en el estado emocional subyacente de los individuos.”[5]

Libro_GoetzscheEn realidad, se trata del mismo problema de fondo que afecta a la medicina moderna occidental: el recurso masivo a una gran cantidad de fármacos que “cubren” todo el espectro de dolencias identificadas, y que constituyen un enorme negocio que funciona a todo gas tanto en la sanidad privada como en la pública. Así, no es de extrañar que vayan surgiendo “nuevas dolencias” para las cuales se aplican novedosos productos específicos que deberán ser tomados durante largos periodos de tiempo o incluso de forma crónica. Vamos pues a hablar de los fármacos.

Según el doctor danés Peter Gotzsche[6], los psicofármacos están muy extendidos, son un gigantesco negocio mundial, y sobre todo son perjudiciales para la salud, hasta el punto de ser mortales. Gotzsche, en su investigación y conocimiento profesional de la psiquiatría y de estos fármacos, ha llegado a una serie de conclusiones, compartidas mayormente por otros investigadores, que se pueden resumir en los siguientes puntos:

  • Existe la “denegación organizada” por parte del colectivo de psiquiatras, que consiste en mantener contra viento y marea el dogma del desequilibrio químico pese a la falta de pruebas científicas que lo avalen. Lo que ocurre en realidad es exactamente lo contrario: la aplicación de las drogas psiquiátricas sí produce desequilibrios y cambios (daños) en el cerebro.
  • Los antidepresivos “no sirven”, no curan realmente y son peligrosos para la salud, incluyendo un alto porcentaje de suicidios. Los propios pacientes reconocen que tales drogas no les hacen efecto, a diferencia de lo que opinan los psiquiatras. En general, estos productos causan mucho más daño que beneficio y deberían emplearse mucho menos, sólo un 2% de lo que se hace actualmente, reservándolos únicamente para casos agudos.
  • El consumo prolongado de psicofármacos suele provocar adicción y síndrome de abstinencia en caso de dejar de tomarlos. Asimismo, los efectos secundarios de estos medicamentos son múltiples y peligrosos. Además, se oculta que muchos episodios psicóticos, como los tiroteos de “asesinos locos”, son causados por el consumo (y posterior abstinencia) de estas sustancias.
  • Existen psicofármacos que son auténticas drogas dañinas, que son legales si se prescriben con receta pero son ilegales si se compran en la calle. Este es el caso de los fármacos empleados para combatir el TDAH, que en realidad son anfetaminas y pueden causar daño cerebral permanente. Y tales medicamentos son prescritos para niños.

Veamos ahora otros relevantes datos sobre los psicofármacos, profundizando un poco más en algunos de los más prescritos para los trastornos mentales más comunes.

Toxic_psychiatryEl famoso Prozac, aparecido a finales de los años 80 y comercializado por la empresa Eli Lilly, es uno de los antidepresivos más recetados mundialmente. Sin embargo, en opinión del doctor Peter Breggin, autor del notable libro Toxic Psychiatry, el Prozac nunca debería haber sido aprobado por las autoridades sanitarias, por una serie de razones. En primer lugar, porque los estudios previos ignoraron el efecto estimulante del fármaco. De hecho, para paliar la agitación de las personas se acostumbraba a recetar una serie de sedantes (como el Valium, entre otros), lo que contaminaba e invalidaba los efectos propios del Prozac. En segundo lugar, porque los investigadores mintieron sobre el número de personas sometidas a prueba, alegando que fueron miles cuando el número real fue mucho menor. Además, los efectos colaterales negativos registrados –hasta en un 50% de las personas que tomaron el medicamento– fueron ignorados. En tercer lugar, las pruebas excluyeron a propósito a determinados pacientes que luego sí recibirían el fármaco, como suicidas, psicóticos y personas afectadas de trastornos emocionales.

Por lo demás, el Prozac ha demostrado que potencia los suicidios (o intentos de suicidio), y que comporta otros graves efectos como violencia, episodios psicóticos, distonía o discinesia muscular, ansiedad, hiperactividad, insomnio, disfunción sexual y, en suma, la propia depresión que supuestamente debería contrarrestar. ¡Hasta la empresa Eli Lilly tuvo que reconocer en un documento que Prozac podía causar depresión, si bien este hecho no consta en el prospecto del medicamento! En la práctica, los pacientes sienten al principio un efecto subidón a causa de la naturaleza estimulante del fármaco, pero luego van cayendo progresivamente en los efectos negativos asociados y en la depresión.

Ritalin
Ritalin, una droga prescrita a niños y adolescentes

Si nos referimos a algunos fármacos prescritos para el trastorno bipolar, como el Valprotae, el Lithium o el Risperdal, los estudios han demostrado que pueden causar graves efectos como daño cerebral, daños en el hígado, inflamación del páncreas, reducción de la capacidad cognitiva, colapso circulatorio periférico, temblores, debilidad muscular, presión intercraneal, etc. Otro fármaco altamente peligroso es el Ritalin, recetado básicamente para el TDAH, o sea, para un público infantil o adolescente. En realidad, este medicamento es un tipo de anfetamina y entre sus efectos secundarios tenemos psicosis paranoica, alucinaciones (visuales y auditivas), ataques de pánico, agresividad, insomnio, hipertensión, convulsiones, daño cerebral, etc. Y una vez más, los estudios imparciales demostraron que administrar drogas antidepresivas a los jóvenes es un auténtico despropósito. Así, en el artículo Antidepressants for Children (“Antidepresivos para niños”)[7] de Rhoda Fisher y Seymour Fisher, las autoras concluían:

“A pesar de la unánime literatura de estudios de doble-ciego[8] que indican que los antidepresivos no son más eficaces que los placebos para el tratamiento de la depresión en niños y adolescentes, tales medicaciones siguen siendo de amplio uso.”

Se mire como se mire, los perjuicios causados por estos psicofármacos ya están más que probados. En datos de 1991, el Dr. Breggin cifraba que sólo en EE UU había al menos 300.000 personas con daño cerebral causado por la toma de fármacos anti-psicóticos (tranquilizantes fuertes). Y si hablamos de muertes, las llamadas benzodiazepinas, recetadas ampliamente para combatir la ansiedad y otros trastornos mentales, han resultado ser los psicofármacos más nocivos (pese a ser considerados productos suaves), especialmente cuando son tomados de forma prolongada, con un índice de mortalidad que puede superar al de la cocaína y la heroína, como se constató en estudio realizado en Canadá.[9]

Intereses y demandas

Por supuesto, alguien podría preguntarse cómo se ha podido llegar a este punto, cuando supuestamente los fármacos han pasado un amplio periodo de pruebas, han superado todos los controles de calidad y han sido aprobados por las autoridades sanitarias con el sello de ser efectivos frente las dolencias diagnosticadas. Aquí deberíamos hablar de dos problemas, uno más evidente y otro bastante más oscuro, que dejaremos para el final. Lo más obvio es que existe un grave conflicto de intereses entre el mundo académico, los reguladores y los productores (la farma-industria), pues en muchos casos son las mismas personas o tienen vínculos más o menos directos, por no hablar del papel de las financiaciones, subvenciones, becas, regalos o estímulos. Así, la psiquiatría no es más que una parte del gran cártel médico-farmacéutico internacional, y en muchos países existe un negocio común de hospitales psiquiátricos, empresas farmacéuticas y compañías aseguradoras de salud.

FDA
Sede de la FDA (EE UU)

Teóricamente, la entidad pública reguladora (en Estados Unidos es la poderosa FDA, Food and Drug Administration) debería ser independiente, pero en la práctica no lo es y queda bajo la influencia del enorme poder económico y político de la Farmafia, y no es arriesgado decir que muchos expertos de la FDA están en la nómina de las grandes compañías. Y es más, según revela el Dr. Breggin, la propia FDA sabe que muchos de los productos aprobados –en psiquiatría u otras especialidades– luego resultan ser nocivos, pero no siempre se toman las oportunas medidas para retirarlos del mercado. Como ha señalado la doctora Lisa Cosgrove[10], se pueden encontrar sin dificultad numerosas conexiones entre los responsables de los ensayos clínicos, los redactores del manual DSM y las empresas farmacéuticas. De este modo, no es de extrañar que el gran crecimiento de la prescripción de psicofármacos vaya de la mano del aumento de las enfermedades mentales identificadas y registradas en el DSM.

Obviamente, tanto daño y mortalidad ha sacudido las conciencias de muchas personas, lo que se ha traducido en demandas judiciales por parte de pacientes o familiares de pacientes contra algunas empresas del cártel farmacéutico. Sin embargo, en la práctica, las demandas no han tenido un efecto directo en la retirada de fármacos o en un mayor control de la producción y administración de éstos. En los Estados Unidos, por ejemplo, se presentaron varias demandas contra Eli Lilly, fabricante del Prozac, pero muchos de los casos no llegaron a juicio, pues fueron resueltos de forma discreta y confidencial fuera de los tribunales. En otras palabras, la empresa pagó fuertes sumas a los afectados para que no hubiera ninguna publicidad sobre las demandas.

Incluso cuando el Prozac fue investigado por la FDA en relación con casos de violencia y suicidio, resultó que muchos de los expertos citados a declarar recibían dinero de Eli Lilly en calidad de consultores. Asimismo, es oportuno reseñar que las propias administraciones estatales o federales de los EE UU actuaron puntualmente contra Eli Lilly y otros grandes emporios farmacéuticos –como Pfizer, Johnson & Johnson, GlaxoSmithKline, Akzo Nobel, etc.– por malas prácticas y por daños a la salud causados por los psicofármacos, pero no hubo ninguna repercusión pública relevante. Simplemente, las compañías pagaron fuertes multas y se dio carpetazo al asunto. En fin, para poner las cosas en su contexto, basta señalar que en 2016 sólo en los Estados Unidos la industria de la salud mental generó unas ganancias de más de 200.000 millones de dólares, con lo cual las sanciones resultan ser peccata minuta.

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Esta teoría se publicitó masivamente al gran público través de un artículo de la revista Life en 1963.

[2] Fuente: Mark Gold, The Good News About Depression, 1986, p.XV (fragmento traducido del inglés)

[3] Fuente: GREENBERG, G. Inside the battle to define mental illness. (2010) Artículo aparecido en el sitio web Wired.

[4] Fuente: NULL, G. The hidden side of psychiatry. 1995.

[5] MONCRIEFF, J. Hablando claro. Una introducción a los fármacos psiquiátricos. Ed. Herder. Barcelona, 2013.

[6] Médico y biólogo danés, crítico con la moderna medicina actual en muchos de sus aspectos. Autor de los libros Medicinas que matan y crimen organizado: cómo las grandes farmacéuticas han corrompido el sistema de salud (2014) y Psicofármacos que matan y denegación organizada (2016). La mayoría de las opiniones atribuidas aquí al Dr. Gotzsche proceden de la entrevista realizada a la periodista Alish durante la presentación de su último libro en Barcelona (20 de setiembre de 2016).

[7] De la publicación The Journal of Nervous and Mental Diseases (1996, v.184, no.2).

[8] Pruebas clínicas en las que tanto los pacientes como los médicos ignoran si se están empleando fármacos reales o placebos.

[9] Fuente: http://www.bibliotecapleyades.net/archivos_pdf/impact-benzodiazepine-use-mortality.pdf

[10] Psicóloga de la Universidad de Massachussets (Boston), autora de un artículo en el Journal of Psychotherapy and Psycosomatics sobre la cuestión del conflicto de intereses. El artículo original en inglés se puede leer en: https://www.karger.com/Article/FullText/357499#AC

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2 respuestas a “¿Qué clase de ciencia es la psiquiatría? (1ª parte)

  1. Leon Eisenberg, como el resto de “grandes genios” de la psiquiatría, tienen un mismo origen étnico.

    Los “antiguos” no iban tan desencaminados, a veces, al identificar y tratar los trastornos mentales, hay mucha exageración a costa de los farsantes que también hubo. De cualquier modo, modificar artificialmente la química del cerebro, no es la mejor forma de tratar un desorden producido generalmente por una alteración natural… de la química del cerebro.
    No se trata de curar o tratar, como en el resto de la medicina actual, se tratad de rentabilizar a los pacientes y convertir en pacientes al mayor número posible de personas.

    Sobre los antidepresivos… Ya nos advirtieron del SOMA hace muchos años.

    Un saludo.

    1. Gracias Piedra

      Te remito a la segunda parte del artículo que saldrá este mes de abril para obtener mayores certezas, pero a mi entender la única química -lesiva- la ponen ellos (lo dicen los propios médicos con un poco de vergüenza o coherencia). Y en fin, no he cargado las tintas sobre los orígenes de Eisenberg ni he mencionado al ínclito Sigmund Freud, para no desviarme por otros derroteros.

      Saludos,
      X.

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