¿Qué clase de ciencia es la psiquiatría? (2ª parte)

Descargas eléctricas para “curar” el cerebro

electroshockLamentablemente, la oscura sombra de la psiquiatría no se reduce al tremendo impacto de las terapias farmacológicas; existen otras facetas no menos siniestras e inquietantes. En efecto, el tema de los tratamientos psiquiátricos durante el siglo XX ha sido objeto de otras polémicas, pues no podemos olvidar los tremendos efectos físicos y psíquicos del electroshock (modernamente llamado “terapia electro-convulsiva” o TEC), implantado en los años 30 y que fue aplicado a muchas personas con trastornos graves, provocándoles un importante daño cerebral, sobre todo en lo referente a su memoria.

El primer tratamiento de electroshock fue implementado en 1938 por un psiquiatra llamado Ugo Cerletti tras haber observado los efectos de la electrocución de cerdos en un matadero. Los cerdos no resultaban muertos pero sí tan fuertemente aturdidos que resultaba más fácil matarlos y descuartizarlos. Cerletti decidió aplicar esta “terapia” a los humanos, previos experimentos con perros no exentos de cierta crueldad. Según sus estudios, Cerletti llegó a la conclusión que una descarga de 125 voltios durante unas décimas de segundo en la cabeza de un ser humano no comportaría ningún daño y sí beneficios.

Así pues, este tipo de terapia se fue generalizando en la segunda mitad del siglo XX y los psiquiatras reconocieron que los efectos positivos de la electro-convulsión estaban asociados al dolor y al terror; esto es, el terror del shock hacía que el paciente volviese a la realidad. Tal proceder no era nuevo, pues desde el siglo XIX ya se defendía y se practicaba la terapia del terror –en realidad tortura– con un fuerte componente de dolor, degradación y vergüenza con la vana esperanza de sanar la locura. Y por cierto, las dosis eléctricas actuales han aumentado hasta un abanico de entre los 180 y los 460 voltios, con una duración que puede llegar a los 6 segundos, provocando una fuerte convulsión. Los tratamientos más habituales suelen ser de unas diez o doce sesiones de shock durante varias semanas. No obstante, en los años 70 en el Reino Unido se llegaron a administrar a algunos pacientes hasta 20 shocks al día para “limpiar la mente y permitir que se reconstruyera”.

Los críticos a la TEC opinan que lo único que se consigue con esto es destruir las células cerebrales a base de corriente eléctrica. Lo que ocurre es que la TEC envía una descarga de cientos de voltios a través del cerebro, el cual –al verse privado de oxígeno– hace que llegue más sangre a él. Seguidamente, los vasos sanguíneos se rompen, dañando el cerebro y provocando una disminución cerebral. Y como resultado de la falta de oxígeno y la destrucción de las neuronas, la persona sufre una convulsión. Si esto no es tortura al más puro estilo medieval…

Los efectos más directos observados se centran en la pérdida de memoria, lo que resulta indicado para las depresiones severas, pues la memoria del paciente queda tan afectada que olvida los motivos que provocaron su depresión. De hecho, hace décadas que se constató científicamente que la TEC causaba la pérdida de todo lo adquirido recientemente, hasta llegar a auténticos cuadros de amnesia permanente. Concretamente, ya en 1947 se reconocía que los pacientes sometidos a TEC sufrían una seria restricción en su intuición y imaginación, una especie de lobotomía a una escala menos severa, aparte de deterioros y cambios en la personalidad del individuo. En cuanto a los casos más graves que comportan muerte por TEC, las estadísticas oficiales de la APA hablan de 1 entre 10.000, pero según la verificación a cargo de fuentes independientes serían de 1 entre 200 (50 veces más).

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Estimulación cerebral eléctrica

Otra terapia paralela a la TEC es la llamada estimulación cerebral profunda (o eléctrica), promovida hace unos pocos años por la Universidad de British Columbia (Canadá), y que consiste en insertar mediante cirugía unos filamentos eléctricos en el cráneo del paciente a fin de administrarle una leve corriente de 3 voltios durante las 24 horas del día para curarle de su depresión. Esta iniciativa ha sido vista con gran interés médico y político pues la depresión es ya la mayor causa de discapacidad en el mundo occidental, y de hecho las pruebas mostraron que se podía cambiar el humor y las emociones de la persona de forma relativamente fácil. Ahora bien, esta terapia ha comportado importantes efectos secundarios como déficits cognitivos, tendencias suicidas, cambios en la personalidad, e incluso algunos casos de apoplejía y muerte a causa de la intervención quirúrgica. Además, para los críticos, esta tecnología está muy próxima a las antiguas lobotomías (prohibidas desde los años 70) y plantea numerosas cuestiones bioéticas que están aún por resolverse.

Lo cierto es que ni la propia FDA ha aprobado la TEC y se ha limitado a dar un visto bueno no muy riguroso a la maquinaria empleada. Entretanto, los psiquiatras –pese a no entender realmente cómo funciona la TEC– la siguen empleando y considerando un método eficaz y seguro. Sólo en los EE UU unas 100.000 personas al año reciben este tratamiento, que por otra parte ofrece suculentos beneficios económicos (unos 3.000 millones de dólares) a la industria psiquiátrica, al igual que sucedía con el cártel farmacéutico.

Agresiones, abusos y secuestros

Ahora bien, la psiquiatría ha ido más allá de la TEC en su búsqueda de soluciones para los supuestos trastornos mentales de los pacientes y en este ámbito cabe citar algunas experiencias que sólo pueden ser calificadas de terribles. Uno de los episodios más funestos fue la llamada terapia del sueño profundo, que se administró entre 1963 y 1979 en un centro psiquiátrico australiano cercano a Sydney y que consistía en llevar al coma al paciente a través de barbitúricos y sedantes, encadenarlo a una cama y mantenerlo dormido durante dos o tres semanas. Durante este tiempo, los pacientes recibían electroshocks hasta dos veces diarias, y lo que es peor, a menudo sin su consentimiento. Los efectos fueron muy severos en términos de daño cerebral y otros perjuicios, sin contar las 48 personas que nunca despertaron del sueño profundo. En los años 90 se realizó una profunda investigación sobre el caso, que reveló que más de 1.000 pacientes –hasta niños de 12 años– habían sido sometidos a esta terapia por diversos motivos, como depresión, anorexia o adicción a las drogas, y que muchos murieron después en otros hospitales. Es evidente que aquí no podemos hablar de terapia sino de agresión o incluso tortura.

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Medidas de fuerza para controlar a los pacientes

Por otra parte, es harto sabido que el tratamiento de los trastornos mentales más severos arrastra desde el pasado la sombra de los malos tratos, la aplicación de la fuerza para la represión, u otras imposiciones (como la famosa “camisa de fuerza”). Dejando a un lado los episodios de coerción o privación de libertad que trataremos más adelante, es oportuno citar que algunos pacientes bajo tratamiento psiquiátrico son víctimas de abusos sexuales por parte de sus terapeutas o bien en el entorno de una institución psiquiátrica. Según algunos estudios, hasta un 20% de los psiquiatras cometen abusos sexuales con sus pacientes, siendo éstos menores en algunos casos[1]. Muchos de esos abusos no acaban en demanda ni en juicio, pero incluso cuando una víctima decide enfrentarse a su agresor no siempre se toman medidas ejemplares o eficaces. Este fue el caso de la americana Pat Garring que –después de sufrir abusos continuados por parte de su psiquiatra– decidió demandarlo, sólo para descubrir que tal persona ya había sido investigada por otros 17 casos similares durante un periodo de 20 años. Finalmente, su caso llegó a juicio en los años 90, pero el psiquiatra no sufrió ninguna condena, sólo fue obligado a renunciar a su licencia, pues en el estado de Utah el abuso sexual a pacientes no se consideraba un delito.

Pero si estas situaciones, aun siendo muy graves, son relativamente esporádicas, no ocurre lo mismo con las personas mayores, que son objeto de un trato degradante en muchas ocasiones, al tiempo que se les obliga a tomar una gran cantidad de psicofármacos a fin de mantenerlos sedados. En los EE UU incluso los propios trabajadores sociales pueden sacar a una persona mayor de una residencia geriátrica o de un centro de asistencia y enviarla a un hospital psiquiátrico pues disponen del poder legal para ello, sin que cuente la opinión de la familia.

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La reclusión psiquiátrica puede darse previo arresto policial

Finalmente, cabe reseñar en este apartado la práctica del “secuestro psiquiátrico”; esto es, personas que son obligadas contra su voluntad a recibir un tratamiento psiquiátrico (a veces extraordinariamente agresivo), con privación de libertad y en algunos casos con previo arresto policial. En los EE UU existe una alarmante casuística de este tipo de prácticas. Se calcula que en ese país cada 75 segundos una persona es involuntariamente ingresada en un centro psiquiátrico donde puede ser sometida a retención, medicación con fármacos o incluso electroshock. El doctor Gary Null recogió algunos de los casos más dramáticos como el de una mujer llamada Marsha Stocker, que ingresó en una clínica para un chequeo y resultó que le diagnosticaron un trastorno de alimentación. Intentó dejar la clínica, pero le impidieron marcharse con el pretexto de que no podía cuidar de sí misma y que tenía tendencias suicidas[2]. Seguidamente le obligaron a tomar Prozac, bajo amenaza de ser retenida indefinidamente. Al final pasó 48 días en esa clínica, y sufrió una intervención quirúrgica sin su consentimiento.

Mención aparte merecería el oscuro tema de la psiquiatría punitiva, esto es, el uso de la psiquiatría para encerrar y castigar en centros especiales a personas “conflictivas” o “indeseables” por una u otra causa, sometiéndolas a duros tratamientos contra su voluntad. Esto se llegó a aplicar incluso a nivel político en la Rusia soviética con los disidentes, pero –según se reconocía en un informe de 2004 para la Federación Internacional de Helsinki para los derechos humanos– es una práctica que sigue en activo y que no parece estar en vías de desaparición. 

La influencia de la psiquiatría sobre la educación y la infancia

Desde hace ya unas décadas, la psiquiatría se ha ido orientando progresivamente hacia la infancia, tratando de resolver problemas reales o ficticios de los niños, sobre todo en el campo del aprendizaje y la conducta social. El objetivo último de este interés ha sido “corregir” a los niños que se salen de una aparente normalidad o media, al considerar que esa diferencia es una disfunción, trastorno o enfermedad y que por tanto debe ser atendida por la psiquiatría y atacada por medio de psicofármacos, al igual que se hace con los adultos.

Como ya se mencionó en su momento, las alteraciones de comportamiento de algunos niños se convirtieron en un diagnóstico de déficit de atención e hiperactividad, el trastorno “etiquetado” como TDAH, que carece completamente de base científica. Las autoridades sanitarias y educativas han creído que este es un grave problema para el sistema educativo, para las familias y obviamente para el propio niño y por ello se han lanzado a detectar y tratar a estos niños en todos los países desarrollados. Los datos de la pasada década revelaban que se prescribían psicofármacos a unos 20 millones de niños en todo el mundo, 9 millones sólo en los Estados Unidos, con una fuerte tendencia al alza; de hecho, la prescripción de estos productos se había multiplicado por diez entre 1987 y 2009. Cabe reseñar que, aunque es una práctica minoritaria, se recetan estos fármacos a niños menores de cinco años, cuyo cerebro está aún en pleno desarrollo.

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¿Psicofármacos para mejorar el rendimiento escolar?

El propósito de esta medicación es conseguir que el niño esté más calmado y en general, que sea más manejable por los docentes y los padres, con el objetivo final de que se centre en los estudios y mejore su rendimiento académico. No obstante, el resultado más habitual de los fármacos es que el niño quede anulado o atontado, pero sin cambios notables en el ámbito escolar. De hecho, no está demostrado que la terapia mejore el rendimiento académico apreciablemente. Y con toda la desfachatez del mundo, un reputado pediatra como el doctor Michael Anderson declaró al diario New York Times que –haya o no trastorno de atención– las pastillas estimulantes ayudan en la escuela, con el espurio argumento social de favorecer una igualdad de oportunidades.

Lo que sí se ha comprobado es que estas medicaciones provocan que el niño se habitúe a las drogas –porque no son otra cosa– y experimente efectos parecidos a los que sufren los drogadictos. Por otra parte, se aprecia una falta completa de exploración de otras vías, pues el niño podría padecer alguna enfermedad física identificable o estar condicionado por factores sociales o familiares, pero todo ello queda marginado ante la imposición de la doctrina psiquiátrica. Con todo, la gran mayoría de conductas se justificarían simplemente porque el niño es más inteligente, despierto o curioso y se aburre o no se acomoda a las normas e imposiciones del sistema.

El medicamento más prescrito es el Ritalin –cuyos efectos perniciosos ya citamos– pero hay otras opciones no menos perjudiciales que provocan como efectos secundarios conductas violentas, obesidad, psicosis, alucinaciones, ataques de corazón, diabetes, etc. Sin embargo, lo peor es que en algunos casos, estas medicaciones han llegado a provocar suicidios o tentativas de suicidio, y están detrás de algunas situaciones psicóticas extremas como los terribles tiroteos en centros educativos. Asimismo, según datos de Naciones Unidas, unos 250.000 niños-soldados son drogados por grupos revolucionarios o terroristas con anfetaminas y tranquilizantes para que puedan afrontar los combates durante días, haciendo de ellos una especie de zombis.

Veamos la opinión cualificada del doctor Gotzsche sobre la administración de estos psicofármacos a niños:

“De ninguna manera puede ser bueno para su salud darles una sustancia química que modifica sus cerebros. Ésta hace que los niños estén más tranquilos, cierto, lo cual es bueno para los maestros, y tal vez para los padres, pero no para ellos. Además, también se vuelven menos curiosos y tienden a aislarse de las demás personas. Ya sabemos que el cerebro en desarrollo necesita de mucha interacción con otras personas y que la curiosidad es buena porque ayuda a que el cerebro se desarrolle. Si de algún modo se entorpecen esos procesos… no puede resultar nada bueno para la salud.”

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Los psicofármacos causan estragos entre los jóvenes

Para cerrar este apartado, creo oportuno mencionar una historia real narrada por el doctor Breggin en su libro Toxic Psychiatry, que deja bien al descubierto la toxicidad e inutilidad del tratamiento de jóvenes a través de psicofármacos, hasta el punto de destrozar su salud y su porvenir. Breggin nos habla de una joven estudiante universitaria de 18 años llamada Roberta. Se trataba de una chica muy brillante en los estudios, con notas muy altas. Sin embargo, al avanzar en el ambiente universitario se vio afectada y preocupada por sus relaciones con los chicos, por conseguir el éxito académico y por sus expectativas de futuro. Todo esto hizo que recurriera a los servicios universitarios de psicoterapia, que le diagnosticaron una depresión y le prescribieron Haldol, un fármaco neuroléptico (antidepresivo o antipsicótico). En los siguientes cuatro años, hasta seis médicos diferentes constataron que Roberta sufría un grave deterioro neurológico pero le no avisaron ni a ella ni a su familia del daño en forma de discinesia (movimientos musculares involuntarios), y ello a pesar que padecía de evidentes tics o sacudidas. En vez de reorientar la terapia, lo único que hicieron fue recetarle otros neurolépticos.

Finalmente, un terapeuta de rehabilitación advirtió las carencias de Roberta y la envió a un médico general, que hizo el diagnóstico correcto de daño por efecto de los fármacos. Sin embargo, para entonces el daño físico ya era muy apreciable, por no hablar de la pérdida de un 30% del coeficiente intelectual. El médico vio que gran parte del daño ya era permanente en forma de fuertes convulsiones y espasmos por casi todo el cuerpo, hasta el punto de tener dificultades para estar de pie, sentarse o acostarse, o incluso simplemente para sostener una taza contra sus labios o para hablar normalmente. En suma, aun dejando los fármacos para así experimentar una cierta mejoría, el médico concluía que las perspectivas para Roberta de recuperar una vida normal eran nulas. 

La psiquiatría como ingeniería social

Hemos presentado aquí un panorama ciertamente preocupante (o más bien devastador), por cuanto la psiquiatría no sólo se muestra como un fraude científico sino como una seria amenaza a la salud de todos los ciudadanos, desde los niños hasta los ancianos. Sin embargo, varios investigadores han seguido profundizando en el tema y han hallado otras derivaciones siniestras que van mucho más allá de lo que sería la aparente motivación de fomentar un fabuloso negocio a costa de la salud de los pacientes. Vamos a explorar seguidamente ese lado más oscuro de la psiquiatría, que debería hacernos reflexionar sobre a qué clase de “ciencia” nos enfrentamos.

Para empezar, nos debemos referir al claro enfoque racista, eugenésico y elitista de la psiquiatría casi desde sus principios. Por ejemplo, el considerado padre de la psiquiatría estadounidense, Benjamin Rush, ya decía en 1799 que los negros debían su color a una enfermedad y que se les haría un gran favor si se les liberaba de su “negritud” pues ésta parecía ser causa de infelicidad entre ellos. Y yendo un poco más allá, la ciencia de mediados del siglo XIX –en plena época de la esclavitud– consideró que la rebeldía o desobediencia de los negros eran “trastornos mentales”[3]. Más adelante, a finales del siglo XIX, el fundador del American Journal of Psychology, G. Stanley Hall, afirmó que ciertas razas (negros, indios, chinos…) eran razas adolescentes y que por tanto su esclavitud estaba justificada al no ser aún “adultas”, aduciendo además que su coeficiente intelectual estaba bien por debajo del de los blancos.

Con estos antecedentes, no es de extrañar que el siglo XX viera una creciente política de discriminación y eugenesia basada en criterios pseudocientíficos y supremacistas en que determinadas minorías y colectivos fueron objeto de todo tipo de abusos. Así, en los EE UU se implantaron políticas de esterilización bajo justificaciones psiquiátricas que incidieron especialmente en la población negra, a la cual se le diagnosticaba muy fácilmente la esquizofrenia (hasta 15 veces más que los blancos). Esta tendencia, lamentablemente, se ha prolongado hasta la actualidad, siendo la comunidad negra la más afectada por tratamientos de psicofármacos y TEC en dicho país.

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Ernst Rudin

Asimismo, hubo una abierta conexión entre los psiquiatras americanos y los nazis, lo que redundó en políticas eugenésicas muy similares. De hecho, uno de los profesionales alemanes más reputados y más partidarios de la eugenesia, Ernst Rudin, fue un referente para la psiquiatría norteamericana al defender que la higiene racial y la higiene mental debían ir unidas. Según su filosofía, se debía aplicar tratamientos eficaces a todos aquellos que padecían de enfermedades o retrasos mentales, pobreza, alcoholismo, criminalidad, etc., porque se consideraba que eran factores hereditarios que habían de ser cortados de raíz. Cuando Hitler llegó al poder, Rudin dirigió la política eugenésica del nuevo régimen y dio cobertura científica a las prácticas racistas y criminales de los nazis, lo que comportó la eliminación física de unos 375.000 pacientes de instituciones mentales en Alemania. Y aún después de la caída del nazismo, la influencia de los psiquiatras nazis fue muy grande en los EE UU pues se siguieron promoviendo medidas de control eugenésico para ciertos sectores de población con coeficiente intelectual bajo o que pudieran desarrollar determinados trastornos mentales, a fin de lograr a la larga una población de niños “de carácter sólido y marcada inteligencia”.

Pasadas ya muchas décadas podríamos pensar que todo esto forma parte de los horrores del siglo XX, pero por desgracia la psiquiatría sigue funcionado hoy en día como correctora de ciertas minorías y les aplica sus habituales remedios. Así, hace pocos años el diario británico Dayly Mail[4] se hizo eco de un estudio aparecido en el British Medical Journal en el cual se ponía de manifiesto que entre 1999 y 2013 se había sometido a tratamiento de antipsicóticos a un gran número de personas con dificultades de aprendizaje, sin que tuvieran realmente síntomas de trastorno mental grave (o incluso leve). Entre los afectados se hallaban personas con síndrome de Down, epilepsia, demencia o autismo, o simplemente personas con problemas de comunicación o socialización, o bien con un comportamiento calificado como desafiante. En suma, estaríamos ante una política de medicalización forzosa de ciertos colectivos más o menos incómodos que requieren ser controlados o sedados, sin que ni siquiera presenten una clara disfunción en términos psiquiátricos.

Y eso no es todo; ya dijimos que había algo más que un fabuloso negocio farmacéutico. La psiquiatría moderna aún esconde intenciones más inconfesables, relacionadas con planes de control mental masivo, experimentos de modificación conductual y estrategias políticas de salud mental orientadas claramente a la imposición de un régimen global de tipo “Gran Hermano”. Sólo por poner unos pocos ejemplos, cabe citar que en la primera mitad del siglo XX algunos psiquiatras británicos, como John R. Rees y William Sargant, introdujeron una agresiva psiquiatría a los soldados que padecían de neurosis de guerra, con tratamientos a base de fuertes fármacos, que luego se trasladaron a la población civil con la creación en 1920 de la Clínica Tavistock. Más adelante se implementó el llamado coma insulínico, que a pesar de registrar un muy escaso índice de resultados positivos, fue aplicado en la Segunda Guerra Mundial a unos 20.000 soldados estadounidenses como remedio a “histerias por ansiedad”.  

Pasados los grandes conflictos mundiales, la Fundación Rockefeller se interesó por estas terapias, a fin de generalizarlas a un amplio espectro de la población, y por ello patrocinó generosamente la creación del Instituto Tavistock de Relaciones Humanas, por el que pasarían muchos de los médicos que habían estado en la Clínica Tavistock. A su vez, Sargant proseguiría en Londres con sus terapias de coma insulínico y electroshock, principalmente con niñas y mujeres, a las que se daban órdenes hipnóticas mientras estaban totalmente sedadas y sometidas a fuertes descargas.

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El documento “globalista”

Y por cierto, es pertinente destacar que todas estas iniciativas y experimentaciones psiquiátricas estuvieron muy ligadas a los servicios de inteligencia británicos (MI5/MI6) y norteamericanos (CIA) y que formaron parte de la estrategia de control mental y modificación de la conducta llamada MK-Ultra. De hecho, no es difícil ver las conexiones entre estos experimentos psiquiátricos más siniestros y las políticas sociales del más alto nivel. Sin ir más lejos, en un congreso de salud mental celebrado en Londres en 1948 –con la participación de Rees– se presentó un documento titulado Mental Health and World Citizenship (“Salud mental y ciudadanía mundial”). Dicho documento defendía una propuesta tan inequívoca como ésta: “Los principios de salud mental no pueden ser promovidos con éxito en ninguna sociedad a menos que exista una progresiva aceptación del concepto de ciudadanía mundial. La exploración sistemática de la mente humana, tanto enferma como sana, realizada por los psiquiatras y otros en las últimas décadas aportan nociones sobre la naturaleza y dimensiones del problema que la humanidad enfrenta actualmente.”

En definitiva, una clara alusión a la tutela –a través de la psiquiatría– que ha de ejercer el poder global sobre las mentes de todos los habitantes del planeta. Como siempre, “por nuestro bien”.

Si nos situamos en la actualidad, se aprecia en efecto un horizonte de control total de la población al estilo “Gran Hermano”, marcado por la progresiva injerencia del estado en la salud y la vida de las personas. Así, cada vez se insiste más en mantener y aumentar los servicios de sanidad universales –para toda la sociedad– a cargo del estado. El objetivo es que todo el mundo pase a situarse bajo la tutela de las autoridades, que decidirán qué es lo mejor para todos y aplicarán los remedios necesarios en cada caso. En este sentido, la psiquiatría ocupa un lugar cada vez más importante, pues se quiere evitar que los trastornos mentales se generalicen y puedan causar un daño global en la sociedad, aparte de los casos extremos de personas que pierden completamente el juicio y provocan terribles dramas humanos, como los episodios de violencia, tiroteos, etc.

El gobierno norteamericano se ha puesto muy serio en este tema, y en concreto hace pocos años la administración Obama decidió impulsar un programa llamado Proyecto de cartografía del cerebro, nacido tras el terrible tiroteo de Sandy Hook, a fin de descubrir los mecanismos de degeneración cerebral y “proteger” así a toda la población de los perturbados mentales. Además, se prevé instaurar en un futuro próximo –aquí viene lo bueno– una vigilancia constante mediante modernos recursos tecnológicos[5] de las comunicaciones por teléfono móvil, ordenador, u otros medios para detectar señales de comportamientos potencialmente “peligrosos” que obligaran a emprender una actuación psiquiátrica. Dicho de otro modo, todo el enorme volumen de información que corre a través de las llamadas TICs puede ser rastreado, registrado y empleado para realizar diagnósticos preventivos de problemas mentales o conductuales.

dinero electronico
El móvil puede “rastrear” los supuestos trastornos

De hecho, ya en 2014 un equipo de investigadores de la Universidad de Tel Aviv (Israel) lanzó una aplicación para smartphone capaz de detectar cambios en las pautas conductuales de las personas. Con esta aplicación, que envía los datos en tiempo real a los especialistas, se puede llegar a saber el número de llamadas realizadas, los mensajes de texto enviados, los lugares visitados por la persona (vía GPS), a qué hora se va a la cama, etc. Todo ello, según los investigadores, constituía un conjunto de indicadores de la salud mental de la persona que puede ayudar a los facultativos a detectar un trastorno antes de que se desarrolle plenamente. Incluso se decía que la aplicación podía detectar una depresión con un 90% de fiabilidad. En suma, una vez definidos ciertos parámetros de normalidad a través de unos marcadores, cualquiera que se salga de ellos podrá ser identificado como anormal y pasará a ser objeto de atención psiquiátrica.

Reflexión final

Visto lo visto, parece fácil sacar una conclusión tremendamente pesimista y negativa de la psiquiatría. No obstante, ya he puesto de manifiesto que existe una firme crítica al sistema actual por parte de un sector de los propios profesionales médicos, que han reconocido que en la mayoría de los casos la intervención farmacológica es claramente perjudicial. Con todo, el problema persiste, pues los psiquiatras han de tratar a las personas que padecen desequilibrios o crisis y para ello deberían buscar las respuestas adecuadas en términos de diagnósticos fiables y de terapias eficaces que se alejen de la agresividad y toxicidad de las prácticas actuales, huyendo del habitual ataque a los síntomas o de la mera sedación. Y todo esto teniendo en cuenta que en muchos casos no hay trastornos mentales –ni siquiera enfermedades– sino factores externos que afectan a las personas y que no deben ser tratados “médicamente”.

En este sentido, no soy quien para extender recetas, pues carezco del conocimiento científico del tema, pero creo que sería de sentido común dar más peso a las psicoterapias, a los tratamientos naturales que hayan probado su eficacia y sólo puntualmente a ciertos fármacos que puedan ayudar sin dañar la salud. Y todo ello desde el respeto y amor hacia los pacientes haciendo que se sientan arropados por su entorno personal y por los terapeutas para restablecer su equilibrio emocional o, en su caso, para poder llevar una vida autónoma, mínimamente satisfactoria y digna.

Entretanto, me temo, es la propia sociedad civilizada la que nos lleva a constantes situaciones de angustia, paranoia y desequilibrio, y de rebote nos mete en ese oscuro mundo farmacológico, cuyos efectos ya hemos expuesto reiteradamente. También me temo que los amos del mundo, los que marcan nuestras vidas a través de su gigantesco entramado de poder e influencia, son los auténticos locos peligrosos, los psicópatas del más alto grado que hacen de su aberrante psique la normalidad para todos los que ostentan altas posiciones.

En fin, nada de esto me sorprende demasiado en este mundo en que todo está invertido. Tal vez quieran que seamos perfectos autómatas que no pueden afrontar el conflicto, el dolor, la tristeza, la desazón. Por ello, nos invitan a estar permanentemente drogados para evitar todo eso, hasta convertirnos en seres débiles y manipulables. ¿Es esto lo que queremos realmente? ¿O nos vamos a dar cuenta de que la enfermedad –mental o no– es un camino para aprender y avanzar?

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Bibliografía y referencias

BREGGIN, P.R., Toxic Psychiatry. Fontana. Londres, 1993.

GØTZSCHE, P. Medicamentos que matan y crimen organizado. Los libros del lince, 2014.

GØTZSCHE, P. Psicofármacos que matan y denegación organizada. Los libros del lince, 2016.

MONCRIEFF, J. Hablando claro. Una introducción a los fármacos psiquiátricos. Ed. Herder. Barcelona, 2013.

NULL, G. The hidden side of psychiatry. 1995.

RAPPOPORT, J. Exposing Psychiatry as a Fraud from Top to Bottom. Sitio web Waking Times, 2018.

V.V. A.A. El nacimiento de la ingeniería social llamada psiquiatría. Ser y Actuar, 2017.


[1] Fuente: Making a killing: the untold story of psychotropic drugging. Documento publicado por cchr.org

[2] La ley permite en los EE UU retener a un paciente durante al menos 96 horas (cuatro días) “por su bien”.

[3] Un médico llamado Cartwright llegó a identificar en 1851 dos enfermedades mentales asociadas a la conflictividad de los negros a las que puso sus correspondientes nombre en latín.

[4] Fuente: http://www.dailymail.co.uk/news/article-3219060/Chemical-cosh-scandal-Thousands-patients-no-history-mental-illness-needlessly-given-cocktail-anti-psychotic-drugs.html

[5] Estas tecnologías ya están siendo desarrolladas y se llaman Mindstrong Health y Sonde Health.


4 respuestas a “¿Qué clase de ciencia es la psiquiatría? (2ª parte)

  1. Magnífico artículo, Xavier. Completamente de acuerdo. El panorama es totalmente pesimista y lo peor es la indefensión de estos pacientes que pierden totalmente sus derechos cuando entran en centros psiquiátricos y pasan a ser “tutelados”, sin posibilidad alguna de decidir sobre qué tipo de terapia aceptan o cual rechazan. Recomiendo el interesante artículo/vídeo de Alish https://timefortruth.es/2017/10/26/desamparados/ en el que un abogado con experiencia en enfermería denuncia las condiciones abusivas en las que se encuentran esos pacientes psiquiátricos. Lo más grave es que, bajo una falsa acusación de desequilibrio mental, cualquiera podría ser retenido en contra de su voluntad en una institución mental y ser sometido a tratamiento forzoso.

    Años atrás, cuando se pusieron de moda las lobotomías, sin tener ni el instrumental para percibir qué partes del cerebro se estaban dañando, ni el conocimiento que se tiene actualmente sobre la anatomía y funcionamiento de las diferentes áreas corticales, se produjeron auténticas monstruosidades y mucha gente quedó muy dañada a nivel cerebral de forma irreversible. Si hay un área de la medicina en la que se ha trabajado sin una base sólida de conocimiento, sin duda esa es la psiquiatría. Teniendo en cuenta que el cerebro es el único órgano irremplazable, en el que se encuentran la base de la personalidad, la memoria, las funciones cognitivas y todo aquello que nos hace persona, es mucha la arrogancia de estos pseudocientíficos que juegan a ser Dios.

    1. Amiga Netmel

      No puedo estar más de acuerdo con tu exposición. De entre todas las ramas de la medicina moderna alopática, la psiquiatría se lleva la palma en cuanto a pseudociencia, agresión y abuso de poder. Yo ya no sé qué más decir para que la gente vea claramente en qué clase de mundo vive y qué tipo de seres son las llamadas “autoridades” (los que trabajan por “nuestro bien”).

      Saludos

  2. Hay que recordar a las personas ingresadas en psiquiátricos en la URSS pues fue una técnica de represión muy importante en la última etapa del Gulag.

    1. Gracias Pablo

      Sí, ya lo he mencionado muy de pasada, pero así fue. Es más fácil y justificable reprimir a un disidente alegando que es un peligroso perturbado en vez de una persona normal que se atreve a desfiar al régimen (el que sea).

      Saludos

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