Cuando la física cuántica topó con la conciencia

quantumEn más de una ocasión me he referido en este blog a la feliz conexión que se dio en el siglo XX entre una de las corrientes de la ciencia más avanzada, la física cuántica, con determinados planteamientos metafísicos o filosóficos que incluso podrían vincularse a las antiguas tradiciones espirituales orientales. En efecto, la física cuántica fue más allá de los clásicos fundamentos del mundo material y se internó audazmente en el mundo subatómico del quantum, donde las reglas de juego parecían no ser las mismas.

A partir de aquí empezaron a surgir preguntas, dudas e incertidumbres sobre la solidez y objetividad de la realidad material, así como sobre el papel del observador a la hora de percibir o medir dicha realidad. Desde estas reflexiones, la física cuántica empezó a centrar su atención en la conciencia, la intención y la creación, y acabó por cuestionar seriamente muchos axiomas del paradigma materialista, en particular en lo referente a que la conciencia no es más que un producto de la actividad cerebral (o sea, un proceso bioquímico). Todos estos planteamientos, a su vez, abrieron la puerta a nuevas preguntas sobre la existencia de la causalidad, el libre albedrío, el funcionamiento de la mente, los infinitos mundos potenciales, la ilusión del espacio y del tiempo, etc.

Sobre este encuentro entre la conciencia y la física cuántica quisiera presentar ahora un material de primera categoría que fue sin duda uno de los artículos estrella de la desaparecida publicación digital Dogmacero. Se trata de un artículo a cargo del investigador británico David Pratt en el cual el autor desarrolla principalmente la relación a tres bandas entre la conciencia, la causalidad y el universo cuántico, tomando como base las propuestas de científicos tan prestigiosos como Bohm, Eccles, Peat, Sheldrake o Schrödinger (el del famoso gato que está vivo y muerto a la vez… teóricamente). En fin, creo que este documento divulgativo será de gran interés para todos aquellos que sienten fascinación por la física cuántica y su proyección filosófica e incluso espiritual.

 

Conciencia, causalidad y física cuántica

Introducción

La teoría cuántica está considerada generalmente como una de las teorías científicas más exitosas jamás formuladas. Sin embargo, mientras que la descripción matemática del mundo cuántico permite el cálculo de las probabilidades de los resultados experimentales con un alto grado de precisión, no existe un consenso sobre lo que ello significa en términos conceptuales. Seguidamente, exploraremos algunos de los temas relacionados con esta cuestión.

La incertidumbre cuántica

De acuerdo con el principio de incertidumbre, la posición y la velocidad de una partícula subatómica no se puede medir al mismo tiempo con una precisión superior a la fijada por la constante de Planck. Esto es debido a que en cualquier medición una partícula debe interactuar con al menos un fotón, o quantum de energía, el cual actúa tanto como partícula y como onda, lo que perturba la medición de una manera impredecible e incontrolable. Una medición precisa de la posición de un electrón en su órbita por medio de un microscopio, por ejemplo, requiere el uso de una luz de onda corta, con el resultado de que se transfiere a los electrones una velocidad grande pero impredecible. Por otro lado, una medición precisa de la velocidad del electrón requiere de cuantos de luz de muy baja velocidad (y por lo tanto de onda larga), lo que conduce a un gran ángulo de difracción en la lente y a una mala definición de la posición.

Bohm
David Bohm (1917-1992)

Sin embargo, según la interpretación convencional de la física cuántica, no sólo nos es imposible medir la posición de una partícula y la velocidad simultáneamente con igual precisión: una partícula no posee propiedades bien definidas cuando no está interactuando con un instrumento de medición. Por otra parte, el principio de incertidumbre implica que una partícula nunca puede estar en reposo, sino que está sujeta a constantes fluctuaciones, incluso cuando no se está llevando a cabo la medición, y se supone que tales fluctuaciones no tienen ninguna causa en absoluto. En otras palabras, se cree que el mundo cuántico está caracterizado por una indeterminación absoluta, una ambigüedad intrínseca y un desorden irreductible. Como el difunto físico David Bohm (1984, p. 87) expuso: “se supone que en cualquier experimento particular, el resultado preciso que se obtiene es completamente arbitrario, en el sentido de que no tiene relación alguna con cualquier otra cosa que existe en el mundo, o que haya existido alguna vez.”

Bohm (1984, p. 95) consideró que el abandono de la causalidad había sido demasiado apresurado: “Es muy posible que, si bien la teoría cuántica, y con ella el principio de indeterminación, son válidos hasta un muy alto grado de aproximación en un cierto dominio, ambos dejan de tener relevancia en nuevos dominios por debajo de aquel en que se aplica la teoría actual. Así pues, la conclusión de que no existe un nivel más profundo de movimiento causalmente determinado es un razonamiento circular, ya que seguirá sólo si suponemos de antemano que no existe ese nivel.” La mayoría de los físicos, sin embargo, se contentan con aceptar la asunción del azar absoluto. Volveremos sobre esta cuestión más adelante en relación con el tema del libre albedrío.

El colapso de la función de onda

Un sistema cuántico está representado matemáticamente por una función de onda, que se deriva de la ecuación de Schrödinger. La función de onda se puede utilizar para calcular la probabilidad de encontrar una partícula en cualquier punto particular en el espacio. Cuando se realiza una medición, la partícula, por supuesto, se encuentra en un solo lugar, pero si se supone que la función de onda provee una descripción completa y literal del estado de un sistema cuántico –como lo es en la interpretación convencional­– ello implicaría que entre las mediciones la partícula se disuelve en una “superposición de ondas de probabilidad” y está potencialmente presente en diversos lugares a la vez. Entonces, cuando se realiza la siguiente medición, se supone que este paquete de onda “colapsa” instantáneamente, de forma manera arbitraria y misteriosa, en una partícula localizada de nuevo. Este repentino y discontinuo “colapso” viola la ecuación de Schrödinger, y no tiene otras explicaciones en la interpretación convencional.

Dado que el dispositivo de medición que supuestamente colapsa la función de onda de una partícula está en si mismo compuesto de partículas subatómicas, parece que su propia función de onda tendría que ser colapsada por otro dispositivo de medición (que podría ser el ojo y el cerebro de un observador humano), que a su vez debería ser colapsado por otro dispositivo de medición, y así sucesivamente, lo que nos lleva a una regresión infinita. De hecho, la interpretación estándar de la teoría cuántica implica que todos los objetos macroscópicos que vemos a nuestro alrededor existen de forma objetiva y concreta sólo cuando están siendo medidos u observados. Schrödinger ideó un famoso experimento mental para exponer las consecuencias absurdas de esta interpretación. Se coloca un gato en una caja que contiene una sustancia radiactiva, de tal modo que existe una posibilidad del 50% de que un átomo se descomponga (o no) en una hora. Si el átomo se desintegra, se desencadena la liberación de un gas venenoso que mata al gato. Después de una hora el gato está supuestamente vivo y muerto a la vez (y todo lo que hay entre medio) hasta que alguien abre la caja y al instante se colapsa la función de onda en un gato vivo o muerto.

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Representación gráfica del problema teórico del “gato de Schrödinger”

Se han propuesto varias soluciones al “problema de la medición” asociado con el colapso de la función de onda. Algunos físicos sostienen que el clásico mundo, o macro-mundo, no sufre de ambigüedad cuántica, ya que puede almacenar información y está sujeto a una “flecha de tiempo”, mientras que se alega que el mundo cuántico, o micro-mundo, es incapaz de almacenar información y es reversible en el tiempo (Pagels, 1983). Un enfoque más extravagante es la hipótesis de los muchos mundos, que afirma que el universo se divide cada vez que se lleva a cabo una medición (o una interacción parecida a una medición), de manera que todas las posibilidades representadas por la función de onda (por ejemplo, un gato muerto y un gato vivo) existen objetivamente, pero en diferentes universos. Se supone que nuestra propia conciencia, asimismo, está dividiéndose constantemente en diferentes seres que habitan estos mundos que proliferan sin cesar y no están comunicados.

Otros teóricos especulan con que es la conciencia la que colapsa la función de onda y por lo tanto crea la realidad. Según este punto de vista, una partícula subatómica no asume propiedades definidas cuando interactúa con un dispositivo de medición, sino sólo cuando la lectura del dispositivo de medición se registra en la mente de un observador (que puede ser, por supuesto mucho tiempo después de que la medición haya tenido lugar). De acuerdo con la versión más extrema y antropocéntrica de esta teoría, sólo los seres autoconscientes como nosotros pueden colapsar las funciones de onda. Esto significa que todo el universo debe haber existido originalmente como “potencial” en un reino trascendental de probabilidades cuánticas hasta que los seres autoconscientes evolucionaron y colapsaron ellos mismos y el resto de su división de la realidad en el mundo material, y que los objetos permanecen en un estado de la realidad sólo mientras están siendo observados por los seres humanos (Goswami, 1993). Otros teóricos, sin embargo, creen que las entidades no auto-conscientes, incluyendo gatos y posiblemente incluso electrones, pueden ser capaces de colapsar sus propias funciones de onda (Herbert, 1993).

La teoría del colapso de función de onda (o colapso del estado-vector, como a veces se denomina) plantea la cuestión de cómo las ondas de probabilidad, que se piensa que representa la función de onda, pueden colapsar en una partícula si no son más que construcciones matemáticas abstractas. Dado que la idea misma de paquetes de onda extendiéndose y colapsando no se basa en sólidas pruebas experimentales, sino sólo en una interpretación particular de la ecuación de onda, vale la pena abordar una de las principales interpretaciones alternativas, la de David Bohm y sus seguidores, que proporciona una explicación inteligible de lo que puede estar ocurriendo a nivel cuántico.

El orden implicado
Erwin_Schrödinger_(1933)
Erwin Schrödinger (1887-1961)

La interpretación ontológica de Bohm de la física cuántica rechaza la hipótesis de que la función de onda ofrece la descripción más completa de la realidad posible, y por lo tanto evita la necesidad de introducir la mal definida e insatisfactoria noción de colapso de función de onda (y todas las paradojas que conlleva). En su lugar, se asume la existencia real de partículas y campos: las partículas tienen una compleja estructura interna y siempre van acompañadas de un campo de onda cuántico, y actúan no sólo en función de las clásicas fuerzas electromagnéticas sino también por una fuerza más sutil, el potencial cuántico, determinado por su campo cuántico, que obedece a la ecuación de Schrödinger. (Bohm y Hiley, 1993; Bohm y Peat 1989; Hiley y Peat, 1991)

El potencial cuántico transporta la información de todo el entorno y proporciona conexiones directas y no locales entre los sistemas cuánticos. Guía a partículas de la misma manera que las ondas de radio guían una nave en piloto automático, no por su intensidad sino por su forma. Es extremadamente delicado y complejo, de tal modo que las trayectorias de las partículas parecen caóticas. Ello corresponde a lo que Bohm llama el orden implicado, que puede ser concebido como un vasto océano de energía en el que el mundo físico, o explícito, es sólo una onda. Bohm señala que se ha reconocido la existencia de un pool de energía de este tipo, pero ha recibido poca atención por parte de la teoría cuántica estándar, que postula un campo cuántico universal –el vacío cuántico o el campo de punto cero– que subyace bajo el mundo material. Muy poco se sabe hasta el momento sobre el vacío cuántico, pero su densidad de energía se ha estimado en un astronómico 10108 J/cm3 (Forward, 1996, pp 328-37).

En su tratamiento de la teoría cuántica de campos, Bohm propone que el campo cuántico (el orden implicado) está sujeto a la influencia formativa y organizativa de un potencial súper-cuántico, que expresa la actividad de un orden super-implicado.

El potencial súper-cuántico provoca que las ondas converjan y diverjan una y otra vez, lo que produce un comportamiento promedio similar a una partícula. Las formas aparentemente separadas que vemos a nuestro alrededor son por tanto patrones sólo relativamente estables e independientes, generados y sostenidos por un incesante movimiento subyacente de pliegue y despliegue, con partículas que constantemente están disolviéndose en el orden implicado y luego vuelven a cristalizarse. Este proceso tiene lugar incesantemente, con una rapidez increíble, y no depende de que se realice una medición.

universo
Para Bohm, el universo “se define a sí mismo”

En el modelo de Bohm, pues, el mundo cuántico existe incluso cuando no está siendo observado y medido. Él rechaza la visión positivista de que si algo no puede ser medido o conocido con precisión, no puede decirse que exista. En otras palabras, no confunde la epistemología con la ontología, el mapa con el territorio. Para Bohm, las probabilidades calculadas para la función de onda indican las probabilidades de que una partícula esté en diferentes posiciones, con independencia de que se realice una medición, mientras que en la interpretación convencional indican las probabilidades de que una partícula llegue a existir en diferentes posiciones cuando se realiza una medición. El universo se define a sí mismo constantemente a través de sus incesantes interacciones (de las cuales, la medición sólo es un caso particular) y, por tanto, las situaciones absurdas –como los gatos que están vivos y muertos– no pueden surgir.

Así pues, aunque Bohm rechaza la idea de que la conciencia humana lleve a la existencia a los sistemas cuánticos, y no cree que nuestras mentes tengan normalmente un efecto significativo sobre el resultado de una medición (excepto en el sentido de que elegimos los parámetros experimentales), su interpretación abre el camino para el funcionamiento de niveles de realidad más profundos, más sutiles, más mentales. Sostiene que la conciencia está profundamente enraizada en el orden implicado, y por lo tanto está presente en cierto grado en todas las formas materiales. Él sugiere que puede haber una infinita serie de órdenes implicados, y cada uno de ellos tiene tanto su aspecto de materia como su aspecto de conciencia: “todo lo material es también mental y todo lo mental es también material, pero hay muchos niveles infinitamente más sutiles de la materia de los que conocemos” (Weber, 1990, p. 151). El concepto de dominio implicado podría considerarse como una forma extendida de materialismo, pero “igualmente se podría llamar idealismo, espíritu, conciencia. La separación de los dos –materia y espíritu– es una abstracción. El suelo es siempre uno.” (Weber, 1990, p. 101)

La mente y el libre albedrío

El indeterminismo cuántico está claramente abierto a interpretación: o significa causas ocultas (para nosotros), o una ausencia total de causas. La posición de que algunos eventos “simplemente ocurren” sin ninguna razón en absoluto es imposible de probar, dado que nuestra incapacidad para identificar una causa no significa necesariamente que no exista una causa. La noción del azar absoluto implica que los sistemas cuánticos pueden actuar absolutamente de manera espontánea, totalmente aislado de –y sin la influencia de– cualquier otra cosa en el universo. El punto de vista opuesto es que todos los sistemas están participando continuamente en una intrincada red de interacciones causales y e interconexiones en muchos niveles diferentes. Los sistemas cuánticos individuales ciertamente se comportan erráticamente pero, si no estuvieran sujetos a ningún factor causal, sería difícil entender por qué su comportamiento colectivo muestra regularidades estadísticas.

La postura de que todo tiene una causa, o más bien muchas causas, no implica necesariamente que todos los eventos, incluyendo nuestros propios actos y decisiones, estén rígidamente predeterminados por procesos puramente físicos, un punto de vista a veces llamado “determinismo duro” (Thornton, 1989). El indeterminismo en el nivel cuántico proporciona una oportunidad para la creatividad y el libre albedrío. Pero si este indeterminismo se interpreta en el sentido de azar absoluto, ello implicaría que nuestras elecciones y las acciones sólo aparecen inesperadamente de una forma totalmente aleatoria y arbitraria, en cuyo caso difícilmente podría decirse que son nuestras elecciones y la expresión de nuestro libre albedrío. Alternativamente, el indeterminismo cuántico podría ser interpretado como causalidad desde los niveles más sutiles, no físicos, de tal manera que nuestros actos de voluntad son causados, pero por nuestras propias mentes autoconscientes. Desde este punto de vista –a veces llamado “determinismo blando”– el libre albedrío implica la activa autodeterminación autoconsciente.

Según el materialismo científico ortodoxo, los estados mentales son idénticos a los estados del cerebro: nuestros pensamientos y sentimientos, así como nuestro sentido del yo, se generan por la actividad electroquímica del cerebro. Esto representaría que, o bien una parte del cerebro activa otra parte (que a su vez activa otra parte, etc.), o bien que una región particular del cerebro se activa espontáneamente, sin causa alguna, siendo difícil apreciar de qué modo una u otra alternativa serían la base para un yo consciente y el libre albedrío. Francis Crick (1994), que cree que la conciencia es básicamente un paquete de neuronas, dice que la sede principal del libre albedrío está probablemente dentro o cerca de una parte de la corteza cerebral conocida como el surco anterior cingulado, pero da a entender que nuestra sensación de ser libre es en gran parte, si no del todo, una ilusión.

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Sir John Eccles (1903-1997)

Aquellos que reducen la conciencia a un subproducto del cerebro no están de acuerdo sobre la relevancia de los aspectos mecánico-cuánticos de las redes neuronales: por ejemplo, Francis Crick, el fallecido Roger Sperry (1994), y Daniel Dennett (1991) tienden a hacer caso omiso de la física cuántica, mientras que Stuart Hameroff (1994) considera que conciencia surge de la coherencia cuántica en los microtúbulos que están dentro de las neuronas del cerebro. Algunos investigadores ven una conexión entre la conciencia y el vacío cuántico; por ejemplo, Charles Laughlin (1996) sostiene que las estructuras neurales que median la conciencia pueden interactuar no localmente con el vacío (o el mar cuántico), mientras que Edgar Mitchell (1996) considera que tanto materia como conciencia surgen del potencial energético del vacío. El neurocientífico Sir John Eccles desestima el punto de vista materialista como “superstición”, y aboga por el interaccionismo dualista: sostiene que hay un mundo mental, además del mundo material, y que nuestra mente o nuestro yo actúa en el cerebro (en particular, en el área motriz suplementaria del neocórtex) al nivel cuántico, incrementando la probabilidad de activación de las neuronas seleccionadas (Eccles, 1994; Giroldini, 1991). Eccles sostiene que la mente no sólo no es física, sino que es absolutamente no material y no sustancial. Sin embargo, si no estuviera asociada a alguna forma de energía-sustancia, sería una pura abstracción y por tanto sería incapaz de ejercer influencia alguna en el mundo físico. Esta objeción se aplica también a los anti-reduccionistas que rehúsan la palabra “dualista” y describen la materia y la conciencia como aspectos complementarios o diádicos de la realidad, si bien niegan a la conciencia cualquier naturaleza energética o sustancial, lo que implica que es algo básicamente diferente de la materia y, de hecho, una mera abstracción.

Hay una postura alternativa que se repite en muchas tradiciones místicas y espirituales: que la materia física es sólo una “octava” en un espectro infinito de materia-energía, o conciencia-sustancia, y que así como el mundo físico está en gran medida organizado y coordinado por los mundos interiores (astral, mental y espiritual), del mismo modo el cuerpo físico está en gran medida energizado y controlado por cuerpos más sutiles o campos de energía, incluyendo un cuerpo-modelo astral y una mente o alma (ver Purucker, 1973). De acuerdo con este punto de vista, la naturaleza en general, y todas las entidades que la componen, están formadas y organizadas principalmente desde el interior hacia el exterior, desde los niveles más profundos de su constitución. Esta guía interior a veces es automática y pasiva, dando lugar a nuestras funciones corporales automáticas y a nuestro comportamiento habitual e instintivo, así como a las operaciones regulares de la naturaleza en general, y algunas veces es activa y autoconsciente, como en nuestros actos de intención y voluntad. Un sistema físico sometido a influencias tan sutiles no es pues particularmente operado desde el exterior sino más bien guiado desde el interior. Además de influir en nuestros propios cerebros y cuerpos, la mente también parece ser capaz de afectar a otras mentes y cuerpos y otros objetos físicos a distancia, como se aprecia en los fenómenos paranormales.

EPR y ESP

Fue David Bohm y uno de sus seguidores, John Bell (del CERN), quienes pusieron la mayor parte de las bases teóricas de los experimentos EPR realizados por Alain Aspect en 1982 (el experimento mental original fue propuesto por Einstein, Podolsky y Rosen en 1935[1]). Estos experimentos demostraron que si dos sistemas cuánticos interactúan y luego se separan, su comportamiento se correlaciona de un modo tal que no puede explicarse en términos de señales que viajan entre los sistemas a la velocidad de la luz (o más lentamente). Este fenómeno se conoce como no-localidad, y da pie a dos interpretaciones principales: o bien implica una acción no mediada e instantánea a distancia, o bien implica la señalización más rápida que la luz.

Si las correlaciones no locales son literalmente instantáneas, efectivamente serían no causales; así, si dos eventos se producen absolutamente simultáneamente, “causa” y “efecto” serían indistinguibles, y no se podría decir que uno de los eventos provoca el otro a través de la transferencia de fuerza o energía, dado que no podría darse ninguna transferencia de manera infinitamente rápida. Por tanto, no habría que explicar ningún mecanismo de transmisión causal, y cualquier investigación se limitaría a las condiciones que permiten que se produzcan eventos correlacionados en diferentes lugares. Es interesante observar que en otro tiempo se consideraba que la luz y otros efectos electromagnéticos se transmitían instantáneamente, hasta que las pruebas observacionales demostraron lo contrario. La hipótesis de que las conexiones no locales son absolutamente instantáneas es imposible de verificar, ya que requeriría de dos mediciones perfectamente simultáneas, lo que exigiría un grado infinito de exactitud.

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Obra conjunta de Bohm y Hiley

Sin embargo, como David Bohm y Basil Hiley (1993, pp 293-4,347) han destacado, se podría falsificar experimentalmente. En efecto, si se propagan conexiones no locales no a velocidades infinitas, sino a velocidades superiores a la de la luz a través de un “éter cuántico” (un dominio subcuántico donde la teoría cuántica y la actual teoría de la relatividad se descomponen), entonces las correlaciones predichas por la teoría cuántica desaparecerían si se hicieran mediciones en periodos más cortos que los requeridos para la transmisión de las conexiones entre las partículas cuánticas. Tales experimentos están más allá de las capacidades de la tecnología actual, pero podrían ser posibles en el futuro. Si existen interacciones superlumínicas, éstas serían “no locales” sólo en el sentido de no físico.

La no-localidad se ha invocado como explicación de la telepatía y la clarividencia, aunque algunos investigadores creen que podría implicar un nivel más profundo de no-localidad, o lo que Bohm llama la “super-no localidad”, similar tal vez a la “resonancia mórfica” de Sheldrake (1989). Como ya se ha apuntado, si se equipara la no-localidad a conexión instantánea, ello implicaría que la información podría ser recibida a distancia exactamente en el mismo momento en que es generada, sin someterse a cualquier forma de transmisión. A lo sumo, se podría intentar comprender las condiciones que permiten la inmediata aparición de la información.

La posición alternativa es que la información –que es básicamente un patrón de energía– siempre consume tiempo para viajar desde su fuente hasta otro lugar, que la información se almacena en algún nivel parafísico, y que nosotros podemos tener acceso a esta información, o intercambiar información con otras mentes, si existen las condiciones necesarias de “resonancia simpática”. Al igual que ocurre con el EPR, la hipótesis de que la telepatía es absolutamente instantánea es indemostrable, pero se podrían diseñar experimentos que puedan falsearla. Dado que los fenómenos ESP (percepción extrasensorial) implican formas más sutiles de energía que viajan a velocidades finitas, pero quizá superlumínicas, a través de reinos súper-físicos, tal vez sería posible detectar un retraso entre la transmisión y la recepción, y también cierto debilitamiento del efecto a muy largas distancias, aunque es evidente que cualquier atenuación debe ser mucho menor que la experimentada por la energía electromagnética, la cual está sujeta a la ley del cuadrado inverso.

En cuanto a la precognición, la tercera categoría principal de ESP, una de las explicaciones posibles es que implica un acceso directo “no local” al futuro real. Alternativamente, puede implicar la percepción clarividente de un escenario futuro probable que está empezando a tomar forma sobre la base de las tendencias e intenciones actuales, de acuerdo a la idea tradicional de que los eventos próximos proyectan sus sombras frente a ellos. Bohm afirma que tal presagio tiene lugar “en lo profundo del orden implicado” (Talbot, 1992, p. 212), lo que algunas tradiciones místicas llamarían los reinos astrales o akásicos.

La psicokinética y el Mundo Invisible

La micro-psicokinética (micro-PK) implica la influencia de la conciencia sobre las partículas atómicas. En ciertos experimentos de micro-PK llevadas a cabo por Helmut Schmidt, unos grupos de individuos eran capaces, por lo general, de alterar las probabilidades de los sucesos cuánticos desde el 50% hasta entre el 51 y el 52%, y unos pocos individuos lo conseguían por encima del 54% (Broughton, 1991, p. 177). Los experimentos en el laboratorio PEAR de la Universidad de Princeton han arrojado como resultado un cambio menor de una parte entre 10.000 (Jahn y Dunne, 1987). Algunos investigadores han invocado la teoría del colapso de las funciones de onda mediante la conciencia a fin de explicar estos efectos. Se argumenta que en la micro-PK, en contraste con la percepción ordinaria, el sujeto observador ayuda a especificar lo que será el resultado del colapso de la función de onda, tal vez por alguna clase de proceso informativo (Broughton, 1991, pp 177-81). Eccles sigue un enfoque similar al explicar cómo actúan nuestras mentes en nuestros propios cerebros. Sin embargo, el concepto de colapso de la función de onda no es esencial para explicar la interacción mente-materia. De igual modo, bien podríamos adoptar el punto de vista de que las partículas subatómicas están parpadeando sin cesar dentro y fuera de la existencia física, y que el resultado del proceso es modificable a nuestra voluntad, que es una fuerza psíquica.

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Psicokinética (experiencia realizada en 1909)

La macro-PK implica el movimiento de objetos estables, normalmente inmóviles, mediante el esfuerzo mental; como fenómenos relacionados tendríamos la actividad poltergeist, las materializaciones y desmaterializaciones, el teletransporte y la levitación. Aunque se ha recogido una impresionante cantidad de pruebas de estos fenómenos por parte de los investigadores a lo largo de los últimos ciento cincuenta años (Inglis, 1984, 1992; Milton, 1994), la macro-PK es un área tabú, y atrae poco interés, a pesar de –o quizás debido a– su potencial para derribar el actual paradigma materialista y revolucionar la ciencia. Tales fenómenos implican claramente mucho más que la alteración del comportamiento probabilístico de las partículas atómicas, y se podrían considerar pruebas de fuerzas, estados de la materia, y entidades vivientes no físicas actualmente desconocidas para la ciencia. La confirmación de que tales cosas existen proporcionaría una indicación más de que dentro de la unidad holística de la naturaleza existe una infinita diversidad.

La posible existencia de planos más sutiles que interpenetran el plano físico está en cualquier caso abierta a la investigación (ver Tiller, 1993), y esto es más de lo que puede decirse acerca de las hipotéticas extra-dimensiones postuladas por la teoría de las cuerdas, de las cuales se dice que están enroscadas en un área de una milmillonésima de billonésima de billonésima de centímetro de ancho y que por tanto son completamente inaccesibles, o los hipotéticos “universos bebé” y “universos burbuja” postulados por algunos cosmólogos, que se dice que existen en alguna “dimensión” igualmente inaccesible.

La hipótesis de los reinos súper físicos no parece gozar del favor de muchos investigadores. Edgar Mitchell (1996), por ejemplo, cree que todos los fenómenos psíquicos implican una resonancia no local entre el cerebro y el vacío cuántico, y el consiguiente acceso a la información no local holográfica. A su juicio, esta hipótesis podría explicar no sólo la PK y las ESP, sino también las experiencias fuera del cuerpo y las experiencias cercanas a la muerte, las visiones y apariciones, así como las pruebas que generalmente se citan en favor de la reencarnación del alma. Él admite que esta teoría es especulativa, no validada, y que puede requerir una nueva física.

Con suerte, los nuevos estudios experimentales de los fenómenos relacionados con la conciencia, tanto normal como paranormal, nos aportarán los méritos de las distintas teorías contendientes que están a prueba. Estas investigaciones podrían profundizar en el conocimiento del funcionamiento tanto del reino cuántico como de nuestras mentes, y la relación entre ellos, e indicarnos si el vacío cuántico es realmente el nivel básico de toda existencia, o si hay reinos más profundos de la naturaleza a la espera de ser explorados.

© David Pratt 1997

Fuente: Dogmacero n.º 4 (2013)

Fuente original: “Consciousness, Causality, and Quantum Physics.Journal of Scientific Exploration, Vol. 11 , No. 1, pp. 69-78, 1997. (http://davidpratt.info/jse.htm)

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Bibliografía

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David Pratt es un investigador independiente británico, experto en lenguas modernas y traductor profesional, interesado en diversos ámbitos del conocimiento –desde la teosofía hasta las ciencias naturales– y muy particularmente en las anomalías científicas. Algunos de sus artículos han aparecido en publicaciones como el Journal of Scientific Exploration y el New Concepts in Global Tectonics Journal/Newsletter. Su página web es “Exploring Teosophy” (http://davidpratt.info)


[1] Las siglas EPR corresponden a las iniciales de estos tres científicos (nota del editor).

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