Referéndum: El incómodo espejo de la historia

urnaAhora hace un año tuvo lugar el famoso referéndum de independencia en Cataluña, que es ineludible objeto de interés y polémica por parte de los partidos y de los medios de comunicación. Como en este blog juego con otras reglas y evito en lo posible el proceloso pantano de la política, quisiera realizar al respecto unas observaciones no desde un punto de vista ideológico sino simplemente histórico, con la intención de sostener una vez más aquel dicho de que “la historia se repite”, y que algunos o no tienen memoria o bien tienen una memoria muy selectiva.

Para centrar los hechos recientes, recordemos que el Govern de la Generalitat había convocado un referéndum para preguntar a todos los ciudadanos del país si querían que Cataluña se convirtiese en estado independiente en forma de república, con una respuesta bien simple: “Sí” o “No”. La Generalitat, gobernada por nacionalistas-soberanistas, hizo campaña por el “Sí” y puso a toda su maquinaria de propaganda y comunicación en marcha haciendo gala de que el gobierno de todos no era de todos sino de los que iban a votar “Sí”. El “No”, simplemente, no se contemplaba ni se discutía; casi podíamos decir que no existía. En resumidas cuentas, era una nueva edición del referéndum amateur celebrado años antes, convocado igualmente por las fuerzas independentistas y con el respaldo del gobierno nacionalista, y al que sólo acudieron los seguidores independentistas, menos de la mitad de la población (que no llegaría ni al 40%, si tenemos en cuenta el porcentaje de población con derecho a voto que siempre se abstiene y que se sitúa sobre un 20%).

Ahora bien, en el caso de 2017 el gobierno central prohibió estrictamente el referéndum al alegar que el gobierno autonómico no tenía competencias constitucionales para ello. No obstante, los partidarios del “Sí” seguían insistiendo en la idea de que “referéndum es democracia” y que no se podía acallar la voz del pueblo. Entretanto, el “No” seguía sin aparecer por ninguna parte, pues los llamados constitucionalistas optaron por no entrar al trapo y se mantuvieron parapetados en el muro de la legalidad. Pese a todo, para tratar de retratar a sus adversarios, los soberanistas llegaron a pegar carteles falsos del “No” de los partidos contrarios a la consulta, pero a nadie engañaron.

Entonces, como ya se preveía inevitable, se metió la ley de por medio y los letrados de la Cámara catalana advirtieron a los políticos que podrían incurrir en desacato a la Justicia, con las consecuencias que se derivaban, pero la maquinaria de unos y otros siguió adelante y se produjo el lamentable choque de trenes que se pudo observar el día 1 de octubre. Lo cierto es que gobierno central no evitó la celebración del referéndum pese a sus denodados esfuerzos judiciales y policiales y además quedó retratado por una actuación policial a golpe de porra. Por lo demás, el referéndum presentó muchas irregularidades y dudas, como la posibilidad –comprobada– de votar varias veces, y el resultado en las urnas fue el esperado porque no se podía dar otra cosa, dado que casi todos los votantes eran soberanistas: una amplísima mayoría del noventa por ciento de “Síes”, que se convertían automáticamente en esta expresión que está tan de moda: “el mandato democrático”.

No voy a seguir con el relato porque es de todos conocido y es el que nos ha llevado a esta situación actual que no voy a entrar a valorar. Lo que sí creo importante es rescatar un análisis histórico y poner el espejo de los hechos frente a los que viven de un discurso victimista, supremacista o totalitario amparándose en las grandes palabras, como han hecho muchos políticos en todas las épocas y tipos de régimen. Vamos a retroceder exactamente 70 años con relación a 2017 y vamos a aterrizar en la oscura España de 1947. Lo que viene a continuación es un breve repaso a los hechos históricos, que luego –al compararlos con el momento presente– nos podrán facilitar las oportunas conclusiones.

En aquella época, tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen del general Franco seguía en su terrible miseria de posguerra agravada por el aislamiento político y económico internacional. Franco no tenía a esas alturas una clara definición de su régimen, que aún era el “Estado Español” (expresión tan querida por los nacionalistas para no decir “España”), y necesitaba legitimarse delante del pueblo y de la comunidad internacional, a fin de afianzarse en el poder y dar una apariencia democrática a su dictadura llamando a las urnas a los españoles, que no habían votado desde febrero de 1936. Con esta jugada, Franco pretendía dar cobertura legal y política a su mandato, sentar las bases de un estado fuerte a su único servicio[1], y convencer a los países democráticos de la bondad de su régimen, que años antes había estado asociado al fascismo y el nazismo.

De este modo, Franco propuso implementar una Ley de Sucesión[2], por la cual España se constituiría en “estado católico, social y representativo” en forma de reino… ¡pero sin rey! En la práctica, él ejercería un papel de dirigente vitalicio, con el título de “Jefe del Estado” hasta ser sucedido a su muerte o renuncia por un regente o rey (un miembro de la Casa Real escogido por él y que cumpliera una serie de condiciones) que gobernara bajo los mismos principios del Movimiento –el partido único– que él había modelado para juntar a todas las tendencias que habían combatido contra la República. En cuanto a la persona y plazo de la sucesión, Franco se reservaba la competencia de hacerlo “en cualquier momento”. En otras palabras, “ya habrá reino pero cuando y como yo estime oportuno”; o sea, una farsa política.

Con todo, se daba al pueblo la posibilidad de avalar la monarquía, si bien tutelada por Franco, cosa que no se hizo con la República en 1931, pues ésta fue proclamada en la calle[3] y no por el resultado de las urnas, que había dado la victoria a las candidaturas monárquicas. No obstante, y paradójicamente, el proyecto no contaba con el visto bueno de la propia realeza española, pues a Don Juan de Borbón se le presentó la Ley como un hecho consumado y sin ninguna capacidad de decisión o discusión. El heredero a la Corona, que era partidario de una monarquía democrática y constitucional, emitió el mes de abril de 1947 un manifiesto rechazando la Ley de Franco, que por supuesto jamás fue difundido en España. A esto se le podría llamar llanamente “engañar al pueblo”.

El caso es que el régimen puso en marcha todos los resortes de su aparato político y propagandístico de cara a realizar un referéndum popular, previsto para el 6 de julio, que diese cobertura “formal” a los planes de Franco y cuyo resultado no podía ser otro que la aprobación de dicha Ley. El “No” realmente no se contemplaba ni se debatía ni podía tener voz, y en cuanto a la abstención era considerada un auténtico crimen. La propaganda para aprobar esta Ley venía a decir poco menos que “no hay alternativa a lo que Franco propone, que es el bien absoluto, frente al abismo del No”. Literalmente, la prensa ponía las cosas muy claras. Había que votar “Sí” por estas razones: “Si quieres que Franco continúe rigiendo los destinos de España; si eres católico; si no deseas ver la patria en manos del comunismo, si rechazas toda suerte de injerencias extranjeras.” Los que votasen “No” sería para: “Ayudar a que Franco se marche, alentar el marxismo internacional y a los empresarios de la revolución, preparar el camino a la descomposición y ruina nacional, traicionar a cuantos dieron su vida por Dios y por España.” En un cartel de propaganda se podía leer, por ejemplo, “España no puede detenerse ni volver a la situación de 1936. Vota afirmativamente”. Además, no faltaron las presiones de Franco sobre las autoridades eclesiásticas para que se inmiscuyeran en política y dieran un amplio apoyo explícito al “Sí” del referéndum, consagrando lo que se vino a llamar más adelante el “nacional-catolicismo”.

Evidentemente, vista la presión del aparato gubernamental, y aunque para muchas personas el significado de la Ley de sucesión fuese más bien confuso, el referéndum sólo podía inclinarse hacia el “Sí” porque lo otro (¡lo que nadie podía defender ni argumentar!) era el mal completo y la ruina del país, algo inaceptable e inimaginable. Finalmente, el referéndum se celebró el día 6 de julio de 1947 sin ninguna verificación por parte de observadores internacionales, aunque sí tuvo cobertura informativa por parte de algunos medios extranjeros. Según los datos facilitados entonces y la revisión moderna[4], la participación sobre el censo de votantes registrados fue muy alta, de poco más del 88%. En cuanto a los resultados, el “Sí” se impuso de forma aplastante, con un 93% de los votos frente a un 4,7% de votos en contra y un 2,3% de votos en blanco. La Ley fue publicada en el BOE el 27 de julio, entrando en vigor inmediatamente.

Esto era lo que se esperaba y cualquier otra cosa hubiera sido una sorpresa. En cuanto a la limpieza de todo el proceso y el recuento de votos, algunos autores apuntan a que se dieron maniobras manipulativas o fraude, incluyendo la sorpresa de tener más votos que votantes censados; de hecho, en alguna fuente se cita que muchas personas votaron varias veces[5]. La gran rapidez con que se notificaron los resultados (en una era sin informática y con muchas precariedades) y las instrucciones dadas a los presidentes de las mesas sobre las actas y las papeletas levantan no pocas sospechas sobre lo sucedido. Esto no obsta a considerar a que el resultado iba a ser favorable para Franco con toda seguridad sin necesidad de trampas, pero éste necesitaba a toda costa una enorme participación y una mayoría cercana al 100%, lo que suele darse en las consultas organizadas por regímenes autoritarios. En todo caso, Franco tenía todas las cartas marcadas, pues ya el año anterior había encargado a la Falange un amplio y discreto estudio demoscópico en toda España para evaluar la viabilidad y éxito de su referéndum a medida[6].

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Instrucciones dadas a los presidentes de mesa en 1947 (Fuente: Romero Pérez, 2009)

Lo demás fue sólo poner toda la carne en el asador para el convencimiento de los dudosos y la obtención de un resultado excepcional, para lo cual incluso el propio Franco había puesto la guinda al radiar para todo el país un elaborado y patriótico discurso el día 4 de julio, dos días antes del evento. En suma, el referéndum fue un arma política de primer nivel, diseñada y ejecutada para presentar un hecho consumado ante sus seguidores y conciudadanos, y no en menor medida ante la comunidad internacional, a fin de obtener contrapartidas políticas y económicas.

Y ahora regresemos al presente. Podría parecer que nada de lo recién expuesto tiene que ver con el 1 de octubre, dado el salto en el tiempo y el distinto contexto político. Sin embargo, si empezamos a analizar fríamente los hechos y los mecanismos que subyacen detrás de la fachada, veremos las grandes similitudes que existieron en la creación y uso posterior de los referendos, empezando por la oportuna resurrección de la efigie de Franco por parte de los soberanistas, que apareció en carteles independentistas instando a no votar a la república. (O sea, toda persona no republicano-soberanista sería franquista, mensaje subliminal directo.)

En efecto, el independentismo, una vez acontecido el referéndum y las posteriores acciones judiciales y encarcelamientos, sacó a la palestra el fantasma del general Franco, apelando a que en España no había un sistema realmente democrático con separación de poderes, sino puro franquismo (o fascismo, término que no puede faltar en el debate político actual). Lamentablemente, muchos soberanistas insistieron en su culto sagrado a la urna y al referéndum ignorando que Franco convocó dos veces a los españoles, y que otros dictadores también recurrieron a referendos y plebiscitos según sus conveniencias. Ergo, las urnas no son sinónimo de democracia… necesariamente.

En lo estrictamente formal, las acusaciones sobre la validez de los dos referendos son bastante similares, y de hecho no hubo verificación de garantías en ninguno de los dos eventos organizados por los respectivos gobiernos. Sobre el de Franco ya se han citado las irregularidades y sobre el de la Generalitat un informe emitido por observadores imparciales el día 3 de octubre puso de manifiesto que no cumplía los estándares mínimos internacionales. Aparte, se podría apelar a que ambos gobiernos desmontaron la legalidad anterior para imponer su modus operandi, pues los franquistas destruyeron la legalidad republicana por la vía militar, creando todo un nuevo aparato legal, y los soberanistas dieron carpetazo a la Constitución y al Estatut d’Autonomia, el marco legal vigente aprobado por la gran mayoría de los catalanes, para poder sacar adelante la ley de convocatoria del referéndum, en la cual no se contemplaba ni siquiera un mínimo de participación para poder validar los resultados (puesto que sabían de sobra que sólo iban a votar los suyos y poco más).

En lo referente a la propaganda y movilización de la población, es evidente que disponiendo del control de los medios de comunicación públicos y de muchos privados en ambos casos se podían lanzar mensajes unilaterales para dar el peso estratégico –e incluso histórico– deseado a la consulta. Y en ambas situaciones no había ningún tipo de imparcialidad por parte de los gobiernos, como ya se ha remarcado, ya que el franquismo excluía cualquier opinión que no fuera la del Movimiento, en tanto que el nacionalismo catalán abandonó a su suerte a los partidos no independentistas y a sus votantes, adoptando explícitamente la bandera excluyente de la unilateralidad (no la de Cataluña, sino la del llamado “Procés”).

Por otra parte, llama la atención que el nacionalismo de 2017 contó con el entusiasta y casi unánime apoyo de la Iglesia catalana, que identificó las ansias de libertad del pueblo catalán con su arraigada tradición cristiana como seña de identidad indiscutible. Esto se pudo ver incluso cuando la Iglesia catalana ayudó directamente en la celebración del referéndum, metiendo urnas y facilitando votaciones en el interior de algunos templos, lo cual nos podría remitir a la politización del nacional-catolicismo de la España franquista. Ahora bien, quizá para ser más exactos tendríamos que retrotraernos al clásico carlismo catalán del s. XIX, de tradición rural, tremendamente apegado al conservadurismo religioso y receloso del liberalismo y de las influencias exteriores.

En el plano ideológico, el objetivo era apelar básicamente a las emociones, encarnadas en el patriotismo, y reforzar la idea de una única comunidad con un destino compartido frente a los enemigos (en 1947, los comunistas; en 2017, el PP y el centralismo español). Esto es, se quería expresar claramente que sólo había un pueblo español (franquista) en 1947 y sólo había un pueblo catalán (soberanista) en 2017. Lo demás, como ya se ha expuesto, era el caos, el pasado indeseable, la opresión, el desastre económico y social, etc.

Finalmente, cabe señalar que el veredicto de las urnas en ambos casos fue muy parecido, si exceptuamos la anomalía del porcentaje de participación en 2017 (los constitucionalistas prácticamente no acudieron a votar), que no llegó ni al 50% del censo de la población catalana mayor de 18 años. El resultado del “Sí” fue abrumador, superior al 90%, con un pequeño contrapunto –necesario para dar algo de credibilidad– en forma de votos negativos y abstenciones. En cualquier caso, y sobre todo de cara a legitimar el proyecto político, se había conseguido el objetivo deseado, con el añadido de mostrar a la comunidad internacional la bondad del referéndum y de la voluntad popular.

Diada_Nacional_de_Catalunya
Multitudinaria manifestación independentista (Diada de Catalunya)

En cuanto al mensaje político de trasfondo, en ambos referendos se apelaba a la superación del pasado (la denostada República y el régimen constitucional de 1978, respectivamente) y se marcaba una sólida hoja de ruta para el futuro. Recordemos el “España no puede detenerse” de 1947 y la vocación de seguir adelante pase lo que pase por parte de los políticos nacionalistas. En cualquier caso, la celebración y “éxito” del referéndum permitió a ambos gobiernos obtener su famoso mandato democrático que despejaba el camino hacia sus objetivos. Otra cosa es que lo que se vendiera a la población tuviera algún significado concreto o representativo. La historia nos apunta a que en los dos contextos se produjo un engaño a la población, si bien debe reconocerse que las instituciones planteadas en la Ley de Sucesión de Franco sí se pusieron en marcha porque tenía poder para hacerlo, mientras que en el caso catalán sólo se implementaron simbólicamente.

En 1947 Franco utilizó la consulta para desactivar a sus críticos monárquicos y para conseguir las necesarias complicidades internacionales. En ese momento, sólo la Argentina de Perón abastecía a una España paupérrima y destrozada, y todavía había hambre y descontento en muchas capas sociales, y no sólo entre los derrotados sino también entre sus propias filas. Franco tuvo que apelar al victimismo y le salió bien: “Todos están contra nosotros; es preciso estar unidos para salir adelante”. Lo de menos, en realidad, era la propia Ley de Sucesión; eso fue una maniobra de echar balones fuera y ganar un precioso tiempo, mientras que él se adjudicaba un poder total sobre todos los acontecimientos. El efecto real fue que se abrieron las fronteras, las sanciones contra España se suavizaron y el país acabó entrando en la misma ONU que apenas unos años antes había condenado duramente al régimen.

En 2017, la propia Ley catalana del referéndum decía que –una vez dado el resultado positivo– a los dos días se proclamaría la República Catalana. Sin embargo, para sorpresa y estupor de muchos, no pasó nada: ni había ninguna estructura preparada ni hubo el más mínimo reconocimiento internacional, que sólo llegó más tarde y en forma de apoyo puntual de algunos movimientos de extrema derecha europeos. Para muchos analistas, e incluso nacionalistas convencidos, fue un engaño sin paliativos, aunque al menos sirvió de base para mantener el discurso del “conflicto” y para llegar a la situación actual de división y trifulca que es de sobras conocido. Y posiblemente este era el objetivo inconfeso detrás del referéndum: conseguir una dinámica de “acción-reacción”, que es un mecanismo que se ha repetido una y mil veces a lo largo de la historia y cuyo final en este caso está por escribir. Entretanto, al igual que hizo Franco con su Reino a medida, el gobierno soberanista ha mantenido aparcada su República en el limbo, porque lo primero es controlar el poder.

En definitiva, para concluir, vemos que la historia se repite aun en situaciones aparentemente muy distintas y que las maniobras de manipulación masiva de la población con determinados fines son las mismas desde hace décadas, por no decir siglos, y que resultan igual de eficaces en sistemas politicos dispares. Naturalmente, cualquier régimen parte de la base de que los “malos” son los demás, los que se oponen a sus designios, y que los buenos son ellos, los legítimos representantes de las aspiraciones del pueblo. No hay nada nuevo bajo el Sol: los mismos discursos encendidos, la misma épica, el mismo victimismo, la misma apelación a las emociones, las mismas mentiras necesarias, etc., etc.

© Xavier Bartlett 2018


[1] Cabe recordar que entre los vencedores de la guerra había derechistas moderados, pero principalmente falangistas, carlistas y monárquicos, y cada uno reivindicaba su parcela o predominio en el nuevo estado. Franco se veía retado por unos y otros y no dudó en someterlos –a veces por la fuerza– a su conveniencia personal, pero tenía que dejar zanjado el problema de la definición del régimen.

[2] La Ley fue aprobada previamente por las Cortes franquistas el mes de junio de 1947.

[3] En la práctica, nunca se realizó un referéndum para ratificar el régimen republicano mediante el voto popular directo; la legalidad se basó en la propia renuncia del Rey Alfonso XIII. De igual modo, la constitución republicana de 1931 tampoco fue ratificada en referéndum.

[4] Nohlen, D & Stöver, P (2010) Elections in Europe: A data handbook, p.1823.

[5] Esto es citado por el escritor F. Vizcaíno Casas en su libro de 1975 sobre la posguerra en España, pero no he hallado ninguna otra referencia o dato contrastado que me permita corroborar o desmentir esta afirmación.

[6] Información extraída de las tesis doctoral de 2009 de Fernando Romero Pérez, abogado, titulada Campañas de propaganda en dictadura y democracia. Referendos y elecciones de 1947 a 1978.


13 respuestas a “Referéndum: El incómodo espejo de la historia

  1. Hay una diferencia fundamental; en 1947 Franco era el mandamás de un estado independiente y en 2017 Cataluña era una autonomía del estado español. Puchi era la máxima autoridad ordinaria del estado en Cataluña. Somos una cuadrilla de ingenuos.

    1. Gracias por el comentario Pablo

      Sí, es obvio lo que dices, pero el mecanismo de acudir a la consulta popular con fines manipulativos es básicamente el mismo, independientemente del poder que se pueda ejercer o no. Claro que para mí, el verdadero poder se ejerce desde más arriba de la posición de los gobernantes “en escena”, pero eso ya es otro tema…

      Saludos,
      X.

  2. Estimado Xavier, soy chileno, nada que ver en el tema vuestro, pero me intereso esa frase tuya “el verdadero poder se ejerce desde más arriba de la posición de los gobernantes “en escena”. Pienso e intuyo lo mismo, no se ve pero lo sentimos en la piel y el diario vivir.

    1. Gracias Daniel por tu comentario

      Obviamente toco el tema de España porque es el que me cae más cerca y el que más conozco, pero se podría extender a muchos países del mundo. En cuanto al “verdadero poder”, no hacen falta muchos más comentarios. Multitud de gente lo está percibiendo en todo el mundo y no es cosa de “conspiranoicos” como se dice ahora. Sólo hay que estudiar la historia y la actualidad en profundidad y leer el trabajo de varios investigadores, que vienen a coincidir en los mismos argumentos.

      Un afectuoso saludo para ti y todos los chilenos,
      X.

  3. Yo desde el famoso referendum de Felipe sobre la OTAN…..no digo nada sobre urnas….es perder el tiempo…

    1. Gracias Ismael

      ¿Te refieres a aquel referéndum en que primero se dijo “OTAN: de entrada, no”? Todavía recuerdo que le preguntaron a un político del PSOE sobre la ambigüedad de esa posición o frase, y el interfecto dijo: “No, no es ambiguo, sólo que puede entenderse de dos maneras.” Genial.

      Cuando se ponen las urnas, en referéndum u otra votación, todas las cartas están ya marcadas, coincido contigo. Lo sabía Franco, lo sabía Felipe y lo sabía Puigdemont ¿O es que nos dejarían votar para eliminar el dinero-deuda de todo el mundo y sustituirlo por dinero real? Me temo que va a ser que no.

      Saludos

  4. Hola Xavier,

    Creo que la comparación entre el referendum de Franco y el de Catalunya, aunque puedan tener algunas similitudes, no los veo comparables por dos motivos. Primero porque Franco tenía poder absoluto en el país y podía machacar a cualquier adversario que se le pudiera presentar con toda la fuerza física necesaria y segundo porque en el caso de Catalunya el apoyo que se le da por parte de gran parte de la población es por iniciativa propia (con mejor o peor información) y no hay un estado que encarcele a quien no sea independentista.

    A mi juicio últimamente se echa mano a comparaciones con la dictadura como si fuera equiparable en cuanto a la dureza y las limitaciones que ésta imponía. Ya sé que no se dice esto en la entrada, pero cuando uno compara parece que sean muy similares.
    Es posible que el independentismo sea cada vez más rígido, cada vez más intolerante y use cada vez más el “estás conmigo o contra mí”, pero se alimenta de su contrario que se alimenta a su vez de él. No lo disculpo,pero creo que deberíamos evitar equipararlo al franquismo, igual que el nacionalismo español, que aunque descienda de la dictadura, por suerte sus maneras se han suavizado (quizá su fondo no tanto, pero los tiempos cambian) y tampoco creo que sea equiparable hoy en día.

    Mi impresión es que en estos momentos es más productivo hacer notar que los dos polos del conflicto tienen una parte de razón y una parte de enajenación que les impide ver las razones del contrario. En mucha parte avivado por los que mueven los hilos de cada lado que ,pienso, tienen intereses creados en que esto no se solucione. Este conflicto ha conseguido que las corrupciones y la crisis creada y agudizada por estas mismas corrupciones quede en un segundo plano junto con otros temas de vital importancia, mientras se escenifica esta cortina de humo que nos lleva, por lo que veo, a años de segundo plano de lo que debería estar en el primero. Lo peor de todo esto es que todos los ciudadanos de a pie estamos saliendo perjudicados.

    Los dos bandos han cometido ilegalidades y han manipulado, pero al fin y al cabo quien tiene una fuerza superior es el estado español de ahí que Catalunya tenga que usar lo que le queda: la opinión pública e intentar despertar simpatías internacionales. De todos modos estas maniobras oscuras de cada uno de ellos no legitima al otro, más bien lo que hace es oscurecer y perpetuar el conflicto.

    Saludos,

    1. Gracias Pep por tu comentario

      Respeto tus opiniones, como no podría ser de otro modo, pero mi intención no era entrar en un debate político, porque no es el objeto de este blog, sino de abrir conciencias hacia una comprensión de un mundo que siempre ha estado manipulado en favor de una elite global que vive de la separación y del conflicto entre los seres humanos, y no duda en emplear todos los medios para manipularnos, empezando por esa inmensa farsa llamada “democracia” (referendos incluidos). A partir de aquí, hay empezar a situarse en otra esfera de conciencia, porque si no el ser humano será incapaz de progresar.

      Saludos,
      X.

  5. Hola Xavier,

    Estoy de acuerdo contigo, pero en mi opinión, aunque sea involuntariamente, has entrado en ese debate político. Poner en evidencia a sólo una parte del conflicto puede dar a entender que el problema está sólo en ese lado, cuando el problema está en los dos.

    En fin, quizá es mi percepción, no me creo para nada en posesión de la verdad absoluta..;P….

    Saludos y gracias por tus artículos.

    1. Gracias otra vez amigo Pep

      De acuerdo con tus palabras, y lamento haber podido parecer “partidista” en esta exposición. Dicho esto, yo no tengo ningún “conflicto” con nadie. Ellos nos meten en su mundo de odio y separación sin comerlo ni beberlo. Nos han hecho creer en los bandos y en los conflictos, y eso suele conducir a terribles desenlaces. Todos los actores obedecen a una misma dirección, y ese guión incluye la retroalimentación de unos y otros en un relato de “acción-reacción”; este es el escenario que tú describes, el que la gente ve y que parece de lo más “normal”, si bien es cierto que algunos empiezan a pensar y dicen: “No me explico cómo…”.

      Hitler y Stalin nunca fueron enemigos, se conocían desde jóvenes y trabajaron juntos en interés de sus superiores. Ese es el trágico teatro de la historia. Se toman las oportunas molestias en controlar nuestros pensamientos y emociones, porque en ello les va el poder absoluto.

      Saludos,
      X.

  6. Buenas Xavier,

    Completamente de acuerdo en el tema de los “bandos mentales”. Está claro que es la manera en la que muy a menudo se consigue que los hilos sigan moviendo nuestras mentes hacia donde se pretende. Creando enfrentamientos entre personas que muy a menudo tienen los mismos problemas y los mismos intereses.
    Como has comentado en alguna otra entrada, no deja de ser una consecuencia del sueño en el que estamos inmersos y del que cuesta tanto salir, ya que confundimos muy a menudo “La Verdad” con nuestra opinión o nuestras creencias. Es tan fácil y tan tranquilizador pensar que son los demás los que están equivocados….. rara vez contemplamos la posibilidad de que estemos equivocados todos, ya que eso implicaría replantearnos la situación e intentar verla con una mente auténticamente abierta, cosa que tal y como estamos es muy muy difícil.

    Un saludo!

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