Los curiosos nombres romanos

DiocletianSi uno rememora las clásicas películas “de romanos” o las lejanas clases de historia o latín, podrá reconocer aquellos rimbombantes y largos nombres romanos, sobre todo si se trataba de personajes importantes: emperadores, políticos, literatos, militares, etc. Lo cierto es que hoy en día conservamos una pequeña parte de la herencia onomástica romana en forma de nombres de pila bien comunes –y otros no tanto– como Antonio, Emilia, Mario, Julia, Máximo, César, Claudia, Aurelio, Justo, Cecilia, Félix, Severiano, etc. Y también existen unos pocos apellidos que descienden directamente del latín como Vidal (Vitalis), Nadal (Natalis), etc.

Sin embargo, para ser precisos, no existe una correspondencia exacta entre nuestros actuales nombres y apellidos y sus homólogos romanos, pues hacia final de la Antigüedad y principios de la Edad Media se dio un cambio importante en la costumbre y forma de poner nombres, por razones sociales, culturales y religiosas. Vamos pues a analizar los nombres romanos para descubrir que las apariencias engañan.

En primer término, cabe señalar que lo que para nosotros son nombres de pila, para los romanos eran apellidos, o más exactamente nombres de linaje o dinastía. Así, cuando un romano se refería a un señor llamado Iulius, Flavius, Valerius o Aemilius, estaba aludiendo al nombre de su estirpe: los Julios, los Flavios, los Valerios o los Emilios, linajes de rancio abolengo en la historia de Roma. Pero, ¿entonces los romanos no tenían nombres de pila? Sí, pero eran algo distintos de los nuestros. En realidad, un ciudadano libre romano (varón) tenía hasta tres nombres:

  • El praenomen, o nombre personal.
  • El nomen, o nombre del linaje.
  • El cognomen, o nombre adicional familiar (lo que vendría a ser un apodo).

Es oportuno mencionar que durante muchos siglos la mayoría de los ciudadanos romanos no dispuso de estos tria nomina (tres nombres), sino sólo de los dos primeros. Los tres nombres se generalizaron a partir de finales de la época republicana y tuvieron su auge durante el Alto Imperio, especialmente entre los aristócratas (los patricios), aunque también entre los burgueses (los caballeros o equites).

El praenomen era lo más parecido al nombre de pila y no había más que 17 en latín. De todos ellos, sólo uno de estos praenomina ha llegado a nosotros como nombre de pila habitual: Marcos (Marcus). El resto de praenomina nos pueden resultar un poco raros: Caius (o Gaius), Tiberius, Lucius, Manius, Cneus (o Gneus), Numerius, Quintus, Sextus, Decimus, Titus, etc. Aparte de la escasa variedad, y como aún es costumbre hoy en día, estos praenomina eran pasados de padres a hijos[1], y así podrían haber varias generaciones en que se repitiera, por ejemplo, un Caius Aurelius, con lo cual se podría dar el caso nada infrecuente de que abuelo, padre e hijo, todos vivos aún, llevasen exactamente el mismo praenomen y nomen (nombre y apellido, para entendernos). Cabe señalar que el praenomen se restringía mucho al ámbito doméstico, por lo cual no era habitual llamar a alguien sólo por dicho nombre, a diferencia de nuestro nombre de pila.

Natalis
Inscripción de Lucius Minicius Natalis, un noble romano nacido en Barcino (Barcelona) con su larga lista de nombres y títulos

El nomen, como ya hemos citado, se refería al linaje ancestral y pasaba de generación en generación del mismo modo que nuestros apellidos. En realidad, era un gentilicio, algo mucho más amplio que una familia determinada, pues aludía a la gens o antiguo clan que se remontaba a muchas generaciones atrás; de hecho, representaba al primer antepasado conocido que llevó tal nombre. En cuanto a su uso, era mucho más común que el praenomen en el ámbito social, si bien a menudo se acompañaba de los otros dos nombres.

Pero nos queda todavía un tercer nombre: el cognomen. Este apelativo no tenía nada que ver con la madre, pues el apellido femenino no existía como tal; de hecho, el nombre de las mujeres funcionaba con reglas distintas, como luego veremos. Lo habitual es que la persona tuviera más de un cognomen, si bien había uno más destacado que solía ser el nombre más representativo del individuo y por el cual era conocido popularmente o incluso en el ámbito familiar. En cuanto a su origen, se trataba preferentemente de apodos propios de una rama concreta del linaje, aunque también había cognomina de otra procedencia, como del padre o de un pariente, de su origen geográfico o étnico, de ciertos rasgos físicos, de circunstancias de su nacimiento, etc.

Sólo por poner unos pocos ejemplos de cognomina con significado concreto, digamos que Caesar quería decir “velludo”; Caecus, “ciego”; Aenobarbus, “de barba rojiza”; Lupus, “lobo”; Maximus, “el más grande”, Verus, “justo”; Postumus, “póstumo” (hijo nacido tras la muerte del padre), etc.

Y por si fuera poco también existían unos cognomina llamados agnomina o cognomina ex virtute que eran de origen honorífico –una especie de “títulos”– y que se podían heredar o recibir en vida, generalmente por gestas militares. Así pues, la gran extensión de los nombres romanos se debe específicamente a esta ristra de cognomina, que podían ir desde uno solo hasta cuatro, cinco o seis (incluso más), en particular cuando el personaje era de rango superior como los emperadores, cónsules, senadores, cargos públicos, etc. Existe un caso excepcional de un extensísimo nombre de un cónsul del tiempo de la república con más de 20 cognomina. Cabe señalar que durante el Alto Imperio, los títulos de Imperator y Caesar ya eran consustanciales a la dignidad imperial y en las inscripciones pasaron a figurar como praenomina oficiales, delante del resto de nombres, como por ejemplo (en forma abreviada, como era costumbre):

IMP CAES M AVRELIVS ANTONINVS (el emperador Marco Aurelio, del siglo II)

Aparte de lo ya citado hasta el momento, las inscripciones funerarias u honoríficas que han llegado hasta nosotros nos muestran que los ciudadanos romanos aportaban más elementos sobre sus orígenes cuando se les había de mencionar en un monumento o registro público. Así, además de las tres partes del nombre, hacían constar entre el nomen y los cognomina su filiación (o sea, el praenomen del padre) y su adscripción a una de las 35 antiguas tribus de Roma. Para ver el efecto completo de este fenómeno, pondremos este ejemplo representativo de un personaje con tres cognomina:

P ALFIO PF GAL MAXIMO NVMERO LICIANO…

P(ublio) ALFIO P(ublii) F(ilio) GAL(eria tribu) MAXIMO NVMERO LICIANO…

Que se traduce como:

A Publio Alfio, hijo de Publio, de la tribu Galeria, Máximo Número Liciano…

En la práctica, lo que sucedía es que muchas personas de una misma familia o linaje compartían prácticamente todo su largo nombre, pues se repetían las diversas partes: praenomen, nomen y cognomen. Teniendo en cuenta que los cognomina eran en gran medida apodos de familia que también se heredaban, a veces sólo un cognomen diferenciaba a una persona de otra. En este contexto, a menudo se recurría a diminutivos o bien a otros motes o sobrenombres familiares que no constaban como “oficiales”. Así, por ejemplo, en el caso del emperador Calígula de la dinastía Julio-Claudia, cuyo nombre oficial como emperador era Cayo César, desde pequeño ya había sido “rebautizado” por los soldados de su padre Germánico como Calígula[2], y así pasó a la historia.

claudio_sesterzio_in_oricalco
Sestercio del emperador Claudio

Como muestra de estos largos nombres, digamos que el emperador Claudio César (el de la famosa novela Yo, Claudio de Robert Graves), una vez alcanzada su posición reinante y adquiridos nuevos títulos pasó a llamarse: Tiberius Claudius Drusus Nero Caesar Augustus Germanicus Britanicus.

Pero, por fortuna, tanto el pueblo de aquella época como la historia nos han facilitado las cosas, pues todos los emperadores de la dinastía Julio-Claudia se distinguieron sólo por una parte concreta de sus largos nombres y títulos:

  • Augusto: cognomen ex virtute (honor de origen religioso)
  • Tiberio: praenomen
  • Calígula: mote o apodo no oficial
  • Claudio: nomen
  • Nerón: cognomen de familia

Si ahora nos referimos a las mujeres, la situación cambia. A pesar de que las matronas romanas gozaban de gran prestigio y respeto social y familiar, la sociedad romana era patriarcal y las mujeres tenían nombres más simples y ligados únicamente a la estirpe de la familia, o sea, el nomen en femenino: Claudia, Aurelia, Aemilia, Fabia, Cornelia, Livia, etc. Así pues, no tenían praenomen, y en los tiempos más antiguos, ni siquiera cognomen. De este modo, cuando nacían varias niñas en una misma familia (por ejemplo, Valeria), se las solía distinguir por apelativos como Valeria Maior y Valeria Minor, o con numerales si había más de dos: Prima, Secunda, Tertia, etc.

Aelia_Galla_Placidia
Retrato de Gala Placidia

Más adelante, se generalizó el cognomen añadido al nomen, el cual solía proceder de un cognomen paterno, pero en femenino. Por ejemplo, Livia Drusilla (esposa de Augusto) era hija de Marco Livio Druso. Tampoco constaba ningún filiación paterna ni mención a la tribu. De este modo, en las lápidas y documentos sólo se conoce a la mujeres por dos apelativos, como por ejemplo: Domitia Primula, Iulia Domna, Fabia Tertulla, Gala Placidia, etc.

Como vemos, existía un claro predominio de la herencia masculina en la nomenclatura de las mujeres y era habitual que cuando una mujer se casaba adoptase el nomen de su cónyuge (como es propio de muchas culturas actuales), sobre todo por razones de posición social. Ahora bien, se podía dar el caso que en un determinado matrimonio –en el cual la mujer tuviese mayor categoría social que su marido– las hijas de tal enlace heredasen el nomen de la madre y no el del padre, y es que el origen, abolengo, poder y reputación de las familias era extraordinariamente importante en la sociedad romana.

Bajando en el escalafón social estaban los esclavos y los libertos. Los primeros sólo tenían un nombre, puesto por el amo. Pero si con el tiempo el amo manumitía (liberaba) a su esclavo, éste pasaba a ser liberto y a tener cierta consideración social. En ese momento, el liberto adquiría el praenomem y nomen de su amo y se quedaba con su nombre personal en forma de cognomen (las esclavas, por ser mujeres, sólo el nomen). Eso sí, para dejar las cosas claras, en las inscripciones o documentos era obligado hacer constar que la persona citada era un esclavo (servus) o liberto (libertus).

Asimismo, existían las adopciones entre ciudadanos romanos de distintos linajes, normalmente –pero no siempre– para pasar de un linaje más modesto a otro más poderoso o prestigioso. Este hecho quedaba reflejado en un cognomen de la persona adoptada, que indicaba su nomen de origen con el sufijo “-anus”. Por ejemplo: Publius Cornelius Scipio Aemilianus daba a entender que no era un Cornelio puro sino que procedía por adopción de los Emilios. Otra adopción famosa fue la de Cayo Octavio, que tras ser adoptado por Julio César, tomó el nombre de Cayo Julio César Octaviano (y luego conocido por su título de Augusto).

A continuación adjunto una imagen clara y de gran tamaño de un monumento honorífico en que aparecen citados dos personajes hispánicos con su tria nomina y el mísmisimo emperador Adriano (también hispánico, del siglo II), siendo ésta una típica inscripción en que un ciudadano honra a otro, un amigo o familiar, normalmente. En este caso, es un tal Minicio el que dedica el monumento a su mejor amigo, Fabio Paulino.

lápida romana

La traducción, una vez completadas las abreviaturas, quedaría así:

Lucio Minicio Pudente [dedica este monumento] a su discípulo y óptimo amigo Marco Fabio Paulino, hijo de Marco, de la tribu Galeria, con el título de caballero concedido por el Emperador César Trajano Adriano Augusto.

En fin, al desmoronarse el Imperio Romano y su rígido orden social, se perdieron las formas clásicas, se difuminaron las familias y clanes y se empezaron a simplificar los nombres, sobre todo por la influencia del cristianismo y de los invasores germánicos. En este contexto, el praenomen desapareció, así como la referencia a una antigua tribu, y el nomen se convirtió en un simple nombre de pila –dado a bastantes santos o mártires cristianos– que convivía con otros nombres de raíz germánica o judía, también por herencia cristiana. Lógicamente, también se perdieron los cognomina (excepto unos pocos que se convirtieron en nombres de pila), puesto que hacían referencia a familias concretas y a honores y títulos de unas instituciones que ya no existían. Finalmente, dada la mezcla cultural y la posterior disgregación de territorios tras la invasión musulmana, los genuinos nombres romanos se acabaron por perder y fueron sustituidos por nombres (apellidos) que se correspondían con el nombre de pila del padre, el lugar de origen, la profesión, los motes, etc.

Para concluir, debo citar una pequeña anécdota, y es que en la ficción y en el cine no se suele guardar el rigor histórico “científico” y a veces se dan patinazos que el espectador medio no detecta. Así, en la exitosa película de Ridley Scott Gladiator (2000) el protagonista proclama en la arena ante el césar Cómodo que él, el Hispano, es en realidad el general Máximo Décimo Meridio. Pues bueno, el nombre es ciertamente muy pomposo y romano, pero mal construido, pues para mantener el orden de los tria nomina debería ser propiamente Decimus Meridius Maximus. Claro que eso es una auténtica minucia en comparación con otras grandes pifias del cine, como cuando en la película Cleopatra se hacía pasar la impresionante carroza de la soberana egipcia por debajo del arco de Constantino (en Roma), emperador que nació… ¡300 años después de la muerte de la famosa reina!

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] El praenomen era escogido por el padre y sólo por él, como parte de sus atribuciones como pater familias.

[2] Dicho apodo fue consecuencia de que al pequeño Cayo le hicieron un uniforme militar romano a su medida, a modo de disfraz, incluidas unas sandalias reglamentarias (en latín, caligae). Así, los soldados se quedaron con el nombre de Caligula, que literalmente significaba sandalia pequeña.

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4 respuestas a “Los curiosos nombres romanos

    1. Se agradece, Esta temática era una pequeña deformación profesional a la que debía una entrada, pues me gustó bastante cuando la estudié durante la carrera. En realidad, a partir de los nombres se puede aprender mucho sobre la sociedad (muy clasista) romana.

      Saludos

  1. Agradecido articulo,desconocia totalmente las costumbres romanas sobre el tema,me viene a la cabeza,por ser cercano a donde vivo,el nombre de ” Atia Moeta “,en cuyo sepulcro familiar,se enterraron los restos del apostol Santiago,encontrandose este panteon ocupado con anterioridad por una nieta de Atia Moeta,llamada “Viria Moeta ”
    pero creo sin estar seguro,que el apelativo de ” Moeta ” era una terminologia celta para
    denominar a una princesa,reina o dama importante,no lo se,de ser cierto,los romanos tambien asumirian en sus nombres,terminologias propias de los pueblos con los que convivieron y se fusionaron.

    Gracias por su trabajo. Un saludo.

    1. Gracias por el comentario Alarico

      No recuerdo bien todos los detalles y casuística de este tema, pero creo que en el caso de personas de origen ibérico o céltico, solían adoptar un nombre romano y mantenían su nombre indígena en forma de cognomen. De hecho, existió esa fusión cultural, si bien el peso de la romanización cambió sustancialmente muchas costumbres autóctonas, entre ellas el idioma y los apelativos.

      Saludos,
      X.

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