Entrevista a Félix Rodrigo Mora

DSCN3014Félix Rodrigo Mora, hombre afable, sosegado y de precisas palabras, nació en Soria y reside actualmente en Madrid. Él mismo se reconoce como hijo de los emigrantes que formaron parte de la oleada de gente que dejó sus aldeas y pueblos en Castilla para ir a las grandes ciudades y zonas industriales. Empezó a trabajar como asalariado fabril a los 18 años y no acudió a la Universidad, lo que –a su juicio– “ha sido una gran suerte”. Así pues, en lo cognoscitivo, Félix es una persona autodidacta y autoconstruida, que otorga más valor a la sabiduría popular –o más bien a lo que queda de ella– que al saber académico y erudito, del cual confiesa estar cada vez más decepcionado, si bien en su trabajo intelectual siempre se ha ajustado a un estricto espíritu riguroso y metódico.

Félix ha publicado hasta la fecha 23 libros, como autor o coautor, centrados en su mayor parte en temáticas históricas, sociales y políticas. En su momento, se aferró a planteamientos ideológicos de corte marxista, pero su pensamiento fue evolucionando hasta llegar a reflexiones de tipo más humanista o filosófico. Hoy en día, el eje de su mensaje es la defensa de una revolución axiológica, es decir, un gran cambio radical que tenga como referencia fundamental los valores, la ética. Asimismo, considera la libertad como su otra gran preocupación y ocupación, máxime al observar  con temor el creciente protagonismo de un Estado hipertrofiado y de una gran empresa capitalista, cada día más depredadora e ineficiente, según su punto de vista. A fin de cuentas, Félix dice creer “en la verdad, en la vuelta al mundo rural, en la libertad individual, en el esfuerzo y el servicio y en la revolución integral”.

Personalmente, hace unos pocos años conocí su trabajo y lo fui siguiendo puntualmente en lo que me interesaba, sobre todo por su crítica directa, contundente y afinada a esto que llamamos “civilización” o “mundo moderno”. Debo reconocer, empero, que discrepamos en algunas opiniones y posiciones, pero considero que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, y que su voz merece ser escuchada y ponderada en su justa medida. Así, el pasado mes de octubre tuve la ocasión de conocerle en persona y hacerle una entrevista, a fin de ofrecer a los lectores de este blog una visión directa de su pensamiento y su labor. Les dejo pues con la entrevista, y a los interesados en obtener más información les remito a la página web y blog de Félix:

http://www.felixrodrigomora.org/

https://esfuerzoyservicio.blogspot.com.es/

“La característica más evidente de la sociedad actual es la falta de libertad”

Para los que no te conozcan o tengan una imagen algo difusa de tu perfil, ¿cómo te definirías? ¿Escritor, historiador, activista anti-sistema, humanista, filósofo… o un poco de todo?

Yo me definiría como un combatiente; alguien que intenta transformar la sociedad. Desde luego, no me considero escritor. Por otro lado, el activismo es una cosa muy limitada porque no incluye el pensamiento y el compromiso profundo. Soy pues un combatiente, un luchador, una persona que cree en la noción de esfuerzo; de hecho, mi blog se llama esfuerzo y servicio.

libro-portada-ii-republicaHas escrito sobre diferentes temas; sobre historia, política, sociedad… ¿pero cuál es tu materia preferida o con la que te sientes más a gusto?

Indudablemente, la historia. Pero para entender la historia, para tener una comprensión del pasado, es bueno entender el presente, porque el presente lo vives y te permite inteligir experiencias que si no las has abordado en el presente, no las captas [en el pasado]. Por eso los historiadores que están apartados de los avatares y los sinsabores de la acción transformadora actual son historiadores deficientes.

Enlazando con esta cuestión, ¿crees que eso que llaman historia oficial es un camelo, una farsa?

Bueno, la historia oficial tiene una parte aprovechable; a veces puede ser incluso sólo la documentación. Yo me considero un historiador bastante ortodoxo; hago mucha historia a partir del documento. Me fastidia la historia especulativa, la novelería… Si se dice algo, debe estar documentado. Ahora bien, no siempre es posible tener documentos. En la cultura occidental europea tenemos una etapa en la que no hay documentos (o muy pocos), que es la Alta Edad Media[1]. Por ejemplo, en el siglo IX no hay casi nada [en la Península Ibérica], con excepción de Cataluña. Sobre historia medieval hay mucha documentación editada y que estaba originalmente en latín, pero que ha sido traducida por varios autores. Insisto en que mi idea de la historia es que ha de estar muy documentada, aunque a veces no es posible. Por ejemplo, cuando estudié la revolución bagauda del siglo V llegué a las conclusiones a partir de fuentes directas pero también de deducciones indirectas. También hay fenómenos medievales que ya existían, como en el caso del comunal, pero que no aparecen documentados hasta el siglo X.

Precisamente, ¿qué le has encontrado de interesante al mundo medieval, o más concretamente a la Alta Edad Media –un periodo más bien oscuro– sobre el cual has escrito tanto?

Mi interés partió de algunos autores, como un francés –ahora no recuerdo el nombre– que escribió un libro titulado Liberación medieval. La Alta Edad Media es una época peculiar; por ejemplo: ¿cómo desaparece la esclavitud? La gente cree que la esclavitud sólo consiste en que haya personas a las que se obliga a trabajar con una argolla al cuello. La abolición de la esclavitud es una revolución enorme. La que hace el zarismo en 1861 o la del presidente Lincoln en la guerra de secesión en Estados Unidos, esas son falsas aboliciones. Hay que ir a un proceso que afecte a la base de la sociedad y que la trasforme completamente.

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Pantocrátor de la iglesia de Sant Climent de Taüll (Cataluña, Alta Edad Media)

¿Y crees que esta Alta Edad Media ha sido mal estudiada, mal presentada, o incluso tergiversada?

En primer lugar, ha sido una etapa muy poco estudiada, no se quiere entrar ahí. Hay acontecimientos históricos que son inquietantes. Incluso en la crisis del siglo XIV (Baja Edad Media) hay hechos como la gran mortandad que hubo en Occidente que apenas han sido analizados. Sobre la Alta Edad Media hay una decisión de no entrar, de no saber qué decir. Pero las preguntas están ahí: ¿Qué pasa con el comunal? ¿Por qué las monarquías europeas del siglo X no son un poder real? Los reyes no tienen poder efectivo, no tienen poder legislativo ni ejecutivo. Por ejemplo, en el prólogo del Fuero General de Navarra, aunque es del siglo XIII, se habla de “montañeses sin rey”.

Por otro lado, el reino visigodo es una continuación del estado romano en la Península, pero en conjunto es una época muy liberadora. Es el triunfo de lo que hoy llamamos “la sociedad civil”, con sistemas de autogobierno popular que luego están muy bien documentados a partir del siglo XI. Pero anteriormente ya se había creado una cultura foral, una cultura donde el texto escrito no vale. A partir del siglo XV ya se construye un régimen señorial, con los reyes como principales señores y con el resto de señores como delegados o representantes de la Corona en los distintos territorios.

Con relación al periodo de la Edad Media que tiene un especial interés para ti, ¿qué papel le concedes a la tradición, el conocimiento popular, el folklore, etc.?

Sí, es muy importante, y de hecho es el tema que quiero estudiar ahora en profundidad. Creo que donde la cultura popular es más fuerte, sobre todo en los pueblos ibéricos y particularmente en el País Vasco. Durante mucho tiempo la sociedad vasca ha sido una sociedad sin estado, pero allí se ha creado una sociedad civil muy potente y la cultura popular ha sobrevivido con fuerza, como vemos en determinadas manifestaciones tan características como los bertsolaris[2], que pueden congregar a 30.000 personas durante horas y horas. Pero también por instituciones específicamente no estatales, como los sistemas de ayuda mutua entre mujeres para la crianza de niños, la asamblea gubernativa, la ayuda mutua en el trabajo, etc.

De hecho, las relaciones de vecindad en la sociedad tradicional eran muy fuertes. En la Edad Media había instituciones populares extraordinariamente eficaces para resolver los problemas cotidianos de la gente: cuidar el ganado, recoger las cosechas, construir las casas, etc. así como cuestiones asistenciales, como ocuparse de los vecinos enfermos, etc. En realidad, quienes ejercían la autoridad, por ejemplo en Navarra, eran los vecinos, que incluso tenían un aparato coercitivo propio que era la milicia concejil, esto es, la organización del pueblo en armas. Sólo cuando el pueblo ejerce un poder ejecutivo –en vez de estar a cargo de un aparato profesional como puede ser el ejército o la policía–, entonces es cuando podemos decir que existe una verdadera libertad y democracia. 

Saltando ahora de la historia hasta nuestro contexto actual, ¿cómo te posicionas ante esto que se ha llamado las “teorías de la conspiración” y los poderes globales?

Bueno, en tu propio libro “La historia imperfecta”, si bien dada mi ortodoxia lo tomé con cierta prevención, vi un trabajo metodológico muy interesante, con diversas interpretaciones –alternativas y ortodoxas– sobre varios temas y la conclusión de que hay muchas cuestiones aún sin explicar. Esa es también mi posición: las teorías de la conspiración a veces tienen razón y otras veces no la tienen. El elemento que veo que falla en las teorías conspiracionales (sic) –por no llamarlas conspiranoicas– es a mi juicio que no tienen en cuenta la función del estado en la sociedad. El estado es un poder económico enorme (en España el estado maneja el 50% del PIB), con el sistema tributario, la legislación arancelaria, etc.

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Napoleón Bonaparte

En vez de hablar de un “grupo conspirador”, yo me inclino más por la función que cumplen los ejércitos. Por ejemplo, los aparatos de dirección y planificación militares desempeñan funciones decisivas que a veces no son claras. Si nos fijamos en la informática, existe un estudio perfectamente ortodoxo sobre Steve Jobs y sus orígenes según el cual lo que hizo fue desarrollar ciertas tecnologías de acuerdo a instituciones militares a través de fundaciones y empresas interpuestas. Estos hombres se presentan como parte de la sociedad civil que hace grandes invenciones, pero esto no es así. Esto se ha repetido a lo largo de la historia. En el caso de la revolución industrial inglesa, la flota de guerra crea un aparato industrial que le proporcione cañones, fusiles, velamen, bayonetas, calzado etc. Asimismo, la primera vez que se hace una producción masiva de tejido fue con Napoleón, que necesitaba equipar a miles de personas para conquistar Europa.

Pero volviendo a la existencia de un poder global, yo uso la expresión poder/poderes, pues el sistema de poder se estructura como un sistema de poderes plurales, con sus diferencias. Está el poder político, el poder judicial, el poder militar, el poder académico, el poder económico, el poder mediático, etc. Todos ellos tienen autonomía relativa y a veces disputan visiblemente entre ellos pero luego forman una trama de poderes, que yo considero un poder global ilegítimo. El poder debería estar en la comunidad popular. La revolución política debería consistir en pasar de un poder piramidal –conformado tras una aterradora concentración de poder en grandes e ineficientes empresas– a una situación de muchas pequeñas empresas, cooperativas, grupos familiares, etc.

Para mucha gente que te empiece a conocer ahora les puede sorprender tu fuerte crítica y beligerancia hacia muchos aspectos de la sociedad actual. ¿Qué es lo que va peor, según tu opinión? 

Para mí la característica más evidente de la sociedad actual es la falta de libertad, que se convierte en una construcción dirigida del individuo. Los seres humanos dirigidos no desarrollan en plenitud su esencia. Lo que me preocupa básicamente es la ética del sujeto y para el sujeto. Yo entiendo que el sujeto está siendo disminuido o mutilado, porque –cuando no hay un ambiente de libertad– al individuo se le obliga desde arriba a ser de una determinada manera, y ahí no hay ninguna elección. La elección del individuo no sólo es un acto de la voluntad, sino también un acto de la inteligencia. Para elegir primero hay que pensar, lo que quiero y lo que no, y esa evaluación es la que hace grande a la persona. Pero cuando al individuo se le dice lo que tiene que ser, ese proceso no se realiza y así queda disminuido. Si el estado lo elige todo, el individuo no desarrolla su libre albedrío y resulta muy mermado en el terreno convivencial: no hay vida vecinal, casi no hay vida de familia, las relaciones de amistad se deterioran, etc.

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Friedrich Nietzsche

Esta sociedad actual tan desestructurada tiene que ser revertida a través de un proceso de transformación integral. Luego hay también ahí epifenómenos como el feminismo totalitario, que es también una negación de la libertad. Esto es, hay unos poderes que dicen hablar en su nombre pero que les dicen todo lo que tienen que pensar o lo que no, e incluso hasta cómo se tienen que vestir. El individuo debe ser soberano, con responsabilidad. Yo no creo en la libertad como el desencadenamiento de un egotismo enfermizo. Somos libres, pero con el otro, no contra el otro; por eso me repugna la idea nietzschiana del “yo contra el otro”. Debe hacerse un proceso de recuperación de una sociedad que se está desmontando, que ha caído en el fenómeno de la depresión.

Existe, de hecho, una clara insatisfacción en la falta de libertad del sujeto hiperdirigido, cuando todo se hace “por nuestro bien”. Eso crea una fuente muy fuerte de angustia, de ansiedad. El individuo, pese al discurso de que “el estado te protege”, “el estado del bienestar”, etc., se da cuenta en los momentos de lucidez que él no es dueño de su vida, que no participa en la toma de decisiones y que no forma parte de un tejido relacional en el cual él da y recibe. Todo eso le provoca una angustia muy profunda que ha de resolver con los psicofármacos y otros productos tóxicos, y se está produciendo un colapso que vemos en el crecimiento de las enfermedades mentales, aparte del problema de la droga.

Siguiendo esta línea, te quería mencionar un libro que escribiste hace no mucho en el que planteas el concepto de la revolución integral. ¿Podrías explicar qué modelo de sociedad es la que defiende esta revolución? ¿Se trataría de algo próximo al anarquismo o al comunalismo?

Sería más bien una sociedad comunalista. El anarquismo tiene cosas interesantes pero es un “ismo”. Yo entiendo que los ismos no son buenos, son como una camisa de fuerza, que las personas se ponen y no pueden ya pensar. La creatividad para mí es sagrada. El siglo XIX se construye a partir de ismos, en parte por la influencia de Hegel, y luego viene el marxismo, el anarquismo, etc. Yo creo que individuo tiene que dejar los ismos a un lado y pensar su mundo y pensarse a sí mismo a partir de la libertad y de la experiencia. Debe observar la realidad y extraer conclusiones con la ayuda de sus iguales.

Pero esta revolución que tú propones, para que pase de lo teórico a lo real o práctico, ¿cómo debería hacerse?

Tiene que ser una revolución comunal que recupere ese pasado donde la gente se ayudaba, vivía conjuntamente y había grandes extensiones de tierra que eran de propiedad colectiva, del pueblo. Lo que tiene que ser esta sociedad en primer lugar es una sociedad de la soberanía popular en que el individuo establezca con sus semejantes relaciones de igualdad y de mutua asistencia. Creo pues en un individualismo comunalista, no hostil ni agresivo, que es el propio de la sociedad burguesa, y también en el terreno económico. Ahora quiero iniciar una serie de trabajos para mostrar cómo las sociedades actuales son enormemente ineficientes.

El término “revolución” lo utilizo en el sentido de un gran cambio. Ya vemos en qué han acabado todas las revoluciones: la francesa, la rusa, la china, la cubana… No son revoluciones de la libertad ni del sujeto. La recuperación de la noción de sujeto es decisiva en la sociedad occidental. Esto ya lo vemos en los antiguos griegos cuando luchaban contra Persia y decían: “Nosotros somos menos pero como valemos más cada uno –porque vivimos en la libertad– podemos vencer a los persas, ya que ellos son muchos pero están dominados por poderes enormes.” Hay que recuperar esa visión del individuo, porque el individuo soberano es un individuo capaz. Es un individuo de la inteligencia, de la voluntad, de la fortaleza, del vigor físico, del poder relacional. Y en esa recuperación tiene mucho sentido la ética, en el sentido moral, porque el individuo elige unos criterios a los cuales se subordina, y a partir de ahí se construye. Asimismo, le doy mucha importancia a recuperar la virtud, como era en la sociedad griega o la romana: ser uno mismo y construirse a sí mismo. Esta noción tenía muchos elementos que hoy se han perdido, como por ejemplo la cortesía. ¡Qué daño ha hecho la pérdida de la cortesía! Era una manera de estar con los demás, una voluntad de ser agradable, etc. Cuando toda una comunidad tiene la idea de que hacer la vida agradable a los demás es un componente esencial de su existencia, entonces eso supone un salto adelante. En fin, todo esto es una filosofía de la vida…

Y en este camino que has realizado, ¿cuáles han sido tus autores o investigadores de referencia, los que te han guiado en tu forma de pensar y de escribir?

Bueno, ahí está la sabiduría escrita, empezando por citar a los autores clásicos, por ejemplo a Plutarco. Yo tuve una época mala en que me dejé llevar por la locura de la modernidad, en que fui marxista, pero en realidad yo era un marxista muy peculiar. Yo tenía un fondo de cultura clásica, como Cervantes, que me había llegado a través de mis padres. Ahí ya había una voluntad del bien y también una concepción ética de la vida, entendiendo ésta como un combate en que hay que estar dispuesto a dar la cara y aceptar que te la pueden partir. En este sentido, Plutarco me influyó mucho, pero pensaba que para la acción política y cultural había que acudir a ideologías como el marxismo. Luego me di cuenta de que no era así, que el marxismo era una visión deshumanizada y que no era propia de la cultura occidental por su falta de interés por la persona.

Seneca
Séneca

Volviendo a los autores del mundo clásico, no citaría a ninguno en particular pero sí a los filósofos cínicos, sobre todo en la cuestión del desinterés por los bienes materiales y de la fortaleza. También valoro el estoicismo, en la figura de Epicteto, más que Séneca, que es muestra de un estoicismo más reblandecido. Asimismo, me ha influido mucho –y no tengo por qué ocultarlo– el cristianismo, pero no el de la Iglesia. Por ejemplo, los Hechos de los apóstoles nos enseñan una manera de vivir, así como los evangelios, especialmente el evangelio de Juan, y el Apocalipsis. Hay que hacer nuestra propia lectura del Nuevo Testamento para comprenderlo tal como se escribió en el siglo I. Por ejemplo, la cosmovisión del amor –y el cristianismo es la religión del amor– es una gran revolución. Desgraciadamente, aunque yo llevo mucho tiempo intentando explicarlo, esto no se entiende.

Además está la revolución de la Alta Edad Media provocada por el monacato cristiano, que tuvo su etapa de esplendor y luego de declive, en que es integrado por los poderes constituidos. De hecho, todos los monasterios que hoy existen son los monasterios señoriales o reales, pero en los siglos VII y VIII había una pléyade enorme de pequeños monasterios que eran comunidades de vida, en los que se practicaba la ausencia de propiedad privada, el gobierno por asambleas, el trabajo libre, etc. Eso era muy liberador. En el siglo XII Europa ya era mucho más rica antes de que surgiera ningún imperio, ya que se había aprendido la importancia del trabajo libre y se hacía el trabajo con alegría. Además, entonces aparece algo nuevo, el artesanado, del que se deriva la ciencia moderna. Esto es, surge de la gente que ponía obradores y de las innovaciones que se van implantado desde el siglo XII en ámbitos como la metalurgia, la construcción, la agricultura, etc.

A propósito de esto, ¿qué opinión te merece la ciencia actual? ¿Crees que se ha convertido en algo muy complejo, que la gente no entiende, y en suma una religión que nos quieren imponer? 

La ciencia debe surgir de la experiencia. A veces puede hacerse experimentación en laboratorio, pero incluso eso es inquietante porque el laboratorio no es la vida. Por ejemplo, las ciencias exactas están muy matizadas; existe la inquietud de que en realidad son una especulación. Volvemos otra vez a la creencia aristotélica de que el conocimiento se autogenera al margen de la experiencia. Aristóteles convirtió la ciencia en un saber especulativo; se puede especular con las palabras y también se puede especular con las matemáticas, que es lo que hizo Einstein. Eso me crea inquietud.

Yo creo que la ciencia tiene que volver a fundirse con la sociedad y dar explicaciones de lo que dice. En general, la gente se ha desentendido de ella, y en gran medida con razón. La ciencia tiene que volver a ser popular. No puede ser de unas personas que utilizan no se sabe qué saber científico para imponer determinados procesos de ingeniería social. Ahora mismo, la ciencia tiene un prestigio deficiente. Se gasta muchísimo dinero y hay cientos de miles de científicos, pero ¿dónde están los resultados? Tendrían que explicárnoslo. Se ha producido un colapso del pensamiento creador, y de hecho, en las universidades el individuo pierde su creatividad y ya no logra entender el mundo ni resolver nada. Y yo, que me manejo mejor en el campo de la filosofía, veo que tenemos docenas de miles de profesores de filosofía… ¡y ningún filósofo!

Un poco como resumen de lo que hemos hablado, ¿qué juicio te merece la civilización actual basada en el materialismo, la tecnología y el crecimiento de la economía?

Me merece un juicio negativo, claro. Yo creo que debe formarse una sociedad nueva cuyo fundamento sea la libertad, el individuo y el gobierno directo, y que recupere todos aquellos elementos de la condición humana –como la convivencia, la relación, el afecto– que al estar reprimidos están creando una sociedad de enfermos. La sociedad actual no es viable, vamos hacia un colapso y no solamente por razones económicas sino porque a 30 años vista la mayoría de la población va a estar enferma mentalmente; será una sociedad de seres desequilibrados. Se ha creado una sociedad que nadie la soporta. Habrá que hacer una gran revolución para que la gente se sienta a gusto y pueda otra vez encarar la vida desde la satisfacción anímica.

Para finalizar, ¿qué es para ti la espiritualidad, o el hecho de trascender de nuestro mundo y pensar en términos más elevados?

Yo tengo una visión naturalista de la espiritualidad; no soy creyente. Yo entiendo que la espiritualidad es el ejercicio de las funciones de la persona que son inmateriales, producto de la inteligencia, aunque ha sido pervertido por el racionalismo. Luego está el componente estético, como en la Antigua Grecia, según el cual la belleza no está sólo la naturaleza sino también en los seres humanos. Los griegos consideraban que el elemento bello fundamental era el ser humano y así lo plasmaron en su arte. Después está la construcción del propio interior, y ahora mismo no se puede pedir a la gente que tenga espiritualidad, porque con el ritmo de vida actual la persona no tiene tiempo a sentarse, a pasear –que es tan reparador para el espíritu–, a tener recogimiento en sí mismo. Tenemos que retornar a ello y acudir a las técnicas de búsqueda de la vida interior, empezando por las más simples, para estudiarse y comprenderse a sí mismo, y de este modo comprender a los demás, para interactuar y construirnos colectivamente.

Yo confío mucho en que una sociedad basada en el desarrollo de estas capacidades del individuo representaría un salto adelante enorme respecto a la sociedad actual, pero hay que decirle a la gente de la calle que la sociedad actual está en un proceso de descomposición, por muchos factores, y uno de ellos es porque el sujeto ya no puede más. El ahogamiento del sujeto es lo más sensible. Lo ves cuando estás en la gran ciudad, cuando tomas el metro o el autobús a primera hora de la mañana y ves a la gente machacada y te preguntas “¿cómo lo aguantan todavía?” Esperemos que este momento crítico de la Humanidad culmine en algo positivo.

Esperemos, a ver si es verdad. Muchas gracias, Félix.

DSCN3015

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: archivo autor / Wikimedia Commons


[1] Periodo comprendido aproximadamente entre los siglos V y XII.

[2] En castellano, versolaris. Se trata de artistas improvisadores de versos que cantan o recitan sus versos en euskera.

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2 respuestas a “Entrevista a Félix Rodrigo Mora

  1. Una entrevista que despierta mi envidia sana.
    Tachado de marxista y anarquista por los “derechosos” y de fascista por los “izquierdosos”

    Interesantes las preguntas y las respuestas, me quedo con una perla:
    “tenemos docenas de miles de profesores de filosofía… ¡y ningún filósofo!”
    que se puede aplicar a muchos otros campos, por desgracia. La creatividad se echa en falta hoy día, sobran profesionales y faltan expertos.

    Un saludo.

    1. Gracias piedra (por tu sana envidia)

      Bueno, como ya he comentado, yo disiento de algunas de sus posiciones pero entiendo que Félix ha escogido una línea y la sigue con coherencia, contundencia y valor, hasta sus últimas consecuencias… lo que puede derivar en que le llamen “facha”. Claro que, tal como vamos, dentro de poco todos los que no compartan el ideario políticamente correcto (y cada vez son más) van a ser fachas, ¡aunque hayan votado comunista toda la vida! Lo de la destrucción de la creatividad lo veo muy evidente y está en la línea de destruir la libertad, de destruir al individuo y de todo lo que nos hace humanos diversos. Es la política de la “igualdad” y del transhumanismo…

      Pero lo que más valoro de haberle conocido es que me parece un hombre íntegro y cabal, y cada uno será como será, con su forma de ver la vida y la existencia, pero nos respetamos y nos apreciamos en un mundo paranoico en el que por cualquier estupidez te despellejan en las redes sociales (…o en la realidad). Por mi parte seguiré publicando materiales de Félix siempre que lo estime oportuno.

      Saludos,
      X.

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