La Revolución Industrial condujo a la masacre industrial

revolucion_industrialDifícilmente se podrán encontrar opiniones de historiadores o expertos en ciencias sociales que no alaben el papel de la llamada Revolución Industrial, un proceso que se inició en Gran Bretaña en el siglo XVIII y que se extendió progresivamente por toda Europa y el mundo civilizado durante el siglo XIX. De hecho, no es aventurado afirmar que los grandes cambios sociales y económicos de la Edad Contemporánea estuvieron en no poca medida marcados por esa Revolución Industrial que transformó los modos de producción y acabó por enterrar el feudalismo, el Antiguo Régimen y la economía basada en el sector primario. Y todo ello coincidió, no por casualidad, con las revoluciones burguesas, nacidas de la Revolución Francesa y de la independencia de los Estados Unidos, que supondrían la instauración y consolidación de regímenes “democráticos”, los cuales vendrían a superar –teóricamente– todos los males derivados del tradicional absolutismo monárquico que llevaba siglos instalado en casi todo el mundo.

Por tanto, nuestra sociedad “democrática”, moderna y tecnológica no habría podido existir sin ese salto cualitativo en los modos de producir bienes y de obtener riqueza a partir de una serie de adelantos científicos y técnicos –empezando por la famosa máquina de vapor de James Watt– que llevarían a buen número de labradores, operarios y artesanos a las nuevas fábricas, donde la máquina tenía el predominio absoluto. En realidad, no hubo una liberación con respecto a la antigua situación de siervos y campesinos, sino un cambio en las relaciones sociales y económicas, lo que comportó la creación de una clase obrera o proletariado que se convirtió en el último eslabón de una cadena en la que ellos producían y otros se llevaban el gran beneficio. No voy a entrar ahora en el debate sobre cómo se produjo esa compleja y dura transición y cómo las clases populares quedaron sometidas a los nuevos amos burgueses, comerciantes y financieros. Sobre la explotación y las pésimas situaciones laborales generadas por la industrialización ya se ha escrito mucho y no vale la pena incidir más en ello.

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El tren fue símbolo del progreso del s. XIX

Ahora bien, quizá hay un aspecto de esa Revolución Industrial que quizá no se ha abordado en su justa medida, y es la contribución de ese nuevo mundo industrial a la transformación de los conflictos entre las naciones y la masificación-generalización de la guerra. En efecto, si estudiamos el avance de la industria desde finales del siglo XVIII, con las nuevas máquinas e inventos, veremos que la Revolución Industrial se puso al servicio de una nueva manera de hacer las guerras que permitía la movilización de enormes recursos humanos y materiales y la aniquilación en masa de seres humanos en los campos de batalla y aún lejos de ellos, lo que demuestra que el camino de la civilización ha sido en realidad un descenso a los infiernos. Así, la gran mayoría de avances técnicos no tardaron en tener una rápida traslación al entorno bélico, posibilitando un salto cualitativo en la matanza de seres humanos nunca visto antes, y todo ello en un espacio temporal poco superior a unos 100 años. ¡Y no por nada, los premios de mayor prestigio en el mundo científico llevan el nombre de Nobel[1], el inventor de la dinamita en el siglo XIX!

Pero empecemos por el principio. Si analizamos los conflictos a gran escala que se han dado a lo largo de los siglos, veremos que existió una amplísima era en que el combate estaba dominado por las armas blancas, esto es, metálicas. Este es el clásico escenario de peleas cuerpo a cuerpo con espadas, lanzas, mazas, picas, hachas, puñales, etc. con la inclusión de algunas armas “a distancia” como los arcos y flechas y las simples máquinas de guerra, como las catapultas, que lanzaban piedras, bolas de fuego o proyectiles. En este contexto, sólo las grandes batallas entre enormes ejércitos –que duraban un día entero o varios días– producían muchos miles de muertos y heridos sobre el campo de batalla. A finales de la Edad Media, entraron en juego las primeras armas de fuego, básicamente cañones destinados a derribar las murallas de las ciudades a base de lanzar pesados proyectiles. Con el tiempo, estas armas llegaron al uso de la infantería en forma de arcabuces, mosquetes y fusiles, con lo cual ya se podía abatir al enemigo a distancia y sobre todo perforar las armaduras y corazas típicas de los siglos anteriores, mejorando así las prestaciones de arcos y ballestas, que progresivamente fueron desapareciendo.

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Soldados y armas de las guerras napoleónicas

No obstante, el proceso completo de carga y disparo era muy lento y las armas de fuego no supusieron una gran diferencia en el tipo de guerra. De hecho, la espada y la pica siguieron teniendo un papel destacado en el combate cuerpo a cuerpo, y en el siglo XVIII evolucionaron al sable y al fusil con bayoneta. De todos modos, como se pudo ver a inicios del siglo XIX, una enorme potencia de fuego concentrada –a cargo de largas filas de fusileros y de baterías de artillería– podía resultar en grandes matanzas en cada vez menos tiempo, en batallas que implicaban a veces a centenares de miles de combatientes. La prueba es que, tras unos 20 años de guerras napoleónicas en toda Europa y el Mediterráneo, se produjeron entre unos 3,2 y 6,5 millones de muertos, según las estimaciones. En realidad, el modelo de guerra de exterminación por arma de fuego ya estaba esbozado en esa época. Lo único que hacía falta para culminarlo era lograr la mecanización de los ejércitos y mejorar las prestaciones de las armas para poder matar y destruir a mayor velocidad y con mayor intensidad.

En este punto, la Revolución Industrial facilitó que la guerra moderna adquiriese un carácter industrial y masivo, sustentada por los estados y con el apoyo inestimable de la iniciativa privada y la financiación bancaria. Así, se hicieron formidables esfuerzos industriales encaminados a producir masivamente bienes de guerra y equipamiento básico para los ejércitos, que precisaban de vestido, calzado, mochilas, carruajes y pertrechos de todo tipo, aparte de las propias armas y grandes cantidades de munición. El modelo de la Revolución Francesa de un ejército popular y ciudadano, con levas obligatorias y grandes contingentes de tropas, creó la necesidad de mantener dicho ejército con una potente maquinaria industrial y logística que le facilitase todo lo necesario para combatir durante muchos años en guerras de alcance continental, como ya se pudo ver durante las guerras napoleónicas. Como consecuencia de esta nueva concepción, la tradicional guerra de ejércitos pequeños o medianos compuestos mayormente por mercenarios o especialistas quedó obsoleta. La guerra industrializada sería en adelante una guerra socializada.

En el ámbito de la guerra terrestre, este salto industrial empezó a darse a inicios del siglo XIX con la aparición de varios adelantos científicos y técnicos que transformaron paulatinamente el campo de batalla. La ingeniería militar tomó un gran impulso y en poco tiempo se pasó de fusiles que disparaban gracias a la chispa de un pedernal a sistemas de percusión –generalizados hacia 1820– que encendían la pólvora de forma fiable y en cualquier condición climática. Luego vinieron los cartuchos –primero de papel y luego metálicos– que ya incluían la pólvora y el proyectil, los fusiles de retrocarga, y finalmente las armas de repetición que permitían al soldado sostener una gran cadencia de fuego. Similares adelantos se dieron en la artillería, que también se hizo de retrocarga, con piezas de más calibre, alcance y precisión.

Pero sin duda el invento más letal fue el de la ametralladora, creada por el americano Gatling y mejorada por su compatriota Maxim en la segunda mitad del siglo XIX. Esta potente arma permitía el disparo automático y rápido, haciendo que el trabajo de una sola máquina fuese equivalente al de toda una compañía de fusileros. De esta manera, ya era posible lanzar en un minuto un torrente de centenares de balas desde una única boca de fuego. A todo esto, la Revolución Industrial también proporcionó nuevos medios para el despliegue de la guerra, en particular en el campo del transporte. Así, la reciente invención del ferrocarril, a cargo de Stephenson en 1825, permitió el envío rápido por vía férrea de tropas y suministros a las zonas de conflicto, y eso lo aprovecharon bien los alemanes para imponerse a mediados del siglo XIX en sus guerras contra el imperio austro-húngaro y el imperio francés.

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HMS Victory (1805)

Si saltamos ahora a la guerra naval, aquí el impacto de la Revolución Industrial fue todavía mayor. Para situarnos en contexto, basta realizar un somero examen de la evolución industrial y tecnológica en el transcurso de sólo un siglo (1805-1906). Así por ejemplo, los buques de línea de la batalla de Trafalgar, en 1805, eran barcos de madera impulsados a vela, con sus dos costados repletos de cañones de no mucho alcance y precisión, como venía siendo costumbre desde el siglo XVI. Tras el cañoneo entre ambas flotas, los barcos se acercaban y se disparaban armas de fuego menores e incluso en ocasiones se recurría aún al clásico abordaje. Para hacernos una idea de la tecnología de esa época, cabe señalar que el buque insignia del almirante Horatio Nelson, el HMS Victory, tenía un desplazamiento de 3.500 toneladas y una tripulación de unos 850 hombres. Transportaba 104 cañones de diferente calibre en tres cubiertas y navegaba con buen viento a un máximo de 11 nudos.

Pero ya a finales del siglo XVIII, el ingeniero e inventor norteamericano Robert Fulton había pensado en aplicar la máquina de vapor a la propulsión de los barcos, a partir de algunos experimentos previos. Fulton intentó vender sus proyectos a ingleses y norteamericanos y rápidamente se volcó al terreno militar viendo la posibilidad de ganancias, dada la situación de guerra en el continente europeo. Así, desarrolló los torpedos navales y submarinos, y diseñó un prototipo de submarino por encargo de Napoleón, el Nautilus, que fue probado en 1800, si bien al final ningún gobierno se interesó por él. Hacia el final de su vida, en 1807, Fulton logró hacer navegar un vapor de paletas viable de carácter comercial, pero acto seguido patentó el diseño de un barco de guerra a vapor, viendo las ventajas que aportaría, y tal buque, el Demologos, llegó a construirse, aunque él murió antes de que fuera completado.

El caso es que en pocos años los barcos de guerra acoplaron máquinas de vapor junto al velamen –que acabó por desaparecer– y así lograron disponer de propulsión constante, aparte de mayor velocidad. Con las innovaciones en ingeniería naval y artillería, los barcos se hicieron cada vez más grandes y se reforzaron con placas metálicas de blindaje, incorporando cañones cada vez más poderosos. De este modo, en la segunda mitad del siglo XIX ya se construyeron buques de gran tonelaje enteramente metálicos, con máquinas fiables y potentes, capaces de cruzar todos los mares a buena velocidad con la sola necesidad de repostar carbón. Y la idea del submarino fue retomada a partir de la guerra civil americana y desarrollada por varios países con fines únicamente militares –no podían ser otros– hasta convertirse en un arma devastadora de la guerra total, como se pudo comprobar en el siglo XX.

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Acorazado HMS Dreadnought (1906). Nótese la enorme diferencia con el HMS Victory, de sólo un siglo antes

Este avance industrial imparable culminó a inicios de siglo XX con la aparición de enormes buques de acero totalmente blindados y con grandes piezas de artillería. Así, en 1906 se botó el HMS Dreadnought, el modelo de buque principal de la flota o “acorazado”. Su desplazamiento era de más de 18.000 toneladas y su tripulación oscilaba entre 700 y 810 hombres. Tenía una artillería principal de 10 cañones de 305 mm. y un blindaje máximo de 28 cm. Su propulsión era por turbinas de vapor y sus 18 calderas le daban una potencia de 23.000 CV, que le permitían alcanzar una velocidad de 21 nudos. Las comparaciones con la era de Nelson son insostenibles en todas las facetas. Sólo por poner un ejemplo, mientras que el Victory podía lanzar sus balas de cañón a unos pocos centenares de metros (como máximo unos 900), el Dreadnought podía disparar proyectiles de casi 400 kilos a más de 15 kilómetros de distancia. En realidad, las diferencias entre ambos buques eran el fiel reflejo del abismo existente entre la era pre-industrial y la industrial.

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Avión “Flyer” de los hermanos Wright (1903)

Finalmente, hay que mencionar que la rápida evolución de los motores, como máquinas emblemáticas de la Revolución Industrial, llevó al invento del motor de explosión, que no sólo supuso la mecanización y automoción de los carruajes, sino que permitió ganar otra dimensión insospechada: la conquista del cielo. Así, en 1903 los hermanos Wright consiguieron hacer volar un armazón con alas de tela y madera gracias a la propulsión de un motor de explosión que movía unas simples hélices. Las prestaciones, empero, fueron muy modestas: apenas unos centenares de metros recorridos a muy baja altura y durante menos de un minuto. Con estos antecedentes, todo el mundo consideró que aquello no era más que un entretenimiento o una curiosidad científica, pero muchos países empezaron a interesarse por las futuras capacidades del nuevo artefacto volador, sobre todo en el campo del transporte y de la observación aérea. Pero no se tardó mucho en llegar a la aplicación bélica, y en 1911 los italianos ya utilizaron toscos y lentos aviones para lanzar granadas a las tropas otomanas en el norte de África.

Así pues, el siglo XIX y los inicios del XX fueron el marco en que el viejo mundo quedó atrás y fue sustituido por la modernidad nacida de la Revolución Industrial, identificada con el progreso en todos los órdenes de la vida cotidiana. De este modo, se produjo una cierta expansión demográfica en Occidente y el acceso a cada vez más bienes y comodidades impensables en épocas pasadas, lo que supuso un espejismo de avance ilimitado y confianza ciega en la ciencia y la técnica, cuyos parabienes parecían satisfacer todas las necesidades: fabricación textil a gran escala, viajes transoceánicos rápidos, transporte de gran cantidad de mercancías por tren y mar, producción industrial de bienes de consumo, generalización de la electricidad y la luz artificial, motorización del transporte privado y público, mejora de las comunicaciones, construcción en acero y hormigón, etc.

Sin embargo, por debajo de esa superficie de progreso material, la Revolución Industrial había conseguido crear durante un siglo los medios para el aniquilamiento masivo de personas a través de enormes guerras internacionales protagonizadas precisamente por los modernos estados industrializados y aparentemente más civilizados. Así, hacia finales de siglo XIX se inició una tremenda y costosísima carrera armamentística en las principales naciones occidentales, e incluso los nuevos países desarrollados, como el Japón, aprovecharon el despegue industrial para armarse hasta los dientes con la más moderna parafernalia militar. Llegados a este punto, ya en 1914, una serie de eventos y un complejo juego de alianzas hicieron que la sociedad occidental se precipitase hacia la primera guerra masiva industrial: La Primera Guerra Mundial, o “Gran Guerra”.

WAR & CONFLICT BOOKERA:  WORLD WAR I/THE FRONT
Tropas francesas armadas con ametralladoras (Primera Guerra Mundial)

Todo lo conocido hasta entonces cambió radicalmente con esta guerra total planetaria, en que se pusieron en juego todos los recursos humanos y materiales disponibles por las grandes potencias y se consolidó el perverso círculo vicioso en que el desarrollo industrial incentivaba la guerra y la propia guerra incentivaba el desarrollo industrial. Así pues, la antigua guerra napoleónica revivió en su concepto, pero esta vez con una dimensión industrial inimaginable, que convirtió la masacre humana a gran escala en un negocio redondo, con cientos de fábricas, empresarios, contratistas, inversores, técnicos e inventores implicados, todos dispuestos a sacar la mayor tajada del conflicto. Y como ya venía siendo costumbre desde siglos atrás, la banca internacional financió generosamente a todos los bandos en liza.

¿Y qué pasaba entretanto lejos de los cómodos despachos? Centenares de miles de soldados se hallaron atrapados en una eterna guerra de trincheras porque los medios de destrucción se habían hecho colosales. La presencia en el campo de batalla de miles de cañones de gran calibre capaces de batir y asolar terrenos a mucha distancia hizo que el soldado quedase del todo empequeñecido. Si a eso sumamos la potencia terrible de las ametralladoras y los modernos fusiles, la supervivencia a cielo abierto era poco menos que una quimera. De este modo, y con el beneplácito de unos generales carniceros, enormes contingentes de tropas fueron lanzadas a una masacre segura en que apenas tenían oportunidad de causar ningún daño al enemigo antes de ser despezadas por un fuego masivo e infernal.

En efecto, la aplicación de la maquinaria industrial bélica se plasmó en espantosas batallas que se repitieron una y otra vez. Esta es la típica imagen de los ataques suicidas a la bayoneta de miles de soldados que trataban de alcanzar las trincheras enemigas bajo un nutrido fuego de artillería, fusilería y ametralladoras. Ante ese muro de fuego y metralla, el resultado de esos ataques no podía ser otro: una matanza aterradora nunca vista anteriormente, provocada a veces en unos pocos minutos. Asimismo, en tal escenario pavoroso, no es de extrañar que las cargas de caballería pasasen a la historia, pues jinetes y caballos eran abatidos como moscas por las armas automáticas. En suma, la gran mayoría de muertes ya no se producían por el contacto entre combatientes sino por el efecto devastador de las armas a distancia.

Por poner un ejemplo espeluznante, cabe señalar que solo en el primer día de la batalla del Somme (el 1 de julio de 1916) los británicos sufrieron casi 60.000 bajas al asaltar las trincheras germanas. Al concluir la ofensiva del Somme, ya en noviembre de 1916, se estima que las bajas de franceses y británicos ascendían a unos 600.000 hombres, con una cifra semejante en sus oponentes alemanes. Entretanto, la línea del frente apenas resultó alterada, si bien el mando aliado consideró que había logrado una gran victoria estratégica, al aliviar la presión sobre Verdún y haber causado grandes pérdidas al enemigo. Precisamente, en Verdún se dio el clímax de la carnicería, pues ambos bandos tomaron esta plaza como un enclave simbólico que debía defenderse o tomarse a toda costa y ello provocó la acumulación y muerte de centenares de miles de hombres. Ahora bien, no está de más recordar que la mayor parte de las ofensivas se organizaban para ocupar unas estrechas franjas de terreno que a menudo eran reconquistadas al poco tiempo por el bando enemigo, en un mortal juego de toma y daca.

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Soldado inglés con máscara de gas

Frente a esta situación, la modernidad industrial y tecnológica quiso añadir nuevos elementos que rompieran el macabro equilibrio de las trincheras, y de este modo se introdujeron ciertos “adelantos” como el tanque, impulsado por el mismísimo Winston Churchill, que desde 1916 trató de superar sin éxito la guerra estática. Antes bien, facilitó la expansión de un nuevo tipo de guerra móvil blindada que iba a añadir más muerte a los campos de batalla. Y todavía fue peor la incursión de la pujante industria química, en forma de uso indiscriminado de gases tóxicos que produjeron muchos miles de bajas antes de que se recurriese a la protección de las máscaras antigás. Era, de hecho, una arma mortífera y silenciosa que podía extenderse sobre grandes extensiones de terreno y herir o matar en poco tiempo a miles de personas, si bien los cambios de los vientos se volvieron más de una vez contra los que habían lanzado los gases a la atmósfera. Por cierto, es oportuno remarcar que esos primeros fabricantes de armas químicas se convirtieron luego en grandes cárteles industriales de alcance internacional y más tarde, ya hasta la actualidad, se reciclaron en las modernas industrias químico-farmacéuticas.

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Submarino alemán (Primera Guerra Mundial)

En lo referente a la guerra naval, los grandes acorazados ya citados se enfrentaron al menos en una gran batalla, demostrando su poder destructivo a enormes distancias, como cuando hundían en apenas unas pocas salvas a otros navíos semejantes, causando la muerte casi instantánea de toda o casi toda la tripulación (generalmente más de 1.000 hombres en los buques mayores). No obstante, la matanza industrial en el mar vino de la mano del arma submarina que –como una moderna piratería– se dedicaba a hundir impune e indiscriminadamente cientos de cargueros o barcos de guerra, llevándose al fondo del océano tanto las mercancías como los tripulantes. Esta práctica formaba parte de esta nueva guerra industrial sin restricciones, pues se justificaba por la necesidad de negar al enemigo recursos y suministros de todo tipo, lo cual también incluía los alimentos para la población, lo que viene a incidir en el concepto de la socialización de la guerra moderna. Esto, de hecho, es lo que había soñado Napoleón con su famoso bloqueo total a Gran Bretaña, pero en su época todavía no disponía de los elementos bélicos para ejecutar eficazmente dicha estrategia.

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Triplano Fokker (1917)

Con todo, la Primera Guerra Mundial vio la consolidación del arma “moderna” por excelencia: el aeroplano. Al iniciarse la guerra, los contendientes ya disponían de unas precarias fuerzas aéreas, pero sus aviones no eran mucho mejores que el aparato con que el francés Blériot cruzó el Canal de la Mancha en 1909. Dicho avión tenía un motor de apenas 80 caballos y no podía superar los 120 km/h, volando a unos pocos centenares de metros de altura. Sin embargo, las necesidades de la guerra aérea provocaron una rapidísima evolución técnica de estos aparatos. En 1914 los aviones no llevaban armamento y tenían por principal misión observar desde el aire los movimientos del enemigo, pero muy pronto se hizo preciso abatir dichos aviones, y luego atacar y bombardear los objetivos terrestres. Esto provocó la fabricación en masa de aviones de observación, caza y bombardeo, cada vez más potentes y mejor armados. Así, llegados al final de la guerra en 1918, el avión francés SPAD S.XIII, gracias a su motor de 220 caballos de potencia, podía alcanzar una velocidad de 222 km/h, y volar hasta una altitud de 5.400 metros, con un radio de acción de más de 400 kilómetros. Dicho de otro modo, los aviones de 1914, comparados con los de 1918, eran poco más que juguetes.

Por otra parte, se desarrollaron grandes dirigibles o zeppelines, así como aviones de varios motores, todos ellos capaces de cargar bombas, que fueron empleados en bombardear tanto a las fuerzas militares como a la población civil, como sucedió en el caso de la ciudad de Londres. Todo ello fue, como se pudo comprobar posteriormente, un preludio o ensayo de la guerra indiscriminada aérea que tuvo lugar años más tarde en la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. En apenas unos años, en el periodo de entreguerras, dichos aviones de bombardeo se convirtieron en mastodontes metálicos bien armados y protegidos que podían lanzar toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre pueblos y ciudades desde una gran altura, lo que suponía el triunfo de la masacre industrial, al poder devastar una población y matar al instante a decenas o centenares de miles de personas en unas pocas horas, y con un mínimo de bajas propias.

Para resumir y hacernos una idea de conjunto, basta referirnos a lo que supuso la Primera Guerra Mundial como modelo de guerra industrial en que los estados pusieron toda la carne en el asador. Se movilizaron alrededor de unos 70 millones de soldados y se produjo una terrorífica pérdida de vidas humanas, muy superior a lo sucedido un siglo antes, en la época de Napoleón. No hay un acuerdo o consenso entre los expertos sobre las cifras finales, pero las estimaciones se sitúan entre los 10 y 31 millones de muertos, tanto militares como civiles, más un altísimo número de heridos, mutilados, desplazados, etc. en todos los países.

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Aspecto de la ciudad de Hiroshima tras el bombardeo atómico (1945)

Lo que vino después no hace falta explicarlo, pues la Segunda Guerra Mundial fue una continuación de la Primera, y en ella se alcanzó una nueva cúspide de barbarie y aniquilación industrial de la población, sobre todo por efecto del arma aérea. Así, los nuevos avances científicos y técnicos se aplicaron en el campo bélico sin ninguna restricción, y recordemos –por ejemplo– que la energía atómica se empleó en primer lugar para calcinar dos grandes ciudades y matar a centenares de miles de personas. Y lo que es más evidente es que según avanzaba el tiempo y la Revolución Industrial se convertía en la actual Revolución Tecnológica, la matanza de personas se hacía más insensibilizada e impersonal, como si se tratase de evitar el remordimiento de tener que matar a alguien cara a cara, como en los tiempos antiguos. De este modo, desde hace ya décadas se han generalizado cada vez más los artefactos automatizados con capacidad para matar y destruir de forma “limpia” y a distancia, como los mísiles, las bombas “inteligentes”, las minas antipersonal, los aviones “invisibles”, los submarinos con proyectiles nucleares, los drones, etc., con la inestimable ayuda de la más moderna tecnología espacial, como por ejemplo los satélites.

Ahora es posible que tengamos la engañosa impresión de que todo eso es agua pasada y que no volverá a ocurrir. Sin embargo, la historia se repite constantemente; con nuevas formas y fachadas, pero se repite. Por ejemplo, nadie creía en 1919 que se podría dar otro baño de sangre como el de la guerra que acababa de finalizar. Así, lo que hemos visto en este pasado siglo XX y lo que llevamos del XXI nos debería hacer reflexionar y aceptar la triste idea de que no es imposible que se dé una nueva guerra total con el uso de las más mortíferas armas nacidas de la modernidad. Tengamos en cuenta que desde 1945 ya han tenido lugar múltiples conflictos locales o regionales –con la participación ocasional de las grandes potencias– que se han llevado por delante las vidas de millones de personas, con un creciente impacto en la indefensa población civil.

Hoy en día nos han vendido la idea de guerras quirúrgicas, limpias y justas, que matan “sólo lo necesario”, pero no nos equivoquemos: la tecnología desarrollada desde hace dos siglos ha hecho posible un mundo armado y preparado para la devastación, y eso sin llegar a emplear los ingenios atómicos. Una vez más, hemos creído que el progreso material, científico y técnico iba a superar los viejos demonios, pero lo único que ha hecho es abocarnos a otros tipos de guerra más salvajes y deshumanizados. El único progreso que de verdad podría revertir esta tendencia es el de la conciencia, y en ello estamos… Mientras tanto, los demonios siguen haciendo su trabajo.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Alfred Nobel, aparte de ser químico e ingeniero, fue un gran fabricante de armas, a través de la compañía Bofors.

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4 respuestas a “La Revolución Industrial condujo a la masacre industrial

  1. Efectivamente el desarrollo industrial,magnifica exponencialmente el poder de destruccion de las armas,aunque este desarrollo traiga aparejada varias facetas,no solo armamentisticas,tanto para bien como para mal.
    La guerra,opino,que es el gran fracaso de la Humanidad como especie y creo que la maldad y perversidad que acompaña a esta actividad,no depende de la sofisticacion de las armas,aunque estas puedan variar el numero de crimenes.
    Personalmente no veo mucha diferencia entre la depravacion y crueldad de los aztecas,por ejemplo,engordando y cebando personas,para luego abrirles el pecho en vivo y a cuchillo,para extraerles el corazon y comerselos,sin apenas tecnologia, asesinaban a miles de personas anualmente,con la vileza y malicia de quien aprieta un boton para lanzar misiles que segaran las vidas de muchas personas,y si,los aztecas sabian muy bien lo que hacian y los que aprietan el boton tambien.
    Si definimos a la guerra,como muerte,destruccion y maldad,tirando del hilo veremos que esa maldad corre pareja con la ignorancia y la mentira y si seguimos tirando,la ignorancia y la mentira son el reflejo exacto de la actitud de un alma degradada con conciencia y voluntad perversa.
    Pero la guerra no es unica y exlusivamente eso,tiene vertientes que son incoherentes y paradojicas,con el dolor que ocasionan,la gran cuestion es la legitimidad de una guerra o no.
    Responder a eso es bastante mas complicado y profundo de lo que a simple vista aparenta.

    Gracias por su trabajo. Un saludo.

    1. Gracias por el comentario Alarico

      En fin, no puedo estar más de acuerdo. Es evidente que la brutalidad ha estado presente en las civilizaciones desde tiempos antiguos (como el caso de los aztecas), pero en este artículo he querido destacar que precisamente eso que llamamos modernidad, progreso, avance industrial y tecnológico, etc. ha tenido una cara muy siniestra en la configuración de la aniquilación en masa de seres humanos, convirtiendo la máquina en instrumento de destrucción implacable, hasta el punto de hacer del ser humano una simple cosa o como se llama ahora “daños colaterales”. El mundo que salió de la Revolución industrial no es mejor que el mundo “tradicional”, aunque haya traído bienestar material (y no siempre), pues el precio pagado ha sido terriblemente oneroso. En toda la historia, la ciencia y la técnica más avanzadas a menudo se han aplicado en primer lugar al terreno bélico.

      Saludos,
      X.

  2. Qué triste que todos esos recursos no sean utilizados para lograr que la Humanidad viva mejor. Pero está claro que los amos del mundo tienen otros planes, en los que no encaja la armonía entre las personas. Como bien dices, sólo un cambio de conciencia podría revertir esta situación, pero es muy difícil que éste se dé entre la población que está siendo masacrada, porque bastante tienen con sobrevivir, y mientras no despierte la población que sigue “dormida”, viviendo ajena al drama humano que se desarrolla en otros países, porque su atención está dirigida a llegar a fin de mes, conseguir el nuevo modelo de IPhone, o ver como su equipo gana la Liga.

    1. Gracias Melisa

      Totalmente de acuerdo con tu comentario. A ver si la gente empieza a ver que detrás de las grandes palabras, el “progreso” y las conquistas modernas (en lo material especialmente) sólo hay más de lo mismo, pero aumentado exponencialmente.

      Saludos,
      X.

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