El síndrome Murat: de la erótica a la tragedia del poder

540118063_624ccb127c_oEs un hecho bastante obvio que desde los tiempos más remotos el poder ha sido siempre un potentísimo objeto de atracción y motivación para muchas personas de la más diversa extracción. Así, cuando alguien adquiere una gran capacidad para decidir y mandar en los más diversos ámbitos (sociales, políticos, económicos, científicos, etc.) parece alcanzar un estatus de superioridad y distinción sobre el resto de mortales, que deben limitarse a seguir al líder y obedecer. Y cuanto mayor poder se consigue, más ansias por ejercer un poder aún superior. Es la típica historia del “trepa”, del ambicioso.

Esto lo vemos en nuestro mundo cotidiano, sobre todo en las esferas políticas, en las que se produce una lucha despiadada –a veces soterrada, a veces pública– por obtener mando, control, influencia y privilegios, aparte de mucho dinero y bienes, lo que no pocas veces lleva a la corrupción. Ya se sabe, como dice el clásico aforismo: “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Y es que el poder comporta sus peligros, porque puede convertirse en un droga muy adictiva de difícil abandono. Quien la prueba se acostumbra a consumirla, pierde el sentido de la mesura y la realidad, y no se ve capaz de renunciar a ella. De este modo, al adentrarse cada vez más en la pirámide del poder, la trampa se va cerrando inevitablemente.

El resultado es que los poderosos de verdad, los que no se mueven jamás de su silla, van barriendo a todos aquellos aspirantes que creían que podían tocar el cielo, que se creían invulnerables pero que no lo eran. ¿Recuerdan a aquella política madrileña que llegó a un alto cargo en su comunidad, que se convirtió en toda una referencia, una triunfadora a la que nadie podía hacer sombra? Algo debió hacer mal, posiblemente salirse de un guión no escrito, porque llegado el momento la descabalgaron de su poltrona con una serie de maniobras bien preparadas que empezaron con un famoso máster de muy dudosa autoría y acabaron con un vídeo demoledor expuesto a la casquería pública. La señora en cuestión se topó de bruces con la realidad: su meteórica carrera se había ido al traste por no saber bien dónde estaba o con quienes se la estaba jugando. Su erótica del poder se había convertido en tragedia, y pese a todos sus esfuerzos y resistencias tuvo que tirar la toalla, al ver los hechos consumados. Como diría cualquier entendido en política o en el mundo de la empresa: “Todo el mundo es necesario, pero nadie es imprescindible”.

Murat
Joachim Murat

Como ejemplo histórico de esta fatalidad que rodea a los que juegan con el fuego de un poder casi ilimitado, quisiera exponer una historia no muy conocida, pero que es la perfecta muestra de cómo funciona el mundo en realidad y cuáles son los mecanismos del poder, que muchos de lo que están inmersos en él ni siquiera aciertan a comprender en su origen y propósito. Me voy a referir pues a la convulsa vida del mariscal de Francia Joachim Murat, conocido en España por haber protagonizado la tremenda represión de los días 2 y 3 de mayo de 1808 en Madrid, que en la práctica fue la espoleta que hizo estallar la sangrienta Guerra de la Independencia, que se extendería hasta 1813.

Joachim Murat nació el 25 de marzo de 1767 en Labastide-Fortunière (Francia), de una familia modesta, pues su padre era posadero. De joven ya se interesó por hacer la carrera militar y, dada su gran pasión por los caballos, ingresó en la caballería. En poco tiempo se convirtió en un gallardo oficial, atrevido y arrogante, que llamaba la atención por su fuerte personalidad y carácter. Con la llegada de la Revolución Francesa, a partir de 1789, vio su oportunidad de destacar y progresar, y él mismo se hizo un ardiente defensor del nuevo régimen en su ala más progresista (los “jacobinos”). La vanidad empezó a crecer en su pecho y ya en 1792 escribió lo siguiente:

“Soy lugarteniente, y si el coronel es nombrado general, de lo cual no dudo, yo seré su ayudante de campo y capitán. A mi edad, con mi valor y mi experiencia militar, puedo llegar muy lejos… Quiera Dios que mi esperanza no se malogre.”

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Napoleón Bonaparte (cuadro de J. L. David)

En poco tiempo obtuvo un mando secundario en una unidad de húsares y así empezó una carrera fulgurante aupada en la represión de los contrarios al nuevo régimen y en las guerras que mantenía la joven república francesa con las potencias absolutistas europeas. Así, en 1796, consigue el puesto de ayudante de campo del Estado Mayor de Napoleón Bonaparte, que se disponía a emprender su primera gran campaña militar en Italia. Este es el momento en que la vida de Murat quedará ya para siempre ligada a la de Napoleón. Precisamente, tras unas primeras acciones destacadas, Napoleón se fija en él y empieza a otorgarle las primeras distinciones.

Murat ve ahí el filón de poder que estaba esperando y se convierte al instante en el primer admirador y adulador de su emblemático jefe. Además, empieza a cultivar con celo su imagen personal de líder, y desde entonces –y hasta el final de su vida– vestirá uniformes de caballería absolutamente recargados y ostentosos, con capas, bordados, sedas, charreteras, piedras preciosas, sombreros lujosos, penachos de plumas, etc. Si a ello se une su aspecto personal de hombre fuerte y apuesto, él mismo se acaba creyendo un héroe mítico que ha de guiar a sus tropas como si fuera una especie de Alejandro Magno. Según los testimonios históricos, siempre se situaba al frente de su caballería, armado sólo con una fusta, y parecía ignorar a la muerte, al exponerse constantemente en primera línea. Lo cierto es que sus feroces cargas con cientos o miles de jinetes, con arrojo, decisión y visión de la batalla, hacen que Napoleón le vaya considerando como un subordinado de primer orden, e incluso su alter ego en el campo de batalla, capaz de ejecutar de la mejor manera sus tácticas de golpear al enemigo con velocidad y potencia en el lugar y momento precisos.

Tras los triunfos en Italia, Murat es ascendido a general y se convierte en uno de los jefes más próximos a Napoleón, que se ha dado cuenta de que no puede prescindir de él para completar sus éxitos. De este modo, Murat acompaña a Bonaparte en la dura campaña de Egipto y Oriente Medio y alcanza nuevos logros al frente de la caballería. A la vuelta de Egipto, los acontecimientos se precipitan y Napoleón disuelve el Directorio para fundar el Consulado, en que él ocupa el cargo de Primer Cónsul; en la práctica, un dictador militar. Murat está siempre próximo a Napoleón para apoyarle y en 1799 recibe el título de comandante en jefe de la Guardia Consular por los servicios prestados, que incluyen la neutralización de los parlamentarios díscolos que se oponían al golpe del corso. Y como suele ocurrir en los ámbitos del poder, Murat sube un peldaño definitivo mediante la unión familiar, pues en 1800 se casa con Carolina Bonaparte, hermana del Primer Cónsul, en gran parte como premio a su fidelidad y capacidad. Es lo que hoy llamaríamos coloquialmente un “braguetazo”. Así y todo, la vanidad y petulancia de Joachim Murat se van haciendo más fuertes y su ambición por tener más poder llega a convertirse en algo enfermizo. Además, su desmedida pasión por el lujo, la ostentación y las mujeres se hace proverbial.

Joachim Murat entering Florence, 19 January 1801
Murat entrando en Florencia (1801)

En ese punto, Murat ya es prácticamente el “n.º 2” militar de Bonaparte, pues acumula los cargos de lugarteniente general del ejército de reserva y comandante de todas las fuerzas de caballería. Además, ese mismo año, su actuación al frente de la caballería es decisiva en la batalla de Marengo (Italia) en que los austriacos acaban por ser vencidos cuando la situación estaba muy complicada para las tropas francesas. En 1801 lleva a cabo otra exitosa campaña en el norte y centro de Italia, y Napoleón le concede un mando de supervisión de Italia con sede en Milán. Fue en esa época, al relacionarse en un ámbito más bien político, en que empezó a pensar en implementar legislaciones, medidas y reformas para el bienestar y progreso de los italianos, sobre todo desde un punto de vista nacionalista. En cierto modo, Murat ya se veía en el papel de reyezuelo y líder de las aspiraciones de los italianos, aun siendo un subordinado de Napoleón con funciones básicamente militares.

Por otro lado, Murat ya había acumulado un gran fortuna, por sus sueldos, honores, títulos y propiedades, y su ego se podía considerar más que satisfecho por tener bajo su mando tantas tropas y jefes, incluidos algunos generales compañeros suyos. Con todo, Murat veía crecer el poder de Francia y de Napoleón, y deseaba una recompensa todavía mayor, acorde con sus méritos y capacidades. En parte, Napoleón lo reconoció tras autoproclamarse emperador de Francia en 1804, al concederle al año siguiente los títulos de mariscal, Gran Águila y Gran Dignatario, aparte de Gran Almirante (sin tener idea de la guerra naval; sólo era un honor sin cargo efectivo). Pero todo esto no parecía ser suficiente.

En 1805 se desencadena una nueva guerra contra Austria y Rusia, y Napoleón vuelve a echar mano de su fiel Murat para vencer en la ajustada batalla de Austerlitz. Tras este éxito, recibe del emperador el título de Gran Duque de Berg y de Clèves, siendo Berg un rico principado de Alemania a la derecha del Rin, con medio millón de habitantes. Murat, sin embargo esperaba más, pues Napoleón –tras su triunfo total en Europa– se había dedicado a repartir reinos, principados y territorios entre sus familiares y allegados, y Murat aspiraba a una porción de pastel más suculenta, quizá un importante reino europeo.

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Escena de la batalla de Austerlitz (1805)

Así, a pesar de instalarse en una suntuosa residencia en Colonia y disponer de un amplio territorio a su antojo, decidió ocupar militarmente otros territorios alemanes vasallos de Napoleón, extralimitándose a las órdenes recibidas. Al final, Napoleón consigue frenar la avidez de Murat por ampliar sus poderes, pero ya está bien alerta de que su cuñado tiene ideas propias y actúa por su cuenta en beneficio propio. Entretanto, Murat empieza a sentirse bien en su cargo de jefe político y se dedica a organizar su administración, si bien no acaba de estar satisfecho con las rentas que le proporciona su ducado y se mantiene en conflicto de intereses con los territorios vecinos. Parece que todo el mundo quiere ponerle cortapisas a su poder.

Lo que vino después fue una continuación de las hostilidades entre las grandes potencias y Murat retomó su papel guerrero, primero contra los prusianos y después contra los rusos. Tras una dura campaña de dos años, Murat nuevamente salió reforzado ante Napoleón, sobre todo en la batalla de Eylau (1807) en la que dirigió enfebrecido una monumental carga de 11.000 jinetes contra las líneas enemigas. Después de derrotar a los rusos y controlar completamente Polonia, Napoleón otorga una Guardia Polaca a Murat, que ya sobreentiende que se le va a conceder el reino de Polonia como recompensa a sus méritos, pero sus ínfulas duran poco al enterarse de que Napoleón no tiene intención de concederle ese reino, y eso le carcome porque él es de facto familia del emperador, por la parte de su esposa.

Llegados a 1808, la historia de Murat y sus ansias por el poder se aceleran con los siguientes acontecimientos. Napoleón tiene nuevos planes y –con el beneplácito de la Corona española– envía ejércitos contra Portugal (aliada de Inglaterra) que se abren paso por España, en una maniobra que es más una invasión encubierta que un simple desplazamiento de tropas. A todo esto, aprovecha las rivalidades internas entre el rey Carlos IV y su hijo, el heredero Fernando, para poner a los dos fuera de juego con un engaño para que abandonen el país y acaben abdicando. Para toda esta jugada, Napoleón confía una vez más en Murat, al que nombra su lugarteniente en España, la máxima autoridad militar.

De todos es sabido que la gestión de Murat en Madrid no fue la mejor y los sucesos se le fueron de las manos, provocando un alzamiento popular (el 2 de mayo) que acabó en un baño de sangre y una terrible represión, con cientos de muertos y ejecutados sin ningún juicio. Murat se sintió satisfecho por su eficacia, al haber controlado a las masas y cumplido su deber, y en consecuencia, esperaba recibir al fin su gran reino europeo por su fidelidad al emperador. No obstante, Napoleón no había pensado en Murat sino en uno de sus hermanos para ocupar el trono español, y tras las negativas de Luis y Jerónimo, su hermano mayor José –que reinaba en Nápoles– aceptó el ofrecimiento. Al menos, el emperador quiso por fin dar a Murat algo “notable” y le ofreció a escoger entre el reino de Portugal y el de Nápoles (el sur de Italia), que acababa de quedar vacante. Murat eligió Nápoles, por su experiencia en los asuntos italianos, aunque seguía pensando que era un reino menor.

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Fusilamientos del 3 de mayo de 1808 en Madrid, ordenados por Murat (cuadro de F. de Goya)

Con todo, Murat se veía finalmente aupado a una alta posición, pues el tratado de Bayona del 15 de julio de 1808 lo reconocía como Joaquín Napoleón, Rey de las Dos Sicilias, “por la gracia de Dios y la Constitución del Estado”. Murat se vio con Napoleón en París en agosto para recibir instrucciones sobre cómo proceder pero enseguida le empezó a solicitar la expansión de su territorio, el control de todas las tropas de Italia, y los medios para conquistar Sicilia, que estaba aún en manos de los Borbones. Lo que sabemos es que Murat llegó a su nuevo reino en septiembre y en general fue aclamado por el pueblo, entre fiestas y gran boato, como continuador de la obra del Rey José, un monarca constitucional que había emprendido reformas y mejoras de la administración. Aquí por fin Murat pudo ver cumplidos sus delirios de grandeza, luciendo vistosos uniformes y haciendo ostentación de su poder, pero también por la posibilidad de actuar como un auténtico soberano con todo un reino a sus espaldas.

En efecto, Murat se puso al frente de su reino con entusiasmo y ganas de ampliar su territorio con nuevas conquistas, mostrándose como un rey con metas propias, distintas de las del imperio francés. Así, no tardó mucho en emborracharse de poder –aunque tenía recursos humanos y económicos limitados– y planeó engrandecer su reino estableciendo muchas reformas y haciéndose muy deseado por el pueblo, con medidas que hoy llamaríamos populistas. En realidad, Murat se sentía plenamente autónomo y con libertad de acción, como si estuviese al mismo nivel que su propio jefe y que el resto de monarcas de las grandes potencias europeas, y esto provocó un choque cada vez más frecuente entre el mariscal y el emperador, pues éste último no acababa de entender que su subordinado no aplicase escrupulosamente sus dictados ni estableciese en Nápoles una administración calcada a la francesa.

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Murat, como Rey de las Dos Sicilias

Lo que había sucedido es que Murat se había metido de lleno en su papel de gran rey que debía tener el aplauso de sus súbditos en primer lugar, y por ese motivo cada vez se italianizó cada vez más, como ya había querido hacer en su estancia fugaz en Milán. A partir de este punto, ambos personajes empezaron a distanciarse de forma irreparable, aunque todavía se necesitaban el uno al otro. Napoleón seguía confiando en Murat por su gran valía militar y de hecho lo seguía empleando como una de sus mejores piezas en la guerra, pero en la paz, en calidad de Rey de Nápoles, Murat iba por libre y parecía no tener límites a su ambición personal. La cuerda se estaba tensando mucho y en 1810 Murat ya estaba harto de la supervisión y dominio que ejercía sobre él su augusto cuñado, hasta el punto de confesarle a su esposa Carolina en una sincera carta que ya no soportaba la constante intromisión del emperador, y escribía al final: “No es uno rey únicamente para obedecer”. De este modo, según pasan los años, Murat se deja influir crecientemente por el partido italianista y empieza a elaborar un proyecto de unificación e independencia para toda Italia; bajo su mando, claro está.

Esta hostilidad se redujo cuando Joachim Murat acompañó, una vez más, a Napoleón en una gran campaña militar. Pero esta campaña, la de Rusia de 1812, acabó en un estrepitoso desastre, pese a que Murat se distinguió nuevamente en la terrible batalla de Borodino. Tras la retirada, Murat perdió su moral y volvió lo antes posible a Nápoles para alejarse del emperador. Sin embargo, antes de dejar el ejército en la frontera de Polonia, aprovechó la oportunidad para sincerarse ante los otros grandes jefes franceses, haciéndoles ver que “no era posible servir a un insensato” (sic), y que sin las ataduras a Napoleón él podría ser aún un gran rey, como el rey de Prusia y el emperador de Austria. Ante este tono chulesco, el mariscal Davout, uno de sus grandes rivales, le espetó un golpe de realidad:

“El rey de Prusia y el emperador de Austria son príncipes por la gracia de Dios; vos no sois rey sino por la gracia de Napoleón y permaneciendo unido a Francia.”

Murat encajó de mala manera el comentario y contestó que él era Rey de Nápoles y que haría lo que le viniese en gana. Y en efecto, lo hizo. Por aquel entonces, ya en 1813, la situación se estaba volviendo muy delicada y el Rey de Nápoles temía por sus posesiones. Los aliados, concretamente los ingleses y los austriacos, aprovecharon la conocida desavenencia entre Napoleón y su mariscal y empezaron a sondear discretamente a Murat para que se pasase a sus filas o al menos se mantuviera neutral. Los contactos se fueron sucediendo de forma fluida, mientras que Murat practicaba el doble juego, manteniéndose –sólo en apariencia– fiel y sumiso a Napoleón para no perder su trono.

Llegado el momento, Murat confirma a los austriacos que está dispuesto a cambiar de bando siempre que se le garantice el mantenimiento de su trono de Nápoles; por su parte, él renunciaría a adquirir nuevos territorios. Los ingleses, en cambio, sólo esperan que se pase a los aliados y que devuelva su reino a los Borbones, con la promesa de darle una compensación adecuada. No obstante, influido por la tendencia italianista, no descarta aprovechar la coyuntura política para conquistar toda Italia y proclamarse precisamente rey de Italia, eliminando cualquier influencia francesa, austriaca o inglesa. El poder le ciega aún cuando las cosas empezaban a torcerse claramente.

Napoleon_at_Austerlitz
Caballería francesa de la época napoleónica

Murat, empero, todavía dependía de Napoleón y acude por última vez en su apoyo en la campaña de Europa Central de mediados de 1813, donde retorna a su papel decisivo en el manejo de la caballería en varias batallas. En este contexto, los aliados vuelven a ofrecer a Murat garantías de que conservará su reino si abandona a Napoleón. Sin embargo, no se ve capaz de cometer traición en mitad de la campaña y se mantiene al lado del emperador cuando éste es vencido finalmente en Leipzig, en la batalla de las Naciones. Con todo, Napoleón tiene ya graves sospechas de que su cuñado está a punto de pasarse al campo enemigo, pero no lo acaba de creer, aunque uno de los antiguos ministros de Murat le dice abiertamente que “le cree capaz de todo con tal de conservar su reino”.

Al volver a Italia, Murat ya ha tomado su decisión, que no es otra que la de desmarcarse de Napoleón y aprovecharse de la confusa situación internacional para conquistar toda Italia, lo que colmaría al fin sus ansias de poder. Para ello cuenta con el apoyo de Austria, que le dejaría cierta carta blanca en Italia siempre que se posicionase contra Napoleón. Murat firma el Convenio de Nápoles en enero de 1814 para unirse al bando aliado, y piensa que podrá engañar a todos. Napoleón cae en abril de ese año y parte para el exilio en la isla de Elba, y Murat aprovecha el relativo vacío de poder en la península italiana para lanzarse a la conquista de Italia, pero Murat ha sobreestimado sus capacidades y las de su ejército napolitano y se encuentra con la cruda realidad de que los austriacos le hacen frente en el norte de Italia. Finalmente, Murat es vencido en la batalla de Tolentino (2-3 de mayo de 1815; véase la funesta coincidencia de fechas con los sucesos de Madrid), tras lo cual se retira a Nápoles y se ve forzado a abdicar. De hecho, los aliados ya habían planeado entregar su reino a Fernando IV, el rey Borbón. Su alocado sueño de poder, gloria y grandeza se empezaba a desvanecer.

A todo esto, Napoleón ya había regresado a Francia y había recuperado el poder. Murat, desesperado y sin crédito entre los aliados, toma un barco y desembarca en Cannes para tratar de unirse al emperador. Napoleón, sin embargo, lo rechaza y ni lo acepta siquiera para el mando militar. Sólo le ofrece un refugio lejos de París para él y su familia. Pero Murat no quería rebajarse a esa humillación cuando había ejercido tanto poder y estaba tan acostumbrado a los baños de masas y a la adulación. Con todo, el final de la historia se precipita cuando Murat se entera de la derrota de Napoleón en Waterloo (junio de 1815) y se ve despojado de cualquier apoyo. Perseguido en Francia, Austria le ofrecía al menos unas condiciones aceptables, que eran las de renunciar a su trono de Nápoles y vivir dignamente en un cómodo retiro en el imperio austriaco. No obstante, él creyó tener el mismo carisma que Napoleón y pensó que –al igual que había hecho el emperador– al desembarcar en su antiguo reino todo el pueblo y los soldados se unirían a él y podría derrocar al Borbón.

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El fusilamiento de Murat en Pizzo (1815)

Así, sale de Francia y se desplaza a Córcega, donde es recibido de forma entusiasta por muchos ciudadanos. Esto le confirma en sus planes de recuperar el poder a toda costa y en septiembre de 1815 decide emprender una expedición a Calabria con una pequeña flotilla de barcos y un puñado de seguidores corsos. Al final, casi todos los barcos se retiran antes de tocar la costa y sólo el de Murat llega al puerto de Pizzo, donde desembarca el 7 de octubre. Al cabo de pocas horas, Joachim Murat comprueba que en realidad ya no goza del apoyo del pueblo, y que está prácticamente solo. Finalmente, es capturado por los gendarmes y llevado al castillo de Pizzo. El rey Fernando, informado de los eventos, da la orden de realizar un juicio sumarísimo que ha de acabar en ejecución. Hasta el último momento Murat apeló a su dignidad de Rey de Nápoles y no creía que fueran a ejecutarlo; antes bien, pensaba que habría una insurrección general en su favor. Sin embargo, al constatar por fin la trágica realidad que le acechaba, recuperó la compostura. Escribió una carta a su esposa Carolina y se vistió con su uniforme de mariscal de Francia, y así fue fusilado el 13 de octubre de 1815.

Para las grandes potencias absolutistas se había hecho justicia, eliminando a un bribón, que no era rey por derecho divino, sino un arribista puesto en el trono por el odioso Napoleón. El propio emperador, ya en su prisión de Santa Elena, lamentó el triste final de un hombre corroído por la ambición de poder y gloria, una droga que no supo o no pudo controlar. Esto fue lo que dijo Napoleón de su antiguo mariscal:

“Hubiera debido dejarlo mariscal y no hacerlo Duque de Berg y menos todavía rey de Nápoles. Se le subieron los humos a la cabeza; era ambiciosísimo. Yo llegué a mi posición poco a poco; él hubiera querido apoderarse de todo, estar a la cabeza de todo. […] Era una cabeza loca que sólo se forjaba quimeras y pensaba ser un gran hombre.”

A esta conducta bien la podríamos llamar el síndrome Murat, el de un hombre que se vio desde muy joven arrastrado por la droga de un éxito creciente en todos los campos de la vida y que se creyó un semidiós invulnerable cuando en verdad no había comprendido y sopesado la auténtica realidad del poder al más alto nivel. Como resultado, y pese a aferrarse a todas las maniobras, traiciones e intrigas posibles para mantenerse en lo más alto, acabó siendo víctima de su propia ambición. En fin, esta es la misma historia que a lo largo de los siglos han sufrido miles de personajes que no calcularon que la irresistible erótica del poder se podía volver en su contra y podía llevarlos a la tragedia más absoluta por no saber manejar las riendas de un bestia tan peligrosa que ellos creían dominar.

© Xavier Bartlett 2019

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

 

 

 

 

 

 

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6 respuestas a “El síndrome Murat: de la erótica a la tragedia del poder

  1. Ignoraba por completo las caracteristicas personales de este militar frances,mi limitado conocimiento historico,no me permite comentar lo que desconozco.
    No obstante,creo que el poder y la ambicion son cualidades humanas,que dependiendo de su ejecucion,pueden ser positivas o negativas.
    El poder “per se”,no es ni pernicioso ni nocivo ni adverso,o no tiene por que serlo,lo que puede ser verdaderamente perjudicial,es el uso que se le pueda dar a esa condicion.
    Y lo mismo ocurre con la ambicion,cuando su fin ultimo es inmoral e injusto,ya no se ambiciona nada y se codicia todo.
    Creo que este es el caso de Murat,la codicia por la codicia sin sentido y sin ningun tipo de freno honesto,decoroso y honrado.

    1. Gracias Alarico

      De acuerdo con el fondo del comentario. El problema es que vivimos en un mundo de “mal poder” porque los que mandan están instalados en una posición de ego y superioridad total; gobiernan para ellos y esperan que sus subordinados tengan la parcela de poder que les corresponde pero no más.. Esto se traslada a los que están en el segundo o tercer escalón (lo que le sucedió a Murat), que en caso de no saber poner freno a su ambición y no aceptar unas reglas del juego (que no han puesto ellos) acaban destruidos. Desde luego, si en el poder hubiera gente humilde, sabia, buena, generosa y entregada a los demás no tendríamos lo que tenemos, pero…

      Saludos,
      X.

  2. Pues eso del poder egolatra. hay que ver lo que viene…

    Vivir para ver…

    1. Gracias Camaleón

      No me sorprende absolutamente nada este documento que aportas, en los tiempos que corren. Esto es poder absoluto disfrazado de anti-poder y victimismo.

      Saludos.

  3. Muy lindo artículo y blog, sr. Bartlett (he llegado aquí a través de su otro blog) . Sobre lo reproducido por “camaleon”, me asombra; la idiotez en las personas tiende al infinito. Felicitaciones. Gerald.

    1. Gracias por el comentario Gerald

      En fin, no mucho más que decir. Si en la época de Murat existía la locura por el poder, hoy en día tenemos la locura “en” el poder.

      Saludos

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