Nostalgia

Recuerdo que hace muchos años, siendo yo niño, asistí a una comida familiar y un pariente mío, que debía rondar los 60 ó 70 años, pronunció una breve frase que se me quedó grabada: “Los mayores tenemos un placer que los jóvenes no tienen: la nostalgia”. Reconozco que esas palabras me descolocaron un poco porque realmente no tenía una idea muy clara de lo que era la nostalgia, ni posiblemente la podía tener dada mi corta edad, pero por alguna razón me impresionó, pues sus palabras estaban dichas con una mezcla de alegría y tristeza que me resultaba casi enigmática. Lógicamente, la vida te da las respuestas cuando llega el momento, y la edad te va descubriendo cosas que no podías ver antes. Ahora, pasados los 50, y aun siendo una persona relativamente joven (en esta época; en la era romana sería un vejestorio) he podido vislumbrar lo que había detrás de esa frase tan categórica.

La nostalgia aparece cuando miramos hacia atrás –sin ira– y vemos múltiples escenas de un tiempo que nos conformó, nos rodeó, y nos acompañó… pero que ya no existe y que nunca más retornará, nos guste o no. No se trata, empero, de rememorar nuestra vida pensando que “cualquier tiempo pasado fue mejor” como dice el tópico, pero de alguna manera sí que echamos de menos el viejo escenario en que se desarrollaron muchos actos de nuestra vida, algunos felices, otros tristes, si bien es cierto que tendemos a olvidar más fácilmente todo lo negativo. Si tuviera que hacer una comparación o metáfora, diría que la nostalgia es el barco que nos transporta a nuestra antigua patria, que es la niñez y la juventud, pero que no nos deja desembarcar. Simplemente, vemos, sentimos… y volvemos a partir hacia esa quimera que llamamos el futuro.

Barcelona_inicis_sXX
La ciudad de mi abuelo (inicios siglo XX)

En mi caso, recuerdo las vagas referencias a un mundo que dejó de existir hace muchas décadas gracias a la figura de mi abuelo, que nació a finales del siglo XIX y que todavía recordaba la Guerra de Cuba cuando era niño… y que aún tuvo que vivir directa o indirectamente otras terribles guerras del siglo XX. Mi abuelo me narraba una ciudad insólita para mí, una Barcelona en que no había coches y en que los chiquillos como él corrían detrás de los carros de los verduleros –tirados por caballos o mulas– y trataban de arrebatarles algunas zanahorias. Y me hablaba de otras épocas, de grandes hombres (para él), de Cambó y la Lliga Regionalista… Recuerdo también su estampa de hombre formal en el vestir, cuando aún en los años 70 y 80 se enfundaba su abrigo gris y su sombrero –nadie lo usaba ya– y empuñando su bastón iba a pie al Círculo para hacer la tertulia y jugar a las cartas con sus coetáneos.

En ese tiempo yo asistía a un colegio religioso, donde aprendía cosas de maestros serios pero cercanos que imponían respeto y disciplina, aunque en realidad casi todos ellos eran bellísimas personas y grandes profesionales. Por lo demás, teníamos misas los primeros viernes de mes y ejercicios espirituales, en que –seamos sinceros– disfrutábamos más de la comida y el deporte que de la plática de los curas. Íbamos en pantalón corto, hasta los 10 ó 12 años, y jugábamos a fútbol o al frontón en el recreo y luego intercambiábamos cromos de las más diversas colecciones. Y al acabar las clases salíamos a jugar como posesos al futbolín y al ping-pong, que eran las distracciones más habituales entonces.

También recuerdo las tardes de domingo asistiendo al cine del colegio, donde todos los chavales del barrio nos juntábamos para ver películas de aventuras de todo tipo, devorando pipas, kikos o palomitas, y protestando ruidosamente cuando en las películas de James Bond los curas censores nos escamoteaban un tórrido beso entre Roger Moore (o Sean Connery) y la rubia de turno. El cine nos maravillaba y más aún cuando se iniciaron las películas de gran espectáculo y efectos especiales, que fueron un bombazo. Recuerdo, por ejemplo, en 1978, haber ido a comprar las entradas para “La guerra de las galaxias” ¡con un semana de antelación! Y luego estaban las meriendas con Cola-Cao y un donut que compraba en el colmado de la esquina (que aún existe, milagrosamente, aunque cambiado). Por aquel tiempo, el susodicho donut costaba un duro (5 pesetas = 3 céntimos de euro). Mi compañero de clase y amigo Albert –que también emprendió su senda hacia el despertar– recordará todo esto con cariño.

Y cómo no rememorar mis estancias en el pueblo de mis tíos, con aquella cocina de carbón (aunque yo no la vi funcionar), la enorme radio Telefunken, la perra Kira, los trayectos en el minúsculo 600, las llamadas de teléfono que habían de pasar por una operadora… con esos aparatos en que tenías que girar el disco para marcar el número (¡qué sabrán los jóvenes de todo esto…!) Entonces, según me decían mis mayores, el mundo había cambiado mucho y la gente gozaba de muchas comodidades. Me hablaban de una época sin tráfico en las ciudades o carreteras, sin neveras eléctricas, sin apenas electrodomésticos, sin televisión…

No me cuesta mucho evocar esos vetustos artefactos de mi niñez, con dos cuernos –antenas– y sólo dos canales (VHF y UHF), y por supuesto en un riguroso blanco y negro. Ahí estaban las series de aquella época (desde el Virginiano a Colombo), el fútbol de los domingos, los Chiripitifláuticos, el Informe Semanal y sus brillantes reportajes de actualidad (con figuras épicas como Leguineche, Erquicia, De la Quadra-Salcedo, etc.), el concurso Un, dos, tres, El hombre y la Tierra de Félix Rodríguez de la Fuente, el mundo paranormal del profesor Jiménez del Oso, las películas clásicas de Hollywood comentadas por aquel gran experto de voz gangosa, Alfonso Sánchez…

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El estudiante de arqueología

La nostalgia también me lleva a mis años de estudiante de historia y arqueología, con aquellas soporíferas lecciones que intentaban ser magistrales pero que no lo eran en la mayoría de los casos. Y yo que había sido un aplicado estudiante me vi escogiendo muchas veces la opción del bar de la Facultad antes que asistir a según qué clases. Y por supuesto, me creía a pies juntillas todo lo que explicaban mis profesores: ¡era ciencia! Me vienen a la mente fotocopias de apuntes, manuales de Prehistoria, consultas en la biblioteca del departamento, trabajos hechos a máquina con mi vieja Olivetti… No había aún ordenadores ni Internet, ¡estábamos en los 80! Y se podía comer en el bar con un ticket especial para estudiantes: costaba unas 300 pesetas (¡menos de 2 euros!)

Y permítanme una anécdota jocosa que se me quedó grabada. Para la asignatura de historia de Grecia antigua nos pasaron a inicios del año 1985 una vieja película de Hollywood: “El león de las Termópilas”, sobre el rey espartano Leónidas y la famosa batalla contra los persas. Pues bien, en la primera escena, el rey persa Jerjes contemplaba orgulloso el paso de su ejército hacia el continente europeo y la primera frase de la película, dicha por el soberano, era: “¡Por fin ya estamos en Europa!” El despiporre y la carcajada fue general, pues apenas unos días antes España había ingresado en la Comunidad Europea. Cosas de la Historia.

Asimismo, aquella fue la época de las primeras excavaciones, la inocente emoción de recoger trozos de cerámica de hace 2.500 años y otras simplezas por el estilo… aunque yo entonces me lo tomaba muy en serio, con 20 años. Lejos en el tiempo quedan las amigables charlas con el bueno de don Josep Barberà, arqueólogo aficionado y hombre sabio y humilde donde los hubiera. Y qué decir de las tardes en el Museo Arqueológico de Montjuïc donde hacíamos prácticas de laboratorio, que culminaban a la salida en una fresca cerveza que tomábamos en el entrañable bar cercano de “La Cati”. Excavé por toda Cataluña y también en otras partes de España, en lo que de algún modo eran “pequeñas aventuras”. Cómo olvidar los viajes en el precario –pero infalible– Dyane de mi amigo Josep Maria, las tiendas de campaña, los albergues, los hoteles… hubo de todo. Compartí el polvoriento fondo de las catas con docenas de compañeros de Facultad y de otras universidades a los que conocí a lo largo de unos cinco años. No sé qué habrá sido de todos ellos; perdí el rastro a los últimos con los que aún mantenía contacto hace ya más de una década. Ahora sólo me quedan flashes de esa época: música de fondo de los Dire Straits y su épico Brothers in Arms, tardes soleadas lavando y clasificando cerámicas, excursiones a tantos lugares, una queimada en la playa, charlas bajo las estrellas…

Fraga1986
Un servidor de ustedes en la Villa Fortunatus

Y todavía pude experimentar entonces una especie de nostalgia histórica, pues en algunos yacimientos arqueológicos –sobre todo en los mejor conservados– sentí una extraña sensación de vacío o de pérdida. Era la nostalgia por un mundo remoto que yo sólo podía conocer a través de los restos que me rodeaban, y que me hacía pensar en las personas que poblaron aquellos lugares más que en la propia práctica de rescatar o desenterrar objetos. De hecho, como ya ha reconocido más de un autor, existe una irresistible atracción emocional hacia las ruinas, las ciudades perdidas, los monumentos derruidos y olvidados, las piedras silenciosas… Recuerdo esa sensación cuando estaba trabajando en medio de neblinas en una inmensa villa romana cercana a Fraga (Huesca), la Villa Fortunatus, en que realizábamos nuestras labores sobre los bien conservados mosaicos que habían pisado los romanos hacía casi 2.000 años. Esa era la parte romántica de la arqueología… ¡casi me sentí Lord Byron! (perdón por tan osado símil).

En 1988 dejé aparcada la arqueología (la académica, claro está, pues no conocía otra) y mi vida se fue por otros derroteros. No fue hasta inicios de este siglo en que –cosas del destino– volví a recuperar aquel espíritu inquisitivo hacia el lejano pasado, pero ya desde una óptica crítica y alternativa. En fin, ya he cansado bastante a los lectores con todas esas vivencias y no es cuestión de seguir con más nostalgia personal, que no tiene interés para nadie más que para el propio interesado.

De todos modos, volviendo la vista atrás y comparando esa época con nuestra sociedad actual, no puedo evitar una sana nostalgia por ese pasado, al que considero –con toda la subjetividad del mundo– mejor en muchos aspectos, quizá por lo que ya he comentado de la patria perdida de nuestra infancia y juventud, una patria que llevamos dentro y que nunca nos abandona, incluso cuando ya hemos cambiado mucho como persona. He aquí la razón por la que el Ciudadano Kane, a pesar de haberlo tenido todo, moría en la terrible y desesperante nostalgia de su trineo infantil perdido: Rosebud.

© Xavier Bartlett 2019

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3 respuestas a “Nostalgia

  1. A mi SI me interesa, me ha parecido muy bonita la redaccion de tus nostalgicas vivencias y me ha transportado. Tienes razón en que las ruinas evocan una suerte de nostalgia en tercera persona acerca de las gentes que habitaron en ellas y ya no pueden rememorar esos tiempos. Abrazos. 🙂

    1. Gracias Ania

      Me refería a que la nostalgia es algo profundo, íntimo y personal, aunque bien es cierto que de alguna manera, como parte de una misma sociedad y época, todos compartimos muchos recuerdos y sensaciones.

      Saludos
      X.

  2. El Mundo que fue y que no pudo ser!. Es algo tan Español!.
    Bacarisse lo sabía bien!. Y plasmo algo parecido a la nostalgia en esta pequeña obra, que todo español lleva en las venas.

    Saludos

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